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Adiós, Pepito, adiós

Una mañana te levantas y decides que todo irá bien, porque te lo mereces. Sí o sí, te vas de vacaciones.

Una ducha refrescante, el café solo y una tostada con mantequilla. Sales a la calle, presionas el mando del llavero y tu coche te da la bienvenida. Todo va sobre ruedas. 

Un semáforo en rojo salpica el arco iris que te acompaña, pero mantienes la calma. No dejarás que esa minucia emborrone el día.

Tu subconsciente, en cambio, ha tomado nota del detalle. La última vez que lo encontraste en rojo, acabaste en urgencias con traumatismo craneoencefálico debido a una colisión múltiple.

Bajas la ventanilla para inspirar el aire cálido de aquel día primaveral y tarareas la canción que está sonando en la radio. Sin esperarlo, una abeja empieza a revolotear por el salpicadero. Sabes que no debes distraerte cuando conduces y decides parar en el arcén para invitarla a salir. Mueves tu mano varias veces, esperando que el insecto siga la ráfaga de aire que le has proporcionado, pero la abeja ni se inmuta. 

Tu subconsciente, bolígrafo en mano, escribe la segunda línea en su lista. No has considerado tu reacción alérgica en caso de picadura, ni te ha pasado por la cabeza.

Y continúas intentando que la salida a aquel conflicto se realice de un modo pacífico, pero no hay forma de conseguirlo. Decides probar con un pañuelo de papel y coges la abeja con cuidado para lanzarla fuera del vehículo. Tras zarandear el clínex y despedir al visitante, lo guardas en tu bolsillo y continúas hacia tu destino.  

Un panel informativo indica que hay retenciones a diez kilómetros  y anuncia la posibilidad de optar por una vía alternativa. Cargado de optimismo, decides tomar la variante. Todo está saliendo redondo, no hay porqué preocuparse. 

Tu subconsciente, ya va por la tercera alerta. La última vez que alteraste una ruta, caíste por un terraplén y tu coche fue siniestro total. Tú, te libraste de milagro.

La carretera es estrecha, carente de arcén, pero el paisaje es digno de postal. Has subido la ventanilla para evitar nuevos intrusos y refrescas el ambiente con el aire acondicionado. Todo va como la seda. Estás ansioso por ver el mar, solo quedan doscientos kilómetros. Alcanzas un tractor enorme y disminuyes la velocidad porque no ves claro que puedas adelantarle. Al recordar la última vez que lo hiciste, te sientes afortunado. El cuentakilómetros bosteza mientras el coche avanza lentamente. No tienes prisa. Disfrutas de la vida.

Tres horas después, llegas a un pueblecito y atiendes a tu barriga, que exige con voz silenciosa que hagas una parada para comer algo. Te atrae el barullo que asoma por la ventana de un bar, y observas sus mesas repletas de gente y el buen ambiente que se respira en el interior. Te diriges a la barra con paso decidido, echas una ojeada al mostrador, lleno de tapas minuciosamente elaboradas, y te sientas en un taburete. Te das permiso para saltarte la dieta por un día.  Pides un bocadillo de tortilla con pimientos fritos, una tapa de ensaladilla rusa y otra de morro frito. Mientras esperas, tomas un quinto de cerveza bien fresquito. Como bien sabes, acabará cayendo alguno más.

Tu subconsciente anota, inquisidor, en su lista negra: los pimientos fritos que te provocan ardor de estómago, la ensaladilla rusa con esa mayonesa de sospechoso color, el morro frito que subirá tu colesterol a límites insospechados y  los quintos fresquitos que deberían impedirte conducir.

Saciado el apetito, te pides un carajillo para dar un toque de alegría a tu aventura. Luego, continúas la marcha. El sol brilla en lo alto y la carretera está libre de tractores. "Viento en popa, a toda vela", te diriges a tu destino.

Tu subconsciente, llamémosle Pepito, no sabe si darte una colleja o abandonarte a tu destino. Cinco quintos y dos carajillos y tú al volante. Deberían darte el alto antes de que ocurriese alguna desgracia. En la boda de Benito, una cerveza y un gin-tonic fueron suficientes para empotrar la moto en la furgona de delante; pero parece que has olvidado los tres tornillos y la placa que llevas en la pierna derecha. 

La carretera es recta y la luz del día la hace infinita. Has soñado tanto con esas vacaciones que nada ni nadie podrá impedir que las disfrutes plenamente. El mar te espera, en la bolsa llevas toallas de playa, bañadores y ropa, no te hace falta nada más. Todo está saliendo a pedir de boca.

Tu subconsciente sabe que no llevas protector solar ni sandalias de goma, ni tan siquiera un antihistamínico para tus alergias. Sabe que el mar es un hervidero de medusas y la orilla de la playa un terrible manto de cantos rodados. Le falta lápiz para tan larga lista.

A lo lejos, divisas un vehículo de la Guardia Civil. No tienes escapatoria, tienes que parar. Esperas no tener que soplar en esta ocasión. Con tu mejor sonrisa, saludas al agente que te ha dado el alto, le ofreces la documentación del vehículo y le muestras tu carnet de conducir. 

Tu subconsciente suda tinta china mientras reza el rosario. Solo faltaría acabar entre rejas. Has hecho caso omiso de todas las posibles amenazas que ha detectado y, ahora, se verá obligado a anotar en su repertorio una posible detención, la pérdida de puntos en el carnet de conducir y una sanción de no sabe cuánto importe.

Todo en orden, puedes seguir. Confirmado, hoy es tu día. Quedan solo cincuenta kilómetros y ya parece que el aire huele a salitre.

Tu subconsciente se ha quedado atónito ante esa suerte inusitada, pero no piensa bajar la guardia, sabe que algo acabará saliendo mal.

Tú, ya hace horas que has entrado en "modo vacaciones". La comida te ha sentado estupendamente y te sientes más vivo que nunca. Haces una parada técnica en una gasolinera y, luego,  continúas.

