Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (4)

Llegamos los cuatro, cada pareja con su carro de limpieza. A Rafa le pareció una sala majestuosa. ¡Cómo se notaba que no había visto la de la primera planta! Lo limpiamos todo: los cuadros, los sillones, la pasarela, las papeleras, las mesitas, los focos de luz, la moqueta, las cortinas… En una hora estaba todo reluciente. Rafa no pudo reprimirse.

           ─Fedra, da unos pasitos por la pasarela para que te veamos los tres, así nos imaginaremos que somos gente importante que va a comprar una de las colecciones de otoño. Viendo a una chica bella como tú desfilar, será fácil imaginarlo.

           No se lo pensó dos veces. Fue al principio y se acercó hasta nosotros con paso estudiado y decidido, haciendo pequeñas paradas con pose y mostrando la mejor de sus sonrisas. La verdad, si no hubiese sido por el uniforme, cualquiera la hubiese confundido con una modelo profesional. Su figura estilizada y su belleza natural hacían que pareciese un ángel flotando entre las nubes.

           Una voz desde la puerta hizo que los cuatro aterrizásemos de aquel sueño. Era el señor Paolo. Nos dijo que no había tiempo para chácharas y que debíamos terminar nuestro trabajo. El sentimiento de culpabilidad se apoderó de los cuatro y terminamos nuestro turno de tarde en silencio. No sabíamos si aquello tendría consecuencias. En tres años, era la primera vez que un dueño de la empresa nos dirigía la palabra, y encima era para reprendernos.

           Ya en casa, Fedra estaba viendo un programa en la televisión y me llamó para verlo. Allí estaban Paolo y Giovanni dando unas pequeñas pistas de lo que iban a ser sus colecciones de otoño. Sacaron imágenes de antiguos pases de moda de sus colecciones. Modelos famosas lucían con garbo sus colecciones. Al final de los pases, ambos ofrecían su brazo a la modelo estrella y desfilaban orgullosos ante el público.

           ─Marina, por un momento, me he sentido como esas chicas. No sé qué me ha pasado, no sé por qué lo he hecho. Lo siento. Debí haberlo pensado un poco. Sentí una fuerza interior que me empujaba a hacerlo.

           ─Fedra, yo sí sé qué te ha pasado. El piropo de Rafa te ha dejado sin aliento y has querido demostrarle que podías hacer un pase. En cuanto al señor Paolo, no te preocupes, no creo que haya sido nada importante para él.

           ─He sido un poco insensata, procuraré poner los pies en el suelo y no comportarme como una quinceañera. El trabajo es lo primero.

           ─En eso te equivocas Fedra, tú eres lo primero.

           Coincidimos alguna vez más en el Menfis, no eran habituales de aquel lugar, pero cuando iban, nos acompañaban y desgranaban un poquito más de sus vidas. Nosotras intentábamos corresponderles en la conversación, contando bien poca cosa de nuestra rutinaria existencia. Siempre, por supuesto, ocultando nuestro pasado.

           Un día que llovía a mares, Jorge se ofreció a llevarnos al trabajo por la tarde. Aquella mañana habíamos tenido que coger el autobús y, pese a todo, llegamos empapadas. Me vi obligada a aceptar su invitación y darle nuestra dirección para que pasaran a recogernos. A las tres menos veinte, puntual, Jorge llamó al timbre. Bajamos rápido y nos metimos en su coche. Rafa parecía no encontrarse muy bien, hacía mala cara. Como pudo, aguantó estoicamente las dos horas de trabajo. Regresamos con ellos y al llegar a nuestro portal, Rafa sintió unas tremendas ganas de ir al servicio. Seguía lloviendo a mares. Le dije que podía ir al bar que había al lado de nuestro portal. Fedra, muy indignada, me echó una mirada asesina y los invitó a subir a nuestra casa. ¡No podía creerlo, nuestro santuario iba a ser profanado! Subimos en el ascensor, vivíamos en el séptimo. La cara de Rafa iba poniéndose amarilla y los ruidos de su barriga declaraban que aquello no era una pantomima. Me arrepentí de haberle dicho que podía ir al bar del lado. Sus vómitos llenaron nuestra taza del váter y Jorge, sin conocer nuestra casa, instintivamente, se dirigió a la cocina, salió a la galería y llenó el cubo de fregar con agua y amoniaco. Fue él quien limpió todo el desastre. Fedra y yo esperamos en la salita. Cuando entraron los dos, Rafa hacía mejor cara, aunque parecía que le hubiese pasado un tractor por encima. Fui yo la que le hice la manzanilla. Pasamos un rato agradable charlando los cuatro juntos.

           Al día siguiente, nos invitaron a cenar a su piso. «Sin pretensiones, solo como amigos», dijo Jorge. Fedra aceptó encantada por las dos. En el fondo yo la comprendía, estaba loquita por Rafa. Habría que hacer de tripas corazón y acudir a la cena.

           Compramos una botella de cava, Elisa y Manuel nos habían dicho muchas veces que si te invitan debes llevar algún presente. No se nos ocurrió nada más original. Fedra se puso un vestido de lino que había comprado hacía dos años y aún no había estrenado, los zapatos de tacón y su chal de seda. Yo no sabía ni qué ponerme. Mi armario estaba lleno de vaqueros y camisas, nada digno de una cena con amigos. Fedra entró en mi habitación y me tendió unos pantalones negros de vestir y una blusa blanca de manga japonesa, esa ropa le venía un poco grande y solo se la había puesto un par de veces. Teníamos la misma altura, solo que yo pesaba un poco más que ella. Me puse su ropa y los únicos zapatos con algo de tacón que tenía. Fue Fedra la que me pintó un poco la cara y me hizo el pelo. Ella estaba tremendamente feliz. Yo aguantando el tipo.

           ─Marina, estás preciosa. Mírate en el espejo. Te aseguro que esta noche triunfas. Igual Jorge se enamora de ti y cae rendido a tus pies.

           ─Anda, anda, no digas tonterías. No tengo ganas ni de mirarme. Si tu dices que estoy bien, pues estoy bien. La importante eres tú. No olvides que, si vamos a esta cena, es porque te gusta Rafa.

           ─¿No te gusta un poquito Jorge?

           ─No me enamoro tan fácilmente como tú. Además, no creo que Jorge me mire del mismo modo que te mira Rafa a ti. Solo somos amigos, nada más. Ellos en su casa, y nosotras en la nuestra.

           ─Bueno, eso no será esta noche porque vamos a su casa a cenar ─dijo sonriente.

           Sonó el timbre de la puerta, era Rafa quien venía a buscarnos con el Ford Focus. Seguía lloviendo un poco y no querían que nos mojáramos. Jorge se había quedado preparando su cena especial para la ocasión. Rafa, con su camisa recién planchada, me lanzó cuatro halagos y luego cubrió de piropos a mi hermana.

           No habíamos estado nunca en su casa, pero cuando entramos supimos que aquel piso había sido diseñado por el mismo arquitecto que el nuestro. Presentaba la misma estructura que nuestra casa. ¡No me extraña que Jorge encontrara tan fácilmente nuestra galería!

           Jorge salió a recibirnos con un delantal blanco y un gorro de cocinero que Rafa le había regalado. Llevaba unos vaqueros de marca, un polo y unas deportivas. Nos dijo que había preparado una ensalada templada de queso de cabra y vinagreta de miel como entrante, un pastel de marisco de primero y una merluza rellena de segundo. El postre sería una sorpresa de Rafa. La cena estuvo exquisita, Jorge tenía buena mano para la cocina, no como yo, que únicamente conocía la «cocina de supervivencia». Cuando llegó el postre, Rafa sacó un pastel de cumpleaños con veinte velas. Nos dijo que oyó casualmente, en el departamento de personal, que era el aniversario de Fedra. No lo había dicho, pero seguro que había sobornado a alguien de personal para conocer la fecha de nacimiento de mi hermana. Por si ella no estaba suficientemente conquistada, aquello le robó el sentido.

           ─Rafa, muchísimas gracias. Jamás he sido tan feliz. Marina ni se ha acordado.

           Aquello me sentó como un jarro de agua fría, pero era cierto, ni me había acordado. Recordé que le había comprado una tarjeta de felicitación de las que ponen bromas, pero se me olvidó entregársela aquella mañana. Rafa y Jorge la felicitaron y le dieron dos besos en las mejillas. Fedra reflexionó sobre lo que acababa de decir.

           ─Bueno… no es cierto. He sido muy feliz, gracias a Marina, en infinitas ocasiones. Y siempre se ha acordado de felicitarme, aunque fuese en el último segundo del día ─se quedó mirándome con tristeza anhelando mi perdón, sabiendo que me había hecho daño─. Sé que estabas esperando llegar a casa para darme la felicitación que encontré en el cajón de tu mesita ayer. ¡Dame un beso hermana! Tú nunca te olvidas de mí.

           Nos dimos un inmenso abrazo y un par de besos.

           ─Bueno, brindemos con cava. Para que cumplas muchos más y nosotros lo veamos ─dijo Jorge, levantando su copa.

           Volvimos andando a casa, ellos nos acompañaron con la excusa de bajar la cena paseando. Noté que Fedra y Rafa caminaban más despacio y se iban quedando atrás. Era su cumpleaños, lo tenía perdonado. Jorge, a mi lado, también se dio cuenta del detalle y supuso que querrían estar más distanciados. Me cogió del hombro y aceleró el paso, les dijo que quería enseñarme los peces luminosos del lago del parque y que volveríamos en unos minutos. Rafa le dijo que no tuviese prisa. Fedra sonrió y me dijo que allí estaría esperándome.

           ─Bien Marina, les hemos dejado solos. Me parece que lo necesitan. ¿No crees?

           ─Supongo que sí. ─Sin darme cuenta, deje escapar mis pensamientos─. Pero me da miedo, Fedra es muy joven y no sabe nada de la vida, nunca ha salido con nadie.

           ─Pues algún día tendrá que ser el primero. De la vida no te preocupes, no hay por qué saberlo todo. Se va aprendiendo poco a poco.

           Seguía sin soltarme el hombro, pero sus pasos eran más pausados. Sentí una sensación extraña que no acertaba a describir. ¿Me sentía protegida o sentía algo por él? Al ver que yo estaba callada, intervino él.

           ─Marina… tú también eres muy bella. ¡Ojalá lograra verte sonreir! Me gustaría romper esa coraza bajo la que te ocultas y verte tal como eres. Si me dejas, lo intentaré ─acarició con su mano un rizo de mi pelo─. Me gustas Marina, desde el primer día que te vi.

           ─…

           ─No tienes por qué decir nada ahora.

           Llegamos al lago y nos sentamos en un banco. Al soltar mi hombro, me sentí como si me hubieran quitado una losa de encima, la idea de que Jorge tuviese esperanzas conmigo me torturaba. Era la primera vez que estaba con alguien que no iba a pagar a mi padre por gozar de mi compañía y aquello no parecía tener cabida en mi cabeza. Elisa y Manuel me animaron a salir con gente de mi edad pero nunca lo hice, sentía que debía proteger a Fedra, nunca quise dejarla sola.

           ─¿Puedo preguntarte algo Marina?

           ─Supongo que sí, aunque no sé si sabré responder.

           ─¿Desconfías de Rafa?

           ─Aún no sé qué opinar, solo hace un par de meses que os conocemos. A primera vista diría que es un buen chico, pero no pondría la mano en el fuego. Ahora bien, por ti tampoco.

           ─Es un buen chico, te lo aseguró. Hemos pasado muchas cosas juntos en estos años y no le he visto nunca mirar a una chica como mira a tu hermana. Está loco por ella, me lo ha confesado. Con el tiempo descubrirás que yo también soy una buena persona.

          ─Fedra solo tiene diecinueve años, bueno veinte. Él tiene veinticinco y seguro que ha tenido ya un montón de experiencias con chicas. No quiero que le haga daño, ella no se lo merece.

           »Comprendo que es muy guapa y cualquier chico puede enamorarse fácilmente de ella. Pero es muy sensible, es como una pieza de porcelana china que un triste roce puede romper en mil pedazos. Necesita alguien fuerte a su lado que la quiera sobre todas las cosas, que la convierta en el sol de su universo. Ella aún me necesita.

           Cuando terminé de decir aquello, sin poder evitarlo, los ojos se me llenaron de lágrimas. Recordé que no lloraba desde mis catorce años, habían pasado diez. Jorge no dijo nada, me dejo llorar en silencio y volvió a cogerme del hombro. Apoyó su cabeza en la mía, siguió sin decir nada. Estuvimos así más de veinte minutos. Me tranquilicé, respiré hondo y le miré a los ojos.

           ─Hace mucho tiempo que no lloraba, no sé por qué lo he hecho ahora, pero lo necesitaba. Gracias por tu silencio.

           Nos levantamos y regresamos paseando y hablando de las estrellas que podían verse en la noche. Supongo que Jorge comprendió que lo que yo necesitaba en aquel momento no era una relación, pero tampoco creo que supiera qué me hacía falta. Era yo quien debía luchar contra mi misma y quien debía romper la coraza bajo la que me escondía. Si no lo conseguía, nunca podría sentir amor por un hombre.

           Fedra y Rafa hablaban mirándose acaramelados, sentados en un banco. Desde lejos, no eran más que una pareja de enamorados. Cuando llegamos, se levantaron y continuamos hacia casa. Ellos detrás de nosotros, ajenos a nuestra conversación. Por supuesto, no invitamos a los chicos a subir para tomar la última copa.

