Secreto entre hermanas (Parte II: Jorge y Rafa, 2005-2006) (3)

Como era el primer día, nos enredamos un poco. Bajamos escopetados al garaje y cogimos mi Ford Focus, giraríamos por la calle de las chicas y nos dirigiríamos como un rayo hacia Paolo&Giovanni. ¡No me lo podía creer! Vi a las hermanas caminando a paso rápido por la acera que bordeaba el parque. Asomé la cabeza por la ventanilla para invitarlas a venir con nosotras y, curiosamente, aceptaron. Les explicamos dónde vivíamos y nos reímos por la coincidencia. Fedra nos dijo que ella tenía diecinueve años y Marina veinticuatro. Creo que a Marina no le hizo mucha gracia que su hermana nos dijese su edad, pero no le dio tiempo a replicar porque llegamos al parking de los empleados de la empresa y tuvimos que ir rápidamente a los vestuarios.

           El encargado nos indicó que nuestra primera obligación de las tardes era la sala de la pasarela, iba a ser un mes cargadito de visitas. Rafa se quedó maravillado cuando vio la majestuosidad que allí se respiraba y le pidió picaronamente a Fedra que desfilase para nosotros. La chica, encantada, nos hizo un pase de auténtica profesional. Fue Paolo, uno de los jefes, quien rompió la magia del momento al pillarnos «in fraganti».

           Rafa y yo nos vimos en la obligación de darle una explicación a Paolo. Cuando terminamos el turno nos acercamos a su despacho.

           ─Buenas tardes señor Paolo ¿Puede atendernos un segundo? ─le pregunté.

           ─Sí, claro, pasen.

           ─Quisiera pedirle disculpas en nombre de los cuatro por lo que ha sucedido en la sala. En realidad fui yo quién incitó a Fedra a realizar el pase ─le dijo un compungido Rafa.

           ─Gracias, si no fuera por usted no lo habría visto.

           ─¿Cómo dice? ─le preguntamos al unísono.

           ─Nunca habría imaginado que una de mis limpiadoras fuera tan bella y tuviese ese porte majestuoso en la pasarela. Me informaré sobre ella. Veremos si puedo hacer algo.

           ─Señor, son dos hermanas. Una no va a ningún lado sin la otra. En el lote tienen que ir las dos o no tendrá a ninguna ─apunté.

           ─Bien, pues me informaré de ambas. ¿Cómo ha dicho que se llaman?

           ─Fedra es la que ha visto desfilando, tiene diecinueve años. Marina es su hermana, tiene veinticuatro. Ambas trabajan aquí desde hace tres años ─le indicó Rafa.

           ─Un informe en toda regla, sí señor, por un momento había olvidado quiénes eran ustedes. Si están aquí es porque Luis Poveda es un amigo nuestro de la infancia. No sabemos qué investigan, ni queremos saberlo si no es necesario. No queremos líos, sean discretos.

           ─Tranquilo, lo somos. Buenas tardes ─le contesté, mientras salíamos de su despacho.

           Algunos días, coincidíamos en el Menfis «casualmente» e intentábamos obtener información de su anterior vida. Un día, en un momento que Marina fue al servicio, a Fedra se le escapó que no tenían familia, sus padres habían sido hijos únicos y no llegaron a conocer a sus abuelos. También nos comentó que Elisa y Manuel, los dueños del restaurante donde trabajaba Marina, fueron para ellas como unos padres.

           Marina era una fortaleza herméticamente cerrada, cuanto más la miraba más me gustaba. Ella no soltaba nada que fuera de interés para nuestra investigación. Solo hablaba de trabajo y rutinas. Su pasado no parecía ir más allá de los seis meses.

           Efectivamente, comprobamos que no salían mucho, más bien nada. Las vigilábamos con los prismáticos desde nuestra ventana. Solo nos faltaba tener algún micro instalado en su piso para saber de qué hablaban pero, para eso, debíamos tener la oportunidad de entrar en él y con Marina eso iba a ser difícil.

           Un día que llovía a mares, llegaron empapadas a trabajar. No podíamos llevarlas a casa porque habíamos quedado con Méndez y Núñez pero, como no parecía que fuese a parar de llover, me ofrecí a recogerlas para ir juntos al turno de tarde. Me disculpé por no poderlas llevar a casa por la mañana, alegando que teníamos dentista en el edificio contiguo. Nos dieron sus señas y se fueron a la parada de autobús. Tuvimos que entrar en la clínica dental y sentarnos en la sala de espera. Desde el autobús, se despidieron con la mano.

           Fuimos a nuestra cita con los compañeros para hacer intercambio de información, que en nuestro caso, iba a ser bien poca. El primero en hablar fue Méndez:

           ─Sentaros. ¿Qué queréis tomar?

           ─Coca-cola ─dije.

           ─Agua ─contestó Rafa.

           ─Hemos dado con el paradero de Rubén Alonso. Vive en vuestra calle, en un décimo piso cerca de vosotros. Creemos que espía a las chicas. Seguimos y anotamos todos sus movimientos. Dos agentes de la policía judicial de Castellón están colaborando con nosotros. No le hemos visto hablar con nadie, simplemente vigila a las chicas de lejos. Tened cuidado, este tipo está tramando algo ─nos contó Méndez.

           ─De momento solo somos compañeros de las chicas. Ellas no se relacionan con nadie y, por lo que nos ha dicho la hermana pequeña, creen que no tienen familia ─les informé.

           ─Hemos informado al juez sobre la situación y la próxima semana los de Castellón harán un interrogatorio a los amigos de Javier Alonso, a ver qué pueden sacar de ellos. Son padres de familia supuestamente respetables, pero pecan de borrachos igual que pecaba el padre de las chicas. Si encuentran algo nos lo comunicarán inmediatamente ─añadió Núñez.

           ─Si al menos pudiésemos entrar en su piso y meter algunos micrófonos, podríamos sacar algo más de información, pero de compañeros no pasamos ─apuntó Rafa.

           ─Yo una vez tomé ostras adrede, no veas lo mal que me sientan, para que me dejaran entrar en casa de unas señoras a vomitar y funcionó ─dijo Méndez.

           ─A mí también me sientan mal, no sé qué tienen esos bichos que no los aguanto, me voy patas abajo enseguida ─comentó Rafa.

           ─No se hable más, en la pescadería vi ostras el otro día, vamos a comprar una docena. Te las zampas, cogemos los micros, vamos a trabajar y, luego, con la excusa, cuando lleguemos a casa de las chicas, les dices que necesitas ir al servicio ─planifiqué.

           Nos despedimos de los compañeros hasta la próxima reunión y nos fuimos a la pescadería. Solo con verlas, la cara de Rafa se transformaba. Llegamos a casa a la una, se las comió con los ojos cerrados y tapándose la nariz con los dedos. A las tres menos veinte estábamos en su portal para recogerlas. Fue una tarde aburrida, el pobre Rafa aguantó como pudo, parecía un alma en pena. A las cinco, antes de salir, me dijo que no aguantaba más, se encontraba realmente mal y, como no nos fuéramos pitando, iba a soltar la pota allí mismo.

           Aunque Marina opuso resistencia, finalmente nos dejaron subir a su casa. Fedra acompañó a Rafa al servicio y luego volvió a la salita con nosotros. Cuando oí la puerta, les dije que yo me encargaba de limpiarlo todo, que no se preocuparan de nada. Había puesto un micro cerca de la ventana mientras Marina dejaba sus cosas, luego coloqué alguno más por la casa. El pobre Rafa parecía haber llegado de la guerra, menos mal que Fedra le hizo algún que otro mimo y se recuperó un poco.

           Al día siguiente las invitamos a cenar a nuestra casa, yo quedé encargado de la cocina porque si hubiese sido Rafa el cocinero habríamos cenado una tortilla y una ensalada. Rafa fue el encargado de ir a recogerlas. Les deleité con alguna de las recetas de mi abuela, que era una gran cocinera, y quedaron encantados. Marina estaba guapísima, nunca la había visto tan arreglada. Su cabellera pelirroja realzaba las encantadoras pecas que salpicaban su cara. Ella me desconcertaba totalmente, por momentos creía que yo le interesaba pero, en cambio, aquella impresión desaparecía fácilmente a las primeras de cambio. Algo en ella se rebelaba ante la idea de tener una relación. Rafa sabía que era el cumpleaños de Fedra, así que se encargó de comprarle una tarta y las velas. No podía consentir que su veinte cumpleaños quedara sin celebración. Marina se llevó un chasco, por lo visto aun no había felicitado a su hermana. Un abrazo y dos besos de Fedra solucionaron el desaguisado.

           Decidimos acompañarlas paseando hasta su casa, aunque estaban en la calle paralela, había que andar unos dos kilómetros, un poco más si íbamos bordeando el parque. Rafa me guiñó un ojo y noté que iba quedándose rezagado con Fedra. Yo decidí lanzarme al ruedo, cogí del hombro a Marina y apresuré un poco el paso. Guiñándole un ojo a ella, la convencí para dejarlos solos un rato. También era una oportunidad para mí, pues, al menos, no se había soltado.

           Comentó que su hermana era muy joven y que sentía que debía protegerla. Quise que entendiera que nadie nace sabiendo y que necesitamos vivir la vida para aprender. En un arrebato de pasión, le dije que me gustaba, que me había gustado desde el primer día que la vi. Ante su mirada, que no supe comprender, le dije que no tenía por qué decir nada. Mejor volverlo a intentar en otro momento más apropiado.

