Finalista en Radio Castellón: Semana del 13 al 17 de febrero

Acabo de saber que esta semana he sido finalista en el concurso semanal de microrrelatos de la Cadena Ser. Con la frase: Si miento, ¡Que ahora mismo me parta un rayo!

Si os apetece, podéis leerlo accediendo a  www.radiocastellon.com, en la sección Participa, en el apartado microrrelatos ganadores. 

Si preferís escuchar el programa, está disponible en la sección Audio. Ha sido emitido hoy, día 17, en Hoy por hoy Castellón, unos veinte minutos antes de emitir Hora 14 Castellón.

Gracias por estar ahí y seguir leyéndome.

Sentimientos de soledad

Sin ti,

El mundo se me hace pequeño
y me sienta grande la vida.

                      Sin ti,
                           Mi esencia no tiene sentido
                           y mi buque parte sin guía.

Sin ti,
Mis largas noches son eternas
y mis venas están vacías.

                                     Sin ti,
                            Todas las canciones son frías.

Sin ti,
Vivir es quedarme sin vida.



(1987)

Carta de amor

                                                                                                    14 de febrero

Cariño,

Te escribo estas letras, esperando que puedas leerlas, porque algunas palabras no brotan en mí todos los días y tú das por hecho que no son necesarias. Pero no es así.

           Sabes que te quiero y sé que tú me amas, pero no voy a enmudecer mis sentimientos, me resisto a pasar un año más sin sentirme afortunada.

           Sí, ya sé que no somos de celebraciones: anti-aniversarios, anti-san Valentín. ¡Anti-tantas cosas!…

         ¿Recuerdas cuando nos conocimos?  Raro era el día que no celebrábamos algo. Sí, atrás quedaron aquellos días, en los que estar juntos  ya era una  gran fiesta.

           ¿Nostalgia? Quizás.  

           Veinticinco años han pasado desde que te conocí y ni siquiera lo recordaste. Sí, el diecinueve de enero ¿Ahora caes?

           Eras la persona más cariñosa que había conocido. Y yo, una romántica empedernida. ¿Qué nos pasó?

           Sé que en algún rincón de nuestro corazón siguen escondidos aquellos jóvenes enamorados que lucharon por estar juntos toda la vida.

          Sólo quiero decirte, Te quiero. Gracias a ti, me siento afortunada.

             Esta noche, dejaré esta carta en tu mesilla, fingiré que sólo es otro 14 de febrero que no tenemos nada que celebrar, pero sé  que cuando la leas, ese joven enamorado me vendrá a buscar.



           Feliz San Valentín.




AL FILO DEL TABURETE

El rechinar de dientes lo delataba. Pretendía ignorar la pesada soga adherida a su cuello y salir airoso de aquella pesadilla que lo torturaba, pero la realidad se empecinaba en recordarle que era él, y no otro, quién se hallaba en tal camisa de once varas. Pocas horas antes, se ofreció para acompañar a Luis a cobrar una deuda de juego. Pensó que su corpulencia intimidaría al individuo que iban a visitar y zanjarían sin problemas la situación. Aún retronaba en su cabeza la gran risotada de aquel hombrecillo cuando fue instado al mencionado pago. Su numerosa familia acudió a la llamada y rápidamente les dejó inmovilizados. ¿Quién le mandaría ser tan fanfarrón? Sí, la cuerda estaba apretada, su vida en manos de otro, el miedo calándose hasta los huesos. Una orden marcó el fatídico desenlace que iban a presenciar en primera persona. Se sentía pequeño, indefenso e inmóvil. La suerte estaba echada. El destino se burlaba de él. Al taburete que tenían bajo los pies, de madera maciza, le quitaron dos de las cuatro patas. Ahora era un equilibrista. Su vida dependía de ello. Si fallaba, moriría ahorcado.

Le he hecho caso

En un bar de Castellón,  Juan le cuenta a alguien qué le ha ocurrido esa misma mañana.

─Estaba en el andén de la estación y un tío  se ha acercado y me ha saludado. ¡Claro! En ese momento, ante la duda, le he seguido el rollo. Pero al pedirme que fuéramos a tomar unas cañas,  le he dicho que estaba en el paro y no tenía un puto duro. Ahí, se han acabado las tonterías. Por lo visto, ese circo le funciona a veces y consigue que le inviten a una caña y un pincho de tortilla. El hambre siempre le espabila a uno, ya se sabe. Me ha aconsejado que yo hiciera lo mismo. Así que yo, le he hecho caso.

─¡Ya! ─contesta secamente su airado interlocutor.

Juan, desde la mesa, observa  cómo  paga al camarero y se va con viento fresco.

Imagino

           ─Imagino el mal trago que debió pasar Rosa cuando la conserje de la Casa Mayor le espetó con sorna que, o esa amiga que la visitaba todos los días se afeitaba el frondoso bigote que lucía en la cara, o tendría  que realizar una llamada a sus padres indicando tal circunstancia, ya que las normas de decoro y honra de la Casa prohibían terminantemente las visitas masculinas en las habitaciones de las féminas que allí moraban.
           ─¡Vaya trago! Pues yo prefiero no imaginar la cara que pondría Matilde cuando Rosa le pidió que se afeitase el bigote.

Cachitos de Amor

 El Amor, ese extraño escondido en algún rincón del alma.

           Nos persigue incesante hasta atraparnos en sus amplias redes. Nos atonta, nos alegra, nos hiere, nos inflama, nos amarga, nos aturde, nos adula, nos incita y nos atrapa. ¡Ay, amor, amor! Sin ti ¿Qué sería de este mundo?

           Un motor que nos guía, una razón poderosa para seguir con vida. Así nos lo muestra Francesc Barberá en su relato ganador «El Ahorcado». La fuerza concentrada en cada letra y cada silencio lo convierten en una Oda al Amor en tiempos de desamor. Enhorabuena Francesc.

          Cachito a cachito, en este libro encontramos, trescientas historias escritas con el corazón que embelesan al lector, inyectándole irremediablemente el frenesí del amor.

           Ha sido vestido con portada de lujo por Santi Vidal Vallejo, e ilustrado con obras de arte de la mejor categoría. Arte creado por los GRANDES niños artistas de la Fundación Borja Sánchez. Para todos ellos, nuestra mayor ovación.

           Me alegra pensar que un cachito de mi corazón está unido al de otros tantos. Creo en el amor y sé que Siempre será rojo carmesí.

           «Cachitos de Amor» es el fruto del I Concurso de microrrelatos románticos realizado por ACEN (Asociación Cultural de Escritores/as Noveles), un libro cuyos beneficios serán donados a la Fundación Borja Sánchez para su destino al fomento de la lectura entre los niños y niñas con parálisis cerebral.

          Ya a la venta, desde el 1 de febrero, en la librería Argot de Castellón. Por cierto, ya hay un ejemplar en la Biblioteca de Chilches, por si queréis leerlo.

Ganadora en Radio Castellón: Semana del 23 al 27 de enero.

Acabo de saber que soy la ganadora de esta semana en el concurso semanal de microrrelatos de la Cadena Ser. Soy feliz, no lo esperaba. Son muchos los que participan y muy buenos los trabajos que allí presentan.

Si os apetece leerlo, podéis verlo vosotros mismos en www.radiocastellon.com, en la sección Participa, en el apartado microrrelatos ganadores.

