El teatro de la vida

Sentada en el patio de butacas, observo la sucesión trágica de esa historia de amor, un amor caducado antes de su inicio, un amor distante que rememora cada gesto, cada caricia, cada abrazo y cada beso que pudo ser y no fue, fruto de la incomprensión y del desprecio cruel por todo aquello que no sigue el camino marcado por la hipocresía, fruto del vacío que inunda la existencia que nos rodea, el todo gris que nos envuelve marcando nuestra desdicha.

           Me dejo llevar por la tortuosa música que acentúa la sucesión desencadenada de errores cometidos por los personajes que representan los actores, que acompaña con sus acordes la imagen desoladora del fin, ese fin desamparado y melancólico que arrasa todo a su paso, que deja tu corazón arrugado, descolorido y seco, esperando un brote de vida que oxigene la historia y cambie el rumbo trágico que a lo lejos se divisa.

           Viajo a través del tiempo, miro a través de sus ojos, siento dolor en mi pecho; me dejo llevar por el viento, caigo en sus brazos, inerte. Puedo verle llorar a través de mis párpados, susurra en voz baja mi nombre intentando despertarme de aquel ingrato sueño y cargado de rabia levanta su cabeza para gritar  su amor por mí a los cuatro vientos. La estancia se ha vuelto pequeña, diminuta, todos respiran al mismo son, conteniendo ese llanto enlutado que se ha adueñado de la sala. Sigo en sus brazos, muerta, su desdicha penetra en mí por cada poro de mi piel, mi corazón se ha paralizado de repente y una tristeza infinita habita todo mi cuerpo. Un codo me roza en la butaca, es mi marido, mi corazón vuelve a latir de nuevo, estoy viva. Regresar de aquel escenario me ha devuelto la respiración, esa respiración suspendida en el aire, paralizada en el tiempo. Contemplo a mi alrededor al resto de los presentes, absortos en la escena, pendientes de aquella tragedia anunciada.

           Curiosamente la palabra griega hipócrita significaba actor, y hay tanta hipocresía en la vida que no puedo más que imaginar que nos movemos dentro de un gran teatro, el teatro de la vida.

¿Jugamos?

Bien, ya estoy aquí de nuevo, en mi tiempo de descanso, dispuesta a seguir contando historias.

           Este año ha sido un año muy duro, necesitaba las vacaciones, desconectar mi cabeza de los números y dejar de respirar a cada instante los efectos de la crisis. Hasta dentro de un mes odiada crisis.

           La crisis económica se ha pegado a nuestras espaldas como una lapa y no resultará fácil deshacerse de ella a corto plazo. La batalla iniciada a finales de 2008 continúa, muchos no quisieron verla o creyeron que era algo pasajero y siguieron cavando más profundamente el hoyo por el que estamos cayendo. ¿Tocaremos fondo o seguiremos más allá del universo interestelar? Somos únicamente un pequeño eslabón de la cadena, esa cadena que bien dispuesta alrededor de un cuello hermoso provoca admiración al contemplarla pero que, si empieza a perder a sus pequeños eslabones, puede convertirse en una soga.

           Como bien dice un refrán valenciano: "Qui no guarda quan té, no menja quan vol" (Traducción: Quien no guarda cuando tiene, no come cuando quiere). Resultado: Deuda, deuda y más deuda. Hemos llegado a ese punto en el que nuestra existencia ha dejado de pertenecernos y algún gigante lejano empieza a relamerse saboreando su codicia. La estrategia está servida. ¿Quién mueve ficha ahora en el monopoly?

Le llaman HP

¡Despierta! ¿Sigues ahí? Sí, tú, la que parece que no está. Estoy aquí, esperando. Te observo cada día, lejana y distante, cansada y sin fuerzas, con la mirada perdida en la lejanía. ¡Si pudiera un sólo instante descubrir qué es lo que piensas! Pasas de puntillas brevemente por mi lado, me rozas  un instante pero no consigo retenerte aquí.  ¡Me siento tan frustrado! Deambulas a mi alrededor cada tarde y te grito en silencio esperando tu regreso.

La aletargada ausencia que respiro en tu presencia invade nuestro mundo creando un vacío que no acierto a comprender. Mírame, estoy aquí, ¿me ves? Soy ese hombro amigo en el que apoyas tu cabeza, la válvula de escape que siempre necesitas para huir. Acércate de nuevo. Sí, así, frente a mí. Vamos, estoy dispuesto a complacerte. ¿A qué esperas? Poséeme. A tu disposición pongo mis teclas, mi pantalla  y mi disco duro. Vamos, estás por fin de vacaciones. Todo es comenzar.


Vacaciones, por finnnnnnnnnnn!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Construyendo castillos de naipes

Perseguidas. Capítulo 4


Delicadamente depositaba una tira junto a la otra, hinchado de gozo imaginando cuál sería la reacción de Alberto. Poco a poco, aquellas tiras de piel arrancada pegadas minuciosamente sobre aquel pergamino, adoptaban forma dentro de aquel galimatías. Se regocijaba  mirando aquel mensaje, la estocada que acabaría con la vida del causante de su desdicha.

            Alan tuvo que soportar  durante años su arrogante desprecio en aquel piso compartido de la zona universitaria. Tantas noches de vigilia provocadas por sus innumerables juergas de alcoba le habían provocado trastornos de sueño que aún no había sido capaz de superar.  El eco de aquellas risas y sonidos escandalosos le perseguía cada noche, recordándole lo pusilánime que se sentía cada día frente al todopoderoso Alberto. Tampoco olvidaría nunca que en su último año de carrera, casi tuvo una aventura amorosa con la recepcionista de secretaría, pero ésta fue truncada por la vil acción de Alberto, que vistos los ojitos de borrego que ponía Alan, le robó la chica de un plumazo y luego le restregó su fechoría por las narices. Atrás quedó todo aquello cuando conoció a Lourdes, la mujer por la que finalmente perdería la cabeza. Él le prometió amor eterno y le pidió que se casase con él; y ella, con aquella sonrisa encantadora que le embaucó desde el primer día, aceptó la proposición. Todos decían que hacían muy buena pareja, Acababan de fijar la fecha de su boda el día en que, casualmente, encontraron a Alberto en un supermercado y tuvo que presentarle a su prometida.  Tres días después, Lourdes fallecía en un accidente de tráfico. La noticia del periódico rezaba que un borracho se había estrellado contra el vehículo en el que se encontraba Lourdes y ésta había fallecido en el acto aunque, felizmente, su acompañante había salido ileso en aquel accidente. La noticia impactó a Alán hasta tal extremo que no pudo reaccionar en aquel momento.  En el funeral de Lourdes todos sus amigos rehuían su mirada, culpables de una culpa impropia, deseosos de pasar cuanto antes aquel mal trago. No tardó en enterarse de quién era ese acompañante misterioso de Lourdes. Se trataba de Alberto.

            Pasó mucho tiempo desde entonces, un tiempo en el que pudo elaborar su plan con plena serenidad. Debía vengarse con elegancia, en fin, hacer las cosas bien.

            ¡Resultó tan fácil engañar a la ingenua Berta! Lo de su amiga Tere, fue coser y cantar. Chica joven, sola, independiente y sin novio.  Sólo debía hacerse notar un poco para captar su atención y embaucarla con su saber hacer de hombre entrado en años bien conservado. Aquella parte le resultó muy sencilla. A través de Tere podría torturar psicológicamente a Berta e, indirectamente a Alberto. Imaginar sufriendo a ese mamón, era algo que sólo podía comparar con el éxtasis del orgasmo.

            La cándida Berta cayó en su telaraña sin darse cuenta y un lazo de marcada amistad comenzaba a vislumbrarse en el horizonte.

           Tras revelar su historia y sus temores a Alan, Berta decidió que debía ir a visitar a su padre al hospital. Ahora se sentía relajada y cargada de energía positiva. Necesitaba verle, saber cómo se encontraba, contarle lo sucedido y escuchar su opinión antes de acudir a la policía. Su madre se había quedado sin batería y Carla, la esposa de su padre, no contestaba sus llamadas. Cuando llegó, le indicaron dónde debía dirigirse. Un pálpito acudió a su pecho, temiendo la peor de las noticias. Sus piernas se negaban a correr con la rapidez que ella les exigía, pero finalmente logró llegar a la unidad de cuidados intensivos. Encontró a su madre y a Carla conversando en el pasillo. El pasillo parecía gris, sombrío y frío, y notó un escalofrío cuando se acercó a ellas.

            ─¿Cómo está? ¿Qué dicen los médicos? ¿Puedo verle?

            Las palabras se agolpaban en su garganta pidiendo paso, alborotadas, sin descanso.

            Su madre la abrazó y le dio un beso en la mejilla para tranquilizarla.

            ─Aún no sabemos nada, Berta. Cuando hemos llegado, estaba en la habitación, sedado. Todo parecía ir bien. El médico nos había informado que había sufrido un fallo cardíaco, seguramente debido al exceso de trabajo, los nervios, la falta de sueño y otra serie de factores. Despertó y llegó a estar consciente un instante, pero no pudo pronunciar ni una palabra.  Le dije que estabas a punto de llegar, pero… sufrió un infarto, esta vez más grave ─bajó el volumen de su voz, hasta convertirla en un susurro y siguiendo con sus dedos las lágrimas que caían rodando por las mejillas de Berta, continuó─  Tranquila, papá, va a superarlo.

            Carla, esperaba con las palmas de las manos apoyadas en el quicio de la ventana, con la angustia contenida, enmudecida por el miedo a perderle.

