miércoles, 8 de junio de 2011

Contando las horas


No me paré a pensar en todas esas cosas que uno es capaz de hacer sin prestarles importancia, hasta que un día decidí hacerlo.

Nuevamente, acababa de ver en la televisión una emisión de FAMA, versión 1980, y me hizo gracia la escena en la que una de las estudiantes gesticula exageradamente mientras come, intentando interiorizar y comprender todos y cada uno de los movimientos de su boca. Debo decir que me encanta esta película y la primera vez que pude verla, me invadieron unas terribles ganas de bailar, de cantar, de hacer teatro y de tocar algún instrumento. En fin, lo que tiene la adolescencia, que uno se deja llevar fácilmente.

Bastantes años después, reencontrarme con ella, ha sido todo un acontecimiento en mi vida. Por supuesto, ni bailo, ni canto, ni hago teatro, ni toco ningún instrumento (bueno, aprendí a tocar la flauta y, como mucho, de vez en cuando, canto al karaoke). Me di cuenta instantánemente de la rutina instalada en mi vida y me pareció ver volando sobre mi cabeza una señora vestida de blanco, llamada monotonía.

Fue cuando me decidí a pensar en qué empleaba mi tiempo ahora, dieciocho horas despierta debían dar mucho de sí.

Si quitamos las ocho horas, más o menos, de trabajo remunerado, sólo me quedaban diez horas para investigar. ¿En qué empleaba yo esas diez horas?

Si resto una hora aproximada por el tiempo pasado al volante en el trayecto casa-colegio-trabajo-casa-colegio-casa, sólo me quedaban nueve para mirar. El tiempo es algo muy curioso, a veces pasa lentamente, otras, en cambio, ni lo ves pasar.

Si de nueve horas, dedico una hora al culto de la ropa (lavadora, plancha,...), me quedan sólo ocho. 

Pongamos que mi desayuno y mi comida en solitario me quitan sólo otra hora, me quedan siete y, claro está, por la noche, como estamos todos, no hay que cenar con prisas, digamos que empleo otra hora más sólo para la cena en familia, me he quedado con seis. 

Aunque nos repartimos las tareas del hogar, segura estoy que a lo largo del día dedico un mínimo de una hora a esos menesteres, me he quedado con cinco. 

Y digo yo, que también tendré que contar el tiempo de aseo personal a lo largo del día, pongamos otra hora más.

Bien, llegados aquí, ¿A qué me dedico durante esas cuatro horas restantes?

Diría que me escapo al paseo marítimo para dar un vistazo al Mediterráneo y luego me siento frente al portátil para leer o para escribir. 

¡Qué aún me queda tiempo! Sí, es el que utilizo cuando me siento en el sofá para ver el televisor, el que utilizo para leer un libro cada noche antes de acostarme y el que utilizo hablando con mi marido y con mi hija de lo acontecido durante el día, porque digo yo que también habrá que relacionarse un poco ¿no?

2 comentarios:

  1. ¡Ah, sí! Aún no he podido pillar a ese ladrón que aparte de robarse el tiempo se roba también la vida. En nuestras manos está aprovechar esas pocas horas "nuestras" para vivir un poco, más allá de sólo existir. Gran reflexión, Yolanda.

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  2. Jajajajaja. Como se suele decir por aquí, «a veces se me va la olla». En resumidas cuentas, escribo tonterías. Pero, llámalo gran reflexión si te apetece. jajajajaja.

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