miércoles, 9 de junio de 2010

NO ERA UNA LIBRERÍA CONVENCIONAL

PARTE I

Aquella no era una librería convencional. No se percibía el olor a cuero y a papel viejo al que él estaba acostumbrado. Todo era nuevo: el edificio, la ubicación, los muebles, los libros... Era una librería de verano, no muy grande y de una sola planta, con ventanas orientadas al mar, provistas de cristales ahumados que dejaban paso a la luz del sol. A través de ellas podía ver el puesto de socorro, una gran cantidad de sombrillas y toallas vistosas esparcidas por la arena y multitud de gente que iba a la playa para tostarse al sol o tomar un baño refrescante. Aquella imagen aún le provocaba más sensación de calor mientras trabajaba en aquella sala caldeada.

            Tenía una larga semana por delante, el quince de junio debía estar todo en su sitio. Sólo contaba con la ayuda de Miguel, un peón que su padre había contratado para que le ayudara a desembalar y colocar los libros en los estantes. Miguel estaba acostumbrado a la rudeza del trabajo diario en las calles y el traslado de fardos o bultos de un lugar a otro, así que, tras la caída de algún que otro libro por el suelo, Luis decidió enseñarle unas nociones básicas sobre su manejo.

            Se puso manos a la obra, Miguel desembalaba las cajas y él catalogaba los ejemplares. Los dispuso en pequeños pilares, según la materia a la que se referían, para facilitar su posterior ubicación en las estanterías. El ordenador con el que tenía que trabajar disponía de un paquete de aplicaciones bastante básico. Su padre, que ya poseía otra librería, le había instalado una base de datos que le permitiría anotar las ventas, las adquisiciones, los gastos de la librería y toda una retahíla de cosas que jamás se le habría ocurrido que su padre controlara.

            Luis imaginaba a su padre, planteando a los responsables del ayuntamiento su idea de instalar una librería junto al paseo marítimo, a tres metros de la arena, para fomentar la lectura e incentivar el turismo cultural. Nadie era capaz de vender una idea mejor que él. El proyecto se llevó adelante en un tiempo récord, recibió los permisos necesarios inmediatamente y hasta consiguió una cesión de libros de la Consejería de Cultura.

            Evidentemente, aquella librería no disponía de los mismos ejemplares que la que tenían en la calle San Félix, perteneciente a la familia desde hacía quince años. Luis había trabajado siempre allí, a las órdenes de su padre. La librería de la playa poseía únicamente mil ejemplares para la venta y doscientos cedidos por la Consejería para prestar a los lectores que lo solicitasen. Como algo innovador, acordaron que éstos últimos serían utilizados en los círculos de lectura que se iban a celebrar en el extremo de la sala acondicionado al efecto, aunque también pensaban prestarlos a los lectores de tumbona, aquellos que siempre están encantados de leer a la orilla del mar. La mayoría de los libros cedidos eran ediciones de bolsillo de los últimos «Best Sellers» del mercado pero, entre ellos, también había cuentos para los más pequeños, libros de aventuras y algunos clásicos de la literatura.

            Por fin llegó el día de la esperada inauguración, Luis estaba nervioso, hacía un calor sofocante y, para colmo, el aparato de aire acondicionado no había querido ponerse en marcha. Allí estaba, con su traje de chaqueta, acompañado de Miguel, también vestido para la ocasión, esperando a las autoridades que iban a venir acompañadas de su padre para dar pomposidad al acto. Él odiaba toda la parafernalia protocolaria, pero no le quedaba otra.

            Ante la llegada de la comitiva, los alrededores se llenaron de curiosos con bañador y gafas de sol que no querían perderse tan interesante evento. Resultaba una imagen extraña, unos tan peripuestos y otros a su aire. Tras la visita, inspección y fotos de rigor, el grupo dejó a Luis y a Miguel solos en la librería. Luis puso el cartel con el horario en la puerta acristalada y esperó, acompañado de su ayudante, que alguien se decidiese a entrar. No tardaron mucho en llenarse los pasillos de la sala. Poco después Miguel se despidió de Luis y le deseó buena suerte.

            Los libros cedidos podían prestarse por periodos semanales. Antes de solicitar algún libro en préstamo, había que obtener una ficha-carnet que acreditaba al usuario como «lector de verano». Luis les explicaba que debían poner las fundas de plástico que les entregaba porque, de ese modo, los libros estaban más protegidos del salitre del mar. Les rogaba, una y otra vez, que tuvieran cuidado de no llenar de arena las páginas del libro. Los granos de arena podían rasgar las hojas y estropearlas, llegando a hacerlas ilegibles.

