Y de postre, tronco de navidad


Los comensales, por razones que huían a mí entendimiento, preferían apiñarse sobre el suelo del salón contiguo.
De nuevo había pasado un año, pero esta vez, no estaríamos solos.
En el centro, triunfal y humeante, resplandecía la sopera con el cocido de navidad, manjar predilecto del dueño de la casa y, a su lado, reposaba la bandeja honda con tapa de cristal que mostraba un pavo relleno de foie con guarnición de castañas y frutos secos, tentación para el paladar de los más exigentes. Dos pasteles rellenos de marisco y cuatro pequeños cuencos con delicias al hojaldre remataban la presentación.
Latían voces nuevas en la casa y estaba ansiosa por conocerles.
Una a una, las espaldas agachadas se levantaron y hubo abrazos y besos. Decidí acercarme discretamente tras quitar el freno de las dos ruedas que me sujetaban.

Desde la puerta, vi que el dueño agradecía a los presentes su pronta reacción y, aunque su blanquecina cara parecía retornar del inframundo, esbozó una sonrisa que iluminó la estancia. Dos hombres lo sentaron en el sillón y, recuperado de su vahído, apremió a sus invitados para que degustaran la cena del servicio de catering. Perplejos miraron mi nueva ubicación.

El dueño se acercó y, posando su mano sobre mi pulida madera, dijo: “No os asustéis hijos, en su corazón de roble late tanto amor por mí que, a veces, creo que es vuestra madre”.

Un niño acercó su mejilla a una de mis esquinas y susurró: “Me alegro de conocerte yaya”.

 
 

Un cuento desde el más allá


Allá por el año 66, de un siglo al que los humanos llamaron 20, nació un grupo de seres extraordinarios dotados de poderes inimaginables. Los magos de mirada oscura vaticinaban días de guerra, tiempos de llantos y décadas de silencio.

Al principio de los tiempos, aquellos seres unidos buscaron el lugar donde nacen los Sueños, con el firme propósito de alcanzar el suyo propio y marcar con su impronta los senderos de la Historia.

Tuvieron que lidiar batallas difíciles y esquivar las brechas intangibles que acecharon sus andanzas. No hubo gloria, ni risas, ni oratoria y, finalmente, todos se dispersaron permitiendo que una tupida sombra acampara sobre sus cabezas.

Entrados en el siglo 21, asomaron las primeras luces. Algunos construyeron mil puentes entre los escarpados abismos que los separaban. Pero, aun así, no lograron acercarse. El porte orgulloso del todopoderoso Tiempo había roto los lazos que los unieron un día.

Medio siglo ha pasado desde su nacimiento, la esencia perdura y los lazos invisibles siguen en algún lugar de sus corazones.  Fue la unión de unos pocos la que atrajo a otros pocos, y la fuerza de varios la que encendió las ascuas.

Brilla ahora de lejos, la luz que los ilumina y sirve de guía a los que aún no la han encontrado. Sabemos, que todos lograrán encontrarla.


Desde este palco, auguramos tiempo de paz y armonía, de estrechamiento de lazos y entendimiento mutuo. Atrás queda el mal presagio de los magos nefastos y queda abierta la puerta al festejo y la celebración.

Siempre juntos.

 

THE VIP BOX



«The End» era un título gancho que activaba el interruptor cerebral de cualquiera. Muchos babeaban imaginando un sinfín de escenas apocalípticas.

La joven directora y el resto de personal del equipo de rodaje habían firmado un pacto de silencio y «No comment» era su respuesta oficial. Discípula de otro director de reconocida fama, la sombra de tan rico árbol vaticinaba un éxito asegurado. 

El primer día de ventas, las entradas se habían agotado y los vecinos del municipio dónde iba a celebrarse el estreno ni se habían enterado. Indignados, reclamaron a sus ediles la instalación de pantallas panorámicas en las calles principales y, aceptada la petición, se anunció que el día de la gala quedaba autorizada la ocupación de dichas vías públicas mediante sillas de propiedad particular con determinadas dimensiones.

La noticia del visionado gratuito del estreno para todos los vecinos, atrajo a cientos de personas de municipios colindantes que reclamaron también su derecho a disfrutar del acto alegando ser vecinos de proximidad.

Se adoptaron medidas adicionales: Cada empadronado podría colocar un máximo de diez plazas en la calle, pudiendo alquilar aquellas no utilizadas a habitantes de otro lugar.

Las sillas rejuvenecieron, se arreglaron las desvencijadas patas de las más viejas y se pasó una capa de barniz a las más necesitadas.

Finalizada la proyección, Yale Youthful, nueva directora lanzada a la fama, dirigió unas palabras a los espectadores de la calle: «¡Sois un pueblo fantástico!»

