domingo, 19 de diciembre de 2010

Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (4)

Llegamos los cuatro, cada pareja con su carro de limpieza. A Rafa le pareció una sala majestuosa. ¡Cómo se notaba que no había visto la de la primera planta! Lo limpiamos todo: los cuadros, los sillones, la pasarela, las papeleras, las mesitas, los focos de luz, la moqueta, las cortinas… En una hora estaba todo reluciente. Rafa no pudo reprimirse.

           ─Fedra, da unos pasitos por la pasarela para que te veamos los tres, así nos imaginaremos que somos gente importante que va a comprar una de las colecciones de otoño. Viendo a una chica bella como tú desfilar, será fácil imaginarlo.

           No se lo pensó dos veces. Fue al principio y se acercó hasta nosotros con paso estudiado y decidido, haciendo pequeñas paradas con pose y mostrando la mejor de sus sonrisas. La verdad, si no hubiese sido por el uniforme, cualquiera la hubiese confundido con una modelo profesional. Su figura estilizada y su belleza natural hacían que pareciese un ángel flotando entre las nubes.

           Una voz desde la puerta hizo que los cuatro aterrizásemos de aquel sueño. Era el señor Paolo. Nos dijo que no había tiempo para chácharas y que debíamos terminar nuestro trabajo. El sentimiento de culpabilidad se apoderó de los cuatro y terminamos nuestro turno de tarde en silencio. No sabíamos si aquello tendría consecuencias. En tres años, era la primera vez que un dueño de la empresa nos dirigía la palabra, y encima era para reprendernos.

           Ya en casa, Fedra estaba viendo un programa en la televisión y me llamó para verlo. Allí estaban Paolo y Giovanni dando unas pequeñas pistas de lo que iban a ser sus colecciones de otoño. Sacaron imágenes de antiguos pases de moda de sus colecciones. Modelos famosas lucían con garbo sus colecciones. Al final de los pases, ambos ofrecían su brazo a la modelo estrella y desfilaban orgullosos ante el público.

           ─Marina, por un momento, me he sentido como esas chicas. No sé qué me ha pasado, no sé por qué lo he hecho. Lo siento. Debí haberlo pensado un poco. Sentí una fuerza interior que me empujaba a hacerlo.

           ─Fedra, yo sí sé qué te ha pasado. El piropo de Rafa te ha dejado sin aliento y has querido demostrarle que podías hacer un pase. En cuanto al señor Paolo, no te preocupes, no creo que haya sido nada importante para él.

           ─He sido un poco insensata, procuraré poner los pies en el suelo y no comportarme como una quinceañera. El trabajo es lo primero.

           ─En eso te equivocas Fedra, tú eres lo primero.

           Coincidimos alguna vez más en el Menfis, no eran habituales de aquel lugar, pero cuando iban, nos acompañaban y desgranaban un poquito más de sus vidas. Nosotras intentábamos corresponderles en la conversación, contando bien poca cosa de nuestra rutinaria existencia. Siempre, por supuesto, ocultando nuestro pasado.

           Un día que llovía a mares, Jorge se ofreció a llevarnos al trabajo por la tarde. Aquella mañana habíamos tenido que coger el autobús y, pese a todo, llegamos empapadas. Me vi obligada a aceptar su invitación y darle nuestra dirección para que pasaran a recogernos. A las tres menos veinte, puntual, Jorge llamó al timbre. Bajamos rápido y nos metimos en su coche. Rafa parecía no encontrarse muy bien, hacía mala cara. Como pudo, aguantó estoicamente las dos horas de trabajo. Regresamos con ellos y al llegar a nuestro portal, Rafa sintió unas tremendas ganas de ir al servicio. Seguía lloviendo a mares. Le dije que podía ir al bar que había al lado de nuestro portal. Fedra, muy indignada, me echó una mirada asesina y los invitó a subir a nuestra casa. ¡No podía creerlo, nuestro santuario iba a ser profanado! Subimos en el ascensor, vivíamos en el séptimo. La cara de Rafa iba poniéndose amarilla y los ruidos de su barriga declaraban que aquello no era una pantomima. Me arrepentí de haberle dicho que podía ir al bar del lado. Sus vómitos llenaron nuestra taza del váter y Jorge, sin conocer nuestra casa, instintivamente, se dirigió a la cocina, salió a la galería y llenó el cubo de fregar con agua y amoniaco. Fue él quien limpió todo el desastre. Fedra y yo esperamos en la salita. Cuando entraron los dos, Rafa hacía mejor cara, aunque parecía que le hubiese pasado un tractor por encima. Fui yo la que le hice la manzanilla. Pasamos un rato agradable charlando los cuatro juntos.

