sábado, 5 de marzo de 2011

El misterio de Lucía

Las palabras del profesor bailaban en mi cabeza, al son de una melodía diferente a la que se suponía debían hacerlo. Mi mente no era capaz de procesar la información recibida. Normalmente era un aliado de la Bioquímica Clínica, pero ese día mi cabeza estaba muy lejos de allí. Con la mirada ausente, clavada fijamente en los ojos de don Silverio, revivía, una y otra vez, lo ocurrido la noche anterior, sin poder evitarlo.

           María insistió en que le acompañase a visitar a Lucía porque vivía en las afueras y no quería ir sola, ya que a las seis de la tarde empezaba a anochecer. Yo tenía mi plan de estudios programado y aquella tarde tenía mucha materia para estudiar, pero finalmente, a regañadientes, acepté acompañarla. Su amiga llevaba varios días enferma y le había pedido que le llevase los apuntes fotocopiados, para no quedarse demasiado retrasada y no tener que perder el semestre. No sabíamos ciertamente qué dolencia padecía, pero carecía de importancia, éramos estudiantes de Primero de Medicina y nos sentíamos inmunes a las enfermedades mundanas.

           Nos abrió su madre, la noté cansada, unas ojeras grises rodeaban sus empequeñecidos ojos azules. La encontré pálida y muy delgada, como si un ciclón la hubiese arrollado a su paso. No pude evitar preocuparme por ella, la palidez podía ser debida al cansancio acumulado, pero su delgadez extrema rozaba la anorexia. Aquella mujer siempre había sido la envidia de todas las madres: ¡Siempre tan perfecta! Nos hizo unas preguntas de cortesía y nos acompañó hasta la habitación de Lucía.

           Se alegró mucho de vernos. Estaba sentada en su mesa de estudio, con su pelo rubio perfectamente recogido con una cinta y un conjunto de pijama, bata y zapatillas que parecía de cuento de niña. Tras unos besos eufóricos y unos abrazos grandiosos, nos invitó a sentarnos en el borde de su cama para charlar un rato con ella. Nadie hubiese dicho que estaba enferma, casi hubiese jurado que acababa de drogarse. Nos contó que todos los días, después de las doce de la noche sufría unos terribles dolores de cabeza y, por ese motivo, dormía de nueve de la mañana a cinco de la tarde. No habían descubierto aún el origen de su dolor, aunque se encontraba a la espera de los resultados de unas pruebas que le habían realizado.

           Salimos de allí a las siete de la tarde, acompañé a María a su casa y luego regresé a la mía, dispuesto a recuperar el tiempo perdido. Ambos vivíamos en la misma calle, así que sólo perdí una hora y media. No di importancia a nada de lo sucedido durante esa visita. Estuve estudiando un par de horas, baje a cenar con mis padres y mi hermana y, luego, tras una hora más de trabajo, me acosté para estar fresco al día siguiente.

           Eran las doce y cinco de la noche cuando sonó el móvil. Una voz familiar, casi inaudible, pedía mi ayuda. Era María. Estaba sola en casa, sus padres trabajaban por la noche. Me vestí rápidamente y bajé sigilosamente la escalera. No quería despertar a nadie, todo hubiesen sido preguntas. Ni yo mismo sabía qué le ocurría a María, pero tenía claro que ella no era de las que llamaban a esas horas de la noche, evidentemente se trataba de algo importante. Cogí la chaqueta y me acerqué a su casa.

          Una María fantasmagórica, con el pelo sembrado de canas, el contorno de ojos oscurecido y bastante más delgada, me abrió la puerta. La chica llena de energía y vitalidad que yo conocía, parecía haberse desvanecido.

           ─¿Qué te ha pasado María?

           ─A las doce he recibido una llamada de Lucía. Al ver su número en el móvil, he contestado rápidamente. Su voz sonaba extraña. Me ha dicho que había llegado mi hora y, como he sentido miedo, le he colgado. Luego, he ido al baño a lavarme la cara y me he visto así. Estoy asustada . ¿Qué crees que me ocurre?

           Su mirada suplicante parecía ampararse en mí, intentando que mi mente lograse dar una explicación lógica a aquel suceso extraño.

           ─No sé lo que te ocurre, pero lo vamos a descubrir. Anda, ponte algo de abrigo, nos vamos a casa de Lucía.

           Llamamos tres veces al timbre, eran las doce y cuarenta minutos de la noche y seguramente no esperaban visitas. Nos abrió su madre y, al ver a María, empezó a llorar. Sin mediar palabra, nos invitó a entrar.