           Cuando llegamos al lago del parque, nos sentamos en un banco. Le solté el hombro, no quería violentarla más. Le confesé que Rafa estaba enamorado de su hermana, que era un tío legal y que nunca le haría ningún daño. Ella seguía preocupada por Fedra, como si todo el peso del mundo recayese sobre sus hombros, no pudo reprimirse y empezó a llorar en silencio. En aquel momento supe que no necesitaba una pareja, necesitaba simplemente cariño. Le volví a coger el hombro, apoyé mi cabeza en la suya y la dejé desahogarse. Cuando se serenó, regresamos a por los tortolitos.

          

Secreto entre hermanas (Parte II: Jorge y Rafa, 2005-2006) (2)

El Inspector Poveda nos había dicho que los únicos que conocían nuestra verdadera identidad en aquella empresa, eran los jefes, Paolo y Giovanni, y un tal Pérez de personal. Desconocían en qué consistía nuestra investigación pero, no obstante, no habían puesto ninguna objeción. Sabían que, en ningún momento, debían preguntar nada sobre el caso que investigábamos ni descubrir nuestra verdadera identidad. Nos iban a tratar como dos trabajadores más.

           Para facilitarnos la entrada en su círculo de amistades teníamos que vivir próximos a ellas, así que, durante esos meses se nos asignó un noveno piso de la Avenida Menéndez Pelayo, desde cuya galería veíamos las ventanas del salón y de la habitación del piso de las chicas, un séptimo de la calle paralela.

           Hicimos el traslado de nuestras cosas a nuestra nueva vivienda. Estaba amueblada y, aunque era pequeña, resultaba confortable. En realidad, nuestro edificio había sido diseñado por el mismo arquitecto que el edificio de las chicas, de modo que, resultaba fácil imaginar que la estructura de su piso era similar a la del nuestro.

           Tras la acomodación, nos dirigimos a las oficinas de personal de Paolo&Giovanni. Preguntamos por el tal Pérez. Nos atendió amablemente y nada en él reflejaba que sabía quiénes éramos. Recuerdo que pensé que nuestro inspector estaba equivocado y aquel individuo no podía saber nada de nosotros, algún gesto le hubiese delatado. Luego, recapacitando un poco, llegué a la conclusión de que aquel hombrecillo era un buen profesional y se limitaba a hacer lo que sus jefes le habían mandado, sin preguntarse en ningún momento qué pintaba la policía judicial en aquel edificio. Nos presentó al encargado y, éste nos acompañó a los vestuarios. En las taquillas teníamos el mono que debíamos ponernos sobre la ropa. Nos presentó a Marina y a Fedra y nos asignó las tareas correspondientes a cada uno. Directamente nos pusimos cada uno a lo nuestro. Cuando el reloj marcaba las nueve, subimos de nuevo al despacho de personal. Pérez dijo que tendría preparados nuestros contratos.

           La suerte quiso estar de nuestro lado, oí a una secretaria cómo saludaba a Marina y a Fedra. Iban a recoger la nómina. Vi cómo nos miraban disimuladamente. Contemplé a la hermana mayor, una pelirroja pecosa que era una preciosidad. Tenía las curvas bien marcadas y hablaba con total seguridad, por un momento olvidé dónde estaba.

           ─Jorge, ¿Piensa firmar el contrato o no? ─me preguntó un Pérez con cara de pocos amigos, al verme mirando hacia otro lado.

           Rafa, que ya lo había firmado y no se había percatado aún de la presencia de las hermanas, me pegó un codazo.

           ─Rafa, tío, que me has hecho daño ─le dije.

          ─Vamos Jorge, que a este paso no acabamos todo lo que nos queda por hacer y esta tarde empezamos  a las tres.

           Ellas se marcharon, nosotros salimos detrás y nos despedimos hasta la tarde con aire desinteresado. Cuando nos dimos cuenta, habían bajado por la escalera. Nosotros cogimos el ascensor. Al salir a la calle, decidimos ir a tomar un café para organizarnos un poco. Cerca de allí había un Café-Bar, se llamaba Menfis. Entramos y nos sentamos al fondo de la sala. El camarero se acercó para ver qué deseábamos tomar y en tres minutos nos contó media vida. Un tal Ramiro, muy campechano.

           ─Jorge, tío, los ojitos te hacían chiribitas mirando a la mayor. ¡No me digas que te gusta!

           ─…

          ─ Te recuerdo algo que me dijiste tú hace tiempo: «Donde tengas la olla no metas la…». Yo no me he fijado mucho en ellas, pero para mi gusto, la pequeña es la más guapa.

           ─No pienso olvidarme de donde tengo la olla, tranquilo. No he mirado mucho a la pequeña, sí creo que es guapa, pero si tuviera que elegir, sin duda escogía a la mayor.

           ─Oye, este sitio parece un antro, pero el café es estupendo. Tendremos que venir más veces ─dijo Rafa saboreando un sorbo.

           ─Silencio, chicas a las tres.

           ─¿Qué?

           Iban hablando ensimismadas y no se habían dado cuenta de nuestra presencia. Se sentaron justamente en la mesa del lado. Otra vez la suerte estaba con nosotros. Era la ocasión perfecta para acercarnos a ellas y hacer una primera toma de contacto.

           Las saludamos y les propusimos sentarnos con ellas. Marina me soltó un dardo envenenado intentando que las dejáramos tranquilas. Pero, por supuesto, hicimos oídos sordos y nos sentamos descaradamente en su mesa sin ser invitados. No podíamos desperdiciar aquella coincidencia.

           La conversación no fue demasiado extensa pero, al menos, lo que nos dijeron era cierto. Noté que Rafa miraba con gran interés a Fedra y, para mi asombro, me pareció distinguir que la chica le correspondía. Crucé unas breves frases con la dama de hierro que, parecía haberse percatado también del detalle y, de repente, tenía unas increíbles ganas de irse de allí. Cualquiera hubiese dicho que estaba protegiendo a su hermana de algo terrible. Solo obtuvimos una información que desconocíamos: Salían poco por la ciudad, pocas amistades tendrían.

           Cuando fuimos a pagar a Ramiro, descubrimos algo más.

           ─Trátamela bien chiquillo, no le des esos disgustos. Ayer me llenó la mesa de clínex de tanto llorar. Menos mal que hoy he visto un brillo especial en sus ojos. Se nota que te ha perdonado ─le soltó a Rafa.

           ─No se preocupe Ramiro, yo la quiero un montón y sé que al final todo volverá a su cauce ─le dijo un angelical Rafa.

           Nos fuimos de allí saboreando las migajas con las que nos habíamos encontrado.

           ─Pues no me ha parecido la chica que sale de un mal rollo con nadie. ¿Y a ti?

           ─A mí tampoco Jorge. Pero ese camarero se ha quedado feliz con mi respuesta. ¿Por qué lloraría Fedra?

           ─No lo sé. Anda, vamos a comprar algo en el mercado que hoy comemos a la una. A las tres continuaremos intimando ¿No?



Secreto entre hermanas (Parte II: Jorge y Rafa, 2005-2006) (1)

Eran las cinco de la madrugada cuando sonó el teléfono y, la verdad, me entraron ganas de pegarle una patada. Vi el número de la Comisaría, el deber me llamaba, no quedaba más remedio que abrir los ojos y contestar. Contesté con pocas ganas.

           ─¿Sí?

           ─¿Subinspector Hurtado?

           ─Sí.

          ─Soy Lourdes, le llamo de parte del Inspector Poveda. Debe presentarse en las oficinas inmediatamente.

           ─En quince minutos estoy ahí, Lourdes. Gracias.

           Un remojón bajo la ducha, un café, los vaqueros y el polo. Bajé zumbando hacia el garaje, cogí mi Ford Focus y salí hacia las oficinas. Bajo ningún concepto quería hacer esperar más de la cuenta al Inspector.

           Cuando llegué lo encontré mirando pensativo por la ventana, de espaldas a la puerta. Aquello no auguraba nada bueno. Cuando oyó el pomo de la puerta acristalada, se giró inmediatamente y tomó asiento en su mesa. Méndez, Núñez y Martínez estaban sentados frente a la mesa, expectantes.

           ─He venido lo más rápido que he podido. Lo lamento, si estaban esperándome ─me excusé.

           ─Siéntese Hurtado. Gracias a todos por haber venido cuanto antes. Quiero contarles dos casos antiguos que vamos a retomar. Tendremos que investigar con sumo cuidado y andarnos con pies de plomo.

           »Hace diez años un par de chicas aparecieron muertas en un pequeño municipio de Castellón. El Jefe de la Policía Local, Leandro, muy amigo mío, me contó el caso. Las chicas estuvieron la noche anterior en sus oficinas con la intención de presentar una denuncia que finalmente no llegaron a cursar. La única información que obtuvieron de ellas fue que dos hermanos gemelos las habían secuestrado en la estación de tren y luego las tuvieron retenidas en un almacén del que se habían escapado. Aparecieron muertas al día siguiente. Un confidente les confirmó que los hermanos hacían el trabajo sucio para unos mafiosos italianos. Buscaban estudiantes de Europa del Este, con buena presencia, que venían de vacaciones a nuestro país. Las secuestraban y las drogaban para entregarlas al siguiente eslabón de la cadena. Trabajaban en diversos puntos de España. El confidente les ayudó a elaborar este retrato robot de los hermanos gemelos ─nos lo mostró─. Al día siguiente apareció muerto por sobredosis en el Barrio del Carmen de Valencia. Intervino la policía judicial de ambas provincias pero el caso quedó sin resolver.

