Nueva vida

 
 
 
 
 
 
La mezcolanza de razas era patente en aquel cuadro puntiforme y multicolor que divisaba a través del terrascopio. En una fracción de segundo, me sentí teletransportada a una vida anterior. Las neuronas de mi hipocampo solapaban en mi campo visual un encaje de bolillos plagado de coloridos y diminutos alfileres que sujetaban la labor a una cartulina anaranjada y plastificada. Parpadeé levemente y reseteé tal recuerdo.
 
Pronto sería uno más de aquellos puntos de la imagen. No sabía qué tonalidad de piel adquiriría, cuál sería el color de mis ojos o mi pelo ni, mucho menos, qué sexo me tocaría esta vez. ¿Acaso importaba?

Tres, dos, uno...

Creí que mis pulmones iban a romperse, la rabia se adueñaba de mí, me sentía amenazado por las fuerzas del universo. No lograba pronunciar media palabra y gruñía sinsentidos. ¡Mentira! ¡Estaba llorando!

Sentí una fuente de calor que me era familiar y aquel sentimiento de "zona segura" logró calmar mis inquietudes. 

Alguien estaría ahora al otro lado del terrascopio, oteando su futuro próximo, ajeno a la sorpresa que le deparaba este mundo.

Abrí los ojos  y la observé concentrada en su labor, moviendo los diminutos palos de madera primorósamente, derrochando amor por cada poro de su piel. 

¡Gracias, de nuevo, por esta nueva oportunidad! 

Nueva normalidad

¡Todo va a salir bien, mundo! Juntos somos más fuertes. 

El veintiuno de febrero fui al aeropuerto a recoger a Marisa, que llegaba cargada de buenas noticias porque habíamos logrado abrir mercado en Europa.  

Pero el Covid-19, aparentemente tan lejano, también llegó a España. Y el catorce de marzo se decretó el Estado de Alarma. De golpe, a golpes, aprendí qué significaba estar confinado. Marisa falleció el dieciocho de marzo y, supuestamente, alguien le dio sepultura.  

Cada día, el aplauso vespertino de mis vecinos venía a martirizarme. Lloraba mi estrenada soledad en un rincón del salón, ahogado en la pena de saberme vacío de amor y cargado de ira e impotencia.

Hasta que María, del 2ºA, falleció dos semanas después en las mismas circunstancias que mi mujer. La noticia se coló por la ventana de la cocina. Su marido dejó una nota bajo mi puerta: “Aplaudamos juntos. Tú también puedes hacerlo. Te esperamos esta tarde a las ocho. Luis. 2ºA.”

Ese día borré las lágrimas de mi cara, me di una ducha fría, afeité mi barba y cambié mi pijama por un chándal. Dejé la puerta del balcón entreabierta y escuché las primeras voces. Algunos mensajes de ánimo entrecruzados, niños preguntando cuándo aplaudir, y, de repente, el silencio. La puerta del balcón contiguo, del 2ºA, se había abierto, pero todos guardaban silencio.  Me armé de valor y decidí salir, a mi mujer le habría gustado. Luis y sus hijos rompieron en aplausos al verme, yo les devolví el aplauso. Un segundo después, el edificio entero estalló en aplausos. Alguien marcó una pausa y, tres segundos más tarde, un aplauso prolongado se destinó, como siempre, a todos aquellos que han velado por nuestra seguridad desde primera línea.

Hoy da comienzo la nueva normalidad, el batiburrillo de ideas dispersas por mi mente se afana en realizar un hercúleo esfuerzo por conciliar la nueva normalidad con los restos de mi vida. Sé que nos espera un futuro incierto, pero hay esperanza. 

Tengo ganas de volver al aeropuerto para esperar a Marisa, nuestra hija, aunque no sé cuándo se permitirá la llegada de vuelos procedentes de México. Seguramente, para nosotros, aún habrá que esperar otra nueva normalidad.

Adiós, Pepito, adiós

Una mañana te levantas y decides que todo irá bien, porque te lo mereces. Sí o sí, te vas de vacaciones.

Una ducha refrescante, el café solo y una tostada con mantequilla. Sales a la calle, presionas el mando del llavero y tu coche te da la bienvenida. Todo va sobre ruedas. 

Un semáforo en rojo salpica el arco iris que te acompaña, pero mantienes la calma. No dejarás que esa minucia emborrone el día.

Tu subconsciente, en cambio, ha tomado nota del detalle. La última vez que lo encontraste en rojo, acabaste en urgencias con traumatismo craneoencefálico debido a una colisión múltiple.

Bajas la ventanilla para inspirar el aire cálido de aquel día primaveral y tarareas la canción que está sonando en la radio. Sin esperarlo, una abeja empieza a revolotear por el salpicadero. Sabes que no debes distraerte cuando conduces y decides parar en el arcén para invitarla a salir. Mueves tu mano varias veces, esperando que el insecto siga la ráfaga de aire que le has proporcionado, pero la abeja ni se inmuta. 