           Los días pasaron rápido, las colecciones de Paolo&Giovanni se habían vendido satisfactoriamente. La firma se dedicaba exclusivamente a ropa femenina. La Mujer era la musa que inspiraba sus creaciones. Los grandes pases de la primera planta fueron para la prensa y los fotógrafos. Aquella temporada todo el mundo en la empresa se encontraba desbordado de felicidad. Nosotros cuatro continuábamos a lo nuestro. De vez en cuando, veíamos al señor Paolo o al señor Giovanni pasar por el pasillo acompañado de alguna joven modelo. Eran los primeros en llegar a la empresa por la mañana y los primeros en llegar a la empresa por la tarde.

           Una mañana, cuando entramos Fedra y yo a limpiar el despacho del señor Paolo, lo encontramos con el ceño fruncido mirando uno de sus vestidos. Le pedimos disculpas y nos retiramos. Asomó la cabeza por la puerta y nos llamó por nuestro nombre. ¡Casi se me para el corazón de la impresión!

           ─Fedra, Marina, esperen un momento por favor.

           ─Usted dirá, señor Paolo ─le dije, aún aturdida al ver que sabía nuestros nombres.

           Pensé que nos iba a pedir una limpieza especial de alguna zona concreta de su despacho.

           ─¿Les importaría hacerme un favor?

           ─…

           ─Hace meses la vi a usted desfilando por la pasarela de esta planta y, la verdad, lo hacía bastante bien. Necesito ver el efecto de mi vestido en la pasarela, pero la modelo que debía venir ahora a hacer la prueba, acaba de llamar desde el hospital porque se ha roto la tibia y el peroné.

           Se quedó un par de segundos mirando la reacción de extrañeza visible en la cara de mi hermana y prosiguió.

           ─No se preocupe, no la voy a hacer desfilar delante de nadie. Solo estaremos presentes su hermana y yo. Dejaré que su hermana también esté para que usted se sienta más tranquila. ¡No se vaya a creer que pretendo nada! Necesito que haga un pase con este vestido para que yo vea el efecto, por si tengo que cambiar alguna cosa antes del pase de las diez. Mi problema es que ahora son las siete de la mañana y no tengo tiempo de avisar a otra modelo y además hacer retoques. Por supuesto, tendrá una gratificación en la nómina. ¿Le parece bien, Fedra?

           ─Sí, señor Paolo ─contestó Fedra, con cara de sorpresa.

           ─¿Qué pié calza, un treinta y siete?

           ─Sí.

           ─Bien, tome los zapatos y el vestido. Cámbiese en mi servicio. Si necesita que su hermana le ayude, la llama.

           Salió esplendida con aquel vestido y aquellos zapatos, como si hubiesen sido hechos para ella. El jefe le pidió permiso y le quitó la pinza que sujetaba su moño. Los rizos del pelo castaño de mi hermana cayeron sobre sus hombros descubiertos. Fuimos a la pasarela de nuestra planta, la acompañó hasta el principio y le pidió que avanzara hasta el final caminando igual que lo hizo aquella vez.

           Llevaba un vestido de fiesta de un tejido suave al tacto. Un «palabra de honor» ceñido al cuerpo que caía vaporoso hasta los pies. Su imagen me sugería la de una princesa de cuento de hadas. Tras verla, optó por variar el largo de las distintas capas de la falda. Llamó a alguien de la planta de confección e inmediatamente nos vimos rodeados por tres empleados más que anotaban minuciosamente las instrucciones del señor Paolo.

           Mi hermana no podía decir una palabra, yo ni media. Cuando salieron aquellas personas de la sala, el señor Paolo agradeció a mi hermana el favor que le había hecho probándose el vestido y ahí terminó su momento de grandeza.

           Ya en el Menfis, Marina y yo charlábamos sobre el curioso acontecer de aquel día. Ramiro nos trajo el café y, como buen cotilla, se enteró de lo que decíamos.

           ─¿No me digas que vas a ser modelo Fedra?

           ─…

           ─Di que sí muchacha, que tienes una cara y un cuerpo que quitan el hipo.

           ─No seas adulador Ramiro, solo ha sido una prueba de un vestido. Además… no sé por qué te cuento nada ¡Metete en tus cosas, anda! ─le dijo Fedra.

           Quince minutos después llegaron Jorge y Rafa. No habían sido vistos en ningún momento, pero escudriñaron todo lo ocurrido desde algún lugar de la sala, así que aquel día estaban dispuestos a tomar café con nosotras y enterarse de todos los detalles.

           ─¿No me digas que vas a ser modelo Fedra?

           ─¿Tú también, Jorge?

           ─¿Cómo?

           ─Ramiro me acaba de hacer la misma pregunta. ¡Solo me he probado un vestido!

           ─No nos digas mentiras Fedra, Jorge y yo te hemos visto desfilar por la pasarela para el señor Paolo. Eso no es solo probarse un vestido. ¿No nos vas a contar los detalles? ─preguntó Rafa picaronamente.

           ─No la pongas de los nervios, ya está bastante nerviosa ─le recriminé.

          ─Tengo que deciros que por un momento me he sentido como una modelo de verdad, he caminado por la pasarela sin pensar en nada y ha sido una sensación increíble. Me he dejado llevar. Lástima que haya durado sólo media hora.

           ─¿Te gustaría ser modelo? –preguntó Jorge.

           ─Ese es un sueño que yo no puedo alcanzar. De momento, me conformo con trabajar de limpiadora.

           ─Pues le pegas cien vueltas a más de una modelo que yo me sé ─apuntó Rafa.

           Había sido un bonito día y había que celebrarlo, así que, invitamos a los chicos a cenar a casa, sin ninguna pretensión ¡Claro!



Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (3)

De allí nos fuimos al supermercado a comprar las cuatro cosas que hacían falta. Ya en el piso, hice la comida. Comíamos a la una, y, tras comer, descansábamos un poco y nos íbamos al trabajo dando un paseo por el parque. Aquella era nuestra rutina diaria. Cuando terminábamos a las cinco, nos íbamos a ver escaparates. No había nada más en nuestra vida.

           ─¿Por qué le has dicho que tenía mal de amores? A Ramiro no le importa nada lo que me pasa o me deja de pasar. Ahora se creerá que me ha abandonado algún novio. No me gusta estar en boca de nadie, prefiero pasar desapercibida. Si pudiera, me borraría con una goma para que no me viese nadie.

           ─Fedra, ¿sabes qué creo? Que a lo mejor lo que a ti te hace falta es un novio. Solo así olvidarías nuestro pasado y verías que puede haber un futuro feliz esperándote.

           ─¡No lo dirás porque tú entiendas mucho de eso! Que yo sepa, nunca has tenido ningún novio. Nuestro futuro está escrito, estaremos juntas para siempre y no se hable más.

           ─Sí, igual no soy la más indicada para hablar de novios. Pero creo que el amor es algo maravilloso si lo encuentras, tenemos el ejemplo de Elisa y Manuel, y tú eres joven y preciosa, aún puedes encontrarlo.

           ─Marina, tú también eres joven, solo tienes veinticuatro años. También podrías encontrar un buen chico si te lo propusieras, eres muy guapa aunque te empeñes en creer lo contrario por ser pelirroja y pecosa.

           ─Bueno, dejémoslo estar. Estamos navegando por aguas turbulentas.

           Ya casi llegábamos a nuestro portal y habíamos visto los escaparates de moda que habían sido cambiados aquella semana. Nos encantaba ver los cambios de moda en los maniquíes de cada tienda. Supongo que algo tendría que ver nuestro trabajo en Paolo&Giovanni.

           Cuando llegamos a aquella ciudad solo tenía una dirección anotada en una servilleta de papel. Elisa y Manuel nos habían recomendado una pensión de unos amigos suyos. Al día siguiente acudimos a la cita que nos habían concertado con el encargado de la empresa en la que ahora trabajábamos.

           Elisa era una mujer encantadora, y Manuel estaba totalmente enamorado de ella. Verlos a ellos juntos cada día, me ayudó a no enloquecer y confiar en que algún día mi hermana y yo encontraríamos la felicidad. Ellos no conocían nuestra verdadera historia. Sabían poco de mi madre, solo que era cariñosa y un buen día falleció de un ataque al corazón. De mi padre, nunca supieron nada, para ellos solo era un hombre rudo y taciturno con tendencia a darse a la bebida. Cuando oyeron la noticia de su muerte, alguien les dijo que fue apuñalado. Nada se supo de las diligencias abiertas por la policía judicial ni del juzgado que se encargó del caso. Aquel día, en la casa de la montaña, encontraron a nuestro padre muerto en el suelo. A su lado, yacía otro muerto. Entre los dos, una navaja extrañamente igual que la mía, con sangre de ambos en el filo. Los indicios parecían indicar que se habían matado entre sí. Nunca supimos cómo ocurrió aquello, mi hermana y yo huimos de allí despavoridas. Fedra cogió sus prendas e intentó no dejar su rastro en la casa. Yo limpié con un clínex mi navaja y la guardé en un bolsillo de la chaqueta. Pensaba llevarla siempre conmigo pues gracias a ella éramos libres y teníamos un futuro. Volvimos a casa corriendo, exhaustas, deseando eliminar aquel día de nuestras vidas.

           Sabía que al día siguiente alguien llamaría a nuestra casa para comunicarnos la fatídica noticia. Don Leandro, el jefe de policía, fue el encargado de la misión. Su cara de cansancio y la barba sin afeitar le daba un aspecto lamentable, su ropa olía a sudor y alguna gota de sangre en la camisa delataba que aquella no había sido una noche tranquila. Nos anunció la muerte de nuestro padre y nos presentó a la asistenta social que le acompañaba para hablar con nosotras. Sabían que yo era mayor de edad y trabajaba, pero mi hermana tenía catorce años y aquello podía ser un problema. Elisa y Manuel hablaron con ellos y les rogaron que no nos separaran, ofreciéndose a acogernos en su casa. No querían formalidades, solo nuestra compañía. Manifestaron que yo era una joven formal y trabajadora y que yo había sido quien había cuidado de mi hermana desde la muerte de mi madre, pues mi padre era un borracho. A la vista de todo aquello,  don Leandro y la asistenta acordaron encargarse de todo el papeleo pero nos impusieron una pequeña condena que cumplir: vivir allí, al menos, hasta que Fedra cumpliese los dieciséis años y terminase la educación secundaria obligatoria.

           Aunque no formalmente, Elisa y Manuel nos adoptaron. Legalmente, era yo la tutora de mi hermana. Eran una pareja sin hijos. Vivimos con ellos aquellos dos años y puedo decir que, en El Imán, fuimos felices. Pero necesitábamos irnos de allí y ellos lo comprendieron. Nos ofrecieron el visado hacia la libertad que tanto ansiábamos y solo nos pidieron a cambio que les enviásemos noticias sobre nosotras de tanto en tanto.

           Aquella mañana, Fedra parecía más serena, como si quisiese superar la impotencia que le creaban sus miedos.

           ─¿Sabes qué te digo? Que voy a ser fuerte. Tienes razón. Aquel «monstruo» no se merecía el título de padre. He decidido que voy a olvidarlo para siempre.

           ─¡Así me gusta hermanita! Me alegro de ver esa cara sonriente. Anda, vamos a ganarnos el pan.

           Al entrar en los vestuarios para ponernos los uniformes, vimos dos chicos nuevos. Se llamaban Jorge y Rafa. Los habían contratado para limpiar en nuestra misma planta. ¡Por fin se habían dado cuenta que no dábamos abasto! Nos vendría bien un poco de ayuda. El encargado hizo las presentaciones y nos asignó nuestras tareas a cada uno de los cuatro. Estuvimos cada uno a lo suyo, sin cruzar ni una sola palabra entre nosotros. Fedra se ponía los auriculares del walkman para limpiar y se la veía tarareando la música sin prestar atención a nadie, absorta en su trabajo. Rafa, el chico más joven, también llevaba un chisme de esos para oír música y ocupó las tres horas de la mañana limpiando los grandes ventanales que daban a la calle. Jorge, un poco mayor que yo, se ocupaba de los servicios de caballeros. Yo de los de señoras. Era la primera vez que tenía tiempo de fregar con tranquilidad toda aquella infinidad de azulejos y ver mi cara reflejada en ellos. Me sentí satisfecha de mi trabajo.

           Como era el primer día del mes, nos presentamos en la oficina de personal para recoger la nómina del mes anterior. Coincidimos con Jorge y Rafa, que iban a firmar el contrato y presentar algunos papeles. Salieron detrás de nosotras, se despidieron hasta la tarde y desaparecieron de nuestra vista. Quise ver qué opinaba Fedra sobre ellos.

           ─¿Qué te parecen nuestros nuevos compañeros?

           ─Prefiero no opinar de momento. Mientras no me despidan a mí, estupendo.

           ─No te enteras Fedra. ¿No has oído que tienen un contrato de seis meses? Esta temporada los jefazos tienen un montón de reuniones importantes para vender sus colecciones en muchos países. Me lo ha dicho Ramiro, lo oyó comentar a unos clientes el otro día. Por lo visto, van a organizar pequeños pases en la pasarela de nuestra planta para que los invitados distinguidos vean, en exclusiva, los modelos. Por eso, supongo que habrán contratado a Jorge y a Rafa, todo debe estar impecable y saben que nosotras dos no podemos con todo. Es una planta demasiado grande. Tranquila, nuestro contrato es indefinido, no creo que estén pensando en despedirnos y tampoco tienen ninguna queja de nuestro trabajo.

           ─Más vale que sea así.

           Llegamos al Menfis, saludamos a Ramiro, y le indicamos con un gesto que nos llevara el café hasta la mesa del fondo. El Menfis era un café-bar con poca iluminación, quizás por ese motivo nos gustaba tanto. Pasábamos desapercibidas, no éramos vistas ni tampoco veíamos a nadie. Aquel día fue distinto. Justo en la mesa del lado estaban nuestros nuevos compañeros. Deseé que nos tragara la tierra. Nos acababan de robar nuestro pequeño momento de paz.

