lunes, 18 de julio de 2011

Construyendo castillos de naipes

Perseguidas. Capítulo 4


Delicadamente depositaba una tira junto a la otra, hinchado de gozo imaginando cuál sería la reacción de Alberto. Poco a poco, aquellas tiras de piel arrancada pegadas minuciosamente sobre aquel pergamino, adoptaban forma dentro de aquel galimatías. Se regocijaba  mirando aquel mensaje, la estocada que acabaría con la vida del causante de su desdicha.

            Alan tuvo que soportar  durante años su arrogante desprecio en aquel piso compartido de la zona universitaria. Tantas noches de vigilia provocadas por sus innumerables juergas de alcoba le habían provocado trastornos de sueño que aún no había sido capaz de superar.  El eco de aquellas risas y sonidos escandalosos le perseguía cada noche, recordándole lo pusilánime que se sentía cada día frente al todopoderoso Alberto. Tampoco olvidaría nunca que en su último año de carrera, casi tuvo una aventura amorosa con la recepcionista de secretaría, pero ésta fue truncada por la vil acción de Alberto, que vistos los ojitos de borrego que ponía Alan, le robó la chica de un plumazo y luego le restregó su fechoría por las narices. Atrás quedó todo aquello cuando conoció a Lourdes, la mujer por la que finalmente perdería la cabeza. Él le prometió amor eterno y le pidió que se casase con él; y ella, con aquella sonrisa encantadora que le embaucó desde el primer día, aceptó la proposición. Todos decían que hacían muy buena pareja, Acababan de fijar la fecha de su boda el día en que, casualmente, encontraron a Alberto en un supermercado y tuvo que presentarle a su prometida.  Tres días después, Lourdes fallecía en un accidente de tráfico. La noticia del periódico rezaba que un borracho se había estrellado contra el vehículo en el que se encontraba Lourdes y ésta había fallecido en el acto aunque, felizmente, su acompañante había salido ileso en aquel accidente. La noticia impactó a Alán hasta tal extremo que no pudo reaccionar en aquel momento.  En el funeral de Lourdes todos sus amigos rehuían su mirada, culpables de una culpa impropia, deseosos de pasar cuanto antes aquel mal trago. No tardó en enterarse de quién era ese acompañante misterioso de Lourdes. Se trataba de Alberto.

            Pasó mucho tiempo desde entonces, un tiempo en el que pudo elaborar su plan con plena serenidad. Debía vengarse con elegancia, en fin, hacer las cosas bien.

            ¡Resultó tan fácil engañar a la ingenua Berta! Lo de su amiga Tere, fue coser y cantar. Chica joven, sola, independiente y sin novio.  Sólo debía hacerse notar un poco para captar su atención y embaucarla con su saber hacer de hombre entrado en años bien conservado. Aquella parte le resultó muy sencilla. A través de Tere podría torturar psicológicamente a Berta e, indirectamente a Alberto. Imaginar sufriendo a ese mamón, era algo que sólo podía comparar con el éxtasis del orgasmo.

            La cándida Berta cayó en su telaraña sin darse cuenta y un lazo de marcada amistad comenzaba a vislumbrarse en el horizonte.

           Tras revelar su historia y sus temores a Alan, Berta decidió que debía ir a visitar a su padre al hospital. Ahora se sentía relajada y cargada de energía positiva. Necesitaba verle, saber cómo se encontraba, contarle lo sucedido y escuchar su opinión antes de acudir a la policía. Su madre se había quedado sin batería y Carla, la esposa de su padre, no contestaba sus llamadas. Cuando llegó, le indicaron dónde debía dirigirse. Un pálpito acudió a su pecho, temiendo la peor de las noticias. Sus piernas se negaban a correr con la rapidez que ella les exigía, pero finalmente logró llegar a la unidad de cuidados intensivos. Encontró a su madre y a Carla conversando en el pasillo. El pasillo parecía gris, sombrío y frío, y notó un escalofrío cuando se acercó a ellas.

            ─¿Cómo está? ¿Qué dicen los médicos? ¿Puedo verle?

            Las palabras se agolpaban en su garganta pidiendo paso, alborotadas, sin descanso.

            Su madre la abrazó y le dio un beso en la mejilla para tranquilizarla.

            ─Aún no sabemos nada, Berta. Cuando hemos llegado, estaba en la habitación, sedado. Todo parecía ir bien. El médico nos había informado que había sufrido un fallo cardíaco, seguramente debido al exceso de trabajo, los nervios, la falta de sueño y otra serie de factores. Despertó y llegó a estar consciente un instante, pero no pudo pronunciar ni una palabra.  Le dije que estabas a punto de llegar, pero… sufrió un infarto, esta vez más grave ─bajó el volumen de su voz, hasta convertirla en un susurro y siguiendo con sus dedos las lágrimas que caían rodando por las mejillas de Berta, continuó─  Tranquila, papá, va a superarlo.

            Carla, esperaba con las palmas de las manos apoyadas en el quicio de la ventana, con la angustia contenida, enmudecida por el miedo a perderle.

            Berta se acercó a mirar por la pequeña ventana que les permitía saber que seguía con vida. La visión de ese cuerpo  necesitado de cuidados la dejó destrozada.

            A pocos kilómetros de allí, Alan colgaba el teléfono tras informarse del estado de Alberto a través de un contacto suyo del hospital. Quería que sufriese al límite, pero debía aguantar vivo, al menos, hasta que él pudiese servirle el plato fuerte que le tenía guardado. No le importaba que conociese su identidad tras haber leído aquel mensaje amenazando de muerte a su hija, un mensaje dirigido a la niña de sus ojos, un mensaje que él sabía que Alberto terminaría leyendo. Jamás podría encontrarle, había cambiado sus apellidos hacía años y su nombre no tenía nada de particular. Seguramente, las imágenes de Tere maniatada y colgada de aquella viga con un charco de sangre en el suelo,  podían llevarle a pensar que eran de Berta, dado su gran parecido físico. Un pelo bien revuelto sobre la cara ocultaba la falsedad de la escena, una escena que parecería tan creíble que provocaría un fallo cardíaco en el sensible corazón de aquel hijo de puta que impidió que él fuese feliz. Si no era demasiado tonto, acabaría descubriendo que Alan era el emisario. Todas y cada una de las frases de los mensajes, fueron frases que él mismo le había dicho a Alan en algún momento de su vida estudiantil. Pero, si aún no lo captaba, seguro que acabaría haciéndolo. Su amiga Francis, ATS del hospital, a la que llamó diciéndole que estaba preocupado por Berta, le dijo que Alberto estaba sedado y no había hablado aún con ningún familiar. Estaba en la UCI, alejado de todos, como mera precaución, pero seguramente saldría de allí antes de una semana. Esperaba con ansia ese momento, cuando le contase a la policía el acoso al que su hija estaba sometida y su suposición sobre quién era el sospechoso. Seguramente rastrearían los mensajes recibidos y al fin encontrarían al pobre emisor de los mismos, otro desgraciado que también le había hecho la vida imposible durante su infancia. Sería bonito cargarle las culpas a otro y, una vez estuviese todo calmado, dar la estocada final. Lo de la desaparición de Tere, sería más complicado de explicar, pero Alan estaba seguro de que podría convencer a cualquiera de su historia de amor con ella, de hecho había engañado a su mejor amiga; e incluso lograría hacer creer a todos que ella iba a pasar un tiempo con sus padres en Ceuta. La mantendría con vida mientras le fuese útil, luego ya pensaría qué hacer con su cuerpo. Alberto no sabía que su hija estaba trabajando con su enemigo.




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