Tu subconsciente, bolígrafo en mano, escribe la segunda línea en su lista. No has considerado tu reacción alérgica en caso de picadura, ni te ha pasado por la cabeza.

Y continúas intentando que la salida a aquel conflicto se realice de un modo pacífico, pero no hay forma de conseguirlo. Decides probar con un pañuelo de papel y coges la abeja con cuidado para lanzarla fuera del vehículo. Tras zarandear el clínex y despedir al visitante, lo guardas en tu bolsillo y continúas hacia tu destino.  

Un panel informativo indica que hay retenciones a diez kilómetros  y anuncia la posibilidad de optar por una vía alternativa. Cargado de optimismo, decides tomar la variante. Todo está saliendo redondo, no hay porqué preocuparse. 

Tu subconsciente, ya va por la tercera alerta. La última vez que alteraste una ruta, caíste por un terraplén y tu coche fue siniestro total. Tú, te libraste de milagro.

La carretera es estrecha, carente de arcén, pero el paisaje es digno de postal. Has subido la ventanilla para evitar nuevos intrusos y refrescas el ambiente con el aire acondicionado. Todo va como la seda. Estás ansioso por ver el mar, solo quedan doscientos kilómetros. Alcanzas un tractor enorme y disminuyes la velocidad porque no ves claro que puedas adelantarle. Al recordar la última vez que lo hiciste, te sientes afortunado. El cuentakilómetros bosteza mientras el coche avanza lentamente. No tienes prisa. Disfrutas de la vida.

Tres horas después, llegas a un pueblecito y atiendes a tu barriga, que exige con voz silenciosa que hagas una parada para comer algo. Te atrae el barullo que asoma por la ventana de un bar, y observas sus mesas repletas de gente y el buen ambiente que se respira en el interior. Te diriges a la barra con paso decidido, echas una ojeada al mostrador, lleno de tapas minuciosamente elaboradas, y te sientas en un taburete. Te das permiso para saltarte la dieta por un día.  Pides un bocadillo de tortilla con pimientos fritos, una tapa de ensaladilla rusa y otra de morro frito. Mientras esperas, tomas un quinto de cerveza bien fresquito. Como bien sabes, acabará cayendo alguno más.

Tu subconsciente anota, inquisidor, en su lista negra: los pimientos fritos que te provocan ardor de estómago, la ensaladilla rusa con esa mayonesa de sospechoso color, el morro frito que subirá tu colesterol a límites insospechados y  los quintos fresquitos que deberían impedirte conducir.

Saciado el apetito, te pides un carajillo para dar un toque de alegría a tu aventura. Luego, continúas la marcha. El sol brilla en lo alto y la carretera está libre de tractores. "Viento en popa, a toda vela", te diriges a tu destino.

Tu subconsciente, llamémosle Pepito, no sabe si darte una colleja o abandonarte a tu destino. Cinco quintos y dos carajillos y tú al volante. Deberían darte el alto antes de que ocurriese alguna desgracia. En la boda de Benito, una cerveza y un gin-tonic fueron suficientes para empotrar la moto en la furgona de delante; pero parece que has olvidado los tres tornillos y la placa que llevas en la pierna derecha. 

La carretera es recta y la luz del día la hace infinita. Has soñado tanto con esas vacaciones que nada ni nadie podrá impedir que las disfrutes plenamente. El mar te espera, en la bolsa llevas toallas de playa, bañadores y ropa, no te hace falta nada más. Todo está saliendo a pedir de boca.

Tu subconsciente sabe que no llevas protector solar ni sandalias de goma, ni tan siquiera un antihistamínico para tus alergias. Sabe que el mar es un hervidero de medusas y la orilla de la playa un terrible manto de cantos rodados. Le falta lápiz para tan larga lista.

A lo lejos, divisas un vehículo de la Guardia Civil. No tienes escapatoria, tienes que parar. Esperas no tener que soplar en esta ocasión. Con tu mejor sonrisa, saludas al agente que te ha dado el alto, le ofreces la documentación del vehículo y le muestras tu carnet de conducir. 

Tu subconsciente suda tinta china mientras reza el rosario. Solo faltaría acabar entre rejas. Has hecho caso omiso de todas las posibles amenazas que ha detectado y, ahora, se verá obligado a anotar en su repertorio una posible detención, la pérdida de puntos en el carnet de conducir y una sanción de no sabe cuánto importe.

Todo en orden, puedes seguir. Confirmado, hoy es tu día. Quedan solo cincuenta kilómetros y ya parece que el aire huele a salitre.

Tu subconsciente se ha quedado atónito ante esa suerte inusitada, pero no piensa bajar la guardia, sabe que algo acabará saliendo mal.

Tú, ya hace horas que has entrado en "modo vacaciones". La comida te ha sentado estupendamente y te sientes más vivo que nunca. Haces una parada técnica en una gasolinera y, luego,  continúas.

