martes, 20 de septiembre de 2011

Estambul: Algo diferente que contar




Sí, regresé de mis vacaciones, pasé diez días en Turquía y me dejé cautivar por sus encantos.

UNA PRECIOSA VISTA DE ESTAMBUL

            Como siempre, llevaba mi libreta, mi bolígrafo y un libro para leer. Me prometí a mí misma que escribiría y leería durante mi estancia, que guardaría mis notas y luego las usaría para escribir algo sobre el viaje, pero fui incapaz de emplear mi tiempo en esos menesteres. Era tan grande la explosión de imágenes que intentaba seducirme, que dediqué todas mis fuerzas a contemplar cuanto me rodeaba, dejarme llevar  por mis sentidos y captar con mi humilde cámara cientos de fotos maravillosas. No lo digo porque yo sea una gran fotógrafa, ni mucho menos, creo que la maravilla de la fotografía está en lo que nos transmite, ese recuerdo que, en este caso, merece la pena revivir.

            Aterrizar en Estambul y verte, de repente, rodeada de ansiosos personajes dispuestos a venderte por un “módico precio” chaquetas, polos, camisetas o colonias de marcas conocidas es algo con lo que hay que aprender a lidiar desde el primer minuto.  Notas que la desconfianza empieza a anidar en ti temiendo que, de un momento a otro, alguien va a llevarse tus pertenencias. Pero sólo se trata de una sensación pasajera. Cuando, tras la primera embestida, compruebas que tus pertenencias están donde deben estar, concluyes que únicamente pretenden venderte su mercancía. Tras cuatro días en esta fascinante ciudad, el día dos de septiembre visitamos el bazar egipcio y el gran bazar, y pude comprender que los turcos eran los reyes del comercio. Me era imposible imaginar un solo turco sin dotes comerciales. Debo confesar que no conseguí aprender el arte del regateo, pero regateé porque no quedaba otra. Sabía que en los lugares que indicaban precio no cabía el regateo, pero en el resto, eso era un requisito imprescindible. 

LA TORRE GÁLATA
           En cuanto a los vendedores callejeros, acosadores profesionales del pobre turista,  os diré que les estoy agradecida. Nuestro primer día en la ciudad estaba cargado de visitas programadas, incluidas en el circuito que habíamos elegido. El grupo lo formábamos veintiuna personas. Al finalizar las visitas del día, disponíamos de tiempo libre para nosotros y decidimos darnos un baño de multitudes paseando por la calle Istiklâl. Paramos a retomar fuerzas en la heladería Mado y luego continuamos hasta llegar a la torre Gálata para poder tomar hermosas fotos de la ciudad al atardecer. Nuestra guía, Demet, nos había aconsejado regresar al hotel en taxi, ya que es un transporte barato y rápido, pero nos advirtió que anotásemos el  barrio donde se encontraba el hotel, Laleli, por si el taxista desconocía la ubicación exacta del mismo. Era una buena referencia ya que en una ciudad plagada de hoteles, es de imaginar que los taxistas no los conocen todos. Nuestro taxista desconocía dónde estaba el hotel, pero nos llevó rápidamente hacia el barrio indicado, costándonos únicamente diez liras turcas. Al bajar del taxi caímos en la cuenta de que ninguno recordábamos el nombre de la calle del hotel, así somos de felices, qué le vamos a hacer. Debíamos estar cerca pero no sabíamos qué dirección tomar, así que decidimos preguntar a los vendedores que se habían acercado a  vendernos frascos de perfume y chaquetas de caballero. Nuestro desconocimiento del idioma no fue una gran barrera, una mezcla extraña de español, inglés y francés y la intención de decir alguna palabra suelta en turco, bastaron para hacer entender que necesitábamos que nos orientaran para llegar a nuestro hotel. El Darkhill resultaba conocido pero no sabían ubicarlo. Supusimos que se movían en una determinada franja de terreno y no iban más allá de su territorio.Llamaron a un conocido de la esquina de arriba, y fue aquel vendedor el que nos indicó con señas de debíamos ir dos calles más arriba y girar a la derecha. Realmente estaba muy cerca, sí,  pero, cuando te ves perdido y te das cuenta que no llevas ni la dirección del hotel, parece que empequeñeces en medio de la nada, el cansancio se apoderá de ti y quinientos metros parecen agigantarse y convertirse en cientos de kilómetros.
UN DELICIOSO HELADO EN MADO PARA REPONER FUERZAS