Un sueño intergaláctico

Sobresaltada, dio un paso hacia atrás al notar aquel fluido espeso en el que había metido su pie. No veía nada extraño, pero sabía que había tropezado con algo. Movió sus brazos en el aire para asegurarse de que no existía nada raro a su alrededor y dio un paso al frente nuevamente. Bastó una fracción de segundo para estar dentro de esa atmósfera. Podía respirar pero el aire era distinto, más denso. Sentía que se encontraba dentro de un flan de gelatina transparente. Quiso retroceder nuevamente un paso, creyendo esperanzada que saldría de aquel lugar, pero no tuvo suerte. Comenzó a correr, variando la dirección, creyendo que finalmente encontraría la salida de aquella atmósfera que la oprimía. Media hora después se sentó en el bordillo de una acera, se quedó sin fuerzas. Desorientada, cayó en la cuenta de que no había visto a ningún ser humano en ninguna de las calles por las que había estado corriendo. Aquel lugar que parecía idéntico a su ciudad, de repente se le antojó totalmente diferente. Ni tan siquiera la calle en la que se encontraba en ese momento le resultaba conocida. El sudor corría por su frente, lo tocó, seguía siendo líquido. Un miedo incontrolado se apoderó de ella y le puso los pelos de punta. Tenía frío y comenzaba a tiritar. ¿Y si llamara a una puerta? Llamó a la primera que encontró, pero la fuerza de su puño la arrastró hacia el interior. ¿Había atravesado la puerta? Pensó que era una casa normal, como la suya, un recibidor, una sala de estar, un comedor, una cocina, un baño y dos habitaciones. Se apoyó en una de las paredes y fue engullida por ella, por lo que acabó cayendo  en el suelo de la estancia contigua. Comprobó que todo allí, excepto el suelo, era gelatinoso. La materia no tenía cosistencia, aunque guardaba un parecido asombroso con el mundo real que ella conocía. ¿Por qué estaba allí?

           ─¿Quién eres tú? ¿Quién te ha dado permiso para entrar? ─le preguntó una señora bastante enfandada que llevaba una cebolla en una mano y un cuchillo en la otra.

           Tragó saliva y contestó.

           ─Lo siento señora, no sé cómo he llegado hasta aquí, no sé qué hago aquí ─le contestó, mientras un reguero de lágrimas inundaba sus mejillas.
           ─Oh, lo siento cariño, no te asustes, no voy a hacerte nada ─soltó el cuchillo y la cebolla y se acercó hacia ella─. Dime qué haces aquí ¿Te has escapado? Ya sabes que eso está prohibido. Los guardias no tardarán en encontrarte, debes volver a la casa madre. ¡Tranquila! ─susurró suavemente en su oído─. Ya eres mayorcita, te queda poco para salir y tener tu sitio asignado. No te preocupes, conozco a uno de los vigilantes de la entrada, él te dejará entrar sin pedirte explicaciones. Pero debemos darnos prisa, son casi las dos de mediodía, y notarán rápidamente que no estás en tu nido.
           ─Pero...
           ─Silencio, no quiero que te oigan los vecinos, eso me traería problemas. Vamos, ven conmigo.

           Se dejó llevar hacia un vehículo extraño, se sentó con miedo a ser tragada por la materia pero, aquel material era consistente. Aquella señora se sentó a su lado. Parecía teclear algo en un panel que ella no veía. De vez en cuando, se giraba para mirarla con cara de pena y emitía un pequeño suspiro.

           ─Bien, ya estamos, abre la puerta y baja con cuidado. Ahora no veo a nadie.

           No entendía nada, no se habían movido de aquel lugar y le pedía que bajase. ¿Y si esa mujer estaba loca? Sin rechistar, abrió la puerta de aquel supuesto vehículo y comprobó que estaban en una calle llena de edificios de fachadas grises, sin ventanas, cuya monotonía era rota, de vez en cuando, por puertas negras de idénticas dimensiones. Aquello empezaba a convertirse en una pesadilla.

           ─No pienso ir con usted, yo no pertenezco a este mundo. No sé dónde estoy ni cómo he llegado aquí. Tampoco comprendo qué sentido tiene que exista un mundo como éste, donde los niños deben permanecer en un nido, vigilados, antes de formar parte de una sociedad como la suya. En mi mundo, los niños viven con sus familias, van al colegio, tienen amigos y juegan, ríen cuando algo les divierte y lloran cuando algo les apena. Son parte de la sociedad desde su primer día de vida hasta el último.
           ─No entiendo tus palabras, no sé quién eres, pero será mejor que regreses a tu mundo cuanto antes. Debe ser bonito vivir en tu mundo. Aquí, hasta los quince años, estás recluido en el nido, alimentando tu cerebro y aprendiendo tu oficio. Por eso, al verte, pensé que te habías escapado antes de estar preparada del todo. Por lo que veo, debes tener trece o catorce años ¿no?
           ─Tengo catorce. Necesito que alguien me ayude a regresar a mi mundo. Estoy segura de que mis padres han empezado a preocuparse. Ya debería estar en casa.
           ─En el nido nos contaban historias de otros mundos, nos hablaban de esa figura llamada padre y de su influencia en el carácter de sus hijos. Por ello, los altos mandatarios decidieron omitir esa figura, de ese modo, cada ser tiene su propio carácter, sin influencias externas de ningún tipo.
           ─¿Está segura de que nadie ha influido en la formación de su carácter? Permítame que lo dude.
           ─Sabemos que todos los mundos tienen defectos, el nuestro también. ¿Cuál es tu mundo?
           ─La Tierra.
           ─Sí, he oído hablar de ella. Es uno de los mundos que más me gustan. Pasamos cerca de la Tierra en algunas ocasiones, cuando nuestras galaxias quedan intersectadas en un punto y por un momento algun planeta de esta galaxia coincide con algun planeta de la vuestra. Quizás sea así como has aparecido en nuestro mundo. Sube al vehículo, te llevaré a casa de Doo, él ha continuado estudiando los universos y conoce más sobre esta materia que yo. 

           Sin darse cuenta llegaron a la casa de ese tal Doo. Bajaron del vehículo, y esa señora le cogió de la mano y le pidió que la siguiera. Su tacto era distinto al de la piel humana. Tiraba con fuerza de ella, pero su masa era diferente. ¿De qué estarían hechos?, se preguntaba.

           ─Doo, baja, quiero presentarte a alguien ─vociferó a los pies de una escalera.
           ─Hola Maa, ¿qué te trae por aquí? Te hacía preparando la comida para los gobernautas.
           ─Esto es una emergencia Doo. Te presento a.... ─dijo Maa mirando a la joven y esperando su respuesta.
           ─María
          ─Eso, María. No sabe cómo ha entrado en nuestro mundo. Es de la Tierra ─la emoción que acompañaba su voz al hablar, quedó rematada con una sonrisa al ver la cara de sorpresa de Doo.
           ─Pero... eso, en teoría, no es posible. Eran sólo hipótesis.
           ─Lo siento señor, yo no quería irrumpir así en su mundo, le aseguro que preferiría estar en el mío.
           ─Claro que sí, ya lo imagino señorita. Si por mi fuera le haría miles de preguntas, pero supongo que no hay tiempo para eso ¿verdad?
           ─Verdad.
           ─Veamos, ¿dónde habré dejado mis apuntes sobre investigación interestelar? Ah! Ya lo recuerdo.

           María y Maa esperaron calladas observando cómo rebuscaba entre las montañas de papeles de aquel lugar.
           Finalmente Doo encontró lo que buscaba.

           ─Eureka, lo encontré. Este texto fue escrito por una persona como tú ─ante el asombro de Maa y la inexpresividad del rostro de María, decidió explicarse mejor─. Sí, he dicho persona. Nosotros no somos personas, somos mudis ¿comprendes? ─dijo sonriente mirando a María.
           ─¿Me está diciendo que otra persona ha estado aquí antes que yo?
           ─Exacto, hace exactamente.... dos mil años.
           ─¿Qué? Hace dos mil años la gente viviría en chozas, cultivaría tierras y criaría el ganado. ¿Cómo puede ayudarme eso a mí?
           ─María, no sé qué te han contado de la historia de tus antepasados pero te diré que estás equivocada. La persona que estuvo aquí era un varón de treinta y tres años, conocía la tecnología más avanzada y nos enseñó cosas que nosotros desconocíamos. Pudo regresar a la Tierra realizando una llamada de teléfono.
           ─¿Teléfono?¿Hace dos mil años? No tengo humor para chistes, por favor.
           ─Es más, lo dejó a mis antepasados y yo aún lo conservo. ¿Quieres verlo?