Apiñados en las ventanas, los residentes aplaudieron a rabiar.

 

El gol de la discordia


Triquiñuelas aparte, llegó la hora de la verdad. Sentado frente a todos, en calidad de oveja descarriada, gritos de hinchas y pupilas amenazantes me acribillaban.

La rueda de prensa era una encerrona. ¿Cómo explicar lo inexplicable? El contrato mantenía mi culo pegado a esa silla, mientras buscaba las palabras justas que aquel auditorio debía escuchar.

El míster, con aparente calma, me cedió la palabra.

─ Bueno, el chute de Lolo me ha pillado desprevenido, el balón ha chocado con mi cabeza, ha quebrado su trayectoria y ha entrado por la escuadra de la portería. Son cosas que pasan.

Un exaltado, tomó sin permiso la palabra.

─¡Sí, claro! ¿Desde cuándo un gol metido gracias al cabezazo de un árbitro es algo normal?

Propósito de enmienda


─Salía humo por el capó del coche y allí, en medio de la carretera, me sentí el único ser vivo del universo. Otra vez me había olvidado el móvil. Esperé a que se enfriara el motor para intentar ponerlo en marcha nuevamente, pero no hubo suerte.

»Caminé varios kilómetros sin encontrar a nadie y, cuando ya anochecía, encontré finalmente una señal informativa: “Bienvenido a Chilches/Xilxes”. Aligeré el paso al ver que un manto de luces salpicaba la noche estrellada que caía sobre mis hombros. La silueta desigual de los edificios ejercía sobre mí una atracción poderosa y, como guiado por el canto de una sirena, crucé varias calles hasta llegar a la playa. Dejé que el mar aliviara mis doloridos pies y que mis ojos cansados se deleitaran con tan bella imagen. Seguramente acabé dormido sin darme cuenta.

─Muy bien caballero. Haga el favor de levantarse. Voy a pasar la máquina limpiadora por este tramo y no quiero que tengamos problemas ninguno de los dos.

Aquel operario me miró de reojo, antes de volver a montarse en su artefacto y, cuando me vio en pie, continuó con su trabajo.

Palpé mi bolsillo y noté la silueta de mi móvil. Seguía allí. De vuelta a casa, encontré mi coche aparcado en la puerta.

Me prometí que aquella era la última vez que celebraba la noche de San Juan tomando unas copas con Mario.

Caso sin resolver


Aquella mañana me pasé por la oficina a primera hora para evitar patéticas despedidas de compañeros que, en el fondo, se alegraban enormemente de perderme de vista. Dejé mis llaves y mi identificación en el buzón de recursos humanos. Olvidé hacerlo el día antes y nadie se dio cuenta.

Reducción de plantilla. Una ruleta rusa que apuntó erróneamente hacia mí. Pura matemática. Sobraba uno. ¿Yo?

Mientras recogía mis caramelos de menta, Jaime dejó su café en la mesa contigua y musitó un saludo legañoso que me indignó. Si me hubiese visto muerto, ni se hubiese inmutado. ¡Cómo podía aquel ser inerte mantener su puesto!

Un abrecartas afilado lo puso en el lugar que se merecía.

La policía entrevistó a todos los trabajadores y no encontró ninguna pista.

Al día siguiente, mientras tomaba una cerveza en el sofá, llamaron para rogarme que me incorporara de nuevo al trabajo. 


 

Quinta Chilches/Xilxes 1966




¡Hola Quinta!

Hemos compartido tantas risas, llantos y recuerdos que un millón de bolígrafos Bic no bastarían para escribir toda nuestra historia.

Hoy tenía ganas de escribir y me he acordado de ti.  ¿Por qué no? He pensado que podría distraerte un rato.

Retrospección

Las paredes derribadas del colegio público que nos cobijó en nuestra infancia fueron testigos mudos de nuestras vivencias. Y, seguramente, aquellos maestros de escuela que nos llevaron de la mano, tuvieron que reprimir más de una risa fingiendo un gesto agrio ante nuestros muchos actos rebeldes.

Viene a mi mente la sonrisa recta de doña Joaquina. Nunca comprendí porqué su sonrisa no era curva. Aquella fina línea dibujada en su cara expresaba más de lo que parecía. Una raya corta en sus labios anunciaba la llegada de truenos y relámpagos; en cambio, una raya más extensa, auguraba un placentero día. Simples señales que, hasta unos parvulitos como nosotros, lográbamos captar.

Si de recuerdos hablo, también guardo en mi memoria la cariñosa mirada de doña Isabel. Aquel brillo en sus ojos nos transmitía tanta tranquilidad y confianza que, cuando pretendía regañarnos, no lograba que nos lo tomáramos en serio.  

