Berlín

Si cuando empezamos a planear nuestras vacaciones me hubiesen dicho que me iría a Alemania, supongo que me habría reido. No habíamos estado nunca en este país, pero no estaba en la lista inicial de destinos a los que pensábamos ir primero.

          Después de escudriñar diversos catálogos de la agencia de viajes, hicimos números y, finalmente, descartamos todos los países de nuestra primera lista. El motivo fue el de siempre: don dinero. Mucha crisis, pero los viajes igual de caros. Así que, elaboramos otra lista con otros dos destinos para escoger, cuyos precios nos parecieron más admisibles, aunque no baratos.

           Nos reunimos con nuestra amiga Arantza en Vilanova, una ciudad entre Barcelona y Chilches y, catálogo en mano, decidimos que este año nos íbamos a Alemania. Ni pajorera de alemán, pero no importaba, seguro que iba a ser fantástico.

           Empezamos por Berlín, dos días para nosotros y una ciudad por descubrir. No era una ciudad bulliciosa y repleta de coches. Su gran extensión y sus pocos habitantes hacían que fuese difícil ver varios coches circulando a la vez, eso estaba reservado para las vías de comunicación externas. La gente era tranquila y respetuosa, de aspecto sonriente y paciente con el turista. Como en todas partes, éramos muchos los que nos encontrábamos allí, aunque en ningún momento sentí el agobio de las masas. Hicimos un pequeño crucero por el río Spree, contemplando las maravillas arquitectónicas de aquel lugar. Imponentes edificios que reflejaban la grandeza y el poder de un imperio, se entremezclaban con construcciones más recientes, de aire moderno y futurista, convivíendo en perfecta armonía y posando orgullosos ante el objetivo de las miles de cámaras que los fotografiaban.

          ¿Qué decir de Berlín? Ciudad de museos (el Museo de Pérgamo nos dejó boquiabiertos, también vimos el Museo Nuevo), de historia amarga (cuyos recuerdos perduran y es difícil olvidar), de avances tecnológicos (vimos pocos coches, pero varios eran deportivos de los que solo pueden verse en revistas de motor). La ciudad donde se inventó la Seguridad Social que hoy conocemos también aquí en España (una buena idea de la Siemens en beneficio de sus trabajadores, que luego fue adoptada en todo el país, y posteriormente, extendida por Europa). ¿Qué destacar en Berlín? Los restos del muro que la dividió durante años (los que siguen en pie son una galería  de arte al aire libre), quizá también destacaría, sus grandes jardines, un gran pulmón de varias hectáreas se adueña del centro urbano.

           Eran nuestros dos primeros días y ya estábamos enamorados de Alemania, y eso que aun no habíamos iniciado aún el circuito de "La ruta de los cuentos", ni habíamos conocido aún al grupo de personas con el que íbamos a compartir el resto del viaje. Los días restantes fueron una agradable sorpresa, pequeños pueblos y ciudades dormidas en  el tiempo nos esperaban. Fue un viaje de cuento, descubriendo qué inspiró a los Hermanos Grimm. Pero el mayor de los regalos fue compartir aquel viaje con aquellos compañeros. Muchos de ellos inolvidables. Con algunos estamos aún en contacto: Eugenia, Maribel y Antonio,... 

LAS ESPERADAS VACACIONES

           Hoy es mi primer día de vacaciones y,  despues de trescientos sesenta  y cinco días, solo puedo decir: «¡Por fiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiin!».

           ¿Será que ya no recuerdo lo que sentía el año pasado? Bueno, si las necesitaba hace un año, creo que ahora las necesitaba más. Ni los actimeles ni las vitaminas conseguían recargar la inexistente energía de  mis pilas. Mi única válvula de escape era la escritura. ¡Menos mal que he vuelto a escribir, si no, creo que me da un patatús!

           Mi primera quincena de vacaciones estaré en casita, con la familia, descansando e intentando hacer lo menos posible. Bueno, escribir sí. Ya en septiembre, tenemos concertado un viaje de nueve días con nuestra amiga Arantza para visitar Alemania. Solo veremos Berlin y Frankfurt y visitaremos algún pueblecito con encanto, pero no descartamos hacer una segunda visita para ver ciudades como Munich, Colonia...

          Si viajar fuese más barato viajaríamos más pero... al multiplicar el precio por tres, se nos cortan las alas. Así que, de momento, mi marido, mi hija y yo no hemos salido de Europa.

           También me gustaría cruzar el charco y ver los países de esas personas que, amablemente, han visitado mi blog. Gracias. Algún día,  ahorrando un poco, quizás nos vemos.


