domingo, 20 de junio de 2010

EL BELLO DURMIENTE

El palacio había quedado sumido en una oscuridad profunda. Envuelto en tinieblas, protegía la más preciosa joya, una princesa conocida en los alrededores como la Bella Durmiente. Su mundo permanecía inmóvil, a la espera del cumplimiento de una extraña leyenda.

           Aquel palacio abandonado permanecía distante e inalcanzable.

           Cada mañana, cuando repartía los periódicos a los suscriptores de la población, miraba hacia aquella colina en cuya cima se observaba una nebulosa espesa. Sus padres le habían contado que, según una leyenda, siglos atrás una joven y bella princesa había sido encantada por la bruja de su madastra y permanecía en aquel lugar tenebroso esperando que un principe deshiciera el hechizo.

           Ismael sentía tanta curiosidad por aquel lugar, al que llamaban «maldito», que un día, tras su reparto de periódicos, tomó su moto y se dirigió rumbo a la colina.

           No sabía qué se iba a encontrar. Tuvo que avanzar lentamente por la neblina espesa, su vista no alcanzaba a ver mucho más allá de cinco metros. Dejó su moto y siguió lo que parecía un camino pedregoso, lleno de zarzas y pequeños arbustos que se iban enganchando en sus ropas.

            Cuando al fin llegó a aquel edificio casi en ruinas, la puerta de la entrada se abrió sin esfuerzo alguno, cualquiera hubiera dicho que le estaban esperando. Provisto de su linterna, subió por unas escaleras cubiertas por un tupido manto de polvo brillante que, a cada paso que daba, se elevaba quedando suspendido en el aire.

           Al llegar a la primera planta, como guiado por una mano misteriosa, fue directo hacia la puerta del final del pasillo. Entró en aquella habitación y observó una estatua tendida en una cama prisionera de las telarañas.

           Abriéndose paso entre millones de hilos de araña, llegó al pie de la cama y sintió el impulso de tocar la figura. Antes de hacerlo se quedó mirándola fijamente. Tan bella como era, tan frágil como parecía, no era más que una estatua de una joven más o menos de su edad.

           Acarició su mano, fría e inerte. Sacó un pañuelo de su bolsillo y le limpió el polvo de la cara. Era una estatua preciosa. La leyenda que tantas veces había oído contar era una historieta para niños, como aquel cuento que su hermana tenía en la estantería de su habitación.

           A punto estuvo de irse sin más, pero de repente recordó que a su hermana le encantaba jugar con las muñecas y decir que llegaba el principe azul y besaba a la princesa. Ya sabía que aquello era una tontería pero no perdía nada por besar aquella hermosa estatua.

           Acercó sus labios y la besó con los ojos cerrados. Como si estuviese en el juego de su hermana, creyó vivir el despertar de aquella figura, el resurgir de aquel viejo edificio y la alegría del sol entrando por las ventanas. Una sensación de amor infinito invadió su alma.

           Vio una chica joven mirándolo apesadumbrada, le decía cosas que no acertaba a comprender. Besó la yema de sus dedos y la apoyó en su frente. Se despidió de él con lágrimas en los ojos.

           Tuvo que sentir de nuevo la oscuridad, mientras veía alejarse la luz de la linterna, para comprender que había deshecho el hechizo y ahora era él el Bello Durmiente.

FIN.

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