viernes, 31 de diciembre de 2010

Secreto entre hermanas (Parte III: Javier y Rubén, 2009)

“Pertenecer a una organización internacional era algo que me hacía sentir muy bien. Yo disfrutaba con mi trabajo, secuestraba a tiernas chicas confiadas y además me pagaban por ello. ¡Aquellas golfas lo tenían merecido! Venían a España con la intención de pasarlo en grande gastando el dinero de sus papás, pero el tiro les salía por la culata.

           Rubén y yo formábamos un buen equipo, estábamos bien compenetrados. El problema surgió cuando yo cometí el fallo de dejarme engatusar por Elena y me casé con ella. Él fue más listo que yo, permaneció soltero, sin ninguna responsabilidad y sin tener que dar falsas explicaciones a nadie. Nunca quiso que le dijese a ella que yo tenía un hermano. Decía que llegaría el momento en que nos vendría bien que no lo supiese.

           Nos habíamos criado en las calles, sin padres, cuidados por unos y otros. Nadie podía distinguirnos porque éramos gemelos idénticos. Las sensiblerías no iban con nosotros. El día a día era una continua lucha por la supervivencia. Así que nos importaba bien poco qué les ocurriera a esas fulanas, ¡Si no les gustaba el futuro que les esperaba, que se buscaran la vida! Nosotros también nos la habíamos buscado.

           Los primeros años de mi vida conyugal, me pasé el tiempo contando mentiras a Elena, como si tuviera que darle explicaciones. ¡Un infierno! Ella creía que yo era comercial de una multinacional y que por ese motivo viajaba mucho. No me preguntaba por el dinero, ese no era un tema que le preocupara en absoluto. Yo ingresaba una parte de mi dinero en una cuenta común, de la cual ella disponía libremente y el resto, lo guardaba en otro lugar, para cubrir mis necesidades, sin que ella supiese de su existencia.

           Todo hubiese ido bien si Elena no se hubiese quedado embarazada. No sé porqué las mujeres sienten la llamada de la maternidad. Yo no quería tener hijos y ella lo sabía, por ello me sentí engañado. Le pedí que abortara, pero no accedió. Tenía que haberla echado de casa aquel día, pero por algún motivo no lo hice. Tuvo una niña, una cría llorona que no dejaba dormir a nadie. Por aquel tiempo, yo pasaba más tiempo fuera de casa que en ella. ¡No podía soportarlo! Necesitaba descansar cuando iba a mi hogar y era imposible. Recuerdo que alguna vez dudé que fuese hija mía, pero no le exigí la prueba de paternidad. Con el tiempo que pasaba en casa, aburrida y sin nada que hacer, era posible que hubiese buscado otro hombre que la animara y que aquél fuese el padre de la mocosa. Por si aquella duda que me corroía no fuera suficiente carga, cinco años después volvió a engañarme y se quedó otra vez embarazada. ¡No sé por qué no la maté en ese momento, antes de dejar que todo siguiese adelante! Por algún motivo no lo hice, aunque no creo que fuese la llamada de la sangre, supongo que serían los jueguecitos con mantenía con Elena, pues ninguna mujer me hacía sentir tan bien como ella. Fue otra niña, otra mocosa más llorona todavía que la anterior.

           En mi trabajo hubo varios soplos que hicieron peligrar algunas operaciones. Los jefes decidieron prescindir durante una temporada de nosotros. Corrían malos tiempos, y nos dijeron que habíamos tenido algún descuido en los últimos secuestros y querían estar seguros de que nadie nos seguía. Dejé de tener noticias de Rubén y tuve que quedarme recluido en casa, con Elena y sus dos hijas. Le dije que perdí mi trabajo y que buscaría otro más adelante, cuando me hubiese recuperado de mi estrés. La situación era más insoportable cada día. Yo no quería hacerme cargo de las niñas, eran obligación de su madre, así que para evitar las suplicas de Elena decidí que tenía que buscarme alguna diversión. ¡Menos mal que encontré a unos compañeros de partida con los que pasar mis tardes en el bar! Apostar dinero y beber con ellos me sentaba bien, al menos ahogaba mis penas.

           Nunca le dije a Elena que tenía un hermano gemelo, era casi mejor que no lo supiese, ni ella ni nadie.

           En una de nuestras discusiones diarias, a Elena le dio un infarto y se murió. Tuve que quedarme con aquellas dos crías, una con doce y otra con siete años. No pensaba hacer nada por ellas, ¡Ya se buscarían la vida! Otra opción era abandonarlas, pero ¿dónde iba a ir yo? ¡Encima, dejar mi casa! A eso no estaba dispuesto.

