sábado, 22 de diciembre de 2012

Navidad a la vuelta de la esquina



  A todos,
 
FELIZ  NAVIDAD
͡͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡
Que la magia de estos días ponga un poco de color en nuestras vidas
 
☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺

domingo, 16 de diciembre de 2012

Tañido surrealista

Mi hija Noelia, tocando el badajo de la vieja campana de la abadía de Corvey (Alemania, 2010)

El ronco badajo de la campana recibió al  nuevo milenio mientras un ejército de corazones  helados despedía su alma. ¿Había llegado el fin de los tiempos?
        No. Eran botines de guerra reclamados por Lujuria. La todopoderosa decidió pasarlas por la guillotina. ¿Qué haría un mundo sin almas?
        ¿Quién puede decapitar un alma si no tiene cabeza? Eso es propio de la Revolución Francesa.
        ¡Ea, pues! Que regresen las almas a sus cuerpos, que no tienen derecho a  vacaciones.


___________
 (Nota al pie engrandecida siguiendo el sabio consejo de mi amigo Janial)
 
Este micro fue resultado de un arrebato automático de escritura, fruto de la propuesta realizada en el programa de Radio en Colectivo de Mislata de 20 de noviembre de 2012. La idea era concentrar tres palabras (alma, lujuria y revolución) en un relato surrealista. Aquí lo dejo, para quien guste leerlo sin lupa. Su lectura fue radiada el 27 de noviembre de 2012 en ese mismo programa.

 

El mundo se ha vuelto loco


Alegría,  Amor y Felicidad abandonaron la sala de juego y nos dejaron solos. Mi adversario había ganado todas las partidas. Era mi turno. No se trataba de dinero, la inmaterialidad era la única exigencia. ¿Qué podía ofrecer yo?

      ─Algunos creen que Tristeza, Desamor y Amargura pueden soportarse. El mundo se ha vuelto loco y no sopesa sus apuestas  ─me dijo con la expresión severa, mientras esperaba la mía.

      ─Pues yo…   apuesto mi sombra, creo que podré vivir sin ella si pierdo  ─lancé osado, mientras parecía taladrarme con  sus pupilas infinitas.

      ─Acepto tu apuesta, aunque ya veo que desconoces las leyes de la Física ─soltó sin más.

      Como era de suponer, perdí.  Desde entonces, la Tierra tiene dos lados oscuros.

Antes de las doce




En el bolsillo de su chaqueta, un billete de avión. La sonrisa forzada oprimía las palabras.  Adiós. Nos vemos. Llámame. Te llamo. Doce años sin llamadas.

      El pasado le despertó bruscamente reclamando su regreso. Sentado ante la puerta de embarque, el latido de su corazón dormido reseteó  su vida. 

      El féretro aguardaba en el tanatorio. Un desolado adiós para enterrar su última esperanza.

      Un amigo le citó en casa del notario antes de las doce. No pudo articular palabra. Allí  escuchó la última voluntad de Clara. La noticia le pilló desprevenido.

     La niña  lloraba, huérfana de amor, temiendo lo desconocido. Un cruce de miradas acortó la distancia entre sus mundos. La voz de la sangre, silenciosa, llamaba a su puerta.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Un regalo, una ilusión


Escondida debajo de mi almohada, espero impaciente el día de los Reyes Magos. No puedo dormir. El pie de mi árbol de Navidad está más pelado que nunca. Este año no hemos puesto el nacimiento porque las figuritas de barro se rompieron el año pasado. Les cayó una silla encima y las rompió en mil pedazos. Mi madre dijo que compraríamos otras, pero no lo ha hecho. Yo había pintado un nacimiento en una hoja de papel y lo había dejado apoyado en la pared, junto al árbol, pero mi hermano se ha encargado de hacer un avión con mi dibujo y le ha prendido fuego después. Temo que este año no aparezcan esos regalos mágicos que tanto deseo. La muñeca que habla y hace pipí, la casita de tela para esconderme dentro y el osito que cuenta cuentos maravillosos. Sólo tengo siete años, supongo que Gaspar se acordará de mí.

           Sin pegar ojo y atenta  a los ruidos de la casa, me he puesto a recordar cómo han transcurrido estas fiestas navideñas. Hemos pasado la Nochebuena y la Navidad con mis tíos, mis primos y mis abuelos, en Jaén. Guardo un bello recuerdo de aquellos días. Siempre junto a la mesa, comiendo y cantando. Me encantan los adornos que mi abuela tiene colgados por su casa: las campanillas, los muñecos de nieve, las bolas de colores, las guirnaldas doradas y plateadas, los angelitos de porcelana y de cristal, las estrellas de Navidad,… ¡Nuestra casa parece tan triste en comparación! Al regresar a Madrid, recibimos la Nochevieja con un resfriado. Mi  madre dijo que dejaríamos las celebraciones para el Roscón. Y, así ha sido.

           Esta noche, para la cena del Roscón, mi madre ha cocinado pollo con nueces y ciruelas pasas, y todos le hemos dicho que tenía un sabor delicioso. Yo me he dejado las nueces y las ciruelas, pero el pollo estaba riquísimo. Mi amiga Marta dice que su familia lo celebra en un restaurante y toman varios platos y postre y  acaba tan llena que le entran ganas de vomitar. Yo creo que le gusta comer demasiado y por eso le pasa lo que le pasa.

           De postre,  mi padre ha sacado la caja de polvorones. La tenía escondida detrás del televisor desde hacía un mes, pero todos fingíamos que no la veíamos. Cuando los ha puesto sobre la mesa, hemos aplaudido con cara de sorpresa. Ha dicho que tocábamos a tres cada uno y que no valía repetir el sabor. Así,  los probaríamos todos.  Cuando mi hermano ha preguntado por el  Roscón, le ha dicho que se había olvidado de comprarlo y ha puesto cara de pena. Y luego, cuando le ha preguntado por el turrón, parecía que iba a ponerse muy serio pero, de repente, le ha entrado la risa tonta y todos nos hemos puesto a reír. No sé por qué, ha dicho que este año los turrones engordan más que nunca y no estaba dispuesto a que perdiésemos nuestra esbelta figura. Lo dirá por nosotros, porque él tiene una barriga que muy esbelta no es.