Buscando entre la basura

Erase una vez… una viejecita arrugada que encontré en una calle cualquiera de una ciudad sin nombre. La mujer rebuscaba entre las bolsas de un contenedor de basura. Su ropa sucia y remendada me llamó la atención. El cabello atado en una larga trenza, blanquecino y con alguna veta negra, tenía el aspecto desaliñado de la niña que se acaba de levantar y aún no ha tenido tiempo para cepillárselo.

          Giró su cabeza y me miró sonriente. Me había quedado inmóvil viendo la escena y no acerté a decir una palabra. Me dijo que había perdido su anillo de casada y no podía perder tan preciado tesoro. Era el único recuerdo que tenía de su anterior vida. Me preguntó si podía ayudarla.
         
           Me negué tajante, explicándole que era imposible encontrar un anillo perdido entre un montón de basura, que lo mejor que podía hacer era olvidarse de eso. Me miró triste y pensativa y me dijo que no se puede dar una batalla por perdida aunque parezca difícil ganarla, al menos hay que intentarlo. Siguió rebuscando.

          A diez metros de allí había un banco para sentarse. Permanecí allí expectante, pensando que finalmente se cansaría y aquello habría terminado. Incluso preparé unas monedas para dárselas cuando finalizara, para que pudiese comer algo y olvidar su pena.

           Un señor muy bien vestido pasó por detrás de ella y también se quedó mirándola. Ella le miró sonriente y le pidió que la ayudara. Ante mi mirada atónita, el señor bien vestido dobló su cuerpo dentro del contenedor y vi el movimiento de bolsas de basura hacia un lado y hacia otro. Me sorprendía que hiciese eso sin pensar que estaba ensuciándose la ropa, pero a él parecía no importarle. Finalmente, la viejecita le pidió que le ayudase a entrar dentro del contenedor, así podrían sacar las últimas bolsas de abajo y podría ver si su anillo se había quedado justo en el fondo. El señor, cuyas ropas habían quedado manchadas y sucias en grado extremo, se agachó un poco y con las manos fuertemente unidas le dijo que posase su pié en ellas para poder elevarla y meterla dentro. Con un poco de gracia, consiguió levantarla y ella entró en el cubículo. Aquel hombre retenía las bolsas hacia un lado, para que pudiese buscar con más tranquilidad aquel objeto que necesitaba encontrar. Lo encontró, yo no podía creerlo.

           Pasaron ambos ante mí y la señora me hizo un guiño. Cuando miré su cara, sus arrugas habían desaparecido, sus ropas estaban limpias y la trenza repeinada. El hombre parecía no haber estado nunca rebuscando entre la basura, incluso me pareció oler un aroma a suavizante en su ropa. No sé si fue mi imaginación la que quiso que los viera como dos personas más que pasean por la calle, dos personas con la vida resuelta y sin problemas.

           Me alejé de allí pensativa. Algo que yo hubiese dado por perdido, ellos lo habían encontrado. Decidí que, a partir de entonces, me aplicaría el cuento.

Pompeya

Aquella mañana visitamos la antigua ciudad de Pompeya. Una ciudad situada a los pies del volcán Vesubio, en la provincia de Napoles (Italia). Fue destruida en el año 79 d.C a causa de la erupción del volcán y a partir del s. XVIII rescatada entre las cenizas volcánicas.

           Estábamos en septiembre, era el cuatro de septiembre de 2007, y un calor matinal abrumador se adueñaba de nuestros sentidos. Iniciamos la visita sin demasiadas ganas, creyendo que ibamos a ver tan solo edificios derruidos con poco interés para nosotros. Para colmo, la subidita a la colina.

           Ese viaje lo hicimos con nuestros amigos, Elena y Pepe. No venía nuestra hija Noelia.

          Debo reconocer que nos equivocamos y resultó ser una visita muy interesante. Nos impresionó su pequeño teatro, su curiosa red de calles perpendiculares, la estructura de sus casas con estancias alrededor de un patio central, sus tiendas y un sinfín de detalles más que hicieron que nos olvidáramos del calor.

           La amplitud de la mayoría de las calles estaba marcada por el ancho de los carruajes romanos. Se veían las huellas del paso de las ruedas. Unas aceras altas protegían a los habitantes de la escorrentía del agua de lluvia y unas  islas de piedra insertadas en el centro hacían de paso de cebra.

           Se apreciaba la existencia de una zona comercial, donde encontramos mostradores de roca que presentaban distintos huecos donde poner las diferentes mercancias a la venta.

           El edificio de la panadería conservaba unos extraños hornos de piedra.  

           También pudimos ver el lupanare,  hermano de los actuales clubs de alterne, con sus camas de piedra escavadas en la roca. Sus paredes contenían dibujos representando los distintos servicios que podían ofrecerse a los clientes (me pareció estar viendo un libro de kamasutra). ¡Curioso!

