sábado, 28 de mayo de 2011

Disculpas de un desconocido

         
           Mis disculpas Marisa, no pensé que llegaras a saber de mí y, menos aún, que te hubieses percatado de mi presencia. Quizás debí explicar los motivos de mis preguntas a tus conocidos, antes de dejar que ellos temiesen por ti y te pusiesen sobre aviso.

           Me llamo Arturo, tengo veinticuatro años y vivo en Valencia. Soy aspirante a escritor y me propuse  contar la vida de una persona de carne y hueso. No quería que estuviese en mi círculo de amistades ni que fuese alguien que yo conociese previamente. La idea surgió en mi mente mientras esperaba el metro para ir a casa y te vi allí, en el otro andén. Quise que esa persona fueses tú. No me importaba si estabas casada o soltera, o si eras estudiante o trabajadora, simplemente decidí que tú serías el personaje de mi historia, una historia que basaría en la tuya propia. Oí que una chica te llamaba Marisa  y así empecé a conocerte.

           Ser una persona en paro da mucho tiempo para investigar y para escribir, así que empecé al día siguiente, a la misma hora en tu mismo andén. Allí estabas otra vez, acompañada de la misma chica. Subí al metro con vosotras y bajé en 9 d'Octubre. Seguí vuestros pasos hasta el Hospital General y os vi teclear un código de acceso en una puerta acristalada. Tuve que quedarme a la espera, decidí salir fuera. Tras observar el trasiego de enfermos, familiares, ambulancias, policías, médicos y demás personal sanitario, os vi salir con el uniforme verde. Yo estaba sentado en un murete del jardín y os pusisteis a almorzar justo a mi lado, charlando despreocupadamente de vuestras cosas. Yo intentaba disimular cuando os miraba, como si fuese un familiar esperando a que alguien saliese de la sala de Urgencias. Aquel día ni siquiera me miraste, pero yo pude verte bien. No me había fijado aún en lo guapa que eras, pensé que debías tener mi edad más o menos y, evidentemente, deduje que trabajabas allí. A vuestra salida, regresé con vosotras guardando las distancias. Acompañaste a Vero a su casa y luego entraste en tu portal. Así fue como me enteré de dónde vivías. Un par de meses después, ya conocía tus turnos de trabajo, las tiendas dónde hacías tus compras, la gente con la que tomabas café y tu condición de chica soltera independizada. Acabé tomando café en los mismos lugares que tú frecuentabas,  esperando obtener alguna información del camarero o del dueño del local. Me hice muy amigo de la señora Aurora, a la que confesé un día que me estaba enamorando de ti y desde ese momento ha sido mi mejor aliada, pues me ha contado media vida tuya, que tus padres se han ido a vivir al pueblo, que tienes un gato y un perro y que comes mucha fruta. Finalmente, tropecé con Victor, otro compañero y amigo tuyo. Fingí que le conocía y que habíamos estudiado juntos, pero supongo que no le fue difícil descubrirme y, por ese motivo, te contó que yo estaba haciendo preguntas sobre ti.

           Sí, seguramente, hubiese sido más sencillo decir la verdad a la gente y, quizás algún día nos hubiesemos conocido realmente y hubiésemos  llegado a ser buenos amigos. Lamento si todo esto te ha molestado. Le he dado a Victor todo lo que he escrito sobre ti. Léelo o tíralo, como prefieras. Tranquila, no pienso publicarlo.

                                          Arturo, un desconocido arrepentido

¿Qué puedes decirle a un desconocido que un día irrumpe en tu vida?

           Mira, no sé quién eres ni por qué te interesas por mí, pero sí sé que no me gusta que nadie siga mis pasos sin más. Si pretendes ligar conmigo, te diré que éste no es el modo más adecuado. Detesto saber que alguien va por ahí haciendo preguntas sobre mí. Estaba claro que más pronto o más tarde me enteraría.

           Soy una persona bastante normal, así que no creo que te hayan contratado para vigilarme. Esclarecido esto y adelantándote que aborrezco toda acción de espionaje hacia mí, creo que tengo derecho a saber quién eres, por qué te metes en mi vida y qué intenciones te llevan a hacerlo.

           Dejo esta carta en manos de mi amigo Victor. Te engañó al hacerte creer que te daría información completa sobre mí en vuestro próximo encuentro. Quiero poner punto final a tu actividad de investigación ilícita y pedirte que me dejes en paz. No me das miedo. Sólo estoy harta de ver tu sombra en cada esquina. No tienes permiso para meterte en mi vida sin ser invitado.

           Espero que Victor pueda darme esas respuestas que busco.

           Bien, desconocido, adiós. Hasta nunca jamás.

                                                                    Marisa

jueves, 19 de mayo de 2011

Un encuentro fortuíto

Vagando entre recuerdos ausentes, encontró una puerta entreabierta y quiso conocer qué se encontraba tras ella. Sin pensar en posibles consecuencias, la empujó suavemente, dejándose llevar por una pueril curiosidad.

           Notó que una brisa cálida la acompañaba. Todo cuanto le rodeaba , le resultaba familiar: una foto de párvulos con aroma a agua de colonia, que salpicada en trenzas y baberos, esperaba obtener la sonrisa más tierna de cada uno de aquellos niños; aquella goma elástica de costura a la altura de sus rodillas, clavada a fuego en su piel cada vez que una niña la pisaba durante el juego; la vara de madera que reposaba sobre la mesa, dispuesta a estrellarse en la incauta mano de algún alumno parlanchín; esa caja de zapatos que atesoraba una sardina salada, protagonista singular de un cortejo fúnebre, siempre celebrado entre risas y sonrisas; la cristalina mirada de la inocencia, vestida de blanco para algunos, para otros de niñez.

           Escuchó unos gritos de alerta procedentes del exterior y sintió un riguroso frío polar que la dejó sin aliento. Debía volver, la esperaban. Regresó sobre sus pasos. Vidriosos ojos teñidos de tristeza se despedían de ella, una raspa de sardina putrefacta asomada entre tierra removida le enviaba su último adiós, una astilla de madera ardiente lloraba chispas de amargura al ver su retroceso y una foto carcomida llena de rostros olvidados la empujó de nuevo hacia su mundo.

           Siete u ocho personas la rodeaban, alguien quería que avisaran a su madre, otros que llamasen al doctor.

           El más apenado, el causante del atropello, actuó rápidamente tras comprobar que las ruedas únicamente habían alcanzado un zapato de la niña y su inconsciencia pasajera había sido el resultado del leve golpe recibido. La tomó por los hombros hasta dejar su cuerpo apartado del vehículo y comprobó que una pierna le temblaba incontroladamente. La sujetó con suavidad hasta lograr retornar a la tranquilidad al menudo cuerpo de ocho años que quiso meterse bajo su coche en una carrera despistada.

           ─¿Estás bien? ¿Llamamos a tus padres? ¿Al médico?

           ─Sí, estoy bien. Perdone por el susto que le he dado. No me di cuenta de que venía. Tranquilo, no me ha pasado nada, estoy bien. Bueno, creo que he tenido un sueño un poco raro. Bien, lo siento no quiero llegar tarde a clase o doña Sofía se enfadará conmigo.

           ─Pero, deben saber qué te ha pasado y si el golpe te ha causado algún hematoma.

           ─No, no, estoy bien. Además, hoy continúa leyéndonos el cuento que empezó ayer y no me lo puedo perder. Adiós.

           Salió corriendo como si nada hubiese pasado, pero a las doce, en la puerta del colegio, una madre angustiada la esperaba. Aquel día tuvo que ir al médico.