sábado, 6 de noviembre de 2010

La oposición

Tras varias semanas de duro estudio se enfrentaba a aquella oposición. Una mujer repartía las inmaculadas hojas que iban a gestar su nuevo futuro.

           Por su mente pasaron todas las noches paseando por la habitación y recitando el temario a las paredes, las visitas furtivas a la cocina a las tres de la madrugada y los innumerables cafés tomados durante su preparación. Cuando sus neuronas adormecidas reclamaban un descanso, su cuerpo, como un autómata, se dirigía involuntariamente hacia la cafetera. Aquel café cubano era capaz de despertar a un muerto. Había enlazado días y noches, trabajo y temario, robando horas al descanso. 

           Obtuvo la titulación en la universidad a distancia y, aunque no era más que un simple fontanero que trabajaba por cuenta ajena, sabía que había venido a este mundo para ayudar a los demás. Su especial motivación le había servido para obtener la Licenciatura en Psicología.

           Una sola plaza estaba en juego y ésa tenía que ser para él. No soportaría más aquellos días instalando sanitarios y grifería, ni los cachetes de su encargado ni la sorna de su jefe.

           Una voz al fondo de la sala indicó que se iniciaba el examen, tenían que abrir el sobre que había en la mesa, leer la pregunta y contestar en los folios blancos que se habían repartido previamente. Abrió el sobre y leyó la pregunta: Explique qué son los desencadenantes en el relato y como éstos llevan al lector a escribir su propio texto.

           La tensión inicial se había disipado, millones de palabras se agolpaban en su cabeza queriendo ser escritas aunque únicamente podía recordar algo sobre la subjuntivización de la realidad. Sin más, su mano se lanzó a escribir. Escribía su última palabra, cuando alguien retiró el examen de sus manos. Las notas se harían públicas el jueves, serían expuestas en la página web de aquella institución y los aprobados recibirían un e-mail comunicándoles la hora de la siguiente prueba.

           Salió de la sala ensimismado en sus pensamientos y se dirigió a la estación de autobuses para regresar a su pueblo. La triste monotonía diaria le esperaba. Sintió que su sueño se le iba de las manos, estaba desanimado y no fue capaz de coger ni un libro durante esos días.

           Aquel jueves recibió un correo eléctrónico, antes de abrirlo tuvo que serenarse, pensó que debía tener una mente abierta a cualquier nota que contuviese aquel mensaje, por mala que fuese, al menos estaba aprobado. ¿Cuántos más lo habrían hecho? Un click abrió una carta del presidente del tribunal animándole a seguir adelante. El fichero adjunto contenía los aprobados y las notas obtenidas. Abrió el fichero y contenía dos nombres, el de su oponente, que había obtenido un cinco, y el suyo, que había obtenido un diez. Les convocaban para el lunes a las diez en el mismo lugar.

           Aquel día, al entrar en la sala, solo encontró dos mesas separadas y cinco personas que componían el tribunal esperándole de pie. Su oponente no se presentó a la prueba. ¿Por qué? Quizá le entró miedo a última hora. Realizó su examen relajado, sin prisas, meditando cada una de las palabras que escribía en el papel, sintiendo que aquel puesto ya era suyo.

           El siguiente jueves recibió un e-mail del Presidente del Tribunal que literalmente decía así: "Estimado opositor, dado que ha sido usted el único presentado a esta segunda prueba, me permito enviarle este correo para comunicarle que no ha superado la misma, evitándole así la angustiosa decepción de tener que ver su nota en nuestra web. Fue un placer leer su primer examen, aunque lamento no poder decir lo mismo del segundo. No obstante le animo a continuar intentándolo. Atentamente. Alberto Ramirez"
          
           A las siete de la mañana, herramientas en mano, sentado en la furgoneta de la empresa se dirigía junto al encargado y otros dos peones hacia unos apartamentos. Un curioso encargado le preguntó por la oposición, aunque de sobra sabía que no había aprobado. Le respondió tranquilo, sin alterarse, le dijo que había aprobado el primer examen pero el segundo no lo había superado. Vio las maliciosas sonrisitas de sus acompañantes encantados con su suspenso y aquello le hizo olvidar su vocación. Sin poderse contener les explicó que en la primera prueba sacó un diez al contar la historia de un simple día de su vida junto a los alcornoques de sus compañeros, y en la segunda prueba sacó un cero por intentar convencer al tribunal que de aquellos alcornoques podía sacarse algo en claro.

           No volvió a presentarse a ninguna oposición, aunque aquel día decidió que debía escribir todo aquello que pensara. 


          
          

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