           El primero en hablar fue Jorge.

           ─¡Vaya que casualidad! ¿Os parece bien que nos sentemos con vosotras a tomar el café?

           No sé para qué hacía la pregunta pues se acercaron sin esperar la respuesta.

           ─Este es el único momento del día que vale la pena para nosotras. No hay nada como tomar un café con tu hermana sin que nadie te moleste ─le solté.

           No parecieron inmutarse ni lo más mínimo y se sentaron a nuestra mesa sin ser invitados.

           ─Rafa y yo no somos hermanos, pero como si lo fuéramos. Coincidimos en un trabajo hace cinco años y, desde entonces, nuestras vidas han caminado juntas. Hemos llegado a esta ciudad gracias a unos amigos que se enteraron de que Paolo&Giovanni necesitaba dos hombres fuertes para el servicio de limpieza. Y aquí estamos. Dentro de seis meses, Dios dirá.

           A primera vista, me pareció que debía tener unos treinta y cinco. Algunas canas asomaban en sus sienes. No sé en qué habría estado trabajando antes, pero desde luego no había trabajado en un servicio de limpieza. Sus manos eran finas, no presentaban callosidades ni asperezas.

           El siguiente en intervenir fue Rafa.

           ─Sí, la verdad es que Jorge es como el hermano mayor que nunca he tenido. Soy hijo único y mis padres murieron en un accidente de tráfico hace seis años. Encontré a Jorge, por casualidad, en mi primer trabajo. Desde entonces no nos hemos separado. ¿Y vosotras? ¿Qué nos podéis contar?

           Por un momento había perdido el hilo de la conversación, me quedé boquiabierta cuando vi a mi hermana mirando embobada a Rafa como una colegiala. Recobré el sentido al notar el silencio y me dispuse a decir alguna mentira improvisada pero Fedra se me adelantó.

           ─Bueno, nosotras sí que somos hermanas de verdad. Nuestros padres también han fallecido y también llegamos aquí gracias a unos amigos. Así que tenemos una historia bastante parecida a la tuya, Rafa.

           Bien, no había dicho ninguna mentira, no había sido necesario. Me sentí en la obligación de decir algo, pues noté que los tres posaban su mirada sobre mí.

           ─Nosotras estamos viviendo aquí desde hace tres años. También empezamos con un contrato de seis meses y… bueno, ya somos fijas. Hoy en día no es garantía de nada pero, al menos, no estás pendiente del día que acaba tu contrato. No salimos mucho por la ciudad, así que no os podemos recomendar ningún lugar en particular. Solo paseamos y disfrutamos de los escaparates de moda que van cambiando según la temporada.

           Me dio la sensación de estar hablando solo para Jorge, pues Rafa y Fedra entrecruzaban miradas que me recordaban a alguna de las películas románticas que habíamos visto en el cine. No sé si fue un flechazo o era la primavera que la sangre altera. Sin razón aparente, me sentí mil años mayor que ella. No sabía si aquello era solo mi imaginación o las chispas de sus miradas habían sido reales. No pude hacer nada por impedirlo.

           Cuando terminamos el café, le dije a Fedra que debíamos irnos, nos quedaban muchas cosas que hacer hasta el turno de la tarde. Nos despedimos amablemente y nos fuimos.

           Al ir a pagar. Ramiro sonrió cariñosamente a Fedra y le dijo:

           ─¿Ves cómo no era para tanto? El chico está loco por ti. No hay más que ver cómo te mira. Y tú, ayer, llorando sin parar. A tu edad, ¡No puedes tener mal de amores mi niña!

           Fedra me lanzó una mirada incisiva y a él le dirigió una sonrisa desganada. Ramiro notó que su comentario no nos había gustado y se fue inmediatamente. Siguió limpiando tazas y cucharillas.

           Si él se había dado cuenta de aquello desde la barra, entonces no era mi imaginación, las chispas de sus miradas habían sido reales. Yo solo quería que Fedra fuese feliz, pero en el fondo, tenía miedo de quedarme sola.

           ─Marina, ¿Tanto se me ha notado que me gusta ese chico? No quiero que se me vea el plumero.

           ─¡Ya estamos con la deformación profesional! ¡Deja el plumero tranquilo! Bueno, la verdad es que Ramiro y yo lo hemos notado. Pero creo que Jorge ni se ha dado cuenta pues intentaba darme conversación. En cuanto a Rafa, no sé si lo ha notado, pero yo diría que también le gustas.

           Aquella tarde nos dirigimos apresuradas hacia el trabajo por la acera exterior del parque, nos habíamos retrasado un poco porque Fedra quiso arreglarse el pelo y empolvarse la cara. Al paso que íbamos, aquel iba a ser el primer día que llegásemos tarde y, encima, por allí no pasaba el autobús. Creí que acabaríamos teniendo que echar una carrera. Un Ford Focus paró junto a nosotras. Jorge asomó su cabeza por la ventanilla y nos preguntó si queríamos ir con ellos al trabajo para que no llegásemos tarde. Sin pensarlo dos veces, dijimos que sí.

           Nos contaron que tenían un piso en la Avenida de Menéndez Pelayo, una avenida paralela a la calle donde nosotras vivíamos. Tras indicarnos que Rafa tenía veinticinco años y él tenía treinta y dos, mi hermana tardó dos segundos en decirles que ella tenía diecinueve y yo veinticuatro. Si hubiera podido, me la habría comido. ¿Qué les importaba a ellos nuestra edad? ¿Y qué nos importaba a nosotros la suya?

           En fin, no pude exteriorizar mi rabia contenida, nos plantamos en el parking de la empresa en tan solo cinco minutos. Al menos, no habíamos llegado tarde. Al entrar, el encargado nos dijo que fuésemos muy meticulosos en nuestro trabajo porque todas las tardes de ese mes iban a hacerse pases privados en nuestra planta. Aquella sala iba a ser nuestra primera obligación del turno de las tardes.

Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (2)

Mi patética historia no mejoró después de aquello. Aquel rufián lo comentó a los amigos de mi padre y no tardé mucho en conocerlos a todos. A cual más baboso y asqueroso: uno con nariz aguileña, otro con orejas de soplillo, el mastodonte que me desvirgó, otro que cada vez que me agarraba del brazo me dejaba la marca de sus dedos durante una semana, y tres o cuatro más que prefiero no recordar. Todos ellos con la lascivia escrita en su mirada, hombres aparentemente honrados, con hijos y familia respetable. A mi padre le pagaban por mis servicios y a mí me daban una propina de diez euros. Supongo que una puta, amante de su trabajo, no siente lo que yo sentía cada vez que alguno de ellos me tocaba. Nunca cogí la propina que me dejaban en la mesilla de noche, pero mi padre no la dejaba allí. Cuando quería, me agarraba del brazo, me ponía en el coche y me llevaba a la casa de la montaña, su amenaza, la de siempre, mataría a mi hermana si yo decía algo a alguien. La única vez que abrí la boca para quejarme ante él, me tuvieron que dar dos puntos en la mejilla y me rompió dos costillas (por supuesto, alegó que me había caído con la bicicleta). En aquella casa organizaba las partidas con sus amigos y malvendía mi adolescencia. Cuando regresábamos, me lavaba y a dormir. Fedra iba creciendo sin saber nada.

           Terminé los estudios y, con mi título bajo el brazo, fui a buscar trabajo al Restaurante El Imán, el que estaba en la carretera, dos calles más arriba. Elisa y Manuel eran los dueños del negocio. Les pregunté si el nombre del restaurante reflejaba su deseo de atraer a la gente, pero ellos se rieron y me explicaron que el origen del nombre del restaurante estaba en las tres primeras letras de sus dos nombres (Eli-sa y Man-uel). Sabían que mi madre había fallecido siendo yo muy niña y también que tenía una hermana cinco años menor, en un pueblo esas cosas se saben. De mi padre sabían bien poco, solo que nunca estaba en casa, creían que tenía un trabajo muy duro. La verdad, es que yo nunca descubrí en qué trabajaba, si es que lo hacía. Tras discutirlo entre ellos y sin necesitarme realmente, decidieron que me cogerían a prueba como aprendiz de cocina, era un modo de evitar que pisara esas terribles calles y solo me tendrían allí el horario que mi hermana estuviese en el colegio. El sueldo iba a ser muy pobre, pero más valía eso que nada. ¡Para evitar que pisara esas terribles calles! ¡Si ellos hubiesen sabido mi cruda realidad! Mi padre dio su consentimiento y firmó el contrato. En principio iba a ser para seis meses, luego ya se vería. Resultó que trabajé allí hasta mis veintiún años, cuando Fedra terminó de estudiar y obtuvimos el pasaporte hacia nuestra libertad.

           Ensimismada en mis pensamientos iba, cuando las palabras de Fedra irrumpieron mi letargo andante.

           ─¿Has oído alguna vez el eco de unas palabras retronando en tu mente? ─prosiguió sin esperar que le contestara─. Esta mañana me he levantado con la sensación de haber estado toda la noche oyendo las últimas palabras que dijo nuestro padre antes de su muerte, como si me hablase desde la ultratumba ─dijo con la voz quebrada y rota de dolor.

           ─¡Imaginación al poder! Chica, cualquiera que te oiga creerá que estás chalada ─respondí.

           ─No te lo tomes a broma Marina, no he podido pegar ojo. ─Se puso a buscar un paquete de pañuelos en su bolso y se enjugó una lágrima que corría por su rostro─. Cada vez que pienso en sus palabras, los pelos se me ponen de punta.

           ─Tonta, aquello eran los desvaríos de un moribundo. No debes dejar que eso te atormente. Ahora ya no está aquí para martirizarnos. ¡Déjalo ya!

           ─Dijo que le habíamos matado, él lo sabía.

           ─¿Y qué piensas que va a hacer, venir a castigarnos? ¡No seas tan inocente! ─Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y acaricié la navaja con la que apuñalé nuestro padre por la espalda─. Estamos mejor sin él.

           ─Cada día me levanto pensando que todos me miran, como si supiesen lo que pasó. Me siento señalada y acusada.

           ─Cambia el chip, ahora somos libres, no tenemos a un chulo por padre.

           Tras nuestro fichaje en la entrada, pasamos al vestuario y nos enfundamos el uniforme, cogimos el carro de la limpieza y empezamos la rutina diaria. Nuestra planta era la de los jefazos: tres despachos con servicio propio, una sala de conferencias, una sala con pasarela incluida, cuatro servicios, dos de señoras y dos de caballeros, y una pequeña salita de café. Los cristales de las ventanas y los servicios debían estar relucientes en todo momento. Así que las tres horas matinales nos venían justas para poder acabar si quiera con las ventanas. Cuando el reloj marcaba las nueve, ya estábamos en el sótano quitándonos el uniforme. De allí, nos íbamos al Menfis, un pequeño antro que estaba a un tiro de piedra de las oficinas, para tomar un café. Conocíamos al camarero y a un par de clientes que también acudían a esas horas a desayunar, pero intentábamos hablar lo menos posible con nadie. Nuestra vida social se reducía a cero.

           Fedra seguía angustiada, se le notaba en la cara. Realmente había pasado una mala noche. Yo era su pañuelo de lágrimas, mis circunstancias me obligaron a ser fuerte ante las inclemencias mundanas, pero ella era frágil como la porcelana y no podía olvidar todo lo que habíamos pasado.

           ─¿Recuerdas cuando cumplí los catorce años? Cuando me contaste las historias en las que te había metido él. En el fondo, quise creer que no eran ciertas. Creí que me mentías por algún motivo, quizás para hacerme más fuerte.

           ─Deja de pensar en eso Fedra. Aquello ya es historia. Yo ya lo tengo olvidado.

           Sabía que no podría parar de hablar. Fedra necesitaba desahogarse. No me quedaba más remedio que oírla. Al menos, estábamos en la mesa del fondo del café y nadie podía oírnos.

           ─Pero… Cuando me dijo que ya había llegado mi hora, el mundo me cayó encima. Me dijo que aquella noche alguien especial me esperaba en la casa de la montaña. Esa noche, tú descansarías. Dijo que mi belleza no podía desperdiciarse con sus amigos, mi primera noche la había vendido a alguien con mucho dinero.
           »Te vi callada, con un brillo especial en los ojos. Te odié por no defenderme allí mismo, por no pegarle un garrotazo. Me agarró del brazo y me condujo a su camioneta. Tú contemplabas la escena desde la ventana, con un rostro inexpresivo y una mirada ausente. En ese momento me sentí como un cordero que llevan al matadero y presiente cuál será su final.
           »Llegamos a la casa de la montaña. Aquella casa maloliente y llena de mugre atrajo a mi mente la imagen bella de una niñez feliz con nuestra madre. Aquel día él tenía la voz ronca, carraspeaba continuamente, llegué a pensar que se sentía incómodo haciendo aquello. ¡Qué ilusa! Me obligó a ponerme una ropa sofisticada que había comprado para la ocasión y pidió que me quedara esperando en la cama. Le vi sentarse en la mecedora rota que había frente a la ventana. Me dijo que iba a recibir a su invitado y le cobraría de antemano los servicios que yo le iba a prestar.
           »Inquieta por lo que me iba a caer encima, asomé mi cabeza por la puerta de la habitación. Estaba fumando, con los codos apoyados en sus rodillas, mirando por la ventana. Te vi acercándote sigilosa por detrás y un sudor frío recorrió mi cuerpo, comprendí entonces qué significaba tu mirada. No tuvo tiempo de reaccionar. Los navajazos rápidos que le asestaste violentamente por detrás lo dejaron casi muerto. Solo alcanzó a levantar sus ojos, mirarme y decir que sabía que le habíamos matado. Recordaré aquella imagen toda la vida.
           Se sumió en un mar de lloros, empezó a sacar pañuelos de papel y llenó la mesa con ellos como si se tratase de una papelera. El camarero se acercó al darse cuenta de la situación y preguntó si queríamos una tila o algo así.

