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Operación S.E.P.


    Sentada en la fría silla, observé su indefenso cuerpo y me perdí en mis pensamientos.
    Al menos, el tono rosáceo de los labios ponía una nota de color en su rostro envejecido, pero los pesados párpados parecían dos losas de acero incapaces de accionar el resorte de apertura.
    Las callosas manos estaban plagadas de gruesas venas en reposo que habían resistido el envite del traumático retorno y me atraían como imanes. 
    Vencí la tentación de acercarme para sentir el tacto de su piel gracias a un atisbo de lucidez que me hizo frenar en seco. Un contacto no permitido hubiese contaminado al sujeto y una acción de tal calibre, hubiese supuesto mi ejecución inmediata. 
     Entré en el receptáculo de mi cápsula nutricional tras cumplir mis créditos laborales. Cada día, superado el primer letargo de la fusión extrasensorial, analizaba las causas que provocaron la catástrofe y lamentaba no haber estado allí para evitarla.
    Mis particulares estudios no estaban autorizados por la Comunidad y ello alimentaba una idea que bullía en mi cabeza y bauticé con el nombre de Operación S.E.P. Ser casi humano no significaba serlo y tener un espécimen vivo en la sala de aislamiento resultaba esperanzador. Él era el primer recuperado tras la Glaciación de 2012.
    Observé la vasta llanura blanca que cegaba mis pupilas y ello provocó una contracción involuntaria en mi cuerpo que erizó mis nódulos epidérmicos. Quizás fuese eso lo que los hombres llamaban escalofrío. Sentimiento era lo único que me faltaba.
    Sin más, tras mi descanso obligatorio, regresé a la sede de Arquitectura Biogenética Humana y continúe estudiando sus órganos internos.

 
   El visionado de grafeno, me mostró un adenocarcinoma de decímetro y medio ubicado en el colón ascendente. Me sorprendió que pudiese llegar a viejo un ejemplar defectuoso.
    La sociedad humanoide a la que yo pertenecía, limitaba la vida a treinta ciclos orbitales y no permitía la supervivencia de ningún elemento infecto o con algún tipo de tara. Gestados en la cápsula madre mediante un complicado proceso de carbogénesis biocelular, nuestro aspecto humano permanecía invariable durante toda  nuestra existencia.

  
   Pensar que me encontraba en mi último ciclo orbital, hizo que mi actividad neuronal se acelerase y noté una presión punzante en mi pecho de origen desconocido. Creí empequeñecer extrañamente dentro de mi cuerpo y mi corazón comenzó a latir totalmente desbocado. Sin motivo aparente, esa cadena de reacciones abrió un portal telepático que me conectó con su cerebro.
    La sucesión de imágenes que colapsó mi retina, me hizo comprender que su infancia, su juventud y su etapa adulta no eran más que la punta de un iceberg que guardaba muchos misterios. Su lucha interna contra la enfermedad que lo devoraba y su deseo de vivir, se filtraron a través de los poros de mi piel accionando una señal de socorro.
    Aspiré todo el aire que pude, olvidé las normas, los protocolos y las rutinas y, armada de valor, cogí su mano con las mías. En ese momento, se inició una fusión citoplasmática que nos dejó ensamblados formando una misma persona.
   Noté, por mi menor tamaño, que mis células quedaban acopladas dentro de las suyas. Fue así como perdí mi imagen y adopté la de aquel hombre. Pero en el área encefálica, el mayor tamaño de mis neuronas logró conquistar su territorio.
    En la tibieza de sus entrañas encontré un cobijo agradable y comprobé que su maquinaria, envejecida por el exceso de ciclos orbitales, se encontraba en buen estado pese a la existencia tumoral. Mis células madre repararon su tara y la sanación inesperada energizó nuestra alianza.
    Tanta fuerza renovada conllevó cambios inesperados. Él rejuveneció veinte años y yo envejecí otros tantos. El premio fue sentir un torrente de vida fluyendo por nuestras venas.
    Así, vestida con cuerpo de hombre, me dirigí a la zona restringida donde se encontraba la celda experimental de traslados temporales. Nunca se habían efectuado pruebas con seres vivos pero una ocasión tan perfecta no volvería a presentarse. Me coloqué en el centro exacto del punto de no retorno y señalé una fecha cualquiera del año 2005. Sobra decir que llegamos a tiempo y la Operación S.E.P. concluyó con éxito.

                                                                     

Los guardianes de la Fe

Las luces de la habitación del Santo Padre se apagaron un instante para anunciar que había fallecido. Aquel dos de abril de 2005, un llanto silencioso se apoderó de los que estábamos congregados en la Plaza de San Pedro.

           Teníamos planeado aquel viaje desde hacía unos meses, queríamos visitar Roma y Ciudad del Vaticano y no imaginamos en ningún momento que nos encontraríamos en medio de un universo informativo. Una vez recibida la noticia, tardamos dos horas en poder salir de allí.

           Llegamos al hotel a las doce de la noche. Estábamos cansados, había sido un día duro. Siempre viajábamos con otra pareja de amigos. Ninguno de los cuatro era un creyente acérrimo pero aquel hecho histórico nos había calado hondo.

           Por la ventana se veían pasar vehículos de distintos medios de comunicación que se desplazaban en todas direcciones para cubrir la noticia. Me preguntaba dónde se iban a meter, pues en Roma ya no cabía un alfiler.

           Nos levantamos temprano. A las siete y media habíamos quedado con Elena y Pepe en el comedor de desayunos. Los vi en una mesa y me acerqué a saludarles antes de coger el café.

           ─Buenos días, ¿qué tal nos hemos levantado hoy?

           ─Fatal, con tanto ruido de coche arriba y abajo no he podido pegar ojo y, encima, he estado soñando con el papa toda la noche ─dijo Elena.

           ─No sé si hubiera valido la pena venir en agosto, creo que hubiéramos estado más tranquilos. Ayer, con tanta gente, no pudimos ver nada del Vaticano. ¡Con las ganas que tenía de contemplar la capilla Sixtina! ─comentó Pepe.

           ─Bien, no os preocupéis. Seguiremos nuestro plan de visitas por Roma y dejaremos el Vaticano para otro año ─apunté.

           Cristina, que se había parado a coger unos bocadillitos de jamón que le habían entrado por los ojos, llegó cargada con una bandeja.

           ─Buenos días chicos, ¿habéis podido dormir con tanto jaleo de coches? Me parece que habríamos estado mejor en aquel hotel de las afueras que vimos primero.

           Al salir a la calle, un hombre nos entregó una octavilla escrita en italiano. Con mis escuetos conocimientos del idioma solo entendí algo sobre la muerte del papa y la profecía de Malaquías. Estuve a punto de tirarla en la papelera, pero como indicaba la fatídica fecha, la doblé y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta, a modo de recuerdo.

           Fuimos a visitar el Coliseo. No había nadie en la cola, seguramente todos estarían en las iglesias rezando por el alma del papa. Pagamos la entrada y accedimos al interior. La grandiosidad del edificio nos impresionó, pudimos imaginarnos los cincuenta mil espectadores que explicaban nuestras guías de viaje.

           A la salida, para mitigar el cansancio que llevábamos encima, hicimos una parada en un barecito cercano. El camarero era un español afincado en Italia desde hacía muchos años. Nos atendió de maravilla y se le veía campechano, así que me atreví a preguntarle.

           ─Perdona, me han entregado este papelito a la salida del hotel y había pensado guardarlo como recuerdo, pero como no sé exactamente qué dice ¿podrías traducírmelo? Es por si no vale la pena guardarlo. Gracias.

           El camarero tomó la hoja y empezó a traducirla en voz alta. Aquello parecía al aviso de un loco presagiando el fin de la iglesia católica o del mundo. Alguien había tecleado una profecía muy antigua escrita supuestamente por San Malaquías: «En la última persecución a la Santa Iglesia Romana ocupará la silla Pedro Romano, que habría de apacentar a sus ovejas padeciendo muchas tribulaciones, pasadas las cuales la 'Ciudad de las Siete Colinas' será destruida y el juez tremendo vendrá a juzgar a su pueblo». Indicaba que San Malaquías había escrito ciento doce ʽlemasʼ, dedicados a cada uno de los papas, y Juan Pablo II había sido el papa ciento diez. Como resultó curioso, decidí que valía la pena ponerlo en el álbum de fotos.

           ─Por tanto, al sucesor de Juan Pablo II, según la profecía, le tocará gobernar la Iglesia en los días del fin del mundo ¿no? La verdad es que no he entendido bien si el ciento once será el último papa, antes del juez tremendo o si será el ciento doce ─dijo Pepe.

           Nos echamos unas risas y salimos de aquel bar contándonos anécdotas del viaje.

           La semana pasó volando y tuvimos que regresar a España para proseguir con nuestras aburridas vidas y empezar a planear el viaje del año siguiente.

           La noticia de la elección de su sucesor el diecinueve de abril no hizo mella en nuestras vidas, aunque sí nos alegramos de que no se llamase Pedro Romano, recordando aquella octavilla.

           Tras su elección, empezaron las noticias sobre atentados misteriosos en diversos edificios de la Santa Sede y gente desaparecida. La ola de terrorismo contra la Iglesia católica había comenzado. Un afligido Benedicto XVI aparecía diariamente repartiendo mensajes de fe y esperanza para la raza humana, y aconsejando a los cristianos mantenerse unidos ante las adversidades y rezar por las almas perdidas. No se sabía quién o quiénes eran los terroristas.

           Muchas de las maravillas de la Ciudad del Vaticano habían quedado destrozadas. Lamentablemente, jamás llegaríamos a ver la Capilla Sixtina, la gran ilusión de mi amigo Pepe.

           Desde España, aquellas tristes noticias se veían lejanas. No éramos parte de aquella historia, aquello no iba con nosotros. Al no ser católico-practicantes, no teníamos costumbre de rezar y, menos aún, por el alma de otros. Aunque alguien nos dijo en Italia que si rezabas un Padre Nuestro en San Pedro, otro en Santa María la Mayor y otro en San Lorenzo Extramuros, un «alma en pena» podía alcanzar el cielo.

           El diecinueve de agosto, una noticia fulminante apareció en todas las cadenas de televisión: «Cientos de bombas han caído en Ciudad del Vaticano». Nadie se había atribuido la autoría del acto y no se tenían noticias del interior de la ciudad. Todas las vías de comunicación habían dejado de funcionar.