Es curioso que se utilice la expresión “leer la cartilla” para hacer alusión a reprimendas o reproches. Lo cierto es, que todos le leímos la cartilla a doña Joaquina y a doña Isabel, aunque no con ánimo de reproche sino con la firme intención de demostrarles que sus esfuerzos, unidos a los de nuestros sufridos padres y hermanos, habían obtenido su recompensa.

Siempre he pensado que fuimos una generación “En tránsito”. Nuestro vaivén por los edificios habilitados como aula se convirtió en algo habitual. Hicimos los parvulitos en el antiguo colegio de Regiones Devastadas, el 1º de EGB en una de las casas de maestro de la Calle San Isidro, el segundo curso en un bajo del edificio de la Calle Montoliu próximo a la vía de tren y a los huertos de naranjos, los cursos tercero a quinto, de nuevo en nuestro amado colegio rodeado de moreras, el 6º de EGB en el colegio público de Almenara y, finalmente, nuestros dos últimos años los cursamos en las aulas habilitadas para tal fin en el primer piso del edificio que alberga el actual Teatro de Chilches.

Siempre hemos sido almas viajeras, lo mamamos en nuestra infancia.

El adusto semblante de don Ramón, en cambio, se desvanece entre mis recuerdos, solo sé que pasamos de parvulitos a alumnos de EGB casi sin darnos cuenta. Dejamos la cartilla para coger los libros, y aparcamos los juegos de alfombra para jugar a hacer cuentas con los números. Fue un alegre primer curso que disfrutamos con doña Amparo y don Pepe. Así empezaríamos a amueblar nuestra cabeza. Otra cosa distinta, es valorar si los muebles están bien colocados o no. Dejemos a cada cual que lo valore por sí mismo.

Doña Sofía fue, sin duda, mi profesora preferida. Me embelesaban sus historias, tanto las que narraban pasajes bíblicos como las que acababan con moraleja. Era tanta su pasión al contarlas, que lograba contagiarme. A ella debo, en parte, mi afición por la lectura y la escritura.

El año en el que tomamos la 1ª Comunión guarda un lugar especial en mi baúl de los recuerdos. ¡Cuánta paciencia tuvo doña Teresa con nosotros! ¿Cómo lograría centrar nuestra atención en las clases? Despistados desde el primer día, con la vista fijada en el 25 de mayo de aquel 1975, resultaba difícil concentrarse en los temas escolares.

Lo que sí enterré en un pozo profundo fue mi 4º de EGB. Para nada quiero recordar aquel símil de educación castrense impartido por don Manuel. Curso de cantos mañaneros en formación militar, en el que tuve el gusto de probar sus golpes de paleta sobre la punta de mis dedos.

Ya en quinto, comprendí que aquello de ser una piña llegaba a su fin. Con diez años, pretendieron que dejáramos nuestra infancia aparte. La meta consistía en aprender una amalgama de saberes varios para afrontar los nuevos retos que nos esperaban fuera del pueblo. Fue difícil para doña Adela y complicado para nosotros. Las fronteras de nuestra vida iban a ampliarse.

Durante todos aquellos años se forjó nuestro espíritu curioso, nuestra vena luchadora y nuestra pasión por los bichos.  Nos gustaba ir a las acequias de los huertos en busca de ranas o lagartijas, capturar hormigas, mariquitas o escarabajos peloteros, y, sobre todo, criar gusanos de seda. Actividades que casi diría que alcanzaron el estatus de deporte local.  ¿Quién no ha subido a una morera haciendo equilibrios imposibles para coger hojas con las que alimentar a sus gusanos?

 


Con mucho cariño, para mis compañeros de Quinta. Besos a todos.

Nimiedades


Contemplado en paisaje, intentaba desoír la verborrea desatada de mi hija salpicada por los monosílabos de mi marido. La indumentaria para la ceremonia de Graduación había acaparado la tarde de compras y había dejado en off mis ganas de conversación. Superado su segundo de Bachillerato, nos esperaba la tortura de la Selectividad; unos días más para sufrir en familia. Noelia casi tenía un pie en la universidad y tantas emociones concentradas habían estallado en mi cabeza, como esas pastillas de liberación prolongada, que se toman por la mañana y duran todo el día.  Deseaba llegar a la calma chicha del hogar, tirarme en el sofá y dejar mi mente en blanco. 

El sonido de mi móvil me sacó del aletargamiento. Me costó encontrarlo entre las mil cosas que llevaba en el bolso. “Papá casa”, debía contestar. Mi madre, entre sollozos, balbuceó que mi padre acababa de sufrir un accidente con el coche. Noté cómo un muro me aplastaba la cabeza.  ¡¡¡¡¿Qué?!!!! El lugar del suceso, la posibilidad de que hubiese salido ileso y que no había más vehículos implicados, poco más me pudo decir. Nos veríamos allí.