           En la plaza del Foro pudimos ver restos de los principales edificios y templos de la ciudad. Unas columnas alzadas en el medio de aquel paisaje, nos hicieron comprender que aquella ciudad fue una ciudad poderosa e impresionante.

           Vista la ciudad y tras un cambio inesperado en la climatología, pudimos ver cuerpos humanos carbonizados por la lava del volcán. Una imagen impactante.


Un dibujo del Lupanare
Una casa con su atrium central
Las calles con sus pasos de cebra
Un cuerpo carbonizado


La plaza del Foro
Los hornos de la panadería

Una tienda

El estrangulamiento

Intentó con todas sus fuerzas quitar aquellas manos ásperas de su cuello. Sentía que se le escapaba el aire. No podía ver su rostro, estaba detrás de ella. ¿Nadie iría a ayudarla?

           Recordó una película en la que raptaban a unas chicas jóvenes para venderlas al mejor postor. ¡No podía ser cierto!

           La sensación de asfixia la devolvió a la cruda realidad. No querían venderla, querían matarla. Haciendo uso de sus últimas reservas de energía, comenzó a pegar codazos en el cuerpo de su agresor. Empleó sus piernas, pegó patadas como pudo. Clavó los tacones en sus zapatos. ¿Por qué a ella? ¿Alguien podía explicárselo?

           Sintió que sus fuerzas mermaban y, como una marioneta de tela, quedó inmóvil, a la espera del fatal desenlace. Notó como su circulación sanguínea se ralentizaba.

           María entró en la habitación de su hija, abrió la luz y vio que tenía tapada hasta la cabeza. Le dijo que tenía que levantarse para ir a la universidad. Pegó un tirón de la colcha para destaparla. Vio que estaba toda morada. Un grito de horror inundó la habitación. Tocó su rostro frío. Corrió al teléfono para llamar a su marido.

           Con el alma en un puño, regresó al dormitorio de su hija mientras llegaba su marido. La encontró plácidamente desperezándose. Se levantó, le dio un beso y se fue al servicio. María, desencajada, no comprendía qué había pasado. Hubiera jurado que estaba muerta y ahora la veía fresca como una rosa.

           Llegó su marido y las encontró: una, muerta por asfixia de colcha, en su cama; la otra, muerta por infarto, en el suelo.













La reina negra


Es difícil vencer la impotencia que nos causa la muerte de un ser querido. De repente, miles de palabras nunca dichas acuden a nuestra mente. Una cadena de frases mudas y sílabas rotas acaban por atormentarnos.

           Ante su llegada, quedamos sumidos en una batalla ajena intentando arrebatarle la victoria. No nos damos cuenta que luchamos al borde del abismo y somos nosotros los vencidos. La muerte es una reina negra que siempre hace jaque mate al rey blanco.

           Un sentimiento de amor teñido de infinita tristeza aplaca nuestra amargura, suavizando la derrota en la batalla.

           Nuestra existencia queda temporalmente interrumpida, lapidada, como si las piedras caídas en el camino descarnasen los cimientos de nuestra vida.

           El único bálsamo que nos hace despertar de ese lapso temporal son nuestras lágrimas. Lágrimas de despedida con las que hacer la argamasa necesaria para reconstruir las ruinas.

           Otra lucha se abre ante nosotros, continuar con nuestra vida. Debemos reanudar nuestra andadura y recobrar nuestra energía. Esos seres queridos dejaron su huella en nuestro corazón. Realizaron bien su trabajo. Ahora nos toca a nosotros. Un futuro nos espera, paciente y orgulloso. No le defraudemos, sigámoslo. Vivamos.

           Cuando nos llegue la hora, ya lucharemos cara a cara con la reina negra.

Último día del Taller de Narrativa (29-4-10 a 1-7-10)

Diez jueves, diez horas, diez amigos nuevos: David, Ana, Juan, Luis, Pepe, Teresa, Denís, Julio, Noelia y Yolanda. 

David Mateo Escudero, escritor valenciano con varias novelas en su haber, ha sabido despertar ese «yo» dormido que llevábamos dentro.
         
David Mateo Escudero, con Noelia (Mi hija) y conmigo.

Todos los compañeros han aportado su granito de arena a este Taller. Compartir historias ha sido muy gratificante. Espero que éste sea el primero de muchos más Talleres de Narrativa  a realizar en Chilches.
Luis Martínez Semper, también escritor valenciano, con nosotras.

En una palabra: FANTÁSTICO

EL BELLO DURMIENTE

El palacio había quedado sumido en una oscuridad profunda. Envuelto en tinieblas, protegía la más preciosa joya, una princesa conocida en los alrededores como la Bella Durmiente. Su mundo permanecía inmóvil, a la espera del cumplimiento de una extraña leyenda.