           Imágenes tomadas desde un helicóptero mostraban innumerables víctimas que yacían tendidas por los alrededores de la Basílica de San Pedro, no mostraban heridas, tan solo parecían haber quedado sumidos en un eterno sueño. Todos los accesos eran infranqueables, una barrera invisible similar a una cúpula de cristal aislaba por completo la ciudad del Vaticano.

           Con el corazón en un puño, salí del despacho para ir a la peluquería de Cristina. Me la encontré en la acera,  también había pensado venir a buscarme.

           ─¿Has visto las imágenes? Una señora ha venido a la peluquería y nos lo ha contado. He encendido la televisión y al verlo se me han puesto los pelos de punta. He terminado de secar el pelo a una clienta y he venido corriendo hasta aquí. ¿Te imaginas si llega a pasar cuando estábamos allí? ─Tras darme un beso, buscó el móvil en su bolso y llamó a Elena para contárselo─. Seguro que no lo sabe, allí metida en el laboratorio no se entera de nada.

           ─Yo llamaré a Pepe para ver si lo ha visto y le preguntaré si quieren venir a casa a comer ─le contesté, tras mirar el reloj y ver que era su tiempo de descanso.

           Ni Elena ni Pepe habían oído nada.

           Elena trabajaba en un laboratorio de control de calidad de alimentos, era una bacterióloga especialista en microbiología y le apasionaba su trabajo. A veces, resultaba cansina cuando intentaba explicarnos cómo llegaban a determinar la fecha real de caducidad de los alimentos, total para decirnos que los alimentos solían durar en buen estado más tiempo del que decían los envases.

           Pepe trabajaba de peón para una empresa de gestión medioambiental. Era el conductor de una máquina barredora. Como aquel vehículo emitía bastante ruido, su empresa le obligaba a llevar unos cascos protectores en los oídos. Descansaba los primeros diez minutos de cada hora. Pepe siempre decía que su trabajo era un chollo, descansaba más que trabajaba.

           Sentíamos la necesidad de compartir aquel momento con ellos, hacía solo unos meses que habíamos estado allí. Algo extraño pasaba, aunque no sabía bien qué.

           A mediodía oímos de nuevo la noticia, pero todo era muy confuso, nadie sabía si había muerto el papa, cuántos muertos había, qué era aquella capa invisible que impedía la entrada en la ciudad… Mostraron a miles de personas que rezaban en todas partes del mundo.

           Algún osado reportero se aventuró a decir que podía ser un ataque islamista, pero eran suposiciones. También mostraron imágenes tomadas a pie de calle desde el otro lado de aquella enigmática barrera. Se veía a la gente apoyando las manos sobre una hipotética pared transparente. Llegué a pensar que todo era un montaje.

           Estábamos comiendo cuando otra noticia hizo que se nos quitara el apetito de un modo fulminante: algo de origen desconocido había hecho desaparecer primero el Vaticano y luego toda Roma, ambas habían sido literalmente arrasadas de la tierra. Saqué el álbum de fotos del viaje y busque la octavilla que había pegado allí para intentar recordar el texto de la profecía. La leí en voz alta. Pepe dijo:

           ─Si Pedro Romano es Benedicto XVI, al que hemos visto sufrir por los ataques de estos meses; y Roma, Ciudad de las siete colinas, ha quedado arrasada. ¿Qué nos queda por ver? ¿Un dios castigador que nos juzgará a todos?

           ─Desde mi modesto punto de vista científico, permitidme decir que no creo ni una palabra de esa profecía. Me inclino a pensar que la causa de la desaparición de Roma es de carácter geológico. Meditaré sobre ello ─manifestó Elena.

           ─¡Esto es un montaje! Alguien debe tener algún interés en meter miedo a la gente con estas noticias absurdas. ¿Cómo quieren hacernos creer que instantáneamente ha muerto toda aquella gente que visitaba el Vaticano y toda la ciudad en ruinas ha quedado aislada por una barrera invisible? ¿Cómo quieren que creamos que el Vaticano y Roma han desaparecido del mapa? Nos toman el pelo todo lo que quieren y más ─cuestionó Cristina─. Seguro que mañana acaban desmintiéndolo todo y resulta se trata de un anuncio televisivo, quizás el de un champú que arrasa la caspa.

           ─No sé si esto es un montaje o no, pero… creo que para salir de dudas lo mejor es preguntar. Voy a llamar a Pedro, el camarero que nos tradujo la octavilla. Me anotó su teléfono detrás, por si necesitábamos ayuda en algo. No creo que haya cambiado de número ─dije.

           Llamé repetidas veces, marcando el prefijo internacional, pero ni siquiera daba llamada. Pensé que Pedro había quedado como un rey pero me había dado un número inexistente.

           ─Nada, hasta Pedro nos tomó el pelo ─comenté.

           Pensando que al final Cristina tendría razón, continuamos tranquilamente la comida y cerramos el televisor.

           Por la ventana de la cocina oímos un grito ahogado de nuestra vecina. Me asomé y la llamé. Estaba llorando, su hijo había ido de viaje de fin de curso a Florencia y en las noticias acababan de decir que Italia entera había desaparecido. El mar Adriático y el mar Mediterráneo habían unido sus aguas. Cristina encendió rápidamente el televisor mientras yo intentaba consolar a la vecina diciéndole que su hijo seguramente estaría bien. Le dije que las imágenes de Satélite podían haber sido manipuladas por algún loco para asustar al mundo. Cuando vi que se tranquilizaba un poco, entré al comedor y vi la cara de miedo que ponían los tres. La televisión mostraba una Europa sin la bota de Italia. Me estremecí solo de pensar que aquello pudiera ser cierto.

           Mi profesión de arquitecto me decía que esas imágenes eran falsas. Yo no era un ingeniero especializado en ingeniería geotécnica o ingeniería sísmica, pero tenía claro que nos estaban engañando.

           De repente, como si aquello no tuviera más importancia, empezaron a emitir un programa de música clásica.

           ─¿Veis? Todo esto es un cachondeo. No hay de qué preocuparse ─dijo Pepe.

           Me dirigí a la cocina con platos sucios, seguido de Cristina y de Elena. Pepe se quedó barriendo el comedor. Asomé la cabeza por la ventana y llamé a la vecina. Le pregunté cómo estaba. Parecía sorprendida. Me contestó que estaba bien. Extrañado, le pregunté por su hijo. Como si antes no hubiésemos hablado, me contestó que se había ido de viaje a Florencia y que esa misma mañana le había llamado por teléfono para decirle que era una ciudad llena de arte. Cristina y Elena, detrás de mí, se quedaron con la boca abierta. Nos dijo que esa ciudad nos gustaría, pues sabía que el arte nos encantaba. Parecía contenta. Siguió limpiando como si nada.

           Nos despedimos y quedamos en llamarnos por teléfono aquella noche.

           Volví al despacho por la tarde, mi cabeza no paraba de dar vueltas a todo aquello. Mi socio, Abel, estaba estudiando diversos modos de aprovechar la luz solar en un edificio de treinta plantas. Nuestra idea de una vivienda sostenible en el campo había tenido mucho éxito. Ahora, nuestro reto era conseguir una vivienda sostenible en plena ciudad. Imaginábamos un mundo sin desechos que transportar ni reciclar, desechos reutilizados como fuente de energía, complementaria a la energía solar. Nuestra máxima satisfacción era imaginar una ciudad sin cableados de ningún tipo, ni combustibles contaminantes. Al entrar por la puerta, lo saludé. Había sido él quien me había comentado las primeras noticias esa mañana y le pregunté qué opinaba sobre las últimas noticias. Me contestó que no sabía de qué le estaba hablando y que era mejor que no bromease con esas cosas.

           Visto lo visto, encendí la televisión de la salita del café esperando que Abel recuperara la memoria perdida. Seguía el programa de música clásica. Decidí cambiar de cadena para ver si algún canal comunicaba algo nuevo. No hubo suerte, se emitía lo mismo en todos los canales. Mi compañero tarareaba la música y chasqueaba los dedos al compás. Se asombró de que yo no reconociese aquella melodía que, según dijo, él ya solfeaba cuando era niño.

           No vino ningún cliente, las citas que teníamos concertadas previamente no se habían presentado.

           Contemplé asombrado la generación de electricidad de un pequeño conjunto de células fotoeléctricas que Abel estaba probando. Habíamos conseguido aumentar su rendimiento del treinta al ochenta por ciento. Aquel avance inesperado lograría que con muy poca inversión, cualquier edificio dispusiese de la electricidad necesaria hasta en los días de mal tiempo. La energía eléctrica tal como la conocíamos iba a desaparecer. Intentó explicarme todo un galimatías de fórmulas que había usado para hacer los cambios en las células, pero debo reconocer que, aunque hice cara de entenderle, no entendí ni la mitad de lo que me dijo. Cogí sus papeles y le dije que los estudiaría en casa para ver si podíamos mejorar aun más el porcentaje de rendimiento. Lo que hice fue guardarlo para ver si, con los apuntes de carrera y los apuntes del Postgrado de ʽArquitectura Medioambiental y Urbanismo Sostenibleʼ en la mano, era capaz de descifrar lo que me había dicho.

           Regresé a casa y Cristina me esperaba con cara de preocupación

           ─Raúl, una clienta me ha llamado loca. No ha creído ni media palabra de lo que le he dicho que han anunciado por televisión. Me ha dicho que siempre se ha emitido música clásica y noticias «de interés social». ¡Ah! También que en Europa no ha habido nunca ninguna bota llamada Italia. ¿Estoy loca yo o está loca ella?

           ─Desde luego no sé qué pasa, pero te aseguro que no estás loca. Abel no recuerda nada de lo que hemos hablado esta mañana sobre el Vaticano y, en cambio, ha ideado unas fórmulas que han aumentado el rendimiento de nuestras células fotoeléctricas hasta el ochenta por ciento. Si no fuera porque estudié con él y sé que era un estudiante del montón, diría que estoy trabajando con una eminencia.

           ─¿Qué te parece si llamamos a Pepe y a Elena, para saber cómo les ha ido la tarde? ─dijo Cristina.

           Marqué el número de Pepe.

           ─¿Has hablado con alguien esta tarde? ─pregunté.

           ─Sí Raúl, he hablado por lo menos con diez personas y puedo decirte que me he encontrado de todo. Como siempre, me he ido a correr un rato por el parque y me he encontrado con los habituales. Comentando con unos y otros las noticias del día, he descubierto que hay gente que no sabe de qué les hablo y que hay gente que está tan desconcertada como yo de ver lo que está ocurriendo a su alrededor.

