Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (6)

Tras pasar por las expertas manos de un peluquero y una maquilladora, ayudé a Fedra a ponerse el primer vestido. Estaba radiante y tranquila, yo, en cambio, tenía un nudo en el estómago. Dana nos dijo que ella sería la última en salir en cada uno de los tres pases. Gran parte de la puesta en escena la realizaban las primeras modelos. Visto el juego sucio de Marusha, las otras modelos habían acordado reubicarse en la pasarela, de modo que Fedra solo tenía que aprender tres o cuatro cosas. Todas le infundieron ánimo y ella les mostró su agradecimiento. No sabían que aquel iba a ser su primer pase profesional. Algunas de ellas habían tardado tres años o más en llegar a la posición que ocupaban.

           Detrás de la pasarela, en la gran sala-vestidor donde me encontraba, había una pantalla que mostraba lo que estaban viendo los asistentes al desfile de moda de Paolo&Giovanni. Estaba llena de fotógrafos y periodistas de diversas revistas de moda, incluso un par de cámaras de televisión. La emoción me embargaba a cada paso que mi hermana daba en la pasarela. El primer pase fue bien, el segundo estuvo impecable y el tercero fue sublime. Al finalizar el acto, unos satisfechos Paolo y Giovanni salieron a saludar. El primero ofreció su brazo a Nadia (una de las modelos estrella de la casa), el segundo ofreció su brazo a mi hermana. Me dio un vuelco el corazón cuando vi cientos de flashes reflejados en su sonriente cara. A partir de aquel día, nada sería igual, Fedra aparecería en todas las revistas de moda conocida y, seguramente, en algún canal televisivo.

           Había un picoteo en recepción y, por supuesto, fuimos invitadas. Hablamos con diferentes personas que nos iban presentando, de algunas ya no recuerdo ni el nombre. Finalmente volvimos a ponernos los vaqueros y salimos de allí. Dana me había entregado una agenda con el guión a seguir a partir del día siguiente. Cada vez que lo miraba, la cabeza me daba vueltas. Necesitábamos llegar a casa y tirarnos en el sofá a descansar, sin nadie que nos molestase. Al día siguiente, ya veríamos.

           Fedra no paró de hablar durante nuestro paseo hacia casa, tenía demasiadas sensaciones que contarme. Cuando llegamos, el cansancio se apoderó de nosotras. Había sido un día demasiado intenso, nos sentamos en el sofá y encendimos el televisor. Nos preguntábamos qué habría sido de Jorge y Rafa. ¿Habrían ocupado nuestras plazas vacantes? ¿Sabrían algo de nosotras? Ninguna de las dos teníamos la respuesta. Pero no tardamos en descubrirlo.

           Sonó el interfono, alguien llamaba a nuestra casa. Me levanté sin ganas y me dirigí al telefonillo.

           ─¿Quién es?

           ─Somos nosotros, Marina ─contestó Jorge.

           Accioné el interruptor y les dejé subir. No le dije nada a mi hermana. Cuando llegaron, fue Jorge quien empezó a hablar.

           ─Estábamos preocupados por vosotras. En Personal nos han dicho que habíais dejado las plazas vacantes y que, si nos interesaba, nos prorrogaban el contrato un mes. No sabíamos qué decir. Te llamé varias veces esperando una explicación pero siempre me salía el buzón de voz. Debes tener unos doce mensajes míos. Al final hemos aceptado la prórroga, un mes más de sueldo siempre viene bien. No sé si hemos hecho bien aceptando, lo último que quiero es robaros algo que por derecho os pertenece.

          ─No te preocupes Jorge, hemos abandonado esas plazas voluntariamente ─le dije con voz tranquilizadora.

           Rafa, que no podía aguantarse más, me preguntó si Fedra estaba en casa. Los invité a pasar a nuestra salita.

           ─Fedra, mira quién ha venido a visitarnos.

           ─Hola chicos, ¿Cómo estáis?

           Antes de que ellos articularan una palabra, le contesté yo.

           ─Estaban preocupados por si nos pasaba algo. Han aceptado la prórroga.

           Rafa vio la cara de alegría de Fedra y no pudo resistirse.

           ─¿Sabíais que nos iban a ofrecer vuestro puesto?

           ─Sí.

           ─Chicas, me parece que nos tenéis que explicar muchas cosas

           Los dos se sentaron y mi hermana empezó a explicarles, a grandes rasgos, todo lo que había ocurrido. Yo me dirigí a la cocina a preparar café. Cuando volví con la bandeja, los tres reían felices.

           ─Mañana mismo pienso comprar todas las revistas de moda que haya en el quiosco ─dijo Rafa.

           ─¿Me dejarás verlas, no? ─añadió Jorge.

           ─Vista una, vistas todas ─les comentó Fedra.

           ─Es cierto, no hace falta que te gastes tanto dinero Rafa, son muy caras. Dales una ojeada por encima y compras aquella en la que la veas más guapa ─le apunté.

           Mientras manteníamos aquella conversación animada aparecieron imágenes del desfile de moda de Paolo&Giovanni en la pantalla del televisor, en ninguna aparecía mi hermana. Nos quedamos callados instantáneamente y, al fin apareció, preciosa toda ella, cogida del brazo del señor Giovanni, en el apoteósico final del desfile. El locutor hizo hincapié en un comentario realizado por ambos diseñadores a diversos medios de comunicación: «Su nueva modelo, Fedra, pronto llegaría a ser reconocida internacionalmente». Aquello nos dejó sin habla. Tras el impacto, quise despertar a mi hermana de aquel sueño.

           ─Baja de esa nube cariño, no olvides que siempre hay que poner los pies en el suelo y esta historia aún está muy verde. Esperemos a ver lo que nos depara el mes.

           ─No sé Marina, creo que los nervios me están entrando ahora. ¿Estaré a la altura de lo que ellos esperan de mí?

           ─¡Claro que lo estarás princesa, no hay más que verte en la pasarela! ─le animó Rafa.

           ─Ya verás, no habrá quien te pare, con tesón y confianza llegarás muy lejos ─confirmó Jorge.

           Nos comentaron que durante esos días no se habían puesto en contacto con nosotras porque habían estado atareados presentando su currículum en diversas empresas. Aquella ciudad les gustaba mucho y no estaban dispuestos a dejarnos solas allí. Nos dejaron satisfechas con su explicación. Al menos, teníamos dos amigos que se preocupaban por nosotras.

           Cuando se despidieron, Fedra comentó que aquel era el día perfecto para escribir una carta a Elisa y Manuel y contarles cómo nos iba en la vida y en el trabajo. Les alegraría mucho saber que nos relacionábamos con dos chicos. Aun no les habíamos dicho que conocíamos a Jorge y a Rafa. Estábamos en deuda con ellos y nuestra gratitud no podía medirse con una escueta carta vacía de contenido, les contaríamos lo que sentíamos de verdad, nuestros miedos y nuestras alegrías. Para nosotras, habían sido como unos padres.

           Una apretada agenda empezó a partir del día siguiente: gimnasio, salón de belleza, pruebas y más pruebas, desfiles y más desfiles, viajes y más viajes. Con el tiempo, llegué a sentirme como pez en el agua.

           Jorge y Rafa eran asiduos en nuestra casa. Nos acompañaban a los actos a los que podíamos llevar pareja. Su buena presencia no desentonaba en el ambiente glamuroso de aquellas celebraciones y nos ayudaba a tener los pies en el suelo. Solo los jefes sabían que proveníamos del bajo escalafón de la limpieza de la casa, lo cual no parecía importarles en absoluto.

           Yo no podía olvidar mi pasado, quién era, ni lo que había hecho. Fedra, en cambio, era feliz, consiguió dejar de llorar por los rincones.

           Había pasado un año desde que iniciamos aquella aventura y la relación entre Rafa y Fedra se convirtió en una relación bastante formal, cosa extraña en el mundo de la moda. Rafa estaba realmente enamorado de mi hermana y Fedra bebía los vientos por él. Creo que si él le hubiera pedido, en algún momento, que lo dejara todo, ella lo habría hecho.

           Jorge permanecía a la espera, paciente, disfrutando únicamente de mi compañía. Reconozco que me sentía bien con él.



Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (5)

Llegaron a las nueve, puntuales, ambos vestidos sport, nosotras también.

           ─¿Con qué sorpresa nos vais a deleitar? Que conste que yo me curré la cena cuando os invitamos la otra noche a nuestra casa.

           ─Pues bien Jorge, os vamos a deleitar con unas pizzas de la pizzería de la esquina. En cinco minutos estarán aquí. Pero no te preocupes, también tenemos un buen Peñascal y una tarta de nata ─le contesté sonriendo despreocupada.

           ─Me va a parecer la cena más maravillosa del mundo. Es la primera vez que te veo sonriente y eso, para mí, es el mejor manjar que pueda imaginar ─dijo mirándome embelesado.

           Mi hermana y Rafa se dieron cuenta del detalle, lo noté en sus miradas. Aquel comentario de Jorge me había dejado aturdida, pero bajé de la nube en la que estaba flotando y volví a enfundarme con la máscara protectora.

