martes, 21 de febrero de 2012

Aquel día

El pelotón de fusilamiento avanzó hasta la línea de fuego situada frente al paredón y esperó la orden de esa voz afilada que firmaría mi sentencia de muerte. Los ojos que me miraban delataban el miedo desbocado, traicionando la injusticia de un poder incontrolado. Triste escena sin alma, con protagonistas de cartón-piedra debutantes en el guiñol de la tragedia. Una obra de guiñol cuyo personaje principal era el que yo representaba. ¡Qué ironía!

Un instante  bastó para sopesar el sinsentido de mi vida y concluir que sólo fui un ser inexistente. El mundo seguiría sin mí, sin pensar que hubo un día en el que yo estuve aquí. Además, cuando la parca viene a buscarte, se regodea mostrándote instantáneas de tu vida. Yo las vi durante una fracción de segundo. Aquel vertido incontrolado de imágenes acuchilló todo mi cuerpo y vació de esperanza los rincones de mi mente.

Fui séptimo hijo de una familia pobre, y no fue bendición, sino carga, lo que supuse para mis padres. Pastoreo de ovejas, fue el legado recibido de ellos. Dos manos fuertes y un corazón valiente, fueron los causantes de mi desdicha. Un amor platónico me condujo a una batalla sin causa en defensa de su honor. ¡Quién iba a decirme a mí que aquella joven era la hija del coronel! ¡Si al menos ella hubiese reparado en mi presencia!

Suspiré sin fuerzas y encomendé mi pobre alma al Señor. Cerré los ojos creyendo que aquello ayudaría a mis jóvenes verdugos. Uno de los que me apuntaban fue el causante de la disputa. Ya no había bravura en su mirada y, si no fuese por el sol plomizo que caía aquella tarde, hubiese jurado que vi caer una lágrima de uno de sus ojos.

Una palabra: ¡Apunten! El Silencio.

El desconcierto se respiraba en el aire. Temía abrir los ojos y descubrir que estaba muerto. No sentía dolor ni sufrimiento. Escuché murmullo de palabras y pasos que se alejaban. Alguien se acercó hacia mí para decirme que podía irme a casa, que los fusilamientos habían sido prohibidos y yo me había librado por los pelos.

 En aquel instante vi que mi cuerpo andaba solo, mientras yo aún seguía pegado al paredón de fusilamiento. Siempre fui corto de entendederas, pero gracias a aquel día aprendí que toda existencia siempre es importante, incluso la mía, aunque entonces aún no lo sabía.

Acompañé a mi cuerpo hasta la salida de esa plaza porticada, acomodándome de nuevo en los recodos de mi piel.

Apoyada en el quicio de una ventana, sorprendí llorando a la mujer por la que tanto había suspirado mi corazón y despedí mis suspiros con ella. Al verme, se lanzó a mis brazos, compartiendo conmigo el sabor salado de sus lágrimas. Mil veces pidió perdón por las acusaciones de su padre, mil veces le respondí que ella no tuvo la culpa.

Me confesó que su enamorado era otro soldado y que, el soldado que peleó conmigo pretendía, mediante falsas injurias, destrozar aquella relación. Al intervenir, yo me llevé la peor parte. Su padre, me vio cara de rojo y quiso salvaguardar la honra de su hija. En resumen, decidió  matar al perro y así, aniquilar la rabia.

Despojado de mis vendajes, sentí mi corazón libre nuevamente y una sensación de paz infinita dio un sentido nuevo a mi vida.

Regresé a esa casa oscura que no esperaba mi presencia y  me encontré una mujer menuda llorando sobre la mesa. El pelo moreno por capa y sus manos por escudo, impedían que descubriese quién era esa persona. Quise permanecer callado, contemplando aquella escena, pero estar vivo me hacía respirar. ¡Nunca pensé que el silencio hiciese tanto ruido! Levantó su cabeza y me encontré a la pequeña Adela, la hija de don Ernesto, el vecino de mi abuela. Aquellos ojos almendrados iluminaron toda la estancia y sus inmaculados dientes me dieron la bienvenida. Aquel fue el primer día del resto de mi vida.

 ¿Por qué os cuento  esto? Porque estoy escuchando la canción de Marisol y mis nietos, que saben que me gusta, le han dado más volumen. Sí, sigo pensando que «La vida es una tómbola».

      

          

2 comentarios:

  1. Yolanda, las historias del abuelo. Yo, sin pretenderlo, utilizo mucho al abuelo en mis relatos, como éste tuyo de hoy. Me imagino que la guerra no tuvo que ser fácil, que sucesos como los que relatas se tuvieron que dar, y que a pesar de ello, el amor todo lo puede. Aunque para encontrarlo, a veces surquemos por veredas peligrosas.
    Tienes frases muy bonitas y potentes que embellecen el relato, y que te guían con facilidad por el mismo.

    ¡Enhorabuena!

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Gracias por tus palabras Nicolás. Debes saber que este relato surgió en mi mente tras leer tu relato de los tres abuelos. ¿Abuelo? Zas. Jajajaja.
    Sin pensarlo mucho, me puse a escribir y me dejé llevar.
    Cara a cara con la muerte, en este caso, el abuelo de mi historia no llegó a morir. Una suerte para sus nietos, que jugaron al truc con él y disfrutaron de sus relatos.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar