jueves, 10 de noviembre de 2011

Aires de juventud

Aquel era el gran día, quedaban pocos minutos para llegar. A través de la ventana del tren, podía contemplar un paisaje encantado que me invitaba a cerrar los ojos y soñar. Estaba cansada, llevaba demasiadas horas viajando y, sin darme cuenta, al relajar mis párpados, una procesión de imágenes del pasado comenzó a desfilar ante mis adormecidas pupilas.

           Me recordé con diez años, dispuesta a ser feliz y contagiar felicidad, una niña dulce y cariñosa capaz de mover el mundo con su alegría. Ya entonces me gustaba imaginar cómo sería mi príncipe azul, de qué color tendría sus ojos, su pelo o su piel, e incluso, en qué idioma hablaría. Estaba firmemente convencida de que en algún punto de nuestro planeta existía una persona que sería mi pareja ideal. Simplemente la tenía que encontrar. No me gustaba cuando todos hablaban de encontrar a su media naranja. ¿Media? ¿Por qué? Yo quería ser una naranja entera y, en todo caso, que mi príncipe lo fuese también. Reflexiones demasiado grandes, para una mente tan pequeña.

           Con catorce años encontré a mi amigo perfecto, Julio. Fue por casualidad, como muchas de esas cosas que nos pasan en vacaciones. Niñas que rien, niños que juegan, cruces de miradas y brote de una amistad. Así fue como empezó nuestra historia. Fue en verano, en la playa. A Julio y a mí, nos gustaba mucho conversar, compartir nuestro tiempo, reirnos juntos y soñar en voz alta. Aquellos fueron días felices, días que guardé en mi corazón y que nunca podré olvidar. Con Julio podía hablar de cualquier cosa, podía contarle mis ideas, mis ilusiones, mis proyectos, mi vida. Pero no pude descubrir si él era  mi príncipe azul porque el mundo de los mayores era tan complicado que nuestra amistad  fue breve, escasa diría yo. Se marchó lejos, con su familia. Me prometí a mí misma que jamás volvería a confiar en un chico. Una parte de mi se fue con Julio para no volver nunca jamás, mi yo conversador. Se terminó sincerarse con nadie, se terminó creer en la amistad. Él sabía más de mí que cualquiera de mis amigas, por algún motivo extraño había logrado llegar a esa niña escondida que sus amigas no sabían encontrar. Y aquella gran amistad que se prometía invencible y duradera, acabó diluyéndose en el tiempo.

           A los quince años recibí mi primer beso. Un delicado beso digno de recordar, cargado de pureza y de inocencia. Me encontraba de vacaciones en un pueblo de montaña y, gracias a la conversación de mi madre con una señora del lugar, comencé a salir con un grupo de jóvenes que me aceptaron sin reservas. Iba a pasar quince días de descanso con mis padres y había decidido olvidar a Julio. Me irritaba que se pasease por mi mente enfundado con una armadura plateada y cabalgando sobre un caballo blanco. Quería conocer gente nueva y hacer nuevas amistades. Allí conocí a Antonio, tenía veintitrés años, demasiada diferencia de edad quizás, pero una chispa surgió entre nosotros. El final de aquella historia estaba escrito desde el principio, pero durante unos días la cabeza dejó de dirigir mi vida y mi corazón se convirtió en el centro del universo. Tres besos contados, dos abrazos y un adiós. Lloré amargamente en aquella despedida, pero, pese a ello, nunca le escribí dos letras, tampoco las escribió él.

           Después de aquello, dejé de creer en príncipes azules y dejé que mi mente se llenara de cosas reales, de vida, simplemente de eso. Pasaron varios años, varios Antonios y varios besos, hasta que, nuevamente, la casualidad posó sus ojos sobre mí. Fue cuando encontré a Mario, mi marido. Me casé a los veintiocho años.

           ─Señora, ya hemos llegado ─acompañó la voz ronca del revisor a un insistente dedo que golpeaba mi hombro.
           ─¿Cómo dice? ─dije asustada observando la cara de pocos amigos que me estaba mirando─. Bien, gracias, salgo enseguida ─le indiqué al elevar mi cabeza y comprobar que era la única persona que quedaba en aquel vagón.

           Cogí la maleta, el bolso y el abrigo y me dirigí hacia la salida. Estaba triste, carcomida por los recuerdos que me rondaban. Decidí sentarme en un banco para meditar qué estaba haciendo allí. Si decidí embarcarme en aquella aventura fue porque en el fondo de mi corazón creí encontrar un lugar vacio que esperaba su dueño. Opté por tomar el tren porque necesitaba correr despacio antes de llegar a aquel encuentro. Quería evitar que mi corazón volviera a latir.

           Al recibír noticias de Julio, supe que el destino me tendía la mano. No quise pensar nada, compré aquel billete y entré en el tren. Nadie me esperaba porque nadie sabía que estaba allí. No le había dicho nada, por si finalmente me arrepentía. Podría decir que mi vida había sido un camino de rosas,  con un buen trabajo y una familia encantadora, pero las rosas se habían tornado espinas. Tuve un buen marido y unos hijos encantadores pero, ahora, estaba completamente sola. Mario murió joven, cuando mis hijos tenían veinte años. Un cáncer de páncreas lo dejó fulminado en menos de un mes. Aquel  golpe fue muy duro para mí. Por aquel entonces, mis hijos, gemelos,  ya volaban solos y no paraban mucho tiempo en casa. Dos años después, un accidente de coche, quiso llevarse de este mundo lo único que me quedaba. Ocurrió aquí, en Berlín, cuando realizaban su viaje de fin de carrera, de fin de su vida más bien. Mis ojos se llenaron de lágrimas al recordar aquel trágico suceso. Habían pasado cinco años, sí,  pero una parte de mí  habia sido enterrada con ellos y mi seco corazón ya no podía sentir nada.

           Comprendí que mi aventura había terminado antes de empezar, así que volví a entrar en la estación y me dirigí a la taquilla para comprar un billete de vuelta. Consulté los horarios, el tren no tardaría en salir, entré en el vagón y me senté. Faltaban aún veinte minutos, pero quería estar allí, sola, con mis pensamientos.

           De vuelta a casa, noté una extraña sensación, agotamiento quizás. Quise creer que simplemente necesitaba descansar. Cerré los ojos y me dispuse a soñar.

           Ahora, desde aquí, se ve todo mucho más hermoso, mucho más nítido. Mi príncipe azul tiene armadura plateada y cabalga en su caballo blanco. Yo soy su dama y llevo un vestido de seda. No hay palabras para describir tanta belleza. Liberada del dolor, me dejo arrastrar por esos aires de juventud que me acogen y me arrullan. Aire de nuevo, repiro otra vez.

           ─¿Julia? ¿Eres tú? ─susurra una voz del pasado en mis oidos.

           Sonrío, mientras cabalgo junto a mi caballero de armadura plateada. Insiste de nuevo.

           ─Despierta amiga mía, estoy aquí.

           Abro los ojos, me sorprendo, otra vez la casualidad se pone de mi parte. Enmudezco de alegría mientras mi corazón grita en silencio. De nuevo juntos. ¡Quién sabe qué nos deparará el destino!    

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