Si preferís escuchar el programa, está disponible en la sección Audio. Ha sido emitido hoy, día 27, en Hoy por hoy Castellón, unos veinte minutos antes de  emitir Hora 14 Castellón.

Gracias por estar ahí y seguir leyéndome.

Aquí os dejo el micro que envié:

"Sígueme, le dijo aquella voz sin rostro que le acompañaba. Algo en ella le resultaba familiar y recordó aquellas tardes de párvulo dibujando garabatos a la sombra de una morera. Siempre llegaba a casa lleno de arañazos, desgreñado y sucio hasta las orejas. Su madre estaba harta de él. Las historias le volvían a la mente y sentía renacer aquel niño que albergaba en su interior.

El calor de una luz de grandes dimensiones se desparramaba por su cara, tenía que volver al presente, el interrogatorio volvía a comenzar. Lástima no tener treinta años menos para poder subirse a los árboles y criar gusanos de seda. El presente no auguraba nada bueno, seguro que serían treinta años a la sombra,  pero no de una morera."

Súplica de medianoche

Era noche cerrada y la lluvia caía feroz sobre su piel desnuda. Desconocía cómo había llegado hasta allí y había terminado en esas condiciones.

           Únicamente recordaba que había salido de casa después de la cena, para ir a la farmacia de guardia más cercana y comprar el antitérmico para su hija. También, que suplicó al cielo no tener que pasar otra noche en Urgencias por culpa de la dichosa fiebre de la niña, cualquier cosa, menos eso.  Su mujer, Marga, se había quedado con la criatura. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde entonces? ¿Estarían bien? Ni siquiera le habían dejado el reloj. Estaba claro que alguien le había agredido y le había robado el vehículo, la ropa y todas sus pertenencias.

           Sentía un agudo hinchazón en su labio inferior, rastro de magulladuras por todo el cuerpo y el sabor férreo de un fino hilo de sangre que caía desde la nariz y alcanzaba sus papilas gustativas. Tenía frío, estaba mojado y  no sabía dónde se encontraba. ¿Por qué no podía recordar nada? ¿Por qué narices le habían quitado también la ropa? ¡Si sólo era un chándal, Dios!

           Unas luces en la lejanía y el sonido de coches circulando a toda velocidad, le  alertaron de la existencia de una carretera a la que podía intentar llegar. Completamente desnudo no, no podía ir así. Buscó por los alrededores, esperando encontrar algún plástico o algún cartón que pudiera servirle como vestimenta.  ¿Qué posibilidades había de que alguien parase su vehículo para ofrecerle ayuda? Quizás nadie parase y tuviese que caminar hasta la ciudad más próxima, una vez allí se dirigiría a la Policía Local para explicar su circunstancia y presentar la correspondiente denuncia. Con un poco de suerte, Marga acudiría pronto en su ayuda y todo habría finalizado. ¡Allí estaba! Encontró un periódico grasiento, seguramente antiguo envoltorio de algún bocadillo. Las hojas apelmazadas, por la combinación de la grasa y el agua de lluvia, le sirvieron  de faldilla protectora y le devolvieron un poco de dignidad. No era mucho, pero era más que nada.

           Alcanzó la carretera. Muchos coches pasaron de largo sin reparar en su presencia, otros le pitaron enfurecidos esquivándolo  para no atropellarle. Bajo aquella lluvia incesante, ninguno parecía tener la más mínima intención de parar.  Caminando, acudió a su mente la súplica que le hizo a Dios aquella noche, ahora casi hubiese preferido pasarla en Urgencias. Debió llevar a su hija directamente allí, en vez de ir a la búsqueda de un medicamento que seguramente no serviría para bajarle la elevada temperatura que tenía. Realmente, lo único que pensó fue en el fastidio que le supondría pasar varias horas en el hospital y perderse el partido de fútbol. Se sentía profundamente arrepentido por haber deseado aquello. Renovó su súplica, esta vez en favor de su hija, deseando con toda su alma que la fiebre hubiese remitido. Cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, su mujer le miraba sonriente con la niña durmiendo en sus brazos.

           Estaban en Urgencias, la fiebre había cesado y él se había quedado dormido en la sala de espera. El partido hacía un par de horas que había terminado y nadie supo darle el resultado.         

Sonido de tambores

Su temblorosa mano se resistía a introducir la llave en el bombín de la puerta, la noticia recibida la había dejado sin aliento. Aquella oscura mañana había estado en la consulta del doctor Ramírez, un afamado neurólogo que le había recomendado su oftalmólogo. Regresó a su casa caminando lentamente, respirando despacio, intentando digerir cada una de las palabras escuchadas, mientras asistía obligada al más grandioso desfile de tamboradas. La palidez de su cara anunciaba el trágico desenlace que la esperaba.

           Con el tiempo, sus dolores de cabeza se habían incrementado y no le resultaban tan llevaderos. Sus migrañas y sus neuralgias nacieron durante la pubertad y casi había aprendido a vivir con ellas. Dos visitas al neurólogo en plena adolescencia le resultaron suficientes para convencerse de que no debía volver a visitarlos. Sin hacerle ninguna prueba, le recetaron relajantes musculares que la adormecían tanto que no era capaz de articular palabra y la anulaban como persona. Así no podía ser una joven normal. Descubrió la aspirina y el alivio temporal que sus efectos le producían. El ácido acetilsalicílico era un vasodilatador que la ayudaba a sobrellevar aquellas molestias. De la úlcera, tuvo que encargarse siendo ya adulta, pues nadie le había explicado que tomar seis comprimidos cada día resultaba demasiado agresivo para su estómago. 

           Una consulta al oftalmólogo la puso sobre aviso, había detectado algo extraño en el fondo de su pupila y la visita al neurologo resultó ineludible. El día anterior le habían realizado una resonancia magnética y una serie de analíticas ordenadas por el doctor, rutinarias, según dijeron. La enfermera le comentó que seguramente tardaría un mes en conocer los resultados de todo aquello y que no debía preocuparse en absoluto, ya que normalmente las migrañas eran producidas por causas psicosomáticas. Aquella mujer la tranquilizó. Llevaba tiempo con aquellos dolores de cabeza, toda su vida quizás, pero había entrado en la etapa premenopaúsica y sus neuronas se habían empeñado en hacerle la vida aún más imposible, simplemente eso, estaban volviéndose unas viejas gruñonas. Cada día, las neuronas de su cerebro aporreaban su cráneo sin piedad. 

           Ella era fuerte y activa, realizaba ejercicio, seguía una dieta sana, no tomaba alcohol, ni cafeina, ni tabaco, ni chocolate. Casi parecía que había hecho un pacto con sus neuronas, de modo que si ella se portaba bien, ellas la dejarían vivir más o menos en paz. Sabía que esos dolores eran difíciles de controlar en el periodo premenopaúsico y tenía que superarlos fuera como fuese.

           La inesperada llamada de aquella mañana la dejó desconcertada, el doctor Ramírez había requerido que acudiese a su consulta sin cita previa, lo antes posible. Llamó al trabajo para indicar que tardaría un poco en llegar. Nadie le pidió explicaciones, eso era lo bueno de ser la jefa.