           ─¿Y Lucía? ─pregunté mostrando mi disposición a hablar con ella, con o sin su permiso─. Creo que le debe una explicación a María. Le ha llamado al móvil para decirle una frase misteriosa y, tras ello, María, tal como puede ver, ha envejecido. ¿Por qué está pasando esto? ¿Lo sabe usted?

           Con la voz entrecortada y con cara de culpabilidad, la madre de Lucía se atrevió a contarnos su historia.

           ─Mi marido, en paz descanse, era guardia de seguridad de la familia Torres. Ellos son los dueños de esta casa. El abuelo Alfonso Torres lo apreciaba mucho. Cuando su hijo y su familia se trasladaron a la ciudad, en agradecimiento por los servicios prestados a la familia, puso la casa en manos de mi marido, para que nos trasladásemos a vivir aquí y mantuviésemos la vivienda en condiciones habitables. Lucía aún no había cumplido los dieciséis años. ¡Han pasado casi tres años y parece como si hubiesen pasado cien! El mismo día que Lucía cumplió los dieciocho años, mi marido falleció. Varios miembros de la familia Torres acudieron a presentarme sus respetos. El abuelo no pudo venir porque estaba recluido en un centro para enfermos mentales. Roberto, el nieto único de los Torres, me invitó amablemente a abandonar esta casa. Por supuesto, me sentí ofendida y le dije que no tenía corazón y que yo no estaba dispuesta a dejar la casa hasta el año dos mil quince, tal como figuraba en el contrato firmado con su abuelo, pero él me miró fijamente y me dijo que me arrepentiría de tomar esa decisión. Antes de salir de la casa, con voz extraña, se dirigió a Lucía y le advirtió que su hora había llegado. Aquella frase, que sonó a maldición, me dejó la sangre helada.

           »Ese mismo día, Lucía empezó a tener unos terribles dolores de cabeza todas las noches. Acabó durmiendo por el día. Solo parecía encontrarse bien de las cinco de la tarde a las doce de la noche. Varios neurólogos han acudido a mi llamada y han estudiado su caso, pero ninguno ha sido capaz de encontrar sentido a lo que le sucede. Desesperada, llamé a un teléfono de los que aparecen en televisión, no creo en brujerías, pero ya no sabía qué hacer. La médium que respondió mi llamada, dijo que un aura maligna rodeaba la casa en la que vivíamos y que estaba cebándose en mi hija. La invité a visitarnos para que pudiese ver personalmente a Lucía. Dijo que un ser extraño hibernaba en su cuerpo y sólo la energía positiva de otra mujer podía evitar que esa presencia despertase definitivamente y Lucía desapareciese para siempre. Me esforcé hasta el infinito en transmitirle vibraciones positivas, pero cada día que pasaba notaba que mis fuerzas menguaban y envejecía más. Fui yo la que le aconseje que te llamase y te pidiese los apuntes, creí que un solo día a su lado no podría hacerte demasiado daño y yo podría recuperarme un poco, pero me equivoqué. Lo siento mucho María, perdóname.

           ─María, será mejor que nos vayamos, creo que no debimos venir aquí. Puede que esta casa esté verdaderamente embrujada. Anda, vámonos.

           Nos levantamos del sofá y nos dirigimos hacia la salida pero, algo en mi interior, me decía que yo no debía tener miedo. «¿Y si era yo quien podía solucionar aquel misterio?».

           ─¿Puedo hablar con Lucía? ─le pregunté a su madre.

           ─Ahora sufre una de sus crisis, no sé si querrá verte.

           ─Me verá, quiera o no quiera.

           Subí a la habitación de Lucía y la encontré acostada en la cama, con los ojos abiertos como platos.

           ─Lucía, ven conmigo. Salgamos de aquí.

           ─No me siento bien, lo siento, no creo que pueda levantar mi cabeza de esta almohada. Siento como si una losa estuviese aplastándome el cerebro y no puedo moverme. No me deja pensar con claridad ¿Qué haces tú aquí?

           ─Después de que llamases a María, hemos venido a pedirte explicaciones.

           ─¿Qué dices? Yo no he llamado a María, cuando estoy así no me apetece hablar. Tampoco me apetece ver a nadie, vete, déjame en paz.

           Me acerqué a ella para cogerla en brazos y llevármela de aquella casa, pero noté que algo me lo impedía. Si verdaderamente habitaba en ella una presencia extraña, estaba intentando imponerse por la fuerza. Me dirigí a ese interlocutor invisible para obtener la información que necesitaba conocer:

           ─Mira no sé quién eres, ni lo que eres, pero sé que estás ahí, dentro de Lucía. No sé porqué absorbes la energía vital de las mujeres que te rodean, ni sé hasta qué punto habrás dañado a esta joven, pero, al menos, merecemos una explicación. ¿No crees?

