sábado, 31 de diciembre de 2011

Adiós 2011- Hola 2012

Otro año que pasa de largo. Si hiciese un repaso de este año, seguramente me vendrían a la cabeza varias cosas buenas y muchas cosas malas, y  suspiraría pensando en esos días buenos que pasaron y nunca volverán. Pero no, no estoy dispuesta a ponerme triste, eso no va conmigo. Prefiero recordar alguno de esos momentos especiales que me ha regalado el 2011.
         
           Este año nuestra peña de amigos ha vuelto a ser la que era, la que siempre fue, "Els de sempre". La traducción del valenciano al castellano sería "Los de siempre". Nuestra peña nació en  1966. Sí, ya hace unos años, toda una vida, cuando nuestras madres nos paseaban en su brazo. Aquellos bebés crecimos, acudimos a la misma escuela elemental y, pese a tomar distintos derroteros, a partir de ese momento, decidimos que siempre permaneceríamos unidos. Diez amigas y un amigo. Felipe nos dejó hace unos años, pero su risa y sus chistes nos acompañarán siempre. La peña pasó un periodo gris pero el recuerdo de una ilusión compartida volvió a reunirnos y las risas tronaron otra vez en nuestros corazones. Ya en 2010 tuvimos un buen año para recordar, el 2011 ha sido doblemente mejor. Pidamos pues, al 2012, que supere al anterior. Juntos vamos a despedir este año y juntos daremos la bienvenida al año nuevo.
           Otro suceso especial para recordar ha sido mi primer cambio de continente. Hemos viajado hasta Oriente Próximo,  y hemos visitado Turquía. Como deseo personal le pediré al 2012 que me deje seguir viajando.

          Después de mucho tiempo sin realizar ejercicio físico, decidí que 2011 bien merecía una oportunidad y me apunté al gimnasio. Sigo pensando que no pesan los años, sino los kilos.  Tras tres meses de actividad moderada, un problema en el pie me mantuvo alejada de allí seis meses, pero  tras las vacaciones regresé con más ganas y  más entusiasmo. Os diré que pese a mi inconstancia en esta área, este año comencé sudando la camiseta y lo pienso terminar igual si nada me lo impide. Esta es otra buena cosa que recordar y mi propósito será continuar con ella durante 2012.

           Además, he reencontrado viejas amistades, ese es el caso de mi amigo Didier, que después de treinta años contactó conmigo a través del face. Y es que la distancia no siempre es el olvido, a veces sólo es una pausa. Otro punto más para 2011. Le pediré más reencuentros especiales al próximo año. Sigo teniendo amigos en estado de "pausa" que me gustaría reencontrar.  Y ¿por qué no? Puestos a pedir, me gustaría también encontrar nuevos amigos.

  ¿Habéis visto la película El Diario de Bridget Jones? Bien, pues cualquier parecido con ella es pura coincidencia. Jajajajaja

          De corazón, os deseo un Feliz año 2012

lunes, 26 de diciembre de 2011

Condolencias


Todas las nochebuenas deberían ser felices, llenas de alegría y de amor, para poder compartirlas en familia. Todas deberían ser así, pero no siempre lo son.

Esta nochebuena he acompañado a mi marido a dar el pésame a un compañero y amigo. Había fallecido su padre. Era una muerte esperada quizás, necesaria seguramente, pero más triste, sin duda alguna, si pensamos que era un día señalado para ser felices compartiendo los lazos familiares, reviviendo la ilusión de la Navidad junto a los hijos y los nietos.

En esta ocasión, los lazos familiares, más estrechos que nunca, más unidos que cualquier otra nochebuena, no eran fruto de la felicidad propia de estas fechas, sino del lloro respetuoso del alma, del silencio del recuerdo y la amargura de la ausencia.

Sombra en el rostro amigo, llanto en su corazón, triste nochebuena sin celebración.

«Es ley de vida, unos tiene que morir para que otros puedan nacer». Una frase en sus labios, que queda marcada a fuego en nuestros corazones. Admirable serenidad difícil de igualar.

Nuestras más sentidas condolencias, Luis.

Fotos para el recuerdo (2)

Viaje en globo sobre La Capadoccia (Turquía) Septiembre-2011



Es difícil explicar cómo puede sentirse alguien plácidamente mecido por las nubes en un idílico viaje en globo sobre la Capadocia.

           Os diré que la buena compañía es un factor determinante.  Nos aventuramos a realizar aquella travesía acompañados de nuestra amiga Arantza, intrépida viajera que conocimos hace unos años en Portugal y se ha convertido en una de nuestras mejores amigas y compañeras de viajes.