           Al terminar la cena, y tras una buena tertulia, en la que hablamos de mil detalles de nuestra rutina diaria, nos despedimos hasta el día siguiente. Teníamos que madrugar para ir a trabajar.

           Cuando quedaban dos semanas para que Jorge y Rafa terminaran su contrato, en el departamento de personal les comunicaron que sus servicios en la casa habían terminado, debían disfrutar de sus vacaciones y volver a finales de mes para recoger la documentación y el finiquito correspondiente. Se despidieron de nosotras con una amplia sonrisa y con la típica frase: «Seguiremos en contacto». Cuando nos lo contaron, una sombra de tristeza invadió la cara de Fedra, supongo que algo parecido debió pasar con la mía. Ellos habían sido nuestros primeros amigos y la sola idea de perderlos nos pareció un castigo innecesario. Sabíamos que la empresa iba muy bien y que los pases privados de nuestra planta seguirían realizándose, por lo que suponíamos que seguía siendo necesario limpiar con precisión. Algo escapaba de nuestro entendimiento pero el mundo laboral es así de cruel a veces.

           Los días siguientes no hubo noticias de ellos. Mi hermana parecía un alma en pena paseando el carro de limpieza por pasillos y despachos. Yo, que siempre había sido su pañuelo de lágrimas, no conseguía consolarla. Como me temía, Rafa había roto el corazón de mi hermana, quién sabe si Jorge había agrietado el mío.

           Finalizaba el mes, cuando un preocupado señor Paolo, carraspeando, asomó la cabeza por la puerta del servicio de señoras que estábamos limpiando.

           ─Disculpen mi atrevimiento, al ver el carro en la puerta he supuesto que estaban aquí limpiando. La necesito de nuevo señorita Fedra. ¿Puede ayudarme?

           ─¿Qué sucede señor Paolo? ─le preguntó.

           ─Como imagino que sabrán, hoy tenemos pase en la primera planta y Marusha (una de sus primeras modelos) ha decidido hacerme una jugarreta en el último momento, se ha ido a la competencia. La necesito señorita, necesito que usted ocupe su lugar. A tres horas del pase, comprenderá que no puedo hacer nada. Al final del desfile, las diez modelos deben salir con el último vestido que han llevado. Sería demasiado pesado para las otras chicas tener que desfilar con los tres vestidos de Marusha y, todo el mundo notaría que falta una modelo. Sé que no tiene formación pero sé que es capaz de hacerlo. Si lo consigue, no le quepa duda, este será su salto a la fama. Por supuesto, su hermana podrá ser su ayudante. ¿Qué me dice?

           Los ojos de mi hermana se iluminaron como estrellas, me miró con miedo, como pidiendo permiso, solo acerté a asentir moviendo la cabeza.

           Un estirado señor Giovanni hizo también su aparición en el servicio de señoras.

           ─Buenos días señoritas, lamento el retraso. Supongo que Paolo ya les habrá puesto en antecedentes. Señorita Fedra, si es tan buena como dice mi hermano, le aseguro que ésta es su oportunidad. ¿Lo ha decidido?

           Ni siquiera sabía que eran hermanos, siempre había creído que eran unos socios bien avenidos. El señor Paolo, moreno y de ojos oscuros; el señor Giovanni, rubio y de ojos azules: curiosidades de la genética.

           Mi hermana, aún temblando ante la oferta del señor Paolo, se quedó petrificada ante la presencia del señor Giovanni. Él parecía un gigante de acero, imponía respeto por donde pasaba. Su rostro impasible en el trabajo, se convertía en el encanto personificado cuando estaba en la pasarela. Tenerlo allí haciéndole esa pregunta, la dejó desconcertada. Tenía que decidirse ya, esa era su oportunidad y no podía desperdiciarla porque los nervios le jugaran una mala pasada. Me acerqué por detrás y le di un pellizco. Finalmente dijo algo.

           ─Si ambos creen que merezco esta oportunidad, no voy a dejarla pasar. Estoy dispuesta a hacerlo siempre que, como ha dicho el señor Paolo, tenga a mi hermana como ayudante ─su voz era firme, no delataba su temor a perderlo todo poniendo esa condición.

           ─Bien señorita, me alegro. Ya nos imaginábamos que, en el lote, tenían que ir las dos. Pasen por el departamento de personal a firmar el contrato, acabo de venir de allí y ya he dado las instrucciones precisas, sabía que Paolo no se equivocaba con usted. De momento están a prueba. Si todo va bien, este contrato mensual será prorrogado por más tiempo. Si al final todos nos hubiésemos equivocado, no se preocupen, su lugar en el equipo de limpieza seguiría reservado para ustedes. Imaginen que les hemos concedido una excedencia de un mes en su trabajo de limpiadoras ─dijo el señor Giovanni, mostrando la mejor de sus sonrisas estudiadas.

           Ambos se acercaron y nos estrecharon las manos a las dos. Debíamos ir rápidamente a personal, luego presentarnos en la primera planta y seguir las instrucciones de la señora Dana, ella nos diría cómo funcionaba aquel mundo desconocido. Cuando nos íbamos, escuchamos al señor Paolo hablando por el móvil.

           ─¿Pérez? Llame a Jorge y a Rafa, los que limpiaban aquí, y dígales que vengan inmediatamente, sus vacaciones han sido suspendidas. Su contrato está prorrogado por un mes más. Dese prisa, dígales que hoy continúen a partir del servicio de señoras, es ahí donde se han quedado Fedra y Marina. Si es preciso, que terminen más tarde. Todo debe estar a punto a las doce, no lo olvide. Si hay problemas, me da un toque.
           Aquella noticia, oída al vuelo, fue la inyección de adrenalina que Fedra necesitaba. Caminaba más segura que nunca, sus miedos habían quedado atrás.

           La señora Dana miró a mi hermana desde todos los ángulos, se fijó en su cara detenidamente, quitó la pinza del pelo de mi hermana, echó sus hombros hacia atrás y le levantó la barbilla.

           ─No me llaméis señora Dana, eso me envejece. Soy sólo Dana ¿De acuerdo?, Bien Fedra, si el señor Paolo dice que vales, es que vales. Tienes un cuerpo fantástico y una cara preciosa. ¡Hoy vamos a hacerte brillar en el firmamento! ¿Verdad Marina?

           Solo le devolví una sonrisa. No supe qué decir, pero estaba dispuesta a hacer lo que hiciese falta para que mi hermana fuese el centro del universo.

           Dana había recibido órdenes de los jefes y eso lo notamos enseguida. Nos presentó al equipo, incluidas las nueve modelos que iban a compartir pasarela con mi hermana. Aquella sala-vestidor estaba llena de gente: las chicas, los peluqueros, las maquilladoras, las ayudantes, el personal de confección y quizás alguien más.

           ─¡Un momento de silencio, por favor! ─dijo Dana pegando un grito en lo alto de una tarima elevada─. Esta es Fedra, una joven modelo recién llegada a nuestra casa. Espero que le ofrezcáis una calurosa bienvenida.

           Un estruendoso aplauso sonó inmediatamente. Todas las miradas se posaron en mi hermana. Habíamos tenido que cambiarnos de ropa, el señor Paolo se había encargado de todo. Nadie necesitaba saber que hacía solo media hora estábamos limpiando retretes. Dana, que era la única que conocía nuestra situación en esa sala, prosiguió con las presentaciones.

           ─¡Silencio, aun no he terminado! Fedra va a sustituir a Marusha en el desfile de hoy, os ruego seáis benevolentes con ella, no ha podido estar en los ensayos. ¡Ayudadla! También quiero presentaros a Marina, ella es su hermana, y es, a la vez, su ayudante y su representante.

           Algunas personas me lanzaron un saludo afectuoso y me dieron la bienvenida. ¡La suerte estaba echada!

Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (4)

Llegamos los cuatro, cada pareja con su carro de limpieza. A Rafa le pareció una sala majestuosa. ¡Cómo se notaba que no había visto la de la primera planta! Lo limpiamos todo: los cuadros, los sillones, la pasarela, las papeleras, las mesitas, los focos de luz, la moqueta, las cortinas… En una hora estaba todo reluciente. Rafa no pudo reprimirse.

           ─Fedra, da unos pasitos por la pasarela para que te veamos los tres, así nos imaginaremos que somos gente importante que va a comprar una de las colecciones de otoño. Viendo a una chica bella como tú desfilar, será fácil imaginarlo.

           No se lo pensó dos veces. Fue al principio y se acercó hasta nosotros con paso estudiado y decidido, haciendo pequeñas paradas con pose y mostrando la mejor de sus sonrisas. La verdad, si no hubiese sido por el uniforme, cualquiera la hubiese confundido con una modelo profesional. Su figura estilizada y su belleza natural hacían que pareciese un ángel flotando entre las nubes.

