jueves, 26 de enero de 2012

Súplica de medianoche

Era noche cerrada y la lluvia caía feroz sobre su piel desnuda. Desconocía cómo había llegado hasta allí y había terminado en esas condiciones.

           Únicamente recordaba que había salido de casa después de la cena, para ir a la farmacia de guardia más cercana y comprar el antitérmico para su hija. También, que suplicó al cielo no tener que pasar otra noche en Urgencias por culpa de la dichosa fiebre de la niña, cualquier cosa, menos eso.  Su mujer, Marga, se había quedado con la criatura. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde entonces? ¿Estarían bien? Ni siquiera le habían dejado el reloj. Estaba claro que alguien le había agredido y le había robado el vehículo, la ropa y todas sus pertenencias.

           Sentía un agudo hinchazón en su labio inferior, rastro de magulladuras por todo el cuerpo y el sabor férreo de un fino hilo de sangre que caía desde la nariz y alcanzaba sus papilas gustativas. Tenía frío, estaba mojado y  no sabía dónde se encontraba. ¿Por qué no podía recordar nada? ¿Por qué narices le habían quitado también la ropa? ¡Si sólo era un chándal, Dios!

           Unas luces en la lejanía y el sonido de coches circulando a toda velocidad, le  alertaron de la existencia de una carretera a la que podía intentar llegar. Completamente desnudo no, no podía ir así. Buscó por los alrededores, esperando encontrar algún plástico o algún cartón que pudiera servirle como vestimenta.  ¿Qué posibilidades había de que alguien parase su vehículo para ofrecerle ayuda? Quizás nadie parase y tuviese que caminar hasta la ciudad más próxima, una vez allí se dirigiría a la Policía Local para explicar su circunstancia y presentar la correspondiente denuncia. Con un poco de suerte, Marga acudiría pronto en su ayuda y todo habría finalizado. ¡Allí estaba! Encontró un periódico grasiento, seguramente antiguo envoltorio de algún bocadillo. Las hojas apelmazadas, por la combinación de la grasa y el agua de lluvia, le sirvieron  de faldilla protectora y le devolvieron un poco de dignidad. No era mucho, pero era más que nada.

           Alcanzó la carretera. Muchos coches pasaron de largo sin reparar en su presencia, otros le pitaron enfurecidos esquivándolo  para no atropellarle. Bajo aquella lluvia incesante, ninguno parecía tener la más mínima intención de parar.  Caminando, acudió a su mente la súplica que le hizo a Dios aquella noche, ahora casi hubiese preferido pasarla en Urgencias. Debió llevar a su hija directamente allí, en vez de ir a la búsqueda de un medicamento que seguramente no serviría para bajarle la elevada temperatura que tenía. Realmente, lo único que pensó fue en el fastidio que le supondría pasar varias horas en el hospital y perderse el partido de fútbol. Se sentía profundamente arrepentido por haber deseado aquello. Renovó su súplica, esta vez en favor de su hija, deseando con toda su alma que la fiebre hubiese remitido. Cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, su mujer le miraba sonriente con la niña durmiendo en sus brazos.

           Estaban en Urgencias, la fiebre había cesado y él se había quedado dormido en la sala de espera. El partido hacía un par de horas que había terminado y nadie supo darle el resultado.         

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