           Si todo estaba ya perdido, nada peor podía pasarle. Asintió. Sacó una pequeña caja de un armario. Al verla, María pensó que no podía contener un teléfono de esos que alguna vez había visto en las exposiciones de antigüedades, ya que era demasiado pequeña, como mucho podía contener un móvil de esos modernos de última generación que tenían sus amigas. Al pensarlo, se le escapó una risa.

           ─¿Ocurre algo? ─le preguntó Maa.
           ─No, es que imaginaba que sería una caja más grande. Ahí, como mucho, cabe un móvil y, en aquella época, no creo que existiesen.
           ─Te repito que estás equivocada muchachita ─dijo indignado Doo.

           Efectivamente sacó un móvil de la cajita y María quedó estupefacta. Doo, con el ceño un poco fruncido, continuó con las explicaciones sobre lo que debía hacer.

           ─María, las instrucciones son sencillas. Este móvil fue dejado aquí voluntariamente por aquella persona, para evitar problemas si alguien de la Tierra aparecía perdido por aquí. Debes pulsar una vez aquí ─le señaló exactamente dónde─. Y decir tres veces en voz alta: «Llamando a la Tierra». Según estas instrucciones, con eso basta para que regreses a tu mundo.
           ─Vamos María, hazlo ─le animó Maa.

           Se acercó con mano temblorosa hacia el móvil y puso su dedo indice sobre la zona que debía pulsar. Miró a sus salvadores y decidió que, antes de partir, debía agradecerles su ayuda.

           ─Gracias Maa, por creerme desde el principio. Y a ti, Doo, por ayudarme a regresar a mi mundo. No sé qué habría sido de mí sin vosotros. Puede que esto no funcione, puede que sí. Si no funciona, Doo,  te contestaré a esas preguntas con mucho gusto; pero si funciona y regreso a mi mundo, no pienso olvidarme de ti, lo haré desde la Tierra. Te dejo mi número de móvil. Llámame.

           Les dio un beso. Extraña sensación en sus labios, rara sensación en sus mejillas.  Pulsó con su dedo el móvil.

           ─Llamando a la Tierra. Llamando a la Tierra. Llamando a la Tierra.

           Algo rozaba sus pies y la despertó. Era Bola, su gato. Sonrió al pensar en el sueño tan raro que había tenido.
            De repente, sonó su móvil.

           ─Llamando a la Tierra. Llamando a la Tierra. Llamando a la Tierra. María, soy Doo. Contéstame.










Aires de juventud

Aquel era el gran día, quedaban pocos minutos para llegar. A través de la ventana del tren, podía contemplar un paisaje encantado que me invitaba a cerrar los ojos y soñar. Estaba cansada, llevaba demasiadas horas viajando y, sin darme cuenta, al relajar mis párpados, una procesión de imágenes del pasado comenzó a desfilar ante mis adormecidas pupilas.

           Me recordé con diez años, dispuesta a ser feliz y contagiar felicidad, una niña dulce y cariñosa capaz de mover el mundo con su alegría. Ya entonces me gustaba imaginar cómo sería mi príncipe azul, de qué color tendría sus ojos, su pelo o su piel, e incluso, en qué idioma hablaría. Estaba firmemente convencida de que en algún punto de nuestro planeta existía una persona que sería mi pareja ideal. Simplemente la tenía que encontrar. No me gustaba cuando todos hablaban de encontrar a su media naranja. ¿Media? ¿Por qué? Yo quería ser una naranja entera y, en todo caso, que mi príncipe lo fuese también. Reflexiones demasiado grandes, para una mente tan pequeña.

           Con catorce años encontré a mi amigo perfecto, Julio. Fue por casualidad, como muchas de esas cosas que nos pasan en vacaciones. Niñas que rien, niños que juegan, cruces de miradas y brote de una amistad. Así fue como empezó nuestra historia. Fue en verano, en la playa. A Julio y a mí, nos gustaba mucho conversar, compartir nuestro tiempo, reirnos juntos y soñar en voz alta. Aquellos fueron días felices, días que guardé en mi corazón y que nunca podré olvidar. Con Julio podía hablar de cualquier cosa, podía contarle mis ideas, mis ilusiones, mis proyectos, mi vida. Pero no pude descubrir si él era  mi príncipe azul porque el mundo de los mayores era tan complicado que nuestra amistad  fue breve, escasa diría yo. Se marchó lejos, con su familia. Me prometí a mí misma que jamás volvería a confiar en un chico. Una parte de mi se fue con Julio para no volver nunca jamás, mi yo conversador. Se terminó sincerarse con nadie, se terminó creer en la amistad. Él sabía más de mí que cualquiera de mis amigas, por algún motivo extraño había logrado llegar a esa niña escondida que sus amigas no sabían encontrar. Y aquella gran amistad que se prometía invencible y duradera, acabó diluyéndose en el tiempo.

           A los quince años recibí mi primer beso. Un delicado beso digno de recordar, cargado de pureza y de inocencia. Me encontraba de vacaciones en un pueblo de montaña y, gracias a la conversación de mi madre con una señora del lugar, comencé a salir con un grupo de jóvenes que me aceptaron sin reservas. Iba a pasar quince días de descanso con mis padres y había decidido olvidar a Julio. Me irritaba que se pasease por mi mente enfundado con una armadura plateada y cabalgando sobre un caballo blanco. Quería conocer gente nueva y hacer nuevas amistades. Allí conocí a Antonio, tenía veintitrés años, demasiada diferencia de edad quizás, pero una chispa surgió entre nosotros. El final de aquella historia estaba escrito desde el principio, pero durante unos días la cabeza dejó de dirigir mi vida y mi corazón se convirtió en el centro del universo. Tres besos contados, dos abrazos y un adiós. Lloré amargamente en aquella despedida, pero, pese a ello, nunca le escribí dos letras, tampoco las escribió él.

           Después de aquello, dejé de creer en príncipes azules y dejé que mi mente se llenara de cosas reales, de vida, simplemente de eso. Pasaron varios años, varios Antonios y varios besos, hasta que, nuevamente, la casualidad posó sus ojos sobre mí. Fue cuando encontré a Mario, mi marido. Me casé a los veintiocho años.

           ─Señora, ya hemos llegado ─acompañó la voz ronca del revisor a un insistente dedo que golpeaba mi hombro.
           ─¿Cómo dice? ─dije asustada observando la cara de pocos amigos que me estaba mirando─. Bien, gracias, salgo enseguida ─le indiqué al elevar mi cabeza y comprobar que era la única persona que quedaba en aquel vagón.

           Cogí la maleta, el bolso y el abrigo y me dirigí hacia la salida. Estaba triste, carcomida por los recuerdos que me rondaban. Decidí sentarme en un banco para meditar qué estaba haciendo allí. Si decidí embarcarme en aquella aventura fue porque en el fondo de mi corazón creí encontrar un lugar vacio que esperaba su dueño. Opté por tomar el tren porque necesitaba correr despacio antes de llegar a aquel encuentro. Quería evitar que mi corazón volviera a latir.

           Al recibír noticias de Julio, supe que el destino me tendía la mano. No quise pensar nada, compré aquel billete y entré en el tren. Nadie me esperaba porque nadie sabía que estaba allí. No le había dicho nada, por si finalmente me arrepentía. Podría decir que mi vida había sido un camino de rosas,  con un buen trabajo y una familia encantadora, pero las rosas se habían tornado espinas. Tuve un buen marido y unos hijos encantadores pero, ahora, estaba completamente sola. Mario murió joven, cuando mis hijos tenían veinte años. Un cáncer de páncreas lo dejó fulminado en menos de un mes. Aquel  golpe fue muy duro para mí. Por aquel entonces, mis hijos, gemelos,  ya volaban solos y no paraban mucho tiempo en casa. Dos años después, un accidente de coche, quiso llevarse de este mundo lo único que me quedaba. Ocurrió aquí, en Berlín, cuando realizaban su viaje de fin de carrera, de fin de su vida más bien. Mis ojos se llenaron de lágrimas al recordar aquel trágico suceso. Habían pasado cinco años, sí,  pero una parte de mí  habia sido enterrada con ellos y mi seco corazón ya no podía sentir nada.