           ─No sé, pero esa musiquita de la tele me pone bastante nervioso. Creo que de algún modo alguien está intentando hacernos un lavado de cerebro ─murmuré.

           ─Algunos conocidos que suelen discutir con facilidad de cualquier cosa, me ha dado la impresión que estaban poseídos por una paz infinita, como si vivieran en otro mundo. No tenían ganas de discutir sobre ningún tema. Me decían que todo estaba en perfecto orden y no pasaba nada, que yo necesitaba descansar unos días para verlo todo más claro.

           ─Pues mira, una de las clientas de Cristina sí que quería discutir, incluso le ha llamado loca. Se lo está contando ahora a Elena llorando.

           ─Sabes que creo, que aunque parece no seguirse ningún patrón, sí que hay alguien detrás moviendo los hilos. Quizás ese alguien sea más grande de lo que imaginamos.

           ─¿Qué quieres decir?

           ─Que esa gente con la que he hablado no es la gente que yo conozco, los han cambiado.

           ─¡Anda ya! Una cosa es que creamos que alguien nos quiere comer el coco por alguna razón, y otra muy distinta, que digas que estamos rodeados de clones. Aunque, ahora que lo dices, mi socio no parecía que fuese él.

           Dejamos la conversación para el día siguiente. Me quedé más preocupado de lo que estaba.

           Cristina me comentó que Elena le había contado que dos compañeras del laboratorio actuaban de un modo extraño, se suponía que eran dos celebridades en temas de bacteriología y, sin embargo, habían pasado toda la tarde encima de ella haciéndole preguntas que sabe hasta un alumno de primero. Elena, ante aquel comportamiento, había optado por dispararles una sarta de mentiras. Si ellas hubieran sido ellas, se habrían muerto de la risa, pero se lo tomaron al pie de la letra. Había pasado una tarde bastante inquieta.

           ─Si al final tiene razón Pepe y estamos rodeados de clones, tendremos que tener mucho cuidado y medir nuestras palabras. Tendremos que descubrir quiénes siguen siendo normales y quiénes no lo son. Tendremos que hacer algo.

           ─Nosotros cuatro seguimos igual y dos señoras que han venido a la peluquería también, las otras no. De hecho, una ya ves cómo se ha puesto. ¿Y si nos inventáramos un medio para saber que seguimos siendo nosotros?

           ─¿Una clave?

           ─Sí, pero algo que solo sepamos nosotros. Se me está ocurriendo que como los supuestos clones afirman que Italia nunca ha existido, podríamos usar como clave algo de nuestro viaje ─dijo Cristina.

           ─Bien, podría ser una clave distinta para cada día. Por ejemplo, ya que hicimos catorce visitas distintas, y los cuatro sabemos en qué orden las hicimos, elegir como clave de cada día el nombre del lugar que visitamos. ¿Qué te parece?

           ─Que me estás dando miedo.

            ─Mujer sería más complicado si escogiese como clave algo basado en la profecía de San Malaquías. Está compuesta de "lemas" dedicados a cada uno de los Papas desde Celestino II, elegido en 1130, hasta el fin del mundo. ¡Imagina si tuviésemos que decir el nombre de cada uno de los papas desde ese año!

           ─Ya empezamos a complicarnos la existencia.

           Les comentamos a nuestros amigos nuestras impresiones y nuestra idea de cruzar un primer saludo en clave, en nuestros próximos encuentros. Elena aceptó encantada. Pepe refunfuñó un poco, pero finalmente asintió. Por supuesto, elegimos como clave la de las catorce visitas.

           La vida continuaba a nuestro alrededor de un modo aparentemente normal. En el trabajo discutíamos cuestiones totalmente laborales y, fuera del trabajo, tanteábamos a la gente conocida para saber de qué pie cojeaban. Me recordaban a las marionetas, alguien los estaba guiando con algún fin y había aniquilado su voluntad.

           Cristina había conseguido sintonizar una emisora de radio internacional que parecía no estar intervenida. Todos los días lograba escucharla mientras tenía la peluquería cerrada. Luego, por la tarde, nos contaba qué noticias habían radiado. Parecía que gran parte de la humanidad estaba siendo abducida por «algo». Apuntaban que muchas personas cambiaban mentalmente, aunque su apariencia física era la misma. Comunicaban que aquellas nuevas personas negaban cualquier creencia en ningún dios y sostenían que la fe religiosa de cualquier origen estaba vacía y no tenía ningún valor.

           Aunque yo era un ateo confeso y a Elena no le iba el tema religioso, sabía que mi mujer y Pepe se sentían cristianos, aunque no fuesen practicantes. A la vista de las noticias de aquella emisora, decidimos que el único lugar donde no encontraríamos a esos clones sería en una iglesia. Seguimos usando las claves como saludo, pero nuestras reuniones se trasladaron a la iglesia que había en la esquina de nuestra calle. El cura párroco, don Gervasio, se unía a nosotros siempre que podía y nos comunicaba las novedades que iba descubriendo. En más de una ocasión intentó convertirme al catolicismo, pero yo le decía que la Biblia me parecía un cuento para niños y que conmigo no tenía nada que hacer.

           El diecinueve de noviembre, acudió a la reunión con un semblante triste y apesadumbrado. Sus contactos le habían comunicado que el Estado de Israel había desaparecido y un mar de aguas tranquilas ocupaba su lugar. La historia de Italia se repetía en Israel.

           ─Alguien quiere destruir el mundo. La fe cristiana, la judía y la islámica han sido masacradas con la desaparición de la ciudad sagrada y el Estado de Israel.

           ─¿Se sabe ya algo de la elección del nuevo papa? –le pregunté.

           ─Los miembros de la Iglesia que pueden sucederle y siguen vivos, no han logrado reunirse en un lugar para poder elegir al sucesor de San Pedro. Benedicto XVI, que en paz descanse, ha sido un buen Petrus Romanus pero, por desgracia, su andadura ha sido corta y amarga.

           ─¿Por qué le llama Petrus Romanus? –dijo Pepe.

           ─El primer papa de la Iglesia fue San Pedro. El nombre de Pedro está prohibido cuando se elige al Pontífice sucesor. Por ello hubo uno sólo. Pero, simbólicamente, todos sus sucesores han sido y serán Petrus Romanus, es decir, nuevo Pedro.

           ─Me parece que ese Malaquías no iba desencaminado ─comentó Pepe.

           ─¿Conoces las profecías de San Malaquías? La Iglesia no las considera oficiales y duda de su veracidad. Me preocupa bastante su contenido. Según esa profecía, el siguiente Papa contemplará el desmoronamiento de la Iglesia y la llegada del Juicio Final.

           »No tengo noticias sobre un nuevo nombramiento. Muchos de los cardenales que hubiesen formado parte del cónclave se encontraban en el Vaticano, convocados por el Santo Padre en el momento que la Ciudad fue bombardeada y arrasada. Desconozco qué asunto trascendental iban a tratar.

           »La noticia de la muerte del Sumo Pontífice me llegó vía vox populi. No pudo ser comprobada por el Camarlengo de la Santa Iglesia Romana, pues seguramente éste también falleció al mismo tiempo. No existe constancia de su muerte pero la evidencia nos dice que no puede haber quedado con vida.

           »En 1996, Juan Pablo II promulgó la Constitución “Sobre la vacante de la Sede Apostólica y la Elección del Romano Pontífice” y en ella detalló todos y cada uno de los pasos a seguir en el caso del fallecimiento del Santo Padre. Llegados a esta realidad que nos ocupa, no puede cumplirse nada de lo que allí se ordena. Por ese mismo motivo, resulta más difícil, si cabe, proceder a la elección, porque los pasos a seguir han de ser consensuados por los cardenales que siguen con vida. El miedo se ha apoderado de toda la humanidad y los dirigentes de la Iglesia también son humanos.

           ─¡Pues estamos apañados! ─dijo Cristina, sin poder reprimir su desazón.

           ─Creo que deberíamos reunir las fuerzas suficientes para combatir el miedo que se extiende a nuestro alrededor y está minando la mente de los que aún siguen cuerdos ─indiqué, intentando resultar apaciguador.

           ─Sí, muy bonito, ¡Tan sencillo de decir que parece fácil! A mí me resulta difícil convivir con mis compañeros de trabajo, no son los hombres que yo conozco. Se pasan el día hablando de la música que nos meten a todas horas por televisión y de las noticias de «interés social» que difunden. ¡Menudo interés social! Que nos portemos bien con nuestros compañeros, que discutir no nos lleva a ninguna parte, que aceptemos que creer en algún dios es algo inaceptable… ¿Cómo podemos combatir el miedo que se apodera de cualquiera de nosotros, por muy razonables que seamos? ─lanzó Pepe sin esperar respuesta.

           Elena, haciendo honor a su carácter introvertido, no había soltado ni una palabra durante toda aquella conversación. De repente, como si una chispa hubiese hecho conexión entre sus neuronas, se atrevió a decir:

           ─Perdonadme si interrumpo, hay algo en la intervención de don Gervasio que me tiene intrigada. ¿Por qué todos los cardenales que podrían suceder a Benedicto XVI habían sido convocados por éste en el Vaticano? ¿No os parece extraño?

           Todos nos quedamos pensando en ello sin poder evitar estremecernos ante la idea de que alguien hubiese maquinado aquello de antemano.

           Aquel diecinueve de enero dejaron de emitir música clásica. Un ser, de aspecto similar al humano, hizo su aparición en todas las pantallas de los televisores. Su piel mostraba infinitas ramificaciones de capilares, como si careciese de epidermis. Debía tener algún tipo de melanina en su piel, pues se apreciaba un ligero tono azulado en su rostro. Los ojos me recordaban a los de un niño, grandes y expresivos, llenos de inocencia, hipnotizadores. Su atuendo era como el nuestro.

           Se presentó como «El Mensajero» y anunció la inminente llegada a la Tierra de su poblado. Dijo que venían en son de paz. Su interés por este planeta se había producido por su capacidad para vivir en las mismas condiciones que nosotros y por su parecido con la raza humana. Su mensaje era directo y claro, iban a someter a todos los seres vivos de este mundo, todo ello, por supuesto, buscando un hipotético bien común. Me entraron arcadas de oírlo.