Pepito, ya repuesto del trance, recuerda que la última vez que visitaste los urinarios de una estación de servicio, tuviste que acudir al médico porque cogiste una infección inexplicable. Retoma la lista y sigue apuntando.

Ya puedes ver el mar a lo lejos, un inmenso azul se pinta en tus ojos. Llegas y estacionas en un aparcamiento anexo al paseo marítimo. A diez metros, extiendes la toalla en la orilla, te despojas de la camisa y el pantalón corto y dejas las deportivas junto a la toalla. Has tenido que pisar muchas piedras para alcanzar la arena del interior marino y te duelen los pies, pero no importa. Algo ha rozado tu muslo y tu brazo, pero lo ignoras. Te entra un calambre en la pierna y decides salir del agua, ¡No vas a darlo todo el primer día! Te tiras en la toalla para secarte tomando el sol y sucumbes al sueño.

Tu subconsciente está punteando frenéticamente aquella maldita lista de avisos a oidos sordos, cree que la comida copiosa, los quintos de cerveza, los carajillos y la visita a los urinarios de la gasolinera, te pasarán factura, más pronto o más tarde. Y no le cabe la más mínima duda de que el doloroso picor provocado por los "roces" de las medusas y la insolación que te está acechando, no serán un plato de buen gusto cuando despiertes de la siesta. Pepito sabe que aún queda día por delante.

Escuchas una voz que llama tu atención y despiertas de tu plácido sueño. Es una socorrista que te aconseja ponerte protector solar. Te deja unas muestras de regalo y, tras observar tu brazo y tu pierna, te ofrece también unos blisters de suero fisiológico como medida preventiva. No, no eres un adonis, hay más socorristas atendiendo a otros bañistas. Aquellas escoceduras, supuestamente provocadas por algún roce de medusa, han sido un mal menor y, además, mañana lucirás un bronceado espectacular. Quién sabe, igual conoces a tu pareja durante las vacaciones.

Recoges tus cosas y decides buscar el alojamiento que ya tienes concertado. No lo puedes creer, estabas justo delante de su entrada. Subes a la habitación y te echas en la cama. Lo dicho, todo ha salido redondo. Sonríes. Sabes que desde tu último percance automovilístico ya no escuchas aquella voz interna que se empeñaba en martirizarte todo el rato. A palabras necias, oídos sordos.

Tu subconsciente, altamente ofendido, ahora comprende por qué no atiendes a sus razonamientos. Quizás el milagro de tu salvación en aquel terraplén desconectó tu oído interior del altavoz de tu consciencia.  Mejor darte una patada en el trasero y dejar que te arrojes tu solo al abismo de la vida. 

Pepito acaba de ver una mujer sentada en la misma orilla de la playa, indiferente a las acciones de los dos niños que se pelean junto a ella, seguramente sus hijos, y se comen la arena a puñados. Y, también, observa al hombre, posiblemente su marido, que dormido sobre la toalla se encuentra junto a ella. Seguramente le van a salir ampollas si no se pone protección solar. Es momento de cambiar de hogar. Él también se tomará unas vacaciones. No le irá mal intentar transmitir tus recomendaciones a otros oídos más necesitados de su sabiduría.

Tú, estás feliz como una perdiz. Aún no entiendes cómo ni por qué. Por alguna razón te sientes más ligero que una pluma, como si te hubieras quitado un gran peso de encima.

Sacas tu móvil de la bolsa y haces tu primera foto. Seguramente, acabarás haciendo muchas más.


Mi propio Empire State


Asomé la cabeza por la ventana para empaparme del olor a vacaciones, pero únicamente logré un revestimiento pegajoso y abrasador  que brotó por todos mis poros. Cerré herméticamente y me senté en el minúsculo escritorio de mi habitación con vistas. El climatizador me proporcionó un frescor siberiano que disipó esa segunda capa que había cubierto mi cuerpo y me concedí la licencia de contemplar relajadamente el vasto azul exultante que se burlaba de mí al otro lado del cristal. Cielo y mar fundidos en un abrazo hipnotizaron mi mente. 

Alguien llamó a la puerta y mi hechizo se rompió en pedazos.

─¿Sí?

─Un paquete para usted, Señor.

 Abrí la puerta y un inexpresivo empleado me entregó algo envuelto en papel de estraza. Sonreí sin ganas al recogerlo y lo dejé sobre la mesilla de noche, sin prestarle atención.

 Ante los rugidos de mi barriga, tuve que bajar al comedor porque no había servicio de habitaciones. No probaba bocado desde las cuatro de la mañana y, tras mil kilómetros de carretera, necesitaba cubrir mis necesidades básicas. En una mesa apartada, comí una ensalada  y un trozo de sandía.

 Claramente, el cambio de aires propuesto por mi editor no era más que un puntapié en el trasero. ¿Qué hacía yo en aquel hotel de playa? ¿Para qué había recorrido medio mapa? Seguramente, no quería escuchar la insolente vocecilla de mi cabeza que repetía incesante que debía superar mis problemas emocionales.

Dejé la cartera sobre la mesilla y cogí el paquete olvidado. Un sobre  blanco asomaba entre los pliegues del envoltorio. Un calor electrizante incendió mis ojos al leer el nombre del remitente.

¿¡Laura!?

Me citaba a las diez de la noche en la piscina descubierta del hotel y solicitaba que llevara puesta la corbata que contenía el paquete. Igual a la que me regaló dos años antes en Florencia, en nuestro viaje de novios, con el Ponte Vecchio moteado sobre su seda azul. Nuestro matrimonio duró exactamente dos días. Su abogado tramitó diligentemente el divorcio, mi editor sufragó los gastos de mi terapia y mi vena literaria tomó vacaciones indefinidas.

 Un tropel de fantasmas se apoderó de mí aquella tarde. Desconcierto, tensión, miedo, duda. Estuve varias horas sentado al borde de la cama, librando una batalla interna en la que yo era el único vencido. A las nueve, decidí que debía afrontar aquella desagradable broma.