           »Hace cinco años, un par de hombres aparecieron muertos en aquel mismo municipio. El Juez Instructor avisó a la Policía Judicial de Castellón para que abriesen las oportunas diligencias e investigasen el caso. En ese momento, yo trabajaba de subinspector en aquella comisaría. Acompañé al Jefe al lugar de los hechos e iniciamos la investigación. Con ayuda de la Policía Local, identificamos a uno de los dos cadáveres. Era un vecino con fama de borracho, titular del inmueble donde se habían hallado los finados. Cuando vi su cara, me recordó vagamente a alguien, Leandro me confirmó que coincidía con aquel retrato robot que me dio cinco años antes. El otro cadáver era de un empresario polaco adinerado, que supuestamente estaba aquí en viaje de negocios. Ambos hombres presentaban heridas de arma blanca. Se halló una navaja abandonada en el suelo, con sangre de ambos en el filo. Se comunicó a los medios informativos que aquellas muertes fueron resultado de un ajuste de cuentas entre ellos. La realidad fue que el Juez tuvo claro, desde el primer momento, que allí hubo alguien más implicado. Otro caso más sin resolver.

           ─¿No estamos un poco lejos de Castellón? ─indicó Méndez.

           ─Sí, efectivamente, unos setecientos kilómetros. Esta mañana hemos recibido noticias indicando que el hermano gemelo se encuentra en esta ciudad y, por si fuera poco, las hijas del hermano fallecido también viven aquí ahora. Debemos seguir la pista del hermano y descubrir si es una casualidad lo de sus sobrinas. No me gustaría tener que investigar otro asesinato.

           ─¿Por dónde empezamos? ─dijo Núñez.

           ─Méndez y usted seguirán la pista del hermano e intentarán dar con su paradero. Quizá podamos reanudar la investigación del caso de las chicas muertas y, además, descubrir si tuvo algo que ver con la muerte de su hermano y del polaco.

           Sacó unas hojas de informes y se las dio a Méndez. Le indicó que debían seguir las pistas allí contenidas y colaborar con la unidad de investigación de la Policía Judicial de Castellón.

           ─¿Y nosotros? ─pregunté.

           ─Usted y Martínez se infiltraran en la vida de las chicas, conseguirán entrar en su círculo de amistades y descubrirán todo lo que puedan de ellas. No sé si ellas han tenido algo que ver con todo este sucio asunto, pero si no es ese el caso, creo que necesitarán protección. Ustedes las protegerán el tiempo que dure esta investigación.

           ─¿Cómo conseguiremos infiltrarnos en sus vidas? ─añadí.

           ─Las chicas viven aquí desde hace tres años. La mayor se llama Marina y tiene veinticuatro años. La menor se llama Fedra y tiene diecinueve. Trabajan de limpiadoras en la empresa de moda Paolo&Giovanni. En el departamento de personal de la empresa les están esperando para que firmen un contrato de seis meses como peones de limpieza.

           ─¡No me joda! ─solté sin poder reprimirme.

           Menos mal que al Inspector le hizo gracia mi salida y no le dio importancia. No era hombre dado a los chistes. Mi compañero simplemente arqueó los ojos y resopló.

           Nos había dado un dossier remitido por don Leandro, el Jefe de la Policía Local del municipio donde vivían antes las chicas. Sacamos sus fotos, se notaba que las habían tomado sin permiso. Una estaba detrás de la barra de un bar entregando una bandeja a alguien. Detrás indicaba que se trataba de Marina. La otra iba por la calle, con una mochila colgada a la espalda y unos libros en la mano. Detrás indicaba que se trataba de Fedra. Eran unas fotos bastante malas.

           Don Leandro nos envió una carta donde indicaba que la mayor estuvo trabajando como camarera en un restaurante de la población desde los dieciséis años. Cuando sucedió lo de su padre, ella tenía diecinueve años y la pequeña catorce. Como su madre había fallecido unos años antes, se quedaron huérfanas. La hermana mayor fue nombrada tutora legal de la hermana menor. Se desconocía la existencia de familiares con vida. Los dueños del restaurante, una pareja sin hijos, se hicieron cargo de ellas hasta que la pequeña finalizó la secundaria. En ese momento, las chicas vinieron a esta ciudad y empezaron a trabajar de limpiadoras gracias a un contacto de los dueños del restaurante.

           Rafael Martínez, más que mi compañero, era mi amigo. Hacía cinco años que trabajábamos juntos. Sería fácil hacer ese trabajo con él.

           Cuando leyó las notas de don Leandro, el rostro de Rafa se ensombreció. Él también era huérfano. Sus padres murieron en un accidente de tráfico hacía cinco años. Entonces él tenía veinte años y ya llevaba un año trabajando en la policía judicial de Castellón. No pudo quedarse allí con sus recuerdos y pidió el traslado a esta Comisaría.

           Recordé cuando nos presentamos: «Rafael Martínez, agente novato. Será un honor trabajar con usted», «Jorge Hurtado, subinspector veterano. Yo también he sido agente novato y sé que toca un poco los cojones hablar de usted al jefecillo de turno. Llámame Jorge». Rafa, más que amigo, me consideraba como el hermano mayor que nunca tuvo.



Llega la Navidad

Cada veinticinco de diciembre, la historia nos recuerda el nacimiento de Jesús, el portal de Belén se instala en nuestra casa y tocando panderetas y zambombas cantamos villancicos con la familia.

Han pasado 2010 años y, tal como hicieron nuestros antepasados, seguimos recordándole. La Navidad se adueña de nuestros corazones y nos hace sentir más felices, más cercanos a la familia y más amigos de nuestros amigos.

Sin darnos cuenta nos dejamos contagiar por el espíritu navideño. Los regalos materiales no importan, son esos detalles, esas pequeñas cosas que nos hacen ver Qué bello es vivir. ¡Qué gran película!

Olvidemos la temible crisis económica que azota el mundo en que vivimos y aunque solo sea por unos días derrochemos amor a cada paso.

Feliz Navidad!!


          

Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (6)

Tras pasar por las expertas manos de un peluquero y una maquilladora, ayudé a Fedra a ponerse el primer vestido. Estaba radiante y tranquila, yo, en cambio, tenía un nudo en el estómago. Dana nos dijo que ella sería la última en salir en cada uno de los tres pases. Gran parte de la puesta en escena la realizaban las primeras modelos. Visto el juego sucio de Marusha, las otras modelos habían acordado reubicarse en la pasarela, de modo que Fedra solo tenía que aprender tres o cuatro cosas. Todas le infundieron ánimo y ella les mostró su agradecimiento. No sabían que aquel iba a ser su primer pase profesional. Algunas de ellas habían tardado tres años o más en llegar a la posición que ocupaban.

           Detrás de la pasarela, en la gran sala-vestidor donde me encontraba, había una pantalla que mostraba lo que estaban viendo los asistentes al desfile de moda de Paolo&Giovanni. Estaba llena de fotógrafos y periodistas de diversas revistas de moda, incluso un par de cámaras de televisión. La emoción me embargaba a cada paso que mi hermana daba en la pasarela. El primer pase fue bien, el segundo estuvo impecable y el tercero fue sublime. Al finalizar el acto, unos satisfechos Paolo y Giovanni salieron a saludar. El primero ofreció su brazo a Nadia (una de las modelos estrella de la casa), el segundo ofreció su brazo a mi hermana. Me dio un vuelco el corazón cuando vi cientos de flashes reflejados en su sonriente cara. A partir de aquel día, nada sería igual, Fedra aparecería en todas las revistas de moda conocida y, seguramente, en algún canal televisivo.

           Había un picoteo en recepción y, por supuesto, fuimos invitadas. Hablamos con diferentes personas que nos iban presentando, de algunas ya no recuerdo ni el nombre. Finalmente volvimos a ponernos los vaqueros y salimos de allí. Dana me había entregado una agenda con el guión a seguir a partir del día siguiente. Cada vez que lo miraba, la cabeza me daba vueltas. Necesitábamos llegar a casa y tirarnos en el sofá a descansar, sin nadie que nos molestase. Al día siguiente, ya veríamos.

           Fedra no paró de hablar durante nuestro paseo hacia casa, tenía demasiadas sensaciones que contarme. Cuando llegamos, el cansancio se apoderó de nosotras. Había sido un día demasiado intenso, nos sentamos en el sofá y encendimos el televisor. Nos preguntábamos qué habría sido de Jorge y Rafa. ¿Habrían ocupado nuestras plazas vacantes? ¿Sabrían algo de nosotras? Ninguna de las dos teníamos la respuesta. Pero no tardamos en descubrirlo.

           Sonó el interfono, alguien llamaba a nuestra casa. Me levanté sin ganas y me dirigí al telefonillo.

           ─¿Quién es?

           ─Somos nosotros, Marina ─contestó Jorge.

           Accioné el interruptor y les dejé subir. No le dije nada a mi hermana. Cuando llegaron, fue Jorge quien empezó a hablar.

           ─Estábamos preocupados por vosotras. En Personal nos han dicho que habíais dejado las plazas vacantes y que, si nos interesaba, nos prorrogaban el contrato un mes. No sabíamos qué decir. Te llamé varias veces esperando una explicación pero siempre me salía el buzón de voz. Debes tener unos doce mensajes míos. Al final hemos aceptado la prórroga, un mes más de sueldo siempre viene bien. No sé si hemos hecho bien aceptando, lo último que quiero es robaros algo que por derecho os pertenece.