           ─No te preocupes, mal de amores ¡Ya se sabe! Acércale una tila, anda ─le contesté.

           ─¡Marchando una tila! ─dijo Ramiro.



Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (1)

Un día más nos dirigimos a trabajar a las oficinas de Paolo&Giovanni. Formábamos parte del equipo de personal de limpieza. Teníamos un contrato a tiempo parcial, y un horario poco apetecible: de seis a nueve de la mañana y de tres a cinco de la tarde. Los quinientos euros que ganábamos cada una, no nos daban para caprichos, pero al menos podíamos tirar adelante y pagar el alquiler. Aquella era una empresa de moda de alto copete, de las que organizan pasarelas cada temporada en una grandiosa sala llena de periodistas y fotógrafos de todas las nacionalidades. Las paredes estaban llenas de fotografías de modelos espectaculares luciendo vestidos glamurosos. Cuando me fijaba en ellas, no podía evitar sentir una punzada de envidia. Mi hermana Fedra era mucho más guapa que aquellas chicas y, sin embargo, aquí estaba, conmigo, limpiando retretes y vaciando papeleras.

           Mientras caminábamos en silencio, repasé mentalmente nuestra vida desde la muerte de nuestro padre. Yo con diecinueve años, Fedra con catorce. Ya habían pasado cinco años desde entonces. El jefe de policía y la asistenta social se portaron muy bien con nosotras. Lograron hacer el papeleo necesario para que Fedra se quedara conmigo y no tuviera que ir a ninguna familia de acogida. Sabían que quería irme lejos de aquella población y borrar de mi mente toda aquella etapa de mi vida, así que me hicieron prometer que seguiríamos viviendo allí al menos dos años más, era una forma como otra de tenernos vigiladas. Yo tenía trabajo de camarera en el restaurante de la carretera, fui contratada con dieciséis años y los dueños me apreciaban mucho. Con mi sueldo podía mantenernos a las dos. Además, resultó que mi padre tenía dinero ahorrado en una cuenta bancaria. Una vez pasaran los dos años de «libertad vigilada», con aquel dinero, empezaríamos una nueva etapa. Y aquí estábamos, desde hacía tres años, en una gran ciudad llena de desconocidos, con un nuevo futuro frente a nosotras.

           Nuestra madre murió cuando yo cumplí doce años. La alegría de mi vida se apagó aquel mismo día. Acababa de tener mi primera menstruación y necesitaba que ella me explicara muchas cosas. Necesitaba seguir siendo niña: su niña. Solo me quedó un padre borracho y una hermana pequeña que cuidar. Dicen que murió de un infarto tras una acalorada pelea con mi padre. El día de su entierro, creo que fue el único día que vi a mi padre sobrio, con una sombra de culpabilidad reflejada en el rostro, pero sin derramar una lágrima. Los días siguientes a su muerte, él casi no estuvo en casa: llegaba tarde, comía algo, se acostaba un poco y luego, de madrugada, se marchaba. Era como si no existiésemos. No nos quería, tan solo éramos un estorbo para él. El primer día que nos levantamos y vi que no había leche ni en la nevera ni en el armario, decidí que debía poner remedio a aquella situación. Desayunamos unos cereales caducados que encontré en algún lugar de la cocina. Le dejé una nota en la mesa pidiéndole dinero para hacer la compra. Al levantarme, encontré dinero en el cenicero y una nota pidiéndome el justificante de cada céntimo que gastara. Así pasó mi vida a lo largo de los dos años siguientes. Yo hice de padre, de madre y de hermana. Ponía el despertador, hacía la compra, la comida, lavaba la ropa, planchaba, limpiaba la casa y me ocupaba de mi hermana. Íbamos juntas al colegio, pero ninguna de las dos éramos buenas estudiantes. Mi interés por el estudio se limitaba a terminar con todo aprobado para poder encontrar un trabajo cuanto antes y escaparme con mi hermana.

           Un día, cuando acababa de cumplir los catorce, llegó más borracho de lo normal, acompañado de un mastodonte que no estaba tan bebido como él. Se sentaron en el salón y empezaron a jugar a las cartas apostando dinero. Sus voces se oían en toda la casa y temí que fueran a despertar a mi hermana. No estaba dispuesta a consentirlo. Sin pensarlo, me acerqué a llamarles la atención y les levanté la voz para que me hiciesen caso. ¡Y vaya si me lo hicieron! La siguiente apuesta de mi padre fui yo. Los ojos de aquel energúmeno calvo casi salieron de sus órbitas cuando me vieron con aquel camisón corto de color blanco inmaculado. Quince minutos después, una mole grasienta y sudorosa arremetía contra mí en la cama de mis padres. Mi padre, borracho como una cuba, dormía plácidamente en el sofá. Cuando el ganador acabó de satisfacer sus instintos carnales, me tiró encima cincuenta euros y me dijo que no había estado mal, sin duda le pediría a mi padre más servicios de esos en próximas ocasiones. Me quedé llorando, sin poder entender por qué había pasado aquello. Después de ducharme con rabia, volví a nuestra habitación, Fedra dormía tranquila, ajena a todo lo que había sucedido. Una furia incontrolada me invadió de repente pensando que aquello pudiese tocarle a ella. Iba a protegerla de aquella barbarie costara lo que costara. Se acabaron mis lágrimas, sería fuerte. Aquella fue una de las pocas veces que he llorado en esta vida. Supongo que dejé secos mis lagrimales para siempre o, al menos, para muchísimo tiempo.

PAPA, QUIERO SER BOMBERO

Llevaba todo el mes con la misma pregunta, repetida varias veces a lo largo de su vida: «Hijo, ¿qué quieres ser de mayor?». Siempre le respondía lo mismo, pero, como si no le hubiese oído, al poco tiempo volvía a repetirle la pregunta. Era evidente que la respuesta que le daba no era de su agrado.

           ─David, pero… ¿aún no te has decidido, hijo? El tiempo se te va a echar encima y no podrás matricularte.

           ─No sé papá, no lo tengo del todo claro, hay tantas posibilidades ante mí que no sé cuál escoger.

           ─Mira hijo, no quiero agobiarte. Sé que es tu futuro el que está en juego, no el mío, pero debes elegir. No tengas miedo a equivocarte, si después del primer año descubres que eso no es lo tuyo, al siguiente lo intentas con otra cosa.

           ─Gracias papá, siempre me has dado el apoyo que necesitaba. Meditaré esta noche con la almohada y mañana te diré algo. Buenas noches.

           ─Buenas noches.

           David no podía parar de dar vueltas por la cama, tenía un gran dilema en su cabeza, escoger una carrera como la de arquitecto y cumplir los deseos de su padre o ser lo que siempre quiso ser: bombero. Recordó su primera visita al parque de bomberos cuando tenía cuatro años, el jefe de bomberos le confesó que era el hombre más feliz del mundo porque había podido salvar vidas. «¡Salvar vidas!», aquello marcó a David para siempre. Cada año pedía a los Reyes Magos un camión de bomberos. Miró la estantería, diez camiones de bomberos le observaban desafiantes, esperando que adoptara la decisión correcta.

           En la habitación contigua, su padre también estaba despierto, sentado en su butaca. No podía imponerle nada a su hijo, pero creía que le esperaría un futuro mejor si estudiaba arquitectura u otra carrera. Pensaba en el fuego, en los bomberos que mueren asfixiados o quemados, en los que quedan heridos o lesionados a causa de los derrumbes de los edificios,… y el mero hecho de imaginarlo le ponía los pelos de punta. Deseaba que su hijo supiese valorar concienzudamente esa decisión, poner en la balanza los pros y los contras de una u otra salida profesional y que finalmente, se decantara por la carrera de arquitectura o, si esa no le convencía, otra carrera cualquiera, pero «Bombero no, por favor».

           Cuando David se levantó encontró a su padre desayunando en la cocina.

           ─Buenos días hijo, ¿Qué tal has dormido?

           ─No muy bien, la verdad, no he podido descansar.

           ─¿Y eso?

           ─Ya sabes, toda mi vida deseando ser bombero y ahora no sé si estoy preparado para serlo. Sé que cuando me veías dibujar casas imaginarias, suspirabas creyendo que algún día sería un buen arquitecto; pero, cuando veías las llamas que luego pintaba sobre ellas, te echabas las manos a la cara por no verlo.

           ─Aunque me duela en el alma, hijo, quiero que seas lo que tú quieras ser, no lo que yo quisiera que fueses.

           ─Ya lo he decidido papá.

           ─¿Y?

           ─Voy a ser arquitecto, el mejor del mundo. Mis edificios nunca jamás podrán quemarse ni derrumbarse...

           Antes de que pudiese terminar de hablar, su padre no pudo reprimir su alegría.

           ─Me alegro muchísimo David, estoy seguro de que esa es la mejor forma de salvar vidas.

           ─Sí papá, pero también he pensado que me apuntaré como voluntario en el parque de bomberos y si, mientras estoy estudiando la carrera, salvo alguna vida de verdad, pues mucho mejor.

           Ya se lo dijo su mujer: «Cuando traes un hijo al mundo, es cuando empiezas a sufrir».









La oposición

Tras varias semanas de duro estudio se enfrentaba a aquella oposición. Una mujer repartía las inmaculadas hojas que iban a gestar su nuevo futuro.

           Por su mente pasaron todas las noches paseando por la habitación y recitando el temario a las paredes, las visitas furtivas a la cocina a las tres de la madrugada y los innumerables cafés tomados durante su preparación. Cuando sus neuronas adormecidas reclamaban un descanso, su cuerpo, como un autómata, se dirigía involuntariamente hacia la cafetera. Aquel café cubano era capaz de despertar a un muerto. Había enlazado días y noches, trabajo y temario, robando horas al descanso. 

           Obtuvo la titulación en la universidad a distancia y, aunque no era más que un simple fontanero que trabajaba por cuenta ajena, sabía que había venido a este mundo para ayudar a los demás. Su especial motivación le había servido para obtener la Licenciatura en Psicología.

           Una sola plaza estaba en juego y ésa tenía que ser para él. No soportaría más aquellos días instalando sanitarios y grifería, ni los cachetes de su encargado ni la sorna de su jefe.

           Una voz al fondo de la sala indicó que se iniciaba el examen, tenían que abrir el sobre que había en la mesa, leer la pregunta y contestar en los folios blancos que se habían repartido previamente. Abrió el sobre y leyó la pregunta: Explique qué son los desencadenantes en el relato y como éstos llevan al lector a escribir su propio texto.

           La tensión inicial se había disipado, millones de palabras se agolpaban en su cabeza queriendo ser escritas aunque únicamente podía recordar algo sobre la subjuntivización de la realidad. Sin más, su mano se lanzó a escribir. Escribía su última palabra, cuando alguien retiró el examen de sus manos. Las notas se harían públicas el jueves, serían expuestas en la página web de aquella institución y los aprobados recibirían un e-mail comunicándoles la hora de la siguiente prueba.

           Salió de la sala ensimismado en sus pensamientos y se dirigió a la estación de autobuses para regresar a su pueblo. La triste monotonía diaria le esperaba. Sintió que su sueño se le iba de las manos, estaba desanimado y no fue capaz de coger ni un libro durante esos días.

           Aquel jueves recibió un correo eléctrónico, antes de abrirlo tuvo que serenarse, pensó que debía tener una mente abierta a cualquier nota que contuviese aquel mensaje, por mala que fuese, al menos estaba aprobado. ¿Cuántos más lo habrían hecho? Un click abrió una carta del presidente del tribunal animándole a seguir adelante. El fichero adjunto contenía los aprobados y las notas obtenidas. Abrió el fichero y contenía dos nombres, el de su oponente, que había obtenido un cinco, y el suyo, que había obtenido un diez. Les convocaban para el lunes a las diez en el mismo lugar.

           Aquel día, al entrar en la sala, solo encontró dos mesas separadas y cinco personas que componían el tribunal esperándole de pie. Su oponente no se presentó a la prueba. ¿Por qué? Quizá le entró miedo a última hora. Realizó su examen relajado, sin prisas, meditando cada una de las palabras que escribía en el papel, sintiendo que aquel puesto ya era suyo.

           El siguiente jueves recibió un e-mail del Presidente del Tribunal que literalmente decía así: "Estimado opositor, dado que ha sido usted el único presentado a esta segunda prueba, me permito enviarle este correo para comunicarle que no ha superado la misma, evitándole así la angustiosa decepción de tener que ver su nota en nuestra web. Fue un placer leer su primer examen, aunque lamento no poder decir lo mismo del segundo. No obstante le animo a continuar intentándolo. Atentamente. Alberto Ramirez"
          
           A las siete de la mañana, herramientas en mano, sentado en la furgoneta de la empresa se dirigía junto al encargado y otros dos peones hacia unos apartamentos. Un curioso encargado le preguntó por la oposición, aunque de sobra sabía que no había aprobado. Le respondió tranquilo, sin alterarse, le dijo que había aprobado el primer examen pero el segundo no lo había superado. Vio las maliciosas sonrisitas de sus acompañantes encantados con su suspenso y aquello le hizo olvidar su vocación. Sin poderse contener les explicó que en la primera prueba sacó un diez al contar la historia de un simple día de su vida junto a los alcornoques de sus compañeros, y en la segunda prueba sacó un cero por intentar convencer al tribunal que de aquellos alcornoques podía sacarse algo en claro.

           No volvió a presentarse a ninguna oposición, aunque aquel día decidió que debía escribir todo aquello que pensara. 


          
          

Experiencias

La vida teje una red que nos atrapa sin darnos cuenta y no permite que nos libremos de ella tan fácilmente.