           Una voz desde la puerta hizo que los cuatro aterrizásemos de aquel sueño. Era el señor Paolo. Nos dijo que no había tiempo para chácharas y que debíamos terminar nuestro trabajo. El sentimiento de culpabilidad se apoderó de los cuatro y terminamos nuestro turno de tarde en silencio. No sabíamos si aquello tendría consecuencias. En tres años, era la primera vez que un dueño de la empresa nos dirigía la palabra, y encima era para reprendernos.

           Ya en casa, Fedra estaba viendo un programa en la televisión y me llamó para verlo. Allí estaban Paolo y Giovanni dando unas pequeñas pistas de lo que iban a ser sus colecciones de otoño. Sacaron imágenes de antiguos pases de moda de sus colecciones. Modelos famosas lucían con garbo sus colecciones. Al final de los pases, ambos ofrecían su brazo a la modelo estrella y desfilaban orgullosos ante el público.

           ─Marina, por un momento, me he sentido como esas chicas. No sé qué me ha pasado, no sé por qué lo he hecho. Lo siento. Debí haberlo pensado un poco. Sentí una fuerza interior que me empujaba a hacerlo.

           ─Fedra, yo sí sé qué te ha pasado. El piropo de Rafa te ha dejado sin aliento y has querido demostrarle que podías hacer un pase. En cuanto al señor Paolo, no te preocupes, no creo que haya sido nada importante para él.

           ─He sido un poco insensata, procuraré poner los pies en el suelo y no comportarme como una quinceañera. El trabajo es lo primero.

           ─En eso te equivocas Fedra, tú eres lo primero.

           Coincidimos alguna vez más en el Menfis, no eran habituales de aquel lugar, pero cuando iban, nos acompañaban y desgranaban un poquito más de sus vidas. Nosotras intentábamos corresponderles en la conversación, contando bien poca cosa de nuestra rutinaria existencia. Siempre, por supuesto, ocultando nuestro pasado.

           Un día que llovía a mares, Jorge se ofreció a llevarnos al trabajo por la tarde. Aquella mañana habíamos tenido que coger el autobús y, pese a todo, llegamos empapadas. Me vi obligada a aceptar su invitación y darle nuestra dirección para que pasaran a recogernos. A las tres menos veinte, puntual, Jorge llamó al timbre. Bajamos rápido y nos metimos en su coche. Rafa parecía no encontrarse muy bien, hacía mala cara. Como pudo, aguantó estoicamente las dos horas de trabajo. Regresamos con ellos y al llegar a nuestro portal, Rafa sintió unas tremendas ganas de ir al servicio. Seguía lloviendo a mares. Le dije que podía ir al bar que había al lado de nuestro portal. Fedra, muy indignada, me echó una mirada asesina y los invitó a subir a nuestra casa. ¡No podía creerlo, nuestro santuario iba a ser profanado! Subimos en el ascensor, vivíamos en el séptimo. La cara de Rafa iba poniéndose amarilla y los ruidos de su barriga declaraban que aquello no era una pantomima. Me arrepentí de haberle dicho que podía ir al bar del lado. Sus vómitos llenaron nuestra taza del váter y Jorge, sin conocer nuestra casa, instintivamente, se dirigió a la cocina, salió a la galería y llenó el cubo de fregar con agua y amoniaco. Fue él quien limpió todo el desastre. Fedra y yo esperamos en la salita. Cuando entraron los dos, Rafa hacía mejor cara, aunque parecía que le hubiese pasado un tractor por encima. Fui yo la que le hice la manzanilla. Pasamos un rato agradable charlando los cuatro juntos.

           Al día siguiente, nos invitaron a cenar a su piso. «Sin pretensiones, solo como amigos», dijo Jorge. Fedra aceptó encantada por las dos. En el fondo yo la comprendía, estaba loquita por Rafa. Habría que hacer de tripas corazón y acudir a la cena.

           Compramos una botella de cava, Elisa y Manuel nos habían dicho muchas veces que si te invitan debes llevar algún presente. No se nos ocurrió nada más original. Fedra se puso un vestido de lino que había comprado hacía dos años y aún no había estrenado, los zapatos de tacón y su chal de seda. Yo no sabía ni qué ponerme. Mi armario estaba lleno de vaqueros y camisas, nada digno de una cena con amigos. Fedra entró en mi habitación y me tendió unos pantalones negros de vestir y una blusa blanca de manga japonesa, esa ropa le venía un poco grande y solo se la había puesto un par de veces. Teníamos la misma altura, solo que yo pesaba un poco más que ella. Me puse su ropa y los únicos zapatos con algo de tacón que tenía. Fue Fedra la que me pintó un poco la cara y me hizo el pelo. Ella estaba tremendamente feliz. Yo aguantando el tipo.

           ─Marina, estás preciosa. Mírate en el espejo. Te aseguro que esta noche triunfas. Igual Jorge se enamora de ti y cae rendido a tus pies.

           ─Anda, anda, no digas tonterías. No tengo ganas ni de mirarme. Si tu dices que estoy bien, pues estoy bien. La importante eres tú. No olvides que, si vamos a esta cena, es porque te gusta Rafa.

           ─¿No te gusta un poquito Jorge?

           ─No me enamoro tan fácilmente como tú. Además, no creo que Jorge me mire del mismo modo que te mira Rafa a ti. Solo somos amigos, nada más. Ellos en su casa, y nosotras en la nuestra.

           ─Bueno, eso no será esta noche porque vamos a su casa a cenar ─dijo sonriente.

           Sonó el timbre de la puerta, era Rafa quien venía a buscarnos con el Ford Focus. Seguía lloviendo un poco y no querían que nos mojáramos. Jorge se había quedado preparando su cena especial para la ocasión. Rafa, con su camisa recién planchada, me lanzó cuatro halagos y luego cubrió de piropos a mi hermana.

           No habíamos estado nunca en su casa, pero cuando entramos supimos que aquel piso había sido diseñado por el mismo arquitecto que el nuestro. Presentaba la misma estructura que nuestra casa. ¡No me extraña que Jorge encontrara tan fácilmente nuestra galería!

           Jorge salió a recibirnos con un delantal blanco y un gorro de cocinero que Rafa le había regalado. Llevaba unos vaqueros de marca, un polo y unas deportivas. Nos dijo que había preparado una ensalada templada de queso de cabra y vinagreta de miel como entrante, un pastel de marisco de primero y una merluza rellena de segundo. El postre sería una sorpresa de Rafa. La cena estuvo exquisita, Jorge tenía buena mano para la cocina, no como yo, que únicamente conocía la «cocina de supervivencia». Cuando llegó el postre, Rafa sacó un pastel de cumpleaños con veinte velas. Nos dijo que oyó casualmente, en el departamento de personal, que era el aniversario de Fedra. No lo había dicho, pero seguro que había sobornado a alguien de personal para conocer la fecha de nacimiento de mi hermana. Por si ella no estaba suficientemente conquistada, aquello le robó el sentido.

           ─Rafa, muchísimas gracias. Jamás he sido tan feliz. Marina ni se ha acordado.

           Aquello me sentó como un jarro de agua fría, pero era cierto, ni me había acordado. Recordé que le había comprado una tarjeta de felicitación de las que ponen bromas, pero se me olvidó entregársela aquella mañana. Rafa y Jorge la felicitaron y le dieron dos besos en las mejillas. Fedra reflexionó sobre lo que acababa de decir.

           ─Bueno… no es cierto. He sido muy feliz, gracias a Marina, en infinitas ocasiones. Y siempre se ha acordado de felicitarme, aunque fuese en el último segundo del día ─se quedó mirándome con tristeza anhelando mi perdón, sabiendo que me había hecho daño─. Sé que estabas esperando llegar a casa para darme la felicitación que encontré en el cajón de tu mesita ayer. ¡Dame un beso hermana! Tú nunca te olvidas de mí.

           Nos dimos un inmenso abrazo y un par de besos.

           ─Bueno, brindemos con cava. Para que cumplas muchos más y nosotros lo veamos ─dijo Jorge, levantando su copa.

           Volvimos andando a casa, ellos nos acompañaron con la excusa de bajar la cena paseando. Noté que Fedra y Rafa caminaban más despacio y se iban quedando atrás. Era su cumpleaños, lo tenía perdonado. Jorge, a mi lado, también se dio cuenta del detalle y supuso que querrían estar más distanciados. Me cogió del hombro y aceleró el paso, les dijo que quería enseñarme los peces luminosos del lago del parque y que volveríamos en unos minutos. Rafa le dijo que no tuviese prisa. Fedra sonrió y me dijo que allí estaría esperándome.

           ─Bien Marina, les hemos dejado solos. Me parece que lo necesitan. ¿No crees?

           ─Supongo que sí. ─Sin darme cuenta, deje escapar mis pensamientos─. Pero me da miedo, Fedra es muy joven y no sabe nada de la vida, nunca ha salido con nadie.

           ─Pues algún día tendrá que ser el primero. De la vida no te preocupes, no hay por qué saberlo todo. Se va aprendiendo poco a poco.

           Seguía sin soltarme el hombro, pero sus pasos eran más pausados. Sentí una sensación extraña que no acertaba a describir. ¿Me sentía protegida o sentía algo por él? Al ver que yo estaba callada, intervino él.