Ya cerca del punto fatídico, los metros parecían multiplicarse. Podía escuchar el trote acelerado de mi corazón, mientras flotaban mil preguntas en el aire que nadie podía contestar. En mi interior, una voz repetía incesante una oración.

Bajando el puente sobre la autopista, vi el coche de mi padre apartado a un lado de la carretera. A la vez, en mi retina, superpuesta, la imagen de una ambulancia con las luces encendidas que se alejaba de allí. Noté un fuerte nudo en mi garganta y sentí que me faltaba el aire ¿Seguro que estaba ileso?

Un par de agentes de la Guardia Civil y un agente de la Policía Local hablaban junto al vehículo siniestrado. Un segundo fue suficiente para comprobar que el morro del coche era un auténtico acordeón. ¿Cómo habría salido de allí?

Mi madre, que iba a subir al coche de mi hermano cuando llegamos nosotros, ya más serena, nos dijo lo habían llevado al centro médico para hacerle unas pruebas y que la cosa no pintaba mal. Yo  no las tenía todas conmigo.

Noelia se montó en el coche con ellos y nosotros nos quedamos para arreglar el papeleo con los agentes. La grúa llegó rápidamente y, finalizado el protocolo, nos fuimos hacia Almenara.

Un “doble yo” había logrado mantener el tipo en los momentos previos al encuentro pero, al ver la cara de mi padre en la sala de espera, sentí que iba a derrumbarme. Mi padre lloraba. No recordaba si alguna vez lo había visto llorar. Me acerqué y le di dos besos pequeños, como los que se dan a los recién nacidos esperando no romper su frágil cuerpecito. Aún así, toda aquella delicadeza no fue suficiente para enjugar sus lágrimas.

Cara y brazos, llenos de quemaduras de airbag, y cuerpo, cargado de dolor por la tensión del cinturón de seguridad. Un Todo insignificante comparado con el sentimiento de impotencia que invadía su ser.

Divagar sobre las posibles causas de un accidente cuando ni el propio conductor recuerda qué ha sucedido, es una pérdida de tiempo. Quizás, quizás, quizás…

Doce días después, llegaba la Graduación de Noelia. Ni me había comprado un vestido ni había ido a la peluquería. Ella estaba resplandeciente. Enmascaré mi tristeza tras una sonrisa de porcelana, sintiéndome espectadora de la celebración que me rodeaba.  Ese día, caí en la cuenta de que la importancia de las cosas depende del momento en que suceden. Antes del accidente, la pompa y boato de la gala lo habría sido todo para nosotros; tras él, aquello carecía de sentido. 

La mañana que mi padre cayó sobre el suelo sin control alguno de sus piernas, obtuvimos respuestas. Un coágulo de sangre en la cabeza, un derrame cerebral y un posible billete de ida a ninguna parte. Lo operaron esa misma tarde, veintisiete días después del accidente.

Nadie nos prepara para superar con éxito las trabas de la vida ni te avisa del calvario que aún te queda por pasar. Según el neurocirujano, la intervención había sido un éxito.

Cinco meses después, aparcada la silla de ruedas, la angustia y los temores, puedo confirmar que efectivamente fue un éxito. Hemos tenido días grises, momentos de duda y minutos de tensión, pero la fortaleza de mi padre los ha superado todos.  

Hoy he vuelto a ver su sonrisa, su paso quedo y su habla amable y me ha confortado la idea de tenerlo aún a mi lado.
 
 
 

Mi propio Empire State


Asomé la cabeza por la ventana para empaparme del olor a vacaciones, pero únicamente logré un revestimiento pegajoso y abrasador  que brotó por todos mis poros. Cerré herméticamente y me senté en el minúsculo escritorio de mi habitación con vistas. El climatizador me proporcionó un frescor siberiano que disipó esa segunda capa que había cubierto mi cuerpo y me concedí la licencia de contemplar relajadamente el vasto azul exultante que se burlaba de mí al otro lado del cristal. Cielo y mar fundidos en un abrazo hipnotizaron mi mente. 

Alguien llamó a la puerta y mi hechizo se rompió en pedazos.

─¿Sí?

─Un paquete para usted, Señor.

 Abrí la puerta y un inexpresivo empleado me entregó algo envuelto en papel de estraza. Sonreí sin ganas al recogerlo y lo dejé sobre la mesilla de noche, sin prestarle atención.

 Ante los rugidos de mi barriga, tuve que bajar al comedor porque no había servicio de habitaciones. No probaba bocado desde las cuatro de la mañana y, tras mil kilómetros de carretera, necesitaba cubrir mis necesidades básicas. En una mesa apartada, comí una ensalada  y un trozo de sandía.