           Gozaba de buen humor pese a sus recurrentes migrañas, tenía buenos amigos que la apreciaban y comprendían que un sábado les diese plantón porque estaba acostada en cama sin poder abrir los ojos ni oír ningún sonido. Lo de sus migrañas y neuralgias era de conocimiento público, nunca lo había ocultado, tampoco hubiera podido.

           La expresión circunspecta del doctor Ramírez le dejó helado el corazón. Tomó asiento y le miró fijamente a los ojos. Él estuvo mucho tiempo hablando con ella, explicándole detalles, animándola, ofreciéndole cifras, incluso mostrándole estadísticas sobre resultados favorables obtenidos con los tratamientos que ella iba a iniciar. Por un momento, le pareció que otro ser se hallaba frente al doctor, que no era ella, que su yo había desaparecido. Aquella conversación no estaba teniéndola con ella, sino con otra persona. Quería huír, creer que todo era una burda mentira, un fallo en la conexión de alguno de los circuitos de su vida, que aquello no iba con ella. Pero no era así. La pesada realidad presionaba sus hombros clavándola aún más en aquella silla, obligándola a escuchar una extraña historia que no quería conocer, una nueva vida que no quería empezar. 

           Regresó a su casa, logró abrir la puerta y se dirigió a su habitación, cerró la ventana y se puso el chándal, ése era un buen momento para tumbarse en la cama, quizás de ese modo, esa maldita banda de tambores instalada en su cabeza la dejaría descansar.         

ACEN: Unos Reyes solidarios

He participado en el I Concurso de Microrrelatos Románticos ACEN (Asociación Cultural de Escritores Noveles), y el  6 de enero, he recibido un inesperado regalo de Reyes: el microrrelato que había enviado se encuentra entre los seleccionados.


           Entre los aproximadamente setecientos microrrelatos recibidos, el jurado  ha seleccionado  diez finalistas y unos doscientos noventa microrrelatos más que aparecerán juntos en el libro "Cachitos de amor".

           Los beneficios de la venta de este libro irán destinados a realizar actividades de lectura para niños y niñas con discapacidad, que se gestionarán a través de la Fundación Borja Sánchez. "Cachitos de amor" estará ilustrado con los dibujos que hicieron los nenes de la Fundación en los talleres que realizó ACEN gracias a los beneficios obtenidos de la venta del libro "Bocados sabrosos". También encontraréis en el interior del libro algunas fotos de la realización de estos talleres, donde se puede apreciar lo bien que se lo pasaron los peques dibujando.

           Por el momento, el libro sólo se podrá adquirir a través de la librería Argot de Castellón (www.argot.es), donde el viernes 10 de febrero a las 19h tendrá lugar la presentación de “Cachitos de amor”. En la presentación contaremos con la presencia de todos/as peques que han ilustrado el libro, se leerán algunos microrrelatos y disfrutaremos de varias sorpresas para pequeños y mayores. Por supuesto está todo el mundo invitado!

           Por cierto, el lunes 16 de enero se publicará el microrrelato ganador en la web de ACEN. ¡Mucha suerte a los 10 finalistas!

           No importa si mi nombre no figura entre los diez finalistas, lo que importa es que el microrrelato que envié para participar en este concurso ha sido uno de los que también aparecerán en el libro "Cachitos de amor". ¡Eureka! Como suele decirse, por algo se empieza. 

           Dado que los beneficios de la venta serán destinados a una causa solidaria, desde aquí os animo a la adquisición de este libro  en la librería Argot de Castellón. La lectura de los microrrelatos románticos es un método saludable para mantener en forma nuestro corazón.

           Si tenéis curiosidad, podréis descubrir cuál fue el microrrelato que presenté a este concurso.


Adiós 2011- Hola 2012

Otro año que pasa de largo. Si hiciese un repaso de este año, seguramente me vendrían a la cabeza varias cosas buenas y muchas cosas malas, y  suspiraría pensando en esos días buenos que pasaron y nunca volverán. Pero no, no estoy dispuesta a ponerme triste, eso no va conmigo. Prefiero recordar alguno de esos momentos especiales que me ha regalado el 2011.
         
           Este año nuestra peña de amigos ha vuelto a ser la que era, la que siempre fue, "Els de sempre". La traducción del valenciano al castellano sería "Los de siempre". Nuestra peña nació en  1966. Sí, ya hace unos años, toda una vida, cuando nuestras madres nos paseaban en su brazo. Aquellos bebés crecimos, acudimos a la misma escuela elemental y, pese a tomar distintos derroteros, a partir de ese momento, decidimos que siempre permaneceríamos unidos. Diez amigas y un amigo. Felipe nos dejó hace unos años, pero su risa y sus chistes nos acompañarán siempre. La peña pasó un periodo gris pero el recuerdo de una ilusión compartida volvió a reunirnos y las risas tronaron otra vez en nuestros corazones. Ya en 2010 tuvimos un buen año para recordar, el 2011 ha sido doblemente mejor. Pidamos pues, al 2012, que supere al anterior. Juntos vamos a despedir este año y juntos daremos la bienvenida al año nuevo.
           Otro suceso especial para recordar ha sido mi primer cambio de continente. Hemos viajado hasta Oriente Próximo,  y hemos visitado Turquía. Como deseo personal le pediré al 2012 que me deje seguir viajando.

          Después de mucho tiempo sin realizar ejercicio físico, decidí que 2011 bien merecía una oportunidad y me apunté al gimnasio. Sigo pensando que no pesan los años, sino los kilos.  Tras tres meses de actividad moderada, un problema en el pie me mantuvo alejada de allí seis meses, pero  tras las vacaciones regresé con más ganas y  más entusiasmo. Os diré que pese a mi inconstancia en esta área, este año comencé sudando la camiseta y lo pienso terminar igual si nada me lo impide. Esta es otra buena cosa que recordar y mi propósito será continuar con ella durante 2012.

           Además, he reencontrado viejas amistades, ese es el caso de mi amigo Didier, que después de treinta años contactó conmigo a través del face. Y es que la distancia no siempre es el olvido, a veces sólo es una pausa. Otro punto más para 2011. Le pediré más reencuentros especiales al próximo año. Sigo teniendo amigos en estado de "pausa" que me gustaría reencontrar.  Y ¿por qué no? Puestos a pedir, me gustaría también encontrar nuevos amigos.

  ¿Habéis visto la película El Diario de Bridget Jones? Bien, pues cualquier parecido con ella es pura coincidencia. Jajajajaja

          De corazón, os deseo un Feliz año 2012

Condolencias


Todas las nochebuenas deberían ser felices, llenas de alegría y de amor, para poder compartirlas en familia. Todas deberían ser así, pero no siempre lo son.

Esta nochebuena he acompañado a mi marido a dar el pésame a un compañero y amigo. Había fallecido su padre. Era una muerte esperada quizás, necesaria seguramente, pero más triste, sin duda alguna, si pensamos que era un día señalado para ser felices compartiendo los lazos familiares, reviviendo la ilusión de la Navidad junto a los hijos y los nietos.

En esta ocasión, los lazos familiares, más estrechos que nunca, más unidos que cualquier otra nochebuena, no eran fruto de la felicidad propia de estas fechas, sino del lloro respetuoso del alma, del silencio del recuerdo y la amargura de la ausencia.

Sombra en el rostro amigo, llanto en su corazón, triste nochebuena sin celebración.