           He echado de menos los turrones. A mí me gusta mucho el de chocolate aunque siempre acabe manchándome y me riña mamá. A mi hermano le encanta el de Alicante porque es duro y puede partirlo sobre mi cabeza. Sabe que me chincha  que haga eso y cuando menos se lo espera, le rompo otro trozo en su cabeza y hacemos las paces. En cambio, a mis padres les encanta el de Jijona, tan blandito y tan empalagoso que se ponen cariñosones. No sé por qué se ha empeñado mi padre en que guardemos la línea este año con lo bien que lo pasamos cuando comemos turrón.

           Acabo de oír un ruido, alguien ha abierto la ventana del comedor. Dicen que los Reyes Magos entran por cualquier puerta o ventana y que sus camellos esperan en la calle o el balcón. En mi caso, deben esperar sobre una alfombra mágica, porque yo no tengo balcón. Tengo ganas de levantarme para mirar, me gustaría ver si es Gaspar. Pero sé que no debo levantarme porque si lo hago desaparece la magia y me quedaré sin regalos. Traje unas algarrobas de Jaén para los camellos y las dejé en el macetero vacío que tiene mi madre en la ventana, para que coman los pobres mientras esperan que sus majestades de Oriente terminen con el reparto.

           Mi hermano, tiene dos años más que yo, pero no es más que un ignorante. El pobre cree que los Reyes no existen y son los padres los que compran los regalos y los ponen en el árbol, junto al nacimiento.  Y me ha dicho que este año no tendremos regalos porque papá se ha quedado sin trabajo. Se cree que yo me chupo el dedo. Yo sé que no pueden ser mis padres porque no tienen dinero para comprar regalos y por eso, precisamente, son los Reyes Magos los que dejan los regalos a los niños que nos portamos bien.

           Pensándolo bien, creo que he sido egoísta pidiendo a Gaspar la muñeca, la casita y el osito. ¿Aún estoy a tiempo de cambiar mi carta, Gaspar? Perdona que te avise con tan poco tiempo, pero prefiero borrar lo que te había pedido y pedirte que traigas un trabajo para papá. Creo que con ese regalo, todos seremos más felices. Seguro que Marta, me dejará jugar con sus muñecas, su casita y su osito cuando vaya a jugar a su casa.

           Otra vez la ventana. Seguro que Gaspar me ha oído y se ha ido pronto porque me ha hecho caso.

           El pesado de mi hermano ha venido a despertarme. Dice que no hay regalos en el árbol pero yo estoy muy contenta aunque él no pueda entenderlo. Le digo que cambié mi carta en el último momento y sólo pedí un trabajo para papá. Me acerco al salón y mi madre tiene un paquete para cada uno. Nos dice que este año es un año difícil para todo el mundo y que sólo nos han dejado unos calcetines. Yo le doy un beso gordo en la mejilla con la cara sonriente. Luego le doy otro a papá y le digo que este año tendremos el mejor de todos los regalos. Me abraza fuerte y sale a la calle para respirar el aire fresco de la mañana.

           Mi hermano se pone a cortar tiras en un periódico viejo. Dice que vamos a llenar la casa de guirnaldas. Río como una loca dispuesta a  ponerme manos a la obra pero, antes, doy una ojeada al macetero de la ventana. Las algarrobas no están. Sé que mi carta no ha caído en saco roto.

sábado, 10 de noviembre de 2012

De la noche a la mañana



De la noche a la mañana... me quedé sin casa, sin trabajo, sin coche, sin esposa, sin hijos y sin amigos. Al principio, venían y me contaban sus cosas. Luego, la típica visita de cortesía y si te he visto no me acuerdo.

Aquí, recluido entre estas cuatro paredes, parece que mi espera no tiene fin. Pero el día que abran la tapa para exhumar mis restos y colocarnos juntitos, se arrepentirá de sus maltratos en vida. Ya he reservado plaza en el Hotel Belcebú para amargarle toda la eternidad.


 

El hombre 10


Una vesícula acuosa fue la causante del descubrimiento. Ni el maquillaje podía borrar de mi cara esa expresión fatal que incita a la retirada.

Era demasiado pronto y el bar no tenía libre ni un triste taburete.  A pie de barra, esperé amargada tomando un Martini, con los zapatos colgados del bolso.

Cuando apareció mi hombre diez, dijo mirando mis zapatos:

─Vigila tus pies, que hay cristales por el suelo ─su indiferente mirada despertó mis pensamientos.

Llamó al camarero:

─Paco, ponme una caña. A ver si tengo más suerte con mi cita de las siete. 

Eran menos diez. Lo vi claro. Los hombres 10 no existen. Las rozaduras de zapato así lo demuestran.


 

Racimos de miedo


 ─Vigila tus pies. Pisa  sobre las otras pisadas y no pasará nada.
           Crecí con el miedo pegado a los talones y deseando que me saliesen un par de alas para poder escapar. Con los años, comprendí que nunca se cumpliría mi deseo.  Aún hoy,  me aferro a la sombra de alguien y sigo sus pasos.  



 

sábado, 27 de octubre de 2012

Noche de Fiesta


Es la noche de Todos los Santos. Al fondo, una oscuridad férrea adobada con un hedor insoportable, espera al acecho.

    ─¡Joder tío, cógele mejor los pies, que se me está cayendo!

    ─¡No me toques los cojones! Déjate de mariconadas y agárralo bien por los sobacos.

    ─Vale, macho. No se te puede decir nada.

    El paquete transportado pesa unos ochenta kilos, presenta dos orificios de bala a la altura del corazón y unas córneas vacías rellenadas con barro. El jefe cree que los muertos pueden vernos desde el más allá. Prefiere zanjar el tema así, por si las moscas.

