jueves, 18 de noviembre de 2010

PAPA, QUIERO SER BOMBERO

Llevaba todo el mes con la misma pregunta, repetida varias veces a lo largo de su vida: «Hijo, ¿qué quieres ser de mayor?». Siempre le respondía lo mismo, pero, como si no le hubiese oído, al poco tiempo volvía a repetirle la pregunta. Era evidente que la respuesta que le daba no era de su agrado.

           ─David, pero… ¿aún no te has decidido, hijo? El tiempo se te va a echar encima y no podrás matricularte.

           ─No sé papá, no lo tengo del todo claro, hay tantas posibilidades ante mí que no sé cuál escoger.

           ─Mira hijo, no quiero agobiarte. Sé que es tu futuro el que está en juego, no el mío, pero debes elegir. No tengas miedo a equivocarte, si después del primer año descubres que eso no es lo tuyo, al siguiente lo intentas con otra cosa.

           ─Gracias papá, siempre me has dado el apoyo que necesitaba. Meditaré esta noche con la almohada y mañana te diré algo. Buenas noches.

           ─Buenas noches.

           David no podía parar de dar vueltas por la cama, tenía un gran dilema en su cabeza, escoger una carrera como la de arquitecto y cumplir los deseos de su padre o ser lo que siempre quiso ser: bombero. Recordó su primera visita al parque de bomberos cuando tenía cuatro años, el jefe de bomberos le confesó que era el hombre más feliz del mundo porque había podido salvar vidas. «¡Salvar vidas!», aquello marcó a David para siempre. Cada año pedía a los Reyes Magos un camión de bomberos. Miró la estantería, diez camiones de bomberos le observaban desafiantes, esperando que adoptara la decisión correcta.

           En la habitación contigua, su padre también estaba despierto, sentado en su butaca. No podía imponerle nada a su hijo, pero creía que le esperaría un futuro mejor si estudiaba arquitectura u otra carrera. Pensaba en el fuego, en los bomberos que mueren asfixiados o quemados, en los que quedan heridos o lesionados a causa de los derrumbes de los edificios,… y el mero hecho de imaginarlo le ponía los pelos de punta. Deseaba que su hijo supiese valorar concienzudamente esa decisión, poner en la balanza los pros y los contras de una u otra salida profesional y que finalmente, se decantara por la carrera de arquitectura o, si esa no le convencía, otra carrera cualquiera, pero «Bombero no, por favor».

           Cuando David se levantó encontró a su padre desayunando en la cocina.

           ─Buenos días hijo, ¿Qué tal has dormido?

           ─No muy bien, la verdad, no he podido descansar.

           ─¿Y eso?

           ─Ya sabes, toda mi vida deseando ser bombero y ahora no sé si estoy preparado para serlo. Sé que cuando me veías dibujar casas imaginarias, suspirabas creyendo que algún día sería un buen arquitecto; pero, cuando veías las llamas que luego pintaba sobre ellas, te echabas las manos a la cara por no verlo.

           ─Aunque me duela en el alma, hijo, quiero que seas lo que tú quieras ser, no lo que yo quisiera que fueses.

           ─Ya lo he decidido papá.

           ─¿Y?

           ─Voy a ser arquitecto, el mejor del mundo. Mis edificios nunca jamás podrán quemarse ni derrumbarse...

           Antes de que pudiese terminar de hablar, su padre no pudo reprimir su alegría.

           ─Me alegro muchísimo David, estoy seguro de que esa es la mejor forma de salvar vidas.

           ─Sí papá, pero también he pensado que me apuntaré como voluntario en el parque de bomberos y si, mientras estoy estudiando la carrera, salvo alguna vida de verdad, pues mucho mejor.

           Ya se lo dijo su mujer: «Cuando traes un hijo al mundo, es cuando empiezas a sufrir».









sábado, 6 de noviembre de 2010

La oposición

Tras varias semanas de duro estudio se enfrentaba a aquella oposición. Una mujer repartía las inmaculadas hojas que iban a gestar su nuevo futuro.