           Empezamos a ver esos seres por todas partes, no vimos ninguna nave espacial ni supimos cómo habían llegado, pensé que podía ser algún tipo de tele-transporte como el que había visto en algunas películas de ciencia-ficción. Nadie sabía donde vivían, ni cómo. En principio, el mundo continuaba su marcha normal. Seguíamos realizando nuestros quehaceres diarios, pero presentía que alguien nos vigilaba.

           Cuando llegaba a casa, aquella sensación de vigilancia desaparecía. Era como si para ellos no tuviese el más mínimo interés nuestra vida privada. Pensé que solo les importaba cómo trabajábamos y nos desenvolvíamos en sociedad. Puede que nos quisieran como esclavos a su servicio y que, de momento, nos dejaran seguir nuestras vidas por algún motivo. Como si estuviéramos en el período de prueba o algo así.

           Nos reuníamos con Pepe, Elena y don Gervasio siempre que podíamos. El cura usaba también nuestro saludo en clave, se había aprendido el orden de los lugares que visitamos durante nuestro viaje a Italia.

           Fue el diecinueve de febrero cuando hizo su aparición un ser peculiar, era parecido a los otros aunque su piel, más que mostrar un ligero color azulado, mostraba una cierta transparencia. Bueno, quizás fuera porque era un «albino» en su especie. Se presentó como Moisés, me hizo gracia el nombre que había elegido, me recordaba los diez mandamientos que fui obligado a estudiar cuando iba al colegio.

           Como si me hubiese leído el pensamiento, anunció que iba a enumerar sus Diez Mandamientos. Todo ser humano debía acatarlos, olvidándose de toda creencia religiosa anterior. Advirtió que todo aquel humano subversivo que pretendiese incumplir o hacer incumplir aquellos mandatos desaparecería de la Tierra. Aquella amenaza silenció instantáneamente a todo ser vivo.

           ─Debéis saber que soy un enviado de Fout, señor de vuestro Universo. Procedemos del planeta Voisse, perteneciente a un universo paralelo al vuestro. Somos los vossedumet. Mi misión es comunicaros los «Diez Mandamientos» que debéis acatar para que os permitamos vivir con nosotros y no os enviemos al Gran Agujero Negro. La inteligencia de la raza humana es inferior a la nuestra. Estáis observados en todo momento. Sabemos lo que pensáis y pensáis lo que queremos. No os necesitamos, solo queremos vuestro planeta. Nuestra intención no es exterminar la vida de los seres que habitan la Tierra si no es necesario. Venimos en son de paz. Podemos llegar a un entendimiento, si colaboráis.

           Los Diez Mandamientos de Fout quedaban resumidos en uno:”La palabra de Fout es Ley”, por lo demás, eran bastante similares a los que yo recordaba. Se nos anunció que iban a celebrar la gran fiesta en honor a Fout y que todo aquel que participara agasajando a su señor, sería tenido en cuenta. Algo más me llamó la atención en su discurso:

           ─Queda abolida cualquier creencia religiosa. Los templos y edificios dedicados a vuestros dioses serán eliminados de la superficie terrestre. Durante los próximos seis días, será realizada la limpieza definitiva de vuestra mente. Todo aquel que, pasado ese plazo, mantenga en su interior algún sentimiento de carácter religioso será ajusticiado por Fout. Todos aquellos que tienen una mente abierta a otros mundos, serán ocupados por un vossedumet y se verán protegidos por la Ley de Fout. Nadie podrá resistirse a nuestra ocupación.

           La sentencia había sido lanzada, nos quedaban seis días para vencerles o morir en el intento. Ahora sabíamos que los desconocidos que nos rodeaban no eran clones como habíamos pensado sino que eran las mismas personas con un buen lavado de cerebro. Por algún motivo, llámese mente abierta según ese Moisés, el lavado había sido exitoso en ellos inmediatamente. En algunos se observaba una mejora profesional, era el caso de mi socio Abel. En otros, todo lo contrario, el caso de las compañeras de laboratorio de Elena. Para algunos, había desaparecido el placer de la discusión, era el caso de los conocidos de Pepe en el parque. Y otros, finalmente, parecían estar en la inopia, era el caso de nuestra vecina.

           Aunque yo no albergaba simpatías por ninguna religión, sabía que el caso de mi mujer era diferente. Cristina creía en Dios. Noté que un temor acampaba en mi interior y no podía evitar ver un futuro bastante oscuro para todos. Pese a ello, me resistía a creer que la humanidad pudiera ser doblegada tan fácilmente. Cuando llegué a casa, compartí mis dudas con Cristina, notaba que allí no me sentía vigilado. Llamé a Pepe, y presentí que alguien interceptaba la llamada:

           ─Sí ─sonó la voz al otro lado del teléfono.

           ─Hola Elena, soy Raúl, ya veo que Pepe no está disponible.

           ─Está en la ducha.

           ─Deberíamos reunirnos en mi casa para hablar de qué modo podemos agasajar a Fout y a los Vossedumet.

           Como si Elena hubiese adivinado lo que en realidad se ocultaba detrás de mis palabras, dijo:

           ─Es una buena idea Raúl, cuando Pepe salga de la ducha, iremos a vuestra casa para estudiar los Diez Mandamientos y memorizarlos. Solo de ese modo podremos mejorar en nuestro trabajo y ofrecerles un mejor servicio. Por supuesto, hay que agasajar a nuestros nuevos amigos.

           Tras colgar, volví a sentir que nadie me vigilaba. Llegaron Elena y Pepe, y quedaron extrañados al notar que no existía allí ninguna presencia acechante. Intercambiamos claves igualmente. Curiosamente, la libertad en nuestra casa era algo real. El resto de casas, por lo visto, también estaban vigiladas por algo.

           ─Cada minuto que pasa es más difícil dejar mi mente en blanco y hablar de las banalidades del día. Me siento coaccionado por algo, como si alguien intentase dominarme. En cambio, en tu casa me siento libre ─comentó Pepe.

           ─¿Cuántas casa como la vuestra deben existir en el mundo? Si pudiéramos saberlo, les diríamos a todos los que aun no han sido «limpiados», que se reuniesen en ellas y hablasen libremente, para intentar que no logren la sumisión humana ─dijo Elena.

           Sonó el timbre de la puerta, era don Gervasio, se había aventurado a acudir a nuestra casa. Nada más entrar, sintió que no había ninguna presencia ajena. Cruzamos las contraseñas. Sonrió.

           ─¡Qué alegría veros a los cuatro! ¡Menos mal que ésta es una de esas casas blindadas para «ellos»! Acabo de venir de visitar a unos feligreses y he notado lo mismo en su casa. Les he dicho que llamen a todos aquellos que sepan que no han sucumbido ante los vossedumet y se reúnan allí. Tenemos que lograr unirnos todos y vencerles.

           »Por cierto, nuestra iglesia ha desaparecido de la esquina. En su lugar no hay más que asfalto y plazas de aparcamiento. Han comenzado. He ido hasta la plaza de San Antonio y allí ha ocurrido lo mismo. En todo momento, mientras caminaba, he puesto mi mente en blanco. Me he imaginado como panadero y no he parado de pensar en hacer pan. Mi padre era panadero y me enseñó el oficio.

           »Como Malaquías no dejaba de ser un humano, también podía equivocarse al numerar sus lemas. Creo que Petrus Romanus era el propio Benedicto XVI, en cuyo reinado se cumplió el contenido del último y que ese tal Fout es el juez tremendo que viene a juzgarnos. Los días de la Iglesia, tal como la he conocido, han terminado. Debemos tener fe en la humanidad y en su poder de supervivencia.

           Nos alegró saber que otras casas como la nuestra también eran «Estado Libre».

           Elena nos contó que sus compañeras, reclutadas por los extraterrestres hacía tiempo, habían perdido gran parte de sus conocimientos sobre las bacterias y la atosigaban para que las instruyese al respecto.

           ─Me gustaría contaros algo que he planeado en el laboratorio. Como noté un excesivo interés de mis compañeras en mis pruebas y ensayos, opté por mentirles. Ya sé que esos cuerpos son los suyos, pero creo que tienen dentro a un extraterrestre okupa, que no se trata solo de un simple lavado de cerebro. Intentaré explicarme.

           »En una de mis salidas tangenciales, se me ocurrió decirles que después de realizar los análisis correspondientes, mi obligación y la suya era probar la muestra de alimento para reforzar nuestro organismo y hacerlo inmune a las bacterias patógenas. Por supuesto, mi prueba del alimento era fingida y siempre les daba a probar las muestras contaminadas con bacilos.

           »El Bacillus cereus es un microorganismo habitual en los alimentos. Si ingerimos cantidades muy elevadas de esta bacteria, una vez en el tracto intestinal, libera una toxina provocando una gastroenteritis. Su periodo de incubación puede ser corto, y produce un cuadro de tipo diarreico.

           »No quiero resultaros pesada. Si he hecho esta pequeña explicación es porque he comprobado que no les ha provocado un simple malestar de barriga. Al principio, parecía afectarles como a nosotros, dieta blanda y… hasta la siguiente gastroenteritis. Pero el diecinueve de febrero, cuando apareció ese Moisés y su escuadrón de visitantes, observé que la epidermis de mis compañeras se tornaba azulada, como si alguien hubiese habitado su cuerpo. Continué dándoles a probar los alimentos en mal estado y observé que su malestar, más agudo, les producía unos cambios notables para la ínfima cantidad de bacilos que habían ingerido. Cuando digo que no les afecta como a nosotros, no me refiero a que haya observado una excesiva pérdida de peso o demasiada visita al servicio de señoras, sino que, de modo intermitente, su piel vuelve a tomar su color natural y alguna frase, que me recuerda a ellas, me hace imaginar que lo que llevan dentro lucha por salir de su interior. No me cabe duda, les afecta extremadamente la ingestión de bacterias patógenas.

           »No sé si todas las personas que nos parecían extrañas también han adquirido ese ligero tono azulado. Pero si es así, estoy dispuesta a traeros montones de pruebas de alimento infectado para que empecemos a repartirlas cuanto antes. Si quieren guerra, la tendrán.

           Inmediatamente, sin decir nada, me asomé por la ventana y llamé a mi vecina con una excusa tonta, me fijé en su cara y tenía ese tono azulado que decía Elena.

           ─Nuestra vecina también está azulada. Creo que Elena tiene razón. ¿Cuándo puedes empezar a traer esas muestras? ─pregunté.