            Berta se acercó a mirar por la pequeña ventana que les permitía saber que seguía con vida. La visión de ese cuerpo  necesitado de cuidados la dejó destrozada.

            A pocos kilómetros de allí, Alan colgaba el teléfono tras informarse del estado de Alberto a través de un contacto suyo del hospital. Quería que sufriese al límite, pero debía aguantar vivo, al menos, hasta que él pudiese servirle el plato fuerte que le tenía guardado. No le importaba que conociese su identidad tras haber leído aquel mensaje amenazando de muerte a su hija, un mensaje dirigido a la niña de sus ojos, un mensaje que él sabía que Alberto terminaría leyendo. Jamás podría encontrarle, había cambiado sus apellidos hacía años y su nombre no tenía nada de particular. Seguramente, las imágenes de Tere maniatada y colgada de aquella viga con un charco de sangre en el suelo,  podían llevarle a pensar que eran de Berta, dado su gran parecido físico. Un pelo bien revuelto sobre la cara ocultaba la falsedad de la escena, una escena que parecería tan creíble que provocaría un fallo cardíaco en el sensible corazón de aquel hijo de puta que impidió que él fuese feliz. Si no era demasiado tonto, acabaría descubriendo que Alan era el emisario. Todas y cada una de las frases de los mensajes, fueron frases que él mismo le había dicho a Alan en algún momento de su vida estudiantil. Pero, si aún no lo captaba, seguro que acabaría haciéndolo. Su amiga Francis, ATS del hospital, a la que llamó diciéndole que estaba preocupado por Berta, le dijo que Alberto estaba sedado y no había hablado aún con ningún familiar. Estaba en la UCI, alejado de todos, como mera precaución, pero seguramente saldría de allí antes de una semana. Esperaba con ansia ese momento, cuando le contase a la policía el acoso al que su hija estaba sometida y su suposición sobre quién era el sospechoso. Seguramente rastrearían los mensajes recibidos y al fin encontrarían al pobre emisor de los mismos, otro desgraciado que también le había hecho la vida imposible durante su infancia. Sería bonito cargarle las culpas a otro y, una vez estuviese todo calmado, dar la estocada final. Lo de la desaparición de Tere, sería más complicado de explicar, pero Alan estaba seguro de que podría convencer a cualquiera de su historia de amor con ella, de hecho había engañado a su mejor amiga; e incluso lograría hacer creer a todos que ella iba a pasar un tiempo con sus padres en Ceuta. La mantendría con vida mientras le fuese útil, luego ya pensaría qué hacer con su cuerpo. Alberto no sabía que su hija estaba trabajando con su enemigo.




Cena 25 aniversario COU La Vall promoción 1984

Veinticinco años tuvieron que pasar para que este reencuentro fuese posible.

        1984-2009

Veinticinco largos años desde nuestro paso por COU, el antiguo curso de orientación universitaria.

Aquel curso nos lanzó hacia el futuro, un futuro ya presente en el que todos andábamos metidos. Fue el curso que nos distanció en el tiempo y nos hizo olvidar muchas caras y nombres que alguna vez fueron importantes en nuestras vidas. Rostros desdibujados con nombre propio, que se quedaron durmiendo con forma de dedicatoria entre las tapas de algún libro.

Cuando alguien del grupo organizador contactó conmigo para comunicarme la cena conmemorativa que estaban preparando y animarme a asistir, recuerdo que tuve serias dudas y decidí contestar que lo tenía que pensar. Quise ponerle cara a la mujer que me había llamado por teléfono, Carmen,  pero fui incapaz de hacerlo en ese momento. El nombre me era vagamente familiar, pero lo tenía ciertamente olvidado.

¿Cómo iba a presentarme a esa cena? Con mi mala memoria para esas cosas, incapaz de recordar muchas caras y muchos nombres, aquello podría resultar incluso desagradable. Si alguien se acercaba a mí para saludarme y yo no me acordaba ni de su nombre, aquello podría resultar un tanto embarazoso y ni tan siquiera  me lo quería plantear.

Me sentía muy distanciada de aquellos compañeros, y aunque algunos de ellos estudiaron Magisterio conmigo y pude compartir tres años más de mi vida con aquellas personas, tras finalizar esos estudios, la posible relación existente desapareció.

Me preguntaba de qué podríamos hablar en una situación como esa. Podría contarles que después de estudiar Magisterio, ante el desolador panorama que se mostraba a los que finalizábamos aquella carrera y no queriendo opositar para una plaza de especialidad diferente a la mía, Ciencias Puras, decidí seguir estudiando. Quizás les contase que realicé estudios de Técnico Especialista en Informática de Gestión y que, por aquel entonces  comencé a trabajar para la administración en la que acualmente trabajo, y de eso ya hace veintiún años. También podría contarles que, aunque nunca lo hubiese imaginado, aquel trabajo me gustó tanto que decidí prepararme a fondo para sacarme aquella plaza y así pasaron tres años más de mi vida. Podría completar esa información curricular contándoles que también terminé dos cursos de Derecho, y seguramente, alguien me preguntaría porqué me quedé ahí y no continué esa carrera, pero entonces tendría que contarle que llegué a matricularme de tercero pero no llegué a presentarme a ninguno de los exámenes, porque los primeros meses de mi embarazo reclamaron toda mi atención. Y con todo eso, ¿Qué les habría contado de mí? Nada. Saber que trabajo, estoy casada y tengo una hija dice bien poco de mí. ¿Era de eso de lo que se iba a hablar en esa cena? Por más vueltas que le daba, cada vez tenía más claro que no me interesaba en absoluto. ¿De qué sirve saber si hoy día eres médico, juez, cirujano, bombero, maestro, profesor o soñador?

Mi postura estaba cada vez más clara, no pensaba ir, aquello no me interesaba. Llamé a una de mis compañeras de COU, Elena, para preguntarle si ella acudiría a aquel evento. No sólo había sido compañera mía en ese curso sino que estudiamos Magisterio juntas y vivimos en un piso compartido durante dos años en Castellón. Muchas habían sido las vivencias compartidas y, desde mi boda, no sabía nada de ella. Lo tenía decidido, si ella iba, yo también iría, aunque sólo fuese por pasar una velada agradable juntas y recordar viejos tiempos. Encontré su teléfono entre papeles olvidados y la llamé inmediatamente. Su voz me resultaba extraña, la pillé en un mal momento y la conversación fue un poco fría. Aunque parecía que le apetecía ir, no me lo aseguró. Aquello me entristeció muchísimo, pero reforzó mi idea de no acudir a aquella cena.

En aquel momento mi vida estaba dedicada al trabajo y la familia, y no tenía contacto con ninguno de aquellos  compañeros. ¿Quién me iba a recordar a mí si yo no era capaz de recordar a la gran mayoría?

Consulté la página web de seguimiento de los acontecimientos concernientes a la cena. Se podía elegir mesa y compañeros con los que pasar una velada agradable. Empecé a reconocer nombres e incluso, dentro de mi desmemoria, recordé alguna de sus caras. Mi marido y mi hija me animaron a asistir, aunque yo me mostraba reticente porque no es nada fácil sacarme de casa si no es para irme de vacaciones. Con los días, a fuerza de insistir, lograron convencerme y anoté mi nombre en una de aquellas mesas. ¿Se apuntará Elena? ¿No se apuntará? Finalmente no lo hizo. Dos años depués sigo sin tener noticias suyas.



Se celebraba el 12 de junio de 2009, como podéis ver muchos fuimos los que acudimos finalmente a la cita. Coincidí en la mesa con diferentes personas que, por algún motivo u otro, habían compartido alguna cosa conmigo. A las nueve de la noche comenzaban las fotografías de grupo, a las tres de la madrugada ninguno de los asistentes había dejado aún la sala. No sólo se habló de la situación laboral de cada uno de los miembros de la mesa, también salieron de nuevo a relucir el simpático, la científica, el intelectual, la romántica, la bailaora, ... De repente, todos habíamos rejuvenecido veinticinco años y seguíamos siendo los mismos de siempre. Fue una sensación maravillosa

Aquella noche inolvidable compartí mesa con diez grandes PERSONAS, y lo digo con mayúsculas porque no puedo decirlo de otro modo. Empezando por la izquierda, sentado a mi lado Jose Vicente Ferreres, Feli Gutierrez, Ilu Hernández, Amparo Agut, Mari Carmen Bau, María José Medina, Tere Fenollosa, Lourdes, Puri Fenollosa y Josep Escrich.

Dos años después aún mantengo el contacto con alguno de ellos y debo decir que, sin pretenderlo, ha venido a mi memoria esta celebración y he vuelto a recordar los buenos momentos pasados junto a mis compañeros de COU.

Curiosamente, sólo Ilu recordó aquella Yolanda paralela, que andaba con su libreta bajo el brazo y combinaba trigonometría, álgebra, física y química con historias, relatos, cartas  y poemas. Para el resto, aquella faceta mía no existía. Ahora, alguno más de ellos la conoce, jajajaja.

Gracias a los organizadores del evento por tener la brillante idea de ofrecer a los asistentes una pegatina con el nombre para que nadie pasara ningún apuro al saludar a un antiguo compañero. Fue una idea excelente. Creo que yo, como mucho, hubiera recordado unos veinte nombres de las cien personas más o menos que acudimos a la cena.