 Un cielo estrellado iluminaba el agua de la piscina y varios focos a media luz se distribuían uniformemente entre los setos del vallado. Mi corazón latía desbocado, pero una coraza de acero fundido me mantenía a salvo. Alguien atravesó la puerta a lo lejos. Era Laura. Tan bella como siempre.

Su lento caminar acrecentaba mi desesperación. Sus deportivas parecían retroceder cada vez que avanzaban. Me vi obligado a recortar distancias. Paré a un metro de ella. Noté que me derretía por dentro y mi coraza empezaba a fundirse. Sus ojos decían «Te quiero». Los míos… No hay suficientes palabras.

 Una fría voz emergió de su boca mientras me saludaba estática sobre la baldosa del suelo. Le devolví un saludo recién salido del iglú en el que acababa de esconderme.

─¿No te has puesto la corbata?

─No. Me trae malos recuerdos.

Insistí en sentarme en uno de los bancos de forja que había junto al seto. No pareció hacerle gracia, pero accedió. Tres metros eternos. Me senté recostado, cruzando las piernas y con la mirada esquiva, intentando mostrar con ello mi total falta de interés por aquel encuentro.

 ─Quiero pedirte perdón, por dejarte plantado en Florencia, sin darte explicación alguna. Perdóname, por no dar la cara, por decidir que no quería verte y por pedirte, sin más, el divorcio ─paró un instante, respiró hondo y prosiguió─. Sé que no puedo reparar el daño que te he causado, pero estoy aquí para darte explicaciones. Deseo que seas feliz, que vuelvas a crear historias, que inventes nuevos personajes y que encuentres el Amor.

Sus ojos llorosos me derrotaron. A duras penas podía contenerme. Quise preguntarle cómo estaba, si tenía pareja o quizás algún hijo. No fui capaz. Mi orgullo me lo impedía.

 ─Tranquila, estás perdonada. No te guardo rencor. Tengo en mente miles de historias. No quiero tus explicaciones. Gracias de todos modos.

Me levanté al instante y mis pies se apresuraron en salir escopetados de allí.

Al día siguiente, bajé a Recepción y pedí la cuenta. No había desayunado. Tampoco cené la noche anterior.

─¿Pero…? ¡No puede dejarnos tan pronto! Su cuenta está pagada durante siete días ─me aclaró cortésmente aquel joven.

─Lo siento, otra vez será. El trabajo, ya se sabe.

─En ese caso, permítame que le entregue un obsequio del Hotel. Vuelva a visitarnos pronto.

Recibí la caja y me fui pensando, por un lado, cómo agradecer a mi editor que hubiese pagado la cuenta y, por otro, cómo explicarle porqué me había marchado tan rápido.

 Sentado en el coche, un rugido de intestinos me recordó que debía comer algo. Observé la caja. Seguro que eran caramelos o bombones. Cuando la abrí comprobé complacido que era un surtido de bombones envueltos en papel con el logotipo de la cadena hotelera. Una tarjeta de cortesía estaba pegada en la solapa. La directora, Laura Vallés, me deseaba un buen viaje. ¿Laura? ¡Menuda encerrona de mi editor! Le iba a cantar las cuarenta a mi regreso.

Una furgoneta del Hotel paró justo enfrente de la puerta principal. Me obstaculizaba el paso. Preferí esperar a que se fuera. La rabia acampaba a sus anchas  por mi cuerpo. Vi bajar a alguien, supuestamente un empleado, y abrió la puerta trasera del vehículo. Traía un inválido. La espalda de una mujer de media melena asomaba en la silla de ruedas. En una maniobra de la silla, comprobé que no tenía piernas. Al girar la cabeza para hablar con su acompañante, contemplé perplejo que era Laura. Entró en el Hotel por sí misma, por una puerta separada de la principal.  

 Yo, decidí salir en busca de la verdad.

 ─Perdone, ¿Puedo hablar con la directora del hotel?

─¡Claro! Un momento. Preguntaré si puede atenderle.

─Acláreme algo antes, por favor. Me ha parecido verla entrar en una silla de ruedas. ¿Es posible?

─Sí Señor. La señorita Laura perdió sus piernas en un accidente de tráfico, hace dos años, pero se maneja muy bien con las piernas ortopédicas.

─¿En Florencia?

─¿Cómo dice?

─Sí ─respondió Laura, que apareció de la nada.

Me acerqué corriendo hacia ella y la abracé con la fragilidad que se toca una pieza de cristal tallado. Le di mil besos. No podía contenerme. Ella respondió del mismo modo. Y allí, ambos de pie, yo sobre mis piernas originales y ella sobre sus segundas piernas, nos confesamos aquel amor traicionado por la tragedia y reforzado por el recuerdo.

 ¿Cary Grant y Deborah Kerr? No. Nuestro final feliz no era una película.

 

 

 

 

 

 

Noche de Fiesta


Es la noche de Todos los Santos. Al fondo, una oscuridad férrea adobada con un hedor insoportable, espera al acecho.

    ─¡Joder tío, cógele mejor los pies, que se me está cayendo!

    ─¡No me toques los cojones! Déjate de mariconadas y agárralo bien por los sobacos.

    ─Vale, macho. No se te puede decir nada.

    El paquete transportado pesa unos ochenta kilos, presenta dos orificios de bala a la altura del corazón y unas córneas vacías rellenadas con barro. El jefe cree que los muertos pueden vernos desde el más allá. Prefiere zanjar el tema así, por si las moscas.

    Lo trasladan al vertedero de Mora. Allí, le han dado viaje a más de un indeseable. Éste, ha recibido su billete en el despacho del mandamás.

    ─A la de tres. Una, dos y… tres.

    ─¡Hala! Vámonos de aquí, que esta peste no se puede aguantar.

    En la carretera, el recorte de unas sombras humanas aparece de la nada.