«Es ley de vida, unos tiene que morir para que otros puedan nacer». Una frase en sus labios, que queda marcada a fuego en nuestros corazones. Admirable serenidad difícil de igualar.

Nuestras más sentidas condolencias, Luis.

Fotos para el recuerdo (2)

Viaje en globo sobre La Capadoccia (Turquía) Septiembre-2011



Es difícil explicar cómo puede sentirse alguien plácidamente mecido por las nubes en un idílico viaje en globo sobre la Capadocia.

           Os diré que la buena compañía es un factor determinante.  Nos aventuramos a realizar aquella travesía acompañados de nuestra amiga Arantza, intrépida viajera que conocimos hace unos años en Portugal y se ha convertido en una de nuestras mejores amigas y compañeras de viajes.

           Ver amanecer ante tus ojos y extasiarte con la explosión de colores anaranjados y amarillos que te rodean, es algo fascinante. Te deslumbras fácilmente con los juegos de luces y sombras y tus ojos sienten renacer el sentido de la vista, intentando captar el máximo ángulo posible, sin desperdiciar ninguno de esos pequeños regalos que la naturaleza nos ofrece.



           La experiencia es sin duda inolvidable, desde el principio hasta el final. Tuvimos la suerte de encontrar un día perfecto, sin pizca de viento, con la temperatura agradable y con un conductor experimentado que hizo de nuestro viaje un paseo entre las nubes.

           La belleza de ese paisaje volcánico, repleto de formas caprichosas que se enorgullecen de mostrar las heridas de su pasado, resultaba mágico.

           Observar el inflado de los globos, entrar en la cesta en la que vas a permanecer durante un par de horas, escuchar las comunicaciones por radio entre los tripulantes de los globos, tomar altura, descender, volver a tomar altura, rozar las nubes, tocar los picos de los montículos, coger las ramas de los árboles, soltarlas, realizar miles de fotos, algún video también, pensar que ha valido la pena levantarse a las cuatro de la madrugada, comprobar que estás a punto de descender, a un metro sobre el suelo, te arrastran hasta la camioneta, te dejan allí sobre ella, te hacen esperar, desinflan el globo, lo doblan cuidadosamente, anclan bien la cesta en la camioneta, te dejan bajar. Sensaciones guardadas en el corazón que no olvidaré jamás.



Todo fue muy bien, la compañía nos ofreció un brindis antes de concedernos los diplomas que acreditaban nuestro viaje en globo. La foto, otra foto, un apretón de manos. Algo nuevo que contar.

FELIZ NAVIDAD

Nuevamente llega la Navidad. Recibámosla con alegría y con ilusión.

           Son tiempos para regalar amor, desear paz y lograr felicidad.

           Me encantan estas fiestas tan entrañables. De nuevo en familia. De nuevo con los amigos.

           Muchos regresan a casa por Navidad y se producen reencuentros muy especiales.

           Las reuniones en la mesa también son diferentes, no por los manjares que puedan ofrecerse para celebrar la fiesta, sino por el calor familiar que nos envuelve. Esas risas, esos villancicos, esos besos esperados,... Pocas son las oportunidades que tenemos de vivir estos momentos juntos, aprovechemos la ocasión, vivamos las Navidades en familia y celebremos el regalo de vivir.

           De corazón os deseo ¡FELIZ NAVIDAD!

A cuestas con la vida

Miró el reloj, faltaba poco para que sonara. Otro día más en su anodina vida, un suma y sigue que nunca cesaba. Nada en su insulsa existencia merecía la pena. Se sentía como una lombriz bajo tierra, asomando su cabeza raras veces sobre la superficie. Casa, trabajo, trabajo, casa, casa, trabajo, trabajo, casa.

           Se quedó solo hacía años, cuando su madre falleció de una pulmonía. Nunca se preocupó por encontrar pareja, pensó que no la encontraría. Ahora, se arrepentía de no haber intentado esa búsqueda durante sus años de juventud. A sus cincuenta años, obeso, canoso y feo, se sentía viejo, sin ganas de nada, cansado de vivir.

           Sus compañeros de trabajo se pasaban el día hablando de cualquier cosa, sus salidas de fin de semana, sus vacaciones, sus peleas con los hijos, la eterna guerra con el fútbol... incluso se enzarzaban, en ocasiones, a discutir sobre política. Manuel siempre era un mero observador. No encontraba nada en su vida digno de contar. ¿Qué podía contar él si con sus ciento treinta kilos no podía ni subir a la escalera para compartir la conversación, cara a cara, con ellos? Llevaba tiempo relegado a trabajos secundarios, incluso pensaba que su jefe le había encomendado aquellas tareas porque sentía pena por él.

           Aquella mañana le ocurrió algo inesperado, al salir de su portal, tropezó sin querer con una mujer que miraba despistada dentro de su monedero. Las monedas saltaron por el aire, tuvo que ayudarla a recogerlas y se disculpó con ella por tan infortunado incidente. Pero, lejos de enfadarse con él, comenzó a reirse cogiéndose la barriga.

          ─Ay, ay, pero hombre ¿Cómo se disculpa? Si la culpa es mía, por andar buscando las monedas para el café antes de llegar a la cafetería. No se preocupe, que no me he caído yo, el que se ha caído es el monedero. Y ya ve, llevaba solo calderilla.
           ─Lo lamento muchísimo, he salido sin mirar.¿Le he hecho daño? ¿Seguro que lo tiene todo?
           ─No me ha hecho ningún daño. Sí, ciento tres pesetas en monedas, exacto ─dijo volviendo a meter sus ojos en el fondo del monedero─ Mire, como me ha caído usted bien, si quiere, le invito a un café. No se preocupe, en la cartera llevo un billete de cien. Un día es un día. ¿Qué le parece? 

           Manuel estaba perplejo, era la primera vez que alguien le invitaba a algo. No podía rechazarlo. Aún quedaba una hora para empezar su jornada, por un día que llegase puntual, no pasaría nada. Se fijó en ella, aún no la había visto bien. Tenía unos ojos chispeantes que irradiaban felicidad  y embellecían aquella cara redondeada que le miraba. ¿Eran verdosos o eran pardos? Se fijo en su cuerpo. También estaba bien entrada en kilos, seguramente rozaría los cien, pero los llevaba muy bien, sabía elegir bien la ropa. Se presentó como María, le dio la mano. ¡Qué piel tan suave! Un poco sudada, quizás. ¿Por qué la veía tan feliz y él no podía sentir lo mismo? Tenían el mismo problema con los kilos.