           Al día siguiente, nos invitaron a cenar a su piso. «Sin pretensiones, solo como amigos», dijo Jorge. Fedra aceptó encantada por las dos. En el fondo yo la comprendía, estaba loquita por Rafa. Habría que hacer de tripas corazón y acudir a la cena.

           Compramos una botella de cava, Elisa y Manuel nos habían dicho muchas veces que si te invitan debes llevar algún presente. No se nos ocurrió nada más original. Fedra se puso un vestido de lino que había comprado hacía dos años y aún no había estrenado, los zapatos de tacón y su chal de seda. Yo no sabía ni qué ponerme. Mi armario estaba lleno de vaqueros y camisas, nada digno de una cena con amigos. Fedra entró en mi habitación y me tendió unos pantalones negros de vestir y una blusa blanca de manga japonesa, esa ropa le venía un poco grande y solo se la había puesto un par de veces. Teníamos la misma altura, solo que yo pesaba un poco más que ella. Me puse su ropa y los únicos zapatos con algo de tacón que tenía. Fue Fedra la que me pintó un poco la cara y me hizo el pelo. Ella estaba tremendamente feliz. Yo aguantando el tipo.

           ─Marina, estás preciosa. Mírate en el espejo. Te aseguro que esta noche triunfas. Igual Jorge se enamora de ti y cae rendido a tus pies.

           ─Anda, anda, no digas tonterías. No tengo ganas ni de mirarme. Si tu dices que estoy bien, pues estoy bien. La importante eres tú. No olvides que, si vamos a esta cena, es porque te gusta Rafa.

           ─¿No te gusta un poquito Jorge?

           ─No me enamoro tan fácilmente como tú. Además, no creo que Jorge me mire del mismo modo que te mira Rafa a ti. Solo somos amigos, nada más. Ellos en su casa, y nosotras en la nuestra.

           ─Bueno, eso no será esta noche porque vamos a su casa a cenar ─dijo sonriente.

           Sonó el timbre de la puerta, era Rafa quien venía a buscarnos con el Ford Focus. Seguía lloviendo un poco y no querían que nos mojáramos. Jorge se había quedado preparando su cena especial para la ocasión. Rafa, con su camisa recién planchada, me lanzó cuatro halagos y luego cubrió de piropos a mi hermana.

           No habíamos estado nunca en su casa, pero cuando entramos supimos que aquel piso había sido diseñado por el mismo arquitecto que el nuestro. Presentaba la misma estructura que nuestra casa. ¡No me extraña que Jorge encontrara tan fácilmente nuestra galería!

           Jorge salió a recibirnos con un delantal blanco y un gorro de cocinero que Rafa le había regalado. Llevaba unos vaqueros de marca, un polo y unas deportivas. Nos dijo que había preparado una ensalada templada de queso de cabra y vinagreta de miel como entrante, un pastel de marisco de primero y una merluza rellena de segundo. El postre sería una sorpresa de Rafa. La cena estuvo exquisita, Jorge tenía buena mano para la cocina, no como yo, que únicamente conocía la «cocina de supervivencia». Cuando llegó el postre, Rafa sacó un pastel de cumpleaños con veinte velas. Nos dijo que oyó casualmente, en el departamento de personal, que era el aniversario de Fedra. No lo había dicho, pero seguro que había sobornado a alguien de personal para conocer la fecha de nacimiento de mi hermana. Por si ella no estaba suficientemente conquistada, aquello le robó el sentido.