           Aquella tarde Isabelín salió con sus amigas para ir al cine, daban una de James Bond y no querían perdérsela. Habían estado dos meses intentando convencer a sus padres para que las dejasen ir solas y al final lo habían conseguido. Ir sin carabina iba a ser una experiencia inolvidable.

           Riendo iban por la acera mientras Luisita les contaba su experiencia con Mario. Le había puesto la mano bajo su falda y había intentado tocar sus intimidades, a lo que ella, haciéndose la ofendida, había respondido propinándole una solemne bofetada. Todas sabían que a Luisita le agradaba este muchacho y que, a poco que él hubiese insistido, ella se habría dejado manosear, pero resultó que el compungido chaval, ante tal reacción, huyó con el rabo entre las piernas.

           Carmencita les confesó que su madre estaba siempre pendiente de ella, vigilándola de cerca. Lamentaba no poder tener una vivencia como la de Luisita. Así que, en cuanto tuviese la más mínima oportunidad para experimentar todas aquellas cosas, no pensaba darle una bofetada al chico, ni mucho menos. Era de conocimiento público que su madre se había casado embarazada y Carmencita había sido el fruto de su pecado, razón por la que pretendía que su hija no fuese una oveja descarriada. Las malas lenguas decían que se dejó engañar por un soldado durante la guerra civil y al verse embarazada se casó con aquel carnicero cuarentón al que hizo creer que su hija de cuatro kilos era una niña sietemesina.

           Isabelín, la más aburrida de las tres, disfrutaba siempre de la conversación de sus dos amigas. Ella no podía contarles nada de interés, su monótona vida se limitaba a ayudar a su madre en los quehaceres diarios de la casa y a bordar el ajuar por las tardes. Tampoco ella podía intimar con nadie, no porque su madre la vigilara, sino porque no salía nunca. Le gustaba Juanito, pero él difícilmente podía saber que ella existía. Aquel día quizá lo vería en el cine. Solo con pensarlo, notaba que su corazón se aceleraba por momentos.

           Entraron en la sala donde se emitía la película y ocuparon sus asientos. Habían llegado pronto y aún no había mucha gente pero, poco a poco, empezó a llenarse la sala. Mientras emitían el No-do, una nube de cuchicheos se adueñaba del local. Al lado de Carmencita se sentó un joven un poco mayor que ella, estaba solo, no había ido al cine con sus amigos. Ella le miró de reojo y se acercó a Isabelín para contárselo, Isabelín se lo contó a Luisita que estaba en el extremo, al lado del pasillo. Él no estaba nada mal, no era corpulento ni agraciado, pero iba bien vestido y tenía aspecto de chico formal. Miraba al frente, como si fuese indiferente a las miradas furtivas de las tres chicas.

           Algo llamó la atención de Luisita, su Mario había entrado con sus amigos y se había sentado dos filas más adelante. A su lado, una butaca vacía lindaba con el pasillo. Aquella era la oportunidad de hacer las paces con él y, quién sabe, dejar que le pusiese otra vez la mano bajo la falda. Sin decirles nada a Carmencita e Isabelín, abandonó su asiento y fue a sentarse junto a su amado.

           Mientras ellas dos cuchicheaban sobre lo que acababa de hacer su amiga, vieron en la penumbra que el dueño de aquella butaca conversaba con Luisita. No distinguieron bien quién era, seguramente alguno de los amigos de Mario que se habría quedado rezagado. Un minuto después, antes de que el acomodador pudiese alcanzarlo, dio la vuelta y ellas miraron hacia otro lugar intentando disimular su interés por él. Se dirigió hacia ellas y fue a sentarse justamente en la butaca de su amiga. Ninguna de las dos osó mirar al nuevo compañero. El acomodador, le siguió hasta la butaca y le pidió que le enseñase la entrada, se la enseñó sin ningún apuro y le dijo que era el novio de la señorita sentada a su lado. Ante tal respuesta y viendo el ticket correctamente numerado, el trabajador dio media vuelta y se marchó.

           Isabelín y Carmencita no salían de su asombro, ¡Como había podido decir eso! Sin duda alguna, era un caradura. Isabelín, atemorizada, se acercó todo lo que pudo a Carmencita y no quiso ni mirar por el rabillo del ojo. Se inició la película y al poco tiempo notó unos nudillos clavados en su hombro derecho. Era una mano de hombre que estaba cogiendo el hombro de su amiga. Le dio un codazo a Carmencita para advertirla, pero ésta se giró y la mandó callar con un dedo cruzado en los labios, evidentemente aquello era consentido. Decidió separarse de ella y dejarle espacio pero tenía que estar alejada del caradura, lo cual era bastante difícil dada la estrechez del asiento. Sin quererlo rozó el codo de su compañero y retiró su brazo velozmente. No sabía cómo comportarse, no quería mirar hacia su amiga para no molestarla ni mirar hacia el individuo que tenía a su lado por miedo a que le hiciese algo. Estaba deseando que terminase la película y no se estaba enterando de nada, una terrible angustia la invadía. Cuando ya quedaba poco para que finalizase la emisión, una mano tocó suavemente el brazo de Isabelín, era la de su misterioso acompañante, que quería llamar su atención. Giró su cabeza lentamente, conteniendo sus miedos al mirarle. Cuando vio que era Juanito, casi se desmaya. Con voz baja, él se acercó a ella para presentarse y decirle que le gustaba desde siempre, así que cuando Luisita le cambio la entrada vio la ocasión perfecta para hablar con ella. Sus palabras sonaban sinceras, esperando alguna reacción positiva en Isabelín. Jamás había estado tan cerca de su cara. Una vez recuperada de la impresión, se acercó a él y le pidió disculpas por su desconfianza, dándole a entender que no le desagradaba tenerle como acompañante. Aquello para él fue suficiente y, sin meditarlo mucho, la cogió de la mano. Así estuvieron hasta que se encendieron las luces, momento en que automáticamente se soltaron.

           Salieron las tres sonrientes de aquella sala, juntas, como habían entrado. Luisita, feliz por la reconciliación con Mario y sintiendo aún la huella de sus dedos en la entrepierna. Carmencita, satisfecha por su primera experiencia, por fín alguien le había metido mano. Isabelín, la más inocente, más enamorada que nunca, sabiendo que su Juanito también sentía lo mismo que ella.

           Una vez caes en su red, nada puede desengancharte. No tienes más remedio que seguir los cánones que marca esa sociedad y vivir la vida.


Los guardianes de la Fe

Las luces de la habitación del Santo Padre se apagaron un instante para anunciar que había fallecido. Aquel dos de abril de 2005, un llanto silencioso se apoderó de los que estábamos congregados en la Plaza de San Pedro.

           Teníamos planeado aquel viaje desde hacía unos meses, queríamos visitar Roma y Ciudad del Vaticano y no imaginamos en ningún momento que nos encontraríamos en medio de un universo informativo. Una vez recibida la noticia, tardamos dos horas en poder salir de allí.

           Llegamos al hotel a las doce de la noche. Estábamos cansados, había sido un día duro. Siempre viajábamos con otra pareja de amigos. Ninguno de los cuatro era un creyente acérrimo pero aquel hecho histórico nos había calado hondo.

           Por la ventana se veían pasar vehículos de distintos medios de comunicación que se desplazaban en todas direcciones para cubrir la noticia. Me preguntaba dónde se iban a meter, pues en Roma ya no cabía un alfiler.

           Nos levantamos temprano. A las siete y media habíamos quedado con Elena y Pepe en el comedor de desayunos. Los vi en una mesa y me acerqué a saludarles antes de coger el café.

           ─Buenos días, ¿qué tal nos hemos levantado hoy?

           ─Fatal, con tanto ruido de coche arriba y abajo no he podido pegar ojo y, encima, he estado soñando con el papa toda la noche ─dijo Elena.

           ─No sé si hubiera valido la pena venir en agosto, creo que hubiéramos estado más tranquilos. Ayer, con tanta gente, no pudimos ver nada del Vaticano. ¡Con las ganas que tenía de contemplar la capilla Sixtina! ─comentó Pepe.

           ─Bien, no os preocupéis. Seguiremos nuestro plan de visitas por Roma y dejaremos el Vaticano para otro año ─apunté.

           Cristina, que se había parado a coger unos bocadillitos de jamón que le habían entrado por los ojos, llegó cargada con una bandeja.

           ─Buenos días chicos, ¿habéis podido dormir con tanto jaleo de coches? Me parece que habríamos estado mejor en aquel hotel de las afueras que vimos primero.

           Al salir a la calle, un hombre nos entregó una octavilla escrita en italiano. Con mis escuetos conocimientos del idioma solo entendí algo sobre la muerte del papa y la profecía de Malaquías. Estuve a punto de tirarla en la papelera, pero como indicaba la fatídica fecha, la doblé y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta, a modo de recuerdo.

           Fuimos a visitar el Coliseo. No había nadie en la cola, seguramente todos estarían en las iglesias rezando por el alma del papa. Pagamos la entrada y accedimos al interior. La grandiosidad del edificio nos impresionó, pudimos imaginarnos los cincuenta mil espectadores que explicaban nuestras guías de viaje.

           A la salida, para mitigar el cansancio que llevábamos encima, hicimos una parada en un barecito cercano. El camarero era un español afincado en Italia desde hacía muchos años. Nos atendió de maravilla y se le veía campechano, así que me atreví a preguntarle.

           ─Perdona, me han entregado este papelito a la salida del hotel y había pensado guardarlo como recuerdo, pero como no sé exactamente qué dice ¿podrías traducírmelo? Es por si no vale la pena guardarlo. Gracias.

           El camarero tomó la hoja y empezó a traducirla en voz alta. Aquello parecía al aviso de un loco presagiando el fin de la iglesia católica o del mundo. Alguien había tecleado una profecía muy antigua escrita supuestamente por San Malaquías: «En la última persecución a la Santa Iglesia Romana ocupará la silla Pedro Romano, que habría de apacentar a sus ovejas padeciendo muchas tribulaciones, pasadas las cuales la 'Ciudad de las Siete Colinas' será destruida y el juez tremendo vendrá a juzgar a su pueblo». Indicaba que San Malaquías había escrito ciento doce ʽlemasʼ, dedicados a cada uno de los papas, y Juan Pablo II había sido el papa ciento diez. Como resultó curioso, decidí que valía la pena ponerlo en el álbum de fotos.

           ─Por tanto, al sucesor de Juan Pablo II, según la profecía, le tocará gobernar la Iglesia en los días del fin del mundo ¿no? La verdad es que no he entendido bien si el ciento once será el último papa, antes del juez tremendo o si será el ciento doce ─dijo Pepe.

           Nos echamos unas risas y salimos de aquel bar contándonos anécdotas del viaje.

           La semana pasó volando y tuvimos que regresar a España para proseguir con nuestras aburridas vidas y empezar a planear el viaje del año siguiente.

           La noticia de la elección de su sucesor el diecinueve de abril no hizo mella en nuestras vidas, aunque sí nos alegramos de que no se llamase Pedro Romano, recordando aquella octavilla.

           Tras su elección, empezaron las noticias sobre atentados misteriosos en diversos edificios de la Santa Sede y gente desaparecida. La ola de terrorismo contra la Iglesia católica había comenzado. Un afligido Benedicto XVI aparecía diariamente repartiendo mensajes de fe y esperanza para la raza humana, y aconsejando a los cristianos mantenerse unidos ante las adversidades y rezar por las almas perdidas. No se sabía quién o quiénes eran los terroristas.

           Muchas de las maravillas de la Ciudad del Vaticano habían quedado destrozadas. Lamentablemente, jamás llegaríamos a ver la Capilla Sixtina, la gran ilusión de mi amigo Pepe.

           Desde España, aquellas tristes noticias se veían lejanas. No éramos parte de aquella historia, aquello no iba con nosotros. Al no ser católico-practicantes, no teníamos costumbre de rezar y, menos aún, por el alma de otros. Aunque alguien nos dijo en Italia que si rezabas un Padre Nuestro en San Pedro, otro en Santa María la Mayor y otro en San Lorenzo Extramuros, un «alma en pena» podía alcanzar el cielo.

           El diecinueve de agosto, una noticia fulminante apareció en todas las cadenas de televisión: «Cientos de bombas han caído en Ciudad del Vaticano». Nadie se había atribuido la autoría del acto y no se tenían noticias del interior de la ciudad. Todas las vías de comunicación habían dejado de funcionar.

           Imágenes tomadas desde un helicóptero mostraban innumerables víctimas que yacían tendidas por los alrededores de la Basílica de San Pedro, no mostraban heridas, tan solo parecían haber quedado sumidos en un eterno sueño. Todos los accesos eran infranqueables, una barrera invisible similar a una cúpula de cristal aislaba por completo la ciudad del Vaticano.

           Con el corazón en un puño, salí del despacho para ir a la peluquería de Cristina. Me la encontré en la acera,  también había pensado venir a buscarme.

           ─¿Has visto las imágenes? Una señora ha venido a la peluquería y nos lo ha contado. He encendido la televisión y al verlo se me han puesto los pelos de punta. He terminado de secar el pelo a una clienta y he venido corriendo hasta aquí. ¿Te imaginas si llega a pasar cuando estábamos allí? ─Tras darme un beso, buscó el móvil en su bolso y llamó a Elena para contárselo─. Seguro que no lo sabe, allí metida en el laboratorio no se entera de nada.

           ─Yo llamaré a Pepe para ver si lo ha visto y le preguntaré si quieren venir a casa a comer ─le contesté, tras mirar el reloj y ver que era su tiempo de descanso.

           Ni Elena ni Pepe habían oído nada.