           ─Marina… tú también eres muy bella. ¡Ojalá lograra verte sonreir! Me gustaría romper esa coraza bajo la que te ocultas y verte tal como eres. Si me dejas, lo intentaré ─acarició con su mano un rizo de mi pelo─. Me gustas Marina, desde el primer día que te vi.

           ─…

           ─No tienes por qué decir nada ahora.

           Llegamos al lago y nos sentamos en un banco. Al soltar mi hombro, me sentí como si me hubieran quitado una losa de encima, la idea de que Jorge tuviese esperanzas conmigo me torturaba. Era la primera vez que estaba con alguien que no iba a pagar a mi padre por gozar de mi compañía y aquello no parecía tener cabida en mi cabeza. Elisa y Manuel me animaron a salir con gente de mi edad pero nunca lo hice, sentía que debía proteger a Fedra, nunca quise dejarla sola.

           ─¿Puedo preguntarte algo Marina?

           ─Supongo que sí, aunque no sé si sabré responder.

           ─¿Desconfías de Rafa?

           ─Aún no sé qué opinar, solo hace un par de meses que os conocemos. A primera vista diría que es un buen chico, pero no pondría la mano en el fuego. Ahora bien, por ti tampoco.

           ─Es un buen chico, te lo aseguró. Hemos pasado muchas cosas juntos en estos años y no le he visto nunca mirar a una chica como mira a tu hermana. Está loco por ella, me lo ha confesado. Con el tiempo descubrirás que yo también soy una buena persona.

          ─Fedra solo tiene diecinueve años, bueno veinte. Él tiene veinticinco y seguro que ha tenido ya un montón de experiencias con chicas. No quiero que le haga daño, ella no se lo merece.

           »Comprendo que es muy guapa y cualquier chico puede enamorarse fácilmente de ella. Pero es muy sensible, es como una pieza de porcelana china que un triste roce puede romper en mil pedazos. Necesita alguien fuerte a su lado que la quiera sobre todas las cosas, que la convierta en el sol de su universo. Ella aún me necesita.

           Cuando terminé de decir aquello, sin poder evitarlo, los ojos se me llenaron de lágrimas. Recordé que no lloraba desde mis catorce años, habían pasado diez. Jorge no dijo nada, me dejo llorar en silencio y volvió a cogerme del hombro. Apoyó su cabeza en la mía, siguió sin decir nada. Estuvimos así más de veinte minutos. Me tranquilicé, respiré hondo y le miré a los ojos.

           ─Hace mucho tiempo que no lloraba, no sé por qué lo he hecho ahora, pero lo necesitaba. Gracias por tu silencio.

           Nos levantamos y regresamos paseando y hablando de las estrellas que podían verse en la noche. Supongo que Jorge comprendió que lo que yo necesitaba en aquel momento no era una relación, pero tampoco creo que supiera qué me hacía falta. Era yo quien debía luchar contra mi misma y quien debía romper la coraza bajo la que me escondía. Si no lo conseguía, nunca podría sentir amor por un hombre.

           Fedra y Rafa hablaban mirándose acaramelados, sentados en un banco. Desde lejos, no eran más que una pareja de enamorados. Cuando llegamos, se levantaron y continuamos hacia casa. Ellos detrás de nosotros, ajenos a nuestra conversación. Por supuesto, no invitamos a los chicos a subir para tomar la última copa.

           Los días pasaron rápido, las colecciones de Paolo&Giovanni se habían vendido satisfactoriamente. La firma se dedicaba exclusivamente a ropa femenina. La Mujer era la musa que inspiraba sus creaciones. Los grandes pases de la primera planta fueron para la prensa y los fotógrafos. Aquella temporada todo el mundo en la empresa se encontraba desbordado de felicidad. Nosotros cuatro continuábamos a lo nuestro. De vez en cuando, veíamos al señor Paolo o al señor Giovanni pasar por el pasillo acompañado de alguna joven modelo. Eran los primeros en llegar a la empresa por la mañana y los primeros en llegar a la empresa por la tarde.

           Una mañana, cuando entramos Fedra y yo a limpiar el despacho del señor Paolo, lo encontramos con el ceño fruncido mirando uno de sus vestidos. Le pedimos disculpas y nos retiramos. Asomó la cabeza por la puerta y nos llamó por nuestro nombre. ¡Casi se me para el corazón de la impresión!

           ─Fedra, Marina, esperen un momento por favor.

           ─Usted dirá, señor Paolo ─le dije, aún aturdida al ver que sabía nuestros nombres.

           Pensé que nos iba a pedir una limpieza especial de alguna zona concreta de su despacho.

           ─¿Les importaría hacerme un favor?

           ─…

           ─Hace meses la vi a usted desfilando por la pasarela de esta planta y, la verdad, lo hacía bastante bien. Necesito ver el efecto de mi vestido en la pasarela, pero la modelo que debía venir ahora a hacer la prueba, acaba de llamar desde el hospital porque se ha roto la tibia y el peroné.

           Se quedó un par de segundos mirando la reacción de extrañeza visible en la cara de mi hermana y prosiguió.

           ─No se preocupe, no la voy a hacer desfilar delante de nadie. Solo estaremos presentes su hermana y yo. Dejaré que su hermana también esté para que usted se sienta más tranquila. ¡No se vaya a creer que pretendo nada! Necesito que haga un pase con este vestido para que yo vea el efecto, por si tengo que cambiar alguna cosa antes del pase de las diez. Mi problema es que ahora son las siete de la mañana y no tengo tiempo de avisar a otra modelo y además hacer retoques. Por supuesto, tendrá una gratificación en la nómina. ¿Le parece bien, Fedra?

           ─Sí, señor Paolo ─contestó Fedra, con cara de sorpresa.

           ─¿Qué pié calza, un treinta y siete?

           ─Sí.

           ─Bien, tome los zapatos y el vestido. Cámbiese en mi servicio. Si necesita que su hermana le ayude, la llama.

           Salió esplendida con aquel vestido y aquellos zapatos, como si hubiesen sido hechos para ella. El jefe le pidió permiso y le quitó la pinza que sujetaba su moño. Los rizos del pelo castaño de mi hermana cayeron sobre sus hombros descubiertos. Fuimos a la pasarela de nuestra planta, la acompañó hasta el principio y le pidió que avanzara hasta el final caminando igual que lo hizo aquella vez.

           Llevaba un vestido de fiesta de un tejido suave al tacto. Un «palabra de honor» ceñido al cuerpo que caía vaporoso hasta los pies. Su imagen me sugería la de una princesa de cuento de hadas. Tras verla, optó por variar el largo de las distintas capas de la falda. Llamó a alguien de la planta de confección e inmediatamente nos vimos rodeados por tres empleados más que anotaban minuciosamente las instrucciones del señor Paolo.

           Mi hermana no podía decir una palabra, yo ni media. Cuando salieron aquellas personas de la sala, el señor Paolo agradeció a mi hermana el favor que le había hecho probándose el vestido y ahí terminó su momento de grandeza.

           Ya en el Menfis, Marina y yo charlábamos sobre el curioso acontecer de aquel día. Ramiro nos trajo el café y, como buen cotilla, se enteró de lo que decíamos.

           ─¿No me digas que vas a ser modelo Fedra?

           ─…

           ─Di que sí muchacha, que tienes una cara y un cuerpo que quitan el hipo.

           ─No seas adulador Ramiro, solo ha sido una prueba de un vestido. Además… no sé por qué te cuento nada ¡Metete en tus cosas, anda! ─le dijo Fedra.

           Quince minutos después llegaron Jorge y Rafa. No habían sido vistos en ningún momento, pero escudriñaron todo lo ocurrido desde algún lugar de la sala, así que aquel día estaban dispuestos a tomar café con nosotras y enterarse de todos los detalles.

           ─¿No me digas que vas a ser modelo Fedra?

           ─¿Tú también, Jorge?

           ─¿Cómo?

           ─Ramiro me acaba de hacer la misma pregunta. ¡Solo me he probado un vestido!

           ─No nos digas mentiras Fedra, Jorge y yo te hemos visto desfilar por la pasarela para el señor Paolo. Eso no es solo probarse un vestido. ¿No nos vas a contar los detalles? ─preguntó Rafa picaronamente.

           ─No la pongas de los nervios, ya está bastante nerviosa ─le recriminé.

          ─Tengo que deciros que por un momento me he sentido como una modelo de verdad, he caminado por la pasarela sin pensar en nada y ha sido una sensación increíble. Me he dejado llevar. Lástima que haya durado sólo media hora.

           ─¿Te gustaría ser modelo? –preguntó Jorge.

           ─Ese es un sueño que yo no puedo alcanzar. De momento, me conformo con trabajar de limpiadora.

           ─Pues le pegas cien vueltas a más de una modelo que yo me sé ─apuntó Rafa.

           Había sido un bonito día y había que celebrarlo, así que, invitamos a los chicos a cenar a casa, sin ninguna pretensión ¡Claro!



Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (3)

De allí nos fuimos al supermercado a comprar las cuatro cosas que hacían falta. Ya en el piso, hice la comida. Comíamos a la una, y, tras comer, descansábamos un poco y nos íbamos al trabajo dando un paseo por el parque. Aquella era nuestra rutina diaria. Cuando terminábamos a las cinco, nos íbamos a ver escaparates. No había nada más en nuestra vida.

           ─¿Por qué le has dicho que tenía mal de amores? A Ramiro no le importa nada lo que me pasa o me deja de pasar. Ahora se creerá que me ha abandonado algún novio. No me gusta estar en boca de nadie, prefiero pasar desapercibida. Si pudiera, me borraría con una goma para que no me viese nadie.

           ─Fedra, ¿sabes qué creo? Que a lo mejor lo que a ti te hace falta es un novio. Solo así olvidarías nuestro pasado y verías que puede haber un futuro feliz esperándote.

           ─¡No lo dirás porque tú entiendas mucho de eso! Que yo sepa, nunca has tenido ningún novio. Nuestro futuro está escrito, estaremos juntas para siempre y no se hable más.

           ─Sí, igual no soy la más indicada para hablar de novios. Pero creo que el amor es algo maravilloso si lo encuentras, tenemos el ejemplo de Elisa y Manuel, y tú eres joven y preciosa, aún puedes encontrarlo.

           ─Marina, tú también eres joven, solo tienes veinticuatro años. También podrías encontrar un buen chico si te lo propusieras, eres muy guapa aunque te empeñes en creer lo contrario por ser pelirroja y pecosa.

           ─Bueno, dejémoslo estar. Estamos navegando por aguas turbulentas.

           Ya casi llegábamos a nuestro portal y habíamos visto los escaparates de moda que habían sido cambiados aquella semana. Nos encantaba ver los cambios de moda en los maniquíes de cada tienda. Supongo que algo tendría que ver nuestro trabajo en Paolo&Giovanni.

           Cuando llegamos a aquella ciudad solo tenía una dirección anotada en una servilleta de papel. Elisa y Manuel nos habían recomendado una pensión de unos amigos suyos. Al día siguiente acudimos a la cita que nos habían concertado con el encargado de la empresa en la que ahora trabajábamos.

           Elisa era una mujer encantadora, y Manuel estaba totalmente enamorado de ella. Verlos a ellos juntos cada día, me ayudó a no enloquecer y confiar en que algún día mi hermana y yo encontraríamos la felicidad. Ellos no conocían nuestra verdadera historia. Sabían poco de mi madre, solo que era cariñosa y un buen día falleció de un ataque al corazón. De mi padre, nunca supieron nada, para ellos solo era un hombre rudo y taciturno con tendencia a darse a la bebida. Cuando oyeron la noticia de su muerte, alguien les dijo que fue apuñalado. Nada se supo de las diligencias abiertas por la policía judicial ni del juzgado que se encargó del caso. Aquel día, en la casa de la montaña, encontraron a nuestro padre muerto en el suelo. A su lado, yacía otro muerto. Entre los dos, una navaja extrañamente igual que la mía, con sangre de ambos en el filo. Los indicios parecían indicar que se habían matado entre sí. Nunca supimos cómo ocurrió aquello, mi hermana y yo huimos de allí despavoridas. Fedra cogió sus prendas e intentó no dejar su rastro en la casa. Yo limpié con un clínex mi navaja y la guardé en un bolsillo de la chaqueta. Pensaba llevarla siempre conmigo pues gracias a ella éramos libres y teníamos un futuro. Volvimos a casa corriendo, exhaustas, deseando eliminar aquel día de nuestras vidas.

           Sabía que al día siguiente alguien llamaría a nuestra casa para comunicarnos la fatídica noticia. Don Leandro, el jefe de policía, fue el encargado de la misión. Su cara de cansancio y la barba sin afeitar le daba un aspecto lamentable, su ropa olía a sudor y alguna gota de sangre en la camisa delataba que aquella no había sido una noche tranquila. Nos anunció la muerte de nuestro padre y nos presentó a la asistenta social que le acompañaba para hablar con nosotras. Sabían que yo era mayor de edad y trabajaba, pero mi hermana tenía catorce años y aquello podía ser un problema. Elisa y Manuel hablaron con ellos y les rogaron que no nos separaran, ofreciéndose a acogernos en su casa. No querían formalidades, solo nuestra compañía. Manifestaron que yo era una joven formal y trabajadora y que yo había sido quien había cuidado de mi hermana desde la muerte de mi madre, pues mi padre era un borracho. A la vista de todo aquello,  don Leandro y la asistenta acordaron encargarse de todo el papeleo pero nos impusieron una pequeña condena que cumplir: vivir allí, al menos, hasta que Fedra cumpliese los dieciséis años y terminase la educación secundaria obligatoria.

           Aunque no formalmente, Elisa y Manuel nos adoptaron. Legalmente, era yo la tutora de mi hermana. Eran una pareja sin hijos. Vivimos con ellos aquellos dos años y puedo decir que, en El Imán, fuimos felices. Pero necesitábamos irnos de allí y ellos lo comprendieron. Nos ofrecieron el visado hacia la libertad que tanto ansiábamos y solo nos pidieron a cambio que les enviásemos noticias sobre nosotras de tanto en tanto.

           Aquella mañana, Fedra parecía más serena, como si quisiese superar la impotencia que le creaban sus miedos.

           ─¿Sabes qué te digo? Que voy a ser fuerte. Tienes razón. Aquel «monstruo» no se merecía el título de padre. He decidido que voy a olvidarlo para siempre.

           ─¡Así me gusta hermanita! Me alegro de ver esa cara sonriente. Anda, vamos a ganarnos el pan.

           Al entrar en los vestuarios para ponernos los uniformes, vimos dos chicos nuevos. Se llamaban Jorge y Rafa. Los habían contratado para limpiar en nuestra misma planta. ¡Por fin se habían dado cuenta que no dábamos abasto! Nos vendría bien un poco de ayuda. El encargado hizo las presentaciones y nos asignó nuestras tareas a cada uno de los cuatro. Estuvimos cada uno a lo suyo, sin cruzar ni una sola palabra entre nosotros. Fedra se ponía los auriculares del walkman para limpiar y se la veía tarareando la música sin prestar atención a nadie, absorta en su trabajo. Rafa, el chico más joven, también llevaba un chisme de esos para oír música y ocupó las tres horas de la mañana limpiando los grandes ventanales que daban a la calle. Jorge, un poco mayor que yo, se ocupaba de los servicios de caballeros. Yo de los de señoras. Era la primera vez que tenía tiempo de fregar con tranquilidad toda aquella infinidad de azulejos y ver mi cara reflejada en ellos. Me sentí satisfecha de mi trabajo.

           Como era el primer día del mes, nos presentamos en la oficina de personal para recoger la nómina del mes anterior. Coincidimos con Jorge y Rafa, que iban a firmar el contrato y presentar algunos papeles. Salieron detrás de nosotras, se despidieron hasta la tarde y desaparecieron de nuestra vista. Quise ver qué opinaba Fedra sobre ellos.

           ─¿Qué te parecen nuestros nuevos compañeros?

           ─Prefiero no opinar de momento. Mientras no me despidan a mí, estupendo.

           ─No te enteras Fedra. ¿No has oído que tienen un contrato de seis meses? Esta temporada los jefazos tienen un montón de reuniones importantes para vender sus colecciones en muchos países. Me lo ha dicho Ramiro, lo oyó comentar a unos clientes el otro día. Por lo visto, van a organizar pequeños pases en la pasarela de nuestra planta para que los invitados distinguidos vean, en exclusiva, los modelos. Por eso, supongo que habrán contratado a Jorge y a Rafa, todo debe estar impecable y saben que nosotras dos no podemos con todo. Es una planta demasiado grande. Tranquila, nuestro contrato es indefinido, no creo que estén pensando en despedirnos y tampoco tienen ninguna queja de nuestro trabajo.

           ─Más vale que sea así.

           Llegamos al Menfis, saludamos a Ramiro, y le indicamos con un gesto que nos llevara el café hasta la mesa del fondo. El Menfis era un café-bar con poca iluminación, quizás por ese motivo nos gustaba tanto. Pasábamos desapercibidas, no éramos vistas ni tampoco veíamos a nadie. Aquel día fue distinto. Justo en la mesa del lado estaban nuestros nuevos compañeros. Deseé que nos tragara la tierra. Nos acababan de robar nuestro pequeño momento de paz.

           El primero en hablar fue Jorge.

           ─¡Vaya que casualidad! ¿Os parece bien que nos sentemos con vosotras a tomar el café?

           No sé para qué hacía la pregunta pues se acercaron sin esperar la respuesta.

           ─Este es el único momento del día que vale la pena para nosotras. No hay nada como tomar un café con tu hermana sin que nadie te moleste ─le solté.

           No parecieron inmutarse ni lo más mínimo y se sentaron a nuestra mesa sin ser invitados.