           Ver amanecer ante tus ojos y extasiarte con la explosión de colores anaranjados y amarillos que te rodean, es algo fascinante. Te deslumbras fácilmente con los juegos de luces y sombras y tus ojos sienten renacer el sentido de la vista, intentando captar el máximo ángulo posible, sin desperdiciar ninguno de esos pequeños regalos que la naturaleza nos ofrece.



           La experiencia es sin duda inolvidable, desde el principio hasta el final. Tuvimos la suerte de encontrar un día perfecto, sin pizca de viento, con la temperatura agradable y con un conductor experimentado que hizo de nuestro viaje un paseo entre las nubes.

           La belleza de ese paisaje volcánico, repleto de formas caprichosas que se enorgullecen de mostrar las heridas de su pasado, resultaba mágico.

           Observar el inflado de los globos, entrar en la cesta en la que vas a permanecer durante un par de horas, escuchar las comunicaciones por radio entre los tripulantes de los globos, tomar altura, descender, volver a tomar altura, rozar las nubes, tocar los picos de los montículos, coger las ramas de los árboles, soltarlas, realizar miles de fotos, algún video también, pensar que ha valido la pena levantarse a las cuatro de la madrugada, comprobar que estás a punto de descender, a un metro sobre el suelo, te arrastran hasta la camioneta, te dejan allí sobre ella, te hacen esperar, desinflan el globo, lo doblan cuidadosamente, anclan bien la cesta en la camioneta, te dejan bajar. Sensaciones guardadas en el corazón que no olvidaré jamás.



Todo fue muy bien, la compañía nos ofreció un brindis antes de concedernos los diplomas que acreditaban nuestro viaje en globo. La foto, otra foto, un apretón de manos. Algo nuevo que contar.

sábado, 24 de diciembre de 2011

FELIZ NAVIDAD

Nuevamente llega la Navidad. Recibámosla con alegría y con ilusión.

           Son tiempos para regalar amor, desear paz y lograr felicidad.

           Me encantan estas fiestas tan entrañables. De nuevo en familia. De nuevo con los amigos.

           Muchos regresan a casa por Navidad y se producen reencuentros muy especiales.

           Las reuniones en la mesa también son diferentes, no por los manjares que puedan ofrecerse para celebrar la fiesta, sino por el calor familiar que nos envuelve. Esas risas, esos villancicos, esos besos esperados,... Pocas son las oportunidades que tenemos de vivir estos momentos juntos, aprovechemos la ocasión, vivamos las Navidades en familia y celebremos el regalo de vivir.

           De corazón os deseo ¡FELIZ NAVIDAD!

domingo, 11 de diciembre de 2011

A cuestas con la vida

Miró el reloj, faltaba poco para que sonara. Otro día más en su anodina vida, un suma y sigue que nunca cesaba. Nada en su insulsa existencia merecía la pena. Se sentía como una lombriz bajo tierra, asomando su cabeza raras veces sobre la superficie. Casa, trabajo, trabajo, casa, casa, trabajo, trabajo, casa.

           Se quedó solo hacía años, cuando su madre falleció de una pulmonía. Nunca se preocupó por encontrar pareja, pensó que no la encontraría. Ahora, se arrepentía de no haber intentado esa búsqueda durante sus años de juventud. A sus cincuenta años, obeso, canoso y feo, se sentía viejo, sin ganas de nada, cansado de vivir.

           Sus compañeros de trabajo se pasaban el día hablando de cualquier cosa, sus salidas de fin de semana, sus vacaciones, sus peleas con los hijos, la eterna guerra con el fútbol... incluso se enzarzaban, en ocasiones, a discutir sobre política. Manuel siempre era un mero observador. No encontraba nada en su vida digno de contar. ¿Qué podía contar él si con sus ciento treinta kilos no podía ni subir a la escalera para compartir la conversación, cara a cara, con ellos? Llevaba tiempo relegado a trabajos secundarios, incluso pensaba que su jefe le había encomendado aquellas tareas porque sentía pena por él.

           Aquella mañana le ocurrió algo inesperado, al salir de su portal, tropezó sin querer con una mujer que miraba despistada dentro de su monedero. Las monedas saltaron por el aire, tuvo que ayudarla a recogerlas y se disculpó con ella por tan infortunado incidente. Pero, lejos de enfadarse con él, comenzó a reirse cogiéndose la barriga.