           Elena trabajaba en un laboratorio de control de calidad de alimentos, era una bacterióloga especialista en microbiología y le apasionaba su trabajo. A veces, resultaba cansina cuando intentaba explicarnos cómo llegaban a determinar la fecha real de caducidad de los alimentos, total para decirnos que los alimentos solían durar en buen estado más tiempo del que decían los envases.

           Pepe trabajaba de peón para una empresa de gestión medioambiental. Era el conductor de una máquina barredora. Como aquel vehículo emitía bastante ruido, su empresa le obligaba a llevar unos cascos protectores en los oídos. Descansaba los primeros diez minutos de cada hora. Pepe siempre decía que su trabajo era un chollo, descansaba más que trabajaba.

           Sentíamos la necesidad de compartir aquel momento con ellos, hacía solo unos meses que habíamos estado allí. Algo extraño pasaba, aunque no sabía bien qué.

           A mediodía oímos de nuevo la noticia, pero todo era muy confuso, nadie sabía si había muerto el papa, cuántos muertos había, qué era aquella capa invisible que impedía la entrada en la ciudad… Mostraron a miles de personas que rezaban en todas partes del mundo.

           Algún osado reportero se aventuró a decir que podía ser un ataque islamista, pero eran suposiciones. También mostraron imágenes tomadas a pie de calle desde el otro lado de aquella enigmática barrera. Se veía a la gente apoyando las manos sobre una hipotética pared transparente. Llegué a pensar que todo era un montaje.

           Estábamos comiendo cuando otra noticia hizo que se nos quitara el apetito de un modo fulminante: algo de origen desconocido había hecho desaparecer primero el Vaticano y luego toda Roma, ambas habían sido literalmente arrasadas de la tierra. Saqué el álbum de fotos del viaje y busque la octavilla que había pegado allí para intentar recordar el texto de la profecía. La leí en voz alta. Pepe dijo:

           ─Si Pedro Romano es Benedicto XVI, al que hemos visto sufrir por los ataques de estos meses; y Roma, Ciudad de las siete colinas, ha quedado arrasada. ¿Qué nos queda por ver? ¿Un dios castigador que nos juzgará a todos?

           ─Desde mi modesto punto de vista científico, permitidme decir que no creo ni una palabra de esa profecía. Me inclino a pensar que la causa de la desaparición de Roma es de carácter geológico. Meditaré sobre ello ─manifestó Elena.

           ─¡Esto es un montaje! Alguien debe tener algún interés en meter miedo a la gente con estas noticias absurdas. ¿Cómo quieren hacernos creer que instantáneamente ha muerto toda aquella gente que visitaba el Vaticano y toda la ciudad en ruinas ha quedado aislada por una barrera invisible? ¿Cómo quieren que creamos que el Vaticano y Roma han desaparecido del mapa? Nos toman el pelo todo lo que quieren y más ─cuestionó Cristina─. Seguro que mañana acaban desmintiéndolo todo y resulta se trata de un anuncio televisivo, quizás el de un champú que arrasa la caspa.

           ─No sé si esto es un montaje o no, pero… creo que para salir de dudas lo mejor es preguntar. Voy a llamar a Pedro, el camarero que nos tradujo la octavilla. Me anotó su teléfono detrás, por si necesitábamos ayuda en algo. No creo que haya cambiado de número ─dije.

           Llamé repetidas veces, marcando el prefijo internacional, pero ni siquiera daba llamada. Pensé que Pedro había quedado como un rey pero me había dado un número inexistente.

           ─Nada, hasta Pedro nos tomó el pelo ─comenté.

           Pensando que al final Cristina tendría razón, continuamos tranquilamente la comida y cerramos el televisor.

           Por la ventana de la cocina oímos un grito ahogado de nuestra vecina. Me asomé y la llamé. Estaba llorando, su hijo había ido de viaje de fin de curso a Florencia y en las noticias acababan de decir que Italia entera había desaparecido. El mar Adriático y el mar Mediterráneo habían unido sus aguas. Cristina encendió rápidamente el televisor mientras yo intentaba consolar a la vecina diciéndole que su hijo seguramente estaría bien. Le dije que las imágenes de Satélite podían haber sido manipuladas por algún loco para asustar al mundo. Cuando vi que se tranquilizaba un poco, entré al comedor y vi la cara de miedo que ponían los tres. La televisión mostraba una Europa sin la bota de Italia. Me estremecí solo de pensar que aquello pudiera ser cierto.

           Mi profesión de arquitecto me decía que esas imágenes eran falsas. Yo no era un ingeniero especializado en ingeniería geotécnica o ingeniería sísmica, pero tenía claro que nos estaban engañando.

           De repente, como si aquello no tuviera más importancia, empezaron a emitir un programa de música clásica.

           ─¿Veis? Todo esto es un cachondeo. No hay de qué preocuparse ─dijo Pepe.

           Me dirigí a la cocina con platos sucios, seguido de Cristina y de Elena. Pepe se quedó barriendo el comedor. Asomé la cabeza por la ventana y llamé a la vecina. Le pregunté cómo estaba. Parecía sorprendida. Me contestó que estaba bien. Extrañado, le pregunté por su hijo. Como si antes no hubiésemos hablado, me contestó que se había ido de viaje a Florencia y que esa misma mañana le había llamado por teléfono para decirle que era una ciudad llena de arte. Cristina y Elena, detrás de mí, se quedaron con la boca abierta. Nos dijo que esa ciudad nos gustaría, pues sabía que el arte nos encantaba. Parecía contenta. Siguió limpiando como si nada.

           Nos despedimos y quedamos en llamarnos por teléfono aquella noche.

           Volví al despacho por la tarde, mi cabeza no paraba de dar vueltas a todo aquello. Mi socio, Abel, estaba estudiando diversos modos de aprovechar la luz solar en un edificio de treinta plantas. Nuestra idea de una vivienda sostenible en el campo había tenido mucho éxito. Ahora, nuestro reto era conseguir una vivienda sostenible en plena ciudad. Imaginábamos un mundo sin desechos que transportar ni reciclar, desechos reutilizados como fuente de energía, complementaria a la energía solar. Nuestra máxima satisfacción era imaginar una ciudad sin cableados de ningún tipo, ni combustibles contaminantes. Al entrar por la puerta, lo saludé. Había sido él quien me había comentado las primeras noticias esa mañana y le pregunté qué opinaba sobre las últimas noticias. Me contestó que no sabía de qué le estaba hablando y que era mejor que no bromease con esas cosas.

           Visto lo visto, encendí la televisión de la salita del café esperando que Abel recuperara la memoria perdida. Seguía el programa de música clásica. Decidí cambiar de cadena para ver si algún canal comunicaba algo nuevo. No hubo suerte, se emitía lo mismo en todos los canales. Mi compañero tarareaba la música y chasqueaba los dedos al compás. Se asombró de que yo no reconociese aquella melodía que, según dijo, él ya solfeaba cuando era niño.

           No vino ningún cliente, las citas que teníamos concertadas previamente no se habían presentado.

           Contemplé asombrado la generación de electricidad de un pequeño conjunto de células fotoeléctricas que Abel estaba probando. Habíamos conseguido aumentar su rendimiento del treinta al ochenta por ciento. Aquel avance inesperado lograría que con muy poca inversión, cualquier edificio dispusiese de la electricidad necesaria hasta en los días de mal tiempo. La energía eléctrica tal como la conocíamos iba a desaparecer. Intentó explicarme todo un galimatías de fórmulas que había usado para hacer los cambios en las células, pero debo reconocer que, aunque hice cara de entenderle, no entendí ni la mitad de lo que me dijo. Cogí sus papeles y le dije que los estudiaría en casa para ver si podíamos mejorar aun más el porcentaje de rendimiento. Lo que hice fue guardarlo para ver si, con los apuntes de carrera y los apuntes del Postgrado de ʽArquitectura Medioambiental y Urbanismo Sostenibleʼ en la mano, era capaz de descifrar lo que me había dicho.

           Regresé a casa y Cristina me esperaba con cara de preocupación

           ─Raúl, una clienta me ha llamado loca. No ha creído ni media palabra de lo que le he dicho que han anunciado por televisión. Me ha dicho que siempre se ha emitido música clásica y noticias «de interés social». ¡Ah! También que en Europa no ha habido nunca ninguna bota llamada Italia. ¿Estoy loca yo o está loca ella?

           ─Desde luego no sé qué pasa, pero te aseguro que no estás loca. Abel no recuerda nada de lo que hemos hablado esta mañana sobre el Vaticano y, en cambio, ha ideado unas fórmulas que han aumentado el rendimiento de nuestras células fotoeléctricas hasta el ochenta por ciento. Si no fuera porque estudié con él y sé que era un estudiante del montón, diría que estoy trabajando con una eminencia.

           ─¿Qué te parece si llamamos a Pepe y a Elena, para saber cómo les ha ido la tarde? ─dijo Cristina.

           Marqué el número de Pepe.

           ─¿Has hablado con alguien esta tarde? ─pregunté.

           ─Sí Raúl, he hablado por lo menos con diez personas y puedo decirte que me he encontrado de todo. Como siempre, me he ido a correr un rato por el parque y me he encontrado con los habituales. Comentando con unos y otros las noticias del día, he descubierto que hay gente que no sabe de qué les hablo y que hay gente que está tan desconcertada como yo de ver lo que está ocurriendo a su alrededor.

           ─No sé, pero esa musiquita de la tele me pone bastante nervioso. Creo que de algún modo alguien está intentando hacernos un lavado de cerebro ─murmuré.

           ─Algunos conocidos que suelen discutir con facilidad de cualquier cosa, me ha dado la impresión que estaban poseídos por una paz infinita, como si vivieran en otro mundo. No tenían ganas de discutir sobre ningún tema. Me decían que todo estaba en perfecto orden y no pasaba nada, que yo necesitaba descansar unos días para verlo todo más claro.

           ─Pues mira, una de las clientas de Cristina sí que quería discutir, incluso le ha llamado loca. Se lo está contando ahora a Elena llorando.

           ─Sabes que creo, que aunque parece no seguirse ningún patrón, sí que hay alguien detrás moviendo los hilos. Quizás ese alguien sea más grande de lo que imaginamos.

           ─¿Qué quieres decir?

           ─Que esa gente con la que he hablado no es la gente que yo conozco, los han cambiado.

           ─¡Anda ya! Una cosa es que creamos que alguien nos quiere comer el coco por alguna razón, y otra muy distinta, que digas que estamos rodeados de clones. Aunque, ahora que lo dices, mi socio no parecía que fuese él.

           Dejamos la conversación para el día siguiente. Me quedé más preocupado de lo que estaba.

           Cristina me comentó que Elena le había contado que dos compañeras del laboratorio actuaban de un modo extraño, se suponía que eran dos celebridades en temas de bacteriología y, sin embargo, habían pasado toda la tarde encima de ella haciéndole preguntas que sabe hasta un alumno de primero. Elena, ante aquel comportamiento, había optado por dispararles una sarta de mentiras. Si ellas hubieran sido ellas, se habrían muerto de la risa, pero se lo tomaron al pie de la letra. Había pasado una tarde bastante inquieta.

           ─Si al final tiene razón Pepe y estamos rodeados de clones, tendremos que tener mucho cuidado y medir nuestras palabras. Tendremos que descubrir quiénes siguen siendo normales y quiénes no lo son. Tendremos que hacer algo.

           ─Nosotros cuatro seguimos igual y dos señoras que han venido a la peluquería también, las otras no. De hecho, una ya ves cómo se ha puesto. ¿Y si nos inventáramos un medio para saber que seguimos siendo nosotros?

           ─¿Una clave?

           ─Sí, pero algo que solo sepamos nosotros. Se me está ocurriendo que como los supuestos clones afirman que Italia nunca ha existido, podríamos usar como clave algo de nuestro viaje ─dijo Cristina.

           ─Bien, podría ser una clave distinta para cada día. Por ejemplo, ya que hicimos catorce visitas distintas, y los cuatro sabemos en qué orden las hicimos, elegir como clave de cada día el nombre del lugar que visitamos. ¿Qué te parece?

           ─Que me estás dando miedo.

            ─Mujer sería más complicado si escogiese como clave algo basado en la profecía de San Malaquías. Está compuesta de "lemas" dedicados a cada uno de los Papas desde Celestino II, elegido en 1130, hasta el fin del mundo. ¡Imagina si tuviésemos que decir el nombre de cada uno de los papas desde ese año!

           ─Ya empezamos a complicarnos la existencia.

           Les comentamos a nuestros amigos nuestras impresiones y nuestra idea de cruzar un primer saludo en clave, en nuestros próximos encuentros. Elena aceptó encantada. Pepe refunfuñó un poco, pero finalmente asintió. Por supuesto, elegimos como clave la de las catorce visitas.

           La vida continuaba a nuestro alrededor de un modo aparentemente normal. En el trabajo discutíamos cuestiones totalmente laborales y, fuera del trabajo, tanteábamos a la gente conocida para saber de qué pie cojeaban. Me recordaban a las marionetas, alguien los estaba guiando con algún fin y había aniquilado su voluntad.

           Cristina había conseguido sintonizar una emisora de radio internacional que parecía no estar intervenida. Todos los días lograba escucharla mientras tenía la peluquería cerrada. Luego, por la tarde, nos contaba qué noticias habían radiado. Parecía que gran parte de la humanidad estaba siendo abducida por «algo». Apuntaban que muchas personas cambiaban mentalmente, aunque su apariencia física era la misma. Comunicaban que aquellas nuevas personas negaban cualquier creencia en ningún dios y sostenían que la fe religiosa de cualquier origen estaba vacía y no tenía ningún valor.