Pepito, ya repuesto del trance, recuerda que la última vez que visitaste los urinarios de una estación de servicio, tuviste que acudir al médico porque cogiste una infección inexplicable. Retoma la lista y sigue apuntando.

Ya puedes ver el mar a lo lejos, un inmenso azul se pinta en tus ojos. Llegas y estacionas en un aparcamiento anexo al paseo marítimo. A diez metros, extiendes la toalla en la orilla, te despojas de la camisa y el pantalón corto y dejas las deportivas junto a la toalla. Has tenido que pisar muchas piedras para alcanzar la arena del interior marino y te duelen los pies, pero no importa. Algo ha rozado tu muslo y tu brazo, pero lo ignoras. Te entra un calambre en la pierna y decides salir del agua, ¡No vas a darlo todo el primer día! Te tiras en la toalla para secarte tomando el sol y sucumbes al sueño.

Tu subconsciente está punteando frenéticamente aquella maldita lista de avisos a oidos sordos, cree que la comida copiosa, los quintos de cerveza, los carajillos y la visita a los urinarios de la gasolinera, te pasarán factura, más pronto o más tarde. Y no le cabe la más mínima duda de que el doloroso picor provocado por los "roces" de las medusas y la insolación que te está acechando, no serán un plato de buen gusto cuando despiertes de la siesta. Pepito sabe que aún queda día por delante.

Escuchas una voz que llama tu atención y despiertas de tu plácido sueño. Es una socorrista que te aconseja ponerte protector solar. Te deja unas muestras de regalo y, tras observar tu brazo y tu pierna, te ofrece también unos blisters de suero fisiológico como medida preventiva. No, no eres un adonis, hay más socorristas atendiendo a otros bañistas. Aquellas escoceduras, supuestamente provocadas por algún roce de medusa, han sido un mal menor y, además, mañana lucirás un bronceado espectacular. Quién sabe, igual conoces a tu pareja durante las vacaciones.

Recoges tus cosas y decides buscar el alojamiento que ya tienes concertado. No lo puedes creer, estabas justo delante de su entrada. Subes a la habitación y te echas en la cama. Lo dicho, todo ha salido redondo. Sonríes. Sabes que desde tu último percance automovilístico ya no escuchas aquella voz interna que se empeñaba en martirizarte todo el rato. A palabras necias, oídos sordos.

Tu subconsciente, altamente ofendido, ahora comprende por qué no atiendes a sus razonamientos. Quizás el milagro de tu salvación en aquel terraplén desconectó tu oído interior del altavoz de tu consciencia.  Mejor darte una patada en el trasero y dejar que te arrojes tu solo al abismo de la vida. 

Pepito acaba de ver una mujer sentada en la misma orilla de la playa, indiferente a las acciones de los dos niños que se pelean junto a ella, seguramente sus hijos, y se comen la arena a puñados. Y, también, observa al hombre, posiblemente su marido, que dormido sobre la toalla se encuentra junto a ella. Seguramente le van a salir ampollas si no se pone protección solar. Es momento de cambiar de hogar. Él también se tomará unas vacaciones. No le irá mal intentar transmitir tus recomendaciones a otros oídos más necesitados de su sabiduría.

Tú, estás feliz como una perdiz. Aún no entiendes cómo ni por qué. Por alguna razón te sientes más ligero que una pluma, como si te hubieras quitado un gran peso de encima.

Sacas tu móvil de la bolsa y haces tu primera foto. Seguramente, acabarás haciendo muchas más.


FUGA TRAVIESA

Ese día Soledad y Aurora cogieron su mochila y marcharon sin mirar atrás. Guiadas por el arrebol crepuscular que teñía de rojo el tapiz de sus pensamientos, paladearon el sinsabor de su silencio.
 
En su camino, conocieron a Olvido, una elocuente niña que retaba al mundo con su ilusión inmarcesible. Aunque el encuentro fue efímero, el murmullo efervescente de sus palabras insistió en acompañarles a cada paso. Fue así como retomaron el buen hábito de la conversación.

Horas después fueron capaces de mirar el mundo con ojos renovados y descubrieron que la fina luz estelar de la noche emitía iridiscencias etéreas que minaban sus sueños con semillas de serendi
pia.
 
Por la mañana, sintieron que el melifluo gorjeo de un pajarillo en la rama de un árbol era la inequívoca señal del final de su inefable epifanía.

Cada año, en la misma fecha, reviven su odisea y recorren la calle que les llevó hasta la glorieta. Desde allí, contemplan el amanecer sentadas bajo ese mismo tilo y rememoran la escapada pueril que les regaló el amor de su amistad.  