Secretos inconfesables

Perseguidas. Capítulo 3

Dejó que el tono sonara varias veces, Tere no respondía. Tenía que ir a su casa y comprobar que efectivamente ella no estaba allí. No era la primera vez que no le cogía el teléfono. Pero, para abandonar el trabajo, debía pedir permiso.  Optó por no decirle nada a Alán y se fue directa al despacho del jefe. Le comunicó que su padre había sufrido algo parecido a un infarto y quería ir al hospital. No puso objeciones e incluso le indicó que podía tomarse un par de días libres si los necesitaba. Antes de salir de su despacho, le preguntó porqué no se había dirigido a su supervisor para indicarle la situación, a lo que ella respondió aturdida que, como nunca había tenido que ausentarse, creyó que tenía que dirigirse a él. No obstante, para evitar un redireccionamiento hacia el despacho de Alan, le indicó que ella  misma le había visto salir con unos señores que parecían clientes. Vio en la cara del jefe que la respuesta le había satisfecho. Cogió su chaqueta y se despidió de Marisa, argumentando la misma excusa. El taxi que había llamado previamente la esperaba en la puerta de la empresa.
            Su amiga Tere vivía sola desde hacía un año. Sus padres habían sido trasladados a Ceuta y sólo venían a verla un fin de semana al mes.
            Llamó insistentemente al timbre de la puerta, antes de coger la copia de la llave de casa Tere que ella tenía en su poder. Entró gritando a voces su nombre, a la espera de encontrarla en su habitación, cubierta de mantas y con una fiebre de amarras,  pero tras buscarla por toda la casa, vio que no se encontraba en ella.
            Mientras su cabeza intentaba asimilar la situación, el sonido del teléfono fijo de la salita la desconcertó, se acercó sin pensar hacia el aparato para escuchar si alguien dejaba algún mensaje en el contestador de Tere.
            ─¿Srta. Fernández?  Buenos días, mi nombre es Alberto, le llamó de la Agencia de Viajes Soñaresgratis.com. Su viaje de novios está confirmado. En un par de días recibiremos los billetes de avión. Pueden pasar ustedes a recogerlos. No obstante y, sólo para evitar posibles confusiones en los pasajes le repito los nombres que figurarán en ellos: A. Martínez y T. Fernández. ¿Ok? Si hay algún error o necesita alguna aclaración, no dude en contactar conmigo llamando al teléfono 902111000 Gracias.
            Decidió tomar asiento antes de que su cuerpo se desplomara.  A. Martínez, A. Martínez…,  se repetía una y otra vez. Aquello era una broma de mal gusto. ¿Su amiga Tere y Alán? ¿Alán? ¿Su supervisor? ¿Cuántos A. Martínez había en el mundo? ¿Era ese Alán quien le enviaba e-mails monstruosos y había hecho desaparecer a su amiga?    
            Vio que el coche de Tere estaba en el garaje. Un arrebato de furia la empujó a coger su coche para dirigirse hacia la empresa. No tenía carnet de conducir pero había llevado muchas veces aquel vehículo.
            Entro hecha una fiera, sin saludar a nadie, directa al despacho de Alán, armada con su propia rabia, creyéndose suficientemente fuerte como para abatir a un Titán. Tras de sí, la puerta dio un portazo. Alán se quedó atónito ante tal intromisión. Pero no pudo soltar una palabra ante el tornado de acusaciones que fue vertido sobre él por parte de Berta.
            ─¿Qué le has hecho a mi amiga Tere, desgraciado? ¿Te crees que puedes jugar así con las personas, a tu antojo? Soy más fuerte de lo que te imaginas y no soy tan fácil de impresionar como otras. ¿Pensabas que no descubriría que eras tú? No sé cómo has engatusado a Tere hasta el punto de hacerle creer que debía separarse de sus amigos. ¿Para qué? ¿Para hacerme daño a mí? ¿Por qué? Dime, ¿Qué te he hecho yo? No, no contestes, espera que te diga todo lo que he venido a decirte. No sé por qué has hecho desaparecer a Tere, ni por qué has dejado esa marca en ella, pero quiero que regrese ¿lo has entendido? Si no lo haces, soy capaz de matarte con mis propias manos.
            La temperatura de aquel despacho parecía haber subido quince grados tras el derroche verbal de Berta. Aún tenía los ojos enrojecidos por aquella ira que la dominaba y no era consciente de la cara de terror que ponía su adversario.
            ─¿Pu… puedo hablar?
            Tras una respiración profunda,  le miró fijamente y asintió con la cabeza.
            ─Lamento que Tere decidiese no contarte nada Berta. Decía que no estaba bien salir con el jefe y que tú no lo entenderías. No se equivocaba cuando me dijo que eso te haría daño. Fue decisión suya apartarse de los amigos para que estuviésemos juntos y solos los sábados. No sólo he dejado yo una marca en ella, ella también la ha dejado en mí y te aseguro que es muy profunda. Estamos enamorados Berta, compréndelo, nos vamos a casar.
            ¿Qué estaba pasando?, ¿Alguien podía decírselo a Berta? Aquel hombre no parecía un terrorista informático con instinto asesino, sólo parecía un enamorado asustado ante la embestida de la amiga de su novia. Se sentó en el sillón  del otro lado de la mesa y rompió en lloros. Alán no sabía qué hacer.
            ─Berta, tranquilízate, cuando venga Tere de Ceuta, te lo explicará todo. No me mires con esa cara. Sí, no tiene gripe. Se ha escapado para hablar con sus padres y contarles lo de la boda. Será en quince días. Y lo del niño. Tere está embarazada, por eso queremos casarnos cuanto antes.
            Berta no salía de su asombro e intentaba digerir la información recibida. Alán creía que aquella entrada arrolladora en su despacho se debía a algún instinto posesivo que ella tenía sobre Tere, pero debía aclararle que estaba equivocado. Así que decidió serenarse, creerle y contarle su versión de la historia.

Vacaciones a la vista

No me cansaré de repetirlo, necesito vacaciones, desconectar, cambiar el chip,  hacer un kit-kat,  en resumen, respirar. Sí, sí, respirar. ¡Aire, necesito aire!

A cuarenta y un día de mis vacaciones, me siento como el escalador que sufre en la recta final para llegar hasta la cima. El problema es: ¿Llegaré sana y salva, o moriré en el intento? Es broma, jaja. Los que me conocen saben que pese a los pesares multiples que pueden azotar el día a día, en realidad, prefiero siempre reir antes que llorar.

¿Por qué tengo la sensación de haber dicho algo parecido hace más o menos un año?

Bueno, tras tomar un poco de aire asomando la cabeza por la ventana, decidimos pensar en positivo y andar buscando ese viaje fantástico para nosotros y nuestro bolsillo. ¡Con la crisis actual, esta conciliación se hace cada vez más difícil!

Se terciaba un encuentro con nuestra amiga Arantza para aunar preferencias y sugerir posibles destinos. El punto de encuentro, fue, como el año pasado, Vilanova i la Geltrú.

El destino estrella acordado en nuestra cita fue Praga y Budapest. Regresamos a nuestros lugares de origen y nos dirigimos a la agencia de viajes para reservar tan preciado tesoro, pero el azar no quiso estar de nuestro lado y lo que parecía fácilmente posible, resultó ser lo más imposible del mundo.Ni fechas, ni vuelo, ni bolsillo se ponían de acuerdo.

Con esto de la necesidad de cambiar el chip, pensamos que lo mejor era hacer precisamente eso y dejar este destino para otras vacaciones futuras. Volvimos a mirar catálogos, consultar internet, hacer números y más números. Finalmente, encontré uno que parecía situarse entre nuestras posibilidades. Llamé a Arantza rápidamente. Di en la diana, le encantaba ese destino. Por fin cambio de continente. Turquía en nuestro punto de mira. Principios de septiembre a la vuelta de la esquina.

Enviando mensajes

Perseguidas. Capítulo 2

 

Tras darle una ojeada a la bandeja de entrada, su padre eliminó aquel cruel intruso y le aconsejó no abrir ningún mensaje con remitente desconocido. Así fue como quedó enterrado en el olvido y desapareció de la mente de Berta.

           Llegaron a aquella empresa gracias a un golpe de suerte. Con dos jubilaciones a la vista, el jefe optó por hacerles la entrevista el mismo día que presentaron su currículum. Su juventud, su falta de experiencia y su formación media, fueron decisivos. No buscaba universitarios que pudieran irse de allí ante una oportunidad mejor, quería ofrecer seguridad laboral a quién estuviese dispuesto a formar parte de aquella «familia».

           Tras un duro mes de trabajo, se habían aclimatado al lugar. Como esponjas absorbentes ávidas de conocimientos, afrontaban nuevos retos cada día y demostraban que eran capaces de realizar cualquier tarea que se les encomendara. Carecían de vicios adquiridos, por ello, Alan siempre les decía que ellas eran diamantes en bruto que acabaría por pulir. Pese a las dudas iniciales de Berta, no tardó en descartar toda conexión entre Alan y aquel mensaje maldito.

           La jornada laboral de ocho horas, cinco por la mañana y tres por la tarde, dejaba poco margen para salidas con los amigos de lunes a viernes. La única forma de seguir estando al día era «estar conectada». Berta chateaba unos minutos cada día. Aquellas frases cortas, reducidas a la más mínima expresión, algunos mensajes vía Facebook y, algún que otro correo electrónico, conformaban su escueta vida social. Únicamente salía los sábados para reunirse con sus amigos. Acudía al Pub Dolly, dos calles más abajo de su casa, para empaparse de calor humano y poder reír y conversar con ellos durante unas horas.

           Con su amiga Tere no conseguía hablar de otra cosa que no fuese trabajo y más trabajo. Ella ni siquiera mostraba el más mínimo interés por los comentarios que Berta le hacía respecto a los asuntos del resto de sus amigos. Su amiga parecía abducida por una fuerza extraterrestre y había dejado de acudir a las citas de los sábados. Berta llegó a pensar que tendría algún pretendiente misterioso en la oficina pero, aunque intentó sonsacarle información, no consiguió obtener ni la más mínima pista.