          ─No te preocupes Jorge, hemos abandonado esas plazas voluntariamente ─le dije con voz tranquilizadora.

           Rafa, que no podía aguantarse más, me preguntó si Fedra estaba en casa. Los invité a pasar a nuestra salita.

           ─Fedra, mira quién ha venido a visitarnos.

           ─Hola chicos, ¿Cómo estáis?

           Antes de que ellos articularan una palabra, le contesté yo.

           ─Estaban preocupados por si nos pasaba algo. Han aceptado la prórroga.

           Rafa vio la cara de alegría de Fedra y no pudo resistirse.

           ─¿Sabíais que nos iban a ofrecer vuestro puesto?

           ─Sí.

           ─Chicas, me parece que nos tenéis que explicar muchas cosas

           Los dos se sentaron y mi hermana empezó a explicarles, a grandes rasgos, todo lo que había ocurrido. Yo me dirigí a la cocina a preparar café. Cuando volví con la bandeja, los tres reían felices.

           ─Mañana mismo pienso comprar todas las revistas de moda que haya en el quiosco ─dijo Rafa.

           ─¿Me dejarás verlas, no? ─añadió Jorge.

           ─Vista una, vistas todas ─les comentó Fedra.

           ─Es cierto, no hace falta que te gastes tanto dinero Rafa, son muy caras. Dales una ojeada por encima y compras aquella en la que la veas más guapa ─le apunté.

           Mientras manteníamos aquella conversación animada aparecieron imágenes del desfile de moda de Paolo&Giovanni en la pantalla del televisor, en ninguna aparecía mi hermana. Nos quedamos callados instantáneamente y, al fin apareció, preciosa toda ella, cogida del brazo del señor Giovanni, en el apoteósico final del desfile. El locutor hizo hincapié en un comentario realizado por ambos diseñadores a diversos medios de comunicación: «Su nueva modelo, Fedra, pronto llegaría a ser reconocida internacionalmente». Aquello nos dejó sin habla. Tras el impacto, quise despertar a mi hermana de aquel sueño.

           ─Baja de esa nube cariño, no olvides que siempre hay que poner los pies en el suelo y esta historia aún está muy verde. Esperemos a ver lo que nos depara el mes.

           ─No sé Marina, creo que los nervios me están entrando ahora. ¿Estaré a la altura de lo que ellos esperan de mí?

           ─¡Claro que lo estarás princesa, no hay más que verte en la pasarela! ─le animó Rafa.

           ─Ya verás, no habrá quien te pare, con tesón y confianza llegarás muy lejos ─confirmó Jorge.

           Nos comentaron que durante esos días no se habían puesto en contacto con nosotras porque habían estado atareados presentando su currículum en diversas empresas. Aquella ciudad les gustaba mucho y no estaban dispuestos a dejarnos solas allí. Nos dejaron satisfechas con su explicación. Al menos, teníamos dos amigos que se preocupaban por nosotras.

           Cuando se despidieron, Fedra comentó que aquel era el día perfecto para escribir una carta a Elisa y Manuel y contarles cómo nos iba en la vida y en el trabajo. Les alegraría mucho saber que nos relacionábamos con dos chicos. Aun no les habíamos dicho que conocíamos a Jorge y a Rafa. Estábamos en deuda con ellos y nuestra gratitud no podía medirse con una escueta carta vacía de contenido, les contaríamos lo que sentíamos de verdad, nuestros miedos y nuestras alegrías. Para nosotras, habían sido como unos padres.

           Una apretada agenda empezó a partir del día siguiente: gimnasio, salón de belleza, pruebas y más pruebas, desfiles y más desfiles, viajes y más viajes. Con el tiempo, llegué a sentirme como pez en el agua.

           Jorge y Rafa eran asiduos en nuestra casa. Nos acompañaban a los actos a los que podíamos llevar pareja. Su buena presencia no desentonaba en el ambiente glamuroso de aquellas celebraciones y nos ayudaba a tener los pies en el suelo. Solo los jefes sabían que proveníamos del bajo escalafón de la limpieza de la casa, lo cual no parecía importarles en absoluto.

           Yo no podía olvidar mi pasado, quién era, ni lo que había hecho. Fedra, en cambio, era feliz, consiguió dejar de llorar por los rincones.

           Había pasado un año desde que iniciamos aquella aventura y la relación entre Rafa y Fedra se convirtió en una relación bastante formal, cosa extraña en el mundo de la moda. Rafa estaba realmente enamorado de mi hermana y Fedra bebía los vientos por él. Creo que si él le hubiera pedido, en algún momento, que lo dejara todo, ella lo habría hecho.

           Jorge permanecía a la espera, paciente, disfrutando únicamente de mi compañía. Reconozco que me sentía bien con él.



Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (5)

Llegaron a las nueve, puntuales, ambos vestidos sport, nosotras también.

           ─¿Con qué sorpresa nos vais a deleitar? Que conste que yo me curré la cena cuando os invitamos la otra noche a nuestra casa.

           ─Pues bien Jorge, os vamos a deleitar con unas pizzas de la pizzería de la esquina. En cinco minutos estarán aquí. Pero no te preocupes, también tenemos un buen Peñascal y una tarta de nata ─le contesté sonriendo despreocupada.

           ─Me va a parecer la cena más maravillosa del mundo. Es la primera vez que te veo sonriente y eso, para mí, es el mejor manjar que pueda imaginar ─dijo mirándome embelesado.

           Mi hermana y Rafa se dieron cuenta del detalle, lo noté en sus miradas. Aquel comentario de Jorge me había dejado aturdida, pero bajé de la nube en la que estaba flotando y volví a enfundarme con la máscara protectora.

           Al terminar la cena, y tras una buena tertulia, en la que hablamos de mil detalles de nuestra rutina diaria, nos despedimos hasta el día siguiente. Teníamos que madrugar para ir a trabajar.

           Cuando quedaban dos semanas para que Jorge y Rafa terminaran su contrato, en el departamento de personal les comunicaron que sus servicios en la casa habían terminado, debían disfrutar de sus vacaciones y volver a finales de mes para recoger la documentación y el finiquito correspondiente. Se despidieron de nosotras con una amplia sonrisa y con la típica frase: «Seguiremos en contacto». Cuando nos lo contaron, una sombra de tristeza invadió la cara de Fedra, supongo que algo parecido debió pasar con la mía. Ellos habían sido nuestros primeros amigos y la sola idea de perderlos nos pareció un castigo innecesario. Sabíamos que la empresa iba muy bien y que los pases privados de nuestra planta seguirían realizándose, por lo que suponíamos que seguía siendo necesario limpiar con precisión. Algo escapaba de nuestro entendimiento pero el mundo laboral es así de cruel a veces.

           Los días siguientes no hubo noticias de ellos. Mi hermana parecía un alma en pena paseando el carro de limpieza por pasillos y despachos. Yo, que siempre había sido su pañuelo de lágrimas, no conseguía consolarla. Como me temía, Rafa había roto el corazón de mi hermana, quién sabe si Jorge había agrietado el mío.

           Finalizaba el mes, cuando un preocupado señor Paolo, carraspeando, asomó la cabeza por la puerta del servicio de señoras que estábamos limpiando.

           ─Disculpen mi atrevimiento, al ver el carro en la puerta he supuesto que estaban aquí limpiando. La necesito de nuevo señorita Fedra. ¿Puede ayudarme?

           ─¿Qué sucede señor Paolo? ─le preguntó.

           ─Como imagino que sabrán, hoy tenemos pase en la primera planta y Marusha (una de sus primeras modelos) ha decidido hacerme una jugarreta en el último momento, se ha ido a la competencia. La necesito señorita, necesito que usted ocupe su lugar. A tres horas del pase, comprenderá que no puedo hacer nada. Al final del desfile, las diez modelos deben salir con el último vestido que han llevado. Sería demasiado pesado para las otras chicas tener que desfilar con los tres vestidos de Marusha y, todo el mundo notaría que falta una modelo. Sé que no tiene formación pero sé que es capaz de hacerlo. Si lo consigue, no le quepa duda, este será su salto a la fama. Por supuesto, su hermana podrá ser su ayudante. ¿Qué me dice?

           Los ojos de mi hermana se iluminaron como estrellas, me miró con miedo, como pidiendo permiso, solo acerté a asentir moviendo la cabeza.

           Un estirado señor Giovanni hizo también su aparición en el servicio de señoras.

           ─Buenos días señoritas, lamento el retraso. Supongo que Paolo ya les habrá puesto en antecedentes. Señorita Fedra, si es tan buena como dice mi hermano, le aseguro que ésta es su oportunidad. ¿Lo ha decidido?

           Ni siquiera sabía que eran hermanos, siempre había creído que eran unos socios bien avenidos. El señor Paolo, moreno y de ojos oscuros; el señor Giovanni, rubio y de ojos azules: curiosidades de la genética.

           Mi hermana, aún temblando ante la oferta del señor Paolo, se quedó petrificada ante la presencia del señor Giovanni. Él parecía un gigante de acero, imponía respeto por donde pasaba. Su rostro impasible en el trabajo, se convertía en el encanto personificado cuando estaba en la pasarela. Tenerlo allí haciéndole esa pregunta, la dejó desconcertada. Tenía que decidirse ya, esa era su oportunidad y no podía desperdiciarla porque los nervios le jugaran una mala pasada. Me acerqué por detrás y le di un pellizco. Finalmente dijo algo.