           ─¡Vamos! Es la cafetería de la esquina. Hacen un café estupendo. Prefiero tomarlo aquí, el del trabajo es un asco. Esas máquinas que nos ponen dan un café que sabe a rayos y centellas.
           ─¿Trabaja por aquí cerca? Si no le molesta que se lo pregunte ─se excusó Manuel.
           ─Mira Manuel, hablame de tú, no me hagas más vieja de lo que soy.
           ─No, por favor, no me mal interpretes, era simplemente por educación. Te tutearé, no me pareces vieja en absoluto.
           ─Bien, pues sí, trabajo dos calles más arriba, en la plaza Alfonso XIII, soy modelo de catálogo de ropa XL ─le entró la risa al ver su cara de asombro y se la contagió─ Sí, tonto, no te rías, que tú también podrías ser modelo XL.
           ─No, no, no me estoy burlando, no ─dejó de reirse en el acto─. Me has contagiado con tu risa. Me parece un trabajo muy digno. Yo no podría hacerlo porque, entre otras cosas, soy demasiado feo, en cambio tú, eres muy guapa.
           ─Ya sé que no te burlabas, hombre. Gracias por el piropo. Sí, el trabajo está bien, es limpio, no te cansas, te dan ropa que te sienta muy bien. En fín... que te puedo contar. Y tú, ¿Trabajas cerca de aquí?
           ─Sí, en la misma plaza que tú. Bueno, allí están las oficinas, luego nos mandan de aquí para allá. Soy electricista, bueno, ahora, más bien, conductor y ayudante de mis compañeros. Hace tiempo que no puedo subir a una escalera. Con mis kilos, ya ves. Mi jefe es un trozo de pan, por eso sigo ahí. Si no fuese por él, estaría en la cola del INEM, viéndolas venir.
           ─Hace un par de meses que vivo aquí, abrieron las  nuevas oficinas y me resultaba más barato pagar un alquiler que pagar los billetes de avión. Soy de  Barcelona. Siempre andamos liados con algún catálogo de ropa. ¿Tú eres de aquí?
           ─Sí, toda mi vida he vivido aquí, en el portal donde hemos tropezado. Este café es buenísimo, tenías razón.
           ─Yo vivo sola, aún no conozco a nadie por aquí, ¿Y tú?
           ─Sí, también vivo solo y no creas que conozco a mucha más gente que tú.
           ─Yo entro a las ocho y media ¿A qué hora empiezas tú?
           ─A la misma hora.
           ─¿Qué te parece si tomamos café juntos aquí todos los días?
           ─Bien, por mí no hay problema. Me gusta el café y me gusta tu compañía ─igual estaba arriesgando mucho diciéndole eso, pero...
           ─Vamos, pues ─se acercó a la barra y le pagó los dos cafés al camarero─ Nos vemos mañana aquí, sobre las ocho. ¡Qué tengas un buen día Manuel!
           ─Igualmente, María.

           Entró sonriente por la puerta y saludó animoso a sus compañeros. No tardaron en preguntar a qué se debía su semblante iluminado. Les contestó que había encontrado a la mujer de su vida. Aquella mañana fue él quien llevó el peso de la conversación. Sus días tenían otro sabor. Casa, café con María, trabajo, trabajo, café con María, casa.




Un adiós sin preaviso

Se rascó la cabeza varias veces antes de hablar, necesitaba digerir lo que acababa de escuchar y sacudir esa energía negativa que se estaba instalando en su persona.

            Laura había entrado por la puerta y se había dirigido a la cocina. Él estaba preparando la cena y saludó sin mirarla. Una escena habitual que fue quebrada aquella noche porque ella le había anunciado que iba a marcharse para siempre de su lado.

           La noticia dejó helado a Samuel, pero quiso creer que aquello no era más que una rabieta, un pulso entre ambos, una situación pasajera que él sabría manejar. Apagó el fuego, dejó lo que estaba haciendo y se lavó las manos. Se armó de paciencia y  le pidió que fuesen a hablarlo tranquilamente a la salita. Estaba seguro de poder convencerla para que olvidase aquella tontería que acababa de soltarle, porque ella no podría estar mejor en ningún otro lado que no fuese junto a él. Se sentaron en el sofá, separados. Ella le dijo que tendrían tiempo de hablarlo todo y que lo suyo ya no tenía solución. Samuel miró a los ojos de Laura y no encontró dudas en ellos, ni el más mínimo rastro de esperanza. ¿Cómo habían podido llegar hasta esa situación? ¿En qué momento la perdió? ¿Tanto daño le había hecho? ¿Podía existir otro hombre en su vida? No, eso no, sabía que eso no era posible. Se atrevió a hablar.

           ─No puedo creerlo ¿Esto es definitivo? ¿Todo se ha acabado? Lo nuestro no puede terminar así, nos queremos demasiado ─miraba atónito a Laura, herido de amor, desvalido ante la dureza de aquellas palabras.
─Sí. Dejémoslo aquí. No nos hagamos más daño. Llevamos demasiado tiempo discutiendo por todo. Hace años que perdimos la ilusión y dejamos que nuestro amor se esfumase. Es mejor que cada uno se vaya por su lado. Sin rencor. Pasemos página y comencemos otra etapa separados.

            La voz de Laura era firme y serena. Parecía tenerlo muy claro, no era una decisión tomada a la ligera. Volvió a recordarle a aquella joven que le arrebató el corazón años atrás, cuando él sólo pensaba en jugar a fútbol con sus amigos. Una joven con las ideas muy claras, por la que hubiese dado la vida si hubiese sido necesario.

            Llevaban demasiado tiempo distanciados, hacía tiempo que aquella casa había dejado de ser un hogar.

            En el descanso, siempre fueron incompatibles, ella tenía frío, él pasaba calor. Los primeros años, todo fue soportable, llevadero. Con el tiempo, Samuel decidió irse a la otra habitación. La cama era más pequeña pero fingía no importarle, separados podrían dormir bien los dos, ella tapada hasta el cuello y él tumbado sobre la colcha. No tardó en recriminarle que era ella la que le había echado de la habitación con tantas reprimendas. Ella se defendía recordándole que nunca le había dicho que se fuese de su lado, únicamente que no la destapase. Con la refrigeración y la calefacción de la vivienda ocurría otro tanto parecido. La conciliación cada vez tardaba más en llegar. Según él, era ella quien ganaba la batalla y se salía con la suya. Según ella, era él quien obtenía la victoria, machacándola con sus palabras. La rabia contenida se acumulaba en el corazón de Samuel y las palabras recibidas se acumulaban en la cabeza de Laura.

            Con la televisión, la historia se repetía nuevamente. Él le ofrecía el mando  del televisor para que ella eligiese su programa preferido, pero luego no tardaba en echarle por cara que aquello no era más que basura. Si Laura rechazaba el mando, era él quien se hacía el ofendido.

            Otro tema estrella en las discusiones eran sus escasas relaciones sexuales, él quería más, ella quería menos. El tira y afloja en la cuerda de las relaciones humanas es algo difícil de comprender. La satisfacción de él sólo era comparable a la insatisfacción de ella. Puede que todo fuese cuestión de práctica, tal como él insistía en recordarle, puede que fuese la falta de pasión y el cuidado en el juego, tal como ella se esforzaba en aclararle. Cualquiera tiene su parte de razón y cualquiera puede estar equivocado.

            ¿Qué les había ocurrido? ¿¡Acaso no recordaban ya lo que era amar y ser amado!? Ellos se amaban, siempre se amaron, nunca dejarían de amarse.

            Laura sabía que su amor era verdadero, sabía que nunca podría encontrar un hombre como Samuel. Tampoco quería buscarlo. Pero no quería sentirse prisionera, quería volver a ser ella, tomar de nuevo el rumbo de su vida.