           Una mañana, su padre tuvo que llevarla al trabajo pues Tere estaba de baja por gripe. Al sentarse en su mesa, como todas las mañanas, abrió la bandeja de entrada para leer los mensajes recibidos de la central. Sus ojos abiertos como platos delataron que algo le ocurría.

           ─Buenos días, Berta. ¡Cualquiera diría que acabas de ver al mismísimo diablo! ¿Te ocurre algo? ─le preguntó Marisa, la compañera que se sentaba frente a ella.

           ─Bu… Buenos días, Marisa. No, no, todo está bien. Sólo que esta noche he dormido mal ─contestó con voz temblorosa.

           ─Tómate un café calentito y verás que bien te sienta.

           No llegó a abrir aquel mensaje, pero un remitente llamado Alan le había enviado algo. Pensó en su supervisor, pero él utilizaba siempre «A. Martínez» cuando le mandaba algún correo. Decidió eliminar aquel mensaje directamente.

           Al finalizar la jornada de trabajo, su padre fue a recogerla y ella le contó lo sucedido.

           ─¿Lo eliminaste también de la papelera?

           ─No, creo que no. Me entró tanto miedo que ni siquiera llegué a pensarlo.

          ─Bien cariño, tranquilízate. Mañana cuando llegues a la oficina, mira en la papelera y si aún está allí, me lo reenvías a mí sin mirar su contenido. ¿Me has entendido? No mires su contenido. Tapa la pantalla si es necesario. ¿De acuerdo?

           ─Sí papá, pero… ¿Qué pretendes?

           ─Mándamelo y según lo que contenga, hablaré con la Policía. No pienso permitir que nadie te asuste.

           Aquel día no quiso abrir su ordenador particular, no pegó bocado en la cena y no consiguió pegar ojo en toda la noche. No le contó nada a su madre para no preocuparla. Por la mañana, su padre la llevó al trabajo y acordaron que lo primero que iba a hacer era aquello que habían convenido la tarde anterior.

           Se sentó en la mesa y abrió su bandeja de entrada: otro correo de Alan le esperaba amenazante. Su supervisor llegó silbando aquella mañana y la saludó amistosamente.

           ─Buenos días Berta. Haces mala cara hoy, ¡A ver si vas a terminar con gripe también tú! ¡Cuídate!

           ─Buenos días, Alan. Estoy bien, gracias ─pudo contestarle a duras penas.
  
           Se armó de valor y comprobó que el mensaje de ayer se encontraba allí, en la papelera. Lo movió a la bandeja de entradas y tapó con una carpeta tres cuartas partes de la pantalla. Al abrirlo para reenviarlo, no pudo evitar ver dos palabras de gran tamaño que encabezaban el correo: «Estas muerta». Tecleó el correo de su padre y le reenvió aquello, no quería pensar en ello, no podía dejarse intimidar por lo que acababa de leer sin querer, no sabía qué había a continuación de aquellas palabras, pero sabía que su padre la iba a proteger.

           Su corazón latía desbocado después de aquella operativa, mientras sus ojos buscaban el nuevo mensaje que le había enviado ese Alan desconocido. Tenía que armarse de valor y repetir de nuevo la operación para que su padre pudiese comprobar también su contenido. Intentó tapar más concienzudamente la pantalla, dejando únicamente a la vista el espacio en el que supuestamente debía poner el correo de su padre. Abrió el mensaje para reenviarlo. Había cubierto tanto la pantalla que no veía la línea donde debía insertar el destinatario. Logró desplazar la carpeta un centímetro más hacia abajo y un compañero la llamó desde el otro lado del pasillo para pedirle unos datos. Los nervios la traicionaron y le cayó la carpeta de las manos, dejando la pantalla totalmente descubierta. Vio una fotografía de su amiga Tere mirando fijamente a la cámara, amordazada y con el miedo escrito en su mirada, con la blusa desabrochada y un grabado en la piel de su pecho que podía leerse de frente: «Morirás». Lo reenvió.

           Cogió el móvil y llamó a su padre para comunicarle que le había enviado los dos mensajes, pero le contestó un compañero.

           ─Berta, soy Juan, el compañero de tu padre, su móvil se ha quedado sobre la mesa.

           ─¿Dónde está mi padre?

           ─Ha sufrido algo similar a un infarto y una ambulancia lo lleva camino del hospital. No te preocupes, su mujer está avisada y tu madre también. Cuando tu madre sepa algo te llamará para contarte cómo va todo. Más vale que no la llames ahora, estará conduciendo y la pondrás más nerviosa.

           ─¿Cómo ha pasado? ¿Estabas con él?

           ─Lo dejé solo unos minutos porque me dijo que esperaba un correo muy importante. Cuando regresé lo encontré con la mano en el pecho, con una mueca de dolor en su rostro, como si le faltase aire, un segundo después perdió la consciencia. Tu padre es un hombre fuerte, saldrá de ésta, ya lo verás.

           Ella no sabía cuál era el contenido del primer mensaje, aunque sí sabía cómo comenzaba. Notaba algo extraño en la voz de Juan. ¿Y si él había visto el cuerpo del mensaje?

           ─¿Llegaste a ver algo en su pantalla?

           ─¿Quién yo? No ─su voz sonaba tal falsa como los doblones de oro de chocolate que ella aún tomaba en navidad.

           ─Dime la verdad Juan. ¿Qué has visto?

           El grandullón de Juan, amigo íntimo de su padre, había sido descubierto en un momento de flaqueza, y aunque creyó ser lo suficientemente fuerte como para ocultar a Berta lo que acababa de ver en aquella endiablada pantalla, no fue así.

           ─No sé de qué me hablas Berta.

           ─Sabes bien de qué te hablo. Mi padre esperaba un correo que yo misma tenía que reenviarle esta mañana. Yo no debía ver su contenido, pero aún así vi el encabezamiento del mensaje. Y no sólo le he enviado un mensaje, le he enviado dos, aunque el segundo, por desgracia, sí que lo he visto sin querer. Ayer acordamos que revisaría su contenido y si era necesario lo comunicaría a la Policía. Hazme un favor Juan, creo que has visto el primero de ellos, si es así, sabrás que mi padre no pudo avisar a la Policía. Sinceramente, ¿Crees que debió hacerlo?

           Acorralado, Juan le confesó que había visto el contenido de aquel correo y que consideraba que la Policía debía tomar parte en ello. Él no quería avisarles, pues no quería tener problemas, pero sí le aconsejó que ella misma lo denunciara.

           ─¿Qué había en ese mensaje, Juan?

          ─Si no lo viste, mejor será que no lo veas. No sé si le has hecho algo a alguien y por eso se ha cabreado, pero tengo claro que cabreaste al menos indicado. Ese alguien es un loco perturbado que no parará hasta conseguir sus propósitos. Llama a la Policía Berta, no esperes más.

Contando las horas


No me paré a pensar en todas esas cosas que uno es capaz de hacer sin prestarles importancia, hasta que un día decidí hacerlo.

Nuevamente, acababa de ver en la televisión una emisión de FAMA, versión 1980, y me hizo gracia la escena en la que una de las estudiantes gesticula exageradamente mientras come, intentando interiorizar y comprender todos y cada uno de los movimientos de su boca. Debo decir que me encanta esta película y la primera vez que pude verla, me invadieron unas terribles ganas de bailar, de cantar, de hacer teatro y de tocar algún instrumento. En fin, lo que tiene la adolescencia, que uno se deja llevar fácilmente.

Bastantes años después, reencontrarme con ella, ha sido todo un acontecimiento en mi vida. Por supuesto, ni bailo, ni canto, ni hago teatro, ni toco ningún instrumento (bueno, aprendí a tocar la flauta y, como mucho, de vez en cuando, canto al karaoke). Me di cuenta instantánemente de la rutina instalada en mi vida y me pareció ver volando sobre mi cabeza una señora vestida de blanco, llamada monotonía.

Fue cuando me decidí a pensar en qué empleaba mi tiempo ahora, dieciocho horas despierta debían dar mucho de sí.

Si quitamos las ocho horas, más o menos, de trabajo remunerado, sólo me quedaban diez horas para investigar. ¿En qué empleaba yo esas diez horas?

Si resto una hora aproximada por el tiempo pasado al volante en el trayecto casa-colegio-trabajo-casa-colegio-casa, sólo me quedaban nueve para mirar. El tiempo es algo muy curioso, a veces pasa lentamente, otras, en cambio, ni lo ves pasar.

Si de nueve horas, dedico una hora al culto de la ropa (lavadora, plancha,...), me quedan sólo ocho. 

Pongamos que mi desayuno y mi comida en solitario me quitan sólo otra hora, me quedan siete y, claro está, por la noche, como estamos todos, no hay que cenar con prisas, digamos que empleo otra hora más sólo para la cena en familia, me he quedado con seis. 

Aunque nos repartimos las tareas del hogar, segura estoy que a lo largo del día dedico un mínimo de una hora a esos menesteres, me he quedado con cinco. 

Y digo yo, que también tendré que contar el tiempo de aseo personal a lo largo del día, pongamos otra hora más.

Bien, llegados aquí, ¿A qué me dedico durante esas cuatro horas restantes?

Diría que me escapo al paseo marítimo para dar un vistazo al Mediterráneo y luego me siento frente al portátil para leer o para escribir. 

