martes, 28 de diciembre de 2010

Secreto entre hermanas (Parte II: Jorge y Rafa, 2005-2006) (3)

Como era el primer día, nos enredamos un poco. Bajamos escopetados al garaje y cogimos mi Ford Focus, giraríamos por la calle de las chicas y nos dirigiríamos como un rayo hacia Paolo&Giovanni. ¡No me lo podía creer! Vi a las hermanas caminando a paso rápido por la acera que bordeaba el parque. Asomé la cabeza por la ventanilla para invitarlas a venir con nosotras y, curiosamente, aceptaron. Les explicamos dónde vivíamos y nos reímos por la coincidencia. Fedra nos dijo que ella tenía diecinueve años y Marina veinticuatro. Creo que a Marina no le hizo mucha gracia que su hermana nos dijese su edad, pero no le dio tiempo a replicar porque llegamos al parking de los empleados de la empresa y tuvimos que ir rápidamente a los vestuarios.

           El encargado nos indicó que nuestra primera obligación de las tardes era la sala de la pasarela, iba a ser un mes cargadito de visitas. Rafa se quedó maravillado cuando vio la majestuosidad que allí se respiraba y le pidió picaronamente a Fedra que desfilase para nosotros. La chica, encantada, nos hizo un pase de auténtica profesional. Fue Paolo, uno de los jefes, quien rompió la magia del momento al pillarnos «in fraganti».

           Rafa y yo nos vimos en la obligación de darle una explicación a Paolo. Cuando terminamos el turno nos acercamos a su despacho.

           ─Buenas tardes señor Paolo ¿Puede atendernos un segundo? ─le pregunté.

           ─Sí, claro, pasen.

           ─Quisiera pedirle disculpas en nombre de los cuatro por lo que ha sucedido en la sala. En realidad fui yo quién incitó a Fedra a realizar el pase ─le dijo un compungido Rafa.

           ─Gracias, si no fuera por usted no lo habría visto.

           ─¿Cómo dice? ─le preguntamos al unísono.

           ─Nunca habría imaginado que una de mis limpiadoras fuera tan bella y tuviese ese porte majestuoso en la pasarela. Me informaré sobre ella. Veremos si puedo hacer algo.

           ─Señor, son dos hermanas. Una no va a ningún lado sin la otra. En el lote tienen que ir las dos o no tendrá a ninguna ─apunté.

           ─Bien, pues me informaré de ambas. ¿Cómo ha dicho que se llaman?

           ─Fedra es la que ha visto desfilando, tiene diecinueve años. Marina es su hermana, tiene veinticuatro. Ambas trabajan aquí desde hace tres años ─le indicó Rafa.

           ─Un informe en toda regla, sí señor, por un momento había olvidado quiénes eran ustedes. Si están aquí es porque Luis Poveda es un amigo nuestro de la infancia. No sabemos qué investigan, ni queremos saberlo si no es necesario. No queremos líos, sean discretos.

           ─Tranquilo, lo somos. Buenas tardes ─le contesté, mientras salíamos de su despacho.

           Algunos días, coincidíamos en el Menfis «casualmente» e intentábamos obtener información de su anterior vida. Un día, en un momento que Marina fue al servicio, a Fedra se le escapó que no tenían familia, sus padres habían sido hijos únicos y no llegaron a conocer a sus abuelos. También nos comentó que Elisa y Manuel, los dueños del restaurante donde trabajaba Marina, fueron para ellas como unos padres.

           Marina era una fortaleza herméticamente cerrada, cuanto más la miraba más me gustaba. Ella no soltaba nada que fuera de interés para nuestra investigación. Solo hablaba de trabajo y rutinas. Su pasado no parecía ir más allá de los seis meses.

           Efectivamente, comprobamos que no salían mucho, más bien nada. Las vigilábamos con los prismáticos desde nuestra ventana. Solo nos faltaba tener algún micro instalado en su piso para saber de qué hablaban pero, para eso, debíamos tener la oportunidad de entrar en él y con Marina eso iba a ser difícil.

           Un día que llovía a mares, llegaron empapadas a trabajar. No podíamos llevarlas a casa porque habíamos quedado con Méndez y Núñez pero, como no parecía que fuese a parar de llover, me ofrecí a recogerlas para ir juntos al turno de tarde. Me disculpé por no poderlas llevar a casa por la mañana, alegando que teníamos dentista en el edificio contiguo. Nos dieron sus señas y se fueron a la parada de autobús. Tuvimos que entrar en la clínica dental y sentarnos en la sala de espera. Desde el autobús, se despidieron con la mano.

           Fuimos a nuestra cita con los compañeros para hacer intercambio de información, que en nuestro caso, iba a ser bien poca. El primero en hablar fue Méndez:

           ─Sentaros. ¿Qué queréis tomar?

           ─Coca-cola ─dije.

           ─Agua ─contestó Rafa.

           ─Hemos dado con el paradero de Rubén Alonso. Vive en vuestra calle, en un décimo piso cerca de vosotros. Creemos que espía a las chicas. Seguimos y anotamos todos sus movimientos. Dos agentes de la policía judicial de Castellón están colaborando con nosotros. No le hemos visto hablar con nadie, simplemente vigila a las chicas de lejos. Tened cuidado, este tipo está tramando algo ─nos contó Méndez.