           ─Si ambos creen que merezco esta oportunidad, no voy a dejarla pasar. Estoy dispuesta a hacerlo siempre que, como ha dicho el señor Paolo, tenga a mi hermana como ayudante ─su voz era firme, no delataba su temor a perderlo todo poniendo esa condición.

           ─Bien señorita, me alegro. Ya nos imaginábamos que, en el lote, tenían que ir las dos. Pasen por el departamento de personal a firmar el contrato, acabo de venir de allí y ya he dado las instrucciones precisas, sabía que Paolo no se equivocaba con usted. De momento están a prueba. Si todo va bien, este contrato mensual será prorrogado por más tiempo. Si al final todos nos hubiésemos equivocado, no se preocupen, su lugar en el equipo de limpieza seguiría reservado para ustedes. Imaginen que les hemos concedido una excedencia de un mes en su trabajo de limpiadoras ─dijo el señor Giovanni, mostrando la mejor de sus sonrisas estudiadas.

           Ambos se acercaron y nos estrecharon las manos a las dos. Debíamos ir rápidamente a personal, luego presentarnos en la primera planta y seguir las instrucciones de la señora Dana, ella nos diría cómo funcionaba aquel mundo desconocido. Cuando nos íbamos, escuchamos al señor Paolo hablando por el móvil.

           ─¿Pérez? Llame a Jorge y a Rafa, los que limpiaban aquí, y dígales que vengan inmediatamente, sus vacaciones han sido suspendidas. Su contrato está prorrogado por un mes más. Dese prisa, dígales que hoy continúen a partir del servicio de señoras, es ahí donde se han quedado Fedra y Marina. Si es preciso, que terminen más tarde. Todo debe estar a punto a las doce, no lo olvide. Si hay problemas, me da un toque.
           Aquella noticia, oída al vuelo, fue la inyección de adrenalina que Fedra necesitaba. Caminaba más segura que nunca, sus miedos habían quedado atrás.

           La señora Dana miró a mi hermana desde todos los ángulos, se fijó en su cara detenidamente, quitó la pinza del pelo de mi hermana, echó sus hombros hacia atrás y le levantó la barbilla.

           ─No me llaméis señora Dana, eso me envejece. Soy sólo Dana ¿De acuerdo?, Bien Fedra, si el señor Paolo dice que vales, es que vales. Tienes un cuerpo fantástico y una cara preciosa. ¡Hoy vamos a hacerte brillar en el firmamento! ¿Verdad Marina?

           Solo le devolví una sonrisa. No supe qué decir, pero estaba dispuesta a hacer lo que hiciese falta para que mi hermana fuese el centro del universo.

           Dana había recibido órdenes de los jefes y eso lo notamos enseguida. Nos presentó al equipo, incluidas las nueve modelos que iban a compartir pasarela con mi hermana. Aquella sala-vestidor estaba llena de gente: las chicas, los peluqueros, las maquilladoras, las ayudantes, el personal de confección y quizás alguien más.

           ─¡Un momento de silencio, por favor! ─dijo Dana pegando un grito en lo alto de una tarima elevada─. Esta es Fedra, una joven modelo recién llegada a nuestra casa. Espero que le ofrezcáis una calurosa bienvenida.

           Un estruendoso aplauso sonó inmediatamente. Todas las miradas se posaron en mi hermana. Habíamos tenido que cambiarnos de ropa, el señor Paolo se había encargado de todo. Nadie necesitaba saber que hacía solo media hora estábamos limpiando retretes. Dana, que era la única que conocía nuestra situación en esa sala, prosiguió con las presentaciones.

           ─¡Silencio, aun no he terminado! Fedra va a sustituir a Marusha en el desfile de hoy, os ruego seáis benevolentes con ella, no ha podido estar en los ensayos. ¡Ayudadla! También quiero presentaros a Marina, ella es su hermana, y es, a la vez, su ayudante y su representante.

           Algunas personas me lanzaron un saludo afectuoso y me dieron la bienvenida. ¡La suerte estaba echada!

Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (4)

Llegamos los cuatro, cada pareja con su carro de limpieza. A Rafa le pareció una sala majestuosa. ¡Cómo se notaba que no había visto la de la primera planta! Lo limpiamos todo: los cuadros, los sillones, la pasarela, las papeleras, las mesitas, los focos de luz, la moqueta, las cortinas… En una hora estaba todo reluciente. Rafa no pudo reprimirse.

           ─Fedra, da unos pasitos por la pasarela para que te veamos los tres, así nos imaginaremos que somos gente importante que va a comprar una de las colecciones de otoño. Viendo a una chica bella como tú desfilar, será fácil imaginarlo.

           No se lo pensó dos veces. Fue al principio y se acercó hasta nosotros con paso estudiado y decidido, haciendo pequeñas paradas con pose y mostrando la mejor de sus sonrisas. La verdad, si no hubiese sido por el uniforme, cualquiera la hubiese confundido con una modelo profesional. Su figura estilizada y su belleza natural hacían que pareciese un ángel flotando entre las nubes.

           Una voz desde la puerta hizo que los cuatro aterrizásemos de aquel sueño. Era el señor Paolo. Nos dijo que no había tiempo para chácharas y que debíamos terminar nuestro trabajo. El sentimiento de culpabilidad se apoderó de los cuatro y terminamos nuestro turno de tarde en silencio. No sabíamos si aquello tendría consecuencias. En tres años, era la primera vez que un dueño de la empresa nos dirigía la palabra, y encima era para reprendernos.

           Ya en casa, Fedra estaba viendo un programa en la televisión y me llamó para verlo. Allí estaban Paolo y Giovanni dando unas pequeñas pistas de lo que iban a ser sus colecciones de otoño. Sacaron imágenes de antiguos pases de moda de sus colecciones. Modelos famosas lucían con garbo sus colecciones. Al final de los pases, ambos ofrecían su brazo a la modelo estrella y desfilaban orgullosos ante el público.

           ─Marina, por un momento, me he sentido como esas chicas. No sé qué me ha pasado, no sé por qué lo he hecho. Lo siento. Debí haberlo pensado un poco. Sentí una fuerza interior que me empujaba a hacerlo.

           ─Fedra, yo sí sé qué te ha pasado. El piropo de Rafa te ha dejado sin aliento y has querido demostrarle que podías hacer un pase. En cuanto al señor Paolo, no te preocupes, no creo que haya sido nada importante para él.

           ─He sido un poco insensata, procuraré poner los pies en el suelo y no comportarme como una quinceañera. El trabajo es lo primero.

           ─En eso te equivocas Fedra, tú eres lo primero.

           Coincidimos alguna vez más en el Menfis, no eran habituales de aquel lugar, pero cuando iban, nos acompañaban y desgranaban un poquito más de sus vidas. Nosotras intentábamos corresponderles en la conversación, contando bien poca cosa de nuestra rutinaria existencia. Siempre, por supuesto, ocultando nuestro pasado.

           Un día que llovía a mares, Jorge se ofreció a llevarnos al trabajo por la tarde. Aquella mañana habíamos tenido que coger el autobús y, pese a todo, llegamos empapadas. Me vi obligada a aceptar su invitación y darle nuestra dirección para que pasaran a recogernos. A las tres menos veinte, puntual, Jorge llamó al timbre. Bajamos rápido y nos metimos en su coche. Rafa parecía no encontrarse muy bien, hacía mala cara. Como pudo, aguantó estoicamente las dos horas de trabajo. Regresamos con ellos y al llegar a nuestro portal, Rafa sintió unas tremendas ganas de ir al servicio. Seguía lloviendo a mares. Le dije que podía ir al bar que había al lado de nuestro portal. Fedra, muy indignada, me echó una mirada asesina y los invitó a subir a nuestra casa. ¡No podía creerlo, nuestro santuario iba a ser profanado! Subimos en el ascensor, vivíamos en el séptimo. La cara de Rafa iba poniéndose amarilla y los ruidos de su barriga declaraban que aquello no era una pantomima. Me arrepentí de haberle dicho que podía ir al bar del lado. Sus vómitos llenaron nuestra taza del váter y Jorge, sin conocer nuestra casa, instintivamente, se dirigió a la cocina, salió a la galería y llenó el cubo de fregar con agua y amoniaco. Fue él quien limpió todo el desastre. Fedra y yo esperamos en la salita. Cuando entraron los dos, Rafa hacía mejor cara, aunque parecía que le hubiese pasado un tractor por encima. Fui yo la que le hice la manzanilla. Pasamos un rato agradable charlando los cuatro juntos.

           Al día siguiente, nos invitaron a cenar a su piso. «Sin pretensiones, solo como amigos», dijo Jorge. Fedra aceptó encantada por las dos. En el fondo yo la comprendía, estaba loquita por Rafa. Habría que hacer de tripas corazón y acudir a la cena.

           Compramos una botella de cava, Elisa y Manuel nos habían dicho muchas veces que si te invitan debes llevar algún presente. No se nos ocurrió nada más original. Fedra se puso un vestido de lino que había comprado hacía dos años y aún no había estrenado, los zapatos de tacón y su chal de seda. Yo no sabía ni qué ponerme. Mi armario estaba lleno de vaqueros y camisas, nada digno de una cena con amigos. Fedra entró en mi habitación y me tendió unos pantalones negros de vestir y una blusa blanca de manga japonesa, esa ropa le venía un poco grande y solo se la había puesto un par de veces. Teníamos la misma altura, solo que yo pesaba un poco más que ella. Me puse su ropa y los únicos zapatos con algo de tacón que tenía. Fue Fedra la que me pintó un poco la cara y me hizo el pelo. Ella estaba tremendamente feliz. Yo aguantando el tipo.