¡Qué aún me queda tiempo! Sí, es el que utilizo cuando me siento en el sofá para ver el televisor, el que utilizo para leer un libro cada noche antes de acostarme y el que utilizo hablando con mi marido y con mi hija de lo acontecido durante el día, porque digo yo que también habrá que relacionarse un poco ¿no?

Disculpas de un desconocido

         
           Mis disculpas Marisa, no pensé que llegaras a saber de mí y, menos aún, que te hubieses percatado de mi presencia. Quizás debí explicar los motivos de mis preguntas a tus conocidos, antes de dejar que ellos temiesen por ti y te pusiesen sobre aviso.

           Me llamo Arturo, tengo veinticuatro años y vivo en Valencia. Soy aspirante a escritor y me propuse  contar la vida de una persona de carne y hueso. No quería que estuviese en mi círculo de amistades ni que fuese alguien que yo conociese previamente. La idea surgió en mi mente mientras esperaba el metro para ir a casa y te vi allí, en el otro andén. Quise que esa persona fueses tú. No me importaba si estabas casada o soltera, o si eras estudiante o trabajadora, simplemente decidí que tú serías el personaje de mi historia, una historia que basaría en la tuya propia. Oí que una chica te llamaba Marisa  y así empecé a conocerte.

           Ser una persona en paro da mucho tiempo para investigar y para escribir, así que empecé al día siguiente, a la misma hora en tu mismo andén. Allí estabas otra vez, acompañada de la misma chica. Subí al metro con vosotras y bajé en 9 d'Octubre. Seguí vuestros pasos hasta el Hospital General y os vi teclear un código de acceso en una puerta acristalada. Tuve que quedarme a la espera, decidí salir fuera. Tras observar el trasiego de enfermos, familiares, ambulancias, policías, médicos y demás personal sanitario, os vi salir con el uniforme verde. Yo estaba sentado en un murete del jardín y os pusisteis a almorzar justo a mi lado, charlando despreocupadamente de vuestras cosas. Yo intentaba disimular cuando os miraba, como si fuese un familiar esperando a que alguien saliese de la sala de Urgencias. Aquel día ni siquiera me miraste, pero yo pude verte bien. No me había fijado aún en lo guapa que eras, pensé que debías tener mi edad más o menos y, evidentemente, deduje que trabajabas allí. A vuestra salida, regresé con vosotras guardando las distancias. Acompañaste a Vero a su casa y luego entraste en tu portal. Así fue como me enteré de dónde vivías. Un par de meses después, ya conocía tus turnos de trabajo, las tiendas dónde hacías tus compras, la gente con la que tomabas café y tu condición de chica soltera independizada. Acabé tomando café en los mismos lugares que tú frecuentabas,  esperando obtener alguna información del camarero o del dueño del local. Me hice muy amigo de la señora Aurora, a la que confesé un día que me estaba enamorando de ti y desde ese momento ha sido mi mejor aliada, pues me ha contado media vida tuya, que tus padres se han ido a vivir al pueblo, que tienes un gato y un perro y que comes mucha fruta. Finalmente, tropecé con Victor, otro compañero y amigo tuyo. Fingí que le conocía y que habíamos estudiado juntos, pero supongo que no le fue difícil descubrirme y, por ese motivo, te contó que yo estaba haciendo preguntas sobre ti.

           Sí, seguramente, hubiese sido más sencillo decir la verdad a la gente y, quizás algún día nos hubiesemos conocido realmente y hubiésemos  llegado a ser buenos amigos. Lamento si todo esto te ha molestado. Le he dado a Victor todo lo que he escrito sobre ti. Léelo o tíralo, como prefieras. Tranquila, no pienso publicarlo.

                                          Arturo, un desconocido arrepentido

¿Qué puedes decirle a un desconocido que un día irrumpe en tu vida?

           Mira, no sé quién eres ni por qué te interesas por mí, pero sí sé que no me gusta que nadie siga mis pasos sin más. Si pretendes ligar conmigo, te diré que éste no es el modo más adecuado. Detesto saber que alguien va por ahí haciendo preguntas sobre mí. Estaba claro que más pronto o más tarde me enteraría.

           Soy una persona bastante normal, así que no creo que te hayan contratado para vigilarme. Esclarecido esto y adelantándote que aborrezco toda acción de espionaje hacia mí, creo que tengo derecho a saber quién eres, por qué te metes en mi vida y qué intenciones te llevan a hacerlo.

           Dejo esta carta en manos de mi amigo Victor. Te engañó al hacerte creer que te daría información completa sobre mí en vuestro próximo encuentro. Quiero poner punto final a tu actividad de investigación ilícita y pedirte que me dejes en paz. No me das miedo. Sólo estoy harta de ver tu sombra en cada esquina. No tienes permiso para meterte en mi vida sin ser invitado.

           Espero que Victor pueda darme esas respuestas que busco.

           Bien, desconocido, adiós. Hasta nunca jamás.

                                                                    Marisa

Un encuentro fortuíto

Vagando entre recuerdos ausentes, encontró una puerta entreabierta y quiso conocer qué se encontraba tras ella. Sin pensar en posibles consecuencias, la empujó suavemente, dejándose llevar por una pueril curiosidad.

           Notó que una brisa cálida la acompañaba. Todo cuanto le rodeaba , le resultaba familiar: una foto de párvulos con aroma a agua de colonia, que salpicada en trenzas y baberos, esperaba obtener la sonrisa más tierna de cada uno de aquellos niños; aquella goma elástica de costura a la altura de sus rodillas, clavada a fuego en su piel cada vez que una niña la pisaba durante el juego; la vara de madera que reposaba sobre la mesa, dispuesta a estrellarse en la incauta mano de algún alumno parlanchín; esa caja de zapatos que atesoraba una sardina salada, protagonista singular de un cortejo fúnebre, siempre celebrado entre risas y sonrisas; la cristalina mirada de la inocencia, vestida de blanco para algunos, para otros de niñez.

           Escuchó unos gritos de alerta procedentes del exterior y sintió un riguroso frío polar que la dejó sin aliento. Debía volver, la esperaban. Regresó sobre sus pasos. Vidriosos ojos teñidos de tristeza se despedían de ella, una raspa de sardina putrefacta asomada entre tierra removida le enviaba su último adiós, una astilla de madera ardiente lloraba chispas de amargura al ver su retroceso y una foto carcomida llena de rostros olvidados la empujó de nuevo hacia su mundo.

           Siete u ocho personas la rodeaban, alguien quería que avisaran a su madre, otros que llamasen al doctor.

           El más apenado, el causante del atropello, actuó rápidamente tras comprobar que las ruedas únicamente habían alcanzado un zapato de la niña y su inconsciencia pasajera había sido el resultado del leve golpe recibido. La tomó por los hombros hasta dejar su cuerpo apartado del vehículo y comprobó que una pierna le temblaba incontroladamente. La sujetó con suavidad hasta lograr retornar a la tranquilidad al menudo cuerpo de ocho años que quiso meterse bajo su coche en una carrera despistada.

           ─¿Estás bien? ¿Llamamos a tus padres? ¿Al médico?

           ─Sí, estoy bien. Perdone por el susto que le he dado. No me di cuenta de que venía. Tranquilo, no me ha pasado nada, estoy bien. Bueno, creo que he tenido un sueño un poco raro. Bien, lo siento no quiero llegar tarde a clase o doña Sofía se enfadará conmigo.

           ─Pero, deben saber qué te ha pasado y si el golpe te ha causado algún hematoma.

           ─No, no, estoy bien. Además, hoy continúa leyéndonos el cuento que empezó ayer y no me lo puedo perder. Adiós.

           Salió corriendo como si nada hubiese pasado, pero a las doce, en la puerta del colegio, una madre angustiada la esperaba. Aquel día tuvo que ir al médico.

Amaneceres dormidos

Lleno de amaneceres dormidos despertó, entre sábanas de hilo, con delicados bordados que primorosamente crearon hacendosas manos. El humeante olor de café inundaba la estancia y no pudo más que dejarse guiar hipnotizado hacia la cocina.

           Se paró en la puerta para contemplar la figura inmóvil de Eugenia que, sentada a la mesa, tenía la mirada ausente y su cabeza ligeramente orientada hacia la ventana. Mojaba un bizcocho en el tazón de café con leche y vio que un trozo caía salpicándole la cara; ante tal escena, no pudo evitar reírse.

           Eugenia, que no se había percatado de su presencia hasta ese momento, le miró apenada, incapaz de articular palabra, con un gesto indefinido en su semblante que él no acertaba a comprender. Se acercó a ella y cariñosamente persiguió con sus dedos las lágrimas que corrían por sus mejillas.

           ─Buenos días, vida mía. ¿Qué ocurre? ¿Algo no anda bien?

           Su voz sonaba como un susurro, dulce y cálida al mismo tiempo.

           ─No dejes que nada enturbie este momento. Estamos juntos y nos queremos ¿Qué más podemos pedir? Anda, tontina, dame un beso.

           Le dio un beso en la frente, tomó una taza del armario y se sirvió un café solo. Sentado frente a ella, esperó paciente que Eugenia se serenase y le contase qué le preocupaba.

