martes, 13 de julio de 2010

El estrangulamiento

Intentó con todas sus fuerzas quitar aquellas manos ásperas de su cuello. Sentía que se le escapaba el aire. No podía ver su rostro, estaba detrás de ella. ¿Nadie iría a ayudarla?

           Recordó una película en la que raptaban a unas chicas jóvenes para venderlas al mejor postor. ¡No podía ser cierto!

           La sensación de asfixia la devolvió a la cruda realidad. No querían venderla, querían matarla. Haciendo uso de sus últimas reservas de energía, comenzó a pegar codazos en el cuerpo de su agresor. Empleó sus piernas, pegó patadas como pudo. Clavó los tacones en sus zapatos. ¿Por qué a ella? ¿Alguien podía explicárselo?

           Sintió que sus fuerzas mermaban y, como una marioneta de tela, quedó inmóvil, a la espera del fatal desenlace. Notó como su circulación sanguínea se ralentizaba.

           María entró en la habitación de su hija, abrió la luz y vio que tenía tapada hasta la cabeza. Le dijo que tenía que levantarse para ir a la universidad. Pegó un tirón de la colcha para destaparla. Vio que estaba toda morada. Un grito de horror inundó la habitación. Tocó su rostro frío. Corrió al teléfono para llamar a su marido.

           Con el alma en un puño, regresó al dormitorio de su hija mientras llegaba su marido. La encontró plácidamente desperezándose. Se levantó, le dio un beso y se fue al servicio. María, desencajada, no comprendía qué había pasado. Hubiera jurado que estaba muerta y ahora la veía fresca como una rosa.

           Llegó su marido y las encontró: una, muerta por asfixia de colcha, en su cama; la otra, muerta por infarto, en el suelo.













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