           Aquel palacio abandonado permanecía distante e inalcanzable.

           Cada mañana, cuando repartía los periódicos a los suscriptores de la población, miraba hacia aquella colina en cuya cima se observaba una nebulosa espesa. Sus padres le habían contado que, según una leyenda, siglos atrás una joven y bella princesa había sido encantada por la bruja de su madastra y permanecía en aquel lugar tenebroso esperando que un principe deshiciera el hechizo.

           Ismael sentía tanta curiosidad por aquel lugar, al que llamaban «maldito», que un día, tras su reparto de periódicos, tomó su moto y se dirigió rumbo a la colina.

           No sabía qué se iba a encontrar. Tuvo que avanzar lentamente por la neblina espesa, su vista no alcanzaba a ver mucho más allá de cinco metros. Dejó su moto y siguió lo que parecía un camino pedregoso, lleno de zarzas y pequeños arbustos que se iban enganchando en sus ropas.

            Cuando al fin llegó a aquel edificio casi en ruinas, la puerta de la entrada se abrió sin esfuerzo alguno, cualquiera hubiera dicho que le estaban esperando. Provisto de su linterna, subió por unas escaleras cubiertas por un tupido manto de polvo brillante que, a cada paso que daba, se elevaba quedando suspendido en el aire.

           Al llegar a la primera planta, como guiado por una mano misteriosa, fue directo hacia la puerta del final del pasillo. Entró en aquella habitación y observó una estatua tendida en una cama prisionera de las telarañas.

           Abriéndose paso entre millones de hilos de araña, llegó al pie de la cama y sintió el impulso de tocar la figura. Antes de hacerlo se quedó mirándola fijamente. Tan bella como era, tan frágil como parecía, no era más que una estatua de una joven más o menos de su edad.

           Acarició su mano, fría e inerte. Sacó un pañuelo de su bolsillo y le limpió el polvo de la cara. Era una estatua preciosa. La leyenda que tantas veces había oído contar era una historieta para niños, como aquel cuento que su hermana tenía en la estantería de su habitación.

           A punto estuvo de irse sin más, pero de repente recordó que a su hermana le encantaba jugar con las muñecas y decir que llegaba el principe azul y besaba a la princesa. Ya sabía que aquello era una tontería pero no perdía nada por besar aquella hermosa estatua.

           Acercó sus labios y la besó con los ojos cerrados. Como si estuviese en el juego de su hermana, creyó vivir el despertar de aquella figura, el resurgir de aquel viejo edificio y la alegría del sol entrando por las ventanas. Una sensación de amor infinito invadió su alma.

           Vio una chica joven mirándolo apesadumbrada, le decía cosas que no acertaba a comprender. Besó la yema de sus dedos y la apoyó en su frente. Se despidió de él con lágrimas en los ojos.

           Tuvo que sentir de nuevo la oscuridad, mientras veía alejarse la luz de la linterna, para comprender que había deshecho el hechizo y ahora era él el Bello Durmiente.

FIN.

NO ERA UNA LIBRERÍA CONVENCIONAL

PARTE I

Aquella no era una librería convencional. No se percibía el olor a cuero y a papel viejo al que él estaba acostumbrado. Todo era nuevo: el edificio, la ubicación, los muebles, los libros... Era una librería de verano, no muy grande y de una sola planta, con ventanas orientadas al mar, provistas de cristales ahumados que dejaban paso a la luz del sol. A través de ellas podía ver el puesto de socorro, una gran cantidad de sombrillas y toallas vistosas esparcidas por la arena y multitud de gente que iba a la playa para tostarse al sol o tomar un baño refrescante. Aquella imagen aún le provocaba más sensación de calor mientras trabajaba en aquella sala caldeada.

            Tenía una larga semana por delante, el quince de junio debía estar todo en su sitio. Sólo contaba con la ayuda de Miguel, un peón que su padre había contratado para que le ayudara a desembalar y colocar los libros en los estantes. Miguel estaba acostumbrado a la rudeza del trabajo diario en las calles y el traslado de fardos o bultos de un lugar a otro, así que, tras la caída de algún que otro libro por el suelo, Luis decidió enseñarle unas nociones básicas sobre su manejo.

            Se puso manos a la obra, Miguel desembalaba las cajas y él catalogaba los ejemplares. Los dispuso en pequeños pilares, según la materia a la que se referían, para facilitar su posterior ubicación en las estanterías. El ordenador con el que tenía que trabajar disponía de un paquete de aplicaciones bastante básico. Su padre, que ya poseía otra librería, le había instalado una base de datos que le permitiría anotar las ventas, las adquisiciones, los gastos de la librería y toda una retahíla de cosas que jamás se le habría ocurrido que su padre controlara.