    Lo trasladan al vertedero de Mora. Allí, le han dado viaje a más de un indeseable. Éste, ha recibido su billete en el despacho del mandamás.

    ─A la de tres. Una, dos y… tres.

    ─¡Hala! Vámonos de aquí, que esta peste no se puede aguantar.

    En la carretera, el recorte de unas sombras humanas aparece de la nada.

    ─¡Mierda! ¿Quiénes son esos?

    ─Aquí, tras estos bidones. Esperemos que se vayan.

    ─Mal rollo.

    Se acercan lentamente. Cuando están a pocos metros, pueden ver sus rostros. Son cinco hombres de mirada gatuna que centran su atención en los bidones.

    En ningún momento han reparado en su ropa ni en las filas de gusanos que corretean por ella. Sólo el diente de oro del Pecas, al apoyar su osamenta sobre la tapa de uno de los bidones, les mete el miedo en el cuerpo.

    ─Este año nos toca banquete de cerdo ibérico, muchachos. A por ellos. Que no decaiga la fiesta.



 

sábado, 13 de octubre de 2012

Beso nocturno


Me obligó a vestir de etiqueta, a alquilar una limusina negra y recogerla  para ir al baile.  Su padre me estrechó la mano y  su madre soltó unas lagrimitas. Prometí llevarla a casa antes  de las doce de la noche.

Mi rólex de mercadillo dejó de funcionar y, al besarla, sufrió la metamorfosis.

Ahora, sus padres y un ejército de ranas enojadas me persiguen. No sé si lograré salir indemne de ésta.

Desde que me convertí en príncipe,  cada vez que beso a una chica pasada la medianoche, aumenta el censo de anuros de la población.

viernes, 5 de octubre de 2012

Popurrí


              1.  El pesado
 
       Rosas  rojas  y  sobre dorado con forma de corazón. Observó con detenimiento  el envío  y, sin abrir la nota, le dijo al mensajero que se había equivocado de puerta.
 
2. El asesino
 
Observó con detenimiento la escena. La Beretta en su mano izquierda y agua inundando el comedor. Su amigo diestro era un “suicida” que pensaba darse un  baño.
 
3. La pregunta
 
Papa, si uno más uno son dos, ¿Por qué dice la canción que son siete? Observó con detenimiento a su hijo pequeño y supo que había llegado la hora.
 
4. El sobón
 
La mirada fija, la respiración pausada  y la voz serena. Observó con detenimiento al acompañante de su hija. Era la primera vez que creía lo que le estaban contando.
 

sábado, 29 de septiembre de 2012

Historias de Instituto

Cargado con la mochila, bajé del autobús y mis temblorosas piernas avanzaron los veinte metros que me separaban de las puertas del instituto.

      Logré llegar sin un rasguño, aunque en ese breve trayecto,  mis gafas cayeron al suelo, mi bocadillo cambió de mochila y el móvil apagado que llevaba en mi bolsillo fue aplastado por una apisonadora humana. La riña que me daría mi madre por ello sería morrocotuda. La pobre, creía que yo era un matón de patio y que peleaba por pura diversión.

      Entré en mi clase de Segundo de ESO por segundo año consecutivo y me senté en la silla más próxima a la mesa del profesor. Observé con detenimiento a mis nuevos compañeros, aquellos con los que iba a convivir los largos nueve meses que tenía por delante.
 
      Para las chicas, yo era un cero a la izquierda, el invisible de la clase, el repetidor de turno que no querían ni ver, dada mi enclenque apariencia física. Si me hubiese muerto ese verano, no habrían derramado una sola lágrima. De todos modos, poco importaba porque ninguna de ellas merecía un segundo de mi atención. Tanta superficialidad me resultaba antinatural.

      Para los chicos, yo era la oveja negra del grupo, el bufón en su corte de necios o el saco de boxeo para adiestrar los puños. Entre mis otros títulos, figuraba también el del pardillo a quien podían colgarle el muerto en caso de necesidad.

      Con dieciséis años cumplidos, casi diecisiete, entre mis antecedentes obraban una enfermiza infancia y una soledad inusual para un chico de mi edad. Sin amigos y sin aficiones, pasaba el tiempo soñando que algún día dejaría de estudiar y me pondría a trabajar, que conocería a una buena chica y viviría con ella toda mi vida y que formaría una familia que me haría sentir útil en la sociedad carroñera que me había tocado sufrir.
 
      La angustia que me tenía clavado a la silla con actitud observadora, se calmó cuando entraron dos adultos bastante serios que, sin soltar palabra, hicieron que el silencio reinase de inmediato. El más alto, que dijo ser el Jefe de estudios, se dirigió directamente a mí y me ordenó que cogiese mis cosas  y le acompañase al despacho del director. Varios ojos interrogantes me siguieron hasta la puerta. Ya en el pasillo, embargado por una terrible sensación de pánico, le pregunté si podía decirme el motivo por el cual debía ver al director, pero ignoró mi preocupación y me pidió que guardase silencio. ¿En qué lío me habrían metido esta vez? 

      Me sorprendí al encontrar en el despacho a mis padres junto a un hombre y a una mujer. El director, con una enarcada ceja que parecía buscar el cielo, me pidio que tomara asiento. El jefe de estudios se sentó a mi lado. Éramos siete personas en un despacho de cuatro metros cuadrados. El sudor comenzó a correrme por la frente y sentí que iba a formar un charco bajo las patas de mi silla.

      Los ojos de mi padre se me antojaron las puertas del infierno; los de mi madre, una fuente de agua cristalina; los del director, la oscuridad de la noche y; los de aquel hombre y aquella mujer, un inmenso agujero negro. El jefe de estudios guardaba una mirada gris que no supe descifrar.

      Intuí que no sería una conversación placentera. Empezó hablando el director para indicarme que la situación era complicada y que mis padres habían llegado a un acuerdo con los padres de Miriam. ¿De quién hablaban? Aclaró, ante mi inexpresiva cara, que dejar preñada a una chica no había sido una buena idea. Me quedé mudo del susto y casi me trago la lengua al intentar pedir explicaciones. Dijo que, sus padres, los del agujero negro, y los míos, ya habían acordado que se haría la prueba de paternidad y, si ese hijo era mío, fijarían la fecha de la boda.

      ¡No lo podía creer! 
 
      Al fin, desenredé mi lengua y mi voz surgió potente cuando grité que yo no era el padre de ninguna criatura. Mi supuesto futuro suegro, con voz aún más enérgica que la mía,  me pidió respeto y me obligó a prometer que pasaría la prueba. El director impuso calma y finalmente accedí, al fin y al cabo, nada había que perder. Y, por supuesto, jamás pensaba casarme con esa embustera.

      Llamaron a la puerta y asomó la cabeza una chica que no había visto nunca. El director le indicó que entrase y tomase asiento en la silla que quedaba libre a mi lado. ¿Sería Miriam?¡Si no me había acercado a ninguna chica en todo el verano, cómo puñetas la iba a dejar preñada! Supongo que me espanté con solo pensarlo y dos tomates de ensalada asomaron a mi cara cuando la miré a los ojos. Su padre,  enfurecido, me dijo que ya era tarde para avergonzarse. ¡El colmo!

      Debo reconocer que la chica hacía bien su papel, seguramente algún día sería una actriz cotizada. Sus lánguidos ojos miraban al suelo y por su mejilla corrían unas tímidas lágrimas. Parecía un alma en pena. ¿Quién me habría metido en semejante embolado?

      Tomó la palabra sin permiso y pidió disculpas a todos los presentes.

      ─Lo siento. Siento mucho todo esto. Debí contaros lo que me pasaba ─confesó con lágrimas en los ojos, dirigiéndose a sus padres─. Querían gastarte una broma, Pedro  ─me aclaró con voz celestial mientras yo analizaba la sinceridad de su mirada─. No estoy embarazada, mamá ─admitió finalmente ante todos.

      No pude articular palabra. Nadie más lo hizo.

      ─Cuando me matriculásteis en este instituto ─argumentó mirando a sus padres─ no tenía amigos y conocí a unas chicas con las que salí algunas tardes. Ellas me presentaron a más gente. Yo quería encajar en este lugar. Marga, una chica de cuarto,  me ordenó gastar una broma pesada a Pedro, haciéndole creer que me había dejado embarazada. Le dije que no pensaba hacerlo y dejé de salir con ellas. Desde entonces, han estado molestándome casi todos los días. Cuando la portera ha venido a avisarme y me ha explicado el motivo de esta reunión me ha dejado de piedra, porque yo no le había dicho nada a nadie. ¿Puede explicarnos por qué estamos aquí, señor director?  ─exigió saber, mirando desafiante al director.

      ─¿Y usted se llama director? Esto no va a quedar así. Lo sabe ¿No? Nos veremos en el juzgado ─dijo su padre, antes de abrazar a su hija─. Vámonos cariño, hay institutos más serios que éste. Todo saldrá bien, no te preocupes.

─Pedro, tus moratones no se debían a peleas iniciadas por ti ¿Verdad? ─preguntó mi madre, como si de repente lo viese todo claro─. Perdóname, por no saber escucharte. No tienes por qué seguir en este antro. Si no quieres estudiar, nos parece bien. Ya encontrarás algún trabajo, cariño.

      Por fin, Libre.

      Antes de salir por la puerta, mi padre se giró y le hizo una pregunta al director.

      ─¿Fue Marga la que le contó el embuste? ─lanzó a la yugular, antes de dar la última estocada─. Supongo que debe ser terrible tener una hija como ella. Le acompaño en el sentimiento.

      Esta vez, el que se había quedado mudo del susto fue el director.

      Sentí que mi corazón iba a explotar de felicidad. Quería a mis padres y ellos también me querían. ¿Qué más podía pedir?

                                           *        *        *

Bueno, sí, cuatro años después comencé a salir con vuestra madre y cuando terminó la carrera nos casamos y nos pusimos a vivir aquí. El resto ya lo conocéis.

      ─Te quiero, Miriam ─le susurré al oído cuando se acercó a nosotros.

 

viernes, 14 de septiembre de 2012

Ridícula actitud


Paramos a tomar fuerzas en un mesón de carretera y cuando pedimos la cuenta, descubrimos que nos habían robado el dinero. Ante semejante tragedia, el posadero propuso un modo para poder cancelar la deuda.

Mi marido, guiñando un ojo, aceptó el pago en especie y se ofreció a cantar sevillanas si era yo la bailaora. En un suspiro y sin arte, nos vimos pasando el trance. Él, de negro y camisa blanca, con cara de estreñimiento. Yo, de blanco y lunares rojos,  sudando arrepentimiento.

Los llantos de risa del público llenaron los platos de sopa y, en YouTube, aún triunfa el video  donde un par de gilipollas con ridícula actitud le dieron al cante flamenco un toque propio de humor.  

 

sábado, 1 de septiembre de 2012

Deformación Profesional


Tomé mi último sorbo de gin tonic  y miré hastiado el reloj. Mi contacto llegaba tarde. A punto estaba de irme, cuando le vi llegar con la sonrisa puesta.

      ─Le gustará la mercancía, no se preocupe.

      Subimos en una tartana destartalada que corría como un rayo y llegamos  a la casa.

      Era morena y tenía unas redondeces dignas de ser pintadas por el mismísimo Goya. Se me hizo la boca agua nada más verla.

      Comenzó el ritual del corte y, tras aderezarla, un olor exquisito recorrió la estancia. Ansiaba probar aquel  “bocatto di cardinale”.  

      Cogí los cubiertos  pero, antes de dar el primer bocado, sonó el maldito despertador.

      Como siempre, tomé mi vaso de leche de soja y un sándwich vegetal y me fui a trabajar al Matadero.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Que piensen lo que quieran...