            Hacía tiempo que sabía que aquello no funcionaba. Demasiada soledad, demasiados días sin esperanza ni color. No fue el televisor ni el cambio de habitación, eso eran obstáculos que ambos podían salvar si se lo proponían, se trataba de algo más. No fue el tener una relación al mes, o dos, en el mejor de los casos. Ella le quería aunque no fuesen grandes amantes. Eran aquellas malditas palabras apelotonadas en su cabeza, aquellas palabras que la estaban consumiendo y la hacían sentir como una mierda. Su corazón quedó roto con tanta acumulación de palabras vacías, de palabras sobrantes que mil veces hubiese preferido no escuchar.

            Él sabía que, sin ella, su vida no tenía sentido. ¿Cómo sería su vida a partir de ahora? Se había acostumbrado a ella, era una mujer inteligente y él lo sabía. No la merecía. ¿Cómo había podido fijarse en él? ¿Cómo la convenció para que dejase a su antiguo novio? Jamás hubiese dicho que su relación terminaría así. Siempre creyó que lo suyo no tendría fin. Se arrepentía por haberla hecho llorar tantas veces, por no satisfacerla como ella merecía, por ser tan egoísta desde hacía tiempo. Sí, quizás aquella decisión descabellada fuese lo mejor para ella, aunque no para él, que empezaba a notar el efecto de su ausencia. Tenía que darle un respiro, seguramente recapacitaría y volverían a estar juntos. La vida sin Laura. No lo podía creer.  

            Laura le dijo que iba a coger unas cosas de la habitación, lo dejó allí, pensativo. Cuando regresó con la bolsa, encontró a Samuel esperándola de pie, paralizado por el miedo que se apoderaba de él. Se acercó a él, le dio un beso en la mejilla.

            ─Mi padre me espera abajo. Estaré una temporada con él, hasta que sepa qué voy a hacer con mi vida y dónde voy a instalarme. Te agradecería que no llamases a su casa. Bastante tiene ya con tenerme allí de nuevo. No comparte mi decisión, pero la respeta. Tranquilo, no le he contado nada malo de ti. Te sigue queriendo. Pero, déjale ¿Vale?

            ─No te preocupes por eso, Laura. Yo tampoco comparto tu decisión, pero no le molestaré. Puede que ambos necesitemos estar un tiempo separados, aunque yo no lo veo así, sé que podríamos solucionarlo juntos. Te vas porque quieres. Yo te quiero, Laura, no lo olvides ─había tirado el último cartucho.

            ─No estoy hablando de amor, Samuel. Jamás hubiese compartido mi vida con alguien a quien no amase. Yo también te quiero, pero no puedo vivir así. Hemos hablado demasiadas veces de esto y no hemos conseguido nada. Llegué a mi tope y necesito alejarme de ti, volver a valorarme, a creer en mí, a quererme. Adiós.

            La puerta se cerró y un abismo se abrió entre los dos.

            Esa noche, era Samuel el que tenía frío, vio una película romántica en el televisor y durmió bajo el edredón de plumas de oca que cubría la cama de Laura. Y también esa misma noche, Laura sentía calor, compartió con su padre un partido de fútbol en el televisor de la salita y tuvo que abrir la ventana de su antigua habitación para refrescarse las ideas.

            Jamás volvieron a estar juntos. Nunca volvieron a enamorarse.

            Del papeleo se encargó el abogado que habían contratado. No fue complejo, la separación era amistosa.



           

           

           

Fotos para el recuerdo (1)

Ljubljana (Eslovenia) 2009
Con mi marido y mi hija,  embriagados de perfume y enamorados de esta ciudad cosmopolita.
Contemplando un país que celebraba su mayoría de edad.
La Iglesuela del Cid (Teruel) (España)  2006
Con mi amiga Pili, empapándonos de historia popular española

Hamelin (Alemania) 2010
Con mi marido y mi hija
Siguiendo la ruta de los Cuentos de los hermanos Grimm
 

Un sueño intergaláctico

Sobresaltada, dio un paso hacia atrás al notar aquel fluido espeso en el que había metido su pie. No veía nada extraño, pero sabía que había tropezado con algo. Movió sus brazos en el aire para asegurarse de que no existía nada raro a su alrededor y dio un paso al frente nuevamente. Bastó una fracción de segundo para estar dentro de esa atmósfera. Podía respirar pero el aire era distinto, más denso. Sentía que se encontraba dentro de un flan de gelatina transparente. Quiso retroceder nuevamente un paso, creyendo esperanzada que saldría de aquel lugar, pero no tuvo suerte. Comenzó a correr, variando la dirección, creyendo que finalmente encontraría la salida de aquella atmósfera que la oprimía. Media hora después se sentó en el bordillo de una acera, se quedó sin fuerzas. Desorientada, cayó en la cuenta de que no había visto a ningún ser humano en ninguna de las calles por las que había estado corriendo. Aquel lugar que parecía idéntico a su ciudad, de repente se le antojó totalmente diferente. Ni tan siquiera la calle en la que se encontraba en ese momento le resultaba conocida. El sudor corría por su frente, lo tocó, seguía siendo líquido. Un miedo incontrolado se apoderó de ella y le puso los pelos de punta. Tenía frío y comenzaba a tiritar. ¿Y si llamara a una puerta? Llamó a la primera que encontró, pero la fuerza de su puño la arrastró hacia el interior. ¿Había atravesado la puerta? Pensó que era una casa normal, como la suya, un recibidor, una sala de estar, un comedor, una cocina, un baño y dos habitaciones. Se apoyó en una de las paredes y fue engullida por ella, por lo que acabó cayendo  en el suelo de la estancia contigua. Comprobó que todo allí, excepto el suelo, era gelatinoso. La materia no tenía cosistencia, aunque guardaba un parecido asombroso con el mundo real que ella conocía. ¿Por qué estaba allí?

           ─¿Quién eres tú? ¿Quién te ha dado permiso para entrar? ─le preguntó una señora bastante enfandada que llevaba una cebolla en una mano y un cuchillo en la otra.

           Tragó saliva y contestó.

           ─Lo siento señora, no sé cómo he llegado hasta aquí, no sé qué hago aquí ─le contestó, mientras un reguero de lágrimas inundaba sus mejillas.
           ─Oh, lo siento cariño, no te asustes, no voy a hacerte nada ─soltó el cuchillo y la cebolla y se acercó hacia ella─. Dime qué haces aquí ¿Te has escapado? Ya sabes que eso está prohibido. Los guardias no tardarán en encontrarte, debes volver a la casa madre. ¡Tranquila! ─susurró suavemente en su oído─. Ya eres mayorcita, te queda poco para salir y tener tu sitio asignado. No te preocupes, conozco a uno de los vigilantes de la entrada, él te dejará entrar sin pedirte explicaciones. Pero debemos darnos prisa, son casi las dos de mediodía, y notarán rápidamente que no estás en tu nido.
           ─Pero...
           ─Silencio, no quiero que te oigan los vecinos, eso me traería problemas. Vamos, ven conmigo.

           Se dejó llevar hacia un vehículo extraño, se sentó con miedo a ser tragada por la materia pero, aquel material era consistente. Aquella señora se sentó a su lado. Parecía teclear algo en un panel que ella no veía. De vez en cuando, se giraba para mirarla con cara de pena y emitía un pequeño suspiro.

           ─Bien, ya estamos, abre la puerta y baja con cuidado. Ahora no veo a nadie.