 Claramente, el cambio de aires propuesto por mi editor no era más que un puntapié en el trasero. ¿Qué hacía yo en aquel hotel de playa? ¿Para qué había recorrido medio mapa? Seguramente, no quería escuchar la insolente vocecilla de mi cabeza que repetía incesante que debía superar mis problemas emocionales.

Dejé la cartera sobre la mesilla y cogí el paquete olvidado. Un sobre  blanco asomaba entre los pliegues del envoltorio. Un calor electrizante incendió mis ojos al leer el nombre del remitente.

¿¡Laura!?

Me citaba a las diez de la noche en la piscina descubierta del hotel y solicitaba que llevara puesta la corbata que contenía el paquete. Igual a la que me regaló dos años antes en Florencia, en nuestro viaje de novios, con el Ponte Vecchio moteado sobre su seda azul. Nuestro matrimonio duró exactamente dos días. Su abogado tramitó diligentemente el divorcio, mi editor sufragó los gastos de mi terapia y mi vena literaria tomó vacaciones indefinidas.

 Un tropel de fantasmas se apoderó de mí aquella tarde. Desconcierto, tensión, miedo, duda. Estuve varias horas sentado al borde de la cama, librando una batalla interna en la que yo era el único vencido. A las nueve, decidí que debía afrontar aquella desagradable broma.

 Un cielo estrellado iluminaba el agua de la piscina y varios focos a media luz se distribuían uniformemente entre los setos del vallado. Mi corazón latía desbocado, pero una coraza de acero fundido me mantenía a salvo. Alguien atravesó la puerta a lo lejos. Era Laura. Tan bella como siempre.

Su lento caminar acrecentaba mi desesperación. Sus deportivas parecían retroceder cada vez que avanzaban. Me vi obligado a recortar distancias. Paré a un metro de ella. Noté que me derretía por dentro y mi coraza empezaba a fundirse. Sus ojos decían «Te quiero». Los míos… No hay suficientes palabras.

 Una fría voz emergió de su boca mientras me saludaba estática sobre la baldosa del suelo. Le devolví un saludo recién salido del iglú en el que acababa de esconderme.

─¿No te has puesto la corbata?

─No. Me trae malos recuerdos.

Insistí en sentarme en uno de los bancos de forja que había junto al seto. No pareció hacerle gracia, pero accedió. Tres metros eternos. Me senté recostado, cruzando las piernas y con la mirada esquiva, intentando mostrar con ello mi total falta de interés por aquel encuentro.

 ─Quiero pedirte perdón, por dejarte plantado en Florencia, sin darte explicación alguna. Perdóname, por no dar la cara, por decidir que no quería verte y por pedirte, sin más, el divorcio ─paró un instante, respiró hondo y prosiguió─. Sé que no puedo reparar el daño que te he causado, pero estoy aquí para darte explicaciones. Deseo que seas feliz, que vuelvas a crear historias, que inventes nuevos personajes y que encuentres el Amor.

Sus ojos llorosos me derrotaron. A duras penas podía contenerme. Quise preguntarle cómo estaba, si tenía pareja o quizás algún hijo. No fui capaz. Mi orgullo me lo impedía.

 ─Tranquila, estás perdonada. No te guardo rencor. Tengo en mente miles de historias. No quiero tus explicaciones. Gracias de todos modos.

Me levanté al instante y mis pies se apresuraron en salir escopetados de allí.

Al día siguiente, bajé a Recepción y pedí la cuenta. No había desayunado. Tampoco cené la noche anterior.

─¿Pero…? ¡No puede dejarnos tan pronto! Su cuenta está pagada durante siete días ─me aclaró cortésmente aquel joven.

─Lo siento, otra vez será. El trabajo, ya se sabe.

─En ese caso, permítame que le entregue un obsequio del Hotel. Vuelva a visitarnos pronto.

Recibí la caja y me fui pensando, por un lado, cómo agradecer a mi editor que hubiese pagado la cuenta y, por otro, cómo explicarle porqué me había marchado tan rápido.

 Sentado en el coche, un rugido de intestinos me recordó que debía comer algo. Observé la caja. Seguro que eran caramelos o bombones. Cuando la abrí comprobé complacido que era un surtido de bombones envueltos en papel con el logotipo de la cadena hotelera. Una tarjeta de cortesía estaba pegada en la solapa. La directora, Laura Vallés, me deseaba un buen viaje. ¿Laura? ¡Menuda encerrona de mi editor! Le iba a cantar las cuarenta a mi regreso.

Una furgoneta del Hotel paró justo enfrente de la puerta principal. Me obstaculizaba el paso. Preferí esperar a que se fuera. La rabia acampaba a sus anchas  por mi cuerpo. Vi bajar a alguien, supuestamente un empleado, y abrió la puerta trasera del vehículo. Traía un inválido. La espalda de una mujer de media melena asomaba en la silla de ruedas. En una maniobra de la silla, comprobé que no tenía piernas. Al girar la cabeza para hablar con su acompañante, contemplé perplejo que era Laura. Entró en el Hotel por sí misma, por una puerta separada de la principal.  