    ─¡Mierda! ¿Quiénes son esos?

    ─Aquí, tras estos bidones. Esperemos que se vayan.

    ─Mal rollo.

    Se acercan lentamente. Cuando están a pocos metros, pueden ver sus rostros. Son cinco hombres de mirada gatuna que centran su atención en los bidones.

    En ningún momento han reparado en su ropa ni en las filas de gusanos que corretean por ella. Sólo el diente de oro del Pecas, al apoyar su osamenta sobre la tapa de uno de los bidones, les mete el miedo en el cuerpo.

    ─Este año nos toca banquete de cerdo ibérico, muchachos. A por ellos. Que no decaiga la fiesta.



 

Historias de Instituto

Cargado con la mochila, bajé del autobús y mis temblorosas piernas avanzaron los veinte metros que me separaban de las puertas del instituto.

      Logré llegar sin un rasguño, aunque en ese breve trayecto,  mis gafas cayeron al suelo, mi bocadillo cambió de mochila y el móvil apagado que llevaba en mi bolsillo fue aplastado por una apisonadora humana. La riña que me daría mi madre por ello sería morrocotuda. La pobre, creía que yo era un matón de patio y que peleaba por pura diversión.

      Entré en mi clase de Segundo de ESO por segundo año consecutivo y me senté en la silla más próxima a la mesa del profesor. Observé con detenimiento a mis nuevos compañeros, aquellos con los que iba a convivir los largos nueve meses que tenía por delante.
 
      Para las chicas, yo era un cero a la izquierda, el invisible de la clase, el repetidor de turno que no querían ni ver, dada mi enclenque apariencia física. Si me hubiese muerto ese verano, no habrían derramado una sola lágrima. De todos modos, poco importaba porque ninguna de ellas merecía un segundo de mi atención. Tanta superficialidad me resultaba antinatural.

      Para los chicos, yo era la oveja negra del grupo, el bufón en su corte de necios o el saco de boxeo para adiestrar los puños. Entre mis otros títulos, figuraba también el del pardillo a quien podían colgarle el muerto en caso de necesidad.

      Con dieciséis años cumplidos, casi diecisiete, entre mis antecedentes obraban una enfermiza infancia y una soledad inusual para un chico de mi edad. Sin amigos y sin aficiones, pasaba el tiempo soñando que algún día dejaría de estudiar y me pondría a trabajar, que conocería a una buena chica y viviría con ella toda mi vida y que formaría una familia que me haría sentir útil en la sociedad carroñera que me había tocado sufrir.
 
      La angustia que me tenía clavado a la silla con actitud observadora, se calmó cuando entraron dos adultos bastante serios que, sin soltar palabra, hicieron que el silencio reinase de inmediato. El más alto, que dijo ser el Jefe de estudios, se dirigió directamente a mí y me ordenó que cogiese mis cosas  y le acompañase al despacho del director. Varios ojos interrogantes me siguieron hasta la puerta. Ya en el pasillo, embargado por una terrible sensación de pánico, le pregunté si podía decirme el motivo por el cual debía ver al director, pero ignoró mi preocupación y me pidió que guardase silencio. ¿En qué lío me habrían metido esta vez? 

      Me sorprendí al encontrar en el despacho a mis padres junto a un hombre y a una mujer. El director, con una enarcada ceja que parecía buscar el cielo, me pidio que tomara asiento. El jefe de estudios se sentó a mi lado. Éramos siete personas en un despacho de cuatro metros cuadrados. El sudor comenzó a correrme por la frente y sentí que iba a formar un charco bajo las patas de mi silla.

      Los ojos de mi padre se me antojaron las puertas del infierno; los de mi madre, una fuente de agua cristalina; los del director, la oscuridad de la noche y; los de aquel hombre y aquella mujer, un inmenso agujero negro. El jefe de estudios guardaba una mirada gris que no supe descifrar.

      Intuí que no sería una conversación placentera. Empezó hablando el director para indicarme que la situación era complicada y que mis padres habían llegado a un acuerdo con los padres de Miriam. ¿De quién hablaban? Aclaró, ante mi inexpresiva cara, que dejar preñada a una chica no había sido una buena idea. Me quedé mudo del susto y casi me trago la lengua al intentar pedir explicaciones. Dijo que, sus padres, los del agujero negro, y los míos, ya habían acordado que se haría la prueba de paternidad y, si ese hijo era mío, fijarían la fecha de la boda.

      ¡No lo podía creer! 
 
      Al fin, desenredé mi lengua y mi voz surgió potente cuando grité que yo no era el padre de ninguna criatura. Mi supuesto futuro suegro, con voz aún más enérgica que la mía,  me pidió respeto y me obligó a prometer que pasaría la prueba. El director impuso calma y finalmente accedí, al fin y al cabo, nada había que perder. Y, por supuesto, jamás pensaba casarme con esa embustera.

      Llamaron a la puerta y asomó la cabeza una chica que no había visto nunca. El director le indicó que entrase y tomase asiento en la silla que quedaba libre a mi lado. ¿Sería Miriam?¡Si no me había acercado a ninguna chica en todo el verano, cómo puñetas la iba a dejar preñada! Supongo que me espanté con solo pensarlo y dos tomates de ensalada asomaron a mi cara cuando la miré a los ojos. Su padre,  enfurecido, me dijo que ya era tarde para avergonzarse. ¡El colmo!

      Debo reconocer que la chica hacía bien su papel, seguramente algún día sería una actriz cotizada. Sus lánguidos ojos miraban al suelo y por su mejilla corrían unas tímidas lágrimas. Parecía un alma en pena. ¿Quién me habría metido en semejante embolado?

      Tomó la palabra sin permiso y pidió disculpas a todos los presentes.

      ─Lo siento. Siento mucho todo esto. Debí contaros lo que me pasaba ─confesó con lágrimas en los ojos, dirigiéndose a sus padres─. Querían gastarte una broma, Pedro  ─me aclaró con voz celestial mientras yo analizaba la sinceridad de su mirada─. No estoy embarazada, mamá ─admitió finalmente ante todos.