           Comprendí que mi aventura había terminado antes de empezar, así que volví a entrar en la estación y me dirigí a la taquilla para comprar un billete de vuelta. Consulté los horarios, el tren no tardaría en salir, entré en el vagón y me senté. Faltaban aún veinte minutos, pero quería estar allí, sola, con mis pensamientos.

           De vuelta a casa, noté una extraña sensación, agotamiento quizás. Quise creer que simplemente necesitaba descansar. Cerré los ojos y me dispuse a soñar.

           Ahora, desde aquí, se ve todo mucho más hermoso, mucho más nítido. Mi príncipe azul tiene armadura plateada y cabalga en su caballo blanco. Yo soy su dama y llevo un vestido de seda. No hay palabras para describir tanta belleza. Liberada del dolor, me dejo arrastrar por esos aires de juventud que me acogen y me arrullan. Aire de nuevo, repiro otra vez.

           ─¿Julia? ¿Eres tú? ─susurra una voz del pasado en mis oidos.

           Sonrío, mientras cabalgo junto a mi caballero de armadura plateada. Insiste de nuevo.

           ─Despierta amiga mía, estoy aquí.

           Abro los ojos, me sorprendo, otra vez la casualidad se pone de mi parte. Enmudezco de alegría mientras mi corazón grita en silencio. De nuevo juntos. ¡Quién sabe qué nos deparará el destino!    

La historia interminable

 Los años pasan y, para bien o para mal, esa cadena de sucesos a la que llamamos vida,  nos transforma irremediablemente hasta convertirnos en personas cada vez más insensibles y  frías, ajenas al amor o al dolor, como si de sombras vivientes se tratara .

Hoy he sentido que siento poco, que grito menos, que ya no río. Seguramente sea otra de esas veces en que se me va la olla, así que he terminado divagando conmigo misma.

Divagación UNO:

Hace un tiempo germinó en mi cabeza una historia macabra que comencé a escribir y no pude terminar. Me resultaba difícil continuar algo que sabía que acababa mal. No quería contarla, no quería sufrir, no quería sentir dolor al escribirla.  Inicié mi quinto capítulo, pero pudo conmigo; tenía pesadillas por las noches. Convertida en  asesino psicópata con transtorno bipolar, había terminado recluída en mi habitación, huyendo de ese personaje. Finalmente, opte por sacar mi espada y cargarme aquel asesino de por vida. Luego,  me fui a cenar con mis otros personajes; sí, con Berta, con Tere y con Rubén, y celebramos, por todo lo alto, aquella muerte merecida.


Divagación DOS:

¿Y si al volvernos adultos, caemos de esa nube que mantenía nuestras ilusiones vivas y hacía que creyésemos que todo cuanto imaginábamos podía suceder? Cuando éramos niños, nada era imposible, cualquier sueño podía convertirse en realidad. Creo recordar que algo así le sucedía al pequeño Bastian en el cuento de «La historia interminable»
¿Y si al caer de esa nube, las pequeñas batallas cotidianas logran que terminemos sometidos al yugo del destino?
Seguramente, el resultado inmediato de esa caída produzca el endurecimiento de ese músculo llamado corazón que antes impulsaba nuestro cuerpo a luchar por el amor, por la justicia y por la vida; y, tras el impacto, debilitado y derrotado, se deje arrastrar hacia el sendero de los insensibles.
Seguramente, como resultado final de esa caída se obtenga una idea que acaba instalándose sin permiso en nuestra mente, la idea de dejar las muestras de cariño para ocasiones puntuales, tan puntuales que terminan desapareciendo. 

Divagación TRES:

La adolescencia es una época  difícil, pero quizás sea la más bella en cuanto a sentimientos se refiere, una fuerza interior se resiste a sucumbir ante  la inevitable evidencia: «No muestres tus sentimientos, se fuerte, no llores, lucha». Tu cabeza marca el camino que debes seguir pero, tu corazón es un caldero en plena ebullición, que desea vertir sentimientos en cada cosa, en cada gesto, en cada palabra. No puedes ser ajeno a ellos porque son parte de ti, los sentimientos te delatan en todo momento, aunque quieras disimularlos.

Divagación CUATRO:

La mayoría de edad nos adentra en los entresijos de la vida laboral, nos obliga a terminar estudios y a buscar trabajo y nos marca, a fuego lento, un Don Dinero que nos acompañará el resto de nuestra vida. Don Dinero se convierte en el amigo indispensable. Esa es una de las primeras bofetadas de la vida, la que te obliga a rebajar tus altos vuelos para amoldarte a la realidad que te rodea. Se acabó querer gritar al mundo todos tus pensamientos, tus quejas, tus propuestas, tus risas y tus lloros. Te conviertes en un silenciado más, un obrero más de la cadena, sin fantasía, sin ilusiones, escondiendo tus sentimientos. Queda prohibido llorar, mirar con amor, transmitir tu calor.

¡Nooooooooooooooooooooooooooooo!, ¡Quiero querer, quiero sentir, quiero llorar, quiero vivir!

Bien, me desahogué,  lo necesitaba. Oxigené mi mente un poco, a veces lo necesito.

El paso del tiempo

No hace mucho, gracias a San Internet, mi amigo Didier me encontró en la red. Sentí una alegría inmensa, pues no nos hemos visto en treinta años. Siempre dicen que la distancia es el olvido y, efectivamente, nos separan más de mil kilómetros, pero no hubo olvido entre nosotros, simplemente fue una pausa.

Recuerdo las tardes juntos en la playa, contándonos anécdotas e intentando explicar nuestras diferentes costumbres y creencias. Resultaba interesante conocer su forma de ver las cosas. Cada día lograba sorprenderme.

Nuestra amistad perduró unos años a través de cartas y postales, pero finalmente quedó suspendida en el tiempo. Simplemente habíamos crecido y nuestras vidas habían cambiado de rumbo. Por aquel entonces no existía el facebook y los amigos se iban perdiendo por falta de contacto. Y es que, las amistades hay que cultivarlas, son como las plantas, si no las riegas, no crecen.

Ante aquel reencuentro inesperado, sentí la necesidad de hacerle muchas preguntas, saber qué había sido de él. ¿Cómo le iba la vida? ¿Tendría hijos? ¿Trabajaría? ¿Estaría bien? ¿Habría venido a España en alguna otra ocasión? ¿Y si hubiese estado aquí, sin yo saberlo? Eran demasiadas preguntas, lo sé, pero no pude resistirme a hacerle algunas. No soy dada a meterme en la vida de los demás, pero esta ocasión merecía unas cuantas preguntas. Y es que la curiosidad humana no tiene límites.

Lo que yo no llegué a contarle es que yo estuve en París en 1995, viajé hasta allí con mi marido para cumplir mi sueño de subir a la hermosa Torre Eiffel. Ése hubiese sido un buen momento para encontrarnos de nuevo y retomar nuestra amistad, pero no fue así. Durante aquel viaje, tuve una extraña sensación al pasar cerca de Vitry sur Seine, pero no pude hacer nada, pues no tenía modo de contactar con él.

En fin, seguimos en contacto, hay mucho que decir después de treinta años.

Un abrazo Didier.

Estambul: Algo diferente que contar




Sí, regresé de mis vacaciones, pasé diez días en Turquía y me dejé cautivar por sus encantos.

UNA PRECIOSA VISTA DE ESTAMBUL

            Como siempre, llevaba mi libreta, mi bolígrafo y un libro para leer. Me prometí a mí misma que escribiría y leería durante mi estancia, que guardaría mis notas y luego las usaría para escribir algo sobre el viaje, pero fui incapaz de emplear mi tiempo en esos menesteres. Era tan grande la explosión de imágenes que intentaba seducirme, que dediqué todas mis fuerzas a contemplar cuanto me rodeaba, dejarme llevar  por mis sentidos y captar con mi humilde cámara cientos de fotos maravillosas. No lo digo porque yo sea una gran fotógrafa, ni mucho menos, creo que la maravilla de la fotografía está en lo que nos transmite, ese recuerdo que, en este caso, merece la pena revivir.