 

Y de postre, tronco de navidad


Los comensales, por razones que huían a mí entendimiento, preferían apiñarse sobre el suelo del salón contiguo.
De nuevo había pasado un año, pero esta vez, no estaríamos solos.
En el centro, triunfal y humeante, resplandecía la sopera con el cocido de navidad, manjar predilecto del dueño de la casa y, a su lado, reposaba la bandeja honda con tapa de cristal que mostraba un pavo relleno de foie con guarnición de castañas y frutos secos, tentación para el paladar de los más exigentes. Dos pasteles rellenos de marisco y cuatro pequeños cuencos con delicias al hojaldre remataban la presentación.
Latían voces nuevas en la casa y estaba ansiosa por conocerles.
Una a una, las espaldas agachadas se levantaron y hubo abrazos y besos. Decidí acercarme discretamente tras quitar el freno de las dos ruedas que me sujetaban.

Desde la puerta, vi que el dueño agradecía a los presentes su pronta reacción y, aunque su blanquecina cara parecía retornar del inframundo, esbozó una sonrisa que iluminó la estancia. Dos hombres lo sentaron en el sillón y, recuperado de su vahído, apremió a sus invitados para que degustaran la cena del servicio de catering. Perplejos miraron mi nueva ubicación.

El dueño se acercó y, posando su mano sobre mi pulida madera, dijo: “No os asustéis hijos, en su corazón de roble late tanto amor por mí que, a veces, creo que es vuestra madre”.

Un niño acercó su mejilla a una de mis esquinas y susurró: “Me alegro de conocerte yaya”.

 
 

Un cuento desde el más allá


Allá por el año 66, de un siglo al que los humanos llamaron 20, nació un grupo de seres extraordinarios dotados de poderes inimaginables. Los magos de mirada oscura vaticinaban días de guerra, tiempos de llantos y décadas de silencio.

Al principio de los tiempos, aquellos seres unidos buscaron el lugar donde nacen los Sueños, con el firme propósito de alcanzar el suyo propio y marcar con su impronta los senderos de la Historia.

Tuvieron que lidiar batallas difíciles y esquivar las brechas intangibles que acecharon sus andanzas. No hubo gloria, ni risas, ni oratoria y, finalmente, todos se dispersaron permitiendo que una tupida sombra acampara sobre sus cabezas.

Entrados en el siglo 21, asomaron las primeras luces. Algunos construyeron mil puentes entre los escarpados abismos que los separaban. Pero, aun así, no lograron acercarse. El porte orgulloso del todopoderoso Tiempo había roto los lazos que los unieron un día.

Medio siglo ha pasado desde su nacimiento, la esencia perdura y los lazos invisibles siguen en algún lugar de sus corazones.  Fue la unión de unos pocos la que atrajo a otros pocos, y la fuerza de varios la que encendió las ascuas.

Brilla ahora de lejos, la luz que los ilumina y sirve de guía a los que aún no la han encontrado. Sabemos, que todos lograrán encontrarla.


Desde este palco, auguramos tiempo de paz y armonía, de estrechamiento de lazos y entendimiento mutuo. Atrás queda el mal presagio de los magos nefastos y queda abierta la puerta al festejo y la celebración.

Siempre juntos.

 

THE VIP BOX



«The End» era un título gancho que activaba el interruptor cerebral de cualquiera. Muchos babeaban imaginando un sinfín de escenas apocalípticas.

La joven directora y el resto de personal del equipo de rodaje habían firmado un pacto de silencio y «No comment» era su respuesta oficial. Discípula de otro director de reconocida fama, la sombra de tan rico árbol vaticinaba un éxito asegurado. 

El primer día de ventas, las entradas se habían agotado y los vecinos del municipio dónde iba a celebrarse el estreno ni se habían enterado. Indignados, reclamaron a sus ediles la instalación de pantallas panorámicas en las calles principales y, aceptada la petición, se anunció que el día de la gala quedaba autorizada la ocupación de dichas vías públicas mediante sillas de propiedad particular con determinadas dimensiones.

La noticia del visionado gratuito del estreno para todos los vecinos, atrajo a cientos de personas de municipios colindantes que reclamaron también su derecho a disfrutar del acto alegando ser vecinos de proximidad.

Se adoptaron medidas adicionales: Cada empadronado podría colocar un máximo de diez plazas en la calle, pudiendo alquilar aquellas no utilizadas a habitantes de otro lugar.

Las sillas rejuvenecieron, se arreglaron las desvencijadas patas de las más viejas y se pasó una capa de barniz a las más necesitadas.

Finalizada la proyección, Yale Youthful, nueva directora lanzada a la fama, dirigió unas palabras a los espectadores de la calle: «¡Sois un pueblo fantástico!»

Apiñados en las ventanas, los residentes aplaudieron a rabiar.

 

El gol de la discordia


Triquiñuelas aparte, llegó la hora de la verdad. Sentado frente a todos, en calidad de oveja descarriada, gritos de hinchas y pupilas amenazantes me acribillaban.

La rueda de prensa era una encerrona. ¿Cómo explicar lo inexplicable? El contrato mantenía mi culo pegado a esa silla, mientras buscaba las palabras justas que aquel auditorio debía escuchar.

El míster, con aparente calma, me cedió la palabra.