           ─Rafa y yo no somos hermanos, pero como si lo fuéramos. Coincidimos en un trabajo hace cinco años y, desde entonces, nuestras vidas han caminado juntas. Hemos llegado a esta ciudad gracias a unos amigos que se enteraron de que Paolo&Giovanni necesitaba dos hombres fuertes para el servicio de limpieza. Y aquí estamos. Dentro de seis meses, Dios dirá.

           A primera vista, me pareció que debía tener unos treinta y cinco. Algunas canas asomaban en sus sienes. No sé en qué habría estado trabajando antes, pero desde luego no había trabajado en un servicio de limpieza. Sus manos eran finas, no presentaban callosidades ni asperezas.

           El siguiente en intervenir fue Rafa.

           ─Sí, la verdad es que Jorge es como el hermano mayor que nunca he tenido. Soy hijo único y mis padres murieron en un accidente de tráfico hace seis años. Encontré a Jorge, por casualidad, en mi primer trabajo. Desde entonces no nos hemos separado. ¿Y vosotras? ¿Qué nos podéis contar?

           Por un momento había perdido el hilo de la conversación, me quedé boquiabierta cuando vi a mi hermana mirando embobada a Rafa como una colegiala. Recobré el sentido al notar el silencio y me dispuse a decir alguna mentira improvisada pero Fedra se me adelantó.

           ─Bueno, nosotras sí que somos hermanas de verdad. Nuestros padres también han fallecido y también llegamos aquí gracias a unos amigos. Así que tenemos una historia bastante parecida a la tuya, Rafa.

           Bien, no había dicho ninguna mentira, no había sido necesario. Me sentí en la obligación de decir algo, pues noté que los tres posaban su mirada sobre mí.

           ─Nosotras estamos viviendo aquí desde hace tres años. También empezamos con un contrato de seis meses y… bueno, ya somos fijas. Hoy en día no es garantía de nada pero, al menos, no estás pendiente del día que acaba tu contrato. No salimos mucho por la ciudad, así que no os podemos recomendar ningún lugar en particular. Solo paseamos y disfrutamos de los escaparates de moda que van cambiando según la temporada.

           Me dio la sensación de estar hablando solo para Jorge, pues Rafa y Fedra entrecruzaban miradas que me recordaban a alguna de las películas románticas que habíamos visto en el cine. No sé si fue un flechazo o era la primavera que la sangre altera. Sin razón aparente, me sentí mil años mayor que ella. No sabía si aquello era solo mi imaginación o las chispas de sus miradas habían sido reales. No pude hacer nada por impedirlo.

           Cuando terminamos el café, le dije a Fedra que debíamos irnos, nos quedaban muchas cosas que hacer hasta el turno de la tarde. Nos despedimos amablemente y nos fuimos.

           Al ir a pagar. Ramiro sonrió cariñosamente a Fedra y le dijo:

           ─¿Ves cómo no era para tanto? El chico está loco por ti. No hay más que ver cómo te mira. Y tú, ayer, llorando sin parar. A tu edad, ¡No puedes tener mal de amores mi niña!

           Fedra me lanzó una mirada incisiva y a él le dirigió una sonrisa desganada. Ramiro notó que su comentario no nos había gustado y se fue inmediatamente. Siguió limpiando tazas y cucharillas.

           Si él se había dado cuenta de aquello desde la barra, entonces no era mi imaginación, las chispas de sus miradas habían sido reales. Yo solo quería que Fedra fuese feliz, pero en el fondo, tenía miedo de quedarme sola.

           ─Marina, ¿Tanto se me ha notado que me gusta ese chico? No quiero que se me vea el plumero.

           ─¡Ya estamos con la deformación profesional! ¡Deja el plumero tranquilo! Bueno, la verdad es que Ramiro y yo lo hemos notado. Pero creo que Jorge ni se ha dado cuenta pues intentaba darme conversación. En cuanto a Rafa, no sé si lo ha notado, pero yo diría que también le gustas.

           Aquella tarde nos dirigimos apresuradas hacia el trabajo por la acera exterior del parque, nos habíamos retrasado un poco porque Fedra quiso arreglarse el pelo y empolvarse la cara. Al paso que íbamos, aquel iba a ser el primer día que llegásemos tarde y, encima, por allí no pasaba el autobús. Creí que acabaríamos teniendo que echar una carrera. Un Ford Focus paró junto a nosotras. Jorge asomó su cabeza por la ventanilla y nos preguntó si queríamos ir con ellos al trabajo para que no llegásemos tarde. Sin pensarlo dos veces, dijimos que sí.

           Nos contaron que tenían un piso en la Avenida de Menéndez Pelayo, una avenida paralela a la calle donde nosotras vivíamos. Tras indicarnos que Rafa tenía veinticinco años y él tenía treinta y dos, mi hermana tardó dos segundos en decirles que ella tenía diecinueve y yo veinticuatro. Si hubiera podido, me la habría comido. ¿Qué les importaba a ellos nuestra edad? ¿Y qué nos importaba a nosotros la suya?

           En fin, no pude exteriorizar mi rabia contenida, nos plantamos en el parking de la empresa en tan solo cinco minutos. Al menos, no habíamos llegado tarde. Al entrar, el encargado nos dijo que fuésemos muy meticulosos en nuestro trabajo porque todas las tardes de ese mes iban a hacerse pases privados en nuestra planta. Aquella sala iba a ser nuestra primera obligación del turno de las tardes.

Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (2)

Mi patética historia no mejoró después de aquello. Aquel rufián lo comentó a los amigos de mi padre y no tardé mucho en conocerlos a todos. A cual más baboso y asqueroso: uno con nariz aguileña, otro con orejas de soplillo, el mastodonte que me desvirgó, otro que cada vez que me agarraba del brazo me dejaba la marca de sus dedos durante una semana, y tres o cuatro más que prefiero no recordar. Todos ellos con la lascivia escrita en su mirada, hombres aparentemente honrados, con hijos y familia respetable. A mi padre le pagaban por mis servicios y a mí me daban una propina de diez euros. Supongo que una puta, amante de su trabajo, no siente lo que yo sentía cada vez que alguno de ellos me tocaba. Nunca cogí la propina que me dejaban en la mesilla de noche, pero mi padre no la dejaba allí. Cuando quería, me agarraba del brazo, me ponía en el coche y me llevaba a la casa de la montaña, su amenaza, la de siempre, mataría a mi hermana si yo decía algo a alguien. La única vez que abrí la boca para quejarme ante él, me tuvieron que dar dos puntos en la mejilla y me rompió dos costillas (por supuesto, alegó que me había caído con la bicicleta). En aquella casa organizaba las partidas con sus amigos y malvendía mi adolescencia. Cuando regresábamos, me lavaba y a dormir. Fedra iba creciendo sin saber nada.

           Terminé los estudios y, con mi título bajo el brazo, fui a buscar trabajo al Restaurante El Imán, el que estaba en la carretera, dos calles más arriba. Elisa y Manuel eran los dueños del negocio. Les pregunté si el nombre del restaurante reflejaba su deseo de atraer a la gente, pero ellos se rieron y me explicaron que el origen del nombre del restaurante estaba en las tres primeras letras de sus dos nombres (Eli-sa y Man-uel). Sabían que mi madre había fallecido siendo yo muy niña y también que tenía una hermana cinco años menor, en un pueblo esas cosas se saben. De mi padre sabían bien poco, solo que nunca estaba en casa, creían que tenía un trabajo muy duro. La verdad, es que yo nunca descubrí en qué trabajaba, si es que lo hacía. Tras discutirlo entre ellos y sin necesitarme realmente, decidieron que me cogerían a prueba como aprendiz de cocina, era un modo de evitar que pisara esas terribles calles y solo me tendrían allí el horario que mi hermana estuviese en el colegio. El sueldo iba a ser muy pobre, pero más valía eso que nada. ¡Para evitar que pisara esas terribles calles! ¡Si ellos hubiesen sabido mi cruda realidad! Mi padre dio su consentimiento y firmó el contrato. En principio iba a ser para seis meses, luego ya se vería. Resultó que trabajé allí hasta mis veintiún años, cuando Fedra terminó de estudiar y obtuvimos el pasaporte hacia nuestra libertad.

           Ensimismada en mis pensamientos iba, cuando las palabras de Fedra irrumpieron mi letargo andante.

           ─¿Has oído alguna vez el eco de unas palabras retronando en tu mente? ─prosiguió sin esperar que le contestara─. Esta mañana me he levantado con la sensación de haber estado toda la noche oyendo las últimas palabras que dijo nuestro padre antes de su muerte, como si me hablase desde la ultratumba ─dijo con la voz quebrada y rota de dolor.

           ─¡Imaginación al poder! Chica, cualquiera que te oiga creerá que estás chalada ─respondí.

           ─No te lo tomes a broma Marina, no he podido pegar ojo. ─Se puso a buscar un paquete de pañuelos en su bolso y se enjugó una lágrima que corría por su rostro─. Cada vez que pienso en sus palabras, los pelos se me ponen de punta.

