domingo, 9 de enero de 2011

Secreto entre hermanas (Parte V: Jorge y Rafa, 2009) (2)

           ─¿Cuándo ha ocurrido eso?

           ─Hace unas dos horas, creemos que se dirigirán a Castellón. Don Leandro y sus chicos han sido avisados. Iba a llamarles a ustedes para que viniesen inmediatamente. Lourdes ha llamado también a Méndez y a Núñez. Les espero a los cuatro en mi oficina, en veinte minutos, nos vamos de viaje. Iremos por autovía, de ese modo les alcanzaremos antes.

           ─A sus órdenes.

           No fue necesario decirle nada a Rafa, estábamos en mi coche y él conducía rumbo a la Comisaría. Detrás de nosotros llegaron Méndez y Núñez. El inspector nos pidió que le siguiésemos hasta el furgón del aparcamiento. Subimos los cinco y Núñez se puso al volante. Los compañeros que seguían a aquel loco por la carretera nacional, nos mantenían informados. Si se confirmaba nuestra sospecha, se dirigiría hacia aquel municipio donde apareció sin vida su hermano, el padre de las chicas. El inspector creía que las chicas tuvieron algo que ver con aquello y que Rubén lo sabía, por lo que suponía que quería matarlas allí y vengar así la muerte de Javier.

           Yo tenía un nudo en la garganta, no era capaz de decir nada. Rafa también había quedado enmudecido, fuimos los únicos que no hablamos durante aquel frenético viaje. Mi mente no paraba de pensar en Marina, en todo aquello que no me atreví a decirle durante estos años y lo tonto que había sido por no intentarlo siquiera.

           Un tiempo después, que me pareció eterno, dejábamos la autovía del Mediterráneo para circular por una carretera nacional llena de camiones y turismos. Nos llevaban aún mucha ventaja, cincuenta kilómetros era mucha distancia y con aquel tráfico tan denso no los alcanzaríamos.

          ─Ponga la sirena Núñez, si no, no vamos a llegar nunca ─dijo el Inspector.

          Sabíamos que estaban llegando a la población porque los compañeros nos lo habían comunicado. Pero al mantenerse más distantes para no llamar su atención, le perdieron de vista. Menos mal que don Leandro y sus chicos le esperaban ocultos en los alrededores de aquella casa y uno de sus agentes nos esperaba en la entrada de la población para acompañarnos hasta allí, porque era un lugar al que no resultaba fácil llegar sin conocer la montaña. El agente subió al furgón con nosotros y, con su ayuda, llegamos sin problemas. Los dos compañeros del vehículo de vigilancia nos siguieron también. 

           Don Leandro y sus chicos tenían órdenes de vigilar los movimientos de Rubén y mantenerse a la espera. No debían actuar, si no era necesario.

           ─Hola, Leandro, me alegro de verte. ¿Qué tenemos?

           ─Ha llegado y ha metido dentro a las chicas. Les apuntaba con la pistola en todo momento, no nos hemos atrevido a hacer nada. Creemos que hay alguien más en la casa, aunque no podemos confirmarlo.

           ─¿Otro hombre?

           ─Sí. Hemos intuido una silueta a través de la ventana del servicio y no se parece en nada a la de Rubén. Creemos que debe ser algún compinche suyo que ha venido para ayudarle a vigilar las chicas.

           ─Eso puede complicar las cosas. Tendremos que andarnos con cuidado.

           ─Inspector, deberíamos vigilar bien la casa, conocer todos los movimientos de Rubén y poner algún micrófono para saber qué está diciendo ese loco ahí dentro. En algún momento cometerá un error ─dije.

           ─No se preocupe Hurtado, no permitiremos que las mate. Encárguese de coordinar la vigilancia de la casa.

           ─Mis chicos le ayudarán también Hurtado.

           Me puse rápidamente al asunto, cada uno de nosotros cuatro vigilábamos un lado de la vivienda, los cuatro agentes ofrecidos por don Leandro nos servían de apoyo. Los compañeros del coche de vigilancia, se quedaron con don Leandro y el Inspector Poveda.

           Desde mi posición, pude observar la figura de un hombre a través de una ventana. Parecía la ventana del cuarto de baño. Fue sólo un momento, pero aquella figura no encajaba con la descripción que tenía de Rubén, o sea que era cierto que había alguien más. Intentamos poner algún micro en las ventanas de la casa, pero estaban herméticamente cerradas y no tuvimos suerte.

