lunes, 3 de enero de 2011

Secreto entre hermanas (Parte IV: Marina y Fedra, 2009) (2)

Ojalá hubiese podido vomitar, oír su voz de nuevo, me producía náuseas. Sacó su móvil del bolsillo de su chaqueta con aire de satisfacción y marcó un número.

           ─Quiero hablar con uno de los jefes.
          
           ─…

           ─No importa quién soy, tengo algo importante que decirles. Es cuestión de vida o muerte. No cuelgue o será usted la primera que morirá.

           ─…

           ─Bien Paolo, estate calladito, tengo a tu modelo Fedra y a su hermana secuestradas. Si no recibo un millón de euros en cuarenta y ocho horas las mataré y tú serás el culpable de ello. ¿Dejarás que eso te atormente toda la vida?

           ─…

          ─Así me gusta, no se te ocurra llamar a la policía o las mato primero a ellas y luego a ti. Quiero que vayas a la carretera A-23 y en un contenedor que está próximo al punto kilométrico 31 deposites una bolsa de basura con un lazo de tela verde que contenga el dinero que te pido. No lo olvides, a las once de la noche en punto, dentro de dos días. Si todo está correcto, volverás a verlas con vida al día siguiente. Si no, serán noticia de portada. Mañana, a esta misma hora, volveré a llamarte.

           Vimos como sacaba la tarjeta del teléfono y la tiraba. Fedra y yo cruzamos miradas de horror y la angustia se iba apoderando de nosotras. Cuarenta y ocho horas para vivir o morir. Se tumbó en el suelo a dormir sobre un viejo colchón que sacó una de las habitaciones, tenía una pistola en la mano y amenazó con matarnos si intentábamos alguna cosa. El cansancio y el dolor iban haciendo mella en nuestro cuerpo, y noté un sudor frio recorriendo mi frente. Fedra parecía derrotada y sus párpados se cerraban por momentos abriéndose inmediatamente por miedo a quedar sumida en el sueño eterno.

           Amaneció un nuevo día y la luz del sol se colaba por las rendijas de la persiana. Se levantó, nos dijo que tenía unos asuntos que tratar y nos dejó allí encerradas. Intenté mover la silla para acercarme a mi hermana pero mis esfuerzos eran inútiles, un ruido y un gesto de Fedra me hizo desviar la mirada hacia abajo y observé aterrorizada que todas las sillas estaban atornilladas al suelo. Evidentemente aquello lo tenía planeado desde hacía tiempo.

           Volvió hacia mediodía y nos dijo que como estaba de buen humor, nos dejaría ir al cuarto de baño y comer un poco. Aquello me pareció esperanzador, quizás fuese nuestra oportunidad para escapar de allí. Primero quitó las cadenas de Fedra y la acompañó apuntándola con la pistola. Pude oír el agua de la cisterna del váter y el agua del grifo corriendo por el lavabo. Si hubiese podido comunicarme telepáticamente con ella le hubiese dicho que intentará escapar por la ventana, pero la vi venir por el pasillo seguida por él. La sentó frente a un plato precocinado que había calentado en el microondas y le pidió que se lo comiese cuando le quitase la mordaza, pero, no fiándose del todo, le encadenó los pies y el cuerpo a la silla. La vi mover la mandíbula, seguramente dolorida por la mordaza y, con miedo, se atrevió a hablar con él.

           ─¿Por qué nos haces esto? ¿Qué te hemos hecho nosotras? Solo éramos unas niñas, nos robaste nuestra infancia.

           ─Cállate esa boca. Tú eres la culpable de todo. Por tu culpa perdí el dinero que necesitaba para irme de este asqueroso lugar. Y seguro que por tu culpa aquel polaco mató al indeseable de mi hermano. Quiso matarme a mí pero le esquivé y terminó matándole a él. ¡Una pena!

           ─Nunca nos dijiste que teníamos familiares.

           ─¡He dicho que te calles!, mis razones tendría y no tengo por qué explicártelas a ti. ¡Come!

           El silencio inundó la estancia y mi cerebro empezó a procesar las palabras que acababa de oír. ¡No fui yo quién mató a mi tío, fue el polaco! Como si me hubiesen quitado la losa más grande del mundo de encima, sentí una paz infinita en mi interior. Poco después, Fedra volvía a estar en su silla, amordazada y encadenada. La siguiente en entrar en escena era yo.

           Cuando me quitó las cadenas noté un hormigueo que recorría todo mi cuerpo, la sangre se sentía libre circulando. Me agarró con fuerza del brazo y me levantó. Me empujó hacia el pasillo, amenazándome con su arma. Al llegar a la puerta del servicio, me dijo que no intentará jugársela o mataría a Fedra. Aquella era una buena razón para no intentar salir por aquella ventana, aunque al mirarla me di cuenta que estaba sellada con silicona. Salí de allí y él me acompañó hasta la mesa sosteniendo su pistola. Me senté en la silla que había estado ocupada por mi hermana un momento antes y noté un alivio cuando quitó la mordaza de mi boca.

           ─No creas que vas a salir libre de ésta. Seguro que algo te sale mal.

           Me pegó una buena bofetada y noté que la mejilla estaba a punto de estallarme.

           ─No seas bocazas, o es que te crees que saldréis con vida de ésta. No os he matado aún porque necesito probar que estáis vivas y en buen estado para que vuestros jefes suelten la pasta. Luego, ya veremos qué hago. Lo mejor será mataros, no sea que vayáis con el cuento a la policía.

           Nuestra muerte estaba decidida, poco más podíamos hacer. Mejor sería callar. Comí aquella bazofia que nos había servido y luego volvió a sentarme en la primera silla, con mordaza y cadenas incluidas.

           Le vimos colocar una nueva tarjeta en su móvil y tomó una foto de Fedra y otra mía con el teléfono. Marcó un número. Supusimos a quién estaba llamando.

           ─Ponme con tu jefe, él sabe quién soy.

           ─…

           ─Tengo a sus chicas deseando verle, espero que haya podido reunir el dinero para llevarlo mañana donde le dije.

           ─…

           ─Sabía que me lo pediría, ahora le envío su prueba, les he sacado unas fotos antes de llamarle. Tranquilo. Están vivas y lo seguirán estando si usted cumple con su parte.

           ─…

           ─Si todo está en orden. Yo le llamaré y le diré dónde estarán ellas esperándole.

           Tras un tarde de silencio sepulcral, viendo a ese energúmeno paseando arriba y abajo por la sala, se sentó a cenar y decidió volver a tumbarse en aquel colchón frente a nosotras, esperando ese nuevo día que lo iba a convertir en un hombre rico.

           El reloj de la cocina marcaba las tres de la madrugada y me pareció ver luces azules a través de los orificios de la persiana. Él seguía durmiendo, apuntándonos con la pistola. Quise pensar que aquello debían ser las luces de un coche de la policía y me sentí esperanzada por un momento, seguramente nuestros jefes habrían utilizado sus contactos para encontrarnos. Luego, cuando me fijé en la mano de nuestro supuesto padre y vi su dedo dentro del gatillo de la pistola, comprendí que alguna de nosotras quizás no saldría con vida de aquel lugar.



2 comentarios:

  1. oooh!! que maldito desgraciado ese tipo..!!
    ojala esos sean rafa y jorge...

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  2. Eso pretendía, hacer que el lector viese al padre de las chicas como lo has visto tú.

    El rescate vendrá un poco más adelante.

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