sábado, 15 de mayo de 2010

Ternura

Su hija nació un cálido día de finales de verano. Habían pasado muchas horas desde que llegaron a la puerta de urgencias de maternidad.
           Una enfermera les dijo que debían permanecer en la sala de espera hasta que hubiese sitio dentro. Parecía que los bebés se habían puesto de acuerdo en nacer todos el mismo día. Dos horas después les indicaron dónde estaba la sala de dilatación. Ambos pasaron allí muchas horas de tortura sin sentido. Habían oído hablar de la epidural y preguntaron por ella, pero les dijeron que no estaba disponible. La impotencia se reflejaba en la cara de él, mientras el sufrimiento y el dolor se apoderaban de ella.

           Llevaba demasiado tiempo dilatada y no se producía el alumbramiento. Finalmente fue necesario realizar una cesárea de urgencia con anestesia total.

           Mientras su hija nacía, él estaba paseando arriba y abajo por el pasillo. No podía evitar estar nervioso, ya habían pasado diecisiete horas desde que llegaron allí. Rezaba lo que sabía para que todo saliese bien.

           Los abuelos paternos y maternos también aguardaban allí, sentados en silencio, esperando que la puerta se abriese y alguien les diese buenas noticias.

           Una enfermera abrió la puerta, llevaba a su hija en brazos, venía sonriéndole y haciéndole caricias en la mejilla. Todos se acercaron inmediatamente a verla. Fue aquella mujer la que le entregó a su hija, dijo que debía ser el padre quien la cogiese primero.

           Cuando la tuvo en brazos, la expresión de su cara se transformó. No podía creer que él hubiese participado en la aventura de la vida. Sus diminutas manos lo rozaron, fue en ese momento cuando supo que alguien le había robado el corazón para siempre.

           Su mujer estaba bien, pero aun tardaría un tiempo en despertar.

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