           No entendía nada, no se habían movido de aquel lugar y le pedía que bajase. ¿Y si esa mujer estaba loca? Sin rechistar, abrió la puerta de aquel supuesto vehículo y comprobó que estaban en una calle llena de edificios de fachadas grises, sin ventanas, cuya monotonía era rota, de vez en cuando, por puertas negras de idénticas dimensiones. Aquello empezaba a convertirse en una pesadilla.

           ─No pienso ir con usted, yo no pertenezco a este mundo. No sé dónde estoy ni cómo he llegado aquí. Tampoco comprendo qué sentido tiene que exista un mundo como éste, donde los niños deben permanecer en un nido, vigilados, antes de formar parte de una sociedad como la suya. En mi mundo, los niños viven con sus familias, van al colegio, tienen amigos y juegan, ríen cuando algo les divierte y lloran cuando algo les apena. Son parte de la sociedad desde su primer día de vida hasta el último.
           ─No entiendo tus palabras, no sé quién eres, pero será mejor que regreses a tu mundo cuanto antes. Debe ser bonito vivir en tu mundo. Aquí, hasta los quince años, estás recluido en el nido, alimentando tu cerebro y aprendiendo tu oficio. Por eso, al verte, pensé que te habías escapado antes de estar preparada del todo. Por lo que veo, debes tener trece o catorce años ¿no?
           ─Tengo catorce. Necesito que alguien me ayude a regresar a mi mundo. Estoy segura de que mis padres han empezado a preocuparse. Ya debería estar en casa.
           ─En el nido nos contaban historias de otros mundos, nos hablaban de esa figura llamada padre y de su influencia en el carácter de sus hijos. Por ello, los altos mandatarios decidieron omitir esa figura, de ese modo, cada ser tiene su propio carácter, sin influencias externas de ningún tipo.
           ─¿Está segura de que nadie ha influido en la formación de su carácter? Permítame que lo dude.
           ─Sabemos que todos los mundos tienen defectos, el nuestro también. ¿Cuál es tu mundo?
           ─La Tierra.
           ─Sí, he oído hablar de ella. Es uno de los mundos que más me gustan. Pasamos cerca de la Tierra en algunas ocasiones, cuando nuestras galaxias quedan intersectadas en un punto y por un momento algun planeta de esta galaxia coincide con algun planeta de la vuestra. Quizás sea así como has aparecido en nuestro mundo. Sube al vehículo, te llevaré a casa de Doo, él ha continuado estudiando los universos y conoce más sobre esta materia que yo. 

           Sin darse cuenta llegaron a la casa de ese tal Doo. Bajaron del vehículo, y esa señora le cogió de la mano y le pidió que la siguiera. Su tacto era distinto al de la piel humana. Tiraba con fuerza de ella, pero su masa era diferente. ¿De qué estarían hechos?, se preguntaba.

           ─Doo, baja, quiero presentarte a alguien ─vociferó a los pies de una escalera.
           ─Hola Maa, ¿qué te trae por aquí? Te hacía preparando la comida para los gobernautas.
           ─Esto es una emergencia Doo. Te presento a.... ─dijo Maa mirando a la joven y esperando su respuesta.
           ─María
          ─Eso, María. No sabe cómo ha entrado en nuestro mundo. Es de la Tierra ─la emoción que acompañaba su voz al hablar, quedó rematada con una sonrisa al ver la cara de sorpresa de Doo.
           ─Pero... eso, en teoría, no es posible. Eran sólo hipótesis.
           ─Lo siento señor, yo no quería irrumpir así en su mundo, le aseguro que preferiría estar en el mío.
           ─Claro que sí, ya lo imagino señorita. Si por mi fuera le haría miles de preguntas, pero supongo que no hay tiempo para eso ¿verdad?
           ─Verdad.
           ─Veamos, ¿dónde habré dejado mis apuntes sobre investigación interestelar? Ah! Ya lo recuerdo.

           María y Maa esperaron calladas observando cómo rebuscaba entre las montañas de papeles de aquel lugar.
           Finalmente Doo encontró lo que buscaba.

           ─Eureka, lo encontré. Este texto fue escrito por una persona como tú ─ante el asombro de Maa y la inexpresividad del rostro de María, decidió explicarse mejor─. Sí, he dicho persona. Nosotros no somos personas, somos mudis ¿comprendes? ─dijo sonriente mirando a María.
           ─¿Me está diciendo que otra persona ha estado aquí antes que yo?
           ─Exacto, hace exactamente.... dos mil años.
           ─¿Qué? Hace dos mil años la gente viviría en chozas, cultivaría tierras y criaría el ganado. ¿Cómo puede ayudarme eso a mí?
           ─María, no sé qué te han contado de la historia de tus antepasados pero te diré que estás equivocada. La persona que estuvo aquí era un varón de treinta y tres años, conocía la tecnología más avanzada y nos enseñó cosas que nosotros desconocíamos. Pudo regresar a la Tierra realizando una llamada de teléfono.
           ─¿Teléfono?¿Hace dos mil años? No tengo humor para chistes, por favor.
           ─Es más, lo dejó a mis antepasados y yo aún lo conservo. ¿Quieres verlo?

           Si todo estaba ya perdido, nada peor podía pasarle. Asintió. Sacó una pequeña caja de un armario. Al verla, María pensó que no podía contener un teléfono de esos que alguna vez había visto en las exposiciones de antigüedades, ya que era demasiado pequeña, como mucho podía contener un móvil de esos modernos de última generación que tenían sus amigas. Al pensarlo, se le escapó una risa.

           ─¿Ocurre algo? ─le preguntó Maa.
           ─No, es que imaginaba que sería una caja más grande. Ahí, como mucho, cabe un móvil y, en aquella época, no creo que existiesen.
           ─Te repito que estás equivocada muchachita ─dijo indignado Doo.

           Efectivamente sacó un móvil de la cajita y María quedó estupefacta. Doo, con el ceño un poco fruncido, continuó con las explicaciones sobre lo que debía hacer.

           ─María, las instrucciones son sencillas. Este móvil fue dejado aquí voluntariamente por aquella persona, para evitar problemas si alguien de la Tierra aparecía perdido por aquí. Debes pulsar una vez aquí ─le señaló exactamente dónde─. Y decir tres veces en voz alta: «Llamando a la Tierra». Según estas instrucciones, con eso basta para que regreses a tu mundo.
           ─Vamos María, hazlo ─le animó Maa.

           Se acercó con mano temblorosa hacia el móvil y puso su dedo indice sobre la zona que debía pulsar. Miró a sus salvadores y decidió que, antes de partir, debía agradecerles su ayuda.

           ─Gracias Maa, por creerme desde el principio. Y a ti, Doo, por ayudarme a regresar a mi mundo. No sé qué habría sido de mí sin vosotros. Puede que esto no funcione, puede que sí. Si no funciona, Doo,  te contestaré a esas preguntas con mucho gusto; pero si funciona y regreso a mi mundo, no pienso olvidarme de ti, lo haré desde la Tierra. Te dejo mi número de móvil. Llámame.

           Les dio un beso. Extraña sensación en sus labios, rara sensación en sus mejillas.  Pulsó con su dedo el móvil.

           ─Llamando a la Tierra. Llamando a la Tierra. Llamando a la Tierra.

           Algo rozaba sus pies y la despertó. Era Bola, su gato. Sonrió al pensar en el sueño tan raro que había tenido.
            De repente, sonó su móvil.