            Luis imaginaba a su padre, planteando a los responsables del ayuntamiento su idea de instalar una librería junto al paseo marítimo, a tres metros de la arena, para fomentar la lectura e incentivar el turismo cultural. Nadie era capaz de vender una idea mejor que él. El proyecto se llevó adelante en un tiempo récord, recibió los permisos necesarios inmediatamente y hasta consiguió una cesión de libros de la Consejería de Cultura.

            Evidentemente, aquella librería no disponía de los mismos ejemplares que la que tenían en la calle San Félix, perteneciente a la familia desde hacía quince años. Luis había trabajado siempre allí, a las órdenes de su padre. La librería de la playa poseía únicamente mil ejemplares para la venta y doscientos cedidos por la Consejería para prestar a los lectores que lo solicitasen. Como algo innovador, acordaron que éstos últimos serían utilizados en los círculos de lectura que se iban a celebrar en el extremo de la sala acondicionado al efecto, aunque también pensaban prestarlos a los lectores de tumbona, aquellos que siempre están encantados de leer a la orilla del mar. La mayoría de los libros cedidos eran ediciones de bolsillo de los últimos «Best Sellers» del mercado pero, entre ellos, también había cuentos para los más pequeños, libros de aventuras y algunos clásicos de la literatura.

            Por fin llegó el día de la esperada inauguración, Luis estaba nervioso, hacía un calor sofocante y, para colmo, el aparato de aire acondicionado no había querido ponerse en marcha. Allí estaba, con su traje de chaqueta, acompañado de Miguel, también vestido para la ocasión, esperando a las autoridades que iban a venir acompañadas de su padre para dar pomposidad al acto. Él odiaba toda la parafernalia protocolaria, pero no le quedaba otra.

            Ante la llegada de la comitiva, los alrededores se llenaron de curiosos con bañador y gafas de sol que no querían perderse tan interesante evento. Resultaba una imagen extraña, unos tan peripuestos y otros a su aire. Tras la visita, inspección y fotos de rigor, el grupo dejó a Luis y a Miguel solos en la librería. Luis puso el cartel con el horario en la puerta acristalada y esperó, acompañado de su ayudante, que alguien se decidiese a entrar. No tardaron mucho en llenarse los pasillos de la sala. Poco después Miguel se despidió de Luis y le deseó buena suerte.

            Los libros cedidos podían prestarse por periodos semanales. Antes de solicitar algún libro en préstamo, había que obtener una ficha-carnet que acreditaba al usuario como «lector de verano». Luis les explicaba que debían poner las fundas de plástico que les entregaba porque, de ese modo, los libros estaban más protegidos del salitre del mar. Les rogaba, una y otra vez, que tuvieran cuidado de no llenar de arena las páginas del libro. Los granos de arena podían rasgar las hojas y estropearlas, llegando a hacerlas ilegibles.

            Al finalizar aquella primera semana, Luis hizo su primer recuento de existencias. Había vendido siete libros. Su padre no había ganado dinero ni para pagar su nómina. Los préstamos de libros habían sido numerosos, un total de cincuenta. Sólo se había hecho una tarde el círculo de lectura, y no fue en el lugar habilitado al efecto sino enfrente de la librería. La gente prefería estar en la tumbona, con su bañador, oyendo la ronda de lecturas, antes que pasar una tarde sofocante en aquel invernadero.

            Cuando finalizó el recuento semanal, las entradas y salidas de préstamos coincidían con las anotaciones del ordenador. Pero, por otro lado, curiosamente, en vez de quedar novecientos noventa y tres libros a la venta, Luis había contado mil. Los recontó varias veces, obteniendo el mismo resultado. ¡No podía ser! Tenía siete salidas anotadas y ninguna entrada. Seguro que las personas que habían adquirido aquellos libros se los habrían dejado sin darse cuenta y, con tanto trajín de niños, sombrillas y toallas, los habría colocado en cualquier lugar. En fin, fuera como fuese, era demasiado tarde y debía irse a casa. Ya eran las diez de la noche y su esposa le esperaba para ir a cenar a casa de unos amigos.

            Al día siguiente, cuando entró en la librería hizo de nuevo el recuento con más tranquilidad. Decidió buscar los ejemplares vendidos y apartarlos, esperando que sus compradores volvieran a reclamarlos, pero no encontró ninguno de aquellos siete títulos, por lo que concluyó que debía tratarse de un error de numeración de existencias iniciales. No le quedaba más remedio que revisar los libros uno por uno y descubrir cuáles eran los que no figuraban a la venta. Pensaba que podía tratarse de un descuido al catalogarlos y que existían siete libros sin registrar. Encontró los volúmenes que le faltaban e introdujo su información en el programa. Ahora sabía que los ejemplares iniciales eran mil siete y no mil, tal como él había creído.