           Aunque yo era un ateo confeso y a Elena no le iba el tema religioso, sabía que mi mujer y Pepe se sentían cristianos, aunque no fuesen practicantes. A la vista de las noticias de aquella emisora, decidimos que el único lugar donde no encontraríamos a esos clones sería en una iglesia. Seguimos usando las claves como saludo, pero nuestras reuniones se trasladaron a la iglesia que había en la esquina de nuestra calle. El cura párroco, don Gervasio, se unía a nosotros siempre que podía y nos comunicaba las novedades que iba descubriendo. En más de una ocasión intentó convertirme al catolicismo, pero yo le decía que la Biblia me parecía un cuento para niños y que conmigo no tenía nada que hacer.

           El diecinueve de noviembre, acudió a la reunión con un semblante triste y apesadumbrado. Sus contactos le habían comunicado que el Estado de Israel había desaparecido y un mar de aguas tranquilas ocupaba su lugar. La historia de Italia se repetía en Israel.

           ─Alguien quiere destruir el mundo. La fe cristiana, la judía y la islámica han sido masacradas con la desaparición de la ciudad sagrada y el Estado de Israel.

           ─¿Se sabe ya algo de la elección del nuevo papa? –le pregunté.

           ─Los miembros de la Iglesia que pueden sucederle y siguen vivos, no han logrado reunirse en un lugar para poder elegir al sucesor de San Pedro. Benedicto XVI, que en paz descanse, ha sido un buen Petrus Romanus pero, por desgracia, su andadura ha sido corta y amarga.

           ─¿Por qué le llama Petrus Romanus? –dijo Pepe.

           ─El primer papa de la Iglesia fue San Pedro. El nombre de Pedro está prohibido cuando se elige al Pontífice sucesor. Por ello hubo uno sólo. Pero, simbólicamente, todos sus sucesores han sido y serán Petrus Romanus, es decir, nuevo Pedro.

           ─Me parece que ese Malaquías no iba desencaminado ─comentó Pepe.

           ─¿Conoces las profecías de San Malaquías? La Iglesia no las considera oficiales y duda de su veracidad. Me preocupa bastante su contenido. Según esa profecía, el siguiente Papa contemplará el desmoronamiento de la Iglesia y la llegada del Juicio Final.

           »No tengo noticias sobre un nuevo nombramiento. Muchos de los cardenales que hubiesen formado parte del cónclave se encontraban en el Vaticano, convocados por el Santo Padre en el momento que la Ciudad fue bombardeada y arrasada. Desconozco qué asunto trascendental iban a tratar.

           »La noticia de la muerte del Sumo Pontífice me llegó vía vox populi. No pudo ser comprobada por el Camarlengo de la Santa Iglesia Romana, pues seguramente éste también falleció al mismo tiempo. No existe constancia de su muerte pero la evidencia nos dice que no puede haber quedado con vida.

           »En 1996, Juan Pablo II promulgó la Constitución “Sobre la vacante de la Sede Apostólica y la Elección del Romano Pontífice” y en ella detalló todos y cada uno de los pasos a seguir en el caso del fallecimiento del Santo Padre. Llegados a esta realidad que nos ocupa, no puede cumplirse nada de lo que allí se ordena. Por ese mismo motivo, resulta más difícil, si cabe, proceder a la elección, porque los pasos a seguir han de ser consensuados por los cardenales que siguen con vida. El miedo se ha apoderado de toda la humanidad y los dirigentes de la Iglesia también son humanos.

           ─¡Pues estamos apañados! ─dijo Cristina, sin poder reprimir su desazón.

           ─Creo que deberíamos reunir las fuerzas suficientes para combatir el miedo que se extiende a nuestro alrededor y está minando la mente de los que aún siguen cuerdos ─indiqué, intentando resultar apaciguador.

           ─Sí, muy bonito, ¡Tan sencillo de decir que parece fácil! A mí me resulta difícil convivir con mis compañeros de trabajo, no son los hombres que yo conozco. Se pasan el día hablando de la música que nos meten a todas horas por televisión y de las noticias de «interés social» que difunden. ¡Menudo interés social! Que nos portemos bien con nuestros compañeros, que discutir no nos lleva a ninguna parte, que aceptemos que creer en algún dios es algo inaceptable… ¿Cómo podemos combatir el miedo que se apodera de cualquiera de nosotros, por muy razonables que seamos? ─lanzó Pepe sin esperar respuesta.

           Elena, haciendo honor a su carácter introvertido, no había soltado ni una palabra durante toda aquella conversación. De repente, como si una chispa hubiese hecho conexión entre sus neuronas, se atrevió a decir:

           ─Perdonadme si interrumpo, hay algo en la intervención de don Gervasio que me tiene intrigada. ¿Por qué todos los cardenales que podrían suceder a Benedicto XVI habían sido convocados por éste en el Vaticano? ¿No os parece extraño?

           Todos nos quedamos pensando en ello sin poder evitar estremecernos ante la idea de que alguien hubiese maquinado aquello de antemano.

           Aquel diecinueve de enero dejaron de emitir música clásica. Un ser, de aspecto similar al humano, hizo su aparición en todas las pantallas de los televisores. Su piel mostraba infinitas ramificaciones de capilares, como si careciese de epidermis. Debía tener algún tipo de melanina en su piel, pues se apreciaba un ligero tono azulado en su rostro. Los ojos me recordaban a los de un niño, grandes y expresivos, llenos de inocencia, hipnotizadores. Su atuendo era como el nuestro.

           Se presentó como «El Mensajero» y anunció la inminente llegada a la Tierra de su poblado. Dijo que venían en son de paz. Su interés por este planeta se había producido por su capacidad para vivir en las mismas condiciones que nosotros y por su parecido con la raza humana. Su mensaje era directo y claro, iban a someter a todos los seres vivos de este mundo, todo ello, por supuesto, buscando un hipotético bien común. Me entraron arcadas de oírlo.

           Empezamos a ver esos seres por todas partes, no vimos ninguna nave espacial ni supimos cómo habían llegado, pensé que podía ser algún tipo de tele-transporte como el que había visto en algunas películas de ciencia-ficción. Nadie sabía donde vivían, ni cómo. En principio, el mundo continuaba su marcha normal. Seguíamos realizando nuestros quehaceres diarios, pero presentía que alguien nos vigilaba.

           Cuando llegaba a casa, aquella sensación de vigilancia desaparecía. Era como si para ellos no tuviese el más mínimo interés nuestra vida privada. Pensé que solo les importaba cómo trabajábamos y nos desenvolvíamos en sociedad. Puede que nos quisieran como esclavos a su servicio y que, de momento, nos dejaran seguir nuestras vidas por algún motivo. Como si estuviéramos en el período de prueba o algo así.

           Nos reuníamos con Pepe, Elena y don Gervasio siempre que podíamos. El cura usaba también nuestro saludo en clave, se había aprendido el orden de los lugares que visitamos durante nuestro viaje a Italia.

           Fue el diecinueve de febrero cuando hizo su aparición un ser peculiar, era parecido a los otros aunque su piel, más que mostrar un ligero color azulado, mostraba una cierta transparencia. Bueno, quizás fuera porque era un «albino» en su especie. Se presentó como Moisés, me hizo gracia el nombre que había elegido, me recordaba los diez mandamientos que fui obligado a estudiar cuando iba al colegio.

           Como si me hubiese leído el pensamiento, anunció que iba a enumerar sus Diez Mandamientos. Todo ser humano debía acatarlos, olvidándose de toda creencia religiosa anterior. Advirtió que todo aquel humano subversivo que pretendiese incumplir o hacer incumplir aquellos mandatos desaparecería de la Tierra. Aquella amenaza silenció instantáneamente a todo ser vivo.

           ─Debéis saber que soy un enviado de Fout, señor de vuestro Universo. Procedemos del planeta Voisse, perteneciente a un universo paralelo al vuestro. Somos los vossedumet. Mi misión es comunicaros los «Diez Mandamientos» que debéis acatar para que os permitamos vivir con nosotros y no os enviemos al Gran Agujero Negro. La inteligencia de la raza humana es inferior a la nuestra. Estáis observados en todo momento. Sabemos lo que pensáis y pensáis lo que queremos. No os necesitamos, solo queremos vuestro planeta. Nuestra intención no es exterminar la vida de los seres que habitan la Tierra si no es necesario. Venimos en son de paz. Podemos llegar a un entendimiento, si colaboráis.

           Los Diez Mandamientos de Fout quedaban resumidos en uno:”La palabra de Fout es Ley”, por lo demás, eran bastante similares a los que yo recordaba. Se nos anunció que iban a celebrar la gran fiesta en honor a Fout y que todo aquel que participara agasajando a su señor, sería tenido en cuenta. Algo más me llamó la atención en su discurso:

           ─Queda abolida cualquier creencia religiosa. Los templos y edificios dedicados a vuestros dioses serán eliminados de la superficie terrestre. Durante los próximos seis días, será realizada la limpieza definitiva de vuestra mente. Todo aquel que, pasado ese plazo, mantenga en su interior algún sentimiento de carácter religioso será ajusticiado por Fout. Todos aquellos que tienen una mente abierta a otros mundos, serán ocupados por un vossedumet y se verán protegidos por la Ley de Fout. Nadie podrá resistirse a nuestra ocupación.

           La sentencia había sido lanzada, nos quedaban seis días para vencerles o morir en el intento. Ahora sabíamos que los desconocidos que nos rodeaban no eran clones como habíamos pensado sino que eran las mismas personas con un buen lavado de cerebro. Por algún motivo, llámese mente abierta según ese Moisés, el lavado había sido exitoso en ellos inmediatamente. En algunos se observaba una mejora profesional, era el caso de mi socio Abel. En otros, todo lo contrario, el caso de las compañeras de laboratorio de Elena. Para algunos, había desaparecido el placer de la discusión, era el caso de los conocidos de Pepe en el parque. Y otros, finalmente, parecían estar en la inopia, era el caso de nuestra vecina.

           Aunque yo no albergaba simpatías por ninguna religión, sabía que el caso de mi mujer era diferente. Cristina creía en Dios. Noté que un temor acampaba en mi interior y no podía evitar ver un futuro bastante oscuro para todos. Pese a ello, me resistía a creer que la humanidad pudiera ser doblegada tan fácilmente. Cuando llegué a casa, compartí mis dudas con Cristina, notaba que allí no me sentía vigilado. Llamé a Pepe, y presentí que alguien interceptaba la llamada:

           ─Sí ─sonó la voz al otro lado del teléfono.

           ─Hola Elena, soy Raúl, ya veo que Pepe no está disponible.

           ─Está en la ducha.

           ─Deberíamos reunirnos en mi casa para hablar de qué modo podemos agasajar a Fout y a los Vossedumet.

           Como si Elena hubiese adivinado lo que en realidad se ocultaba detrás de mis palabras, dijo:

           ─Es una buena idea Raúl, cuando Pepe salga de la ducha, iremos a vuestra casa para estudiar los Diez Mandamientos y memorizarlos. Solo de ese modo podremos mejorar en nuestro trabajo y ofrecerles un mejor servicio. Por supuesto, hay que agasajar a nuestros nuevos amigos.

           Tras colgar, volví a sentir que nadie me vigilaba. Llegaron Elena y Pepe, y quedaron extrañados al notar que no existía allí ninguna presencia acechante. Intercambiamos claves igualmente. Curiosamente, la libertad en nuestra casa era algo real. El resto de casas, por lo visto, también estaban vigiladas por algo.

           ─Cada minuto que pasa es más difícil dejar mi mente en blanco y hablar de las banalidades del día. Me siento coaccionado por algo, como si alguien intentase dominarme. En cambio, en tu casa me siento libre ─comentó Pepe.

           ─¿Cuántas casa como la vuestra deben existir en el mundo? Si pudiéramos saberlo, les diríamos a todos los que aun no han sido «limpiados», que se reuniesen en ellas y hablasen libremente, para intentar que no logren la sumisión humana ─dijo Elena.

           Sonó el timbre de la puerta, era don Gervasio, se había aventurado a acudir a nuestra casa. Nada más entrar, sintió que no había ninguna presencia ajena. Cruzamos las contraseñas. Sonrió.

           ─¡Qué alegría veros a los cuatro! ¡Menos mal que ésta es una de esas casas blindadas para «ellos»! Acabo de venir de visitar a unos feligreses y he notado lo mismo en su casa. Les he dicho que llamen a todos aquellos que sepan que no han sucumbido ante los vossedumet y se reúnan allí. Tenemos que lograr unirnos todos y vencerles.

           »Por cierto, nuestra iglesia ha desaparecido de la esquina. En su lugar no hay más que asfalto y plazas de aparcamiento. Han comenzado. He ido hasta la plaza de San Antonio y allí ha ocurrido lo mismo. En todo momento, mientras caminaba, he puesto mi mente en blanco. Me he imaginado como panadero y no he parado de pensar en hacer pan. Mi padre era panadero y me enseñó el oficio.

           »Como Malaquías no dejaba de ser un humano, también podía equivocarse al numerar sus lemas. Creo que Petrus Romanus era el propio Benedicto XVI, en cuyo reinado se cumplió el contenido del último y que ese tal Fout es el juez tremendo que viene a juzgarnos. Los días de la Iglesia, tal como la he conocido, han terminado. Debemos tener fe en la humanidad y en su poder de supervivencia.

           Nos alegró saber que otras casas como la nuestra también eran «Estado Libre».

           Elena nos contó que sus compañeras, reclutadas por los extraterrestres hacía tiempo, habían perdido gran parte de sus conocimientos sobre las bacterias y la atosigaban para que las instruyese al respecto.

           ─Me gustaría contaros algo que he planeado en el laboratorio. Como noté un excesivo interés de mis compañeras en mis pruebas y ensayos, opté por mentirles. Ya sé que esos cuerpos son los suyos, pero creo que tienen dentro a un extraterrestre okupa, que no se trata solo de un simple lavado de cerebro. Intentaré explicarme.