            Al finalizar aquella primera semana, Luis hizo su primer recuento de existencias. Había vendido siete libros. Su padre no había ganado dinero ni para pagar su nómina. Los préstamos de libros habían sido numerosos, un total de cincuenta. Sólo se había hecho una tarde el círculo de lectura, y no fue en el lugar habilitado al efecto sino enfrente de la librería. La gente prefería estar en la tumbona, con su bañador, oyendo la ronda de lecturas, antes que pasar una tarde sofocante en aquel invernadero.

            Cuando finalizó el recuento semanal, las entradas y salidas de préstamos coincidían con las anotaciones del ordenador. Pero, por otro lado, curiosamente, en vez de quedar novecientos noventa y tres libros a la venta, Luis había contado mil. Los recontó varias veces, obteniendo el mismo resultado. ¡No podía ser! Tenía siete salidas anotadas y ninguna entrada. Seguro que las personas que habían adquirido aquellos libros se los habrían dejado sin darse cuenta y, con tanto trajín de niños, sombrillas y toallas, los habría colocado en cualquier lugar. En fin, fuera como fuese, era demasiado tarde y debía irse a casa. Ya eran las diez de la noche y su esposa le esperaba para ir a cenar a casa de unos amigos.

            Al día siguiente, cuando entró en la librería hizo de nuevo el recuento con más tranquilidad. Decidió buscar los ejemplares vendidos y apartarlos, esperando que sus compradores volvieran a reclamarlos, pero no encontró ninguno de aquellos siete títulos, por lo que concluyó que debía tratarse de un error de numeración de existencias iniciales. No le quedaba más remedio que revisar los libros uno por uno y descubrir cuáles eran los que no figuraban a la venta. Pensaba que podía tratarse de un descuido al catalogarlos y que existían siete libros sin registrar. Encontró los volúmenes que le faltaban e introdujo su información en el programa. Ahora sabía que los ejemplares iniciales eran mil siete y no mil, tal como él había creído.

            Pasó otra semana más y las ventas habían aumentado, logró vender cincuenta libros, el negocio iba por buen camino. A la gente le gustaba hablar con Luis, él había leído todos los libros que existían en la librería y si le preguntaban, daba su opinión sin desvelar el secreto de la historia. Siempre les decía que lo mejor era leer el libro y desentrañar lo que esconde en su interior. Cada ejemplar era único y cada historia había que leerla para entenderla.

            Los círculos de lectura también habían tenido mucho éxito. Todas las tardes, podían verse veinte o treinta tumbonas dispuestas delante de la puerta de la librería, en la arena de la playa. Se iniciaba la ronda le lecturas y tras dos horas leyendo un libro determinado, la gente daba su opinión sobre el autor y sobre la trama escondida en aquellos capítulos. Cada día estaba dedicado a un autor, elegido por Luis y anunciado en un cartel colocado en la puerta.

            Llegó la hora de su segundo recuento semanal. Esta vez, Luis tenía claro que le quedaban novecientos cincuenta libros, pues lo tenía todo bien anotado. Primero comprobó los préstamos, todo estaba correcto. Luego, los libros a la venta, esperando terminar pronto para irse a casa con su mujer y salir un rato a pasear por el paseo marítimo. Pero nuevamente aparecieron esa semana siete ejemplares de más ¡No podía creerlo! Esta vez, no se molestó en hacer un nuevo recuento. Estaba cansado y se marchó a casa.

            Al día siguiente estaba lloviendo, no había un alma en la playa, y nadie se acercó a la librería, así que decidió tomárselo con más tranquilidad y comprobar cuáles eran los volúmenes no anotados. Encontró los siete que buscaba. No poseía albaranes que demostrasen su existencia, y comprobó que tampoco los había de los libros que descubrió la semana anterior. ¿De dónde habían salido?

            Sin contar lo que ocurría, llamó a su padre para preguntarle si estaba seguro del número exacto de volúmenes que trajeron a la librería. Su padre le respondió que él mismo había contado los mil ejemplares antes de llevarlos allí. Y ahí quedó el tema.