            Pasó otra semana más y las ventas habían aumentado, logró vender cincuenta libros, el negocio iba por buen camino. A la gente le gustaba hablar con Luis, él había leído todos los libros que existían en la librería y si le preguntaban, daba su opinión sin desvelar el secreto de la historia. Siempre les decía que lo mejor era leer el libro y desentrañar lo que esconde en su interior. Cada ejemplar era único y cada historia había que leerla para entenderla.

            Los círculos de lectura también habían tenido mucho éxito. Todas las tardes, podían verse veinte o treinta tumbonas dispuestas delante de la puerta de la librería, en la arena de la playa. Se iniciaba la ronda le lecturas y tras dos horas leyendo un libro determinado, la gente daba su opinión sobre el autor y sobre la trama escondida en aquellos capítulos. Cada día estaba dedicado a un autor, elegido por Luis y anunciado en un cartel colocado en la puerta.

            Llegó la hora de su segundo recuento semanal. Esta vez, Luis tenía claro que le quedaban novecientos cincuenta libros, pues lo tenía todo bien anotado. Primero comprobó los préstamos, todo estaba correcto. Luego, los libros a la venta, esperando terminar pronto para irse a casa con su mujer y salir un rato a pasear por el paseo marítimo. Pero nuevamente aparecieron esa semana siete ejemplares de más ¡No podía creerlo! Esta vez, no se molestó en hacer un nuevo recuento. Estaba cansado y se marchó a casa.

            Al día siguiente estaba lloviendo, no había un alma en la playa, y nadie se acercó a la librería, así que decidió tomárselo con más tranquilidad y comprobar cuáles eran los volúmenes no anotados. Encontró los siete que buscaba. No poseía albaranes que demostrasen su existencia, y comprobó que tampoco los había de los libros que descubrió la semana anterior. ¿De dónde habían salido?

            Sin contar lo que ocurría, llamó a su padre para preguntarle si estaba seguro del número exacto de volúmenes que trajeron a la librería. Su padre le respondió que él mismo había contado los mil ejemplares antes de llevarlos allí. Y ahí quedó el tema.

            Pasó aquel día recontando libros y, en un momento de desesperación, a la vista de los pocos clientes que habían acudido, decidió apartar los catorce libros misteriosos de la estantería y colocarlos en una pila sobre el suelo. Se sentó allí, frente a aquellos volúmenes de origen desconocido. Leyó los títulos y el nombre de los autores, no conocía a ninguno de ellos ni recordaba haberlos leído nunca. Abrió el que estaba encima y empezó su lectura, iba por la mitad del libro cuando, de repente, sonó el móvil. Era su padre, quería que fuera a verlo inmediatamente.

            Su padre le esperaba nervioso, con mirada de preocupación. Le preguntó si había notado algo extraño durante esas dos semanas en la librería de la playa. Luis se derrumbó, no tenía más remedio que contárselo.

            Tras oír la historia de su hijo, su padre pareció entrar en un estado de shock. Una vez repuesto, le contó que cada día, misteriosamente, durante quince años, un libro nuevo aparecía en su librería, lo registraba, lo leía, se lo pasaba a él para que lo leyese también, y finalmente lo ponía a la venta. Pero durante esas dos últimas semanas no había descubierto ningún libro nuevo. Recordó que le había llamado preocupado preguntándole por el número exacto de libros que había llevado a la playa y, aunque en ese momento no pensó nada extraño, algo en su interior le dijo que le estaba ocurriendo lo mismo que le había pasado a él durante ese tiempo.

            ¿Dónde estaba el misterio? Ninguno de los dos lo sabía. Parecía como si ahora Luis hubiera tomado el relevo.

            Al finalizar el mes de julio, treinta y un libros más figuraban entre las existencias de Luis. Una vez descubierto qué volumen misterioso había entrado en la librería, lo catalogaba y lo leía. Sentía fascinación por todos aquellos libros misteriosos. Deseaba encontrar el libro desconocido para leerlo. Aquellos autores eran diestros en el uso del lenguaje. Mucha gente se interesaba por aquellos ejemplares y acababa adquiriéndolos. En principio, entre ellos no parecía haber nada en común.

            Un día, de visita en la librería de su padre, echó una ojeada por los estantes, releyendo los títulos de aquellos libros que alguna vez habían estado entre sus manos. Le llamó la atención uno de ellos: «El misterio que nunca descubrirás». Le preguntó a su padre por aquel libro y éste le contestó que creía haberlo leído hacía muchos años, pero no estaba seguro. Miró en el ordenador su fecha de alta y comprobó que había estado allí desde el primer día que abrió la librería. Era curioso, ninguno de los dos recordaba aquella historia. Su padre le dijo que lo empezaría a leer esa misma noche y después se lo pasaría, oara que también lo leyese él, como siempre.