      No pude articular palabra. Nadie más lo hizo.

      ─Cuando me matriculásteis en este instituto ─argumentó mirando a sus padres─ no tenía amigos y conocí a unas chicas con las que salí algunas tardes. Ellas me presentaron a más gente. Yo quería encajar en este lugar. Marga, una chica de cuarto,  me ordenó gastar una broma pesada a Pedro, haciéndole creer que me había dejado embarazada. Le dije que no pensaba hacerlo y dejé de salir con ellas. Desde entonces, han estado molestándome casi todos los días. Cuando la portera ha venido a avisarme y me ha explicado el motivo de esta reunión me ha dejado de piedra, porque yo no le había dicho nada a nadie. ¿Puede explicarnos por qué estamos aquí, señor director?  ─exigió saber, mirando desafiante al director.

      ─¿Y usted se llama director? Esto no va a quedar así. Lo sabe ¿No? Nos veremos en el juzgado ─dijo su padre, antes de abrazar a su hija─. Vámonos cariño, hay institutos más serios que éste. Todo saldrá bien, no te preocupes.

─Pedro, tus moratones no se debían a peleas iniciadas por ti ¿Verdad? ─preguntó mi madre, como si de repente lo viese todo claro─. Perdóname, por no saber escucharte. No tienes por qué seguir en este antro. Si no quieres estudiar, nos parece bien. Ya encontrarás algún trabajo, cariño.

      Por fin, Libre.

      Antes de salir por la puerta, mi padre se giró y le hizo una pregunta al director.

      ─¿Fue Marga la que le contó el embuste? ─lanzó a la yugular, antes de dar la última estocada─. Supongo que debe ser terrible tener una hija como ella. Le acompaño en el sentimiento.

      Esta vez, el que se había quedado mudo del susto fue el director.

      Sentí que mi corazón iba a explotar de felicidad. Quería a mis padres y ellos también me querían. ¿Qué más podía pedir?

                                           *        *        *

Bueno, sí, cuatro años después comencé a salir con vuestra madre y cuando terminó la carrera nos casamos y nos pusimos a vivir aquí. El resto ya lo conocéis.

      ─Te quiero, Miriam ─le susurré al oído cuando se acercó a nosotros.

 

Una vida de perros


¿Quién iba a pensar que esos sarnosos acabarían con el rabo entre las piernas?

            Dialogué con ellos hasta llegar a la extenuación pero su cuadriculada mente no les dejaba ver más allá de su barriga. La huelga de hambre había encarnizado los ánimos y sus ecos estomacales ganaron la batalla.

            Antes de aquello, protagonizamos un cuerpo a cuerpo que sesgó la vida de muchos y tras aquellos trágicos sucesos, decidimos reivindicar nuestros derechos declarándonos en huelga de hambre. Confiábamos en que la influencia mediática desencadenada por  una noticia de tal calado,  reforzaría nuestras peticiones.

            La libertad de elección es algo que no siempre está al alcance de todos, pero éramos idealistas y creíamos que debíamos luchar por ello. Queríamos decidir por nosotros mismos y ser útiles en la sociedad caótica que nos acogía. ¿De qué servía recluirnos en aquel lugar? ¿Qué beneficio obtenía la sociedad con ello? Ninguno.

            Tras comprobar la poca efectividad de nuestro sacrificio, los insurgentes se encargaron de minar los ánimos y destruir la hermandad de los miembros afectos a la causa. Todo quedó en un sueño inconcluso que no pude convertir en realidad.

            Os transmito los hechos tal como sucedieron, para que seáis conscientes del mundo que nos rodea. Ser amigo fiel y servidor leal es algo que nos viene impuesto. Nuestro único deber es acatar órdenes sin plantear objeciones.

            Yo quise ser objetor de conciencia cuando me ordenaron matar a un hombre y pagué mi culpa siendo recluido en aquel horrible lugar. No todos corrieron la misma suerte que yo. Sólo unos pocos nos libramos del holocausto, gracias a la bondad de algunos hombres buenos.

            Ahora ya soy viejo y sé que no seré yo quien cambie esta sociedad, pero vosotros podéis conseguirlo. Demostrad que tenemos sentimientos. No dejéis que aniquilen ese instinto bondadoso que todos llevamos dentro. Tenemos amor para compartir, dejemos la agresividad de lado. Podéis salvar vidas y servir de ayuda. Ser asesinos no es nuestro único destino.

 
            Ser hijo de un policía marcaba inevitablemente tu futuro. Te definía como fiel servidor y te obligaba a matar al agresor si te era ordenado. Incumplirlo, suponía pasar a un centro de readiestramiento con normas estrictas y dolorosas. Si no superabas las pruebas, eras castigado con la inyección letal.

 
            El sueño de Bumer tardó años en convertirse en realidad. Su nieto, Bala, fue uno de los primeros que pudo elegir.

            Alguien llegó a plantearse que podíamos ser más útiles si realmente hacíamos aquello que queríamos hacer.

            Desde entonces, nuestro posible futuro queda marcado a los seis meses, mediante una sencilla elección. En un lado de la sala, una cara sonriente necesitada de amistad, te espera con los brazos abiertos; en el otro lado de la sala, un policía que desea un compañero fiel, también.

            Los centros de readiestramiento dejaron de existir y se normalizó la Institución de «La Segunda Oportunidad». Uno siempre podía admitir que había equivocado su elección y probar suerte en el otro lado de la sala.

            Fue así como pasamos de ser meros ejecutores a ser colaboradores de la Ley y de los hombres. A cambio, recibimos el título honorífico de «Mejor amigo del hombre».

            Esta es nuestra historia, la verdadera historia del Pastor Alemán. Una historia de amor que Bumer quiso transmitir a los suyos y que, finalmente, los humanos llegaron a comprender.