            Pasó aquel día recontando libros y, en un momento de desesperación, a la vista de los pocos clientes que habían acudido, decidió apartar los catorce libros misteriosos de la estantería y colocarlos en una pila sobre el suelo. Se sentó allí, frente a aquellos volúmenes de origen desconocido. Leyó los títulos y el nombre de los autores, no conocía a ninguno de ellos ni recordaba haberlos leído nunca. Abrió el que estaba encima y empezó su lectura, iba por la mitad del libro cuando, de repente, sonó el móvil. Era su padre, quería que fuera a verlo inmediatamente.

            Su padre le esperaba nervioso, con mirada de preocupación. Le preguntó si había notado algo extraño durante esas dos semanas en la librería de la playa. Luis se derrumbó, no tenía más remedio que contárselo.

            Tras oír la historia de su hijo, su padre pareció entrar en un estado de shock. Una vez repuesto, le contó que cada día, misteriosamente, durante quince años, un libro nuevo aparecía en su librería, lo registraba, lo leía, se lo pasaba a él para que lo leyese también, y finalmente lo ponía a la venta. Pero durante esas dos últimas semanas no había descubierto ningún libro nuevo. Recordó que le había llamado preocupado preguntándole por el número exacto de libros que había llevado a la playa y, aunque en ese momento no pensó nada extraño, algo en su interior le dijo que le estaba ocurriendo lo mismo que le había pasado a él durante ese tiempo.

            ¿Dónde estaba el misterio? Ninguno de los dos lo sabía. Parecía como si ahora Luis hubiera tomado el relevo.

            Al finalizar el mes de julio, treinta y un libros más figuraban entre las existencias de Luis. Una vez descubierto qué volumen misterioso había entrado en la librería, lo catalogaba y lo leía. Sentía fascinación por todos aquellos libros misteriosos. Deseaba encontrar el libro desconocido para leerlo. Aquellos autores eran diestros en el uso del lenguaje. Mucha gente se interesaba por aquellos ejemplares y acababa adquiriéndolos. En principio, entre ellos no parecía haber nada en común.

            Un día, de visita en la librería de su padre, echó una ojeada por los estantes, releyendo los títulos de aquellos libros que alguna vez habían estado entre sus manos. Le llamó la atención uno de ellos: «El misterio que nunca descubrirás». Le preguntó a su padre por aquel libro y éste le contestó que creía haberlo leído hacía muchos años, pero no estaba seguro. Miró en el ordenador su fecha de alta y comprobó que había estado allí desde el primer día que abrió la librería. Era curioso, ninguno de los dos recordaba aquella historia. Su padre le dijo que lo empezaría a leer esa misma noche y después se lo pasaría, oara que también lo leyese él, como siempre.

            Pensando que aquella situación era ridícula en el siglo XXI, Luis empezó a curiosear por la red intentando descubrir la trayectoria profesional de aquellos autores o algún indicio sobre la existencia previa de aquellos libros que aparecían cada día en su librería pero, no encontró ninguna información. Podían ser autores que firmaran con un seudónimo. Quizás eran novelas escritas en otros idiomas, traducidas por alguien y depositadas en la librería, para ver si tenían salida en el mercado. Sólo le quedaba un día para cerrar la librería de verano, pues la temporada de playa terminaba el quince de septiembre, y la intriga se estaba apoderando de él.

            Su padre le llamó al día siguiente, había estado leyendo sin parar toda la noche y creía haber descubierto el misterio. Luis fue corriendo a la librería de su padre, necesitaba que le dijera qué estaba pasando. Cuando llegó, su padre le contestó que no pensaba contárselo, le tendió el libro y le dijo que lo mejor era leer el libro y desentrañar lo que esconde en su interior.

            Una sonrisa se dibujó en los labios de Luis.






PARTE II


Cuando regresó a la librería de la playa, encontró a Miguel, sentado en bordillo de la acera, esperándole, con los pies pisando la arena. Le preguntó cómo le había ido la temporada y qué tal le había resultado esa experiencia. Estuvo todo el día con él pues tenía que organizar el trabajo del traslado de los libros. Luis no quería que los libros se quedaran allí, sin nadie que los pudiera leer. Además, su padre temía que se pudiese producir algún acto vandálico durante el periodo de cierre y que se estropearan los libros que habían quedado sin vender. Los libros donados por la Consejería de Cultura, debían ser entregados a la biblioteca municipal. Miguel tenía preparadas, por un lado, las cajas en las que debería trasladar los libros a la calle San Félix y, por otro lado, las cajas en las que tenía que colocar los libros que debía llevar a la biblioteca municipal.