           »En una de mis salidas tangenciales, se me ocurrió decirles que después de realizar los análisis correspondientes, mi obligación y la suya era probar la muestra de alimento para reforzar nuestro organismo y hacerlo inmune a las bacterias patógenas. Por supuesto, mi prueba del alimento era fingida y siempre les daba a probar las muestras contaminadas con bacilos.

           »El Bacillus cereus es un microorganismo habitual en los alimentos. Si ingerimos cantidades muy elevadas de esta bacteria, una vez en el tracto intestinal, libera una toxina provocando una gastroenteritis. Su periodo de incubación puede ser corto, y produce un cuadro de tipo diarreico.

           »No quiero resultaros pesada. Si he hecho esta pequeña explicación es porque he comprobado que no les ha provocado un simple malestar de barriga. Al principio, parecía afectarles como a nosotros, dieta blanda y… hasta la siguiente gastroenteritis. Pero el diecinueve de febrero, cuando apareció ese Moisés y su escuadrón de visitantes, observé que la epidermis de mis compañeras se tornaba azulada, como si alguien hubiese habitado su cuerpo. Continué dándoles a probar los alimentos en mal estado y observé que su malestar, más agudo, les producía unos cambios notables para la ínfima cantidad de bacilos que habían ingerido. Cuando digo que no les afecta como a nosotros, no me refiero a que haya observado una excesiva pérdida de peso o demasiada visita al servicio de señoras, sino que, de modo intermitente, su piel vuelve a tomar su color natural y alguna frase, que me recuerda a ellas, me hace imaginar que lo que llevan dentro lucha por salir de su interior. No me cabe duda, les afecta extremadamente la ingestión de bacterias patógenas.

           »No sé si todas las personas que nos parecían extrañas también han adquirido ese ligero tono azulado. Pero si es así, estoy dispuesta a traeros montones de pruebas de alimento infectado para que empecemos a repartirlas cuanto antes. Si quieren guerra, la tendrán.

           Inmediatamente, sin decir nada, me asomé por la ventana y llamé a mi vecina con una excusa tonta, me fijé en su cara y tenía ese tono azulado que decía Elena.

           ─Nuestra vecina también está azulada. Creo que Elena tiene razón. ¿Cuándo puedes empezar a traer esas muestras? ─pregunté.

           ─Espera… ¿Con qué excusa vamos a hacerles probar las muestras a todos? ─dijo Cristina.

           ─Tiene que ser una que parezca creíble y les agrade a ellos ─comentó Pepe.

           ─Ya lo tengo, diremos que se ha organizado un concurso de pasteles para el día de celebración de la fiesta en honor a Fout. Que nuestra intención es conseguir el pastel más exquisito para ofrecérselo. Y que debemos repartir distintas muestras a la población para ver su opinión ─añadió don Gervasio.

           ─Podría funcionar, tengo un montón de pasteles en el frigorífico. Modificando la temperatura, puedo conseguir que aparezcan en tropel nuestros pequeños aliados los bacilos.

           Volví a asomarme por la ventana y le comenté la gran noticia a mi vecina, parecía entusiasmada. Era una idea excelente que nuestros visitantes sabrían apreciar. Me pidió que nada más recibiera las muestras le diese alguna para probarla. Me daría su sincera opinión.

           No habíamos visto nunca a ninguno de los alienígenas comiendo, parecía que no lo necesitaran. Resultaba curioso. En cambio, aceptaban de mil amores darse a los placeres de la comida estando dentro de un cuerpo humano. No lo entendía.

           Los feligreses de don Gervasio habían sido avisados. Al día siguiente, cada uno de nosotros repartiría por todas las casas «libres» un montón de muestras que darían a probar a sus sospechosos amigos.

           Los seres visibles iban viéndose cada vez menos, como si fueran encontrando cuerpos disponibles y ocupándolos.

           La noticia se propagó como la pólvora, las muestras habían surtido su efecto rápidamente. Un montón de sujetos, ahora azulados, ahora naturales, caminaban por las calles al día siguiente. La gastroenteritis acampaba libremente entre ellos.

           Don Gervasio supo que la iniciativa que habíamos llevado a cabo en nuestra ciudad, también estaba llevándose a cabo en otras ciudades. La guerra bacteriológica estaba en marcha.

           Un Moisés desmejorado hizo su aparición en todos los canales de televisión, nos advirtió que la ira de Fout pronto caería sobre nosotros. Sabía que algún tipo de batalla contra ellos había comenzado. Ese mismo día, noté que no me sentía vigilado ni en la calle. Lo mismo le ocurrió al resto de la gente.

           Cristina me mostró un mensaje de Elena: «Voy a llamarte, si está Raúl contigo pon el altavoz para que lo oiga».

           ─Voy a daros un notición.

           ─¿Ya no nos damos la clave? ─recordó Cristina.

           ─Olvídate de eso. Mis dos compañeras vuelven a ser ellas. No recuerdan nada de lo que ha pasado desde la muerte de Juan Pablo II. Estos últimos meses no han existido para ellas.

           ─¿Qué me dices?

           ─Como lo oyes.

           ─Y…¿Has visto alguno de esos seres muertos o se han volatilizado?

           ─Ahora que lo dices... No.

           ─Me alegro de oír esa noticia Elena ─le dije.

           Habíamos llegado al fatídico día seis, último de nuestras vidas. Moisés nos convocó en todas las plazas de todas las ciudades del mundo y nos dijo que esperáramos la llegada de Fout.

           Allí estábamos, ya se veían muy pocos azulados, aunque alguno quedaba. Un Fout de idéntica forma que los vossedumet, con una piel completamente llena de ramificaciones de capilares lumínicos y que irradiaba fuego por cada uno de sus poros, se presentó ante nuestras pupilas y emitió un atronador sonido desgarrador. No sabía si calificarlo de lamento o de enfado. Muchas personas se asustaron al verlo, satanás resultaba ser el dios de nuestro universo.

            Aquel semblante demoníaco adoptó un aire de serenidad y calma y nos habló.

           ─Llegamos a este mundo llenos de esperanza, considerándolo tan nuestro como vuestro. Nuestra civilización ha vivido muchos años en simbiosis con otros seres vivos. Debido a nuestra compleja estructura molecular, requerimos de un organismo externo que nos proporcione el alimento y la energía necesaria para mantenernos en vida. A cambio, transmitimos conocimientos y avances tecnológicos a quienes nos acogen. El beneficio mutuo ha sido constatado a lo largo de los tiempos. Cuando los planetas conquistados muestran indicios de estar próximos a su fin, buscamos otro planeta similar que garantice nuestra supervivencia. Los hospedadores deben poseer una inteligencia claramente inferior a la nuestra, para poder utilizar sus cuerpos y alimentar nuestras células sin obtener demasiada resistencia. Nuestra vida se extingue en breve plazo si no conseguimos nuestro propósito.

           »Nuestros primeros enviados, nos advirtieron que no iba a ser fácil habitar la Tierra porque la fe religiosa era capaz de mover el mundo. Por ello, me pareció que un modo de suprimir las interferencias con nuestro objetivo, era eliminar todo rastro de religión sobre la superficie terrestre. Tras un riguroso estudio sobre vuestras creencias religiosas, atacamos la Ciudad del Vaticano. Creí que aquella acción erradicaría el culto a dios y los humanos terminarían por olvidar aquella fe sin sentido. Pero no fue así, en todas partes del mundo, millones de personas de diferentes religiones empezaron a rezar sin parar. Aquella reacción me resultó incomprensible, me vi obligado a ser más drástico. Decidí que Italia entera debía ser enviada al Gran Agujero Negro, prisión de los que se oponen a ser conquistados; y, por si no era suficiente, también Israel, con su hipotética ciudad sagrada, cuna de la fe cristiana, la judía y la islámica. Suponía que aquello sería suficiente para que los humanos comprendieseis que no necesitabais una religión sino un guía como yo. Pero… no me di cuenta de vuestra astucia y descubristeis nuestro punto débil y casi conseguís aniquilarnos en seis días.

           Se situó frente a un atril y empezó a leer una hoja que me recordó a la octavilla que me entregó aquel personaje en Italia.

           ─En la última persecución a la Santa Iglesia Romana ocupará de nuevo la silla Pedro Romano, que habría de premiar a sus ovejas por padecer muchas tribulaciones, pasadas las cuales la 'Ciudad de las Siete Colinas' resurgirá de los infiernos y el juez tremendo será juzgado por el verdadero Dios. Pocos conocen la existencia de este último lema que escribió Malaquías. No hemos conseguido doblegaros. Esta última profecía, anunciaba nuestro final y el resurgimiento de una fe más poderosa, vuestra fe en Dios. Nuestro destino quedó escrito hace más de ochocientos años. En breve desapareceremos sin dejar rastro, pero queremos dejaros algunos de nuestros conocimientos. Vuestros científicos sabrán comprenderlos y avanzareis más en el descubrimiento del universo infinito que os rodea. Todo lo que hice desaparecer de este planeta lo retornaré a su lugar antes de perder todas mis fuerzas y las personas sumidas en un profundo letargo volverán a estar entre vosotros. No os será difícil reconstruir todo aquello que destruimos en nuestro primer ataque. Debéis saber que no hemos matado a ningún ser humano, todos los que se encontraban en el interior de alguno de los edificios derribados fueron enviado al Gran Agujero. Quise erigirme en dios de todos vosotros y quise que me obedecierais a la fuerza. Olvidé que la fe no atiende a coacciones, tener fe es algo que depende de uno mismo. Olvidé que solo hay un Dios.

           »Hace muchos años nuestra raza era la vuestra. Avanzamos mucho gracias a los conocimientos que nos ofrecieron visitantes de otros planetas. Con el tiempo, fuimos nosotros los descubridores de otros mundos. La tele-transportación era un arte fácilmente dominado por cualquier vossedumet. Debido a diversos avatares de nuestras odiseas espaciales, perdimos la capa de epidermis de nuestra piel, el pelo que cubría la misma, y la capacidad de alimentación de nuestras células. Tuvimos que aprender cómo alimentarlas para poder seguir con vida. Descubrimos que el único modo era fusionarnos con un cuerpo semejante al nuestro, perdiendo así nuestra propia imagen y adquiriendo la del hospedador. Fueron unos siglos muy duros. Vimos el final de nuestro planeta y el de varios planetas más. Tuvimos que imponernos por la fuerza en muchas ocasiones.

           »Llevamos años pensando en regresar a casa. Voisse es el planeta Tierra. Le cambiamos el nombre para no alarmaros. El universo paralelo del que os hemos hablado no es más que vuestro propio universo en un futuro no muy lejano. No venimos de un lugar paralelo a éste, sino de este mismo lugar. Hemos regresado del futuro para intentar cambiar aquello en lo que nos equivocamos. Ha resultado muy difícil llegar de nuevo aquí viajando hacia el pasado. No queríamos presentarnos como viajeros en el tiempo, para deciros que los «vossedumet» no eran más que «terrícolas» que venían del futuro. Pensé que podríamos vivir todos aquí, juntos, siguiendo mis leyes.Sé que en breve quedaremos extinguidos, pero no la raza humana, porque vosotros luchareis para tener un futuro distinto al que nosotros hemos conseguido.

           »Yo he utilizado el nombre de Dios en vano y por ello seré castigado. Me creí Dios y así me nombré, pues eso significa mi nombre. Me equivoqué. Solo Dios puede ser Dios, y ningún ser vivo puede suplantarlo ni dudar de su existencia.

           Ante nuestros ojos, desapareció, él y todos los otros seres que le acompañaban. Nos habíamos quedado solos. Si aquellos seres íbamos a ser nosotros en un futuro, valía la pena intentar cambiar y no cometer los mismos errores que cometieron ellos. Dicen que la Fe mueve montañas, quizás sea cierto. A partir de aquel día, nosotros seríamos los guardianes de la Fe.

           Miles de noticias aparecían en todos los canales. El Vaticano, Italia, Israel, las iglesias y centros de culto, volvían a estar en su lugar. Como si todo lo acontecido no hubiese sucedido, el mundo volvió a la normalidad. Todas las personas que creímos muertas y desaparecidas volvieron a estar entre nosotros. No recordaban dónde habían estado ni qué les había ocurrido. Para ellos no habían pasado aquellos meses. Volvimos a ver al Santo Padre Benedicto XVI. Aparecía rezando, rodeado por todos los cardenales que habían sido convocados en el Vaticano. Se dio a conocer el motivo por el que Su Santidad les había reunido aquel día: debía comunicarles que un enviado de Dios le había anunciado que alguien pretendía aniquilar la Iglesia. Tenían que evaluar la situación y reflexionar sobre las medidas a tomar contra aquellos seres que pretenderían dinamitar la fe en Dios.

           No solo no era el fin, sino que aquello fue el resurgimiento de la Iglesia Católica.

           La vuelta a la normalidad nos pilló desprevenidos. Los que recordábamos todo lo ocurrido, veíamos el mundo de otra forma. Los que desaparecieron y regresaron, no podían creer todo lo que les estábamos contando. Poco a poco, tendríamos que digerirlo. Solo un enigma nos quedaba por resolver: ¿Por qué unos pequeños bacilos pudieron acabar con ellos? Teníamos un nuevo futuro por delante para descubrirlo.

           ─Bien hijos míos, os espero el domingo en la iglesia, a misa de once ─dijo don Gervasio.

           ─Allí estaremos ─me sorprendí a mí mismo contestándole.

           Don Gervasio sabía que acabaría sucumbiendo. Y es cierto, aquello había hecho que me replanteara mis creencias. Ahora sabía que el infinito universo que nos rodeaba estaba lleno de vida. Podía creer en Dios, sabía que, de algún modo, Él nos protegía.



FIN