Cada lunes,  sellaba su boleto en  Calle Caballeros, hacía una fotocopia del mismo y se dirigía a la iglesia de San Nicolás a depositarla a los pies del Santo, junto a la oportuna dádiva.

           Yo, que me estaba volviendo cada vez más ateo, le increpé por ello, alegando que los Santos podían ofenderse por tentar a la suerte haciendo uso de su influencia. Pero  mi madre, cuando cobraba el premio, me decía: “Que piensen lo que quieran. Al menos yo, les dejo un porcentaje de lo que cobro. Otros, no  dan ni las  gracias”.

domingo, 26 de agosto de 2012

Una vida de perros


¿Quién iba a pensar que esos sarnosos acabarían con el rabo entre las piernas?

            Dialogué con ellos hasta llegar a la extenuación pero su cuadriculada mente no les dejaba ver más allá de su barriga. La huelga de hambre había encarnizado los ánimos y sus ecos estomacales ganaron la batalla.

            Antes de aquello, protagonizamos un cuerpo a cuerpo que sesgó la vida de muchos y tras aquellos trágicos sucesos, decidimos reivindicar nuestros derechos declarándonos en huelga de hambre. Confiábamos en que la influencia mediática desencadenada por  una noticia de tal calado,  reforzaría nuestras peticiones.

            La libertad de elección es algo que no siempre está al alcance de todos, pero éramos idealistas y creíamos que debíamos luchar por ello. Queríamos decidir por nosotros mismos y ser útiles en la sociedad caótica que nos acogía. ¿De qué servía recluirnos en aquel lugar? ¿Qué beneficio obtenía la sociedad con ello? Ninguno.

            Tras comprobar la poca efectividad de nuestro sacrificio, los insurgentes se encargaron de minar los ánimos y destruir la hermandad de los miembros afectos a la causa. Todo quedó en un sueño inconcluso que no pude convertir en realidad.

            Os transmito los hechos tal como sucedieron, para que seáis conscientes del mundo que nos rodea. Ser amigo fiel y servidor leal es algo que nos viene impuesto. Nuestro único deber es acatar órdenes sin plantear objeciones.

            Yo quise ser objetor de conciencia cuando me ordenaron matar a un hombre y pagué mi culpa siendo recluido en aquel horrible lugar. No todos corrieron la misma suerte que yo. Sólo unos pocos nos libramos del holocausto, gracias a la bondad de algunos hombres buenos.

            Ahora ya soy viejo y sé que no seré yo quien cambie esta sociedad, pero vosotros podéis conseguirlo. Demostrad que tenemos sentimientos. No dejéis que aniquilen ese instinto bondadoso que todos llevamos dentro. Tenemos amor para compartir, dejemos la agresividad de lado. Podéis salvar vidas y servir de ayuda. Ser asesinos no es nuestro único destino.

 
            Ser hijo de un policía marcaba inevitablemente tu futuro. Te definía como fiel servidor y te obligaba a matar al agresor si te era ordenado. Incumplirlo, suponía pasar a un centro de readiestramiento con normas estrictas y dolorosas. Si no superabas las pruebas, eras castigado con la inyección letal.

 
            El sueño de Bumer tardó años en convertirse en realidad. Su nieto, Bala, fue uno de los primeros que pudo elegir.

            Alguien llegó a plantearse que podíamos ser más útiles si realmente hacíamos aquello que queríamos hacer.

            Desde entonces, nuestro posible futuro queda marcado a los seis meses, mediante una sencilla elección. En un lado de la sala, una cara sonriente necesitada de amistad, te espera con los brazos abiertos; en el otro lado de la sala, un policía que desea un compañero fiel, también.

            Los centros de readiestramiento dejaron de existir y se normalizó la Institución de «La Segunda Oportunidad». Uno siempre podía admitir que había equivocado su elección y probar suerte en el otro lado de la sala.

            Fue así como pasamos de ser meros ejecutores a ser colaboradores de la Ley y de los hombres. A cambio, recibimos el título honorífico de «Mejor amigo del hombre».

            Esta es nuestra historia, la verdadera historia del Pastor Alemán. Una historia de amor que Bumer quiso transmitir a los suyos y que, finalmente, los humanos llegaron a comprender.

viernes, 17 de agosto de 2012

Ganadora en Radio Castellón: Semana del 13 al 17 de agosto

Hoy he tenido ocasión de poder escuchar en directo el programa de Radio Castellón. Las benditas vacaciones siempre conceden algún privilegio. Normalmente trabajo a esas horas y suelo escuchar el audio del programa por la tarde.


      Ha sido increíble escuchar en directo que soy  la ganadora de esta semana en el concurso de microrrelatos de la Cadena Ser, con la frase: «Recuerdo mi primera vez». Me siento felizmente afortunada.  Sé que son muchos, y muy buenos, los escritores que allí participan.


      Si os apetece leerlo, podéis verlo vosotros mismos en www.radiocastellon.com, en la sección Participa, en el apartado microrrelatos ganadores.


       Si preferís escuchar el programa, está disponible en la sección Audio. Ha sido emitido hoy, día 17 de agosto, en Hoy por hoy Castellón, cuarenta minutos antes de emitir el informativo local 14:17 horas.


Gracias por estar ahí y seguir leyéndome.

lunes, 23 de julio de 2012

Tocando fondo


Nunca imaginé que me cambiaría tanto la vida aquel accidente de coche.

      Salí ileso de mi destrozado Talbot y saqué al otro conductor del interior de su vehículo. Al parecer, se hallaba inconsciente. Dos segundos después, explosionó su sedán, se nubló mi vista y desperté en el hospital.

      Tras los trámites policiales, una enfermera me comunicó que el individuo que había chocado conmigo, Juan, se encontraba en coma. No supe reaccionar en ese momento. Únicamente acerté a pensar que me había librado de una buena.