Tocando fondo


Nunca imaginé que me cambiaría tanto la vida aquel accidente de coche.

      Salí ileso de mi destrozado Talbot y saqué al otro conductor del interior de su vehículo. Al parecer, se hallaba inconsciente. Dos segundos después, explosionó su sedán, se nubló mi vista y desperté en el hospital.

      Tras los trámites policiales, una enfermera me comunicó que el individuo que había chocado conmigo, Juan, se encontraba en coma. No supe reaccionar en ese momento. Únicamente acerté a pensar que me había librado de una buena.

      Volví a casa lamentando mi desastrosa  vida. Sin trabajo, sin Talbot y sin dinero, había tocado fondo; aunque yo, al menos, era consciente de mi desgraciada existencia. En cambio, Juan, yacía en una cama de hospital, ajeno a la vida circundante.

       Me levanté al día siguiente dispuesto a encontrar un trabajo que me ayudase a salir adelante, pero corrían malos tiempos y, conseguir un trabajo era más difícil que encontrar una aguja en un pajar.

      Me paré frente a  la puerta del hospital y pensé en Juan. Quería saber cómo estaba y si habían localizado a algún familiar. Decidí visitarle. No le guardaba ningún rencor, aunque se hubiese cargado mi coche.

      Seguía en coma. Nadie había preguntado por él ni habían localizado familiares. Entré en la habitación y me presenté formalmente. Era extraño hablar con un cuerpo que no daba la más mínima señal de vida. Proseguí mi conversación pausada, explicándole quién era y a qué me dedicaba, es decir, a qué me dedicaba antes de ser despedido del trabajo y ser uno más en el gran ejército de parados que asolaba España.

      Una hora después de monólogo ininterrumpido, un sonido ensordecedor inundó la habitación. Una chispa de vida bombeaba la sangre en sus venas. Al parecer, Juan, iniciaba su camino de retorno. Mi nuevo amigo había salido del coma. Me pidieron que abandonara la habitación y regresé apesadumbrado a casa.

      Le visité al  día siguiente y, curiosamente, reconoció mi voz. Me agradeció el monólogo del día anterior y me explicó que una fuerza poderosa le empujó a regresar de allá donde estuviese. Diez días después, le esperaba frente a la puerta del hospital con mi nuevo Talbot de tercera mano recién lavado. Lo llevé a su casa y tras pedir comida china, me invitó a comer.

      Sin conocidos ni familiares en este país, le era difícil relacionarse con la gente.  Trabajaba para una multinacional como mediador en procesos de reestructuración de empresas. Aquel cargo tan rimbombante me picó la curiosidad y quise que me explicara en qué consistía exactamente su labor. Como me temía, era uno más de esos mequetrefes que se dedican a destrozar familias y arruinar vidas humanas, haciendo más llevadero a los directivos el difícil trance de echar a la calle a sus pobres trabajadores.  No pude escuchar más. Me levanté indignado y abandoné, dando un portazo, aquel piso de la Gran Vía que debía tener más de doscientos metros cuadrados y todo tipo de lujos imaginados y por imaginar.

      Los días pasaban con más pena que gloria y los meses de cobro del paro tocaban a su fin. 

      Aquella mañana, su número apareció en la pantalla de mi móvil. No tenía noticias suyas desde entonces. Preferí ignorar su llamada y mantener mi orgullo altivo. Finalmente, dejó un mensaje. Me citaba en un bar próximo a mi casa para hablarme de una oferta de trabajo. Lleno de dudas, me tragué el orgullo y acudí a la cita. Allí estaba él, en mangas de camisa y  pantalón vaquero, tomándose una voll-damm. Me acerqué sopesando lo mezquino de mi comportamiento, pero recordé que mi cuenta estaba en su límite más bajo y eso me dio fuerzas para presentarme frente a él. Estrechar la mano de alguien que te provoca arcadas es algo a lo que aún no estaba acostumbrado, pero las circunstancias personales me imponían adoptar ese papel. Supongo que mi cara debía ser un poema en ese momento.

      Se tomó su tiempo para llegar al quid de la  cuestión. Conocía mi anterior trabajo porque yo mismo le había hablado de él en el hospital y, al parecer, mi perfil reunía los requisitos necesarios para ocupar el puesto que me iba a ofrecer. Quedé expectante, deseando echar a correr en cuanto escuchase su proposición, pero no pude. Noté que la sangre abandonaba mi cara y vi el reflejo de mi alter ego en el espejo de la pared que había detrás  de él. Me ofreció ocupar su puesto. Él había sido requerido  en otro país y no podía permanecer más tiempo aquí para liquidar las empresas que aún no había visitado. Sueldo desorbitante, piso con gastos pagados, coche de lujo, vacaciones pagadas por Europa y una tarjeta oro para mis gastos personales. Mi interior se negó rotundamente pero mi boca pronunció un  sí  sumiso que sería mi billete a la fatalidad.

      Y aquí estoy, recordando el día en que cambió mi vida, intentando luchar por regresar a mi anterior existencia, escuchando la penosa historia de un desconocido. Lo he conseguido, a punto he estado de irme al otro barrio, pero este pitido ensordecedor me da la bienvenida. Esta vez seré yo quien pague el Talbot de este desgraciado,  antes de comprar su alma. Con el tiempo, comprenderá que esto es una maldición y algún día, aunque no lo quiera, deberá pasarla a otro.

Sorpresas de Librería

Entré en una Librería, cuando para mi sorpresa una olorosa piel de pomelo cayó sobre mí. Me acerqué al mostrador, sosteniéndola con la punta de los dedos, y le dije al dependiente que debía evitar esas gamberradas. El joven resultó ser el dueño. Se disculpó educadamente y, como agradecimiento, me regaló una novela de vampiros. No era lo que yo buscaba, pero me fui encantada.

