domingo, 2 de enero de 2011

Secreto entre hermanas (Parte IV: Marina y Fedra, 2009) (1)

El sueño que habíamos estado viviendo todo aquel tiempo se esfumó instantáneamente el día que volvimos a ver a ese padre que un día creí haber matado.

           Aquel día Jorge y Rafa tenían cita con el dentista y se despidieron de nosotras a la salida de Paolo&Giovanni. Acabábamos de llegar de París y estábamos agotadas, así que les dijimos que cogeríamos el coche (Fedra se había sacado el carnet de conducir) y nos iríamos a casa a descansar. Pero no fue eso lo que hicimos, quisimos recordar viejos tiempos y nos fuimos paseando. Al pasar por el parque le comenté a Fedra que me apetecía ver el lago y sentarme en aquel banco en el que estuve con Jorge aquella primera noche, así que nos adentramos un poco.

            ─¿Por qué no dejas de hacer sufrir a Jorge y le dices que tú también lo amas?

           ─Lo siento Fedra, sabes bien que yo empuñé la navaja y decidí acabar con la vida de aquel monstruo y eso… no puedo compartirlo con él. No quiero que conozca mi pasado, las cosas que aquel ser me obligó a hacer con sus amigos ni el odio que se apoderó de mí en aquella época de mi vida. Yo le asesiné, es algo demasiado importante como para pasar hoja y querer creer que nunca sucedió. No quiero que Jorge sufra al conocer mi historia, tiene derecho a ser feliz con otra mujer. No estoy orgullosa de lo que hice, lo sabes, pero hice lo que creí que debía hacer. Lo siento Fedra, sé que te arrastré conmigo y que has sufrido esos recuerdos muchas veces. ¡Ojalá pudiera borrar aquella parte de nuestras vidas!, pero no puedo. Hacía tiempo que no hablábamos de esto ¿verdad?

           ─Sí, y normalmente era yo quien sacaba el tema, no tú. Siempre me querías hacer creer que lo habías olvidado, pero yo sabía que no. Alguna de las dos tenía que ser fuerte y te tocó a ti. Para mí es ya un secreto olvidado. Te quiero, Marina.

           ─Yo también te quiero mucho, Fedra. Me alegra que seas tú quien me anime ahora a mí. Anda vamos, regresemos a casa, que empieza a refrescar.

           Al levantarnos del banco, vimos un operario de limpieza que arrastraba un carro con un cubo de basura, un rastrillo, un pincho para recoger papeles y una escoba. Nos quedamos inmóviles pensando que quizás nos había escuchado pero al final quisimos creer que no. El hombre andaba cabizbajo, llevaba el uniforme de la brigada de servicios del ayuntamiento y una gorra con visera que no dejaba ver bien su rostro. Parecía ensimismado en su trabajo, pinchando papeles y depositándolos en el cubo. Pasamos por su lado, hablando del desfile de París y lo duro que había sido aquel día. Vimos la furgoneta municipal con la puerta abierta y lo que parecía un banco de hierro y unas cuerdas en su interior. Casi al lado del vehículo, mi hermana cayó desplomada al suelo. Me asusté. Le toqué el pulso y me pareció normal, no tenía heridas, solo estaba inconsciente, supuse que era una lipotimia o algo parecido. No vi a nadie cerca que pudiera ayudarme. Busqué el móvil en mi bolso para llamar primero al 112 y luego a Jorge para contarle lo sucedido. Aquella búsqueda fue lo último que recuerdo.

           Cuando despertamos estábamos maniatadas y amordazadas en el banco de hierro de aquella furgoneta. Alguien la conducía, parecía aquel operario, pero no le veíamos la cara. Vi el horror reflejado en los ojos de mi hermana y una sensación de impotencia y de incredulidad atenazaba cada uno de los poros de mi piel. No podía creer que nos estuviese pasando aquello. Nuestros inmóviles miembros se resistían a la situación pero no conseguían librarse de aquellas ataduras. Seguramente llevábamos bastante tiempo inconscientes, un paisaje desconocido se divisaba a través del cristal delantero del vehículo.

           Pocos minutos después, la furgoneta paró cerca de una casa y el conductor bajó dando un portazo. Abrió la puerta y la imagen de un fantasma del pasado se presentó ante nuestros ojos. Sin mediar palabra desató a Fedra y se la llevó de mi lado apuntándole con una pistola. Mi mente quedó bloqueada, no podía entender nada, don Leandro me confirmó personalmente su muerte y ahora él estaba aquí dispuesto a torturarnos. Cinco minutos después acudió a por mí, me agarró fuertemente del brazo y me sentí como una marioneta de papel movida a su antojo, no me cabía la menor duda, aquel monstruo era mi padre.

           Reconocí la casa al instante, nuestra casa de la montaña, aquella casa cuyo horror dejamos atrás y prometimos no volver a pisar nunca.

           ─¡Zorras! ¿Qué creíais, que me olvidaría de vosotras? No fui yo quien murió en esta casa, fue mi hermano. Ya he visto que os ha ido muy bien en la vida, ahora me toca a mí recoger los frutos. Lo tengo todo pensado. Llamaré a Paolo&Giovanni y pediré un rescate por vosotras. Nadie os encontrará aquí porque habéis ocultado muy bien a todo el mundo quiénes sois y de dónde venís. Es un negocio redondo. El dinero que perdí aquel día por vuestra culpa, lo voy a recuperar con creces, no creáis que os iréis de rositas.

           Aquellas palabras revoloteaban por mi cabeza, ¿¡Maté a mi tío!? Si hubiese podido le hubiese pedido aclaraciones, pero la mordaza de la boca me lo impedía. Se encendió un cigarrillo y se sentó en una de las sillas polvorientas del comedor. Nos colocó en sillas separadas, usando cadenas que inmovilizaron nuestro cuerpo y extremidades.

           ─Hubo un tiempo en que fui tan ignorante que creí que aún podría vender tu virginidad a algún viejo ricachón pero, con ese amiguito rondándote y tú dándole coba, comprendí que ya era tarde. Por eso tuve que pensar en un plan B para sacar la pasta que me debíais por todo este tiempo que he tenido que malvivir. Sé que los jefes os aprecian y no dejarían que os pasara nada, así que tuve la brillante idea de secuestraros. ¿No soy un genio?



No hay comentarios:

Publicar un comentario