           La niña mayor me pilló la idea desde el primer día y comprendió que no debía molestarme. Ella se hacía cargo de la hermana y prácticamente ni me dirigía la palabra.

           El tiempo pasaba rápido y observé que se le iba moldeando la figura. Era toda una mujer, a cualquier idiota le gustaría pasarlo bien con ella, era una pena desperdiciar aquello, ¡Que mejor chulo que yo! Los fondos de la cuenta común iban menguando y mi fondo de reserva prefería no tocarlo, así que ella podía ser mi nueva fuente de ingresos. No podía sacarla a la esquina para ofrecérsela a cualquiera porque hubiese alarmado a la población, así que tuve que pensar de qué modo hacerlo.

           Una noche que fui a jugar a cartas al bar, terminé en casa jugando con uno de mis amigos. Estábamos bebiendo y riendo cuando apareció la mayor gritando y ordenándonos que nos callásemos. ¿¡Quién se había creído que era!? Pensé que aquella podía ser la ocasión que yo esperaba y se la ofrecí al idiota de mi amigo si ganaba la partida. A cambio él tenía que perdonarme la cuantiosa deuda que tenía con él. Aceptó encantado y, por supuesto, estando casado y con dos hijos, no diría a nadie lo que había pasado esa noche. Él ganó la partida y se llevó su premio. Yo, de un plumazo, tenía una deuda liquidada. Nunca había pensado que podía llegar a ser el chulo de aquellas niñas, pero me resultó muy fácil. De momento la pequeña era demasiado niña, pero ¡Ya le llegaría la hora! Marina se resistió como una fiera, pero fue fácil para mi amigo hacerse con ella porque era muy corpulento. Pronto convencí al resto de mis amigos para pasar un rato agradable con la chiquilla y de ese modo yo fui mejorando mi economía. Aquello me produjo unos buenos beneficios. Nadie sabía a qué se dedicaba esa niña por las noches y el secreto estaba bien guardado pues a nadie le interesaba que se supiese. ¡Solo tenía que acostarse con mis amigos, tampoco le pedía más! ¡Ni que fuera una atrocidad! ¡Aquello era un servicio social! Ellos habían hecho voto de silencio. Marina solo intentó jugármela una vez, y temí que me denunciara, pero le dejé bien claro que como intentara algo no solo la mataba a ella, sino también a la hermanita. Así que, todo fue como la seda.

           La pequeña también fue creciendo y, no solo tenía un buen cuerpo, además era muy guapa. Era una lástima desperdiciar aquello con los sinvergüenzas de mis amigos. Lo tenía todo pensado, sacaría un buen fajo de billetes con ella. Luego, ya veríamos qué haría, igual tenía que enviarlas a algún país extranjero haciendo uso de la organización o quizás, para no dejar cabos sueltos, tenía que matarlas.

           Llamé a Rubén, hacía cinco años que no nos veíamos, pero aún conservábamos nuestros números de móvil para localizarnos. Nuestro último secuestro no salió bien, tuvimos que matar a un par de chicas que se habían escapado. No me gustó aquel trabajo porque el almacén donde las ocultamos estaba muy cerca de la casa de la montaña y temía que pudiesen seguir mi rastro. Durante todo este tiempo no había sabido nada de él.

           Mi hermano desconocía la existencia de Marina y de Fedra, así que cuando le conté que prostituí a Marina y que pensaba vender la virginidad de Fedra al mejor postor, se quedó un poco extrañado. No parecía entender que un padre le hiciese eso a sus hijas, pero cuando le manifesté que no creía que yo fuese el padre, entonces lo comprendió. Era una forma bonita de vengarme de la que fue mi mujer, Elena. Rubén se ofreció para hacer las gestiones necesarias para conseguir algún cliente ricachón que desvirgara a la pequeña, seguro que sacábamos los dos una buena tajada. Me dijo que se pondría en contacto conmigo para informarme de todo cuando lo hubiese encontrado.