          ─Ay, ay, pero hombre ¿Cómo se disculpa? Si la culpa es mía, por andar buscando las monedas para el café antes de llegar a la cafetería. No se preocupe, que no me he caído yo, el que se ha caído es el monedero. Y ya ve, llevaba solo calderilla.
           ─Lo lamento muchísimo, he salido sin mirar.¿Le he hecho daño? ¿Seguro que lo tiene todo?
           ─No me ha hecho ningún daño. Sí, ciento tres pesetas en monedas, exacto ─dijo volviendo a meter sus ojos en el fondo del monedero─ Mire, como me ha caído usted bien, si quiere, le invito a un café. No se preocupe, en la cartera llevo un billete de cien. Un día es un día. ¿Qué le parece? 

           Manuel estaba perplejo, era la primera vez que alguien le invitaba a algo. No podía rechazarlo. Aún quedaba una hora para empezar su jornada, por un día que llegase puntual, no pasaría nada. Se fijó en ella, aún no la había visto bien. Tenía unos ojos chispeantes que irradiaban felicidad  y embellecían aquella cara redondeada que le miraba. ¿Eran verdosos o eran pardos? Se fijo en su cuerpo. También estaba bien entrada en kilos, seguramente rozaría los cien, pero los llevaba muy bien, sabía elegir bien la ropa. Se presentó como María, le dio la mano. ¡Qué piel tan suave! Un poco sudada, quizás. ¿Por qué la veía tan feliz y él no podía sentir lo mismo? Tenían el mismo problema con los kilos.

           ─¡Vamos! Es la cafetería de la esquina. Hacen un café estupendo. Prefiero tomarlo aquí, el del trabajo es un asco. Esas máquinas que nos ponen dan un café que sabe a rayos y centellas.
           ─¿Trabaja por aquí cerca? Si no le molesta que se lo pregunte ─se excusó Manuel.
           ─Mira Manuel, hablame de tú, no me hagas más vieja de lo que soy.
           ─No, por favor, no me mal interpretes, era simplemente por educación. Te tutearé, no me pareces vieja en absoluto.
           ─Bien, pues sí, trabajo dos calles más arriba, en la plaza Alfonso XIII, soy modelo de catálogo de ropa XL ─le entró la risa al ver su cara de asombro y se la contagió─ Sí, tonto, no te rías, que tú también podrías ser modelo XL.
           ─No, no, no me estoy burlando, no ─dejó de reirse en el acto─. Me has contagiado con tu risa. Me parece un trabajo muy digno. Yo no podría hacerlo porque, entre otras cosas, soy demasiado feo, en cambio tú, eres muy guapa.
           ─Ya sé que no te burlabas, hombre. Gracias por el piropo. Sí, el trabajo está bien, es limpio, no te cansas, te dan ropa que te sienta muy bien. En fín... que te puedo contar. Y tú, ¿Trabajas cerca de aquí?
           ─Sí, en la misma plaza que tú. Bueno, allí están las oficinas, luego nos mandan de aquí para allá. Soy electricista, bueno, ahora, más bien, conductor y ayudante de mis compañeros. Hace tiempo que no puedo subir a una escalera. Con mis kilos, ya ves. Mi jefe es un trozo de pan, por eso sigo ahí. Si no fuese por él, estaría en la cola del INEM, viéndolas venir.
           ─Hace un par de meses que vivo aquí, abrieron las  nuevas oficinas y me resultaba más barato pagar un alquiler que pagar los billetes de avión. Soy de  Barcelona. Siempre andamos liados con algún catálogo de ropa. ¿Tú eres de aquí?
           ─Sí, toda mi vida he vivido aquí, en el portal donde hemos tropezado. Este café es buenísimo, tenías razón.
           ─Yo vivo sola, aún no conozco a nadie por aquí, ¿Y tú?
           ─Sí, también vivo solo y no creas que conozco a mucha más gente que tú.
           ─Yo entro a las ocho y media ¿A qué hora empiezas tú?
           ─A la misma hora.
           ─¿Qué te parece si tomamos café juntos aquí todos los días?
           ─Bien, por mí no hay problema. Me gusta el café y me gusta tu compañía ─igual estaba arriesgando mucho diciéndole eso, pero...
           ─Vamos, pues ─se acercó a la barra y le pagó los dos cafés al camarero─ Nos vemos mañana aquí, sobre las ocho. ¡Qué tengas un buen día Manuel!
           ─Igualmente, María.

