domingo, 21 de agosto de 2011

El teatro de la vida

Sentada en el patio de butacas, observo la sucesión trágica de esa historia de amor, un amor caducado antes de su inicio, un amor distante que rememora cada gesto, cada caricia, cada abrazo y cada beso que pudo ser y no fue, fruto de la incomprensión y del desprecio cruel por todo aquello que no sigue el camino marcado por la hipocresía, fruto del vacío que inunda la existencia que nos rodea, el todo gris que nos envuelve marcando nuestra desdicha.

           Me dejo llevar por la tortuosa música que acentúa la sucesión desencadenada de errores cometidos por los personajes que representan los actores, que acompaña con sus acordes la imagen desoladora del fin, ese fin desamparado y melancólico que arrasa todo a su paso, que deja tu corazón arrugado, descolorido y seco, esperando un brote de vida que oxigene la historia y cambie el rumbo trágico que a lo lejos se divisa.

           Viajo a través del tiempo, miro a través de sus ojos, siento dolor en mi pecho; me dejo llevar por el viento, caigo en sus brazos, inerte. Puedo verle llorar a través de mis párpados, susurra en voz baja mi nombre intentando despertarme de aquel ingrato sueño y cargado de rabia levanta su cabeza para gritar  su amor por mí a los cuatro vientos. La estancia se ha vuelto pequeña, diminuta, todos respiran al mismo son, conteniendo ese llanto enlutado que se ha adueñado de la sala. Sigo en sus brazos, muerta, su desdicha penetra en mí por cada poro de mi piel, mi corazón se ha paralizado de repente y una tristeza infinita habita todo mi cuerpo. Un codo me roza en la butaca, es mi marido, mi corazón vuelve a latir de nuevo, estoy viva. Regresar de aquel escenario me ha devuelto la respiración, esa respiración suspendida en el aire, paralizada en el tiempo. Contemplo a mi alrededor al resto de los presentes, absortos en la escena, pendientes de aquella tragedia anunciada.

           Curiosamente la palabra griega hipócrita significaba actor, y hay tanta hipocresía en la vida que no puedo más que imaginar que nos movemos dentro de un gran teatro, el teatro de la vida.

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