domingo, 26 de agosto de 2012

Una vida de perros


¿Quién iba a pensar que esos sarnosos acabarían con el rabo entre las piernas?

            Dialogué con ellos hasta llegar a la extenuación pero su cuadriculada mente no les dejaba ver más allá de su barriga. La huelga de hambre había encarnizado los ánimos y sus ecos estomacales ganaron la batalla.

            Antes de aquello, protagonizamos un cuerpo a cuerpo que sesgó la vida de muchos y tras aquellos trágicos sucesos, decidimos reivindicar nuestros derechos declarándonos en huelga de hambre. Confiábamos en que la influencia mediática desencadenada por  una noticia de tal calado,  reforzaría nuestras peticiones.

            La libertad de elección es algo que no siempre está al alcance de todos, pero éramos idealistas y creíamos que debíamos luchar por ello. Queríamos decidir por nosotros mismos y ser útiles en la sociedad caótica que nos acogía. ¿De qué servía recluirnos en aquel lugar? ¿Qué beneficio obtenía la sociedad con ello? Ninguno.

            Tras comprobar la poca efectividad de nuestro sacrificio, los insurgentes se encargaron de minar los ánimos y destruir la hermandad de los miembros afectos a la causa. Todo quedó en un sueño inconcluso que no pude convertir en realidad.

            Os transmito los hechos tal como sucedieron, para que seáis conscientes del mundo que nos rodea. Ser amigo fiel y servidor leal es algo que nos viene impuesto. Nuestro único deber es acatar órdenes sin plantear objeciones.

            Yo quise ser objetor de conciencia cuando me ordenaron matar a un hombre y pagué mi culpa siendo recluido en aquel horrible lugar. No todos corrieron la misma suerte que yo. Sólo unos pocos nos libramos del holocausto, gracias a la bondad de algunos hombres buenos.

            Ahora ya soy viejo y sé que no seré yo quien cambie esta sociedad, pero vosotros podéis conseguirlo. Demostrad que tenemos sentimientos. No dejéis que aniquilen ese instinto bondadoso que todos llevamos dentro. Tenemos amor para compartir, dejemos la agresividad de lado. Podéis salvar vidas y servir de ayuda. Ser asesinos no es nuestro único destino.

 
            Ser hijo de un policía marcaba inevitablemente tu futuro. Te definía como fiel servidor y te obligaba a matar al agresor si te era ordenado. Incumplirlo, suponía pasar a un centro de readiestramiento con normas estrictas y dolorosas. Si no superabas las pruebas, eras castigado con la inyección letal.

 
            El sueño de Bumer tardó años en convertirse en realidad. Su nieto, Bala, fue uno de los primeros que pudo elegir.

            Alguien llegó a plantearse que podíamos ser más útiles si realmente hacíamos aquello que queríamos hacer.

            Desde entonces, nuestro posible futuro queda marcado a los seis meses, mediante una sencilla elección. En un lado de la sala, una cara sonriente necesitada de amistad, te espera con los brazos abiertos; en el otro lado de la sala, un policía que desea un compañero fiel, también.

            Los centros de readiestramiento dejaron de existir y se normalizó la Institución de «La Segunda Oportunidad». Uno siempre podía admitir que había equivocado su elección y probar suerte en el otro lado de la sala.

            Fue así como pasamos de ser meros ejecutores a ser colaboradores de la Ley y de los hombres. A cambio, recibimos el título honorífico de «Mejor amigo del hombre».

            Esta es nuestra historia, la verdadera historia del Pastor Alemán. Una historia de amor que Bumer quiso transmitir a los suyos y que, finalmente, los humanos llegaron a comprender.

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