           Entró sonriente por la puerta y saludó animoso a sus compañeros. No tardaron en preguntar a qué se debía su semblante iluminado. Les contestó que había encontrado a la mujer de su vida. Aquella mañana fue él quien llevó el peso de la conversación. Sus días tenían otro sabor. Casa, café con María, trabajo, trabajo, café con María, casa.




viernes, 9 de diciembre de 2011

Un adiós sin preaviso

Se rascó la cabeza varias veces antes de hablar, necesitaba digerir lo que acababa de escuchar y sacudir esa energía negativa que se estaba instalando en su persona.

            Laura había entrado por la puerta y se había dirigido a la cocina. Él estaba preparando la cena y saludó sin mirarla. Una escena habitual que fue quebrada aquella noche porque ella le había anunciado que iba a marcharse para siempre de su lado.

           La noticia dejó helado a Samuel, pero quiso creer que aquello no era más que una rabieta, un pulso entre ambos, una situación pasajera que él sabría manejar. Apagó el fuego, dejó lo que estaba haciendo y se lavó las manos. Se armó de paciencia y  le pidió que fuesen a hablarlo tranquilamente a la salita. Estaba seguro de poder convencerla para que olvidase aquella tontería que acababa de soltarle, porque ella no podría estar mejor en ningún otro lado que no fuese junto a él. Se sentaron en el sofá, separados. Ella le dijo que tendrían tiempo de hablarlo todo y que lo suyo ya no tenía solución. Samuel miró a los ojos de Laura y no encontró dudas en ellos, ni el más mínimo rastro de esperanza. ¿Cómo habían podido llegar hasta esa situación? ¿En qué momento la perdió? ¿Tanto daño le había hecho? ¿Podía existir otro hombre en su vida? No, eso no, sabía que eso no era posible. Se atrevió a hablar.

           ─No puedo creerlo ¿Esto es definitivo? ¿Todo se ha acabado? Lo nuestro no puede terminar así, nos queremos demasiado ─miraba atónito a Laura, herido de amor, desvalido ante la dureza de aquellas palabras.
─Sí. Dejémoslo aquí. No nos hagamos más daño. Llevamos demasiado tiempo discutiendo por todo. Hace años que perdimos la ilusión y dejamos que nuestro amor se esfumase. Es mejor que cada uno se vaya por su lado. Sin rencor. Pasemos página y comencemos otra etapa separados.

            La voz de Laura era firme y serena. Parecía tenerlo muy claro, no era una decisión tomada a la ligera. Volvió a recordarle a aquella joven que le arrebató el corazón años atrás, cuando él sólo pensaba en jugar a fútbol con sus amigos. Una joven con las ideas muy claras, por la que hubiese dado la vida si hubiese sido necesario.

            Llevaban demasiado tiempo distanciados, hacía tiempo que aquella casa había dejado de ser un hogar.

            En el descanso, siempre fueron incompatibles, ella tenía frío, él pasaba calor. Los primeros años, todo fue soportable, llevadero. Con el tiempo, Samuel decidió irse a la otra habitación. La cama era más pequeña pero fingía no importarle, separados podrían dormir bien los dos, ella tapada hasta el cuello y él tumbado sobre la colcha. No tardó en recriminarle que era ella la que le había echado de la habitación con tantas reprimendas. Ella se defendía recordándole que nunca le había dicho que se fuese de su lado, únicamente que no la destapase. Con la refrigeración y la calefacción de la vivienda ocurría otro tanto parecido. La conciliación cada vez tardaba más en llegar. Según él, era ella quien ganaba la batalla y se salía con la suya. Según ella, era él quien obtenía la victoria, machacándola con sus palabras. La rabia contenida se acumulaba en el corazón de Samuel y las palabras recibidas se acumulaban en la cabeza de Laura.

            Con la televisión, la historia se repetía nuevamente. Él le ofrecía el mando  del televisor para que ella eligiese su programa preferido, pero luego no tardaba en echarle por cara que aquello no era más que basura. Si Laura rechazaba el mando, era él quien se hacía el ofendido.

            Otro tema estrella en las discusiones eran sus escasas relaciones sexuales, él quería más, ella quería menos. El tira y afloja en la cuerda de las relaciones humanas es algo difícil de comprender. La satisfacción de él sólo era comparable a la insatisfacción de ella. Puede que todo fuese cuestión de práctica, tal como él insistía en recordarle, puede que fuese la falta de pasión y el cuidado en el juego, tal como ella se esforzaba en aclararle. Cualquiera tiene su parte de razón y cualquiera puede estar equivocado.