 Yo, decidí salir en busca de la verdad.

 ─Perdone, ¿Puedo hablar con la directora del hotel?

─¡Claro! Un momento. Preguntaré si puede atenderle.

─Acláreme algo antes, por favor. Me ha parecido verla entrar en una silla de ruedas. ¿Es posible?

─Sí Señor. La señorita Laura perdió sus piernas en un accidente de tráfico, hace dos años, pero se maneja muy bien con las piernas ortopédicas.

─¿En Florencia?

─¿Cómo dice?

─Sí ─respondió Laura, que apareció de la nada.

Me acerqué corriendo hacia ella y la abracé con la fragilidad que se toca una pieza de cristal tallado. Le di mil besos. No podía contenerme. Ella respondió del mismo modo. Y allí, ambos de pie, yo sobre mis piernas originales y ella sobre sus segundas piernas, nos confesamos aquel amor traicionado por la tragedia y reforzado por el recuerdo.

 ¿Cary Grant y Deborah Kerr? No. Nuestro final feliz no era una película.

 

 

 

 

 

 

Mensaje Subliminal


Soñé que sostenía en mundo entre mis dedos y unos nudillos lo golpeaban. Vivos y muertos danzaban como motas de polvo suspendidas en el aire, cayendo desordenados por la superficie.

Doña Paquita paseaba feliz con su difunto marido, mientras el tío Paco gritaba al cadáver de su adúltera esposa.

Los sentimientos contrapuestos insuflaron  la Tierra,  escapó de mi mano y se estrelló contra el suelo. Sin saber por qué,  un hedor de osario exhumado con tufo de Humanidad invadió mi habitación.

Aquella mañana, tiré las deportivas al contenedor.

Adiós 2014


No sé si es mejor lacrar una vieja historia encerrada en un folio amarillento o pulsar “Nuevo” en el procesador de texto y dejar que tus dedos tecleen libremente.

Siento que 365 días no son suficientes para alcanzar todas nuestras metas porque quizás nuestros proyectos requieren un plazo más largo de tiempo.

Inicié el año 2014, queriendo sumergirme en un mundo narrativo para poder navegar entre las letras y empaparme de palabras, pero… mi creación literaria quedó más seca que la mojama antes de acabar enero.

Se me ocurre que si los días tuviesen 48 horas, dejaríamos de ser esclavos del trabajo y podríamos dedicar más tiempo a las cosas que lo merecen. Aunque, bien pensado, la esperanza media de vida pasaría drásticamente de los 80 a los 40 años. Mejor será dejar las horas como están.

En una hoja polvorienta, encontré un relato en el que mi personaje “Fedra” encarnaba a una alumna enamorada de su maestro. Tanta insulsez en la trama, me evocó un bostezo seguido de una carcajada sonora. Un fogonazo de sensatez me hizo comprender cómo debían sentirse los lectores de mi blog. ¿Cómo pude creer que…?  Y, por raro que parezca, quemé un trozo de lacre para sellar aquel papel en vez de convertirlo en lluvia de confeti. Sin más, mis altos propósitos de escritura desmedida se esfumaron.

Tras un año de propósitos incumplidos y alejamiento del mundanal ruido, finalmente, he quitado los grilletes a mis dedos y les he dado libertad para escribir.
Seleccionar “Nuevo” para enfrentarte a la hoja en blanco siempre es alentador.
Quién sabe si el 2015 hará que se cumpla alguno de esos planes arrinconados en el desván del pasado.
Pase lo que pase, os deseo a todos lo mejor y espero que se cumplan vuestros buenos deseos.

 

FELIZ 2015

Mutación genética


 
Escalpelo en mano, veo que los logopedas se acercan a mi boca.
    ─No se preocupe, una pequeña incisión en la lengua de su hija será suficiente.
Mi madre, erguida y sin el menor atisbo de  compasión por mí, ordena:
    ─¡Adelante! ¡Cuánto antes acabe mejor! Ya estoy harta de tanta humanidad.
Luego, escondiendo su lengua viperina en el verdoso cuerpo, aguarda, pacientemente enrollada, el fatídico desenlace.
    ¡Satanás! Hubiese preferido el papel de Eva en esta ocasión.


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La sonrisa pintada en mi boca tras la lectura de los últimos micros ganadores del concurso de Radio Castellón Cadena Ser  y un mordisco a la manzana que estaba merendando,  dieron como resultado esta mutación de raíces bíblicas.  

La frase que debía incluir esa semana era 《Se acercan a mi boca》

Foto de protocolo


Adelanté presuroso un pie para ponerlo encima del pequeño trozo de papel. El otro, tuve que apoyarlo sobre el bordillo de la acera porque casi pierdo el equilibrio. Alineado con mis colegas, palidecí al ver el  flash que inmortalizaba tan fatídico momento.

Fingí recibir una llamada y permanecí inmóvil al aparato mientras todos desfilaban hacia sus vehículos. Me agaché para atar unos cordones inexistentes en mis zapatos y recogí la foto que había caído al guardar mi pañuelo. Hubiese sido difícil de explicar por qué una cara tan conocida, con el torso semidesnudo, estaba en el bolsillo de mi chaqueta.

La vi alejarse tras el cristal tintado del coche más largo de toda la comitiva. Nuestro pasado común seguía vivo sólo entre mis manos.

Al día siguiente, la foto de portada de los periódicos que se hicieron eco de aquella reunión de grandes empresarios, mostraba una formación de blancas sonrisas sobre una fila de piernas paralelamente bien dispuestas.
Ni rastro del incidente. Por lo visto, los retoques fotográficos  maquillan hasta las piernas.
Los contenidos del artículo publicado, gozaron del mismo trato.

La carrera



Levanté mi cabeza cuando llegué a la meta y respiré lentamente, temiendo agotar aquel elixir de vida que venía a recibirme. Las manos apoyadas en mi cintura, obligaron a mi cuerpo a permanecer quieto para recuperar el aliento. Clavado en mis deportivas observé un barullo de caras que se movía a cámara lenta. Sentí que las tropas internas de mis venas corrían aún desconcertadas por los túneles de mis cavidades librando su propia batalla. La desaceleración me provocó un vahído y doblé mi cuerpo hasta sujetar mis rodillas con las manos. Aquel equilibrio triangular provocó la calma celular que necesitaba mi cuerpo.


        Contemplé abrazos sudorosos, palmadas de reconocimiento sobre hombros desconocidos, lágrimas de triunfo y lágrimas de desencanto. Evadido del mundo, una súbita felicidad se instaló en mi rostro y una sonrisa inocente asomó en mis labios.


        Fue mi primera carrera. El mérito, simplemente alcanzar la meta.

        

  

Sentirse la reina del mundo

Se enfundó las botas de color teja sobre los pantis, la minifalda de terciopelo negro y la blusa de topos verdes con florecitas de seda. Nada como sentirse la reina del mundo, olvidarse del traje chaqueta y besar otros culos distintos al de su jefe.


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Cuando leí la frase "Sentirse la reina del mundo" en el concurso semanal de microrrelatos de Radio Castellón Cadena Ser, recordé la película "Pisando Fuerte (Kinky Boots)"  y me dejé llevar.
Por supuesto, este micro solo fue un fallido más. Aquí lo dejo. 







Más que harta de tropezar una y otra vez con la misma piedra, decidió alzar sus ojos para mirar de frente. Sentirse la reina del mundo, la animó a caminar con tanta elegancia que las piedras se apartaban a su paso y le hacían reverencias.

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Aunque solo envié el anterior micro, lo cierto es que esa semana escribí dos. No sé si la canción de Serrat sugestionó mi mente o si fue algún eco dormido de la canción de Julio Iglesias. El caso es que cambié las fuertes pisadas de quien sale del armario, por las pisadas seguras del que quiere comerse el mundo. Nada que ver con el anterior, pero os lo dejo también aquí.   



Amigo invisible





Pisotear  burbujas plásticas
anima las tardes de invierno.

Tablao flamenco improvisado.

Manta con lunares de cartón
y bufanda ceñida al cinto
de un sudado pelotón.

Uno, palmea extasiado
la madera de un cajón.
Otro, reparte líquido 
en los vasos de latón.

Brindan por un año nuevo,
que sumarán a su historia.

Ayudados por las mantas,
las bufandas deshiladas
y la leche que traía
esa caja de cartón.





Y si en vez de blanco...


─¿Y si en vez de blanco, fuese negro? ─pregunté, mientras apartaba un mechón de pelo de la cara de mi madre─ ¿No decías que realzaba el color de tus ojos?


─¡Ay hija! Ya llegarás a mis años y sabrás lo que vale un peine. Déjate de bobadas, anda. Al que no le guste, que no mire ─respondió sin contestar, mientras se sujetaba los pelos descarriados.  
Los viernes íbamos juntas a pasear por el parque y contemplábamos extasiadas la paleta de color otoñal que nos rodeaba. A las cinco, nos sentábamos en uno de los bancos del pasillo central, nos contábamos las banalidades del día y divagábamos sobre la vida de las personas que pasaban arriba y abajo. Para mi madre, ese era el momento cumbre. Aquella tarde, el aire gélido que se había levantado, nos echó a patadas.
Ya no recordaba la mata de pelo negro que mi madre lucía en aquellas fotos del  álbum. Su cabello se pobló de canas prematuramente y arrancó de cuajo su juventud. Ella se acomodó en la vejez sobrevenida y acabó convertida en sombra de la mujer fuerte que algún día fue.
 