           ─Ahora que lo pienso, en este momento no recuerdo ni qué turno me toca esta semana. Luego llamaré a Eduardo y le preguntaré ─se dijo a sí mismo en voz baja para volver a iniciar una conversación con ella─. ¿Estás ya más tranquila?
           ─Sí. ¿Y tú, cómo te encuentras?─preguntó ella con un hilo de voz casi inaudible.
           ─¡¿Yo?! Muy bien. Vamos, cuéntame que te pasa.
           ─Pero… ¿De verdad estás bien?
           ─ ¡¿No te digo que sí?! Me siento fuerte como un roble, pero algo me dice que ése no es tu caso, ¿Qué ocurre?
            ─¿Recuerdas que tenías que venir a buscarme para ir a la prueba del vestido?
           ─Sí, quedé contigo ayer para llevarte a casa de la modista, pero…, ahora que lo dices, no recuerdo haberlo hecho ─dijo con cara de culpabilidad─. ¡Ah, bueno! ¡Estás enfadada conmigo! Perdóname, no sé cómo pude olvidarlo, pero, si te parece bien, lo arreglaré con Eduardo para poder ir hoy.

           Tras comprobar que Eugenia asentía con la cabeza, tomó el móvil que se encontraba apoyado en el frutero para llamar a su compañero.

           ─Trae, yo te marco el número, que nunca te aclaras con la agenda ─le ordenó Eugenia.
           ─¿Eduardo?
           ─Sí Mario, dime.
           ─Necesito que me hagas un favor. Dime qué turno me toca hoy, no te lo vas a creer, pero se me ha olvidado.
           ─Hoy librabas, entras pasado mañana de tarde. ¿Va todo bien?
           ─Sí, gracias, es que tengo que acompañar a Eugenia a probarse el vestido de novia. ¡Ya sabes cómo son las mujeres!
           ─Sí, no me digas más. Ya hablamos.
           ─Hasta luego.
           ─Bueno cariño, solucionado. No trabajo hasta pasado mañana, así que soy todo tuyo.

           Un brillo esperanzado anidaba en los ojos de Eugenia. Quizás hoy irían a la modista y se probaría aquel vestido de novia que él ya no recordaba que usó el día de su boda.

           ─Bien, pues come algo, vístete y vamos a ver a la modista.
           ─¡No te imaginas las ganas que tengo de verte vestida de novia! Ahora cuando baje, creo que me tomaré algo, me está empezando a doler la cabeza.

           Quince ansiados minutos de normalidad, que desmoronaban a Eugenia cada día.

           El día de su boda, un desconocido disparó a Mario y la bala quedó alojada en su cráneo, desde entonces su vida había quedado anclada en el pasado, reviviendo el día que fue a acompañarla a la prueba del vestido, una semana antes de la boda. No lograba recordar lo que había sucedido desde entonces ni el tiempo transcurrido. Cada mañana, tras su aparente normalidad en tiempo pasado, subía a su habitación y no volvía a bajar.

           Tras tres duros años de sacrificio, Eugenia había modificado la habitación donde dormía Mario. Desaparecieron las mesillas y el galán de noche, cambió la estructura de madera de la cama por una completamente acolchada y añadió una gran alfombra persa para cubrir el suelo. Cada mañana, al despertar de nuevo lleno de energía, medio adormecido, no se daba cuenta de la extraña habitación en la que se encontraba. Fueron muchos los hematomas y heridas que Eugenia tuvo que sanar durante el primer año, así que tomó precauciones. Cuando perdía de nuevo la consciencia al regresar a la habitación, avisaba a Eduardo, su ex-compañero de trabajo y, entre los dos, lograban dejar su cuerpo de nuevo en la cama.

           Aquel día, Eduardo no recibió la primera llamada habitual de Mario preguntando cuál era su turno de trabajo. Ese día, Mario llamó a Eduardo para decirle que Eugenia se había suicidado.




Soñándote

Alguien quiso que quisiera quererte,
Si no fuiste tú quien quisiste, ¿Quién fue?
¿Sería tu corazón que quererme quiso
Y, sin pedir permiso, me hizo quererte?

Mi frágil alma dormitaba,
Cercana ausente, lejana y fría.

Desperté al alba soñando amarte,
Amaba amando, mi amor amado,
¿Pero quién era mi amado amante,
Si tú no estabas a mi lado?

Rocé la llama que crepitaba
Quemé mis sueños, nací de nuevo.

Robé tus besos imaginarios y sentí tus labios,
Rea confesa sin ser absuelta, ¿Por qué?
Fui condenada a muerte por amarte,
Más tú, rescataste mi alma de la pira.

Divagaciones


Llevo un tiempo sin publicar nada en el blog, ¿Será la vida sin mi hija o será que mis neuronas están al borde de un suicidio en masa? No lo sé, pero creo que lo mejor será «Escribir».

           Que nadie piense que le ha ocurrido nada extraño a Noelia, simplemente está de intercambio, pasando unos días con una familia francesa. Y se lo está pasando fenomenal.

           La última semana de febrero recibimos con gran alegría al alumno de intercambio y durante seis días pudimos compartir con él nuestras vidas. Compaginar mis horarios de trabajo con sus estudios y salidas de ocio fue casi como hacer malabares, pero finalmente salió bien. Intentamos que guardase un grato recuerdo de su experiencia, sintiese nuestra hospitalidad, conociese nuestras costumbres y perfeccionase su español.

           Como era evidente, al tratarse de un intercambio, Noelia debía partir a tierra extraña, y ese momento llegó: La última semana de marzo. Con la sonrisa pintada en la cara y gran tristeza de nuestro corazón, nos despedimos de ella, observando la alegría reflejada en su rostro. Su primer viaje en solitario, su primera convivencia con otra familia. Un único deseo: «Dios, cuídamela, que lo pase bien y no le ocurra nada malo. Devuélvemela tan feliz como ha marchado».

           Mis sentimientos andan un poco alborotados. No estoy acostumbrada a estar sin ella y su ausencia ha dejado paralizada mi cabeza. Diría que a punto he estado de entrar en un estado catatónico. Y es que para mí siempre será «Mi niña», aunque a ella ya no le gusta tanto que la siga llamando así. Son casi catorce, y eso, a veces, a una madre le produce escalofríos.

El primer día de trabajo

Perseguidas. Capítulo 1
 
 
El atronador sonido del despertador invadió la habitación, puntual como siempre, pero esta vez, a las seis y media de la mañana. La madre de Berta lo dejó programado con el máximo volumen y, con cariño, le seleccionó un sonido de campana de iglesia que era capaz de resucitar a los muertos. Ella misma lo situó al pie de la cama, para obligarse a levantarse a silenciar el maldito reloj.

      Estaba nerviosa y un extraño sofoco se había instalado caprichosamente en sus mejillas, algo que ni el maquillaje lograba disimular. Para colmo, también le sudaban las manos, y el mero hecho de imaginarse estrechando la mano a alguno de sus nuevos compañeros le producía una angustia terrible.

      Tere no pasaría a recogerla hasta las ocho en punto. En realidad, su horario de mañana era de nueve a dos, pero no querían llegar tarde al trabajo el día de su debut. Salir una hora antes de casa resultaba un poco exagerado, la empresa que las había contratado como auxiliares administrativas estaba instalada en el polígono industrial del Sur de la ciudad, y ese trayecto podía realizarse en quince minutos, pero… ¡Cualquiera le llevaba la contraria a Tere! Si tenían que esperar cuarenta minutos en la puerta de la oficina, esperarían.

      A las siete y cuarto ya estaba preparada, así que tenía tiempo para intentar relajarse. Su madre trabajaba en el mercado de abastos y, a esas horas, no estaba en casa. Decidió abrir el ordenador para ver el correo electrónico y comprobar si alguno de sus amigos estaba conectado. Tres mensajes nuevos le esperaban en la bandeja de entrada: dos de su amiga Tere, enviados a las doce de la noche y, otro, de alguien llamado Alan, enviado a las tres de la madrugada. Abrió primero los de ella. Uno, contenía un escueto mensaje de texto: «Mañana triunfamos chica. Ponte guapa. Me pido el jefe. Jajaja». Otro, llevaba un PowerPoint humorístico sobre los trabajos de oficina y una frase añadida por ella: «Recuerda coger los crucigramas, por si nos aburrimos. Jajaja». Estuvo a punto de eliminar el tercer mensaje porque no conocía al remitente, pero le picó la curiosidad y lo abrió, creyendo que sería alguien que quería hacer amistad. Su piel se quedó fría como el hielo y su cara quedó desencajada, la boca con una triste mueca de horror y los ojos casi saliendo de sus órbitas. No había ningún mensaje escrito, solo una impactante fotografía del cuerpo de su amiga Tere, brutalmente descuartizado. Aquello no parecía un montaje de Photoshop.

      Sus manos temblaban y su mente sufría un shock. Debía llamar a Tere para confirmar que aquello no era cierto y aquella imagen tan real era solo una broma de mal gusto. El monótono sonido del móvil se repitió varias veces hasta que apareció la voz mecánica que le indicaba que podía dejar su mensaje después de la señal: «Tere, por lo que más quieras, llámame inmediatamente, por favor».

      Miró y remiró aquella fotografía en la pantalla, queriendo creer que alguien con una mente muy macabra había querido asustarla. Apagó el ordenador y continuó sentada e inmóvil. No podía borrar aquella imagen de su cabeza: Su amiga abierta en canal, con las vísceras al descubierto y sus extremidades arrancadas dispuestas alrededor del cuerpo, como enmarcando el cuadro.

      Quizás podía llamar a su padre y contarle lo sucedido. Seguro que él le diría qué debía hacer. Hacía dos años que no vivía con ellas, sus padres estaban separados, pero siempre estaba ahí cuando Berta lo necesitaba.

      ─Buenos días, Papa.

      ─Berta cariño, ¿Pasa algo?

      ─No lo sé papá, pero estoy muy asustada.

      ─No te preocupes, que todo va a salir bien. ¡Ya lo verás!