            ¿Qué les había ocurrido? ¿¡Acaso no recordaban ya lo que era amar y ser amado!? Ellos se amaban, siempre se amaron, nunca dejarían de amarse.

            Laura sabía que su amor era verdadero, sabía que nunca podría encontrar un hombre como Samuel. Tampoco quería buscarlo. Pero no quería sentirse prisionera, quería volver a ser ella, tomar de nuevo el rumbo de su vida.

            Hacía tiempo que sabía que aquello no funcionaba. Demasiada soledad, demasiados días sin esperanza ni color. No fue el televisor ni el cambio de habitación, eso eran obstáculos que ambos podían salvar si se lo proponían, se trataba de algo más. No fue el tener una relación al mes, o dos, en el mejor de los casos. Ella le quería aunque no fuesen grandes amantes. Eran aquellas malditas palabras apelotonadas en su cabeza, aquellas palabras que la estaban consumiendo y la hacían sentir como una mierda. Su corazón quedó roto con tanta acumulación de palabras vacías, de palabras sobrantes que mil veces hubiese preferido no escuchar.

            Él sabía que, sin ella, su vida no tenía sentido. ¿Cómo sería su vida a partir de ahora? Se había acostumbrado a ella, era una mujer inteligente y él lo sabía. No la merecía. ¿Cómo había podido fijarse en él? ¿Cómo la convenció para que dejase a su antiguo novio? Jamás hubiese dicho que su relación terminaría así. Siempre creyó que lo suyo no tendría fin. Se arrepentía por haberla hecho llorar tantas veces, por no satisfacerla como ella merecía, por ser tan egoísta desde hacía tiempo. Sí, quizás aquella decisión descabellada fuese lo mejor para ella, aunque no para él, que empezaba a notar el efecto de su ausencia. Tenía que darle un respiro, seguramente recapacitaría y volverían a estar juntos. La vida sin Laura. No lo podía creer.  

            Laura le dijo que iba a coger unas cosas de la habitación, lo dejó allí, pensativo. Cuando regresó con la bolsa, encontró a Samuel esperándola de pie, paralizado por el miedo que se apoderaba de él. Se acercó a él, le dio un beso en la mejilla.

            ─Mi padre me espera abajo. Estaré una temporada con él, hasta que sepa qué voy a hacer con mi vida y dónde voy a instalarme. Te agradecería que no llamases a su casa. Bastante tiene ya con tenerme allí de nuevo. No comparte mi decisión, pero la respeta. Tranquilo, no le he contado nada malo de ti. Te sigue queriendo. Pero, déjale ¿Vale?

            ─No te preocupes por eso, Laura. Yo tampoco comparto tu decisión, pero no le molestaré. Puede que ambos necesitemos estar un tiempo separados, aunque yo no lo veo así, sé que podríamos solucionarlo juntos. Te vas porque quieres. Yo te quiero, Laura, no lo olvides ─había tirado el último cartucho.

            ─No estoy hablando de amor, Samuel. Jamás hubiese compartido mi vida con alguien a quien no amase. Yo también te quiero, pero no puedo vivir así. Hemos hablado demasiadas veces de esto y no hemos conseguido nada. Llegué a mi tope y necesito alejarme de ti, volver a valorarme, a creer en mí, a quererme. Adiós.

            La puerta se cerró y un abismo se abrió entre los dos.

            Esa noche, era Samuel el que tenía frío, vio una película romántica en el televisor y durmió bajo el edredón de plumas de oca que cubría la cama de Laura. Y también esa misma noche, Laura sentía calor, compartió con su padre un partido de fútbol en el televisor de la salita y tuvo que abrir la ventana de su antigua habitación para refrescarse las ideas.

            Jamás volvieron a estar juntos. Nunca volvieron a enamorarse.

            Del papeleo se encargó el abogado que habían contratado. No fue complejo, la separación era amistosa.



           

           

           

martes, 6 de diciembre de 2011

Fotos para el recuerdo (1)

Ljubljana (Eslovenia) 2009
Con mi marido y mi hija,  embriagados de perfume y enamorados de esta ciudad cosmopolita.
Contemplando un país que celebraba su mayoría de edad.
La Iglesuela del Cid (Teruel) (España)  2006
Con mi amiga Pili, empapándonos de historia popular española

Hamelin (Alemania) 2010
Con mi marido y mi hija
Siguiendo la ruta de los Cuentos de los hermanos Grimm