           ─Rafa, muchísimas gracias. Jamás he sido tan feliz. Marina ni se ha acordado.

           Aquello me sentó como un jarro de agua fría, pero era cierto, ni me había acordado. Recordé que le había comprado una tarjeta de felicitación de las que ponen bromas, pero se me olvidó entregársela aquella mañana. Rafa y Jorge la felicitaron y le dieron dos besos en las mejillas. Fedra reflexionó sobre lo que acababa de decir.

           ─Bueno… no es cierto. He sido muy feliz, gracias a Marina, en infinitas ocasiones. Y siempre se ha acordado de felicitarme, aunque fuese en el último segundo del día ─se quedó mirándome con tristeza anhelando mi perdón, sabiendo que me había hecho daño─. Sé que estabas esperando llegar a casa para darme la felicitación que encontré en el cajón de tu mesita ayer. ¡Dame un beso hermana! Tú nunca te olvidas de mí.

           Nos dimos un inmenso abrazo y un par de besos.

           ─Bueno, brindemos con cava. Para que cumplas muchos más y nosotros lo veamos ─dijo Jorge, levantando su copa.

           Volvimos andando a casa, ellos nos acompañaron con la excusa de bajar la cena paseando. Noté que Fedra y Rafa caminaban más despacio y se iban quedando atrás. Era su cumpleaños, lo tenía perdonado. Jorge, a mi lado, también se dio cuenta del detalle y supuso que querrían estar más distanciados. Me cogió del hombro y aceleró el paso, les dijo que quería enseñarme los peces luminosos del lago del parque y que volveríamos en unos minutos. Rafa le dijo que no tuviese prisa. Fedra sonrió y me dijo que allí estaría esperándome.

           ─Bien Marina, les hemos dejado solos. Me parece que lo necesitan. ¿No crees?

           ─Supongo que sí. ─Sin darme cuenta, deje escapar mis pensamientos─. Pero me da miedo, Fedra es muy joven y no sabe nada de la vida, nunca ha salido con nadie.

           ─Pues algún día tendrá que ser el primero. De la vida no te preocupes, no hay por qué saberlo todo. Se va aprendiendo poco a poco.

           Seguía sin soltarme el hombro, pero sus pasos eran más pausados. Sentí una sensación extraña que no acertaba a describir. ¿Me sentía protegida o sentía algo por él? Al ver que yo estaba callada, intervino él.

           ─Marina… tú también eres muy bella. ¡Ojalá lograra verte sonreir! Me gustaría romper esa coraza bajo la que te ocultas y verte tal como eres. Si me dejas, lo intentaré ─acarició con su mano un rizo de mi pelo─. Me gustas Marina, desde el primer día que te vi.

           ─…

           ─No tienes por qué decir nada ahora.

           Llegamos al lago y nos sentamos en un banco. Al soltar mi hombro, me sentí como si me hubieran quitado una losa de encima, la idea de que Jorge tuviese esperanzas conmigo me torturaba. Era la primera vez que estaba con alguien que no iba a pagar a mi padre por gozar de mi compañía y aquello no parecía tener cabida en mi cabeza. Elisa y Manuel me animaron a salir con gente de mi edad pero nunca lo hice, sentía que debía proteger a Fedra, nunca quise dejarla sola.

           ─¿Puedo preguntarte algo Marina?

           ─Supongo que sí, aunque no sé si sabré responder.

           ─¿Desconfías de Rafa?

           ─Aún no sé qué opinar, solo hace un par de meses que os conocemos. A primera vista diría que es un buen chico, pero no pondría la mano en el fuego. Ahora bien, por ti tampoco.