─ Bueno, el chute de Lolo me ha pillado desprevenido, el balón ha chocado con mi cabeza, ha quebrado su trayectoria y ha entrado por la escuadra de la portería. Son cosas que pasan.

Un exaltado, tomó sin permiso la palabra.

─¡Sí, claro! ¿Desde cuándo un gol metido gracias al cabezazo de un árbitro es algo normal?

Propósito de enmienda


─Salía humo por el capó del coche y allí, en medio de la carretera, me sentí el único ser vivo del universo. Otra vez me había olvidado el móvil. Esperé a que se enfriara el motor para intentar ponerlo en marcha nuevamente, pero no hubo suerte.

»Caminé varios kilómetros sin encontrar a nadie y, cuando ya anochecía, encontré finalmente una señal informativa: “Bienvenido a Chilches/Xilxes”. Aligeré el paso al ver que un manto de luces salpicaba la noche estrellada que caía sobre mis hombros. La silueta desigual de los edificios ejercía sobre mí una atracción poderosa y, como guiado por el canto de una sirena, crucé varias calles hasta llegar a la playa. Dejé que el mar aliviara mis doloridos pies y que mis ojos cansados se deleitaran con tan bella imagen. Seguramente acabé dormido sin darme cuenta.

─Muy bien caballero. Haga el favor de levantarse. Voy a pasar la máquina limpiadora por este tramo y no quiero que tengamos problemas ninguno de los dos.

Aquel operario me miró de reojo, antes de volver a montarse en su artefacto y, cuando me vio en pie, continuó con su trabajo.

Palpé mi bolsillo y noté la silueta de mi móvil. Seguía allí. De vuelta a casa, encontré mi coche aparcado en la puerta.

Me prometí que aquella era la última vez que celebraba la noche de San Juan tomando unas copas con Mario.

Caso sin resolver


Aquella mañana me pasé por la oficina a primera hora para evitar patéticas despedidas de compañeros que, en el fondo, se alegraban enormemente de perderme de vista. Dejé mis llaves y mi identificación en el buzón de recursos humanos. Olvidé hacerlo el día antes y nadie se dio cuenta.

Reducción de plantilla. Una ruleta rusa que apuntó erróneamente hacia mí. Pura matemática. Sobraba uno. ¿Yo?

Mientras recogía mis caramelos de menta, Jaime dejó su café en la mesa contigua y musitó un saludo legañoso que me indignó. Si me hubiese visto muerto, ni se hubiese inmutado. ¡Cómo podía aquel ser inerte mantener su puesto!

Un abrecartas afilado lo puso en el lugar que se merecía.

La policía entrevistó a todos los trabajadores y no encontró ninguna pista.

Al día siguiente, mientras tomaba una cerveza en el sofá, llamaron para rogarme que me incorporara de nuevo al trabajo. 


 

Quinta Chilches/Xilxes 1966




¡Hola Quinta!

Hemos compartido tantas risas, llantos y recuerdos que un millón de bolígrafos Bic no bastarían para escribir toda nuestra historia.

Hoy tenía ganas de escribir y me he acordado de ti.  ¿Por qué no? He pensado que podría distraerte un rato.

Retrospección

Las paredes derribadas del colegio público que nos cobijó en nuestra infancia fueron testigos mudos de nuestras vivencias. Y, seguramente, aquellos maestros de escuela que nos llevaron de la mano, tuvieron que reprimir más de una risa fingiendo un gesto agrio ante nuestros muchos actos rebeldes.

Viene a mi mente la sonrisa recta de doña Joaquina. Nunca comprendí porqué su sonrisa no era curva. Aquella fina línea dibujada en su cara expresaba más de lo que parecía. Una raya corta en sus labios anunciaba la llegada de truenos y relámpagos; en cambio, una raya más extensa, auguraba un placentero día. Simples señales que, hasta unos parvulitos como nosotros, lográbamos captar.

Si de recuerdos hablo, también guardo en mi memoria la cariñosa mirada de doña Isabel. Aquel brillo en sus ojos nos transmitía tanta tranquilidad y confianza que, cuando pretendía regañarnos, no lograba que nos lo tomáramos en serio.  

Es curioso que se utilice la expresión “leer la cartilla” para hacer alusión a reprimendas o reproches. Lo cierto es, que todos le leímos la cartilla a doña Joaquina y a doña Isabel, aunque no con ánimo de reproche sino con la firme intención de demostrarles que sus esfuerzos, unidos a los de nuestros sufridos padres y hermanos, habían obtenido su recompensa.

Siempre he pensado que fuimos una generación “En tránsito”. Nuestro vaivén por los edificios habilitados como aula se convirtió en algo habitual. Hicimos los parvulitos en el antiguo colegio de Regiones Devastadas, el 1º de EGB en una de las casas de maestro de la Calle San Isidro, el segundo curso en un bajo del edificio de la Calle Montoliu próximo a la vía de tren y a los huertos de naranjos, los cursos tercero a quinto, de nuevo en nuestro amado colegio rodeado de moreras, el 6º de EGB en el colegio público de Almenara y, finalmente, nuestros dos últimos años los cursamos en las aulas habilitadas para tal fin en el primer piso del edificio que alberga el actual Teatro de Chilches.