           Comprobé que Lucía parecía ausente y sus ojos se enrojecían al tiempo que sus pupilas se dilataban. Un instante después, una voz extrañamente parecida a la suya, me contestaba.

           ─¿Quién eres tú? ¿Por qué quieres ayudar a estas mujeres?

           ─Sólo soy un amigo. ¿Y tú? ¿Quién eres?

           ─Soy la nieta de Alfonso Torres, Lucía, la hermana gemela de Roberto. Fallecí accidentalmente en esta misma casa, cuando tenía dieciocho años, y mis padres decidieron irse a la ciudad con mi hermano. Mi abuelo ofreció esta casa a la familia de Lucía para mantenerla cuidada y habitable, aunque nunca pudo superar mi muerte. Despechado por el sufrimiento de haber perdido a su nieta favorita, decidió ofrecer su alma a los espíritus del más allá a cambio de mi resurrección. Y sí, recibió respuesta a su ofrecimiento, regresé del cálido lugar donde me hallaba para habitar el cuerpo de Lucía, una joven de dieciocho años, con mi mismo nombre que vivía en esta misma casa. Ella es fuerte y me ha presentado batalla desde el primer día.

           ─No puedes aniquilar a Lucía, ni apoderarte de su cuerpo. Este no es tu lugar, debes regresar a donde perteneces.

           ─No puedo, lo siento. Yo no quise participar en esta batalla, me han obligado. Esto es algo entre ella y yo, no puedes impedirlo.

           ─Y ¿Por qué atacas a las mujeres que te rodean?

           ─Noté que cuando existía un contacto entre Lucía y su madre, una parte de la vitalidad de su madre me hacía más fuerte a mí. Y así, fue como, día a día, le fui robando las fuerzas, para poder luchar contra su hija.

           ─¿Y María?

           ─Fue más sencillo, un solo abrazo entre amigas fue suficiente para poder absorber gran parte de su energía. No era mi intención hacerle daño a ella, sólo se trata de un instinto de supervivencia.

           ─Pero sólo te ocurre con mujeres, a mí no me ha pasado nada ¿Por qué?

           ─Supongo que debe ser por mi condición femenina. El único hombre al que puedo manipular es a mi hermano. No tengo opciones, debo ganar o no sé qué será de mí.

           ─Y si te rindieses. ¿Crees que no podrías volver al lugar del que has venido?

           ─No lo sé. Lo que hago es instintivo, algo me empuja a hacerlo. No puedo dominarlo.
  
           ─Ríndete, deja vivir a Lucía su vida. Tú ya viviste la tuya.

           ─¿Y mi abuelo? ¿En qué lugar quedaría su alma?

           ─No pienses en él ahora, creo que perdió su alma el mismo día que te perdió a ti.

           No sé si fueron mis palabras o qué fue, pero un silencio sepulcral invadió la estancia y una calma infinita pareció poseer el cuerpo de Lucía. Sus parpados se cerraron y quedó sumida en un plácido sueño. Bajé al salón y les conté a su madre y a María lo sucedido.

           Subieron a verla y decidieron no despertarla en ese momento. María y yo, preferimos esperar sentados en el suelo de su habitación, apoyados el uno en el otro. Su madre, se recostó en la butaca del tocador de su hija.

           Eran las seis de la madrugada y un rayo de luz asomaba por la ventana. Me desperté y comprobé que Lucía se encontraba sentada en la cama, observándonos en silencio.

           ─Buenos días Lucía, ¿Cómo te encuentras?

           Al oírme hablar, su madre y María se despertaron.

           ─Muy bien. No me duele la cabeza y siento como si me hubiesen quitado un peso de encima. Gracias por estar a mi lado. Creo que ahora todo irá bien. Lo presiento.

           Su madre se acercó a abrazarla y estuvo pegada a ella más de cinco minutos. Vimos como retornaba el color rosado a sus mejillas y el contorno gris de sus ojos desaparecía. Supuse entonces que lo de su delgadez tendría también solución, aunque fuese un poco más espaciada en el tiempo.

           Lucía soltó a su madre, se levantó de la cama y dio un fuerte abrazo a María. El mismo efecto se produjo en mi amiga, y aquellas canas que poblaban su cabeza empezaron a desaparecer.

           Nos despedimos de ambas y regresamos a nuestras casas, sólo teníamos dos horas para descansar antes de ir a la Facultad de Medicina. Aquel día descubrí que la ciencia no puede explicarlo todo.



2 comentarios:

  1. wow! algo diferente, pero me gusta :D

    Pura magia :)

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  2. Jajajaja, gracias por comentar Eugenia.

    ¡Ya me gustaría a mí que fuese magia!

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