                Cuando empecé su lectura, únicamente leí el primer capítulo. Con tanta sangre, me era imposible saborear la historia. Decidí que lo mejor era devolverla y comprarme otra más interesante. Al propietario no pareció importarle y me pidió que eligiese otra, sin coste alguno. Sentí un poco de remordimiento pero, finalmente, accedí.


                Con las vacaciones aplazadas y los turnos alterados, dejé mi lectura diaria aparcada y mis defensas bajo mínimos. Un mes sin leer, era mucho tiempo. Algo romántico me vendría bien.


                Esa sección estaba atiborrada de ejemplares y justo escogí uno del estante superior. Entonces, otra piel de pomelo cayó sobre mí. Esta vez, decidí tirarla en la papelera, sin hacer ningún comentario. Curiosamente, vi que estaba llena de pieles de pomelo y, extrañada, acerqué mi cara. Quedé maravillada al ver unos personajes del tamaño de mi uña, que estaban construyendo algo.

                Mi pose llamó la atención del dueño y vino a preguntarme si me encontraba bien. Ante mi mutismo, acercó también su nariz a la papelera.


                ─¿Qué es esto? ¿De dónde han salido esos hombrecillos? ─preguntó asombrado.

                Al unísono, todos ellos se taparon las orejas. Uno, lanzó al aire un pequeño hilo con un clip atado en su punta y lo enganchó en el borde de la papelera. Reptó hasta arriba y nos miró con cara de pocos amigos. Movía la boca como si nos hablase, pero no podíamos oírlo.


                Como no había nadie más en la librería, el propietario cerró la puerta del local, para evitar fisgones.

                ─Reduce el volumen, creo que nuestra voz les molesta ─apunté susurrando.

                ─Parecen tan humanos como nosotros. Si no fuese porque lo estoy viendo, no lo creería.

                ─¿Y las pieles de pomelo? ¡La papelera está llena!

                ─No sé. Intentemos comunicarnos con ellos. A ver si averiguamos de dónde proceden y qué hacen aquí.

                Mientras hablábamos, una hilera de hombrecillos escaló hasta el teclado del ordenador. Nos llamó la atención verlos por parejas, dando saltos sobre las teclas, como si realizasen algún tipo de baile folklórico. Escribieron un  mensaje.


                Venían del otro lado de la galaxia. Conocían nuestra existencia y sabían mucho sobre nosotros, pero no estaban de visita. No sabían cómo habían llegado a la Tierra ni por qué. Como los más pequeños tenían hambre, un libro de pasta de árbol de pomelo les ofreció unos frutos para comer. Luego, con las pieles, empezaron la construcción de dormitorios para pasar la noche. Nos pidieron que les ayudásemos a regresar.


                Debían ser un centenar, contando hombres, mujeres y niños.

                Los cabecillas eran Lucho y Fénix, el propietario se presentó como Eduardo y yo les dije que me llamaba Teresa.


                Se nos ocurrió abrir todos los libros, por si alguno tenía la puerta de regreso.

                 Tras una hora de intensa búsqueda, estaba agotada. Me senté y cerré los ojos un instante, pero Eduardo se acercó con una sonrisa pícara y me cogió de la mano para que le acompañase. Al abrir El libro de la Selva, una liana cayó desplegada a nuestros pies. Luego, continuó escudriñando libros. Varios títulos de «Novela Romántica» y «Cuentos y Aventuras», nos recibieron llenos de vida.


                En Los Viajes de Gulliver encontró otro hombrecillo perdido. Caminaba desorientado sobre su mano sin percatarse de nada, pero cuando descubrió nuestra presencia, se asustó y cayó de espaldas, sin saber dónde esconderse. Al reunirlo con los demás, se tranquilizó.


                Eduardo abrió de nuevo el libro y metió la mano dentro. En menos de un segundo, desapareció. El cuento se lo había tragado, literalmente. Esa era la puerta.


                Fénix me pidió que los acercase para volver. La angustia se había apoderado de mí pero, los pequeños me hicieron reaccionar. Abrí las palmas de mis manos y esperé que se sentasen sobre ellas, apretujados y felices. El libro mostraba una bella noche estrellada y, desde el margen, fueron cayendo, uno tras otro, por un tobogán surgido de la nada.

                Sentí la tentación de cerrar el libro, salir corriendo y olvidar lo sucedido, pero no fui capaz.

                Temerosa, acerqué mi mano hacia lo desconocido. Algo tiró de mí mientras empequeñecía y una sensación de asfixia atenazaba mi garganta. Llegué a un lugar desconocido. Una mujer vino a mi encuentro y me ofreció un café. Luego, desapareció de mi vista.

                Eduardo vino a buscarme y me contó que él también había tomado el café de la tía de Lucho.  Nuestro encuentro fue eufórico: un abrazo intenso y un beso muy tierno.

                Lucho nos explicó que trabajaba contando «Lectores» y que la gráfica de la Tierra mostraba una  línea vertiginosamente descendente. Un punto rojo, indicaba la fecha de comienzo del declive, justo el día que yo dejé de leer; y un punto verde, indicaba la fecha actual, justo el día que quise volver a leer. También recordó que una fuerza les arrastró hacia la librería para ayudar a unos libros que querían reanimar a la lectora perdida, una tal Teresa. O sea, yo.

                Solución: «Leer todos los días, saboreando la lectura».

***

                ─¿Te encuentras bien? ¿Quieres que llame a un médico? Te has desmayado. Puede que tengas las defensas bajas, a mi hermana le pasa bastante ─me dijo preocupado, con la noche estrellada aún en su mirada.

                ─Estoy bien, gracias. Me llamo Teresa ¿Y tú?

                ─Soy Eduardo, el dueño de esta librería. Mira, Teresa, como veo que te encuentras mejor, te voy a regalar un libro ¿Qué te parece?

                ─¡No será de vampiros!

                ─¡No! Es un clásico: «Los viajes de Gulliver» ¿Te gusta?

                ─Me encanta. Gracias ─contesté tocando su mano.