           ─Espera… ¿Con qué excusa vamos a hacerles probar las muestras a todos? ─dijo Cristina.

           ─Tiene que ser una que parezca creíble y les agrade a ellos ─comentó Pepe.

           ─Ya lo tengo, diremos que se ha organizado un concurso de pasteles para el día de celebración de la fiesta en honor a Fout. Que nuestra intención es conseguir el pastel más exquisito para ofrecérselo. Y que debemos repartir distintas muestras a la población para ver su opinión ─añadió don Gervasio.

           ─Podría funcionar, tengo un montón de pasteles en el frigorífico. Modificando la temperatura, puedo conseguir que aparezcan en tropel nuestros pequeños aliados los bacilos.

           Volví a asomarme por la ventana y le comenté la gran noticia a mi vecina, parecía entusiasmada. Era una idea excelente que nuestros visitantes sabrían apreciar. Me pidió que nada más recibiera las muestras le diese alguna para probarla. Me daría su sincera opinión.

           No habíamos visto nunca a ninguno de los alienígenas comiendo, parecía que no lo necesitaran. Resultaba curioso. En cambio, aceptaban de mil amores darse a los placeres de la comida estando dentro de un cuerpo humano. No lo entendía.

           Los feligreses de don Gervasio habían sido avisados. Al día siguiente, cada uno de nosotros repartiría por todas las casas «libres» un montón de muestras que darían a probar a sus sospechosos amigos.

           Los seres visibles iban viéndose cada vez menos, como si fueran encontrando cuerpos disponibles y ocupándolos.

           La noticia se propagó como la pólvora, las muestras habían surtido su efecto rápidamente. Un montón de sujetos, ahora azulados, ahora naturales, caminaban por las calles al día siguiente. La gastroenteritis acampaba libremente entre ellos.

           Don Gervasio supo que la iniciativa que habíamos llevado a cabo en nuestra ciudad, también estaba llevándose a cabo en otras ciudades. La guerra bacteriológica estaba en marcha.

           Un Moisés desmejorado hizo su aparición en todos los canales de televisión, nos advirtió que la ira de Fout pronto caería sobre nosotros. Sabía que algún tipo de batalla contra ellos había comenzado. Ese mismo día, noté que no me sentía vigilado ni en la calle. Lo mismo le ocurrió al resto de la gente.

           Cristina me mostró un mensaje de Elena: «Voy a llamarte, si está Raúl contigo pon el altavoz para que lo oiga».

           ─Voy a daros un notición.

           ─¿Ya no nos damos la clave? ─recordó Cristina.

           ─Olvídate de eso. Mis dos compañeras vuelven a ser ellas. No recuerdan nada de lo que ha pasado desde la muerte de Juan Pablo II. Estos últimos meses no han existido para ellas.

           ─¿Qué me dices?

           ─Como lo oyes.

           ─Y…¿Has visto alguno de esos seres muertos o se han volatilizado?

           ─Ahora que lo dices... No.

           ─Me alegro de oír esa noticia Elena ─le dije.

           Habíamos llegado al fatídico día seis, último de nuestras vidas. Moisés nos convocó en todas las plazas de todas las ciudades del mundo y nos dijo que esperáramos la llegada de Fout.

           Allí estábamos, ya se veían muy pocos azulados, aunque alguno quedaba. Un Fout de idéntica forma que los vossedumet, con una piel completamente llena de ramificaciones de capilares lumínicos y que irradiaba fuego por cada uno de sus poros, se presentó ante nuestras pupilas y emitió un atronador sonido desgarrador. No sabía si calificarlo de lamento o de enfado. Muchas personas se asustaron al verlo, satanás resultaba ser el dios de nuestro universo.

            Aquel semblante demoníaco adoptó un aire de serenidad y calma y nos habló.

           ─Llegamos a este mundo llenos de esperanza, considerándolo tan nuestro como vuestro. Nuestra civilización ha vivido muchos años en simbiosis con otros seres vivos. Debido a nuestra compleja estructura molecular, requerimos de un organismo externo que nos proporcione el alimento y la energía necesaria para mantenernos en vida. A cambio, transmitimos conocimientos y avances tecnológicos a quienes nos acogen. El beneficio mutuo ha sido constatado a lo largo de los tiempos. Cuando los planetas conquistados muestran indicios de estar próximos a su fin, buscamos otro planeta similar que garantice nuestra supervivencia. Los hospedadores deben poseer una inteligencia claramente inferior a la nuestra, para poder utilizar sus cuerpos y alimentar nuestras células sin obtener demasiada resistencia. Nuestra vida se extingue en breve plazo si no conseguimos nuestro propósito.

           »Nuestros primeros enviados, nos advirtieron que no iba a ser fácil habitar la Tierra porque la fe religiosa era capaz de mover el mundo. Por ello, me pareció que un modo de suprimir las interferencias con nuestro objetivo, era eliminar todo rastro de religión sobre la superficie terrestre. Tras un riguroso estudio sobre vuestras creencias religiosas, atacamos la Ciudad del Vaticano. Creí que aquella acción erradicaría el culto a dios y los humanos terminarían por olvidar aquella fe sin sentido. Pero no fue así, en todas partes del mundo, millones de personas de diferentes religiones empezaron a rezar sin parar. Aquella reacción me resultó incomprensible, me vi obligado a ser más drástico. Decidí que Italia entera debía ser enviada al Gran Agujero Negro, prisión de los que se oponen a ser conquistados; y, por si no era suficiente, también Israel, con su hipotética ciudad sagrada, cuna de la fe cristiana, la judía y la islámica. Suponía que aquello sería suficiente para que los humanos comprendieseis que no necesitabais una religión sino un guía como yo. Pero… no me di cuenta de vuestra astucia y descubristeis nuestro punto débil y casi conseguís aniquilarnos en seis días.

           Se situó frente a un atril y empezó a leer una hoja que me recordó a la octavilla que me entregó aquel personaje en Italia.

           ─En la última persecución a la Santa Iglesia Romana ocupará de nuevo la silla Pedro Romano, que habría de premiar a sus ovejas por padecer muchas tribulaciones, pasadas las cuales la 'Ciudad de las Siete Colinas' resurgirá de los infiernos y el juez tremendo será juzgado por el verdadero Dios. Pocos conocen la existencia de este último lema que escribió Malaquías. No hemos conseguido doblegaros. Esta última profecía, anunciaba nuestro final y el resurgimiento de una fe más poderosa, vuestra fe en Dios. Nuestro destino quedó escrito hace más de ochocientos años. En breve desapareceremos sin dejar rastro, pero queremos dejaros algunos de nuestros conocimientos. Vuestros científicos sabrán comprenderlos y avanzareis más en el descubrimiento del universo infinito que os rodea. Todo lo que hice desaparecer de este planeta lo retornaré a su lugar antes de perder todas mis fuerzas y las personas sumidas en un profundo letargo volverán a estar entre vosotros. No os será difícil reconstruir todo aquello que destruimos en nuestro primer ataque. Debéis saber que no hemos matado a ningún ser humano, todos los que se encontraban en el interior de alguno de los edificios derribados fueron enviado al Gran Agujero. Quise erigirme en dios de todos vosotros y quise que me obedecierais a la fuerza. Olvidé que la fe no atiende a coacciones, tener fe es algo que depende de uno mismo. Olvidé que solo hay un Dios.

           »Hace muchos años nuestra raza era la vuestra. Avanzamos mucho gracias a los conocimientos que nos ofrecieron visitantes de otros planetas. Con el tiempo, fuimos nosotros los descubridores de otros mundos. La tele-transportación era un arte fácilmente dominado por cualquier vossedumet. Debido a diversos avatares de nuestras odiseas espaciales, perdimos la capa de epidermis de nuestra piel, el pelo que cubría la misma, y la capacidad de alimentación de nuestras células. Tuvimos que aprender cómo alimentarlas para poder seguir con vida. Descubrimos que el único modo era fusionarnos con un cuerpo semejante al nuestro, perdiendo así nuestra propia imagen y adquiriendo la del hospedador. Fueron unos siglos muy duros. Vimos el final de nuestro planeta y el de varios planetas más. Tuvimos que imponernos por la fuerza en muchas ocasiones.

           »Llevamos años pensando en regresar a casa. Voisse es el planeta Tierra. Le cambiamos el nombre para no alarmaros. El universo paralelo del que os hemos hablado no es más que vuestro propio universo en un futuro no muy lejano. No venimos de un lugar paralelo a éste, sino de este mismo lugar. Hemos regresado del futuro para intentar cambiar aquello en lo que nos equivocamos. Ha resultado muy difícil llegar de nuevo aquí viajando hacia el pasado. No queríamos presentarnos como viajeros en el tiempo, para deciros que los «vossedumet» no eran más que «terrícolas» que venían del futuro. Pensé que podríamos vivir todos aquí, juntos, siguiendo mis leyes.Sé que en breve quedaremos extinguidos, pero no la raza humana, porque vosotros luchareis para tener un futuro distinto al que nosotros hemos conseguido.

           »Yo he utilizado el nombre de Dios en vano y por ello seré castigado. Me creí Dios y así me nombré, pues eso significa mi nombre. Me equivoqué. Solo Dios puede ser Dios, y ningún ser vivo puede suplantarlo ni dudar de su existencia.

           Ante nuestros ojos, desapareció, él y todos los otros seres que le acompañaban. Nos habíamos quedado solos. Si aquellos seres íbamos a ser nosotros en un futuro, valía la pena intentar cambiar y no cometer los mismos errores que cometieron ellos. Dicen que la Fe mueve montañas, quizás sea cierto. A partir de aquel día, nosotros seríamos los guardianes de la Fe.

           Miles de noticias aparecían en todos los canales. El Vaticano, Italia, Israel, las iglesias y centros de culto, volvían a estar en su lugar. Como si todo lo acontecido no hubiese sucedido, el mundo volvió a la normalidad. Todas las personas que creímos muertas y desaparecidas volvieron a estar entre nosotros. No recordaban dónde habían estado ni qué les había ocurrido. Para ellos no habían pasado aquellos meses. Volvimos a ver al Santo Padre Benedicto XVI. Aparecía rezando, rodeado por todos los cardenales que habían sido convocados en el Vaticano. Se dio a conocer el motivo por el que Su Santidad les había reunido aquel día: debía comunicarles que un enviado de Dios le había anunciado que alguien pretendía aniquilar la Iglesia. Tenían que evaluar la situación y reflexionar sobre las medidas a tomar contra aquellos seres que pretenderían dinamitar la fe en Dios.