      Volví a casa lamentando mi desastrosa  vida. Sin trabajo, sin Talbot y sin dinero, había tocado fondo; aunque yo, al menos, era consciente de mi desgraciada existencia. En cambio, Juan, yacía en una cama de hospital, ajeno a la vida circundante.

       Me levanté al día siguiente dispuesto a encontrar un trabajo que me ayudase a salir adelante, pero corrían malos tiempos y, conseguir un trabajo era más difícil que encontrar una aguja en un pajar.

      Me paré frente a  la puerta del hospital y pensé en Juan. Quería saber cómo estaba y si habían localizado a algún familiar. Decidí visitarle. No le guardaba ningún rencor, aunque se hubiese cargado mi coche.

      Seguía en coma. Nadie había preguntado por él ni habían localizado familiares. Entré en la habitación y me presenté formalmente. Era extraño hablar con un cuerpo que no daba la más mínima señal de vida. Proseguí mi conversación pausada, explicándole quién era y a qué me dedicaba, es decir, a qué me dedicaba antes de ser despedido del trabajo y ser uno más en el gran ejército de parados que asolaba España.

      Una hora después de monólogo ininterrumpido, un sonido ensordecedor inundó la habitación. Una chispa de vida bombeaba la sangre en sus venas. Al parecer, Juan, iniciaba su camino de retorno. Mi nuevo amigo había salido del coma. Me pidieron que abandonara la habitación y regresé apesadumbrado a casa.

      Le visité al  día siguiente y, curiosamente, reconoció mi voz. Me agradeció el monólogo del día anterior y me explicó que una fuerza poderosa le empujó a regresar de allá donde estuviese. Diez días después, le esperaba frente a la puerta del hospital con mi nuevo Talbot de tercera mano recién lavado. Lo llevé a su casa y tras pedir comida china, me invitó a comer.

      Sin conocidos ni familiares en este país, le era difícil relacionarse con la gente.  Trabajaba para una multinacional como mediador en procesos de reestructuración de empresas. Aquel cargo tan rimbombante me picó la curiosidad y quise que me explicara en qué consistía exactamente su labor. Como me temía, era uno más de esos mequetrefes que se dedican a destrozar familias y arruinar vidas humanas, haciendo más llevadero a los directivos el difícil trance de echar a la calle a sus pobres trabajadores.  No pude escuchar más. Me levanté indignado y abandoné, dando un portazo, aquel piso de la Gran Vía que debía tener más de doscientos metros cuadrados y todo tipo de lujos imaginados y por imaginar.

      Los días pasaban con más pena que gloria y los meses de cobro del paro tocaban a su fin. 

      Aquella mañana, su número apareció en la pantalla de mi móvil. No tenía noticias suyas desde entonces. Preferí ignorar su llamada y mantener mi orgullo altivo. Finalmente, dejó un mensaje. Me citaba en un bar próximo a mi casa para hablarme de una oferta de trabajo. Lleno de dudas, me tragué el orgullo y acudí a la cita. Allí estaba él, en mangas de camisa y  pantalón vaquero, tomándose una voll-damm. Me acerqué sopesando lo mezquino de mi comportamiento, pero recordé que mi cuenta estaba en su límite más bajo y eso me dio fuerzas para presentarme frente a él. Estrechar la mano de alguien que te provoca arcadas es algo a lo que aún no estaba acostumbrado, pero las circunstancias personales me imponían adoptar ese papel. Supongo que mi cara debía ser un poema en ese momento.

      Se tomó su tiempo para llegar al quid de la  cuestión. Conocía mi anterior trabajo porque yo mismo le había hablado de él en el hospital y, al parecer, mi perfil reunía los requisitos necesarios para ocupar el puesto que me iba a ofrecer. Quedé expectante, deseando echar a correr en cuanto escuchase su proposición, pero no pude. Noté que la sangre abandonaba mi cara y vi el reflejo de mi alter ego en el espejo de la pared que había detrás  de él. Me ofreció ocupar su puesto. Él había sido requerido  en otro país y no podía permanecer más tiempo aquí para liquidar las empresas que aún no había visitado. Sueldo desorbitante, piso con gastos pagados, coche de lujo, vacaciones pagadas por Europa y una tarjeta oro para mis gastos personales. Mi interior se negó rotundamente pero mi boca pronunció un   sumiso que sería mi billete a la fatalidad.

      Y aquí estoy, recordando el día en que cambió mi vida, intentando luchar por regresar a mi anterior existencia, escuchando la penosa historia de un desconocido. Lo he conseguido, a punto he estado de irme al otro barrio, pero este pitido ensordecedor me da la bienvenida. Esta vez seré yo quien pague el Talbot de este desgraciado,  antes de comprar su alma. Con el tiempo, comprenderá que esto es una maldición y algún día, aunque no lo quiera, deberá pasarla a otro.

domingo, 22 de julio de 2012

Divagaciones


"Juntar palabras para formar frases sin sentido, debería estar prohibido"


Lo he leído sentada, si no, caigo plegada al suelo de la impresión.

Supongo que en 1981, cuando escribí esto, tenía fe en el poder de la palabra. Con el tiempo, la he ido perdiendo. Será un efecto secundario que se sufre con el paso de los años.

Mi hija está pasando esa misma etapa y me deja fascinada la madurez de sus pensamientos. Sé que la sigo viendo niña aunque crezca sin darme cuenta. Me asombra que una mente tan pequeña albergue razones tan grandes. Ya no recordaba qué pasa  por nuestra cabeza cuando se tienen quince años.

Tras una semana sin su presencia, su ausencia invade la casa, aunque ella se empeña en llenarla mandando WhatsApps a cualquier hora.

Los últimos titulares han aplastado a quienes tenemos alguien querido en Bournemouth. No es habitual el asesinato de un estudiante español y la noticia te deja helado el corazón. Las malas noticias, aunque llegan todos los días, suelen cubrirse con un tupido velo. Supongo que ésta no la olvidaré tan fácilmente. Está bien, contenta y feliz como una perdiz.

