sábado, 10 de noviembre de 2012

De la noche a la mañana



De la noche a la mañana... me quedé sin casa, sin trabajo, sin coche, sin esposa, sin hijos y sin amigos. Al principio, venían y me contaban sus cosas. Luego, la típica visita de cortesía y si te he visto no me acuerdo.

Aquí, recluido entre estas cuatro paredes, parece que mi espera no tiene fin. Pero el día que abran la tapa para exhumar mis restos y colocarnos juntitos, se arrepentirá de sus maltratos en vida. Ya he reservado plaza en el Hotel Belcebú para amargarle toda la eternidad.


 

El hombre 10


Una vesícula acuosa fue la causante del descubrimiento. Ni el maquillaje podía borrar de mi cara esa expresión fatal que incita a la retirada.

Era demasiado pronto y el bar no tenía libre ni un triste taburete.  A pie de barra, esperé amargada tomando un Martini, con los zapatos colgados del bolso.

Cuando apareció mi hombre diez, dijo mirando mis zapatos:

─Vigila tus pies, que hay cristales por el suelo ─su indiferente mirada despertó mis pensamientos.

Llamó al camarero:

─Paco, ponme una caña. A ver si tengo más suerte con mi cita de las siete. 

Eran menos diez. Lo vi claro. Los hombres 10 no existen. Las rozaduras de zapato así lo demuestran.


 

Racimos de miedo


 ─Vigila tus pies. Pisa  sobre las otras pisadas y no pasará nada.
           Crecí con el miedo pegado a los talones y deseando que me saliesen un par de alas para poder escapar. Con los años, comprendí que nunca se cumpliría mi deseo.  Aún hoy,  me aferro a la sombra de alguien y sigo sus pasos.