lunes, 3 de diciembre de 2012

Un regalo, una ilusión


Escondida debajo de mi almohada, espero impaciente el día de los Reyes Magos. No puedo dormir. El pie de mi árbol de Navidad está más pelado que nunca. Este año no hemos puesto el nacimiento porque las figuritas de barro se rompieron el año pasado. Les cayó una silla encima y las rompió en mil pedazos. Mi madre dijo que compraríamos otras, pero no lo ha hecho. Yo había pintado un nacimiento en una hoja de papel y lo había dejado apoyado en la pared, junto al árbol, pero mi hermano se ha encargado de hacer un avión con mi dibujo y le ha prendido fuego después. Temo que este año no aparezcan esos regalos mágicos que tanto deseo. La muñeca que habla y hace pipí, la casita de tela para esconderme dentro y el osito que cuenta cuentos maravillosos. Sólo tengo siete años, supongo que Gaspar se acordará de mí.

           Sin pegar ojo y atenta  a los ruidos de la casa, me he puesto a recordar cómo han transcurrido estas fiestas navideñas. Hemos pasado la Nochebuena y la Navidad con mis tíos, mis primos y mis abuelos, en Jaén. Guardo un bello recuerdo de aquellos días. Siempre junto a la mesa, comiendo y cantando. Me encantan los adornos que mi abuela tiene colgados por su casa: las campanillas, los muñecos de nieve, las bolas de colores, las guirnaldas doradas y plateadas, los angelitos de porcelana y de cristal, las estrellas de Navidad,… ¡Nuestra casa parece tan triste en comparación! Al regresar a Madrid, recibimos la Nochevieja con un resfriado. Mi  madre dijo que dejaríamos las celebraciones para el Roscón. Y, así ha sido.

           Esta noche, para la cena del Roscón, mi madre ha cocinado pollo con nueces y ciruelas pasas, y todos le hemos dicho que tenía un sabor delicioso. Yo me he dejado las nueces y las ciruelas, pero el pollo estaba riquísimo. Mi amiga Marta dice que su familia lo celebra en un restaurante y toman varios platos y postre y  acaba tan llena que le entran ganas de vomitar. Yo creo que le gusta comer demasiado y por eso le pasa lo que le pasa.

           De postre,  mi padre ha sacado la caja de polvorones. La tenía escondida detrás del televisor desde hacía un mes, pero todos fingíamos que no la veíamos. Cuando los ha puesto sobre la mesa, hemos aplaudido con cara de sorpresa. Ha dicho que tocábamos a tres cada uno y que no valía repetir el sabor. Así,  los probaríamos todos.  Cuando mi hermano ha preguntado por el  Roscón, le ha dicho que se había olvidado de comprarlo y ha puesto cara de pena. Y luego, cuando le ha preguntado por el turrón, parecía que iba a ponerse muy serio pero, de repente, le ha entrado la risa tonta y todos nos hemos puesto a reír. No sé por qué, ha dicho que este año los turrones engordan más que nunca y no estaba dispuesto a que perdiésemos nuestra esbelta figura. Lo dirá por nosotros, porque él tiene una barriga que muy esbelta no es.

           He echado de menos los turrones. A mí me gusta mucho el de chocolate aunque siempre acabe manchándome y me riña mamá. A mi hermano le encanta el de Alicante porque es duro y puede partirlo sobre mi cabeza. Sabe que me chincha  que haga eso y cuando menos se lo espera, le rompo otro trozo en su cabeza y hacemos las paces. En cambio, a mis padres les encanta el de Jijona, tan blandito y tan empalagoso que se ponen cariñosones. No sé por qué se ha empeñado mi padre en que guardemos la línea este año con lo bien que lo pasamos cuando comemos turrón.

           Acabo de oír un ruido, alguien ha abierto la ventana del comedor. Dicen que los Reyes Magos entran por cualquier puerta o ventana y que sus camellos esperan en la calle o el balcón. En mi caso, deben esperar sobre una alfombra mágica, porque yo no tengo balcón. Tengo ganas de levantarme para mirar, me gustaría ver si es Gaspar. Pero sé que no debo levantarme porque si lo hago desaparece la magia y me quedaré sin regalos. Traje unas algarrobas de Jaén para los camellos y las dejé en el macetero vacío que tiene mi madre en la ventana, para que coman los pobres mientras esperan que sus majestades de Oriente terminen con el reparto.

           Mi hermano, tiene dos años más que yo, pero no es más que un ignorante. El pobre cree que los Reyes no existen y son los padres los que compran los regalos y los ponen en el árbol, junto al nacimiento.  Y me ha dicho que este año no tendremos regalos porque papá se ha quedado sin trabajo. Se cree que yo me chupo el dedo. Yo sé que no pueden ser mis padres porque no tienen dinero para comprar regalos y por eso, precisamente, son los Reyes Magos los que dejan los regalos a los niños que nos portamos bien.