Los minutos transcurren lentos, formando horas cansadas que llenan días vacíos. Nunca imaginé que el tiempo pasase tan despacio.

Comienzo historias que no acabo o termino historias que no empiezo. Mirándolo bien, podría escribir un libro lleno de principios y finales y, ponerle como título: “Las historias nonatas”.

Seguro que si cayese entre mis manos en un hipotético futuro, quedaría sorprendida por el cúmulo de estupideces juntas que una misma persona puede llegar a escribir. Pero antes de leer el libro, me pillaría un buen sillón, para leerlo sentada, no fuese que me cayese rodando al suelo, muerta por la impresión.

Sigo escribiendo, aunque no lo parezca.


sábado, 30 de junio de 2012

Un día sin reclamaciones




Un aire irrespirable con aromas de alcanfor, se afanó en recibirme cuando abrí la puerta de aquel cubículo llamado Despacho de Reclamaciones.

     ─Siéntese y espere su turno ─dijo una voz desganada que se ocultaba tras una espalda  de melena rubia.

     Tomé asiento, dejándome caer cuidadosamente sobre la desvencijada silla que había al lado de la puerta. Rápidamente comprendí el mensaje subliminal escondido en aquel pozo de lamentaciones.

      Una ventana casi inexistente dejaba entrar el único rayo de luz que arrojaba vida en aquel  lúgubre cuartucho. Por el lateral del plafón oxidado que adornaba el techo, asomaba la cabeza una de esas arañas de patas largas que, aprovechando la cegadora luz natural, se lanzó al vacío  y se posó en la cabeza  de la señora rubia. Me entraron ganas de acercarme y darle un manotazo pero reprimí mis instintos, no fuere que mi gesto se mal interpretase y las gracias viniesen con sopapo de regalo.

     El descascarillado de la pintura estaba esparcido por el suelo, a modo de confeti festivo, supongo que para dar un poco de alegría a la estancia. El azul cielo que se vislumbraba por algún rincón de las paredes, había adoptado un tono grisáceo que concordaba de mil amores con el resto del decorado.

     ─¡Lo que tiene que aguantar una! ¡Todo el día aquí sufriendo ingratitudes de algunos maleducados que se creen en posesión de la verdad! ¡Total, para cobrar cuatro duros! Si yo fuera usted, pedía un aumento de sueldo en concepto de plus de peligrosidad. ¡Faltaría más! Y de mi instancia, no se preocupe, rómpala, que por diez pesetas no vale la pena reclamar ─gritaba haciendo aspavientos la señora  mientras levantaba sus posaderas de aquel viejo sillón─. Deje de llorar mujer, que ya me encargo yo de decirle cuatro frescas a ese tipo.

     Sin más, desapareció de nuestra vista, portando un abrigo alcanforado que sería difícil de olvidar. En lo alto, dos patas alzadas nos dieron la despedida.

     ─Siéntese aquí por favor ─me invitó la funcionaria, señalando el viejo sillón─. Usted dirá.

     Acudí inmediatamente y recordé el motivo que me había llevado hasta allí.

     ─Mire usted, quisiera presentar una reclamación porque me han cobrado de más en la licencia de obra menor que he solicitado ─le mostré la instancia acompañada del justificante del ingreso─. Como puede ver, el presupuesto estimado de mi obra es de mil pesetas pero el tipo impositivo lo han aplicado sobre diez mil pesetas. Creo que es justo que reclame la devolución del importe ingresado indebidamente ─concluí satisfecho mi exposición.

     Noté algo en la mirada de la joven, y tras un momento de silencio sepulcral, el aspecto vidrioso de su retina culminó en un aluvión de lágrimas esparcidas por toda su cara. Atónito, quedé expectante.

     Tras retomar el aliento, se vio obligada a disculparse.

     ─Disculpe, señor. Hoy he tenido un mal día. No lo digo por usted, que es todo un caballero. Pero es que… Hace un rato, un señor  ha saltado como un león sobre esta mesa, ha lanzado mis gafas por el aire y me ha puesto de vuelta y media. Total, porque le he dicho que su reclamación era improcedente.

     ─No se preocupe, la entiendo. Olvídese de ese asunto, le aseguro que yo no pienso subir sobre la mesa ─dije sonriente, esperando aligerar la situación.

     Secó su rostro y, tras quitarse las gafas, parpadeó varias veces y respiró profundamente. Tenía mirada de ángel. Era inconcebible que algo tan absurdo hubiese sucedido allí mismo.

     ─Ya me encuentro mejor. Gracias y disculpas de nuevo. Veamos su instancia. Sí, efectivamente el presupuesto de ejecución material asciende a mil pesetas. Ahora, veamos la liquidación. Sí, efectivamente el tipo impositivo del uno por ciento se ha aplicado sobre diez mil pesetas. Y bien, ¿dónde está el problema?

     De repente, su mirada de ángel se me antojó un poco menos pura y esas pestañas largas que me obnubilaron hacía un instante, se convirtieron en horcas demoníacas.

     ─Pues, como ya le he dicho, el problema está en que me han cobrado novecientas pesetas de más y creo que bien merecen ser reclamadas ─contesté, intentando mantener la calma.

     ─Perdone, pero está usted equivocado, la liquidación es correcta ─dijo con una naturalidad pasmosa─. El artículo cuarto, apartado dos, de la ordenanza fiscal reguladora del Impuesto sobre Construcciones, indica claramente que el tipo impositivo aprobado será aplicado sobre el presupuesto de ejecución material provisional de la obra ─continuó impasible tras comprobar cómo asentía con la cabeza ante su entrada en razón─. Pero, la disposición transitoria segunda de la misma ordenanza, también indica claramente que, el presupuesto de ejecución material de la obra será multiplicado por diez, al objeto de cubrir posibles daños ocultos que puedan aflorar en la vía pública, durante los diez años siguientes a la realización de dicha obra.

     Un sentimiento arrebatado de comprensión humana se apoderó de mí, y sentí que debía razonar con aquella funcionaria mi caso particular.