            Fue un día agotador, Luis no veía el momento de empezar a leer el libro. Cuando fueron las siete de la tarde, Miguel se despidió y le dijo que empezaría al día siguiente a realizar el traslado, tal como habían quedado.

            En su último recuento, Luis encontró, por supuesto, un nuevo libro misterioso en los estantes. Desde aquella segunda semana de junio, en que detectó el extraño suceso, hacía el recuento diario en vez de semanal. Ahora se preguntaba qué podía pasar, ¿volverían a aparecer en la librería de la calle San Félix los libros misteriosos? Si era cierto que su padre había resuelto el misterio, ¿habría terminado todo?

            No podía esperar más, el libro estaba en el cajón del mostrador. No había podido leer aún ni una sola línea.

            Cuando llamó a su mujer para decirle que terminaría tarde, pues tenía que hacer el inventario y era una tarea costosísima, notó que algo no iba bien. ¿Podía haberse adelantado? Ella insistió en que no se preocupara, que todo aquello entraba dentro de lo normal. Muchas mujeres primerizas tenían contracciones en el séptimo mes y luego no pasaba nada.

            Luis empezó a leer «El misterio que nunca descubrirás», de un autor de origen croata desconocido para él.

            La historia se situaba en Dubrovnik, mucho antes del bombardeo de 1991, incluso antes de ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979. Describía la ciudad con maestría: la puerta Pile en la entrada, el casco antiguo con paredes rebosantes de historia, la muralla que recorría todo el perímetro de la ciudad fortificada, las estrechas callejuelas que aparecían por doquier, los hermosos claustros de los palacios y conventos, las magníficas vistas del mar Adriático abrazando la ciudad,... Tantas maravillas que Luis, por un momento, se imaginó allí.

            No concretaba el año en que se desarrollaba la historia, pero debía ser el año 1901, pues hacía referencia a su farmacia restaurada, una de las más antiguas de la Europa actual.

            Narraba la historia de un oficial croata, que se encontraba de servicio en el Palacio de los Regidores y que, tan prendado quedó de la ciudad, que sintió el impulso de escribir sus pensamientos y plasmar las imágenes grabadas en su retina. Sus relatos agradaron mucho a quienes los leyeron, y eso que entonces muchos no sabían leer. No eran pensamientos políticos ni religiosos, eran sólo textos, descripciones de lugares, historias de personajes imaginarios que cualquier persona podía entender.

            Un monje franciscano que custodiaba las reliquias de la orden, un buen día, oyó hablar sobre los relatos que escribía el oficial. Pudo conseguir uno de ellos y, ciertamente, le encantó. Aquel maravilloso uso del lenguaje hizo que el monje mostrase el texto a sus superiores, para que pudiesen gozar de tan espléndida lectura. Decidieron que no podían permitir que ese escriba tan culto desperdiciase su vida narrando historias sin ser arropado por la Iglesia. El oficial entró a formar parte de la orden franciscana.

            Un día el oficial no se encontraba bien, así que fue enviado a la farmacia, para que le diesen algún medicamento. Cuando entró allí, ante tal colección frascos, alambiques, morteros y balanzas, se desmayó. Nadie sabía qué le había sucedido. Despertó aturdido, tomó su medicamento y se fue a su aposento.

            A la mañana siguiente, escribió su relato diario y, como siempre, cedió su lectura a sus superiores. No comprendían lo que había escrito, reconocían que se trataba de algún alfabeto antiguo, pero no sabían traducirlo, eran demasiado jóvenes. Pidieron que el oficial les explicase qué era lo que había escrito y éste, sorprendido ante tal pregunta, cogió el texto y lo leyó. No comprendía por qué le decían que aquello eran símbolos extraños. El monje más antiguo del lugar indicó que había sido escrito utilizando el alfabeto glagolítico, un alfabeto muy utilizado en el lugar durante los siglos XVI y XVII. Sin duda, aquel desmayo, había sido algo más que un desmayo.

            Cada día, el oficial escribía uno de esos textos maravillosos que nadie podía leer sin la correspondiente traducción, ya que no se utilizaba el antiguo alfabeto. Los monjes más antiguos del convento los traducían, los encuadernaban en piel y los atesoraban en su preciada biblioteca, sita en la parte superior del convento.