            Aterrizar en Estambul y verte, de repente, rodeada de ansiosos personajes dispuestos a venderte por un “módico precio” chaquetas, polos, camisetas o colonias de marcas conocidas es algo con lo que hay que aprender a lidiar desde el primer minuto.  Notas que la desconfianza empieza a anidar en ti temiendo que, de un momento a otro, alguien va a llevarse tus pertenencias. Pero sólo se trata de una sensación pasajera. Cuando, tras la primera embestida, compruebas que tus pertenencias están donde deben estar, concluyes que únicamente pretenden venderte su mercancía. Tras cuatro días en esta fascinante ciudad, el día dos de septiembre visitamos el bazar egipcio y el gran bazar, y pude comprender que los turcos eran los reyes del comercio. Me era imposible imaginar un solo turco sin dotes comerciales. Debo confesar que no conseguí aprender el arte del regateo, pero regateé porque no quedaba otra. Sabía que en los lugares que indicaban precio no cabía el regateo, pero en el resto, eso era un requisito imprescindible. 

LA TORRE GÁLATA
           En cuanto a los vendedores callejeros, acosadores profesionales del pobre turista,  os diré que les estoy agradecida. Nuestro primer día en la ciudad estaba cargado de visitas programadas, incluidas en el circuito que habíamos elegido. El grupo lo formábamos veintiuna personas. Al finalizar las visitas del día, disponíamos de tiempo libre para nosotros y decidimos darnos un baño de multitudes paseando por la calle Istiklâl. Paramos a retomar fuerzas en la heladería Mado y luego continuamos hasta llegar a la torre Gálata para poder tomar hermosas fotos de la ciudad al atardecer. Nuestra guía, Demet, nos había aconsejado regresar al hotel en taxi, ya que es un transporte barato y rápido, pero nos advirtió que anotásemos el  barrio donde se encontraba el hotel, Laleli, por si el taxista desconocía la ubicación exacta del mismo. Era una buena referencia ya que en una ciudad plagada de hoteles, es de imaginar que los taxistas no los conocen todos. Nuestro taxista desconocía dónde estaba el hotel, pero nos llevó rápidamente hacia el barrio indicado, costándonos únicamente diez liras turcas. Al bajar del taxi caímos en la cuenta de que ninguno recordábamos el nombre de la calle del hotel, así somos de felices, qué le vamos a hacer. Debíamos estar cerca pero no sabíamos qué dirección tomar, así que decidimos preguntar a los vendedores que se habían acercado a  vendernos frascos de perfume y chaquetas de caballero. Nuestro desconocimiento del idioma no fue una gran barrera, una mezcla extraña de español, inglés y francés y la intención de decir alguna palabra suelta en turco, bastaron para hacer entender que necesitábamos que nos orientaran para llegar a nuestro hotel. El Darkhill resultaba conocido pero no sabían ubicarlo. Supusimos que se movían en una determinada franja de terreno y no iban más allá de su territorio.Llamaron a un conocido de la esquina de arriba, y fue aquel vendedor el que nos indicó con señas de debíamos ir dos calles más arriba y girar a la derecha. Realmente estaba muy cerca, sí,  pero, cuando te ves perdido y te das cuenta que no llevas ni la dirección del hotel, parece que empequeñeces en medio de la nada, el cansancio se apoderá de ti y quinientos metros parecen agigantarse y convertirse en cientos de kilómetros.
UN DELICIOSO HELADO EN MADO PARA REPONER FUERZAS

El teatro de la vida

Sentada en el patio de butacas, observo la sucesión trágica de esa historia de amor, un amor caducado antes de su inicio, un amor distante que rememora cada gesto, cada caricia, cada abrazo y cada beso que pudo ser y no fue, fruto de la incomprensión y del desprecio cruel por todo aquello que no sigue el camino marcado por la hipocresía, fruto del vacío que inunda la existencia que nos rodea, el todo gris que nos envuelve marcando nuestra desdicha.

           Me dejo llevar por la tortuosa música que acentúa la sucesión desencadenada de errores cometidos por los personajes que representan los actores, que acompaña con sus acordes la imagen desoladora del fin, ese fin desamparado y melancólico que arrasa todo a su paso, que deja tu corazón arrugado, descolorido y seco, esperando un brote de vida que oxigene la historia y cambie el rumbo trágico que a lo lejos se divisa.

           Viajo a través del tiempo, miro a través de sus ojos, siento dolor en mi pecho; me dejo llevar por el viento, caigo en sus brazos, inerte. Puedo verle llorar a través de mis párpados, susurra en voz baja mi nombre intentando despertarme de aquel ingrato sueño y cargado de rabia levanta su cabeza para gritar  su amor por mí a los cuatro vientos. La estancia se ha vuelto pequeña, diminuta, todos respiran al mismo son, conteniendo ese llanto enlutado que se ha adueñado de la sala. Sigo en sus brazos, muerta, su desdicha penetra en mí por cada poro de mi piel, mi corazón se ha paralizado de repente y una tristeza infinita habita todo mi cuerpo. Un codo me roza en la butaca, es mi marido, mi corazón vuelve a latir de nuevo, estoy viva. Regresar de aquel escenario me ha devuelto la respiración, esa respiración suspendida en el aire, paralizada en el tiempo. Contemplo a mi alrededor al resto de los presentes, absortos en la escena, pendientes de aquella tragedia anunciada.

           Curiosamente la palabra griega hipócrita significaba actor, y hay tanta hipocresía en la vida que no puedo más que imaginar que nos movemos dentro de un gran teatro, el teatro de la vida.

¿Jugamos?

Bien, ya estoy aquí de nuevo, en mi tiempo de descanso, dispuesta a seguir contando historias.

           Este año ha sido un año muy duro, necesitaba las vacaciones, desconectar mi cabeza de los números y dejar de respirar a cada instante los efectos de la crisis. Hasta dentro de un mes odiada crisis.

           La crisis económica se ha pegado a nuestras espaldas como una lapa y no resultará fácil deshacerse de ella a corto plazo. La batalla iniciada a finales de 2008 continúa, muchos no quisieron verla o creyeron que era algo pasajero y siguieron cavando más profundamente el hoyo por el que estamos cayendo. ¿Tocaremos fondo o seguiremos más allá del universo interestelar? Somos únicamente un pequeño eslabón de la cadena, esa cadena que bien dispuesta alrededor de un cuello hermoso provoca admiración al contemplarla pero que, si empieza a perder a sus pequeños eslabones, puede convertirse en una soga.

           Como bien dice un refrán valenciano: "Qui no guarda quan té, no menja quan vol" (Traducción: Quien no guarda cuando tiene, no come cuando quiere). Resultado: Deuda, deuda y más deuda. Hemos llegado a ese punto en el que nuestra existencia ha dejado de pertenecernos y algún gigante lejano empieza a relamerse saboreando su codicia. La estrategia está servida. ¿Quién mueve ficha ahora en el monopoly?

Le llaman HP

¡Despierta! ¿Sigues ahí? Sí, tú, la que parece que no está. Estoy aquí, esperando. Te observo cada día, lejana y distante, cansada y sin fuerzas, con la mirada perdida en la lejanía. ¡Si pudiera un sólo instante descubrir qué es lo que piensas! Pasas de puntillas brevemente por mi lado, me rozas  un instante pero no consigo retenerte aquí.  ¡Me siento tan frustrado! Deambulas a mi alrededor cada tarde y te grito en silencio esperando tu regreso.

La aletargada ausencia que respiro en tu presencia invade nuestro mundo creando un vacío que no acierto a comprender. Mírame, estoy aquí, ¿me ves? Soy ese hombro amigo en el que apoyas tu cabeza, la válvula de escape que siempre necesitas para huir. Acércate de nuevo. Sí, así, frente a mí. Vamos, estoy dispuesto a complacerte. ¿A qué esperas? Poséeme. A tu disposición pongo mis teclas, mi pantalla  y mi disco duro. Vamos, estás por fin de vacaciones. Todo es comenzar.


Vacaciones, por finnnnnnnnnnn!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Construyendo castillos de naipes

Perseguidas. Capítulo 4


Delicadamente depositaba una tira junto a la otra, hinchado de gozo imaginando cuál sería la reacción de Alberto. Poco a poco, aquellas tiras de piel arrancada pegadas minuciosamente sobre aquel pergamino, adoptaban forma dentro de aquel galimatías. Se regocijaba  mirando aquel mensaje, la estocada que acabaría con la vida del causante de su desdicha.