           Un tiempo después, me dijo que ya lo había localizado y que éste pensaba pagar muy bien el servicio. Era un empresario polaco, amigo de uno de los jefes de la organización, que no sabía hablar español. Nuestro jefe quería que Rubén se hiciera pasar por mí porque hablaba un poco el polaco y sabría llevar mejor la situación. Acordamos que así fuera, y que aquel día él fuese yo, pero le dejé bien claro que estaría vigilándole. No me fiaba de nadie y, por tanto, mucho menos pensaba fiarme de mi hermano y de mi jefe. El dinero es muy goloso y aquel tipo loco iba a pagarme cien mil euros por estar con ella. Nunca había visto tanto dinero junto. La había visto en una foto y se había encaprichado con Fedra. Lo que no sabía era qué iban a sacar mi hermano y nuestro jefe por esta negociación. Sin duda, debía ser infinitamente rico, nadie que yo conociese era capaz de pagar tanto por desvirgar a alguien.

           Aquella noche, Rubén, tal como yo le dije, sin mediar palabra, tomó a Fedra fuertemente del brazo, la subió en mi camioneta y se la llevó hasta la casa de la montaña. Allí era donde prostituí a Marina y allí era dónde debía empezar su nuevo oficio la pequeña. Aquella casa había sido de los padres de Elena, fallecidos hacía años y, como ella era hija única, al morir ella, la casa había pasado a ser mía.

           Fui a tomar una cerveza al bar y luego cogí mi coche. Aquella noche hacía frío, así que me puse los guantes finos de espuma para conducir mejor y no sentirme tan anquilosado. Me acerqué hasta la casa para espiar qué pasaba en su interior y me asomé por la ventana. Vi que un hombre zarandeaba el cuerpo de mi hermano, no sabía qué había sucedido pero pude ver con mis propios ojos que brotaba sangre de la espalda de Rubén. Un arrebato de furia me cegó al instante y quise defender a mi hermano de aquel personaje desconocido. Entré en la casa y me abalancé sobre aquel individuo. Mi hermano, que parecía inconsciente, estaba sentado en la mecedora. Vi cómo asomaba su navaja en el bolsillo del pantalón, así que la cogí y le asesté una puñalada a aquel hombre. No fue una puñalada certera porque el tipo aún tuvo fuerzas para arrancarme la navaja e intentar lanzarme una puñalada pero, desgraciadamente, al ser esquivada por mí, fue a hundirse en el corazón de mi hermano. Enfurecido por la rabia, le di un puñetazo que lo dejó inconsciente, arranqué la navaja del corazón de mi hermano, que cayó desplomado sin vida a mis pies y, a continuación, le asesté varias puñaladas al asesino de Rubén. Arranqué la navaja de aquel otro cuerpo sin vida y pensé en llevármela pero me di cuenta que llevaba los guantes y no había dejado huellas en ella, por eso preferí dejarla allí en el suelo para que la encontraran y pensaran que había sido un ajuste de cuentas entre ellos.

           Mi vista quedó nublada un instante ante aquella escena, pero ya no había nada que hacer. Me acordé de la chiquilla y me asomé a la habitación por si se había quedado allí muerta de miedo, pero no estaba. Seguramente habría escapado por la ventana del servicio. En ese momento no podía darle su merecido pero, aunque perdiese la vida en ello, estaba dispuesto a encontrarlas y hacerles pagar todo el daño que me habían hecho. El solo hecho de pensar que ellas iban a quedarse con toda mi fortuna, me trastornaba, y eso no estaba dispuesto a consentirlo. Supuse que la policía no tardaría en saber lo que había ocurrido allí, así que decidí alejarme y volver cuando las aguas se hubiesen calmado. Con un poco de suerte, creerían que era yo el muerto, no Rubén.

           Huí de allí sin mirar atrás”.

           ─Oiga, ¿puede darme un vaso de agua? Esto de declarar me está dejando la boca seca. ¡Jodida suerte la mía!

           ─Tome el vaso. Continúe por favor, aún no ha terminado.

3 comentarios:

  1. nooo!!!!, estaa muy buenoooo!!!! jajaja.. un poco de accion!! uff!!
    no entendi un poquito.
    no lo habian matado las chicas??
    bueno.. sigo leyendo a ver q pasa

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  2. Ruben y Javier eran gemelos idénticos, así que Marina apuñaló por la espalda a su tío creyendo que era su padre. Ruben había quedado inconsciente, que no muerto, y finalmente fue asesinado involuntariamente por el polaco, que pretendía matar a Javier en defensa propia. En resumen, Marina, atormentada toda su vida creyendo haber matado a alguien, y sólo fue una tentativa frustrada.
    Me alegra ver tus comentarios, siempre es bueno saber que alguien te lee.

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  3. aaahhh...!!!
    jajaja, esta buena la historia, como no leerla?
    gracias por aclarar las dudas en todo caso =)

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