            La historia contaba que aquel oficial nunca fue capaz de volver a escribir con el alfabeto latino, pero fue un modo más de mantener vivo al antiguo alfabeto entre los monjes, que aprendieron a usarlo y a traducirlo. La biblioteca franciscana llegó a ser la más importante del lugar.

            El oficial, cuyo nombre no aparecía en el libro, vivió muchísimos años, de hecho, se apuntaba que viviría más años que Matusalén.

            Un ruido en la calle, por un momento, hizo que Luis regresara mentalmente de Dubrovnik. Muchas preguntas asomaron en su mente: ¿Podría vivir aún aquel oficial? ¿Serían los monjes franciscanos los que enviaban sus relatos a la librería? ¿Por qué a su librería? ¿Pasaría en más librerías del mundo? No alcanzaba a comprender qué era lo que había descubierto su padre, de momento él no entendía nada.

            Había leído tres cuartas partes del libro cuando sonó el teléfono. Era su mujer, tenían que ir a urgencias. Creía que estaba de parto.

            Dejó el libro abierto en el suelo, cerró la librería y se dirigió veloz hacia su casa. Le esperaba su mujer, su cara reflejaba un temor contenido. Cogieron el coche y se dirigieron al hospital. Tras la revisión, el médico les dijo que todo iba bien, aunque el parto sería complejo. Había dos jóvenes más en la sala de dilatación, también primerizas como su mujer, pero con un embarazo de nueve meses. La emoción de aquellos padres nada tenía que ver con la sensación de angustia que tenía Luis, estaba contento, pero tenía miedo. Tardó casi veinticuatro horas en llegar, pero llegó bien, era un pequeño guerrillero que no paraba de llorar. Dijeron que tenía que estar en la incubadora durante unos días, el poco peso y otra serie de razones así lo aconsejaban.

            Luis tardó dos días en volver a casa. Su mujer se quedó en el hospital con su hijo, los dos necesitaban cuidados. Después de la ducha, decidió pasar por la librería de la playa, coger el libro y acercarse a darle la noticia a su padre. Continuaría leyendo el libro en la habitación del hospital, junto a su mujer y a su hijo.

            Llegó a la librería y encontró a Miguel sacando las últimas cajas y cargándolas en la furgoneta, pero su libro había desaparecido. Ante su cara de desesperación, Miguel le indicó que recordaba que lo había visto en el suelo, al lado de las cajas abiertas de la biblioteca, y creyendo que se había caído de allí, lo colocó dentro de una de ellas y  junto a los otros libros de la Consejería, lo llevó a la biblioteca. Luis le dijo que necesitaba urgentemente recuperar aquel libro y Miguel se comprometió a encontrarlo y traérselo. Dejó el tema en sus manos y se fue a la librería de la calle San Félix.

            Su padre le recibió con un abrazo, se había enterado del nacimiento del niño porque su consuegra le había llamado. Le perdonó el no darle antes la noticia. Cuando le preguntó si había leído el libro, Luis le confesó que le faltaba leer el cuarto capítulo pero que no sabía dónde había ido a parar el ejemplar.

            Luis estaba tan derrotado, que ni siquiera preguntó a su padre si habían aparecido libros nuevos en su librería, otra vez. Era tanto el cansancio reflejado en la cara de Luis, que su padre quiso contarle el final de la historia, no fuese que el libro no apareciese.

            Por lo visto, en esa última parte el autor mencionaba que el oficial, un buen día, decidió descubrir mundo para retratar con su mirada nuevos horizontes desconocidos. Cada día escribía un libro que enviaba a la biblioteca franciscana de Dubrovnik. La historia finalizaba destacando que aquel hombre conoció nuevas lenguas y aprendió nuevos alfabetos, llegando a escribir relatos en más de cien lenguas distintas.

            Pero aquello no le dio ninguna pista a Luis, cuyo rostro reflejaba la absoluta indiferencia que le había producido conocer el final de aquella historia. Su padre le confesó que a él le había ocurrido lo mismo, pero vio la luz cuando leyó las notas añadidas al final del libro. Primero se añadieron cartas de agradecimiento enviadas al convento por diversos hombres que habían conocido personalmente al oficial. En último lugar, aparecía una carta escrita por un monje del convento, en la que se indicaba que la narración era un hecho real y que nadie conocía el paradero actual del oficial, resultando que un buen día dejaron de recibir los libros en la biblioteca del convento franciscano de Dubrovnik, un misterio que nunca podrían descubrir, motivo por el que seguramente el autor le puso ese título al libro.