           No solo no era el fin, sino que aquello fue el resurgimiento de la Iglesia Católica.

           La vuelta a la normalidad nos pilló desprevenidos. Los que recordábamos todo lo ocurrido, veíamos el mundo de otra forma. Los que desaparecieron y regresaron, no podían creer todo lo que les estábamos contando. Poco a poco, tendríamos que digerirlo. Solo un enigma nos quedaba por resolver: ¿Por qué unos pequeños bacilos pudieron acabar con ellos? Teníamos un nuevo futuro por delante para descubrirlo.

           ─Bien hijos míos, os espero el domingo en la iglesia, a misa de once ─dijo don Gervasio.

           ─Allí estaremos ─me sorprendí a mí mismo contestándole.

           Don Gervasio sabía que acabaría sucumbiendo. Y es cierto, aquello había hecho que me replanteara mis creencias. Ahora sabía que el infinito universo que nos rodeaba estaba lleno de vida. Podía creer en Dios, sabía que, de algún modo, Él nos protegía.



FIN

NO ERA UNA LIBRERÍA CONVENCIONAL

PARTE I

Aquella no era una librería convencional. No se percibía el olor a cuero y a papel viejo al que él estaba acostumbrado. Todo era nuevo: el edificio, la ubicación, los muebles, los libros... Era una librería de verano, no muy grande y de una sola planta, con ventanas orientadas al mar, provistas de cristales ahumados que dejaban paso a la luz del sol. A través de ellas podía ver el puesto de socorro, una gran cantidad de sombrillas y toallas vistosas esparcidas por la arena y multitud de gente que iba a la playa para tostarse al sol o tomar un baño refrescante. Aquella imagen aún le provocaba más sensación de calor mientras trabajaba en aquella sala caldeada.

            Tenía una larga semana por delante, el quince de junio debía estar todo en su sitio. Sólo contaba con la ayuda de Miguel, un peón que su padre había contratado para que le ayudara a desembalar y colocar los libros en los estantes. Miguel estaba acostumbrado a la rudeza del trabajo diario en las calles y el traslado de fardos o bultos de un lugar a otro, así que, tras la caída de algún que otro libro por el suelo, Luis decidió enseñarle unas nociones básicas sobre su manejo.

            Se puso manos a la obra, Miguel desembalaba las cajas y él catalogaba los ejemplares. Los dispuso en pequeños pilares, según la materia a la que se referían, para facilitar su posterior ubicación en las estanterías. El ordenador con el que tenía que trabajar disponía de un paquete de aplicaciones bastante básico. Su padre, que ya poseía otra librería, le había instalado una base de datos que le permitiría anotar las ventas, las adquisiciones, los gastos de la librería y toda una retahíla de cosas que jamás se le habría ocurrido que su padre controlara.

            Luis imaginaba a su padre, planteando a los responsables del ayuntamiento su idea de instalar una librería junto al paseo marítimo, a tres metros de la arena, para fomentar la lectura e incentivar el turismo cultural. Nadie era capaz de vender una idea mejor que él. El proyecto se llevó adelante en un tiempo récord, recibió los permisos necesarios inmediatamente y hasta consiguió una cesión de libros de la Consejería de Cultura.

            Evidentemente, aquella librería no disponía de los mismos ejemplares que la que tenían en la calle San Félix, perteneciente a la familia desde hacía quince años. Luis había trabajado siempre allí, a las órdenes de su padre. La librería de la playa poseía únicamente mil ejemplares para la venta y doscientos cedidos por la Consejería para prestar a los lectores que lo solicitasen. Como algo innovador, acordaron que éstos últimos serían utilizados en los círculos de lectura que se iban a celebrar en el extremo de la sala acondicionado al efecto, aunque también pensaban prestarlos a los lectores de tumbona, aquellos que siempre están encantados de leer a la orilla del mar. La mayoría de los libros cedidos eran ediciones de bolsillo de los últimos «Best Sellers» del mercado pero, entre ellos, también había cuentos para los más pequeños, libros de aventuras y algunos clásicos de la literatura.

            Por fin llegó el día de la esperada inauguración, Luis estaba nervioso, hacía un calor sofocante y, para colmo, el aparato de aire acondicionado no había querido ponerse en marcha. Allí estaba, con su traje de chaqueta, acompañado de Miguel, también vestido para la ocasión, esperando a las autoridades que iban a venir acompañadas de su padre para dar pomposidad al acto. Él odiaba toda la parafernalia protocolaria, pero no le quedaba otra.

            Ante la llegada de la comitiva, los alrededores se llenaron de curiosos con bañador y gafas de sol que no querían perderse tan interesante evento. Resultaba una imagen extraña, unos tan peripuestos y otros a su aire. Tras la visita, inspección y fotos de rigor, el grupo dejó a Luis y a Miguel solos en la librería. Luis puso el cartel con el horario en la puerta acristalada y esperó, acompañado de su ayudante, que alguien se decidiese a entrar. No tardaron mucho en llenarse los pasillos de la sala. Poco después Miguel se despidió de Luis y le deseó buena suerte.

            Los libros cedidos podían prestarse por periodos semanales. Antes de solicitar algún libro en préstamo, había que obtener una ficha-carnet que acreditaba al usuario como «lector de verano». Luis les explicaba que debían poner las fundas de plástico que les entregaba porque, de ese modo, los libros estaban más protegidos del salitre del mar. Les rogaba, una y otra vez, que tuvieran cuidado de no llenar de arena las páginas del libro. Los granos de arena podían rasgar las hojas y estropearlas, llegando a hacerlas ilegibles.

            Al finalizar aquella primera semana, Luis hizo su primer recuento de existencias. Había vendido siete libros. Su padre no había ganado dinero ni para pagar su nómina. Los préstamos de libros habían sido numerosos, un total de cincuenta. Sólo se había hecho una tarde el círculo de lectura, y no fue en el lugar habilitado al efecto sino enfrente de la librería. La gente prefería estar en la tumbona, con su bañador, oyendo la ronda de lecturas, antes que pasar una tarde sofocante en aquel invernadero.

            Cuando finalizó el recuento semanal, las entradas y salidas de préstamos coincidían con las anotaciones del ordenador. Pero, por otro lado, curiosamente, en vez de quedar novecientos noventa y tres libros a la venta, Luis había contado mil. Los recontó varias veces, obteniendo el mismo resultado. ¡No podía ser! Tenía siete salidas anotadas y ninguna entrada. Seguro que las personas que habían adquirido aquellos libros se los habrían dejado sin darse cuenta y, con tanto trajín de niños, sombrillas y toallas, los habría colocado en cualquier lugar. En fin, fuera como fuese, era demasiado tarde y debía irse a casa. Ya eran las diez de la noche y su esposa le esperaba para ir a cenar a casa de unos amigos.

            Al día siguiente, cuando entró en la librería hizo de nuevo el recuento con más tranquilidad. Decidió buscar los ejemplares vendidos y apartarlos, esperando que sus compradores volvieran a reclamarlos, pero no encontró ninguno de aquellos siete títulos, por lo que concluyó que debía tratarse de un error de numeración de existencias iniciales. No le quedaba más remedio que revisar los libros uno por uno y descubrir cuáles eran los que no figuraban a la venta. Pensaba que podía tratarse de un descuido al catalogarlos y que existían siete libros sin registrar. Encontró los volúmenes que le faltaban e introdujo su información en el programa. Ahora sabía que los ejemplares iniciales eran mil siete y no mil, tal como él había creído.

            Pasó otra semana más y las ventas habían aumentado, logró vender cincuenta libros, el negocio iba por buen camino. A la gente le gustaba hablar con Luis, él había leído todos los libros que existían en la librería y si le preguntaban, daba su opinión sin desvelar el secreto de la historia. Siempre les decía que lo mejor era leer el libro y desentrañar lo que esconde en su interior. Cada ejemplar era único y cada historia había que leerla para entenderla.

            Los círculos de lectura también habían tenido mucho éxito. Todas las tardes, podían verse veinte o treinta tumbonas dispuestas delante de la puerta de la librería, en la arena de la playa. Se iniciaba la ronda le lecturas y tras dos horas leyendo un libro determinado, la gente daba su opinión sobre el autor y sobre la trama escondida en aquellos capítulos. Cada día estaba dedicado a un autor, elegido por Luis y anunciado en un cartel colocado en la puerta.

            Llegó la hora de su segundo recuento semanal. Esta vez, Luis tenía claro que le quedaban novecientos cincuenta libros, pues lo tenía todo bien anotado. Primero comprobó los préstamos, todo estaba correcto. Luego, los libros a la venta, esperando terminar pronto para irse a casa con su mujer y salir un rato a pasear por el paseo marítimo. Pero nuevamente aparecieron esa semana siete ejemplares de más ¡No podía creerlo! Esta vez, no se molestó en hacer un nuevo recuento. Estaba cansado y se marchó a casa.

            Al día siguiente estaba lloviendo, no había un alma en la playa, y nadie se acercó a la librería, así que decidió tomárselo con más tranquilidad y comprobar cuáles eran los volúmenes no anotados. Encontró los siete que buscaba. No poseía albaranes que demostrasen su existencia, y comprobó que tampoco los había de los libros que descubrió la semana anterior. ¿De dónde habían salido?

            Sin contar lo que ocurría, llamó a su padre para preguntarle si estaba seguro del número exacto de volúmenes que trajeron a la librería. Su padre le respondió que él mismo había contado los mil ejemplares antes de llevarlos allí. Y ahí quedó el tema.

            Pasó aquel día recontando libros y, en un momento de desesperación, a la vista de los pocos clientes que habían acudido, decidió apartar los catorce libros misteriosos de la estantería y colocarlos en una pila sobre el suelo. Se sentó allí, frente a aquellos volúmenes de origen desconocido. Leyó los títulos y el nombre de los autores, no conocía a ninguno de ellos ni recordaba haberlos leído nunca. Abrió el que estaba encima y empezó su lectura, iba por la mitad del libro cuando, de repente, sonó el móvil. Era su padre, quería que fuera a verlo inmediatamente.

            Su padre le esperaba nervioso, con mirada de preocupación. Le preguntó si había notado algo extraño durante esas dos semanas en la librería de la playa. Luis se derrumbó, no tenía más remedio que contárselo.