      ─No papá, no hablo de mí, hablo de Tere. He abierto un correo electrónico en el que alguien me enviaba una fotografía horrible de mi amiga descuartizada. Tengo miedo.

      ─Seguro que es una fantasmada de alguien que os conoce, tranquilízate, ¿La has llamado? ¿Has hablado con alguien de esto?

      ─Sí, la he llamado pero no contesta. Luego te he llamado a ti. ¿Qué debo hacer, papa?

      ─¿No habías quedado con ella para ir al trabajo?

      ─Sí.

      ─¿A qué hora?

      ─A las ocho.

      ─Faltan diez minutos, cálmate, espera a que sean las ocho. Seguro que pasará a por ti. Si llega esa hora y no está ahí puntual como un reloj, me llamas. Pediré permiso al jefe y me planto ahí en quince minutos. No llames a mamá, no la preocupes, ya se lo contarás cuando llegue, ¿vale?

      ─Bien papá, haré lo que me dices.

      Decidió serenarse, pensar en positivo y olvidar la monstruosidad que acababa de ver. A las ocho en punto, llamaban al timbre de su casa. Se asomó por la ventana y vio el coche de Tere aparcado frente a su puerta. Su corazón dejó de latir acelerado y el ritmo de sus pulsaciones se relajó. Menos mal que todo quedó en un desagradable susto. Se miró al espejo, aquel rubor instalado en su mejilla a primera hora de la mañana había desaparecido, su cara, sin duda, necesitaba más color. Se atusó el pelo y se recompuso la ropa, luego, bajó triunfal por la escalera dispuesta a afrontar su primer día de trabajo. Cogió su bolso y las llaves. Al salir de casa vio a Tere sentada al volante, con una amplia sonrisa dibujada en la cara, indicándole con la mano que se apresurara.

      Cuando entró en el coche, le dio un intenso abrazo a Tere.

      ─Buenos días Berta, ¿Te pasa algo?

      ─Nada Tere, que te quiero mucho. Anda, vamos, que hoy será nuestro gran día.

      ─Vamos pues, a por todas. Les demostraremos que somos las mejores.

      Berta no le dijo nada a Tere sobre lo ocurrido minutos antes.

      Llegaron demasiado pronto a la empresa, como era de esperar. Un conserje, extrañado ante su presencia, les abrió y tras saber que eran las chicas nuevas de la oficina, les informó que las puertas no se abrían hasta las nueve menos cuarto, por lo que no debían presentarse allí antes de esa hora. Las acompañó a la sala del café y les dijo que esperaran al jefe.

      Se tomaron un café de máquina y se sentaron a esperar. A menos cuarto en punto, aparecieron dos mujeres, a las que tildaron de «cincuentonas», con exceso de maquillaje, varios anillos en sus manos y vestidas a la última moda que, tras saludarlas con un «Buenos días» desganado, se situaron en el otro extremo de la sala a saborear su café. A falta de cinco minutos para las nueve, un bullicio de voces se oía en la entrada. Sin duda alguna, esa era la hora oficial de entrada de todos los trabajadores de la oficina.

      El jefe se acercó a saludarlas y les dijo que iba a presentarles a la persona que se encargaría de explicarles sus nuevos cometidos en aquella oficina.

      ─Buenos días, señoritas.

      ─Buenos días ─respondieron al unísono.

      ─Espero que estén contentas aquí. No quiero ver caras tristes. Este trabajo es duro, lo sé, demasiado papel, pero con el tiempo verán que es una rutina. Vengan conmigo, las acompañaré a sus mesas y les presentaré a la persona que les explicará el funcionamiento de todo esto. Si tienen algún problema, no duden en acudir a mí.

      Salieron de aquella sala y observaron las oficinas en las que pasarían los próximos doce meses: varios grupos de cuatro mesas adosados entre sí, separados mediante paneles de unos cincuenta centímetros de altura. A primera vista, Berta creyó contar cinco grupos a la derecha y cinco grupos a la izquierda. Pasaron por el pasillo central hasta el último grupo de mesas de la izquierda. Dos mesas vacías las esperaban. Enfrente de ellas, sus nuevas compañeras, las dos mujeres de la sala del café. Tere no pudo reprimir una mueca de desagrado al verlas. El jefe les pidió que dejaran sus cosas allí y le acompañaran hasta el despacho del supervisor que se encontraba justo en el pasillo que tenían al lado.

      ─Bien, te presento a Berta y a Tere. Las dejo en tus manos. Instrúyelas bien.

      ─Señoritas, les presento a Alan, será su nuevo Supervisor.

      Al oír ese nombre, Berta se estremeció y notó un sudor frío que corría por su frente. Cerró los ojos un instante, allí estaba la imagen de su amiga y el correo de Alan. ¡No podía ser! ¡Era sólo una casualidad! Tenía que borrar eso de su cabeza.

      Alan se acercó a estrecharles la mano, primero le dio la mano a Tere y luego se la ofreció a Berta. Retuvo la mano de Berta entre las suyas un instante, que ella creyó que era una eternidad, mientras el jefe les indicaba que Alan era un genio en informática y marketing.

Soneto al escritor dormido

Historias regadas con savia de amor,
Mentiras, verdades y un poco de miel.
Poemas de fuego, latiendo en la piel,
Relatos cautivos, preñados en flor.


Retazos de vida que buscan calor;
Tus letras con alma, el hijo más fiel.
Batallas de tinta luchando con hiel,
Son sueños, es magia que causa dolor.


No pares, no olvides tu eterna pasión,
No cambies de rumbo, de nuevo al andar,
Escribe poeta, sin miedo a sufrir.


Es cierto, es dura la nueva lección,
Despierta y construye tu red en el mar,
No cierres la puerta que acabas de abrir.

   

El misterio de Lucía

Las palabras del profesor bailaban en mi cabeza, al son de una melodía diferente a la que se suponía debían hacerlo. Mi mente no era capaz de procesar la información recibida. Normalmente era un aliado de la Bioquímica Clínica, pero ese día mi cabeza estaba muy lejos de allí. Con la mirada ausente, clavada fijamente en los ojos de don Silverio, revivía, una y otra vez, lo ocurrido la noche anterior, sin poder evitarlo.

           María insistió en que le acompañase a visitar a Lucía porque vivía en las afueras y no quería ir sola, ya que a las seis de la tarde empezaba a anochecer. Yo tenía mi plan de estudios programado y aquella tarde tenía mucha materia para estudiar, pero finalmente, a regañadientes, acepté acompañarla. Su amiga llevaba varios días enferma y le había pedido que le llevase los apuntes fotocopiados, para no quedarse demasiado retrasada y no tener que perder el semestre. No sabíamos ciertamente qué dolencia padecía, pero carecía de importancia, éramos estudiantes de Primero de Medicina y nos sentíamos inmunes a las enfermedades mundanas.

           Nos abrió su madre, la noté cansada, unas ojeras grises rodeaban sus empequeñecidos ojos azules. La encontré pálida y muy delgada, como si un ciclón la hubiese arrollado a su paso. No pude evitar preocuparme por ella, la palidez podía ser debida al cansancio acumulado, pero su delgadez extrema rozaba la anorexia. Aquella mujer siempre había sido la envidia de todas las madres: ¡Siempre tan perfecta! Nos hizo unas preguntas de cortesía y nos acompañó hasta la habitación de Lucía.

           Se alegró mucho de vernos. Estaba sentada en su mesa de estudio, con su pelo rubio perfectamente recogido con una cinta y un conjunto de pijama, bata y zapatillas que parecía de cuento de niña. Tras unos besos eufóricos y unos abrazos grandiosos, nos invitó a sentarnos en el borde de su cama para charlar un rato con ella. Nadie hubiese dicho que estaba enferma, casi hubiese jurado que acababa de drogarse. Nos contó que todos los días, después de las doce de la noche sufría unos terribles dolores de cabeza y, por ese motivo, dormía de nueve de la mañana a cinco de la tarde. No habían descubierto aún el origen de su dolor, aunque se encontraba a la espera de los resultados de unas pruebas que le habían realizado.

           Salimos de allí a las siete de la tarde, acompañé a María a su casa y luego regresé a la mía, dispuesto a recuperar el tiempo perdido. Ambos vivíamos en la misma calle, así que sólo perdí una hora y media. No di importancia a nada de lo sucedido durante esa visita. Estuve estudiando un par de horas, baje a cenar con mis padres y mi hermana y, luego, tras una hora más de trabajo, me acosté para estar fresco al día siguiente.

           Eran las doce y cinco de la noche cuando sonó el móvil. Una voz familiar, casi inaudible, pedía mi ayuda. Era María. Estaba sola en casa, sus padres trabajaban por la noche. Me vestí rápidamente y bajé sigilosamente la escalera. No quería despertar a nadie, todo hubiesen sido preguntas. Ni yo mismo sabía qué le ocurría a María, pero tenía claro que ella no era de las que llamaban a esas horas de la noche, evidentemente se trataba de algo importante. Cogí la chaqueta y me acerqué a su casa.

          Una María fantasmagórica, con el pelo sembrado de canas, el contorno de ojos oscurecido y bastante más delgada, me abrió la puerta. La chica llena de energía y vitalidad que yo conocía, parecía haberse desvanecido.

           ─¿Qué te ha pasado María?

           ─A las doce he recibido una llamada de Lucía. Al ver su número en el móvil, he contestado rápidamente. Su voz sonaba extraña. Me ha dicho que había llegado mi hora y, como he sentido miedo, le he colgado. Luego, he ido al baño a lavarme la cara y me he visto así. Estoy asustada . ¿Qué crees que me ocurre?

