miércoles, 5 de enero de 2011

Secreto entre hermanas (Parte V: Jorge y Rafa, 2009) (1)

Marina y Fedra acababan de llegar de París, estaban agotadas, no había más que verlas. Habían tenido un fin de semana bastante movidito: demasiados desfiles, entrevistas y fotografías. Nos dijeron que cogerían el coche y se irían a casa a descansar. Nosotros les dijimos que teníamos cita con el dentista, esa era nuestra tapadera cuando teníamos que reunirnos con Méndez y Núñez.

           Nos esperaban ansiosos en el café, por teléfono me comentaron que habían observado un comportamiento extraño en Rubén y no sabían a qué atenerse. Pedimos otros dos cafés y nos sentamos con ellos en la mesa.

           ─Hola ¿Cómo va todo? ¿Qué habéis descubierto?

           ─Bueno, creemos que está tramando algo, hace un mes que se ha puesto a trabajar de barrendero para el ayuntamiento. Lleva una furgoneta municipal y está siempre en el parque por el que iban vuestras chicas al trabajo cuando os conocieron. ¿Sabéis cuál digo?

           ─¡Claro tío! Continúa.

          ─El inspector Poveda cree que pretende secuestrarlas allí. Esa furgoneta tiene un banco de hierro en su interior y varias cuerdas, lo ha visto uno de nuestros agentes al pasar paseando junto al vehículo. Ninguna de esas dos cosas son necesarias para ejercer la profesión de barrendero.

           ─Y ¿Cómo no se han dado cuenta los encargados del ayuntamiento o es que no revisan el contenido de sus furgonetas? ─dijo Rafa.

           ─Parece ser que los barrenderos van por parejas y el cuidado de la furgoneta es responsabilidad suya, así que nadie presta atención a lo que hay en su interior.

           ─Y ¿Quién es su pareja? ─pregunté.

           ─Ahí está la gracia, casualmente él no tiene pareja. Es el único barrendero que va solo, así que puede montárselo como quiera ─contestó Núñez.

           ─Bueno, estaremos al tanto y evitaremos que paseen por allí solas. De todos modos, ya no tienen tiempo para dedicarse a esos placeres. Se pasan la vida en los aviones o en los coches. Será difícil que las coja.

           ─No estaría de más que echaseis una ojeada por el piso de las chicas para ver si hay algún micro más, aparte de los nuestros. No me extrañaría que él supiese algo que nosotros no sabemos. Te recuerdo que solo pusiste micros en la sala, la cocina y el baño ─aconsejó Méndez.

           ─Bien, intentaré acceder a su habitación, pero tendrá que ser en un descuido de Marina, ya sabéis cómo es.

           ─Sí, claro, y sabemos que están coladas por vosotros, aunque esa parte se la ocultamos siempre al jefe, no sea que se mosquee y os aparte del caso ─añadió riendo Núñez.

           Agradecimos la información, tomamos el último sorbo de café y nos despedimos. Pensamos que tras conocer esa noticia, nuestro deber era plantarnos en el piso de las chicas y auto-invitarnos a cenar. De ese modo, mientras Rafa las enredaba con su palique, yo podría inspeccionar su habitación.

           Seguramente se habrían cambiado de ropa y andarían con sus mejores galas de noche y esas babuchas de conejito que me hacían tanta gracia. Llamamos al timbre pero nadie contestó. Volví a insistir, no hubo respuesta. Aprovechando la entrada de unos vecinos en la finca nos colamos también en la recepción, ya nos tenían vistos de alguna otra ocasión y no les extrañó nuestra presencia. Subimos rápido con el ascensor y llamamos a su puerta, podía ser que las hubiésemos pillado a las dos en el baño y no hubiesen oído el timbre, pero algo me decía que aquello no pintaba bien. No nos abrieron, así que entramos sin permiso. A Rafa se le daban bien aquellos menesteres, dominaba aquellos ganchos metálicos como si se hubiese dedicado toda la vida a forzar puertas. La casa estaba vacía, entre en su habitación, todo estaba en orden. Recordé lo que nos dijo Méndez y me acerqué a la mesilla de noche que había entre las dos camas. Nada más tocar su borde, di con el micrófono. Me quedé aterrado ¿Les habría pasado algo? Se lo mostré a Rafa. Salimos de allí corriendo, cerrando la puerta de un portazo. Mientras bajaba en el ascensor, llamé al inspector para comunicarle mi hallazgo y contarle mis temores.

           ─Dígame Hurtado.

           ─Señor, creo que a las hermanas Alonso les ha ocurrido algo. Nos dijeron hace unas horas que se iban a casa en coche, así que nosotros nos fuimos tranquilamente a la reunión con Méndez y Núñez. Sabemos que Rubén Alonso trabaja ahora de barrendero y lleva una furgoneta sospechosa. Hemos ido a casa de las chicas, ellas no estaban y hemos descubierto un micrófono instalado en la mesilla de su habitación. Pienso que igual hablaron en algún momento de ir caminando por el parque, como solían hacer cuando eran unas simples limpiadoras, y aquello le dio la idea a Rubén para meterse en ese trabajo. Rafa les ha llamado varias veces al móvil, pero no contestan.

           ─Mire Hurtado, sabemos que las chicas han sido secuestradas por su tío, una unidad policial les está siguiendo. No se preocupe, todo está controlado.

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