           ─Es un buen chico, te lo aseguró. Hemos pasado muchas cosas juntos en estos años y no le he visto nunca mirar a una chica como mira a tu hermana. Está loco por ella, me lo ha confesado. Con el tiempo descubrirás que yo también soy una buena persona.

          ─Fedra solo tiene diecinueve años, bueno veinte. Él tiene veinticinco y seguro que ha tenido ya un montón de experiencias con chicas. No quiero que le haga daño, ella no se lo merece.

           »Comprendo que es muy guapa y cualquier chico puede enamorarse fácilmente de ella. Pero es muy sensible, es como una pieza de porcelana china que un triste roce puede romper en mil pedazos. Necesita alguien fuerte a su lado que la quiera sobre todas las cosas, que la convierta en el sol de su universo. Ella aún me necesita.

           Cuando terminé de decir aquello, sin poder evitarlo, los ojos se me llenaron de lágrimas. Recordé que no lloraba desde mis catorce años, habían pasado diez. Jorge no dijo nada, me dejo llorar en silencio y volvió a cogerme del hombro. Apoyó su cabeza en la mía, siguió sin decir nada. Estuvimos así más de veinte minutos. Me tranquilicé, respiré hondo y le miré a los ojos.

           ─Hace mucho tiempo que no lloraba, no sé por qué lo he hecho ahora, pero lo necesitaba. Gracias por tu silencio.

           Nos levantamos y regresamos paseando y hablando de las estrellas que podían verse en la noche. Supongo que Jorge comprendió que lo que yo necesitaba en aquel momento no era una relación, pero tampoco creo que supiera qué me hacía falta. Era yo quien debía luchar contra mi misma y quien debía romper la coraza bajo la que me escondía. Si no lo conseguía, nunca podría sentir amor por un hombre.

           Fedra y Rafa hablaban mirándose acaramelados, sentados en un banco. Desde lejos, no eran más que una pareja de enamorados. Cuando llegamos, se levantaron y continuamos hacia casa. Ellos detrás de nosotros, ajenos a nuestra conversación. Por supuesto, no invitamos a los chicos a subir para tomar la última copa.

           Los días pasaron rápido, las colecciones de Paolo&Giovanni se habían vendido satisfactoriamente. La firma se dedicaba exclusivamente a ropa femenina. La Mujer era la musa que inspiraba sus creaciones. Los grandes pases de la primera planta fueron para la prensa y los fotógrafos. Aquella temporada todo el mundo en la empresa se encontraba desbordado de felicidad. Nosotros cuatro continuábamos a lo nuestro. De vez en cuando, veíamos al señor Paolo o al señor Giovanni pasar por el pasillo acompañado de alguna joven modelo. Eran los primeros en llegar a la empresa por la mañana y los primeros en llegar a la empresa por la tarde.

           Una mañana, cuando entramos Fedra y yo a limpiar el despacho del señor Paolo, lo encontramos con el ceño fruncido mirando uno de sus vestidos. Le pedimos disculpas y nos retiramos. Asomó la cabeza por la puerta y nos llamó por nuestro nombre. ¡Casi se me para el corazón de la impresión!

           ─Fedra, Marina, esperen un momento por favor.

           ─Usted dirá, señor Paolo ─le dije, aún aturdida al ver que sabía nuestros nombres.

           Pensé que nos iba a pedir una limpieza especial de alguna zona concreta de su despacho.

           ─¿Les importaría hacerme un favor?

           ─…

           ─Hace meses la vi a usted desfilando por la pasarela de esta planta y, la verdad, lo hacía bastante bien. Necesito ver el efecto de mi vestido en la pasarela, pero la modelo que debía venir ahora a hacer la prueba, acaba de llamar desde el hospital porque se ha roto la tibia y el peroné.

           Se quedó un par de segundos mirando la reacción de extrañeza visible en la cara de mi hermana y prosiguió.