           Pensándolo bien, creo que he sido egoísta pidiendo a Gaspar la muñeca, la casita y el osito. ¿Aún estoy a tiempo de cambiar mi carta, Gaspar? Perdona que te avise con tan poco tiempo, pero prefiero borrar lo que te había pedido y pedirte que traigas un trabajo para papá. Creo que con ese regalo, todos seremos más felices. Seguro que Marta, me dejará jugar con sus muñecas, su casita y su osito cuando vaya a jugar a su casa.

           Otra vez la ventana. Seguro que Gaspar me ha oído y se ha ido pronto porque me ha hecho caso.

           El pesado de mi hermano ha venido a despertarme. Dice que no hay regalos en el árbol pero yo estoy muy contenta aunque él no pueda entenderlo. Le digo que cambié mi carta en el último momento y sólo pedí un trabajo para papá. Me acerco al salón y mi madre tiene un paquete para cada uno. Nos dice que este año es un año difícil para todo el mundo y que sólo nos han dejado unos calcetines. Yo le doy un beso gordo en la mejilla con la cara sonriente. Luego le doy otro a papá y le digo que este año tendremos el mejor de todos los regalos. Me abraza fuerte y sale a la calle para respirar el aire fresco de la mañana.

           Mi hermano se pone a cortar tiras en un periódico viejo. Dice que vamos a llenar la casa de guirnaldas. Río como una loca dispuesta a  ponerme manos a la obra pero, antes, doy una ojeada al macetero de la ventana. Las algarrobas no están. Sé que mi carta no ha caído en saco roto.

8 comentarios:

  1. Este micro está tan pegado a la realidad que duele, Yolanda. Creo que lo peor de todo lo que estamos viviendo es la pérdida de ilusión que sufrirán muchos niños, que de pronto han de ver cómo se desmorona su mundo sin que puedan entenderlo.

    Gran trabajo, sin duda.

    Un abrazo,

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  2. Es cierto que la realidad duele, Pedro, lo sé. Por eso precisamente, quería hablar de inocencia, de esperanza y de alegría.

    Porque sólo la sonrisa de un niño es capaz de borrar por un instante la desesperanza de los adultos. Su ilusión es el arma más poderosa de la Tierra: Combate el hambre, el frío, la enfermedad, el miedo y la crisis económica. Ojalá todos podamos mantener viva la llama de la ilusión estas fiestas navideñas.

    A falta de turrón, buenos son los polvorones, si los hay.

    Un abrazo.

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  3. Todas las veces que hice mi carta a los Reyes Magos recibí algo distinto a lo que pedí. Todas. Sin embargo, ninguna de ellas disminuyó mi emoción por recibir parte de la magia (ni siquiera la vez en que mis hermanos y yo recibimos suéteres en lugar de juguetes). Siempre hubo algo: la ilusión.

    No creo que, siendo adultos, lleguemos a perder la ilusión, sólo que nos parece ridículo aceptarla. Pero está allí, esperando. Como cuando un familiar enferma y esperamos que la medicina o un milagro lo ayuden. Todo cuenta.

    Quizás no haya juguetes o turrones cuando los esperamos, pero seguro un par de calcetines ayudará a cuidar mejor un resfriado.

    Bonita historia, Yolanda. Como siempre.

    Un abrazo.

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  4. Sí, es bonito seguir teniendo ilusión, sin importar edad ni condición.
    Yo sigo siendo una niña que vive la ilusión de las fechas navideñas.
    No siempre se pueden recibir suéteres, pero seguro que siempre se puede recibir amor.

    Que recibas mucho amor de regalo de Reyes.

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  5. Muy mal, Yolanda Almansa. Has descubierto el secreto que tan bien teníamos guardado los gasparianos.
    ¡Qué difícil es -y qué fácil lo haces- escribir un cuento poniéndonos en el papel de un niño! Magnífico.
    Lo único que me ha dejado un tanto perplejo es el por qué de ponerse a hacer guirnaldas una vez acabadas las fiestas.

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  6. ¡Vaya! ¿Tú también eres gaspariano? Me alegro. Yo, hace muchos años, tuve el honor de ser paje del rey Gaspar.Desde entonces, soy gaspariana hasta la médula.
    Para ponerse en el papel de un niño, únicamente hay que despojarse del lastre de la madurez. Quitarse un porrón de años de encima es toda una experiencia. Pruébalo, te gustará.
    Hacer guirnaldas el día de Reyes es algo poco normal para un adulto, pero te aseguro que para un niño es la mar de divertido. Yo lo hice una vez con mi hermano y fue toda una celebración.

    Un abrazo gaspariano.

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  7. A mí, que soy de Melchor de toda la vida (y te aseguro que en la cabalgata todavía le llamo a gritos y le tiro besos) me ha encantado tu cuento. Es muy triste y me deja angustiada pensando en todos los niños que no comerán turrón estas navidades, pero a la vez es tranquilizador saber que tienen esa inocencia que les sirve de pantalla protectora contra la realidad.
    Un abrazo

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  8. Te confesaré que en mi niñez yo también era fiel seguidora de Melchor, pero desde mi aventura como paje de Gaspar, me cambié de bando. Nada mejor que mantener viva la llama de la ilusión en los niños y los no tan niños.
    Un fuerte abrazo.

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