            Tras oír la historia de su hijo, su padre pareció entrar en un estado de shock. Una vez repuesto, le contó que cada día, misteriosamente, durante quince años, un libro nuevo aparecía en su librería, lo registraba, lo leía, se lo pasaba a él para que lo leyese también, y finalmente lo ponía a la venta. Pero durante esas dos últimas semanas no había descubierto ningún libro nuevo. Recordó que le había llamado preocupado preguntándole por el número exacto de libros que había llevado a la playa y, aunque en ese momento no pensó nada extraño, algo en su interior le dijo que le estaba ocurriendo lo mismo que le había pasado a él durante ese tiempo.

            ¿Dónde estaba el misterio? Ninguno de los dos lo sabía. Parecía como si ahora Luis hubiera tomado el relevo.

            Al finalizar el mes de julio, treinta y un libros más figuraban entre las existencias de Luis. Una vez descubierto qué volumen misterioso había entrado en la librería, lo catalogaba y lo leía. Sentía fascinación por todos aquellos libros misteriosos. Deseaba encontrar el libro desconocido para leerlo. Aquellos autores eran diestros en el uso del lenguaje. Mucha gente se interesaba por aquellos ejemplares y acababa adquiriéndolos. En principio, entre ellos no parecía haber nada en común.

            Un día, de visita en la librería de su padre, echó una ojeada por los estantes, releyendo los títulos de aquellos libros que alguna vez habían estado entre sus manos. Le llamó la atención uno de ellos: «El misterio que nunca descubrirás». Le preguntó a su padre por aquel libro y éste le contestó que creía haberlo leído hacía muchos años, pero no estaba seguro. Miró en el ordenador su fecha de alta y comprobó que había estado allí desde el primer día que abrió la librería. Era curioso, ninguno de los dos recordaba aquella historia. Su padre le dijo que lo empezaría a leer esa misma noche y después se lo pasaría, oara que también lo leyese él, como siempre.

            Pensando que aquella situación era ridícula en el siglo XXI, Luis empezó a curiosear por la red intentando descubrir la trayectoria profesional de aquellos autores o algún indicio sobre la existencia previa de aquellos libros que aparecían cada día en su librería pero, no encontró ninguna información. Podían ser autores que firmaran con un seudónimo. Quizás eran novelas escritas en otros idiomas, traducidas por alguien y depositadas en la librería, para ver si tenían salida en el mercado. Sólo le quedaba un día para cerrar la librería de verano, pues la temporada de playa terminaba el quince de septiembre, y la intriga se estaba apoderando de él.

            Su padre le llamó al día siguiente, había estado leyendo sin parar toda la noche y creía haber descubierto el misterio. Luis fue corriendo a la librería de su padre, necesitaba que le dijera qué estaba pasando. Cuando llegó, su padre le contestó que no pensaba contárselo, le tendió el libro y le dijo que lo mejor era leer el libro y desentrañar lo que esconde en su interior.

            Una sonrisa se dibujó en los labios de Luis.






PARTE II


Cuando regresó a la librería de la playa, encontró a Miguel, sentado en bordillo de la acera, esperándole, con los pies pisando la arena. Le preguntó cómo le había ido la temporada y qué tal le había resultado esa experiencia. Estuvo todo el día con él pues tenía que organizar el trabajo del traslado de los libros. Luis no quería que los libros se quedaran allí, sin nadie que los pudiera leer. Además, su padre temía que se pudiese producir algún acto vandálico durante el periodo de cierre y que se estropearan los libros que habían quedado sin vender. Los libros donados por la Consejería de Cultura, debían ser entregados a la biblioteca municipal. Miguel tenía preparadas, por un lado, las cajas en las que debería trasladar los libros a la calle San Félix y, por otro lado, las cajas en las que tenía que colocar los libros que debía llevar a la biblioteca municipal.

            Fue un día agotador, Luis no veía el momento de empezar a leer el libro. Cuando fueron las siete de la tarde, Miguel se despidió y le dijo que empezaría al día siguiente a realizar el traslado, tal como habían quedado.

            En su último recuento, Luis encontró, por supuesto, un nuevo libro misterioso en los estantes. Desde aquella segunda semana de junio, en que detectó el extraño suceso, hacía el recuento diario en vez de semanal. Ahora se preguntaba qué podía pasar, ¿volverían a aparecer en la librería de la calle San Félix los libros misteriosos? Si era cierto que su padre había resuelto el misterio, ¿habría terminado todo?

            No podía esperar más, el libro estaba en el cajón del mostrador. No había podido leer aún ni una sola línea.

            Cuando llamó a su mujer para decirle que terminaría tarde, pues tenía que hacer el inventario y era una tarea costosísima, notó que algo no iba bien. ¿Podía haberse adelantado? Ella insistió en que no se preocupara, que todo aquello entraba dentro de lo normal. Muchas mujeres primerizas tenían contracciones en el séptimo mes y luego no pasaba nada.

            Luis empezó a leer «El misterio que nunca descubrirás», de un autor de origen croata desconocido para él.

            La historia se situaba en Dubrovnik, mucho antes del bombardeo de 1991, incluso antes de ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979. Describía la ciudad con maestría: la puerta Pile en la entrada, el casco antiguo con paredes rebosantes de historia, la muralla que recorría todo el perímetro de la ciudad fortificada, las estrechas callejuelas que aparecían por doquier, los hermosos claustros de los palacios y conventos, las magníficas vistas del mar Adriático abrazando la ciudad,... Tantas maravillas que Luis, por un momento, se imaginó allí.

            No concretaba el año en que se desarrollaba la historia, pero debía ser el año 1901, pues hacía referencia a su farmacia restaurada, una de las más antiguas de la Europa actual.

            Narraba la historia de un oficial croata, que se encontraba de servicio en el Palacio de los Regidores y que, tan prendado quedó de la ciudad, que sintió el impulso de escribir sus pensamientos y plasmar las imágenes grabadas en su retina. Sus relatos agradaron mucho a quienes los leyeron, y eso que entonces muchos no sabían leer. No eran pensamientos políticos ni religiosos, eran sólo textos, descripciones de lugares, historias de personajes imaginarios que cualquier persona podía entender.

            Un monje franciscano que custodiaba las reliquias de la orden, un buen día, oyó hablar sobre los relatos que escribía el oficial. Pudo conseguir uno de ellos y, ciertamente, le encantó. Aquel maravilloso uso del lenguaje hizo que el monje mostrase el texto a sus superiores, para que pudiesen gozar de tan espléndida lectura. Decidieron que no podían permitir que ese escriba tan culto desperdiciase su vida narrando historias sin ser arropado por la Iglesia. El oficial entró a formar parte de la orden franciscana.

            Un día el oficial no se encontraba bien, así que fue enviado a la farmacia, para que le diesen algún medicamento. Cuando entró allí, ante tal colección frascos, alambiques, morteros y balanzas, se desmayó. Nadie sabía qué le había sucedido. Despertó aturdido, tomó su medicamento y se fue a su aposento.

            A la mañana siguiente, escribió su relato diario y, como siempre, cedió su lectura a sus superiores. No comprendían lo que había escrito, reconocían que se trataba de algún alfabeto antiguo, pero no sabían traducirlo, eran demasiado jóvenes. Pidieron que el oficial les explicase qué era lo que había escrito y éste, sorprendido ante tal pregunta, cogió el texto y lo leyó. No comprendía por qué le decían que aquello eran símbolos extraños. El monje más antiguo del lugar indicó que había sido escrito utilizando el alfabeto glagolítico, un alfabeto muy utilizado en el lugar durante los siglos XVI y XVII. Sin duda, aquel desmayo, había sido algo más que un desmayo.

            Cada día, el oficial escribía uno de esos textos maravillosos que nadie podía leer sin la correspondiente traducción, ya que no se utilizaba el antiguo alfabeto. Los monjes más antiguos del convento los traducían, los encuadernaban en piel y los atesoraban en su preciada biblioteca, sita en la parte superior del convento.

            La historia contaba que aquel oficial nunca fue capaz de volver a escribir con el alfabeto latino, pero fue un modo más de mantener vivo al antiguo alfabeto entre los monjes, que aprendieron a usarlo y a traducirlo. La biblioteca franciscana llegó a ser la más importante del lugar.

            El oficial, cuyo nombre no aparecía en el libro, vivió muchísimos años, de hecho, se apuntaba que viviría más años que Matusalén.

            Un ruido en la calle, por un momento, hizo que Luis regresara mentalmente de Dubrovnik. Muchas preguntas asomaron en su mente: ¿Podría vivir aún aquel oficial? ¿Serían los monjes franciscanos los que enviaban sus relatos a la librería? ¿Por qué a su librería? ¿Pasaría en más librerías del mundo? No alcanzaba a comprender qué era lo que había descubierto su padre, de momento él no entendía nada.

            Había leído tres cuartas partes del libro cuando sonó el teléfono. Era su mujer, tenían que ir a urgencias. Creía que estaba de parto.

            Dejó el libro abierto en el suelo, cerró la librería y se dirigió veloz hacia su casa. Le esperaba su mujer, su cara reflejaba un temor contenido. Cogieron el coche y se dirigieron al hospital. Tras la revisión, el médico les dijo que todo iba bien, aunque el parto sería complejo. Había dos jóvenes más en la sala de dilatación, también primerizas como su mujer, pero con un embarazo de nueve meses. La emoción de aquellos padres nada tenía que ver con la sensación de angustia que tenía Luis, estaba contento, pero tenía miedo. Tardó casi veinticuatro horas en llegar, pero llegó bien, era un pequeño guerrillero que no paraba de llorar. Dijeron que tenía que estar en la incubadora durante unos días, el poco peso y otra serie de razones así lo aconsejaban.

            Luis tardó dos días en volver a casa. Su mujer se quedó en el hospital con su hijo, los dos necesitaban cuidados. Después de la ducha, decidió pasar por la librería de la playa, coger el libro y acercarse a darle la noticia a su padre. Continuaría leyendo el libro en la habitación del hospital, junto a su mujer y a su hijo.

            Llegó a la librería y encontró a Miguel sacando las últimas cajas y cargándolas en la furgoneta, pero su libro había desaparecido. Ante su cara de desesperación, Miguel le indicó que recordaba que lo había visto en el suelo, al lado de las cajas abiertas de la biblioteca, y creyendo que se había caído de allí, lo colocó dentro de una de ellas y  junto a los otros libros de la Consejería, lo llevó a la biblioteca. Luis le dijo que necesitaba urgentemente recuperar aquel libro y Miguel se comprometió a encontrarlo y traérselo. Dejó el tema en sus manos y se fue a la librería de la calle San Félix.