Siempre hemos sido almas viajeras, lo mamamos en nuestra infancia.

El adusto semblante de don Ramón, en cambio, se desvanece entre mis recuerdos, solo sé que pasamos de parvulitos a alumnos de EGB casi sin darnos cuenta. Dejamos la cartilla para coger los libros, y aparcamos los juegos de alfombra para jugar a hacer cuentas con los números. Fue un alegre primer curso que disfrutamos con doña Amparo y don Pepe. Así empezaríamos a amueblar nuestra cabeza. Otra cosa distinta, es valorar si los muebles están bien colocados o no. Dejemos a cada cual que lo valore por sí mismo.

Doña Sofía fue, sin duda, mi profesora preferida. Me embelesaban sus historias, tanto las que narraban pasajes bíblicos como las que acababan con moraleja. Era tanta su pasión al contarlas, que lograba contagiarme. A ella debo, en parte, mi afición por la lectura y la escritura.

El año en el que tomamos la 1ª Comunión guarda un lugar especial en mi baúl de los recuerdos. ¡Cuánta paciencia tuvo doña Teresa con nosotros! ¿Cómo lograría centrar nuestra atención en las clases? Despistados desde el primer día, con la vista fijada en el 25 de mayo de aquel 1975, resultaba difícil concentrarse en los temas escolares.

Lo que sí enterré en un pozo profundo fue mi 4º de EGB. Para nada quiero recordar aquel símil de educación castrense impartido por don Manuel. Curso de cantos mañaneros en formación militar, en el que tuve el gusto de probar sus golpes de paleta sobre la punta de mis dedos.

Ya en quinto, comprendí que aquello de ser una piña llegaba a su fin. Con diez años, pretendieron que dejáramos nuestra infancia aparte. La meta consistía en aprender una amalgama de saberes varios para afrontar los nuevos retos que nos esperaban fuera del pueblo. Fue difícil para doña Adela y complicado para nosotros. Las fronteras de nuestra vida iban a ampliarse.

Durante todos aquellos años se forjó nuestro espíritu curioso, nuestra vena luchadora y nuestra pasión por los bichos.  Nos gustaba ir a las acequias de los huertos en busca de ranas o lagartijas, capturar hormigas, mariquitas o escarabajos peloteros, y, sobre todo, criar gusanos de seda. Actividades que casi diría que alcanzaron el estatus de deporte local.  ¿Quién no ha subido a una morera haciendo equilibrios imposibles para coger hojas con las que alimentar a sus gusanos?

 


Con mucho cariño, para mis compañeros de Quinta. Besos a todos.

Nimiedades


Contemplado en paisaje, intentaba desoír la verborrea desatada de mi hija salpicada por los monosílabos de mi marido. La indumentaria para la ceremonia de Graduación había acaparado la tarde de compras y había dejado en off mis ganas de conversación. Superado su segundo de Bachillerato, nos esperaba la tortura de la Selectividad; unos días más para sufrir en familia. Noelia casi tenía un pie en la universidad y tantas emociones concentradas habían estallado en mi cabeza, como esas pastillas de liberación prolongada, que se toman por la mañana y duran todo el día.  Deseaba llegar a la calma chicha del hogar, tirarme en el sofá y dejar mi mente en blanco. 

El sonido de mi móvil me sacó del aletargamiento. Me costó encontrarlo entre las mil cosas que llevaba en el bolso. “Papá casa”, debía contestar. Mi madre, entre sollozos, balbuceó que mi padre acababa de sufrir un accidente con el coche. Noté cómo un muro me aplastaba la cabeza.  ¡¡¡¡¿Qué?!!!! El lugar del suceso, la posibilidad de que hubiese salido ileso y que no había más vehículos implicados, poco más me pudo decir. Nos veríamos allí.

Ya cerca del punto fatídico, los metros parecían multiplicarse. Podía escuchar el trote acelerado de mi corazón, mientras flotaban mil preguntas en el aire que nadie podía contestar. En mi interior, una voz repetía incesante una oración.

Bajando el puente sobre la autopista, vi el coche de mi padre apartado a un lado de la carretera. A la vez, en mi retina, superpuesta, la imagen de una ambulancia con las luces encendidas que se alejaba de allí. Noté un fuerte nudo en mi garganta y sentí que me faltaba el aire ¿Seguro que estaba ileso?

Un par de agentes de la Guardia Civil y un agente de la Policía Local hablaban junto al vehículo siniestrado. Un segundo fue suficiente para comprobar que el morro del coche era un auténtico acordeón. ¿Cómo habría salido de allí?

