lunes, 17 de mayo de 2010

Desde mi habitación

Lejanas y poderosas diviso unas montañas que parecen arrastrar el lastre de los tiempos. Solo algún travieso pico se clava en el firmamento burlándose de las nubes que lo rodean. Algunos campos de naranjos despuntan en la ladera, recordándome los mechones rebeldes de un pelo despeinado.

           Mi pueblo se halla enclavado a los pies de esta cordillera. Alcanzo a ver la torre de la Iglesia y su cúpula azul destacando en esta estampa. A su lado, muchas edificaciones se yerguen con prepotencia ansiando ser vistas desde la distancia, pero aun así, no reconozco ninguna construcción en particular. Una imagen curiosa asalta mi retina, una hilera de hormigas en formación accede a la población a través del puente elevado sobre la autopista.

           Tres kilómetros me separan de la población. Los campos que antaño estaban llenos de vida, hoy se encuentran medio tristes, con un verde apagado que denota el abandono de muchos de ellos. Solo veo unos pocos campesinos que siguen regando con su sudor las tierras. Tiempo atrás, el reflejo dorado de los plásticos de los melonares llegaba a molestar a la vista, en cambio, hoy aparece disperso y moribundo entre malezas y terrenos olvidados.

           Lindante con mi casa, encuentro una calle sin edificación alguna, esperando que alguien la urbanice. Antes de que el olor de la civilización se instalase en esta zona, podía sentir la fragancia del campo, me despertaba el ruido de los tractores que se dirigían al trabajo y podía empaparme de naturaleza desde mi ventana. Hoy solo puedo ver lo que queda y recordarlo con nostalgia.

2 comentarios:

  1. Qué tristeza pensar que algún día, espero que muy lejano, pobladores de estas tierras desconozcan el origen de sus riquezas...
    Entiendo y comparto tu nostalgia.

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  2. Gracias por tu comentario Mari.

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