            Su padre le recibió con un abrazo, se había enterado del nacimiento del niño porque su consuegra le había llamado. Le perdonó el no darle antes la noticia. Cuando le preguntó si había leído el libro, Luis le confesó que le faltaba leer el cuarto capítulo pero que no sabía dónde había ido a parar el ejemplar.

            Luis estaba tan derrotado, que ni siquiera preguntó a su padre si habían aparecido libros nuevos en su librería, otra vez. Era tanto el cansancio reflejado en la cara de Luis, que su padre quiso contarle el final de la historia, no fuese que el libro no apareciese.

            Por lo visto, en esa última parte el autor mencionaba que el oficial, un buen día, decidió descubrir mundo para retratar con su mirada nuevos horizontes desconocidos. Cada día escribía un libro que enviaba a la biblioteca franciscana de Dubrovnik. La historia finalizaba destacando que aquel hombre conoció nuevas lenguas y aprendió nuevos alfabetos, llegando a escribir relatos en más de cien lenguas distintas.

            Pero aquello no le dio ninguna pista a Luis, cuyo rostro reflejaba la absoluta indiferencia que le había producido conocer el final de aquella historia. Su padre le confesó que a él le había ocurrido lo mismo, pero vio la luz cuando leyó las notas añadidas al final del libro. Primero se añadieron cartas de agradecimiento enviadas al convento por diversos hombres que habían conocido personalmente al oficial. En último lugar, aparecía una carta escrita por un monje del convento, en la que se indicaba que la narración era un hecho real y que nadie conocía el paradero actual del oficial, resultando que un buen día dejaron de recibir los libros en la biblioteca del convento franciscano de Dubrovnik, un misterio que nunca podrían descubrir, motivo por el que seguramente el autor le puso ese título al libro.

            El padre de Luis le contó que, cuando leyó la carta de aquel monje, le vino a la mente un personaje singular con el que habló en el supermercado el día de la inauguración de la librería de la calle San Félix. Era un hombre de aspecto mayor, aunque no hubiese dicho que era un viejo. Estaba tan emocionado con la inauguración que le invitó a asistir a la misma. El hombre se presentó allí, conoció a la familia, y conversó un buen rato con Luis. Comentó, antes de despedirse, que le había gustado mucho aquella librería. Su padre también mantuvo una buena charla con él y le dijo que, aunque Luis era un adolescente, había leído todos aquellos libros y que nunca vendería un libro que no hubiese leído primero su hijo. Nunca volvió a saber de ese hombre, pero desde ese mismo día, cada día, un libro nuevo aparecía en la librería.

            Luis miró a su padre atónito, ¿Podía ser aquel hombre el oficial de Dubrovnik?

            Su padre, le confirmó que ahora, un libro nuevo aparecía cada día en la librería de la calle San Félix.

            Diez días después, Luis se dirigía con un ramo de rosas hacia el hospital para recoger a su mujer y a su hijo. Los dos estaban bien y se sentía el hombre más feliz del mundo. Cuando llegó, su mujer llevaba un libro en la mano, un señor, que dijo ser amigo de la familia, se lo había regalado. El libro se llamaba «El misterio que nunca descubrirás». Luis, contento, pensó que el bueno de Miguel, aunque tarde, había encontrado el libro.

            Tras llegar a casa y acomodar a su mujer y a su hijo, fue a echarle una mano a su padre en la librería.

            Ese día tenían una cita con el representante de una editorial. Llegó puntual, en aquella ocasión se presentó ante ellos como simple mensajero, cumpliendo un mandato notarial. Les desveló que, durante años,  habían encuadernado los libros que alguien les enviaba diariamente, para luego entregarlos en la librería de la calle San Félix. La única excepción, habían sido los tres meses de verano, que no sabían muy bien por qué, la orden de entrega fue en la librería de la playa.

            Luis, que no salía de su asombro, le preguntó al representante porqué nunca se había hecho la entrega de un modo convencional y siempre habían tenido que descubrir los libros entre la multitud de los estantes.

            El representante les dijo que en el mandato notarial figuraba la obligación de dejar los libros encuadernados entre los de los estantes, sin dejar rastro de quién los enviaba ni de cómo habían entrado. El autor había manifestado que quién quisiera encontrarlos los encontraría.

            El padre de Luis le preguntó cuál era, pues, el motivo de su visita y el señor le respondió que el encargo recibido había finalizado, la cláusula final del contrato así lo indicaba. Tenía orden de entregar en mano a los propietarios de la librería de la calle San Félix el último libro. Se llamaba «El enigma resuelto».

            Miguel, que se había enterado del nacimiento del hijo de Luis, decidió acercarse a su casa para felicitarles. Luis le abrió la puerta y le dio las gracias. Miguel saludó a su mujer y cogió al niño en brazos, se alegraba mucho de que todo hubiese salido bien. Antes de irse, recordó que le traía un regalo. Le dio a Luis el libro que le pidió que encontrara: «El misterio que nunca descubrirás”». Luis, perplejo ante la duplicidad, miró a su mujer y se lo enseñó, aunque no comentó nada. Se despidieron de Miguel, agradeciéndole su visita.

            Le preguntó a su esposa cómo era la persona que le había entregado la otra copia del mismo libro. Ella le contesto que era un señor mayor, pero no demasiado viejo. Este hombre le dijo que su hijo sería un gran lector de libros y por ello le regalaba aquel segundo libro.

            Cuando Luis abrió la tapa del libro que tenía su mujer, vio que bajo el mismo título figuraba la indicación: «Segunda Parte».

            Ahora no sabía por dónde empezar, si por esta Segunda Parte o  por el Enigma resuelto. Lo que sí tenía claro, era que el autor enigmático de tantos libros leídos era la misma persona, aquel oficial que en 1901 entró en el convento de los franciscanos.

            Decidió empezar a leer la «Segunda Parte». Con tan solo cien hojas, pudo leerlo de un tirón.

            Aquel oficial contaba cómo llegó a España y conoció a un librero y a su familia cuando inauguraron su primera librería. Recordó que aquello ya se lo había contado su padre y notó que los pelos de sus brazos se erizaban ante la impresión que aquello le causaba. Su padre, efectivamente, había dado en el clavo. Narraba que se sintió tan familiarmente acogido, que decidió pasar lo que le quedara de vida en este país, cambiando el destino de sus envíos diarios a aquella librería de la calle San Félix. En sus andanzas por el mundo había recibido mucho dinero de personas que le apoyaron y ayudaron para que continuase escribiendo, así que no necesitaba dinero, pues había reunido el suficiente como para pasar sin penurias cien años más. Relataba las distintas visitas que había hecho a aquella librería a lo largo de esos quince años, en los que siempre le había sido atendido estupendamente por el joven propietario. En dos ocasiones, tuvo el placer de escuchar las opiniones de Luis sobre alguno de sus libros y observar cómo algún comprador acababa llevándose el ejemplar. También relataba que,  enterado del nacimiento de su hijo, no pudo evitar hacer una visita a su mujer y al niño para conocerlos y hacerles entrega de esa segunda parte del libro, escrito como homenaje a Luis y a su familia. Unas notas de agradecimiento a Luis, de parte del autor y otras de varios monjes franciscanos que al fin lograron saber dónde se hallaba su oficial, remataban el libro.

            Una imagen de un cliente empezaba a formarse en la mente de Luis. Recordaba vagamente un señor que había visto en alguna ocasión por la librería, aunque no sabía si había llegado a venderle algún libro.

            Como el otro libro tenía unas doscientas hojas, decidió que debía leerlo también aquel mismo día. Si aquel hombre había querido que le fuese entregado en mano, debía contener alguna información importante para él. Así que, tras tomar un café y comentar sus descubrimientos con su mujer y con su padre, decidió volver a sentarse y leer también «El enigma resuelto».

            La nueva historia empezaba con un «Mi querido Luis:». Comprendió que no era un relato lo que iba a leer, sino una grandiosa carta. Allí, tras una presentación de sí mismo y un breve resumen de sus andanzas, le enumeró los motivos que le llevaron a fijar su residencia en España.

            Entre otras tantas cosas, le explicaba  el motivo por el que nunca firmaba sus historias con el mismo nombre, manteniendo así un halo de misterio en las historias narradas, pues para él que los lectores supiesen quién era el escritor del texto carecía de importancia, y por ello, utilizaba los nombres de las grandes personas anónimas que se habían cruzado en su vida y creía que merecían que alguien les recordase en esta vida, a modo de homenaje.
            Recordaba la primera pregunta que le hizo a un joven Luis, aquel día, respecto a sus gustos literarios, a la respuesta que éste le ofreció indicando que cada libro contiene un misterio escondido que hay que descubrir. La respuesta dada fue tan sencilla que sintió que debía echar raíces aquí y proporcionar historias llenas de misterio a ese joven lector.

            Mientras leía aquella emotiva carta, en la que los ojos de Luis se humedecieron en más de una ocasión, descubrió su frágil alma desnuda ante la mirada de aquel autor. Aleksandar Bogdanovic era su nombre real.

            Al finalizar, le incluía las señas dónde residía y Luis quedó atónito, todos aquellos años había vivido allí mismo, a ciento cincuenta metros de la librería, unas veinte casas calle arriba. Aleksandar le animaba a que escribiese algún libro y se lo hiciese llegar para que su enfermera se lo pudiese leer. Ahora, a sus ciento treinta años, se encontraba ciego y, aunque su mente estaba perfectamente lúcida, su cuerpo empezaba a tener unos pequeños achaques que le impedían escribir. Ahora, sentía más necesidad de escuchar historias que de escribirlas.

            El boceto de una cara empezaba a bailar en la memoria de Luis. De repente recordó la cara de ese señor mayor que en alguna ocasión lo había pillado escribiendo pequeños relatos en la librería y que había insistido en escucharlos. Aquel hombre le había dicho que algún día sería un gran escritor. Luis había olvidado por completo lo feliz que se sentía escribiendo. Era un buen momento para retomar aquella afición.

            Ahora estaba en deuda con Aleksandar. No creía que pudiera escribirle un libro cada día, pero estaba seguro que podía empezar escribiendo un relato cada día.

            Pensaba visitarle esa misma tarde para saludarle, darle las gracias por todo y anunciarle que sería él mismo quien iría a leerle los capítulos de su primer libro.

FIN