Mi madre, que iba a subir al coche de mi hermano cuando llegamos nosotros, ya más serena, nos dijo lo habían llevado al centro médico para hacerle unas pruebas y que la cosa no pintaba mal. Yo  no las tenía todas conmigo.

Noelia se montó en el coche con ellos y nosotros nos quedamos para arreglar el papeleo con los agentes. La grúa llegó rápidamente y, finalizado el protocolo, nos fuimos hacia Almenara.

Un “doble yo” había logrado mantener el tipo en los momentos previos al encuentro pero, al ver la cara de mi padre en la sala de espera, sentí que iba a derrumbarme. Mi padre lloraba. No recordaba si alguna vez lo había visto llorar. Me acerqué y le di dos besos pequeños, como los que se dan a los recién nacidos esperando no romper su frágil cuerpecito. Aún así, toda aquella delicadeza no fue suficiente para enjugar sus lágrimas.

Cara y brazos, llenos de quemaduras de airbag, y cuerpo, cargado de dolor por la tensión del cinturón de seguridad. Un Todo insignificante comparado con el sentimiento de impotencia que invadía su ser.

Divagar sobre las posibles causas de un accidente cuando ni el propio conductor recuerda qué ha sucedido, es una pérdida de tiempo. Quizás, quizás, quizás…

Doce días después, llegaba la Graduación de Noelia. Ni me había comprado un vestido ni había ido a la peluquería. Ella estaba resplandeciente. Enmascaré mi tristeza tras una sonrisa de porcelana, sintiéndome espectadora de la celebración que me rodeaba.  Ese día, caí en la cuenta de que la importancia de las cosas depende del momento en que suceden. Antes del accidente, la pompa y boato de la gala lo habría sido todo para nosotros; tras él, aquello carecía de sentido. 

La mañana que mi padre cayó sobre el suelo sin control alguno de sus piernas, obtuvimos respuestas. Un coágulo de sangre en la cabeza, un derrame cerebral y un posible billete de ida a ninguna parte. Lo operaron esa misma tarde, veintisiete días después del accidente.

Nadie nos prepara para superar con éxito las trabas de la vida ni te avisa del calvario que aún te queda por pasar. Según el neurocirujano, la intervención había sido un éxito.

Cinco meses después, aparcada la silla de ruedas, la angustia y los temores, puedo confirmar que efectivamente fue un éxito. Hemos tenido días grises, momentos de duda y minutos de tensión, pero la fortaleza de mi padre los ha superado todos.  

Hoy he vuelto a ver su sonrisa, su paso quedo y su habla amable y me ha confortado la idea de tenerlo aún a mi lado.
 
 
 

Mi propio Empire State


Asomé la cabeza por la ventana para empaparme del olor a vacaciones, pero únicamente logré un revestimiento pegajoso y abrasador  que brotó por todos mis poros. Cerré herméticamente y me senté en el minúsculo escritorio de mi habitación con vistas. El climatizador me proporcionó un frescor siberiano que disipó esa segunda capa que había cubierto mi cuerpo y me concedí la licencia de contemplar relajadamente el vasto azul exultante que se burlaba de mí al otro lado del cristal. Cielo y mar fundidos en un abrazo hipnotizaron mi mente. 

Alguien llamó a la puerta y mi hechizo se rompió en pedazos.

─¿Sí?

─Un paquete para usted, Señor.

 Abrí la puerta y un inexpresivo empleado me entregó algo envuelto en papel de estraza. Sonreí sin ganas al recogerlo y lo dejé sobre la mesilla de noche, sin prestarle atención.

 Ante los rugidos de mi barriga, tuve que bajar al comedor porque no había servicio de habitaciones. No probaba bocado desde las cuatro de la mañana y, tras mil kilómetros de carretera, necesitaba cubrir mis necesidades básicas. En una mesa apartada, comí una ensalada  y un trozo de sandía.

 Claramente, el cambio de aires propuesto por mi editor no era más que un puntapié en el trasero. ¿Qué hacía yo en aquel hotel de playa? ¿Para qué había recorrido medio mapa? Seguramente, no quería escuchar la insolente vocecilla de mi cabeza que repetía incesante que debía superar mis problemas emocionales.

Dejé la cartera sobre la mesilla y cogí el paquete olvidado. Un sobre  blanco asomaba entre los pliegues del envoltorio. Un calor electrizante incendió mis ojos al leer el nombre del remitente.

¿¡Laura!?

Me citaba a las diez de la noche en la piscina descubierta del hotel y solicitaba que llevara puesta la corbata que contenía el paquete. Igual a la que me regaló dos años antes en Florencia, en nuestro viaje de novios, con el Ponte Vecchio moteado sobre su seda azul. Nuestro matrimonio duró exactamente dos días. Su abogado tramitó diligentemente el divorcio, mi editor sufragó los gastos de mi terapia y mi vena literaria tomó vacaciones indefinidas.

 Un tropel de fantasmas se apoderó de mí aquella tarde. Desconcierto, tensión, miedo, duda. Estuve varias horas sentado al borde de la cama, librando una batalla interna en la que yo era el único vencido. A las nueve, decidí que debía afrontar aquella desagradable broma.