      ─Sí, me parece una disposición bastante adecuada pero, no afecta a mi licencia de obras. En mi caso, la obra consiste en el cambio de una ventana interior, con vistas a mi corral particular. Como comprenderá, poco daño, o ninguno, puede causar mi obra a la vía pública.

     ─Y usted debe comprender que está hablando con una funcionaria pública que ejerce sus funciones siguiendo la normativa establecida, motivo por el que no debe hablarme como si fuese corta de entendederas ni debe faltarme al respeto. Ya que, le aseguro a usted, que le comprendo perfectamente. Pero, insisto, su liquidación está perfectamente liquidada.

     Un fogonazo de transfiguración aceleró mi torrente sanguíneo y, cual león ansiando desollar su presa, salté sobre la mesa y comencé a soltar unos improperios que jamás hubiese imaginado que mi boca pudiese articular. En ese momento, se abrió la puerta y se paralizó el mundo.

     ─Ve usted, señor alcalde. Esta funcionaria se merece un plus de peligrosidad. ¡Aparte a ese mameluco de ahí, que se la va a comer!

     La voz de pito de la señora rubia, hizo que reencontrará el norte y me bajé inmediatamente de la mesa, no sin pedir disculpas a todo el respetable e irme de allí sin presentar ninguna reclamación.


lunes, 18 de junio de 2012

No abras una carta sin remite

20-11-2012
Presenté este micro al I Concurso de microrrelatos "Pluma, Tinta y Papel" promovido por Diversidad Literaria. Cuando apareció la lista con el nombre del ganador, los finalista y los seleccionados no vi mi nombre en ella, así que días después publiqué esta entrada. En el mes de noviembre he recibido por correo electrónico un mensaje disculpa por la omisión de mi nombre entre los seleccionados. Quizás la alegría al recibir la noticia no es la misma que cuando recorres la lista por primera vez y te encuentras en ella, pero debo confesaros que un poquito sí me ha subido la moral. 
 

 
 
La ruina proclamaba su visita, ante la inevitable agonía de su negocio. Sólo un milagro podría salvarle. Un golpe seco en la puerta, le sacó de sus pensamientos. En el suelo, un sobre sin remite esperaba una respuesta: «¿Serías capaz de vender tu alma al diablo por un millón de dólares?». Sin pensarlo, dijo «Sí» en voz alta. Entonces, se abrieron las puertas del Infierno.  

martes, 29 de mayo de 2012

I Certamen Internacional Toledano “Casco Histórico”

Un amigo virtual me ha remitido estas bases del concurso internacional de poesía y narrativa en castellano, cuyo plazo de presentación finaliza el 30 de septiembre de 2012. Están recien salidas del horno, así que aún nos queda bastante tiempo para calentar motores y dejar volar nuestra imaginación. 

Cuanta más gente participemos mejor. Sí, sí, vosotros también, desde México y Argentina o desde otros países. Ánimo, colgad también las bases en vuestro blog y difundidlas por la blogosfera.

En Toledo, están esperando leer muchas obras. Un abrazo a todos.

I Certamen Internacional Toledano “Casco Histórico”


Bases comunes


1- El certamen está destinado a todos aquellos autores/as, que presenten su obra en castellano, sea cual sea su lugar de residencia, o su nacionalidad.


2- La obra habrá de ser original, de tema libre e inédita, no habiendo sido galardonada en ningún otro concurso, ni estar concursando al mismo tiempo en otro certamen. Las modalidades serán Poesía y Narrativa. No se admitirán trabajos presentados por correo electrónico. Se enviaran 4 copias de la obra a:


I Certamen Internacional Toledano “Casco Histórico”.

Apartado de correos 242, 45080 Toledo (España)


3- Los originales se presentarán por el sistema de Seudónimo y Plica. En el exterior de la Plica (sobre cerrado con los datos del autor/a) y en la obra, llevará expuesto el Seudónimo. En el interior de la Plica constará el nombre y apellidos del autor, nacionalidad, domicilio, teléfonos, y correo electrónico. 


4- El plazo de presentación de las obras finalizará el día 30-9-2012. Las obras llegadas después de ese plazo se destruirán. Se admitirán aquellos trabajos franqueados con fecha anterior o igual a esta fecha. Cualquier envío que no cumpla las Bases será anulado. La secretaría de la organización, no mantendrá correspondencia durante el proceso del certamen, ni después. Todas las obras recibidas serán destruidas, de tres días después del fallo.


5- El jurado estará compuesto por personas del ambiente literario dentro del ámbito literario de la ciudad de Toledo. El fallo será inapelable, y ningún Trofeo podrá quedar desierto.


6- La entrega de Trofeos se efectuará en el Circulo del Arte de Toledo, Plaza de San Vicente, 2. El día 30-11-2012, a las 18,30 horas.


7- Los autores/as clasificados hasta el sexto lugar en cada una de las dos modalidades, con residencia en el Estado Español deberán asistir personalmente al acto de entrega de Trofeos. La no asistencia al acto, significará la pérdida del trofeo, que pasará a recaer en el siguiente clasificado.


Bases Específicas


Poesía:


Se presentará un sólo trabajo por autor en formato Din-A 4. El poema tendrá una extensión máxima de 25 versos. Se establece un trofeo para los seis primeros calificados. La editorial Celya editará un libro con los poemas de los 120 primeros clasificados. La secretaría del certamen enviará por correo postal un ejemplar del libro a los 120 primero clasificados gratuito, durante las semanas posteriores al día fallo.


Narrativa:


Se presentará un sólo trabajo por autor en formato Din-A 4, interlineado a doble espacio. La Narración tendrá una extensión máxima 3 folios, por una sola cara. Se establece un trofeo a los seis primeros calificados. La secretaría del certamen imprimirá un libro con las 30 primeras obras clasificadas, enviando por correo postal un ejemplar a los 30 primeros clasificados gratuito, durante las semanas posteriores al día fallo.