           ─Marina, estás preciosa. Mírate en el espejo. Te aseguro que esta noche triunfas. Igual Jorge se enamora de ti y cae rendido a tus pies.

           ─Anda, anda, no digas tonterías. No tengo ganas ni de mirarme. Si tu dices que estoy bien, pues estoy bien. La importante eres tú. No olvides que, si vamos a esta cena, es porque te gusta Rafa.

           ─¿No te gusta un poquito Jorge?

           ─No me enamoro tan fácilmente como tú. Además, no creo que Jorge me mire del mismo modo que te mira Rafa a ti. Solo somos amigos, nada más. Ellos en su casa, y nosotras en la nuestra.

           ─Bueno, eso no será esta noche porque vamos a su casa a cenar ─dijo sonriente.

           Sonó el timbre de la puerta, era Rafa quien venía a buscarnos con el Ford Focus. Seguía lloviendo un poco y no querían que nos mojáramos. Jorge se había quedado preparando su cena especial para la ocasión. Rafa, con su camisa recién planchada, me lanzó cuatro halagos y luego cubrió de piropos a mi hermana.

           No habíamos estado nunca en su casa, pero cuando entramos supimos que aquel piso había sido diseñado por el mismo arquitecto que el nuestro. Presentaba la misma estructura que nuestra casa. ¡No me extraña que Jorge encontrara tan fácilmente nuestra galería!

           Jorge salió a recibirnos con un delantal blanco y un gorro de cocinero que Rafa le había regalado. Llevaba unos vaqueros de marca, un polo y unas deportivas. Nos dijo que había preparado una ensalada templada de queso de cabra y vinagreta de miel como entrante, un pastel de marisco de primero y una merluza rellena de segundo. El postre sería una sorpresa de Rafa. La cena estuvo exquisita, Jorge tenía buena mano para la cocina, no como yo, que únicamente conocía la «cocina de supervivencia». Cuando llegó el postre, Rafa sacó un pastel de cumpleaños con veinte velas. Nos dijo que oyó casualmente, en el departamento de personal, que era el aniversario de Fedra. No lo había dicho, pero seguro que había sobornado a alguien de personal para conocer la fecha de nacimiento de mi hermana. Por si ella no estaba suficientemente conquistada, aquello le robó el sentido.

           ─Rafa, muchísimas gracias. Jamás he sido tan feliz. Marina ni se ha acordado.

           Aquello me sentó como un jarro de agua fría, pero era cierto, ni me había acordado. Recordé que le había comprado una tarjeta de felicitación de las que ponen bromas, pero se me olvidó entregársela aquella mañana. Rafa y Jorge la felicitaron y le dieron dos besos en las mejillas. Fedra reflexionó sobre lo que acababa de decir.

           ─Bueno… no es cierto. He sido muy feliz, gracias a Marina, en infinitas ocasiones. Y siempre se ha acordado de felicitarme, aunque fuese en el último segundo del día ─se quedó mirándome con tristeza anhelando mi perdón, sabiendo que me había hecho daño─. Sé que estabas esperando llegar a casa para darme la felicitación que encontré en el cajón de tu mesita ayer. ¡Dame un beso hermana! Tú nunca te olvidas de mí.

           Nos dimos un inmenso abrazo y un par de besos.

           ─Bueno, brindemos con cava. Para que cumplas muchos más y nosotros lo veamos ─dijo Jorge, levantando su copa.

           Volvimos andando a casa, ellos nos acompañaron con la excusa de bajar la cena paseando. Noté que Fedra y Rafa caminaban más despacio y se iban quedando atrás. Era su cumpleaños, lo tenía perdonado. Jorge, a mi lado, también se dio cuenta del detalle y supuso que querrían estar más distanciados. Me cogió del hombro y aceleró el paso, les dijo que quería enseñarme los peces luminosos del lago del parque y que volveríamos en unos minutos. Rafa le dijo que no tuviese prisa. Fedra sonrió y me dijo que allí estaría esperándome.

           ─Bien Marina, les hemos dejado solos. Me parece que lo necesitan. ¿No crees?

           ─Supongo que sí. ─Sin darme cuenta, deje escapar mis pensamientos─. Pero me da miedo, Fedra es muy joven y no sabe nada de la vida, nunca ha salido con nadie.

           ─Pues algún día tendrá que ser el primero. De la vida no te preocupes, no hay por qué saberlo todo. Se va aprendiendo poco a poco.

           Seguía sin soltarme el hombro, pero sus pasos eran más pausados. Sentí una sensación extraña que no acertaba a describir. ¿Me sentía protegida o sentía algo por él? Al ver que yo estaba callada, intervino él.

           ─Marina… tú también eres muy bella. ¡Ojalá lograra verte sonreir! Me gustaría romper esa coraza bajo la que te ocultas y verte tal como eres. Si me dejas, lo intentaré ─acarició con su mano un rizo de mi pelo─. Me gustas Marina, desde el primer día que te vi.

           ─…

           ─No tienes por qué decir nada ahora.

           Llegamos al lago y nos sentamos en un banco. Al soltar mi hombro, me sentí como si me hubieran quitado una losa de encima, la idea de que Jorge tuviese esperanzas conmigo me torturaba. Era la primera vez que estaba con alguien que no iba a pagar a mi padre por gozar de mi compañía y aquello no parecía tener cabida en mi cabeza. Elisa y Manuel me animaron a salir con gente de mi edad pero nunca lo hice, sentía que debía proteger a Fedra, nunca quise dejarla sola.

           ─¿Puedo preguntarte algo Marina?

           ─Supongo que sí, aunque no sé si sabré responder.

           ─¿Desconfías de Rafa?

           ─Aún no sé qué opinar, solo hace un par de meses que os conocemos. A primera vista diría que es un buen chico, pero no pondría la mano en el fuego. Ahora bien, por ti tampoco.

           ─Es un buen chico, te lo aseguró. Hemos pasado muchas cosas juntos en estos años y no le he visto nunca mirar a una chica como mira a tu hermana. Está loco por ella, me lo ha confesado. Con el tiempo descubrirás que yo también soy una buena persona.

          ─Fedra solo tiene diecinueve años, bueno veinte. Él tiene veinticinco y seguro que ha tenido ya un montón de experiencias con chicas. No quiero que le haga daño, ella no se lo merece.

           »Comprendo que es muy guapa y cualquier chico puede enamorarse fácilmente de ella. Pero es muy sensible, es como una pieza de porcelana china que un triste roce puede romper en mil pedazos. Necesita alguien fuerte a su lado que la quiera sobre todas las cosas, que la convierta en el sol de su universo. Ella aún me necesita.

           Cuando terminé de decir aquello, sin poder evitarlo, los ojos se me llenaron de lágrimas. Recordé que no lloraba desde mis catorce años, habían pasado diez. Jorge no dijo nada, me dejo llorar en silencio y volvió a cogerme del hombro. Apoyó su cabeza en la mía, siguió sin decir nada. Estuvimos así más de veinte minutos. Me tranquilicé, respiré hondo y le miré a los ojos.

           ─Hace mucho tiempo que no lloraba, no sé por qué lo he hecho ahora, pero lo necesitaba. Gracias por tu silencio.

           Nos levantamos y regresamos paseando y hablando de las estrellas que podían verse en la noche. Supongo que Jorge comprendió que lo que yo necesitaba en aquel momento no era una relación, pero tampoco creo que supiera qué me hacía falta. Era yo quien debía luchar contra mi misma y quien debía romper la coraza bajo la que me escondía. Si no lo conseguía, nunca podría sentir amor por un hombre.

           Fedra y Rafa hablaban mirándose acaramelados, sentados en un banco. Desde lejos, no eran más que una pareja de enamorados. Cuando llegamos, se levantaron y continuamos hacia casa. Ellos detrás de nosotros, ajenos a nuestra conversación. Por supuesto, no invitamos a los chicos a subir para tomar la última copa.

           Los días pasaron rápido, las colecciones de Paolo&Giovanni se habían vendido satisfactoriamente. La firma se dedicaba exclusivamente a ropa femenina. La Mujer era la musa que inspiraba sus creaciones. Los grandes pases de la primera planta fueron para la prensa y los fotógrafos. Aquella temporada todo el mundo en la empresa se encontraba desbordado de felicidad. Nosotros cuatro continuábamos a lo nuestro. De vez en cuando, veíamos al señor Paolo o al señor Giovanni pasar por el pasillo acompañado de alguna joven modelo. Eran los primeros en llegar a la empresa por la mañana y los primeros en llegar a la empresa por la tarde.

           Una mañana, cuando entramos Fedra y yo a limpiar el despacho del señor Paolo, lo encontramos con el ceño fruncido mirando uno de sus vestidos. Le pedimos disculpas y nos retiramos. Asomó la cabeza por la puerta y nos llamó por nuestro nombre. ¡Casi se me para el corazón de la impresión!

           ─Fedra, Marina, esperen un momento por favor.

           ─Usted dirá, señor Paolo ─le dije, aún aturdida al ver que sabía nuestros nombres.

           Pensé que nos iba a pedir una limpieza especial de alguna zona concreta de su despacho.