           Su mirada suplicante parecía ampararse en mí, intentando que mi mente lograse dar una explicación lógica a aquel suceso extraño.

           ─No sé lo que te ocurre, pero lo vamos a descubrir. Anda, ponte algo de abrigo, nos vamos a casa de Lucía.

           Llamamos tres veces al timbre, eran las doce y cuarenta minutos de la noche y seguramente no esperaban visitas. Nos abrió su madre y, al ver a María, empezó a llorar. Sin mediar palabra, nos invitó a entrar.

           ─¿Y Lucía? ─pregunté mostrando mi disposición a hablar con ella, con o sin su permiso─. Creo que le debe una explicación a María. Le ha llamado al móvil para decirle una frase misteriosa y, tras ello, María, tal como puede ver, ha envejecido. ¿Por qué está pasando esto? ¿Lo sabe usted?

           Con la voz entrecortada y con cara de culpabilidad, la madre de Lucía se atrevió a contarnos su historia.

           ─Mi marido, en paz descanse, era guardia de seguridad de la familia Torres. Ellos son los dueños de esta casa. El abuelo Alfonso Torres lo apreciaba mucho. Cuando su hijo y su familia se trasladaron a la ciudad, en agradecimiento por los servicios prestados a la familia, puso la casa en manos de mi marido, para que nos trasladásemos a vivir aquí y mantuviésemos la vivienda en condiciones habitables. Lucía aún no había cumplido los dieciséis años. ¡Han pasado casi tres años y parece como si hubiesen pasado cien! El mismo día que Lucía cumplió los dieciocho años, mi marido falleció. Varios miembros de la familia Torres acudieron a presentarme sus respetos. El abuelo no pudo venir porque estaba recluido en un centro para enfermos mentales. Roberto, el nieto único de los Torres, me invitó amablemente a abandonar esta casa. Por supuesto, me sentí ofendida y le dije que no tenía corazón y que yo no estaba dispuesta a dejar la casa hasta el año dos mil quince, tal como figuraba en el contrato firmado con su abuelo, pero él me miró fijamente y me dijo que me arrepentiría de tomar esa decisión. Antes de salir de la casa, con voz extraña, se dirigió a Lucía y le advirtió que su hora había llegado. Aquella frase, que sonó a maldición, me dejó la sangre helada.

           »Ese mismo día, Lucía empezó a tener unos terribles dolores de cabeza todas las noches. Acabó durmiendo por el día. Solo parecía encontrarse bien de las cinco de la tarde a las doce de la noche. Varios neurólogos han acudido a mi llamada y han estudiado su caso, pero ninguno ha sido capaz de encontrar sentido a lo que le sucede. Desesperada, llamé a un teléfono de los que aparecen en televisión, no creo en brujerías, pero ya no sabía qué hacer. La médium que respondió mi llamada, dijo que un aura maligna rodeaba la casa en la que vivíamos y que estaba cebándose en mi hija. La invité a visitarnos para que pudiese ver personalmente a Lucía. Dijo que un ser extraño hibernaba en su cuerpo y sólo la energía positiva de otra mujer podía evitar que esa presencia despertase definitivamente y Lucía desapareciese para siempre. Me esforcé hasta el infinito en transmitirle vibraciones positivas, pero cada día que pasaba notaba que mis fuerzas menguaban y envejecía más. Fui yo la que le aconseje que te llamase y te pidiese los apuntes, creí que un solo día a su lado no podría hacerte demasiado daño y yo podría recuperarme un poco, pero me equivoqué. Lo siento mucho María, perdóname.

           ─María, será mejor que nos vayamos, creo que no debimos venir aquí. Puede que esta casa esté verdaderamente embrujada. Anda, vámonos.

           Nos levantamos del sofá y nos dirigimos hacia la salida pero, algo en mi interior, me decía que yo no debía tener miedo. «¿Y si era yo quien podía solucionar aquel misterio?».

           ─¿Puedo hablar con Lucía? ─le pregunté a su madre.

           ─Ahora sufre una de sus crisis, no sé si querrá verte.

           ─Me verá, quiera o no quiera.

           Subí a la habitación de Lucía y la encontré acostada en la cama, con los ojos abiertos como platos.

           ─Lucía, ven conmigo. Salgamos de aquí.

           ─No me siento bien, lo siento, no creo que pueda levantar mi cabeza de esta almohada. Siento como si una losa estuviese aplastándome el cerebro y no puedo moverme. No me deja pensar con claridad ¿Qué haces tú aquí?

           ─Después de que llamases a María, hemos venido a pedirte explicaciones.

           ─¿Qué dices? Yo no he llamado a María, cuando estoy así no me apetece hablar. Tampoco me apetece ver a nadie, vete, déjame en paz.

           Me acerqué a ella para cogerla en brazos y llevármela de aquella casa, pero noté que algo me lo impedía. Si verdaderamente habitaba en ella una presencia extraña, estaba intentando imponerse por la fuerza. Me dirigí a ese interlocutor invisible para obtener la información que necesitaba conocer:

           ─Mira no sé quién eres, ni lo que eres, pero sé que estás ahí, dentro de Lucía. No sé porqué absorbes la energía vital de las mujeres que te rodean, ni sé hasta qué punto habrás dañado a esta joven, pero, al menos, merecemos una explicación. ¿No crees?

           Comprobé que Lucía parecía ausente y sus ojos se enrojecían al tiempo que sus pupilas se dilataban. Un instante después, una voz extrañamente parecida a la suya, me contestaba.

           ─¿Quién eres tú? ¿Por qué quieres ayudar a estas mujeres?

           ─Sólo soy un amigo. ¿Y tú? ¿Quién eres?

           ─Soy la nieta de Alfonso Torres, Lucía, la hermana gemela de Roberto. Fallecí accidentalmente en esta misma casa, cuando tenía dieciocho años, y mis padres decidieron irse a la ciudad con mi hermano. Mi abuelo ofreció esta casa a la familia de Lucía para mantenerla cuidada y habitable, aunque nunca pudo superar mi muerte. Despechado por el sufrimiento de haber perdido a su nieta favorita, decidió ofrecer su alma a los espíritus del más allá a cambio de mi resurrección. Y sí, recibió respuesta a su ofrecimiento, regresé del cálido lugar donde me hallaba para habitar el cuerpo de Lucía, una joven de dieciocho años, con mi mismo nombre que vivía en esta misma casa. Ella es fuerte y me ha presentado batalla desde el primer día.

           ─No puedes aniquilar a Lucía, ni apoderarte de su cuerpo. Este no es tu lugar, debes regresar a donde perteneces.

           ─No puedo, lo siento. Yo no quise participar en esta batalla, me han obligado. Esto es algo entre ella y yo, no puedes impedirlo.

           ─Y ¿Por qué atacas a las mujeres que te rodean?

           ─Noté que cuando existía un contacto entre Lucía y su madre, una parte de la vitalidad de su madre me hacía más fuerte a mí. Y así, fue como, día a día, le fui robando las fuerzas, para poder luchar contra su hija.

           ─¿Y María?

           ─Fue más sencillo, un solo abrazo entre amigas fue suficiente para poder absorber gran parte de su energía. No era mi intención hacerle daño a ella, sólo se trata de un instinto de supervivencia.

           ─Pero sólo te ocurre con mujeres, a mí no me ha pasado nada ¿Por qué?

           ─Supongo que debe ser por mi condición femenina. El único hombre al que puedo manipular es a mi hermano. No tengo opciones, debo ganar o no sé qué será de mí.

           ─Y si te rindieses. ¿Crees que no podrías volver al lugar del que has venido?

           ─No lo sé. Lo que hago es instintivo, algo me empuja a hacerlo. No puedo dominarlo.
  
           ─Ríndete, deja vivir a Lucía su vida. Tú ya viviste la tuya.

           ─¿Y mi abuelo? ¿En qué lugar quedaría su alma?

           ─No pienses en él ahora, creo que perdió su alma el mismo día que te perdió a ti.

           No sé si fueron mis palabras o qué fue, pero un silencio sepulcral invadió la estancia y una calma infinita pareció poseer el cuerpo de Lucía. Sus parpados se cerraron y quedó sumida en un plácido sueño. Bajé al salón y les conté a su madre y a María lo sucedido.

           Subieron a verla y decidieron no despertarla en ese momento. María y yo, preferimos esperar sentados en el suelo de su habitación, apoyados el uno en el otro. Su madre, se recostó en la butaca del tocador de su hija.

           Eran las seis de la madrugada y un rayo de luz asomaba por la ventana. Me desperté y comprobé que Lucía se encontraba sentada en la cama, observándonos en silencio.

           ─Buenos días Lucía, ¿Cómo te encuentras?

           Al oírme hablar, su madre y María se despertaron.

           ─Muy bien. No me duele la cabeza y siento como si me hubiesen quitado un peso de encima. Gracias por estar a mi lado. Creo que ahora todo irá bien. Lo presiento.

           Su madre se acercó a abrazarla y estuvo pegada a ella más de cinco minutos. Vimos como retornaba el color rosado a sus mejillas y el contorno gris de sus ojos desaparecía. Supuse entonces que lo de su delgadez tendría también solución, aunque fuese un poco más espaciada en el tiempo.

           Lucía soltó a su madre, se levantó de la cama y dio un fuerte abrazo a María. El mismo efecto se produjo en mi amiga, y aquellas canas que poblaban su cabeza empezaron a desaparecer.

           Nos despedimos de ambas y regresamos a nuestras casas, sólo teníamos dos horas para descansar antes de ir a la Facultad de Medicina. Aquel día descubrí que la ciencia no puede explicarlo todo.