            Alan tuvo que soportar  durante años su arrogante desprecio en aquel piso compartido de la zona universitaria. Tantas noches de vigilia provocadas por sus innumerables juergas de alcoba le habían provocado trastornos de sueño que aún no había sido capaz de superar.  El eco de aquellas risas y sonidos escandalosos le perseguía cada noche, recordándole lo pusilánime que se sentía cada día frente al todopoderoso Alberto. Tampoco olvidaría nunca que en su último año de carrera, casi tuvo una aventura amorosa con la recepcionista de secretaría, pero ésta fue truncada por la vil acción de Alberto, que vistos los ojitos de borrego que ponía Alan, le robó la chica de un plumazo y luego le restregó su fechoría por las narices. Atrás quedó todo aquello cuando conoció a Lourdes, la mujer por la que finalmente perdería la cabeza. Él le prometió amor eterno y le pidió que se casase con él; y ella, con aquella sonrisa encantadora que le embaucó desde el primer día, aceptó la proposición. Todos decían que hacían muy buena pareja, Acababan de fijar la fecha de su boda el día en que, casualmente, encontraron a Alberto en un supermercado y tuvo que presentarle a su prometida.  Tres días después, Lourdes fallecía en un accidente de tráfico. La noticia del periódico rezaba que un borracho se había estrellado contra el vehículo en el que se encontraba Lourdes y ésta había fallecido en el acto aunque, felizmente, su acompañante había salido ileso en aquel accidente. La noticia impactó a Alán hasta tal extremo que no pudo reaccionar en aquel momento.  En el funeral de Lourdes todos sus amigos rehuían su mirada, culpables de una culpa impropia, deseosos de pasar cuanto antes aquel mal trago. No tardó en enterarse de quién era ese acompañante misterioso de Lourdes. Se trataba de Alberto.

            Pasó mucho tiempo desde entonces, un tiempo en el que pudo elaborar su plan con plena serenidad. Debía vengarse con elegancia, en fin, hacer las cosas bien.

            ¡Resultó tan fácil engañar a la ingenua Berta! Lo de su amiga Tere, fue coser y cantar. Chica joven, sola, independiente y sin novio.  Sólo debía hacerse notar un poco para captar su atención y embaucarla con su saber hacer de hombre entrado en años bien conservado. Aquella parte le resultó muy sencilla. A través de Tere podría torturar psicológicamente a Berta e, indirectamente a Alberto. Imaginar sufriendo a ese mamón, era algo que sólo podía comparar con el éxtasis del orgasmo.

            La cándida Berta cayó en su telaraña sin darse cuenta y un lazo de marcada amistad comenzaba a vislumbrarse en el horizonte.

           Tras revelar su historia y sus temores a Alan, Berta decidió que debía ir a visitar a su padre al hospital. Ahora se sentía relajada y cargada de energía positiva. Necesitaba verle, saber cómo se encontraba, contarle lo sucedido y escuchar su opinión antes de acudir a la policía. Su madre se había quedado sin batería y Carla, la esposa de su padre, no contestaba sus llamadas. Cuando llegó, le indicaron dónde debía dirigirse. Un pálpito acudió a su pecho, temiendo la peor de las noticias. Sus piernas se negaban a correr con la rapidez que ella les exigía, pero finalmente logró llegar a la unidad de cuidados intensivos. Encontró a su madre y a Carla conversando en el pasillo. El pasillo parecía gris, sombrío y frío, y notó un escalofrío cuando se acercó a ellas.

            ─¿Cómo está? ¿Qué dicen los médicos? ¿Puedo verle?

            Las palabras se agolpaban en su garganta pidiendo paso, alborotadas, sin descanso.

            Su madre la abrazó y le dio un beso en la mejilla para tranquilizarla.

            ─Aún no sabemos nada, Berta. Cuando hemos llegado, estaba en la habitación, sedado. Todo parecía ir bien. El médico nos había informado que había sufrido un fallo cardíaco, seguramente debido al exceso de trabajo, los nervios, la falta de sueño y otra serie de factores. Despertó y llegó a estar consciente un instante, pero no pudo pronunciar ni una palabra.  Le dije que estabas a punto de llegar, pero… sufrió un infarto, esta vez más grave ─bajó el volumen de su voz, hasta convertirla en un susurro y siguiendo con sus dedos las lágrimas que caían rodando por las mejillas de Berta, continuó─  Tranquila, papá, va a superarlo.

            Carla, esperaba con las palmas de las manos apoyadas en el quicio de la ventana, con la angustia contenida, enmudecida por el miedo a perderle.

            Berta se acercó a mirar por la pequeña ventana que les permitía saber que seguía con vida. La visión de ese cuerpo  necesitado de cuidados la dejó destrozada.

            A pocos kilómetros de allí, Alan colgaba el teléfono tras informarse del estado de Alberto a través de un contacto suyo del hospital. Quería que sufriese al límite, pero debía aguantar vivo, al menos, hasta que él pudiese servirle el plato fuerte que le tenía guardado. No le importaba que conociese su identidad tras haber leído aquel mensaje amenazando de muerte a su hija, un mensaje dirigido a la niña de sus ojos, un mensaje que él sabía que Alberto terminaría leyendo. Jamás podría encontrarle, había cambiado sus apellidos hacía años y su nombre no tenía nada de particular. Seguramente, las imágenes de Tere maniatada y colgada de aquella viga con un charco de sangre en el suelo,  podían llevarle a pensar que eran de Berta, dado su gran parecido físico. Un pelo bien revuelto sobre la cara ocultaba la falsedad de la escena, una escena que parecería tan creíble que provocaría un fallo cardíaco en el sensible corazón de aquel hijo de puta que impidió que él fuese feliz. Si no era demasiado tonto, acabaría descubriendo que Alan era el emisario. Todas y cada una de las frases de los mensajes, fueron frases que él mismo le había dicho a Alan en algún momento de su vida estudiantil. Pero, si aún no lo captaba, seguro que acabaría haciéndolo. Su amiga Francis, ATS del hospital, a la que llamó diciéndole que estaba preocupado por Berta, le dijo que Alberto estaba sedado y no había hablado aún con ningún familiar. Estaba en la UCI, alejado de todos, como mera precaución, pero seguramente saldría de allí antes de una semana. Esperaba con ansia ese momento, cuando le contase a la policía el acoso al que su hija estaba sometida y su suposición sobre quién era el sospechoso. Seguramente rastrearían los mensajes recibidos y al fin encontrarían al pobre emisor de los mismos, otro desgraciado que también le había hecho la vida imposible durante su infancia. Sería bonito cargarle las culpas a otro y, una vez estuviese todo calmado, dar la estocada final. Lo de la desaparición de Tere, sería más complicado de explicar, pero Alan estaba seguro de que podría convencer a cualquiera de su historia de amor con ella, de hecho había engañado a su mejor amiga; e incluso lograría hacer creer a todos que ella iba a pasar un tiempo con sus padres en Ceuta. La mantendría con vida mientras le fuese útil, luego ya pensaría qué hacer con su cuerpo. Alberto no sabía que su hija estaba trabajando con su enemigo.




Cena 25 aniversario COU La Vall promoción 1984

Veinticinco años tuvieron que pasar para que este reencuentro fuese posible.

        1984-2009

Veinticinco largos años desde nuestro paso por COU, el antiguo curso de orientación universitaria.

Aquel curso nos lanzó hacia el futuro, un futuro ya presente en el que todos andábamos metidos. Fue el curso que nos distanció en el tiempo y nos hizo olvidar muchas caras y nombres que alguna vez fueron importantes en nuestras vidas. Rostros desdibujados con nombre propio, que se quedaron durmiendo con forma de dedicatoria entre las tapas de algún libro.

Cuando alguien del grupo organizador contactó conmigo para comunicarme la cena conmemorativa que estaban preparando y animarme a asistir, recuerdo que tuve serias dudas y decidí contestar que lo tenía que pensar. Quise ponerle cara a la mujer que me había llamado por teléfono, Carmen,  pero fui incapaz de hacerlo en ese momento. El nombre me era vagamente familiar, pero lo tenía ciertamente olvidado.

¿Cómo iba a presentarme a esa cena? Con mi mala memoria para esas cosas, incapaz de recordar muchas caras y muchos nombres, aquello podría resultar incluso desagradable. Si alguien se acercaba a mí para saludarme y yo no me acordaba ni de su nombre, aquello podría resultar un tanto embarazoso y ni tan siquiera  me lo quería plantear.