           ─De momento solo somos compañeros de las chicas. Ellas no se relacionan con nadie y, por lo que nos ha dicho la hermana pequeña, creen que no tienen familia ─les informé.

           ─Hemos informado al juez sobre la situación y la próxima semana los de Castellón harán un interrogatorio a los amigos de Javier Alonso, a ver qué pueden sacar de ellos. Son padres de familia supuestamente respetables, pero pecan de borrachos igual que pecaba el padre de las chicas. Si encuentran algo nos lo comunicarán inmediatamente ─añadió Núñez.

           ─Si al menos pudiésemos entrar en su piso y meter algunos micrófonos, podríamos sacar algo más de información, pero de compañeros no pasamos ─apuntó Rafa.

           ─Yo una vez tomé ostras adrede, no veas lo mal que me sientan, para que me dejaran entrar en casa de unas señoras a vomitar y funcionó ─dijo Méndez.

           ─A mí también me sientan mal, no sé qué tienen esos bichos que no los aguanto, me voy patas abajo enseguida ─comentó Rafa.

           ─No se hable más, en la pescadería vi ostras el otro día, vamos a comprar una docena. Te las zampas, cogemos los micros, vamos a trabajar y, luego, con la excusa, cuando lleguemos a casa de las chicas, les dices que necesitas ir al servicio ─planifiqué.

           Nos despedimos de los compañeros hasta la próxima reunión y nos fuimos a la pescadería. Solo con verlas, la cara de Rafa se transformaba. Llegamos a casa a la una, se las comió con los ojos cerrados y tapándose la nariz con los dedos. A las tres menos veinte estábamos en su portal para recogerlas. Fue una tarde aburrida, el pobre Rafa aguantó como pudo, parecía un alma en pena. A las cinco, antes de salir, me dijo que no aguantaba más, se encontraba realmente mal y, como no nos fuéramos pitando, iba a soltar la pota allí mismo.

           Aunque Marina opuso resistencia, finalmente nos dejaron subir a su casa. Fedra acompañó a Rafa al servicio y luego volvió a la salita con nosotros. Cuando oí la puerta, les dije que yo me encargaba de limpiarlo todo, que no se preocuparan de nada. Había puesto un micro cerca de la ventana mientras Marina dejaba sus cosas, luego coloqué alguno más por la casa. El pobre Rafa parecía haber llegado de la guerra, menos mal que Fedra le hizo algún que otro mimo y se recuperó un poco.

           Al día siguiente las invitamos a cenar a nuestra casa, yo quedé encargado de la cocina porque si hubiese sido Rafa el cocinero habríamos cenado una tortilla y una ensalada. Rafa fue el encargado de ir a recogerlas. Les deleité con alguna de las recetas de mi abuela, que era una gran cocinera, y quedaron encantados. Marina estaba guapísima, nunca la había visto tan arreglada. Su cabellera pelirroja realzaba las encantadoras pecas que salpicaban su cara. Ella me desconcertaba totalmente, por momentos creía que yo le interesaba pero, en cambio, aquella impresión desaparecía fácilmente a las primeras de cambio. Algo en ella se rebelaba ante la idea de tener una relación. Rafa sabía que era el cumpleaños de Fedra, así que se encargó de comprarle una tarta y las velas. No podía consentir que su veinte cumpleaños quedara sin celebración. Marina se llevó un chasco, por lo visto aun no había felicitado a su hermana. Un abrazo y dos besos de Fedra solucionaron el desaguisado.

           Decidimos acompañarlas paseando hasta su casa, aunque estaban en la calle paralela, había que andar unos dos kilómetros, un poco más si íbamos bordeando el parque. Rafa me guiñó un ojo y noté que iba quedándose rezagado con Fedra. Yo decidí lanzarme al ruedo, cogí del hombro a Marina y apresuré un poco el paso. Guiñándole un ojo a ella, la convencí para dejarlos solos un rato. También era una oportunidad para mí, pues, al menos, no se había soltado.

           Comentó que su hermana era muy joven y que sentía que debía protegerla. Quise que entendiera que nadie nace sabiendo y que necesitamos vivir la vida para aprender. En un arrebato de pasión, le dije que me gustaba, que me había gustado desde el primer día que la vi. Ante su mirada, que no supe comprender, le dije que no tenía por qué decir nada. Mejor volverlo a intentar en otro momento más apropiado.

           Cuando llegamos al lago del parque, nos sentamos en un banco. Le solté el hombro, no quería violentarla más. Le confesé que Rafa estaba enamorado de su hermana, que era un tío legal y que nunca le haría ningún daño. Ella seguía preocupada por Fedra, como si todo el peso del mundo recayese sobre sus hombros, no pudo reprimirse y empezó a llorar en silencio. En aquel momento supe que no necesitaba una pareja, necesitaba simplemente cariño. Le volví a coger el hombro, apoyé mi cabeza en la suya y la dejé desahogarse. Cuando se serenó, regresamos a por los tortolitos.

          

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