            Pensando que aquella situación era ridícula en el siglo XXI, Luis empezó a curiosear por la red intentando descubrir la trayectoria profesional de aquellos autores o algún indicio sobre la existencia previa de aquellos libros que aparecían cada día en su librería pero, no encontró ninguna información. Podían ser autores que firmaran con un seudónimo. Quizás eran novelas escritas en otros idiomas, traducidas por alguien y depositadas en la librería, para ver si tenían salida en el mercado. Sólo le quedaba un día para cerrar la librería de verano, pues la temporada de playa terminaba el quince de septiembre, y la intriga se estaba apoderando de él.

            Su padre le llamó al día siguiente, había estado leyendo sin parar toda la noche y creía haber descubierto el misterio. Luis fue corriendo a la librería de su padre, necesitaba que le dijera qué estaba pasando. Cuando llegó, su padre le contestó que no pensaba contárselo, le tendió el libro y le dijo que lo mejor era leer el libro y desentrañar lo que esconde en su interior.

            Una sonrisa se dibujó en los labios de Luis.






PARTE II


Cuando regresó a la librería de la playa, encontró a Miguel, sentado en bordillo de la acera, esperándole, con los pies pisando la arena. Le preguntó cómo le había ido la temporada y qué tal le había resultado esa experiencia. Estuvo todo el día con él pues tenía que organizar el trabajo del traslado de los libros. Luis no quería que los libros se quedaran allí, sin nadie que los pudiera leer. Además, su padre temía que se pudiese producir algún acto vandálico durante el periodo de cierre y que se estropearan los libros que habían quedado sin vender. Los libros donados por la Consejería de Cultura, debían ser entregados a la biblioteca municipal. Miguel tenía preparadas, por un lado, las cajas en las que debería trasladar los libros a la calle San Félix y, por otro lado, las cajas en las que tenía que colocar los libros que debía llevar a la biblioteca municipal.

            Fue un día agotador, Luis no veía el momento de empezar a leer el libro. Cuando fueron las siete de la tarde, Miguel se despidió y le dijo que empezaría al día siguiente a realizar el traslado, tal como habían quedado.

            En su último recuento, Luis encontró, por supuesto, un nuevo libro misterioso en los estantes. Desde aquella segunda semana de junio, en que detectó el extraño suceso, hacía el recuento diario en vez de semanal. Ahora se preguntaba qué podía pasar, ¿volverían a aparecer en la librería de la calle San Félix los libros misteriosos? Si era cierto que su padre había resuelto el misterio, ¿habría terminado todo?

            No podía esperar más, el libro estaba en el cajón del mostrador. No había podido leer aún ni una sola línea.

            Cuando llamó a su mujer para decirle que terminaría tarde, pues tenía que hacer el inventario y era una tarea costosísima, notó que algo no iba bien. ¿Podía haberse adelantado? Ella insistió en que no se preocupara, que todo aquello entraba dentro de lo normal. Muchas mujeres primerizas tenían contracciones en el séptimo mes y luego no pasaba nada.

            Luis empezó a leer «El misterio que nunca descubrirás», de un autor de origen croata desconocido para él.

            La historia se situaba en Dubrovnik, mucho antes del bombardeo de 1991, incluso antes de ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979. Describía la ciudad con maestría: la puerta Pile en la entrada, el casco antiguo con paredes rebosantes de historia, la muralla que recorría todo el perímetro de la ciudad fortificada, las estrechas callejuelas que aparecían por doquier, los hermosos claustros de los palacios y conventos, las magníficas vistas del mar Adriático abrazando la ciudad,... Tantas maravillas que Luis, por un momento, se imaginó allí.

            No concretaba el año en que se desarrollaba la historia, pero debía ser el año 1901, pues hacía referencia a su farmacia restaurada, una de las más antiguas de la Europa actual.

            Narraba la historia de un oficial croata, que se encontraba de servicio en el Palacio de los Regidores y que, tan prendado quedó de la ciudad, que sintió el impulso de escribir sus pensamientos y plasmar las imágenes grabadas en su retina. Sus relatos agradaron mucho a quienes los leyeron, y eso que entonces muchos no sabían leer. No eran pensamientos políticos ni religiosos, eran sólo textos, descripciones de lugares, historias de personajes imaginarios que cualquier persona podía entender.