           ─¿Les importaría hacerme un favor?

           ─…

           ─Hace meses la vi a usted desfilando por la pasarela de esta planta y, la verdad, lo hacía bastante bien. Necesito ver el efecto de mi vestido en la pasarela, pero la modelo que debía venir ahora a hacer la prueba, acaba de llamar desde el hospital porque se ha roto la tibia y el peroné.

           Se quedó un par de segundos mirando la reacción de extrañeza visible en la cara de mi hermana y prosiguió.

           ─No se preocupe, no la voy a hacer desfilar delante de nadie. Solo estaremos presentes su hermana y yo. Dejaré que su hermana también esté para que usted se sienta más tranquila. ¡No se vaya a creer que pretendo nada! Necesito que haga un pase con este vestido para que yo vea el efecto, por si tengo que cambiar alguna cosa antes del pase de las diez. Mi problema es que ahora son las siete de la mañana y no tengo tiempo de avisar a otra modelo y además hacer retoques. Por supuesto, tendrá una gratificación en la nómina. ¿Le parece bien, Fedra?

           ─Sí, señor Paolo ─contestó Fedra, con cara de sorpresa.

           ─¿Qué pié calza, un treinta y siete?

           ─Sí.

           ─Bien, tome los zapatos y el vestido. Cámbiese en mi servicio. Si necesita que su hermana le ayude, la llama.

           Salió esplendida con aquel vestido y aquellos zapatos, como si hubiesen sido hechos para ella. El jefe le pidió permiso y le quitó la pinza que sujetaba su moño. Los rizos del pelo castaño de mi hermana cayeron sobre sus hombros descubiertos. Fuimos a la pasarela de nuestra planta, la acompañó hasta el principio y le pidió que avanzara hasta el final caminando igual que lo hizo aquella vez.

           Llevaba un vestido de fiesta de un tejido suave al tacto. Un «palabra de honor» ceñido al cuerpo que caía vaporoso hasta los pies. Su imagen me sugería la de una princesa de cuento de hadas. Tras verla, optó por variar el largo de las distintas capas de la falda. Llamó a alguien de la planta de confección e inmediatamente nos vimos rodeados por tres empleados más que anotaban minuciosamente las instrucciones del señor Paolo.

           Mi hermana no podía decir una palabra, yo ni media. Cuando salieron aquellas personas de la sala, el señor Paolo agradeció a mi hermana el favor que le había hecho probándose el vestido y ahí terminó su momento de grandeza.

           Ya en el Menfis, Marina y yo charlábamos sobre el curioso acontecer de aquel día. Ramiro nos trajo el café y, como buen cotilla, se enteró de lo que decíamos.

           ─¿No me digas que vas a ser modelo Fedra?

           ─…

           ─Di que sí muchacha, que tienes una cara y un cuerpo que quitan el hipo.

           ─No seas adulador Ramiro, solo ha sido una prueba de un vestido. Además… no sé por qué te cuento nada ¡Metete en tus cosas, anda! ─le dijo Fedra.

           Quince minutos después llegaron Jorge y Rafa. No habían sido vistos en ningún momento, pero escudriñaron todo lo ocurrido desde algún lugar de la sala, así que aquel día estaban dispuestos a tomar café con nosotras y enterarse de todos los detalles.

           ─¿No me digas que vas a ser modelo Fedra?

           ─¿Tú también, Jorge?

           ─¿Cómo?

           ─Ramiro me acaba de hacer la misma pregunta. ¡Solo me he probado un vestido!

           ─No nos digas mentiras Fedra, Jorge y yo te hemos visto desfilar por la pasarela para el señor Paolo. Eso no es solo probarse un vestido. ¿No nos vas a contar los detalles? ─preguntó Rafa picaronamente.

           ─No la pongas de los nervios, ya está bastante nerviosa ─le recriminé.

          ─Tengo que deciros que por un momento me he sentido como una modelo de verdad, he caminado por la pasarela sin pensar en nada y ha sido una sensación increíble. Me he dejado llevar. Lástima que haya durado sólo media hora.

           ─¿Te gustaría ser modelo? –preguntó Jorge.

           ─Ese es un sueño que yo no puedo alcanzar. De momento, me conformo con trabajar de limpiadora.

           ─Pues le pegas cien vueltas a más de una modelo que yo me sé ─apuntó Rafa.

           Había sido un bonito día y había que celebrarlo, así que, invitamos a los chicos a cenar a casa, sin ninguna pretensión ¡Claro!



Secreto entre hermanas (Parte I: Marina y Fedra, 2005-2006) (3)

De allí nos fuimos al supermercado a comprar las cuatro cosas que hacían falta. Ya en el piso, hice la comida. Comíamos a la una, y, tras comer, descansábamos un poco y nos íbamos al trabajo dando un paseo por el parque. Aquella era nuestra rutina diaria. Cuando terminábamos a las cinco, nos íbamos a ver escaparates. No había nada más en nuestra vida.

           ─¿Por qué le has dicho que tenía mal de amores? A Ramiro no le importa nada lo que me pasa o me deja de pasar. Ahora se creerá que me ha abandonado algún novio. No me gusta estar en boca de nadie, prefiero pasar desapercibida. Si pudiera, me borraría con una goma para que no me viese nadie.

           ─Fedra, ¿sabes qué creo? Que a lo mejor lo que a ti te hace falta es un novio. Solo así olvidarías nuestro pasado y verías que puede haber un futuro feliz esperándote.

           ─¡No lo dirás porque tú entiendas mucho de eso! Que yo sepa, nunca has tenido ningún novio. Nuestro futuro está escrito, estaremos juntas para siempre y no se hable más.

           ─Sí, igual no soy la más indicada para hablar de novios. Pero creo que el amor es algo maravilloso si lo encuentras, tenemos el ejemplo de Elisa y Manuel, y tú eres joven y preciosa, aún puedes encontrarlo.

           ─Marina, tú también eres joven, solo tienes veinticuatro años. También podrías encontrar un buen chico si te lo propusieras, eres muy guapa aunque te empeñes en creer lo contrario por ser pelirroja y pecosa.

           ─Bueno, dejémoslo estar. Estamos navegando por aguas turbulentas.

           Ya casi llegábamos a nuestro portal y habíamos visto los escaparates de moda que habían sido cambiados aquella semana. Nos encantaba ver los cambios de moda en los maniquíes de cada tienda. Supongo que algo tendría que ver nuestro trabajo en Paolo&Giovanni.

           Cuando llegamos a aquella ciudad solo tenía una dirección anotada en una servilleta de papel. Elisa y Manuel nos habían recomendado una pensión de unos amigos suyos. Al día siguiente acudimos a la cita que nos habían concertado con el encargado de la empresa en la que ahora trabajábamos.

           Elisa era una mujer encantadora, y Manuel estaba totalmente enamorado de ella. Verlos a ellos juntos cada día, me ayudó a no enloquecer y confiar en que algún día mi hermana y yo encontraríamos la felicidad. Ellos no conocían nuestra verdadera historia. Sabían poco de mi madre, solo que era cariñosa y un buen día falleció de un ataque al corazón. De mi padre, nunca supieron nada, para ellos solo era un hombre rudo y taciturno con tendencia a darse a la bebida. Cuando oyeron la noticia de su muerte, alguien les dijo que fue apuñalado. Nada se supo de las diligencias abiertas por la policía judicial ni del juzgado que se encargó del caso. Aquel día, en la casa de la montaña, encontraron a nuestro padre muerto en el suelo. A su lado, yacía otro muerto. Entre los dos, una navaja extrañamente igual que la mía, con sangre de ambos en el filo. Los indicios parecían indicar que se habían matado entre sí. Nunca supimos cómo ocurrió aquello, mi hermana y yo huimos de allí despavoridas. Fedra cogió sus prendas e intentó no dejar su rastro en la casa. Yo limpié con un clínex mi navaja y la guardé en un bolsillo de la chaqueta. Pensaba llevarla siempre conmigo pues gracias a ella éramos libres y teníamos un futuro. Volvimos a casa corriendo, exhaustas, deseando eliminar aquel día de nuestras vidas.

           Sabía que al día siguiente alguien llamaría a nuestra casa para comunicarnos la fatídica noticia. Don Leandro, el jefe de policía, fue el encargado de la misión. Su cara de cansancio y la barba sin afeitar le daba un aspecto lamentable, su ropa olía a sudor y alguna gota de sangre en la camisa delataba que aquella no había sido una noche tranquila. Nos anunció la muerte de nuestro padre y nos presentó a la asistenta social que le acompañaba para hablar con nosotras. Sabían que yo era mayor de edad y trabajaba, pero mi hermana tenía catorce años y aquello podía ser un problema. Elisa y Manuel hablaron con ellos y les rogaron que no nos separaran, ofreciéndose a acogernos en su casa. No querían formalidades, solo nuestra compañía. Manifestaron que yo era una joven formal y trabajadora y que yo había sido quien había cuidado de mi hermana desde la muerte de mi madre, pues mi padre era un borracho. A la vista de todo aquello,  don Leandro y la asistenta acordaron encargarse de todo el papeleo pero nos impusieron una pequeña condena que cumplir: vivir allí, al menos, hasta que Fedra cumpliese los dieciséis años y terminase la educación secundaria obligatoria.