           ─Tonta, aquello eran los desvaríos de un moribundo. No debes dejar que eso te atormente. Ahora ya no está aquí para martirizarnos. ¡Déjalo ya!

           ─Dijo que le habíamos matado, él lo sabía.

           ─¿Y qué piensas que va a hacer, venir a castigarnos? ¡No seas tan inocente! ─Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y acaricié la navaja con la que apuñalé nuestro padre por la espalda─. Estamos mejor sin él.

           ─Cada día me levanto pensando que todos me miran, como si supiesen lo que pasó. Me siento señalada y acusada.

           ─Cambia el chip, ahora somos libres, no tenemos a un chulo por padre.

           Tras nuestro fichaje en la entrada, pasamos al vestuario y nos enfundamos el uniforme, cogimos el carro de la limpieza y empezamos la rutina diaria. Nuestra planta era la de los jefazos: tres despachos con servicio propio, una sala de conferencias, una sala con pasarela incluida, cuatro servicios, dos de señoras y dos de caballeros, y una pequeña salita de café. Los cristales de las ventanas y los servicios debían estar relucientes en todo momento. Así que las tres horas matinales nos venían justas para poder acabar si quiera con las ventanas. Cuando el reloj marcaba las nueve, ya estábamos en el sótano quitándonos el uniforme. De allí, nos íbamos al Menfis, un pequeño antro que estaba a un tiro de piedra de las oficinas, para tomar un café. Conocíamos al camarero y a un par de clientes que también acudían a esas horas a desayunar, pero intentábamos hablar lo menos posible con nadie. Nuestra vida social se reducía a cero.

           Fedra seguía angustiada, se le notaba en la cara. Realmente había pasado una mala noche. Yo era su pañuelo de lágrimas, mis circunstancias me obligaron a ser fuerte ante las inclemencias mundanas, pero ella era frágil como la porcelana y no podía olvidar todo lo que habíamos pasado.

           ─¿Recuerdas cuando cumplí los catorce años? Cuando me contaste las historias en las que te había metido él. En el fondo, quise creer que no eran ciertas. Creí que me mentías por algún motivo, quizás para hacerme más fuerte.

           ─Deja de pensar en eso Fedra. Aquello ya es historia. Yo ya lo tengo olvidado.

           Sabía que no podría parar de hablar. Fedra necesitaba desahogarse. No me quedaba más remedio que oírla. Al menos, estábamos en la mesa del fondo del café y nadie podía oírnos.

           ─Pero… Cuando me dijo que ya había llegado mi hora, el mundo me cayó encima. Me dijo que aquella noche alguien especial me esperaba en la casa de la montaña. Esa noche, tú descansarías. Dijo que mi belleza no podía desperdiciarse con sus amigos, mi primera noche la había vendido a alguien con mucho dinero.
           »Te vi callada, con un brillo especial en los ojos. Te odié por no defenderme allí mismo, por no pegarle un garrotazo. Me agarró del brazo y me condujo a su camioneta. Tú contemplabas la escena desde la ventana, con un rostro inexpresivo y una mirada ausente. En ese momento me sentí como un cordero que llevan al matadero y presiente cuál será su final.
           »Llegamos a la casa de la montaña. Aquella casa maloliente y llena de mugre atrajo a mi mente la imagen bella de una niñez feliz con nuestra madre. Aquel día él tenía la voz ronca, carraspeaba continuamente, llegué a pensar que se sentía incómodo haciendo aquello. ¡Qué ilusa! Me obligó a ponerme una ropa sofisticada que había comprado para la ocasión y pidió que me quedara esperando en la cama. Le vi sentarse en la mecedora rota que había frente a la ventana. Me dijo que iba a recibir a su invitado y le cobraría de antemano los servicios que yo le iba a prestar.
           »Inquieta por lo que me iba a caer encima, asomé mi cabeza por la puerta de la habitación. Estaba fumando, con los codos apoyados en sus rodillas, mirando por la ventana. Te vi acercándote sigilosa por detrás y un sudor frío recorrió mi cuerpo, comprendí entonces qué significaba tu mirada. No tuvo tiempo de reaccionar. Los navajazos rápidos que le asestaste violentamente por detrás lo dejaron casi muerto. Solo alcanzó a levantar sus ojos, mirarme y decir que sabía que le habíamos matado. Recordaré aquella imagen toda la vida.
           Se sumió en un mar de lloros, empezó a sacar pañuelos de papel y llenó la mesa con ellos como si se tratase de una papelera. El camarero se acercó al darse cuenta de la situación y preguntó si queríamos una tila o algo así.

           ─No te preocupes, mal de amores ¡Ya se sabe! Acércale una tila, anda ─le contesté.

           ─¡Marchando una tila! ─dijo Ramiro.



Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (1)

Un día más nos dirigimos a trabajar a las oficinas de Paolo&Giovanni. Formábamos parte del equipo de personal de limpieza. Teníamos un contrato a tiempo parcial, y un horario poco apetecible: de seis a nueve de la mañana y de tres a cinco de la tarde. Los quinientos euros que ganábamos cada una, no nos daban para caprichos, pero al menos podíamos tirar adelante y pagar el alquiler. Aquella era una empresa de moda de alto copete, de las que organizan pasarelas cada temporada en una grandiosa sala llena de periodistas y fotógrafos de todas las nacionalidades. Las paredes estaban llenas de fotografías de modelos espectaculares luciendo vestidos glamurosos. Cuando me fijaba en ellas, no podía evitar sentir una punzada de envidia. Mi hermana Fedra era mucho más guapa que aquellas chicas y, sin embargo, aquí estaba, conmigo, limpiando retretes y vaciando papeleras.

           Mientras caminábamos en silencio, repasé mentalmente nuestra vida desde la muerte de nuestro padre. Yo con diecinueve años, Fedra con catorce. Ya habían pasado cinco años desde entonces. El jefe de policía y la asistenta social se portaron muy bien con nosotras. Lograron hacer el papeleo necesario para que Fedra se quedara conmigo y no tuviera que ir a ninguna familia de acogida. Sabían que quería irme lejos de aquella población y borrar de mi mente toda aquella etapa de mi vida, así que me hicieron prometer que seguiríamos viviendo allí al menos dos años más, era una forma como otra de tenernos vigiladas. Yo tenía trabajo de camarera en el restaurante de la carretera, fui contratada con dieciséis años y los dueños me apreciaban mucho. Con mi sueldo podía mantenernos a las dos. Además, resultó que mi padre tenía dinero ahorrado en una cuenta bancaria. Una vez pasaran los dos años de «libertad vigilada», con aquel dinero, empezaríamos una nueva etapa. Y aquí estábamos, desde hacía tres años, en una gran ciudad llena de desconocidos, con un nuevo futuro frente a nosotras.

           Nuestra madre murió cuando yo cumplí doce años. La alegría de mi vida se apagó aquel mismo día. Acababa de tener mi primera menstruación y necesitaba que ella me explicara muchas cosas. Necesitaba seguir siendo niña: su niña. Solo me quedó un padre borracho y una hermana pequeña que cuidar. Dicen que murió de un infarto tras una acalorada pelea con mi padre. El día de su entierro, creo que fue el único día que vi a mi padre sobrio, con una sombra de culpabilidad reflejada en el rostro, pero sin derramar una lágrima. Los días siguientes a su muerte, él casi no estuvo en casa: llegaba tarde, comía algo, se acostaba un poco y luego, de madrugada, se marchaba. Era como si no existiésemos. No nos quería, tan solo éramos un estorbo para él. El primer día que nos levantamos y vi que no había leche ni en la nevera ni en el armario, decidí que debía poner remedio a aquella situación. Desayunamos unos cereales caducados que encontré en algún lugar de la cocina. Le dejé una nota en la mesa pidiéndole dinero para hacer la compra. Al levantarme, encontré dinero en el cenicero y una nota pidiéndome el justificante de cada céntimo que gastara. Así pasó mi vida a lo largo de los dos años siguientes. Yo hice de padre, de madre y de hermana. Ponía el despertador, hacía la compra, la comida, lavaba la ropa, planchaba, limpiaba la casa y me ocupaba de mi hermana. Íbamos juntas al colegio, pero ninguna de las dos éramos buenas estudiantes. Mi interés por el estudio se limitaba a terminar con todo aprobado para poder encontrar un trabajo cuanto antes y escaparme con mi hermana.