Yo me independicé a los veinticuatro años. Quería ser libre. Pensé que lo mejor para mis padres era  que no los atormentara con mis problemas. La hipoteca se tragaba la mitad de mi sueldo. Aun así, creía ser feliz en la distancia.

A principios del verano, una ola de calor se llevó a mi padre por delante. Demasiadas teclas inservibles en un piano que había dejado de sonar hacía varios años. Mi madre se quedó helada aquella mañana. Yo, me quedé sin habla al recibir la noticia. 

Tragándome el remordimiento, acompañé a mi madre en tan duros momentos y despedí el cuerpo hueco que un día albergó a mi padre. Él seguía allí, con nosotras. La vida se me antojó extraña, egoísta y sin escrúpulos.

Cogí mi maleta, puse unas piezas de ropa y regresé con ella. Sonreía cuando venía a despertarme  y también cuando me obligaba a acostarme. 
Dos semanas después me dijo que mi compañía había sido muy grata pero que no quería tenerme con ella ni un minuto más. ¡Me dejó muerta! Aunque sabía que era lo mejor para las dos. Pacté que saldríamos a pasear por el parque cada viernes  y comeríamos juntas los domingos. Aceptó sin rechistar.  
Aquel domingo me presenté con unos pasteles para el postre. Me deslumbró su cabello negro y sus ojos verde esmeralda. Una foto familiar me observaba. La sonrisa de mi padre iluminó mi cara.
─Gracias mamá. Por fin tengo la respuesta.








Cita a ciegas

Juego peligroso
Un disparo en la sien y  estás muerto.  La pólvora desparramada por tus sesos, vestida con sotana de seriedad profesional y alzacuellos de protección de datos,  te anima a participar en esa ruleta rusa. Una cita a ciegas, unas copas y dos risas. Tras de ti, el  destino se relame con gusto avistando su próxima víctima.
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Este ha sido mi intento fallido para el concurso de micros de la Cadena Ser en Radio Castellón de esta semana. Llevaba meses sin presentar nada. Debía contener las palabras "Cita a ciegas".
La foto, como no, mi hija Noelia haciendo de las suyas.
 
 
 
Otro micro no enviado:
 
Coincidencias
Mi última cita a ciegas fue ayer. Supuse que tomaríamos unas copas, nos meteríamos en la cama y si te he visto no me acuerdo. No fue así. Mi joven atleta resultó ser un hombre maduro, de animada conversación y voz radiofónica cautivadora. Confesó que me envió  las primeras fotos que pilló por internet, y que su hijo de dieciséis había colaborado con los mensajes y  las notas de voz. Impresionada, le confesé que mis fotos de presentación habían sido retocadas y que mi hija de quince lo había pasado en grande contestando sus mensajes y sus notas de voz. Fuimos al cine. Reponían: “Algo para recordar”.   




Truecolor

Veinte minutos bajo la ducha y sigo sin quitarme esa sustancia viscosa de tinte hiperglucémico. ¿Estaré en una burbuja de caramelo toffee recién masticado?
 
La última glaciación provocada por mi realidad circundante, ha mantenido en estado de hibernación mi más íntima fibra sensible. De repente, una primavera anticipada ha eclosionado en mí provocando una transfiguración inesperada y ecos de un pasado lejano han irrumpido en el campo de batalla.
 
Supongo que la resaca del último colocón de números o la llegada de las benditas vacaciones son causa suficiente para explicar tal diarrea emocional. Hoy, tras un suculento desayuno, y un horizonte despejado ondeando entre mis neuronas, siento un renovado ímpetu que creo disipará la pegajosidad de mi empalagosa indumentaria y logrará descorrer la cortina tupida que ocultaba los millones de colores que me rodean. 

Pasando página


Despertaba cada mañana anhelando el néctar de sus besos. Sus prometidos encuentros, avivaban mi esperanza. Nuestras furtivas citas, mantenían la pasión. No podía imaginarme privada de tanto amor.

Pero «Los poderosos» son capaces de mutilar la felicidad de quienes protegen. Cortan las alas a quienes pretenden volar, prohíben los pasos que se salen de su camino y atan con fino espino al más tierno corazón.

Parecía increíble, pero murió mi bella historia de amor.

Brindo por los poderosos, los que rompieron nuestro enlace. Para que iluminen su vida con la luz que me han robado. Para que mi llanto arrope sus miedos infundados y logren abrir los ojos más allá de su razón.