                ─Perdona, ¿Nos habíamos visto antes?

                Mis nuevas vacaciones empezaban bien. Seguro que un buen zumo de pomelo subiría mis defensas.

Madre

«Kate, no me gusta verte tan triste. Tienes amigos que te quieren, así que no me vengas con milongas. O te levantas voluntariamente de esa cama o te levanto yo a la fuerza. ¿Qué? ¿Qué no me crees capaz? Ya lo creo que sí.
           Si ayer me hubiesen dicho que una crítica sobre tu cuento iba a afectarte tanto, me hubiese reído en su cara. ¿Por qué? Porque tú siempre pones tu  corazón en todo lo que escribes y eres capaz de pintar con palabras cualquier espacio imaginable. Eres inmune a ciertos comentarios.

           ¿Recuerdas aquella vez que te lamentabas porque todo cuanto veías desde la ventana de tu habitación no era más que una acera rota, dos árboles viejos sin hojas y unos edificios grises? Insistías en convencerme de que aquel escaparate no motivaba en absoluto tus neuronas y necesitabas huír para encontrar la inspiración que guiara tus palabras. No me mires así, por tu sonrisa, supongo que lo has recordado ¿No?

           Ya entonces, te dije que podías escribir cosas maravillosas porque tu mente era prodigiosa. Y al instante, me vi escuchando una de tus historias. La acera rota, se convirtió en la vía real del Paraíso de las Hadas; los árboles viejos sin hojas, eran los guardianes de la princesa Zoe; y aquellos edificios grises, se transformaron en un palacio plateado que brillaba bajo el reflejo de la Luna.

           Si tu relato no le gustó a Sami fue porque no siempre sabe apreciar la belleza de lo que escribes.  No podemos esperar que todos piensen lo mismo que nosotros. Si fuese así, seguramente, el mundo sería muy aburrido.

            ¡Bien, ya veo que te levantas!

           Vistete rápido, anda, que Sami vendrá a buscarte. Y alegra esa cara, mujer, que hoy te van a dar tu primer diploma. Precisamente por ese cuento que Sami calificó de «bodrio».

           ¿Cómo que no te lo mereces? Digo yo, que los miembros del jurado del concurso escolar lo habrán elegido porque es bueno ¿No? Sí, ya sé que fastidia que tu mejor amigo critique tu trabajo, pero no pasa nada. Simplemente a él no le han gustado tus duendecillos.

           Ponte el vestido blanco y la chaquetita de punto salmón, que hoy tienes que estar muy guapa. Sami llevará traje de chaqueta y estará encantado de ser tu acompañante en este acto. ¿Qué más quieres?

           Ahora, sí estás radiante y preciosa, cariño. Ha sonado el timbre. Anda, baja, que Sami estará esperando."


La hija cogió la foto de su madre, la miró sonriente y le dio un beso antes de bajar. En la mesilla, quedó esperando el regreso de su hija.

Ahí estaba ella

Reformar la cocina no había sido ningún camino de rosas, pero se propuso terminar la obra antes de llegar la primavera y lo había conseguido. La inauguración de «La Mesa de Raquel» sería el veintidós de marzo.

           Cocina tradicional y trato familiar eran su reto. Ella había sido cocinera en restaurantes de alta categoría  y al convertirse en propietaria del antiguo palacete de sus antepasados, decidió montar su propio negocio. El idílico lugar atraería a la gente y su arte culinario cautivaría a los paladares más exigentes.

          Tuvo que tirar un muro de mampostería para  incluir una zona desaprovechada del jardín trasero y construir una nueva despensa de gran capacidad donde almacenar los alimentos no perecederos. Dentro, instaló varias filas de armarios, unos  provistos de baldas móviles y otros con baldas giratorias. Con ello, pretendía eliminar ese punto muerto donde caducan ciertos alimentos por culpa de la fatalidad.

          El mobiliario de la cocina era de una firma española instalada en Guipuzcoa, y los electrodomésticos, únicos en su gama, la última creación hallada en una exposición de Príncipe de Vergara, en Madrid. El derroche de tecnología y diseño, daban ese toque pluscuamperfecto que Raquel buscaba para su cocina.

           Colocó cada utensilio en el  lugar que le correspondía y revisó personalmente la perfecta disposición de cada balda de trabajo, cada cesto, cada bandeja, cada cajón y cada gaveta de su flamante cocina. Todo se encontraba debidamente colocado.

           Del comedor y su decoración se había encargado su marido, y del jardín exterior del palacete, una empresa de jardinería. Dos días antes de la inauguración había finalizado los preparativos. Para celebrarlo, quiso hacer el estreno preparando una cena íntima para los dos.

           Habían habilitado un comedor privado, con un mirador acristalado que permitía ver las estrellas en una noche cálida como aquella. Puso su mantelería de hilo sobre la mesa y situó milimétricamente su cubertería de plata. Las piezas únicas de su vajilla de porcelana pintada a mano y el pequeño buquet de rosas blancas en el centro de la mesa, eran adorno suficiente.  Una cubitera de plata con hielo mostraba el lánguido cuello de la botella de cava que contenía. Las copas de cristalería de Bohemia remataban el conjunto.

           Entrantes de paladar fino y una exquisita ternera con salsa de setas deleitarían a su marido. Su mouse de mascarpone pondría la guinda final.

           Sólo necesitaba veinte minutos para vestirse de gala. Su marido había tenido que asistir a un comité y tardaría poco en llegar. Le esperaría en el salón y juntos entrarían en el comedor privado. Cenarían y tendrían una conversación agradable. La noche les traería lo demás.

           Sentada en el sillón central de la sala de recepciones, semejaba una reina en su altar esperando a su fiel amante. Llegó al fin y la encontró radiante. Ahí estaba ella, dulce e insinuante. Tras un apasionado beso,  cogió a su esposa en sus brazos y la llevó a la habitación. La celebración duró toda la noche.

           El desayuno con ternera lo recibieron con agrado.