Me sentía muy distanciada de aquellos compañeros, y aunque algunos de ellos estudiaron Magisterio conmigo y pude compartir tres años más de mi vida con aquellas personas, tras finalizar esos estudios, la posible relación existente desapareció.

Me preguntaba de qué podríamos hablar en una situación como esa. Podría contarles que después de estudiar Magisterio, ante el desolador panorama que se mostraba a los que finalizábamos aquella carrera y no queriendo opositar para una plaza de especialidad diferente a la mía, Ciencias Puras, decidí seguir estudiando. Quizás les contase que realicé estudios de Técnico Especialista en Informática de Gestión y que, por aquel entonces  comencé a trabajar para la administración en la que acualmente trabajo, y de eso ya hace veintiún años. También podría contarles que, aunque nunca lo hubiese imaginado, aquel trabajo me gustó tanto que decidí prepararme a fondo para sacarme aquella plaza y así pasaron tres años más de mi vida. Podría completar esa información curricular contándoles que también terminé dos cursos de Derecho, y seguramente, alguien me preguntaría porqué me quedé ahí y no continué esa carrera, pero entonces tendría que contarle que llegué a matricularme de tercero pero no llegué a presentarme a ninguno de los exámenes, porque los primeros meses de mi embarazo reclamaron toda mi atención. Y con todo eso, ¿Qué les habría contado de mí? Nada. Saber que trabajo, estoy casada y tengo una hija dice bien poco de mí. ¿Era de eso de lo que se iba a hablar en esa cena? Por más vueltas que le daba, cada vez tenía más claro que no me interesaba en absoluto. ¿De qué sirve saber si hoy día eres médico, juez, cirujano, bombero, maestro, profesor o soñador?

Mi postura estaba cada vez más clara, no pensaba ir, aquello no me interesaba. Llamé a una de mis compañeras de COU, Elena, para preguntarle si ella acudiría a aquel evento. No sólo había sido compañera mía en ese curso sino que estudiamos Magisterio juntas y vivimos en un piso compartido durante dos años en Castellón. Muchas habían sido las vivencias compartidas y, desde mi boda, no sabía nada de ella. Lo tenía decidido, si ella iba, yo también iría, aunque sólo fuese por pasar una velada agradable juntas y recordar viejos tiempos. Encontré su teléfono entre papeles olvidados y la llamé inmediatamente. Su voz me resultaba extraña, la pillé en un mal momento y la conversación fue un poco fría. Aunque parecía que le apetecía ir, no me lo aseguró. Aquello me entristeció muchísimo, pero reforzó mi idea de no acudir a aquella cena.

En aquel momento mi vida estaba dedicada al trabajo y la familia, y no tenía contacto con ninguno de aquellos  compañeros. ¿Quién me iba a recordar a mí si yo no era capaz de recordar a la gran mayoría?

Consulté la página web de seguimiento de los acontecimientos concernientes a la cena. Se podía elegir mesa y compañeros con los que pasar una velada agradable. Empecé a reconocer nombres e incluso, dentro de mi desmemoria, recordé alguna de sus caras. Mi marido y mi hija me animaron a asistir, aunque yo me mostraba reticente porque no es nada fácil sacarme de casa si no es para irme de vacaciones. Con los días, a fuerza de insistir, lograron convencerme y anoté mi nombre en una de aquellas mesas. ¿Se apuntará Elena? ¿No se apuntará? Finalmente no lo hizo. Dos años depués sigo sin tener noticias suyas.



Se celebraba el 12 de junio de 2009, como podéis ver muchos fuimos los que acudimos finalmente a la cita. Coincidí en la mesa con diferentes personas que, por algún motivo u otro, habían compartido alguna cosa conmigo. A las nueve de la noche comenzaban las fotografías de grupo, a las tres de la madrugada ninguno de los asistentes había dejado aún la sala. No sólo se habló de la situación laboral de cada uno de los miembros de la mesa, también salieron de nuevo a relucir el simpático, la científica, el intelectual, la romántica, la bailaora, ... De repente, todos habíamos rejuvenecido veinticinco años y seguíamos siendo los mismos de siempre. Fue una sensación maravillosa

Aquella noche inolvidable compartí mesa con diez grandes PERSONAS, y lo digo con mayúsculas porque no puedo decirlo de otro modo. Empezando por la izquierda, sentado a mi lado Jose Vicente Ferreres, Feli Gutierrez, Ilu Hernández, Amparo Agut, Mari Carmen Bau, María José Medina, Tere Fenollosa, Lourdes, Puri Fenollosa y Josep Escrich.

Dos años después aún mantengo el contacto con alguno de ellos y debo decir que, sin pretenderlo, ha venido a mi memoria esta celebración y he vuelto a recordar los buenos momentos pasados junto a mis compañeros de COU.

Curiosamente, sólo Ilu recordó aquella Yolanda paralela, que andaba con su libreta bajo el brazo y combinaba trigonometría, álgebra, física y química con historias, relatos, cartas  y poemas. Para el resto, aquella faceta mía no existía. Ahora, alguno más de ellos la conoce, jajajaja.

Gracias a los organizadores del evento por tener la brillante idea de ofrecer a los asistentes una pegatina con el nombre para que nadie pasara ningún apuro al saludar a un antiguo compañero. Fue una idea excelente. Creo que yo, como mucho, hubiera recordado unos veinte nombres de las cien personas más o menos que acudimos a la cena.


Secretos inconfesables

Perseguidas. Capítulo 3

Dejó que el tono sonara varias veces, Tere no respondía. Tenía que ir a su casa y comprobar que efectivamente ella no estaba allí. No era la primera vez que no le cogía el teléfono. Pero, para abandonar el trabajo, debía pedir permiso.  Optó por no decirle nada a Alán y se fue directa al despacho del jefe. Le comunicó que su padre había sufrido algo parecido a un infarto y quería ir al hospital. No puso objeciones e incluso le indicó que podía tomarse un par de días libres si los necesitaba. Antes de salir de su despacho, le preguntó porqué no se había dirigido a su supervisor para indicarle la situación, a lo que ella respondió aturdida que, como nunca había tenido que ausentarse, creyó que tenía que dirigirse a él. No obstante, para evitar un redireccionamiento hacia el despacho de Alan, le indicó que ella  misma le había visto salir con unos señores que parecían clientes. Vio en la cara del jefe que la respuesta le había satisfecho. Cogió su chaqueta y se despidió de Marisa, argumentando la misma excusa. El taxi que había llamado previamente la esperaba en la puerta de la empresa.
            Su amiga Tere vivía sola desde hacía un año. Sus padres habían sido trasladados a Ceuta y sólo venían a verla un fin de semana al mes.
            Llamó insistentemente al timbre de la puerta, antes de coger la copia de la llave de casa Tere que ella tenía en su poder. Entró gritando a voces su nombre, a la espera de encontrarla en su habitación, cubierta de mantas y con una fiebre de amarras,  pero tras buscarla por toda la casa, vio que no se encontraba en ella.
            Mientras su cabeza intentaba asimilar la situación, el sonido del teléfono fijo de la salita la desconcertó, se acercó sin pensar hacia el aparato para escuchar si alguien dejaba algún mensaje en el contestador de Tere.
            ─¿Srta. Fernández?  Buenos días, mi nombre es Alberto, le llamó de la Agencia de Viajes Soñaresgratis.com. Su viaje de novios está confirmado. En un par de días recibiremos los billetes de avión. Pueden pasar ustedes a recogerlos. No obstante y, sólo para evitar posibles confusiones en los pasajes le repito los nombres que figurarán en ellos: A. Martínez y T. Fernández. ¿Ok? Si hay algún error o necesita alguna aclaración, no dude en contactar conmigo llamando al teléfono 902111000 Gracias.
            Decidió tomar asiento antes de que su cuerpo se desplomara.  A. Martínez, A. Martínez…,  se repetía una y otra vez. Aquello era una broma de mal gusto. ¿Su amiga Tere y Alán? ¿Alán? ¿Su supervisor? ¿Cuántos A. Martínez había en el mundo? ¿Era ese Alán quien le enviaba e-mails monstruosos y había hecho desaparecer a su amiga?    
            Vio que el coche de Tere estaba en el garaje. Un arrebato de furia la empujó a coger su coche para dirigirse hacia la empresa. No tenía carnet de conducir pero había llevado muchas veces aquel vehículo.
            Entro hecha una fiera, sin saludar a nadie, directa al despacho de Alán, armada con su propia rabia, creyéndose suficientemente fuerte como para abatir a un Titán. Tras de sí, la puerta dio un portazo. Alán se quedó atónito ante tal intromisión. Pero no pudo soltar una palabra ante el tornado de acusaciones que fue vertido sobre él por parte de Berta.
            ─¿Qué le has hecho a mi amiga Tere, desgraciado? ¿Te crees que puedes jugar así con las personas, a tu antojo? Soy más fuerte de lo que te imaginas y no soy tan fácil de impresionar como otras. ¿Pensabas que no descubriría que eras tú? No sé cómo has engatusado a Tere hasta el punto de hacerle creer que debía separarse de sus amigos. ¿Para qué? ¿Para hacerme daño a mí? ¿Por qué? Dime, ¿Qué te he hecho yo? No, no contestes, espera que te diga todo lo que he venido a decirte. No sé por qué has hecho desaparecer a Tere, ni por qué has dejado esa marca en ella, pero quiero que regrese ¿lo has entendido? Si no lo haces, soy capaz de matarte con mis propias manos.
            La temperatura de aquel despacho parecía haber subido quince grados tras el derroche verbal de Berta. Aún tenía los ojos enrojecidos por aquella ira que la dominaba y no era consciente de la cara de terror que ponía su adversario.
            ─¿Pu… puedo hablar?
            Tras una respiración profunda,  le miró fijamente y asintió con la cabeza.
            ─Lamento que Tere decidiese no contarte nada Berta. Decía que no estaba bien salir con el jefe y que tú no lo entenderías. No se equivocaba cuando me dijo que eso te haría daño. Fue decisión suya apartarse de los amigos para que estuviésemos juntos y solos los sábados. No sólo he dejado yo una marca en ella, ella también la ha dejado en mí y te aseguro que es muy profunda. Estamos enamorados Berta, compréndelo, nos vamos a casar.
            ¿Qué estaba pasando?, ¿Alguien podía decírselo a Berta? Aquel hombre no parecía un terrorista informático con instinto asesino, sólo parecía un enamorado asustado ante la embestida de la amiga de su novia. Se sentó en el sillón  del otro lado de la mesa y rompió en lloros. Alán no sabía qué hacer.
            ─Berta, tranquilízate, cuando venga Tere de Ceuta, te lo explicará todo. No me mires con esa cara. Sí, no tiene gripe. Se ha escapado para hablar con sus padres y contarles lo de la boda. Será en quince días. Y lo del niño. Tere está embarazada, por eso queremos casarnos cuanto antes.
            Berta no salía de su asombro e intentaba digerir la información recibida. Alán creía que aquella entrada arrolladora en su despacho se debía a algún instinto posesivo que ella tenía sobre Tere, pero debía aclararle que estaba equivocado. Así que decidió serenarse, creerle y contarle su versión de la historia.