 Un cielo estrellado iluminaba el agua de la piscina y varios focos a media luz se distribuían uniformemente entre los setos del vallado. Mi corazón latía desbocado, pero una coraza de acero fundido me mantenía a salvo. Alguien atravesó la puerta a lo lejos. Era Laura. Tan bella como siempre.

Su lento caminar acrecentaba mi desesperación. Sus deportivas parecían retroceder cada vez que avanzaban. Me vi obligado a recortar distancias. Paré a un metro de ella. Noté que me derretía por dentro y mi coraza empezaba a fundirse. Sus ojos decían «Te quiero». Los míos… No hay suficientes palabras.

 Una fría voz emergió de su boca mientras me saludaba estática sobre la baldosa del suelo. Le devolví un saludo recién salido del iglú en el que acababa de esconderme.

─¿No te has puesto la corbata?

─No. Me trae malos recuerdos.

Insistí en sentarme en uno de los bancos de forja que había junto al seto. No pareció hacerle gracia, pero accedió. Tres metros eternos. Me senté recostado, cruzando las piernas y con la mirada esquiva, intentando mostrar con ello mi total falta de interés por aquel encuentro.

 ─Quiero pedirte perdón, por dejarte plantado en Florencia, sin darte explicación alguna. Perdóname, por no dar la cara, por decidir que no quería verte y por pedirte, sin más, el divorcio ─paró un instante, respiró hondo y prosiguió─. Sé que no puedo reparar el daño que te he causado, pero estoy aquí para darte explicaciones. Deseo que seas feliz, que vuelvas a crear historias, que inventes nuevos personajes y que encuentres el Amor.

Sus ojos llorosos me derrotaron. A duras penas podía contenerme. Quise preguntarle cómo estaba, si tenía pareja o quizás algún hijo. No fui capaz. Mi orgullo me lo impedía.

 ─Tranquila, estás perdonada. No te guardo rencor. Tengo en mente miles de historias. No quiero tus explicaciones. Gracias de todos modos.

Me levanté al instante y mis pies se apresuraron en salir escopetados de allí.

Al día siguiente, bajé a Recepción y pedí la cuenta. No había desayunado. Tampoco cené la noche anterior.

─¿Pero…? ¡No puede dejarnos tan pronto! Su cuenta está pagada durante siete días ─me aclaró cortésmente aquel joven.

─Lo siento, otra vez será. El trabajo, ya se sabe.

─En ese caso, permítame que le entregue un obsequio del Hotel. Vuelva a visitarnos pronto.

Recibí la caja y me fui pensando, por un lado, cómo agradecer a mi editor que hubiese pagado la cuenta y, por otro, cómo explicarle porqué me había marchado tan rápido.

 Sentado en el coche, un rugido de intestinos me recordó que debía comer algo. Observé la caja. Seguro que eran caramelos o bombones. Cuando la abrí comprobé complacido que era un surtido de bombones envueltos en papel con el logotipo de la cadena hotelera. Una tarjeta de cortesía estaba pegada en la solapa. La directora, Laura Vallés, me deseaba un buen viaje. ¿Laura? ¡Menuda encerrona de mi editor! Le iba a cantar las cuarenta a mi regreso.

Una furgoneta del Hotel paró justo enfrente de la puerta principal. Me obstaculizaba el paso. Preferí esperar a que se fuera. La rabia acampaba a sus anchas  por mi cuerpo. Vi bajar a alguien, supuestamente un empleado, y abrió la puerta trasera del vehículo. Traía un inválido. La espalda de una mujer de media melena asomaba en la silla de ruedas. En una maniobra de la silla, comprobé que no tenía piernas. Al girar la cabeza para hablar con su acompañante, contemplé perplejo que era Laura. Entró en el Hotel por sí misma, por una puerta separada de la principal.  

 Yo, decidí salir en busca de la verdad.

 ─Perdone, ¿Puedo hablar con la directora del hotel?

─¡Claro! Un momento. Preguntaré si puede atenderle.

─Acláreme algo antes, por favor. Me ha parecido verla entrar en una silla de ruedas. ¿Es posible?

─Sí Señor. La señorita Laura perdió sus piernas en un accidente de tráfico, hace dos años, pero se maneja muy bien con las piernas ortopédicas.

─¿En Florencia?

─¿Cómo dice?

─Sí ─respondió Laura, que apareció de la nada.

Me acerqué corriendo hacia ella y la abracé con la fragilidad que se toca una pieza de cristal tallado. Le di mil besos. No podía contenerme. Ella respondió del mismo modo. Y allí, ambos de pie, yo sobre mis piernas originales y ella sobre sus segundas piernas, nos confesamos aquel amor traicionado por la tragedia y reforzado por el recuerdo.

 ¿Cary Grant y Deborah Kerr? No. Nuestro final feliz no era una película.