           ─No se preocupe, no la voy a hacer desfilar delante de nadie. Solo estaremos presentes su hermana y yo. Dejaré que su hermana también esté para que usted se sienta más tranquila. ¡No se vaya a creer que pretendo nada! Necesito que haga un pase con este vestido para que yo vea el efecto, por si tengo que cambiar alguna cosa antes del pase de las diez. Mi problema es que ahora son las siete de la mañana y no tengo tiempo de avisar a otra modelo y además hacer retoques. Por supuesto, tendrá una gratificación en la nómina. ¿Le parece bien, Fedra?

           ─Sí, señor Paolo ─contestó Fedra, con cara de sorpresa.

           ─¿Qué pié calza, un treinta y siete?

           ─Sí.

           ─Bien, tome los zapatos y el vestido. Cámbiese en mi servicio. Si necesita que su hermana le ayude, la llama.

           Salió esplendida con aquel vestido y aquellos zapatos, como si hubiesen sido hechos para ella. El jefe le pidió permiso y le quitó la pinza que sujetaba su moño. Los rizos del pelo castaño de mi hermana cayeron sobre sus hombros descubiertos. Fuimos a la pasarela de nuestra planta, la acompañó hasta el principio y le pidió que avanzara hasta el final caminando igual que lo hizo aquella vez.

           Llevaba un vestido de fiesta de un tejido suave al tacto. Un «palabra de honor» ceñido al cuerpo que caía vaporoso hasta los pies. Su imagen me sugería la de una princesa de cuento de hadas. Tras verla, optó por variar el largo de las distintas capas de la falda. Llamó a alguien de la planta de confección e inmediatamente nos vimos rodeados por tres empleados más que anotaban minuciosamente las instrucciones del señor Paolo.

           Mi hermana no podía decir una palabra, yo ni media. Cuando salieron aquellas personas de la sala, el señor Paolo agradeció a mi hermana el favor que le había hecho probándose el vestido y ahí terminó su momento de grandeza.

           Ya en el Menfis, Marina y yo charlábamos sobre el curioso acontecer de aquel día. Ramiro nos trajo el café y, como buen cotilla, se enteró de lo que decíamos.

           ─¿No me digas que vas a ser modelo Fedra?

           ─…

           ─Di que sí muchacha, que tienes una cara y un cuerpo que quitan el hipo.

           ─No seas adulador Ramiro, solo ha sido una prueba de un vestido. Además… no sé por qué te cuento nada ¡Metete en tus cosas, anda! ─le dijo Fedra.

           Quince minutos después llegaron Jorge y Rafa. No habían sido vistos en ningún momento, pero escudriñaron todo lo ocurrido desde algún lugar de la sala, así que aquel día estaban dispuestos a tomar café con nosotras y enterarse de todos los detalles.

           ─¿No me digas que vas a ser modelo Fedra?

           ─¿Tú también, Jorge?

           ─¿Cómo?

           ─Ramiro me acaba de hacer la misma pregunta. ¡Solo me he probado un vestido!

           ─No nos digas mentiras Fedra, Jorge y yo te hemos visto desfilar por la pasarela para el señor Paolo. Eso no es solo probarse un vestido. ¿No nos vas a contar los detalles? ─preguntó Rafa picaronamente.

           ─No la pongas de los nervios, ya está bastante nerviosa ─le recriminé.

          ─Tengo que deciros que por un momento me he sentido como una modelo de verdad, he caminado por la pasarela sin pensar en nada y ha sido una sensación increíble. Me he dejado llevar. Lástima que haya durado sólo media hora.

           ─¿Te gustaría ser modelo? –preguntó Jorge.

           ─Ese es un sueño que yo no puedo alcanzar. De momento, me conformo con trabajar de limpiadora.

           ─Pues le pegas cien vueltas a más de una modelo que yo me sé ─apuntó Rafa.

           Había sido un bonito día y había que celebrarlo, así que, invitamos a los chicos a cenar a casa, sin ninguna pretensión ¡Claro!



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