           Por su mente pasaron todas las noches paseando por la habitación y recitando el temario a las paredes, las visitas furtivas a la cocina a las tres de la madrugada y los innumerables cafés tomados durante su preparación. Cuando sus neuronas adormecidas reclamaban un descanso, su cuerpo, como un autómata, se dirigía involuntariamente hacia la cafetera. Aquel café cubano era capaz de despertar a un muerto. Había enlazado días y noches, trabajo y temario, robando horas al descanso. 

           Obtuvo la titulación en la universidad a distancia y, aunque no era más que un simple fontanero que trabajaba por cuenta ajena, sabía que había venido a este mundo para ayudar a los demás. Su especial motivación le había servido para obtener la Licenciatura en Psicología.

           Una sola plaza estaba en juego y ésa tenía que ser para él. No soportaría más aquellos días instalando sanitarios y grifería, ni los cachetes de su encargado ni la sorna de su jefe.

           Una voz al fondo de la sala indicó que se iniciaba el examen, tenían que abrir el sobre que había en la mesa, leer la pregunta y contestar en los folios blancos que se habían repartido previamente. Abrió el sobre y leyó la pregunta: Explique qué son los desencadenantes en el relato y como éstos llevan al lector a escribir su propio texto.

           La tensión inicial se había disipado, millones de palabras se agolpaban en su cabeza queriendo ser escritas aunque únicamente podía recordar algo sobre la subjuntivización de la realidad. Sin más, su mano se lanzó a escribir. Escribía su última palabra, cuando alguien retiró el examen de sus manos. Las notas se harían públicas el jueves, serían expuestas en la página web de aquella institución y los aprobados recibirían un e-mail comunicándoles la hora de la siguiente prueba.

           Salió de la sala ensimismado en sus pensamientos y se dirigió a la estación de autobuses para regresar a su pueblo. La triste monotonía diaria le esperaba. Sintió que su sueño se le iba de las manos, estaba desanimado y no fue capaz de coger ni un libro durante esos días.

           Aquel jueves recibió un correo eléctrónico, antes de abrirlo tuvo que serenarse, pensó que debía tener una mente abierta a cualquier nota que contuviese aquel mensaje, por mala que fuese, al menos estaba aprobado. ¿Cuántos más lo habrían hecho? Un click abrió una carta del presidente del tribunal animándole a seguir adelante. El fichero adjunto contenía los aprobados y las notas obtenidas. Abrió el fichero y contenía dos nombres, el de su oponente, que había obtenido un cinco, y el suyo, que había obtenido un diez. Les convocaban para el lunes a las diez en el mismo lugar.

           Aquel día, al entrar en la sala, solo encontró dos mesas separadas y cinco personas que componían el tribunal esperándole de pie. Su oponente no se presentó a la prueba. ¿Por qué? Quizá le entró miedo a última hora. Realizó su examen relajado, sin prisas, meditando cada una de las palabras que escribía en el papel, sintiendo que aquel puesto ya era suyo.

           El siguiente jueves recibió un e-mail del Presidente del Tribunal que literalmente decía así: "Estimado opositor, dado que ha sido usted el único presentado a esta segunda prueba, me permito enviarle este correo para comunicarle que no ha superado la misma, evitándole así la angustiosa decepción de tener que ver su nota en nuestra web. Fue un placer leer su primer examen, aunque lamento no poder decir lo mismo del segundo. No obstante le animo a continuar intentándolo. Atentamente. Alberto Ramirez"
          
           A las siete de la mañana, herramientas en mano, sentado en la furgoneta de la empresa se dirigía junto al encargado y otros dos peones hacia unos apartamentos. Un curioso encargado le preguntó por la oposición, aunque de sobra sabía que no había aprobado. Le respondió tranquilo, sin alterarse, le dijo que había aprobado el primer examen pero el segundo no lo había superado. Vio las maliciosas sonrisitas de sus acompañantes encantados con su suspenso y aquello le hizo olvidar su vocación. Sin poderse contener les explicó que en la primera prueba sacó un diez al contar la historia de un simple día de su vida junto a los alcornoques de sus compañeros, y en la segunda prueba sacó un cero por intentar convencer al tribunal que de aquellos alcornoques podía sacarse algo en claro.

           No volvió a presentarse a ninguna oposición, aunque aquel día decidió que debía escribir todo aquello que pensara.