            El padre de Luis le contó que, cuando leyó la carta de aquel monje, le vino a la mente un personaje singular con el que habló en el supermercado el día de la inauguración de la librería de la calle San Félix. Era un hombre de aspecto mayor, aunque no hubiese dicho que era un viejo. Estaba tan emocionado con la inauguración que le invitó a asistir a la misma. El hombre se presentó allí, conoció a la familia, y conversó un buen rato con Luis. Comentó, antes de despedirse, que le había gustado mucho aquella librería. Su padre también mantuvo una buena charla con él y le dijo que, aunque Luis era un adolescente, había leído todos aquellos libros y que nunca vendería un libro que no hubiese leído primero su hijo. Nunca volvió a saber de ese hombre, pero desde ese mismo día, cada día, un libro nuevo aparecía en la librería.

            Luis miró a su padre atónito, ¿Podía ser aquel hombre el oficial de Dubrovnik?

            Su padre, le confirmó que ahora, un libro nuevo aparecía cada día en la librería de la calle San Félix.

            Diez días después, Luis se dirigía con un ramo de rosas hacia el hospital para recoger a su mujer y a su hijo. Los dos estaban bien y se sentía el hombre más feliz del mundo. Cuando llegó, su mujer llevaba un libro en la mano, un señor, que dijo ser amigo de la familia, se lo había regalado. El libro se llamaba «El misterio que nunca descubrirás». Luis, contento, pensó que el bueno de Miguel, aunque tarde, había encontrado el libro.

            Tras llegar a casa y acomodar a su mujer y a su hijo, fue a echarle una mano a su padre en la librería.

            Ese día tenían una cita con el representante de una editorial. Llegó puntual, en aquella ocasión se presentó ante ellos como simple mensajero, cumpliendo un mandato notarial. Les desveló que, durante años,  habían encuadernado los libros que alguien les enviaba diariamente, para luego entregarlos en la librería de la calle San Félix. La única excepción, habían sido los tres meses de verano, que no sabían muy bien por qué, la orden de entrega fue en la librería de la playa.

            Luis, que no salía de su asombro, le preguntó al representante porqué nunca se había hecho la entrega de un modo convencional y siempre habían tenido que descubrir los libros entre la multitud de los estantes.

            El representante les dijo que en el mandato notarial figuraba la obligación de dejar los libros encuadernados entre los de los estantes, sin dejar rastro de quién los enviaba ni de cómo habían entrado. El autor había manifestado que quién quisiera encontrarlos los encontraría.

            El padre de Luis le preguntó cuál era, pues, el motivo de su visita y el señor le respondió que el encargo recibido había finalizado, la cláusula final del contrato así lo indicaba. Tenía orden de entregar en mano a los propietarios de la librería de la calle San Félix el último libro. Se llamaba «El enigma resuelto».

            Miguel, que se había enterado del nacimiento del hijo de Luis, decidió acercarse a su casa para felicitarles. Luis le abrió la puerta y le dio las gracias. Miguel saludó a su mujer y cogió al niño en brazos, se alegraba mucho de que todo hubiese salido bien. Antes de irse, recordó que le traía un regalo. Le dio a Luis el libro que le pidió que encontrara: «El misterio que nunca descubrirás”». Luis, perplejo ante la duplicidad, miró a su mujer y se lo enseñó, aunque no comentó nada. Se despidieron de Miguel, agradeciéndole su visita.

            Le preguntó a su esposa cómo era la persona que le había entregado la otra copia del mismo libro. Ella le contesto que era un señor mayor, pero no demasiado viejo. Este hombre le dijo que su hijo sería un gran lector de libros y por ello le regalaba aquel segundo libro.

            Cuando Luis abrió la tapa del libro que tenía su mujer, vio que bajo el mismo título figuraba la indicación: «Segunda Parte».

            Ahora no sabía por dónde empezar, si por esta Segunda Parte o  por el Enigma resuelto. Lo que sí tenía claro, era que el autor enigmático de tantos libros leídos era la misma persona, aquel oficial que en 1901 entró en el convento de los franciscanos.

            Decidió empezar a leer la «Segunda Parte». Con tan solo cien hojas, pudo leerlo de un tirón.