Vacaciones a la vista

No me cansaré de repetirlo, necesito vacaciones, desconectar, cambiar el chip,  hacer un kit-kat,  en resumen, respirar. Sí, sí, respirar. ¡Aire, necesito aire!

A cuarenta y un día de mis vacaciones, me siento como el escalador que sufre en la recta final para llegar hasta la cima. El problema es: ¿Llegaré sana y salva, o moriré en el intento? Es broma, jaja. Los que me conocen saben que pese a los pesares multiples que pueden azotar el día a día, en realidad, prefiero siempre reir antes que llorar.

¿Por qué tengo la sensación de haber dicho algo parecido hace más o menos un año?

Bueno, tras tomar un poco de aire asomando la cabeza por la ventana, decidimos pensar en positivo y andar buscando ese viaje fantástico para nosotros y nuestro bolsillo. ¡Con la crisis actual, esta conciliación se hace cada vez más difícil!

Se terciaba un encuentro con nuestra amiga Arantza para aunar preferencias y sugerir posibles destinos. El punto de encuentro, fue, como el año pasado, Vilanova i la Geltrú.

El destino estrella acordado en nuestra cita fue Praga y Budapest. Regresamos a nuestros lugares de origen y nos dirigimos a la agencia de viajes para reservar tan preciado tesoro, pero el azar no quiso estar de nuestro lado y lo que parecía fácilmente posible, resultó ser lo más imposible del mundo.Ni fechas, ni vuelo, ni bolsillo se ponían de acuerdo.

Con esto de la necesidad de cambiar el chip, pensamos que lo mejor era hacer precisamente eso y dejar este destino para otras vacaciones futuras. Volvimos a mirar catálogos, consultar internet, hacer números y más números. Finalmente, encontré uno que parecía situarse entre nuestras posibilidades. Llamé a Arantza rápidamente. Di en la diana, le encantaba ese destino. Por fin cambio de continente. Turquía en nuestro punto de mira. Principios de septiembre a la vuelta de la esquina.

Enviando mensajes

Perseguidas. Capítulo 2

 

Tras darle una ojeada a la bandeja de entrada, su padre eliminó aquel cruel intruso y le aconsejó no abrir ningún mensaje con remitente desconocido. Así fue como quedó enterrado en el olvido y desapareció de la mente de Berta.

           Llegaron a aquella empresa gracias a un golpe de suerte. Con dos jubilaciones a la vista, el jefe optó por hacerles la entrevista el mismo día que presentaron su currículum. Su juventud, su falta de experiencia y su formación media, fueron decisivos. No buscaba universitarios que pudieran irse de allí ante una oportunidad mejor, quería ofrecer seguridad laboral a quién estuviese dispuesto a formar parte de aquella «familia».

           Tras un duro mes de trabajo, se habían aclimatado al lugar. Como esponjas absorbentes ávidas de conocimientos, afrontaban nuevos retos cada día y demostraban que eran capaces de realizar cualquier tarea que se les encomendara. Carecían de vicios adquiridos, por ello, Alan siempre les decía que ellas eran diamantes en bruto que acabaría por pulir. Pese a las dudas iniciales de Berta, no tardó en descartar toda conexión entre Alan y aquel mensaje maldito.

           La jornada laboral de ocho horas, cinco por la mañana y tres por la tarde, dejaba poco margen para salidas con los amigos de lunes a viernes. La única forma de seguir estando al día era «estar conectada». Berta chateaba unos minutos cada día. Aquellas frases cortas, reducidas a la más mínima expresión, algunos mensajes vía Facebook y, algún que otro correo electrónico, conformaban su escueta vida social. Únicamente salía los sábados para reunirse con sus amigos. Acudía al Pub Dolly, dos calles más abajo de su casa, para empaparse de calor humano y poder reír y conversar con ellos durante unas horas.

           Con su amiga Tere no conseguía hablar de otra cosa que no fuese trabajo y más trabajo. Ella ni siquiera mostraba el más mínimo interés por los comentarios que Berta le hacía respecto a los asuntos del resto de sus amigos. Su amiga parecía abducida por una fuerza extraterrestre y había dejado de acudir a las citas de los sábados. Berta llegó a pensar que tendría algún pretendiente misterioso en la oficina pero, aunque intentó sonsacarle información, no consiguió obtener ni la más mínima pista.

           Una mañana, su padre tuvo que llevarla al trabajo pues Tere estaba de baja por gripe. Al sentarse en su mesa, como todas las mañanas, abrió la bandeja de entrada para leer los mensajes recibidos de la central. Sus ojos abiertos como platos delataron que algo le ocurría.

           ─Buenos días, Berta. ¡Cualquiera diría que acabas de ver al mismísimo diablo! ¿Te ocurre algo? ─le preguntó Marisa, la compañera que se sentaba frente a ella.

           ─Bu… Buenos días, Marisa. No, no, todo está bien. Sólo que esta noche he dormido mal ─contestó con voz temblorosa.

           ─Tómate un café calentito y verás que bien te sienta.

           No llegó a abrir aquel mensaje, pero un remitente llamado Alan le había enviado algo. Pensó en su supervisor, pero él utilizaba siempre «A. Martínez» cuando le mandaba algún correo. Decidió eliminar aquel mensaje directamente.

           Al finalizar la jornada de trabajo, su padre fue a recogerla y ella le contó lo sucedido.

           ─¿Lo eliminaste también de la papelera?

           ─No, creo que no. Me entró tanto miedo que ni siquiera llegué a pensarlo.