           ─Llamando a la Tierra. Llamando a la Tierra. Llamando a la Tierra. María, soy Doo. Contéstame.










Aires de juventud

Aquel era el gran día, quedaban pocos minutos para llegar. A través de la ventana del tren, podía contemplar un paisaje encantado que me invitaba a cerrar los ojos y soñar. Estaba cansada, llevaba demasiadas horas viajando y, sin darme cuenta, al relajar mis párpados, una procesión de imágenes del pasado comenzó a desfilar ante mis adormecidas pupilas.

           Me recordé con diez años, dispuesta a ser feliz y contagiar felicidad, una niña dulce y cariñosa capaz de mover el mundo con su alegría. Ya entonces me gustaba imaginar cómo sería mi príncipe azul, de qué color tendría sus ojos, su pelo o su piel, e incluso, en qué idioma hablaría. Estaba firmemente convencida de que en algún punto de nuestro planeta existía una persona que sería mi pareja ideal. Simplemente la tenía que encontrar. No me gustaba cuando todos hablaban de encontrar a su media naranja. ¿Media? ¿Por qué? Yo quería ser una naranja entera y, en todo caso, que mi príncipe lo fuese también. Reflexiones demasiado grandes, para una mente tan pequeña.

           Con catorce años encontré a mi amigo perfecto, Julio. Fue por casualidad, como muchas de esas cosas que nos pasan en vacaciones. Niñas que rien, niños que juegan, cruces de miradas y brote de una amistad. Así fue como empezó nuestra historia. Fue en verano, en la playa. A Julio y a mí, nos gustaba mucho conversar, compartir nuestro tiempo, reirnos juntos y soñar en voz alta. Aquellos fueron días felices, días que guardé en mi corazón y que nunca podré olvidar. Con Julio podía hablar de cualquier cosa, podía contarle mis ideas, mis ilusiones, mis proyectos, mi vida. Pero no pude descubrir si él era  mi príncipe azul porque el mundo de los mayores era tan complicado que nuestra amistad  fue breve, escasa diría yo. Se marchó lejos, con su familia. Me prometí a mí misma que jamás volvería a confiar en un chico. Una parte de mi se fue con Julio para no volver nunca jamás, mi yo conversador. Se terminó sincerarse con nadie, se terminó creer en la amistad. Él sabía más de mí que cualquiera de mis amigas, por algún motivo extraño había logrado llegar a esa niña escondida que sus amigas no sabían encontrar. Y aquella gran amistad que se prometía invencible y duradera, acabó diluyéndose en el tiempo.

           A los quince años recibí mi primer beso. Un delicado beso digno de recordar, cargado de pureza y de inocencia. Me encontraba de vacaciones en un pueblo de montaña y, gracias a la conversación de mi madre con una señora del lugar, comencé a salir con un grupo de jóvenes que me aceptaron sin reservas. Iba a pasar quince días de descanso con mis padres y había decidido olvidar a Julio. Me irritaba que se pasease por mi mente enfundado con una armadura plateada y cabalgando sobre un caballo blanco. Quería conocer gente nueva y hacer nuevas amistades. Allí conocí a Antonio, tenía veintitrés años, demasiada diferencia de edad quizás, pero una chispa surgió entre nosotros. El final de aquella historia estaba escrito desde el principio, pero durante unos días la cabeza dejó de dirigir mi vida y mi corazón se convirtió en el centro del universo. Tres besos contados, dos abrazos y un adiós. Lloré amargamente en aquella despedida, pero, pese a ello, nunca le escribí dos letras, tampoco las escribió él.

           Después de aquello, dejé de creer en príncipes azules y dejé que mi mente se llenara de cosas reales, de vida, simplemente de eso. Pasaron varios años, varios Antonios y varios besos, hasta que, nuevamente, la casualidad posó sus ojos sobre mí. Fue cuando encontré a Mario, mi marido. Me casé a los veintiocho años.

           ─Señora, ya hemos llegado ─acompañó la voz ronca del revisor a un insistente dedo que golpeaba mi hombro.
           ─¿Cómo dice? ─dije asustada observando la cara de pocos amigos que me estaba mirando─. Bien, gracias, salgo enseguida ─le indiqué al elevar mi cabeza y comprobar que era la única persona que quedaba en aquel vagón.

           Cogí la maleta, el bolso y el abrigo y me dirigí hacia la salida. Estaba triste, carcomida por los recuerdos que me rondaban. Decidí sentarme en un banco para meditar qué estaba haciendo allí. Si decidí embarcarme en aquella aventura fue porque en el fondo de mi corazón creí encontrar un lugar vacio que esperaba su dueño. Opté por tomar el tren porque necesitaba correr despacio antes de llegar a aquel encuentro. Quería evitar que mi corazón volviera a latir.

           Al recibír noticias de Julio, supe que el destino me tendía la mano. No quise pensar nada, compré aquel billete y entré en el tren. Nadie me esperaba porque nadie sabía que estaba allí. No le había dicho nada, por si finalmente me arrepentía. Podría decir que mi vida había sido un camino de rosas,  con un buen trabajo y una familia encantadora, pero las rosas se habían tornado espinas. Tuve un buen marido y unos hijos encantadores pero, ahora, estaba completamente sola. Mario murió joven, cuando mis hijos tenían veinte años. Un cáncer de páncreas lo dejó fulminado en menos de un mes. Aquel  golpe fue muy duro para mí. Por aquel entonces, mis hijos, gemelos,  ya volaban solos y no paraban mucho tiempo en casa. Dos años después, un accidente de coche, quiso llevarse de este mundo lo único que me quedaba. Ocurrió aquí, en Berlín, cuando realizaban su viaje de fin de carrera, de fin de su vida más bien. Mis ojos se llenaron de lágrimas al recordar aquel trágico suceso. Habían pasado cinco años, sí,  pero una parte de mí  habia sido enterrada con ellos y mi seco corazón ya no podía sentir nada.

           Comprendí que mi aventura había terminado antes de empezar, así que volví a entrar en la estación y me dirigí a la taquilla para comprar un billete de vuelta. Consulté los horarios, el tren no tardaría en salir, entré en el vagón y me senté. Faltaban aún veinte minutos, pero quería estar allí, sola, con mis pensamientos.

           De vuelta a casa, noté una extraña sensación, agotamiento quizás. Quise creer que simplemente necesitaba descansar. Cerré los ojos y me dispuse a soñar.

           Ahora, desde aquí, se ve todo mucho más hermoso, mucho más nítido. Mi príncipe azul tiene armadura plateada y cabalga en su caballo blanco. Yo soy su dama y llevo un vestido de seda. No hay palabras para describir tanta belleza. Liberada del dolor, me dejo arrastrar por esos aires de juventud que me acogen y me arrullan. Aire de nuevo, repiro otra vez.

           ─¿Julia? ¿Eres tú? ─susurra una voz del pasado en mis oidos.

           Sonrío, mientras cabalgo junto a mi caballero de armadura plateada. Insiste de nuevo.

           ─Despierta amiga mía, estoy aquí.

           Abro los ojos, me sorprendo, otra vez la casualidad se pone de mi parte. Enmudezco de alegría mientras mi corazón grita en silencio. De nuevo juntos. ¡Quién sabe qué nos deparará el destino!