           Yo me situé en la parte trasera  de la casa y desde allí podía ver un pequeño cobertizo adosado a la vivienda, donde seguramente se habrían guardado antiguamente los aperos de labranza. Un pequeño huerto olvidado y lleno de maleza me separaba de Marina.

           Núñez nos comunicó que Rubén había salido de la casa y había cogido su furgoneta. Don Leandro y el inspector Poveda se encargarían de seguirle. Nosotros debíamos quedarnos allí. Hubiese sido el momento perfecto para liberar a Marina y a Fedra pero, la presencia de un posible segundo individuo dentro de la casa nos cortó las alas. No queríamos poner en peligro a las chicas.

           Poco después, algo extraño llamó mi atención: vi que un individuo mugriento salía por la puertecilla del cobertizo y se dirigía sigiloso hacia mí. Lo cazé. Quise alertar a mis compañeros, pero Rubén acababa de llegar.

           ─¿Dónde te crees que vas tan rápido?

           ─Yo no sé nada, no sabía que esa casa tenía dueño, no me haga daño por favor.

           ─Oye, me pareció ver tu figura a través de la ventana del servicio. ¿Eras tú?

          ─Sí, no podía aguantarme, yo sólo quería ir al váter como una persona normal. No hice ruido, no les molesté, no se enteraron de que yo estaba allí. Le juro que no he hecho nada malo. No he robado nada.

           ─ Y ¿Cómo has entrado en la casa?

           ─La pared estaba llena de humedad, me apoyé en ella y los ladrillos se movieron, así que los quité y me quedé dentro de la casa calentito hasta que llegaron ellos. Aquí fuera hace mucho frío, sabe.

           ─Encárgate de este tipo, creo que no le vendría mal algo de comida ─le dije a uno de los agentes de la policía local.

           Fue una lástima no haber descubierto antes que el otro individuo era un indigente, pues hubiésemos podido liberar a las chicas antes de que regresara Rubén.

           Me acerqué con cuidado hacia el cobertizo para ver la obertura de la pared. Era demasiado pequeña, solo una persona delgada como aquel pobre hombre huesudo podía pasar por allí. Asomé la cabeza y comprobé que daba paso a una habitación polvorienta que tenía la puerta cerrada. No se escuchaba nadie desde allí, aunque parecía que se oía a una voz de hombre al fondo. Pensé que nos vendría bien entrar en esa habitación y colocar algún micro bajo la puerta para oír lo que decía allí dentro y, en caso necesario, entrar sin esfuerzo en la casa para detenerle. Salí de allí para informar de la situación.

           Los jefes nos indicaron cuáles habían sido los pasos dados por Rubén durante aquella salida: se dirigió al centro comercial de las afueras de la población vecina, efectuó una llamada telefónica desde una cabina pública y luego adquirió unas latas de comida precocinada y una nueva tarjeta de móvil.

           Un señor Paolo, aterrado por la situación, llamó a nuestro jefe para comunicarle que Marina y Fedra habían sido secuestradas y alguien pretendía cobrar un millón de euros por su rescate. El inspector le indicó que estábamos vigilando a ese delincuente y sabíamos dónde tenía a las chicas. Le pidió que se serenase y cuando volviese a llamarle le pidiese unas fotos de las chicas para asegurarse de que seguían con vida, cuando las recibiese en su móvil, debía reenviárselas. Al escuchar la conversación que mantenía el inspector con el señor Paolo, noté que mi párpado se movía nerviosamente, empezaba a sentirme afectado por la situación, aquello era algo más que un caso para mí.

           Durante aquella noche, dos agentes de policía lograron hacer más grande la obertura que daba acceso a la casa desde el cobertizo. Colocamos un micrófono por debajo de la puerta de aquella habitación para poder escuchar los desvaríos de aquel loco.

           Por lo visto, pensaba venderlas a un prostíbulo de Pekín, aquello me pareció esperanzador, al menos, no iba a matarlas. El inspector nos mostró las imágenes que acababa de enviarle el señor Paolo. Amordazadas y encadenadas a una silla, Marina y Fedra parecían dos cadáveres esperando su final, al verlas me entró un escalofrío.



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