          ─Bien cariño, tranquilízate. Mañana cuando llegues a la oficina, mira en la papelera y si aún está allí, me lo reenvías a mí sin mirar su contenido. ¿Me has entendido? No mires su contenido. Tapa la pantalla si es necesario. ¿De acuerdo?

           ─Sí papá, pero… ¿Qué pretendes?

           ─Mándamelo y según lo que contenga, hablaré con la Policía. No pienso permitir que nadie te asuste.

           Aquel día no quiso abrir su ordenador particular, no pegó bocado en la cena y no consiguió pegar ojo en toda la noche. No le contó nada a su madre para no preocuparla. Por la mañana, su padre la llevó al trabajo y acordaron que lo primero que iba a hacer era aquello que habían convenido la tarde anterior.

           Se sentó en la mesa y abrió su bandeja de entrada: otro correo de Alan le esperaba amenazante. Su supervisor llegó silbando aquella mañana y la saludó amistosamente.

           ─Buenos días Berta. Haces mala cara hoy, ¡A ver si vas a terminar con gripe también tú! ¡Cuídate!

           ─Buenos días, Alan. Estoy bien, gracias ─pudo contestarle a duras penas.
  
           Se armó de valor y comprobó que el mensaje de ayer se encontraba allí, en la papelera. Lo movió a la bandeja de entradas y tapó con una carpeta tres cuartas partes de la pantalla. Al abrirlo para reenviarlo, no pudo evitar ver dos palabras de gran tamaño que encabezaban el correo: «Estas muerta». Tecleó el correo de su padre y le reenvió aquello, no quería pensar en ello, no podía dejarse intimidar por lo que acababa de leer sin querer, no sabía qué había a continuación de aquellas palabras, pero sabía que su padre la iba a proteger.

           Su corazón latía desbocado después de aquella operativa, mientras sus ojos buscaban el nuevo mensaje que le había enviado ese Alan desconocido. Tenía que armarse de valor y repetir de nuevo la operación para que su padre pudiese comprobar también su contenido. Intentó tapar más concienzudamente la pantalla, dejando únicamente a la vista el espacio en el que supuestamente debía poner el correo de su padre. Abrió el mensaje para reenviarlo. Había cubierto tanto la pantalla que no veía la línea donde debía insertar el destinatario. Logró desplazar la carpeta un centímetro más hacia abajo y un compañero la llamó desde el otro lado del pasillo para pedirle unos datos. Los nervios la traicionaron y le cayó la carpeta de las manos, dejando la pantalla totalmente descubierta. Vio una fotografía de su amiga Tere mirando fijamente a la cámara, amordazada y con el miedo escrito en su mirada, con la blusa desabrochada y un grabado en la piel de su pecho que podía leerse de frente: «Morirás». Lo reenvió.

           Cogió el móvil y llamó a su padre para comunicarle que le había enviado los dos mensajes, pero le contestó un compañero.

           ─Berta, soy Juan, el compañero de tu padre, su móvil se ha quedado sobre la mesa.

           ─¿Dónde está mi padre?

           ─Ha sufrido algo similar a un infarto y una ambulancia lo lleva camino del hospital. No te preocupes, su mujer está avisada y tu madre también. Cuando tu madre sepa algo te llamará para contarte cómo va todo. Más vale que no la llames ahora, estará conduciendo y la pondrás más nerviosa.

           ─¿Cómo ha pasado? ¿Estabas con él?

           ─Lo dejé solo unos minutos porque me dijo que esperaba un correo muy importante. Cuando regresé lo encontré con la mano en el pecho, con una mueca de dolor en su rostro, como si le faltase aire, un segundo después perdió la consciencia. Tu padre es un hombre fuerte, saldrá de ésta, ya lo verás.

           Ella no sabía cuál era el contenido del primer mensaje, aunque sí sabía cómo comenzaba. Notaba algo extraño en la voz de Juan. ¿Y si él había visto el cuerpo del mensaje?

           ─¿Llegaste a ver algo en su pantalla?

           ─¿Quién yo? No ─su voz sonaba tal falsa como los doblones de oro de chocolate que ella aún tomaba en navidad.

           ─Dime la verdad Juan. ¿Qué has visto?

           El grandullón de Juan, amigo íntimo de su padre, había sido descubierto en un momento de flaqueza, y aunque creyó ser lo suficientemente fuerte como para ocultar a Berta lo que acababa de ver en aquella endiablada pantalla, no fue así.

           ─No sé de qué me hablas Berta.

           ─Sabes bien de qué te hablo. Mi padre esperaba un correo que yo misma tenía que reenviarle esta mañana. Yo no debía ver su contenido, pero aún así vi el encabezamiento del mensaje. Y no sólo le he enviado un mensaje, le he enviado dos, aunque el segundo, por desgracia, sí que lo he visto sin querer. Ayer acordamos que revisaría su contenido y si era necesario lo comunicaría a la Policía. Hazme un favor Juan, creo que has visto el primero de ellos, si es así, sabrás que mi padre no pudo avisar a la Policía. Sinceramente, ¿Crees que debió hacerlo?

           Acorralado, Juan le confesó que había visto el contenido de aquel correo y que consideraba que la Policía debía tomar parte en ello. Él no quería avisarles, pues no quería tener problemas, pero sí le aconsejó que ella misma lo denunciara.

           ─¿Qué había en ese mensaje, Juan?

          ─Si no lo viste, mejor será que no lo veas. No sé si le has hecho algo a alguien y por eso se ha cabreado, pero tengo claro que cabreaste al menos indicado. Ese alguien es un loco perturbado que no parará hasta conseguir sus propósitos. Llama a la Policía Berta, no esperes más.

Contando las horas


No me paré a pensar en todas esas cosas que uno es capaz de hacer sin prestarles importancia, hasta que un día decidí hacerlo.

Nuevamente, acababa de ver en la televisión una emisión de FAMA, versión 1980, y me hizo gracia la escena en la que una de las estudiantes gesticula exageradamente mientras come, intentando interiorizar y comprender todos y cada uno de los movimientos de su boca. Debo decir que me encanta esta película y la primera vez que pude verla, me invadieron unas terribles ganas de bailar, de cantar, de hacer teatro y de tocar algún instrumento. En fin, lo que tiene la adolescencia, que uno se deja llevar fácilmente.

Bastantes años después, reencontrarme con ella, ha sido todo un acontecimiento en mi vida. Por supuesto, ni bailo, ni canto, ni hago teatro, ni toco ningún instrumento (bueno, aprendí a tocar la flauta y, como mucho, de vez en cuando, canto al karaoke). Me di cuenta instantánemente de la rutina instalada en mi vida y me pareció ver volando sobre mi cabeza una señora vestida de blanco, llamada monotonía.

Fue cuando me decidí a pensar en qué empleaba mi tiempo ahora, dieciocho horas despierta debían dar mucho de sí.

Si quitamos las ocho horas, más o menos, de trabajo remunerado, sólo me quedaban diez horas para investigar. ¿En qué empleaba yo esas diez horas?

Si resto una hora aproximada por el tiempo pasado al volante en el trayecto casa-colegio-trabajo-casa-colegio-casa, sólo me quedaban nueve para mirar. El tiempo es algo muy curioso, a veces pasa lentamente, otras, en cambio, ni lo ves pasar.

Si de nueve horas, dedico una hora al culto de la ropa (lavadora, plancha,...), me quedan sólo ocho. 

Pongamos que mi desayuno y mi comida en solitario me quitan sólo otra hora, me quedan siete y, claro está, por la noche, como estamos todos, no hay que cenar con prisas, digamos que empleo otra hora más sólo para la cena en familia, me he quedado con seis. 

Aunque nos repartimos las tareas del hogar, segura estoy que a lo largo del día dedico un mínimo de una hora a esos menesteres, me he quedado con cinco. 

Y digo yo, que también tendré que contar el tiempo de aseo personal a lo largo del día, pongamos otra hora más.

Bien, llegados aquí, ¿A qué me dedico durante esas cuatro horas restantes?

Diría que me escapo al paseo marítimo para dar un vistazo al Mediterráneo y luego me siento frente al portátil para leer o para escribir. 

¡Qué aún me queda tiempo! Sí, es el que utilizo cuando me siento en el sofá para ver el televisor, el que utilizo para leer un libro cada noche antes de acostarme y el que utilizo hablando con mi marido y con mi hija de lo acontecido durante el día, porque digo yo que también habrá que relacionarse un poco ¿no?