           Aunque no formalmente, Elisa y Manuel nos adoptaron. Legalmente, era yo la tutora de mi hermana. Eran una pareja sin hijos. Vivimos con ellos aquellos dos años y puedo decir que, en El Imán, fuimos felices. Pero necesitábamos irnos de allí y ellos lo comprendieron. Nos ofrecieron el visado hacia la libertad que tanto ansiábamos y solo nos pidieron a cambio que les enviásemos noticias sobre nosotras de tanto en tanto.

           Aquella mañana, Fedra parecía más serena, como si quisiese superar la impotencia que le creaban sus miedos.

           ─¿Sabes qué te digo? Que voy a ser fuerte. Tienes razón. Aquel «monstruo» no se merecía el título de padre. He decidido que voy a olvidarlo para siempre.

           ─¡Así me gusta hermanita! Me alegro de ver esa cara sonriente. Anda, vamos a ganarnos el pan.

           Al entrar en los vestuarios para ponernos los uniformes, vimos dos chicos nuevos. Se llamaban Jorge y Rafa. Los habían contratado para limpiar en nuestra misma planta. ¡Por fin se habían dado cuenta que no dábamos abasto! Nos vendría bien un poco de ayuda. El encargado hizo las presentaciones y nos asignó nuestras tareas a cada uno de los cuatro. Estuvimos cada uno a lo suyo, sin cruzar ni una sola palabra entre nosotros. Fedra se ponía los auriculares del walkman para limpiar y se la veía tarareando la música sin prestar atención a nadie, absorta en su trabajo. Rafa, el chico más joven, también llevaba un chisme de esos para oír música y ocupó las tres horas de la mañana limpiando los grandes ventanales que daban a la calle. Jorge, un poco mayor que yo, se ocupaba de los servicios de caballeros. Yo de los de señoras. Era la primera vez que tenía tiempo de fregar con tranquilidad toda aquella infinidad de azulejos y ver mi cara reflejada en ellos. Me sentí satisfecha de mi trabajo.

           Como era el primer día del mes, nos presentamos en la oficina de personal para recoger la nómina del mes anterior. Coincidimos con Jorge y Rafa, que iban a firmar el contrato y presentar algunos papeles. Salieron detrás de nosotras, se despidieron hasta la tarde y desaparecieron de nuestra vista. Quise ver qué opinaba Fedra sobre ellos.

           ─¿Qué te parecen nuestros nuevos compañeros?

           ─Prefiero no opinar de momento. Mientras no me despidan a mí, estupendo.

           ─No te enteras Fedra. ¿No has oído que tienen un contrato de seis meses? Esta temporada los jefazos tienen un montón de reuniones importantes para vender sus colecciones en muchos países. Me lo ha dicho Ramiro, lo oyó comentar a unos clientes el otro día. Por lo visto, van a organizar pequeños pases en la pasarela de nuestra planta para que los invitados distinguidos vean, en exclusiva, los modelos. Por eso, supongo que habrán contratado a Jorge y a Rafa, todo debe estar impecable y saben que nosotras dos no podemos con todo. Es una planta demasiado grande. Tranquila, nuestro contrato es indefinido, no creo que estén pensando en despedirnos y tampoco tienen ninguna queja de nuestro trabajo.

           ─Más vale que sea así.

           Llegamos al Menfis, saludamos a Ramiro, y le indicamos con un gesto que nos llevara el café hasta la mesa del fondo. El Menfis era un café-bar con poca iluminación, quizás por ese motivo nos gustaba tanto. Pasábamos desapercibidas, no éramos vistas ni tampoco veíamos a nadie. Aquel día fue distinto. Justo en la mesa del lado estaban nuestros nuevos compañeros. Deseé que nos tragara la tierra. Nos acababan de robar nuestro pequeño momento de paz.

           El primero en hablar fue Jorge.

           ─¡Vaya que casualidad! ¿Os parece bien que nos sentemos con vosotras a tomar el café?

           No sé para qué hacía la pregunta pues se acercaron sin esperar la respuesta.

           ─Este es el único momento del día que vale la pena para nosotras. No hay nada como tomar un café con tu hermana sin que nadie te moleste ─le solté.

           No parecieron inmutarse ni lo más mínimo y se sentaron a nuestra mesa sin ser invitados.

           ─Rafa y yo no somos hermanos, pero como si lo fuéramos. Coincidimos en un trabajo hace cinco años y, desde entonces, nuestras vidas han caminado juntas. Hemos llegado a esta ciudad gracias a unos amigos que se enteraron de que Paolo&Giovanni necesitaba dos hombres fuertes para el servicio de limpieza. Y aquí estamos. Dentro de seis meses, Dios dirá.

           A primera vista, me pareció que debía tener unos treinta y cinco. Algunas canas asomaban en sus sienes. No sé en qué habría estado trabajando antes, pero desde luego no había trabajado en un servicio de limpieza. Sus manos eran finas, no presentaban callosidades ni asperezas.

           El siguiente en intervenir fue Rafa.

           ─Sí, la verdad es que Jorge es como el hermano mayor que nunca he tenido. Soy hijo único y mis padres murieron en un accidente de tráfico hace seis años. Encontré a Jorge, por casualidad, en mi primer trabajo. Desde entonces no nos hemos separado. ¿Y vosotras? ¿Qué nos podéis contar?

           Por un momento había perdido el hilo de la conversación, me quedé boquiabierta cuando vi a mi hermana mirando embobada a Rafa como una colegiala. Recobré el sentido al notar el silencio y me dispuse a decir alguna mentira improvisada pero Fedra se me adelantó.

           ─Bueno, nosotras sí que somos hermanas de verdad. Nuestros padres también han fallecido y también llegamos aquí gracias a unos amigos. Así que tenemos una historia bastante parecida a la tuya, Rafa.

           Bien, no había dicho ninguna mentira, no había sido necesario. Me sentí en la obligación de decir algo, pues noté que los tres posaban su mirada sobre mí.

           ─Nosotras estamos viviendo aquí desde hace tres años. También empezamos con un contrato de seis meses y… bueno, ya somos fijas. Hoy en día no es garantía de nada pero, al menos, no estás pendiente del día que acaba tu contrato. No salimos mucho por la ciudad, así que no os podemos recomendar ningún lugar en particular. Solo paseamos y disfrutamos de los escaparates de moda que van cambiando según la temporada.

           Me dio la sensación de estar hablando solo para Jorge, pues Rafa y Fedra entrecruzaban miradas que me recordaban a alguna de las películas románticas que habíamos visto en el cine. No sé si fue un flechazo o era la primavera que la sangre altera. Sin razón aparente, me sentí mil años mayor que ella. No sabía si aquello era solo mi imaginación o las chispas de sus miradas habían sido reales. No pude hacer nada por impedirlo.

           Cuando terminamos el café, le dije a Fedra que debíamos irnos, nos quedaban muchas cosas que hacer hasta el turno de la tarde. Nos despedimos amablemente y nos fuimos.

           Al ir a pagar. Ramiro sonrió cariñosamente a Fedra y le dijo:

           ─¿Ves cómo no era para tanto? El chico está loco por ti. No hay más que ver cómo te mira. Y tú, ayer, llorando sin parar. A tu edad, ¡No puedes tener mal de amores mi niña!

           Fedra me lanzó una mirada incisiva y a él le dirigió una sonrisa desganada. Ramiro notó que su comentario no nos había gustado y se fue inmediatamente. Siguió limpiando tazas y cucharillas.

           Si él se había dado cuenta de aquello desde la barra, entonces no era mi imaginación, las chispas de sus miradas habían sido reales. Yo solo quería que Fedra fuese feliz, pero en el fondo, tenía miedo de quedarme sola.

           ─Marina, ¿Tanto se me ha notado que me gusta ese chico? No quiero que se me vea el plumero.

           ─¡Ya estamos con la deformación profesional! ¡Deja el plumero tranquilo! Bueno, la verdad es que Ramiro y yo lo hemos notado. Pero creo que Jorge ni se ha dado cuenta pues intentaba darme conversación. En cuanto a Rafa, no sé si lo ha notado, pero yo diría que también le gustas.

           Aquella tarde nos dirigimos apresuradas hacia el trabajo por la acera exterior del parque, nos habíamos retrasado un poco porque Fedra quiso arreglarse el pelo y empolvarse la cara. Al paso que íbamos, aquel iba a ser el primer día que llegásemos tarde y, encima, por allí no pasaba el autobús. Creí que acabaríamos teniendo que echar una carrera. Un Ford Focus paró junto a nosotras. Jorge asomó su cabeza por la ventanilla y nos preguntó si queríamos ir con ellos al trabajo para que no llegásemos tarde. Sin pensarlo dos veces, dijimos que sí.

           Nos contaron que tenían un piso en la Avenida de Menéndez Pelayo, una avenida paralela a la calle donde nosotras vivíamos. Tras indicarnos que Rafa tenía veinticinco años y él tenía treinta y dos, mi hermana tardó dos segundos en decirles que ella tenía diecinueve y yo veinticuatro. Si hubiera podido, me la habría comido. ¿Qué les importaba a ellos nuestra edad? ¿Y qué nos importaba a nosotros la suya?

           En fin, no pude exteriorizar mi rabia contenida, nos plantamos en el parking de la empresa en tan solo cinco minutos. Al menos, no habíamos llegado tarde. Al entrar, el encargado nos dijo que fuésemos muy meticulosos en nuestro trabajo porque todas las tardes de ese mes iban a hacerse pases privados en nuestra planta. Aquella sala iba a ser nuestra primera obligación del turno de las tardes.