            Aquel oficial contaba cómo llegó a España y conoció a un librero y a su familia cuando inauguraron su primera librería. Recordó que aquello ya se lo había contado su padre y notó que los pelos de sus brazos se erizaban ante la impresión que aquello le causaba. Su padre, efectivamente, había dado en el clavo. Narraba que se sintió tan familiarmente acogido, que decidió pasar lo que le quedara de vida en este país, cambiando el destino de sus envíos diarios a aquella librería de la calle San Félix. En sus andanzas por el mundo había recibido mucho dinero de personas que le apoyaron y ayudaron para que continuase escribiendo, así que no necesitaba dinero, pues había reunido el suficiente como para pasar sin penurias cien años más. Relataba las distintas visitas que había hecho a aquella librería a lo largo de esos quince años, en los que siempre le había sido atendido estupendamente por el joven propietario. En dos ocasiones, tuvo el placer de escuchar las opiniones de Luis sobre alguno de sus libros y observar cómo algún comprador acababa llevándose el ejemplar. También relataba que,  enterado del nacimiento de su hijo, no pudo evitar hacer una visita a su mujer y al niño para conocerlos y hacerles entrega de esa segunda parte del libro, escrito como homenaje a Luis y a su familia. Unas notas de agradecimiento a Luis, de parte del autor y otras de varios monjes franciscanos que al fin lograron saber dónde se hallaba su oficial, remataban el libro.

            Una imagen de un cliente empezaba a formarse en la mente de Luis. Recordaba vagamente un señor que había visto en alguna ocasión por la librería, aunque no sabía si había llegado a venderle algún libro.

            Como el otro libro tenía unas doscientas hojas, decidió que debía leerlo también aquel mismo día. Si aquel hombre había querido que le fuese entregado en mano, debía contener alguna información importante para él. Así que, tras tomar un café y comentar sus descubrimientos con su mujer y con su padre, decidió volver a sentarse y leer también «El enigma resuelto».

            La nueva historia empezaba con un «Mi querido Luis:». Comprendió que no era un relato lo que iba a leer, sino una grandiosa carta. Allí, tras una presentación de sí mismo y un breve resumen de sus andanzas, le enumeró los motivos que le llevaron a fijar su residencia en España.

            Entre otras tantas cosas, le explicaba  el motivo por el que nunca firmaba sus historias con el mismo nombre, manteniendo así un halo de misterio en las historias narradas, pues para él que los lectores supiesen quién era el escritor del texto carecía de importancia, y por ello, utilizaba los nombres de las grandes personas anónimas que se habían cruzado en su vida y creía que merecían que alguien les recordase en esta vida, a modo de homenaje.
            Recordaba la primera pregunta que le hizo a un joven Luis, aquel día, respecto a sus gustos literarios, a la respuesta que éste le ofreció indicando que cada libro contiene un misterio escondido que hay que descubrir. La respuesta dada fue tan sencilla que sintió que debía echar raíces aquí y proporcionar historias llenas de misterio a ese joven lector.

            Mientras leía aquella emotiva carta, en la que los ojos de Luis se humedecieron en más de una ocasión, descubrió su frágil alma desnuda ante la mirada de aquel autor. Aleksandar Bogdanovic era su nombre real.

            Al finalizar, le incluía las señas dónde residía y Luis quedó atónito, todos aquellos años había vivido allí mismo, a ciento cincuenta metros de la librería, unas veinte casas calle arriba. Aleksandar le animaba a que escribiese algún libro y se lo hiciese llegar para que su enfermera se lo pudiese leer. Ahora, a sus ciento treinta años, se encontraba ciego y, aunque su mente estaba perfectamente lúcida, su cuerpo empezaba a tener unos pequeños achaques que le impedían escribir. Ahora, sentía más necesidad de escuchar historias que de escribirlas.

            El boceto de una cara empezaba a bailar en la memoria de Luis. De repente recordó la cara de ese señor mayor que en alguna ocasión lo había pillado escribiendo pequeños relatos en la librería y que había insistido en escucharlos. Aquel hombre le había dicho que algún día sería un gran escritor. Luis había olvidado por completo lo feliz que se sentía escribiendo. Era un buen momento para retomar aquella afición.

            Ahora estaba en deuda con Aleksandar. No creía que pudiera escribirle un libro cada día, pero estaba seguro que podía empezar escribiendo un relato cada día.

            Pensaba visitarle esa misma tarde para saludarle, darle las gracias por todo y anunciarle que sería él mismo quien iría a leerle los capítulos de su primer libro.

FIN



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