           Un día, cuando acababa de cumplir los catorce, llegó más borracho de lo normal, acompañado de un mastodonte que no estaba tan bebido como él. Se sentaron en el salón y empezaron a jugar a las cartas apostando dinero. Sus voces se oían en toda la casa y temí que fueran a despertar a mi hermana. No estaba dispuesta a consentirlo. Sin pensarlo, me acerqué a llamarles la atención y les levanté la voz para que me hiciesen caso. ¡Y vaya si me lo hicieron! La siguiente apuesta de mi padre fui yo. Los ojos de aquel energúmeno calvo casi salieron de sus órbitas cuando me vieron con aquel camisón corto de color blanco inmaculado. Quince minutos después, una mole grasienta y sudorosa arremetía contra mí en la cama de mis padres. Mi padre, borracho como una cuba, dormía plácidamente en el sofá. Cuando el ganador acabó de satisfacer sus instintos carnales, me tiró encima cincuenta euros y me dijo que no había estado mal, sin duda le pediría a mi padre más servicios de esos en próximas ocasiones. Me quedé llorando, sin poder entender por qué había pasado aquello. Después de ducharme con rabia, volví a nuestra habitación, Fedra dormía tranquila, ajena a todo lo que había sucedido. Una furia incontrolada me invadió de repente pensando que aquello pudiese tocarle a ella. Iba a protegerla de aquella barbarie costara lo que costara. Se acabaron mis lágrimas, sería fuerte. Aquella fue una de las pocas veces que he llorado en esta vida. Supongo que dejé secos mis lagrimales para siempre o, al menos, para muchísimo tiempo.

PAPA, QUIERO SER BOMBERO

Llevaba todo el mes con la misma pregunta, repetida varias veces a lo largo de su vida: «Hijo, ¿qué quieres ser de mayor?». Siempre le respondía lo mismo, pero, como si no le hubiese oído, al poco tiempo volvía a repetirle la pregunta. Era evidente que la respuesta que le daba no era de su agrado.

           ─David, pero… ¿aún no te has decidido, hijo? El tiempo se te va a echar encima y no podrás matricularte.

           ─No sé papá, no lo tengo del todo claro, hay tantas posibilidades ante mí que no sé cuál escoger.

           ─Mira hijo, no quiero agobiarte. Sé que es tu futuro el que está en juego, no el mío, pero debes elegir. No tengas miedo a equivocarte, si después del primer año descubres que eso no es lo tuyo, al siguiente lo intentas con otra cosa.

           ─Gracias papá, siempre me has dado el apoyo que necesitaba. Meditaré esta noche con la almohada y mañana te diré algo. Buenas noches.

           ─Buenas noches.

           David no podía parar de dar vueltas por la cama, tenía un gran dilema en su cabeza, escoger una carrera como la de arquitecto y cumplir los deseos de su padre o ser lo que siempre quiso ser: bombero. Recordó su primera visita al parque de bomberos cuando tenía cuatro años, el jefe de bomberos le confesó que era el hombre más feliz del mundo porque había podido salvar vidas. «¡Salvar vidas!», aquello marcó a David para siempre. Cada año pedía a los Reyes Magos un camión de bomberos. Miró la estantería, diez camiones de bomberos le observaban desafiantes, esperando que adoptara la decisión correcta.

           En la habitación contigua, su padre también estaba despierto, sentado en su butaca. No podía imponerle nada a su hijo, pero creía que le esperaría un futuro mejor si estudiaba arquitectura u otra carrera. Pensaba en el fuego, en los bomberos que mueren asfixiados o quemados, en los que quedan heridos o lesionados a causa de los derrumbes de los edificios,… y el mero hecho de imaginarlo le ponía los pelos de punta. Deseaba que su hijo supiese valorar concienzudamente esa decisión, poner en la balanza los pros y los contras de una u otra salida profesional y que finalmente, se decantara por la carrera de arquitectura o, si esa no le convencía, otra carrera cualquiera, pero «Bombero no, por favor».

           Cuando David se levantó encontró a su padre desayunando en la cocina.

           ─Buenos días hijo, ¿Qué tal has dormido?

           ─No muy bien, la verdad, no he podido descansar.

           ─¿Y eso?

           ─Ya sabes, toda mi vida deseando ser bombero y ahora no sé si estoy preparado para serlo. Sé que cuando me veías dibujar casas imaginarias, suspirabas creyendo que algún día sería un buen arquitecto; pero, cuando veías las llamas que luego pintaba sobre ellas, te echabas las manos a la cara por no verlo.

           ─Aunque me duela en el alma, hijo, quiero que seas lo que tú quieras ser, no lo que yo quisiera que fueses.

           ─Ya lo he decidido papá.

           ─¿Y?

           ─Voy a ser arquitecto, el mejor del mundo. Mis edificios nunca jamás podrán quemarse ni derrumbarse...

           Antes de que pudiese terminar de hablar, su padre no pudo reprimir su alegría.

           ─Me alegro muchísimo David, estoy seguro de que esa es la mejor forma de salvar vidas.

           ─Sí papá, pero también he pensado que me apuntaré como voluntario en el parque de bomberos y si, mientras estoy estudiando la carrera, salvo alguna vida de verdad, pues mucho mejor.

           Ya se lo dijo su mujer: «Cuando traes un hijo al mundo, es cuando empiezas a sufrir».









La oposición

Tras varias semanas de duro estudio se enfrentaba a aquella oposición. Una mujer repartía las inmaculadas hojas que iban a gestar su nuevo futuro.

           Por su mente pasaron todas las noches paseando por la habitación y recitando el temario a las paredes, las visitas furtivas a la cocina a las tres de la madrugada y los innumerables cafés tomados durante su preparación. Cuando sus neuronas adormecidas reclamaban un descanso, su cuerpo, como un autómata, se dirigía involuntariamente hacia la cafetera. Aquel café cubano era capaz de despertar a un muerto. Había enlazado días y noches, trabajo y temario, robando horas al descanso. 

           Obtuvo la titulación en la universidad a distancia y, aunque no era más que un simple fontanero que trabajaba por cuenta ajena, sabía que había venido a este mundo para ayudar a los demás. Su especial motivación le había servido para obtener la Licenciatura en Psicología.

           Una sola plaza estaba en juego y ésa tenía que ser para él. No soportaría más aquellos días instalando sanitarios y grifería, ni los cachetes de su encargado ni la sorna de su jefe.

           Una voz al fondo de la sala indicó que se iniciaba el examen, tenían que abrir el sobre que había en la mesa, leer la pregunta y contestar en los folios blancos que se habían repartido previamente. Abrió el sobre y leyó la pregunta: Explique qué son los desencadenantes en el relato y como éstos llevan al lector a escribir su propio texto.

           La tensión inicial se había disipado, millones de palabras se agolpaban en su cabeza queriendo ser escritas aunque únicamente podía recordar algo sobre la subjuntivización de la realidad. Sin más, su mano se lanzó a escribir. Escribía su última palabra, cuando alguien retiró el examen de sus manos. Las notas se harían públicas el jueves, serían expuestas en la página web de aquella institución y los aprobados recibirían un e-mail comunicándoles la hora de la siguiente prueba.

           Salió de la sala ensimismado en sus pensamientos y se dirigió a la estación de autobuses para regresar a su pueblo. La triste monotonía diaria le esperaba. Sintió que su sueño se le iba de las manos, estaba desanimado y no fue capaz de coger ni un libro durante esos días.

           Aquel jueves recibió un correo eléctrónico, antes de abrirlo tuvo que serenarse, pensó que debía tener una mente abierta a cualquier nota que contuviese aquel mensaje, por mala que fuese, al menos estaba aprobado. ¿Cuántos más lo habrían hecho? Un click abrió una carta del presidente del tribunal animándole a seguir adelante. El fichero adjunto contenía los aprobados y las notas obtenidas. Abrió el fichero y contenía dos nombres, el de su oponente, que había obtenido un cinco, y el suyo, que había obtenido un diez. Les convocaban para el lunes a las diez en el mismo lugar.

           Aquel día, al entrar en la sala, solo encontró dos mesas separadas y cinco personas que componían el tribunal esperándole de pie. Su oponente no se presentó a la prueba. ¿Por qué? Quizá le entró miedo a última hora. Realizó su examen relajado, sin prisas, meditando cada una de las palabras que escribía en el papel, sintiendo que aquel puesto ya era suyo.

           El siguiente jueves recibió un e-mail del Presidente del Tribunal que literalmente decía así: "Estimado opositor, dado que ha sido usted el único presentado a esta segunda prueba, me permito enviarle este correo para comunicarle que no ha superado la misma, evitándole así la angustiosa decepción de tener que ver su nota en nuestra web. Fue un placer leer su primer examen, aunque lamento no poder decir lo mismo del segundo. No obstante le animo a continuar intentándolo. Atentamente. Alberto Ramirez"
          
           A las siete de la mañana, herramientas en mano, sentado en la furgoneta de la empresa se dirigía junto al encargado y otros dos peones hacia unos apartamentos. Un curioso encargado le preguntó por la oposición, aunque de sobra sabía que no había aprobado. Le respondió tranquilo, sin alterarse, le dijo que había aprobado el primer examen pero el segundo no lo había superado. Vio las maliciosas sonrisitas de sus acompañantes encantados con su suspenso y aquello le hizo olvidar su vocación. Sin poderse contener les explicó que en la primera prueba sacó un diez al contar la historia de un simple día de su vida junto a los alcornoques de sus compañeros, y en la segunda prueba sacó un cero por intentar convencer al tribunal que de aquellos alcornoques podía sacarse algo en claro.

           No volvió a presentarse a ninguna oposición, aunque aquel día decidió que debía escribir todo aquello que pensara.