            Un monje franciscano que custodiaba las reliquias de la orden, un buen día, oyó hablar sobre los relatos que escribía el oficial. Pudo conseguir uno de ellos y, ciertamente, le encantó. Aquel maravilloso uso del lenguaje hizo que el monje mostrase el texto a sus superiores, para que pudiesen gozar de tan espléndida lectura. Decidieron que no podían permitir que ese escriba tan culto desperdiciase su vida narrando historias sin ser arropado por la Iglesia. El oficial entró a formar parte de la orden franciscana.

            Un día el oficial no se encontraba bien, así que fue enviado a la farmacia, para que le diesen algún medicamento. Cuando entró allí, ante tal colección frascos, alambiques, morteros y balanzas, se desmayó. Nadie sabía qué le había sucedido. Despertó aturdido, tomó su medicamento y se fue a su aposento.

            A la mañana siguiente, escribió su relato diario y, como siempre, cedió su lectura a sus superiores. No comprendían lo que había escrito, reconocían que se trataba de algún alfabeto antiguo, pero no sabían traducirlo, eran demasiado jóvenes. Pidieron que el oficial les explicase qué era lo que había escrito y éste, sorprendido ante tal pregunta, cogió el texto y lo leyó. No comprendía por qué le decían que aquello eran símbolos extraños. El monje más antiguo del lugar indicó que había sido escrito utilizando el alfabeto glagolítico, un alfabeto muy utilizado en el lugar durante los siglos XVI y XVII. Sin duda, aquel desmayo, había sido algo más que un desmayo.

            Cada día, el oficial escribía uno de esos textos maravillosos que nadie podía leer sin la correspondiente traducción, ya que no se utilizaba el antiguo alfabeto. Los monjes más antiguos del convento los traducían, los encuadernaban en piel y los atesoraban en su preciada biblioteca, sita en la parte superior del convento.

            La historia contaba que aquel oficial nunca fue capaz de volver a escribir con el alfabeto latino, pero fue un modo más de mantener vivo al antiguo alfabeto entre los monjes, que aprendieron a usarlo y a traducirlo. La biblioteca franciscana llegó a ser la más importante del lugar.

            El oficial, cuyo nombre no aparecía en el libro, vivió muchísimos años, de hecho, se apuntaba que viviría más años que Matusalén.

            Un ruido en la calle, por un momento, hizo que Luis regresara mentalmente de Dubrovnik. Muchas preguntas asomaron en su mente: ¿Podría vivir aún aquel oficial? ¿Serían los monjes franciscanos los que enviaban sus relatos a la librería? ¿Por qué a su librería? ¿Pasaría en más librerías del mundo? No alcanzaba a comprender qué era lo que había descubierto su padre, de momento él no entendía nada.

            Había leído tres cuartas partes del libro cuando sonó el teléfono. Era su mujer, tenían que ir a urgencias. Creía que estaba de parto.

            Dejó el libro abierto en el suelo, cerró la librería y se dirigió veloz hacia su casa. Le esperaba su mujer, su cara reflejaba un temor contenido. Cogieron el coche y se dirigieron al hospital. Tras la revisión, el médico les dijo que todo iba bien, aunque el parto sería complejo. Había dos jóvenes más en la sala de dilatación, también primerizas como su mujer, pero con un embarazo de nueve meses. La emoción de aquellos padres nada tenía que ver con la sensación de angustia que tenía Luis, estaba contento, pero tenía miedo. Tardó casi veinticuatro horas en llegar, pero llegó bien, era un pequeño guerrillero que no paraba de llorar. Dijeron que tenía que estar en la incubadora durante unos días, el poco peso y otra serie de razones así lo aconsejaban.

            Luis tardó dos días en volver a casa. Su mujer se quedó en el hospital con su hijo, los dos necesitaban cuidados. Después de la ducha, decidió pasar por la librería de la playa, coger el libro y acercarse a darle la noticia a su padre. Continuaría leyendo el libro en la habitación del hospital, junto a su mujer y a su hijo.

            Llegó a la librería y encontró a Miguel sacando las últimas cajas y cargándolas en la furgoneta, pero su libro había desaparecido. Ante su cara de desesperación, Miguel le indicó que recordaba que lo había visto en el suelo, al lado de las cajas abiertas de la biblioteca, y creyendo que se había caído de allí, lo colocó dentro de una de ellas y  junto a los otros libros de la Consejería, lo llevó a la biblioteca. Luis le dijo que necesitaba urgentemente recuperar aquel libro y Miguel se comprometió a encontrarlo y traérselo. Dejó el tema en sus manos y se fue a la librería de la calle San Félix.

            Su padre le recibió con un abrazo, se había enterado del nacimiento del niño porque su consuegra le había llamado. Le perdonó el no darle antes la noticia. Cuando le preguntó si había leído el libro, Luis le confesó que le faltaba leer el cuarto capítulo pero que no sabía dónde había ido a parar el ejemplar.

            Luis estaba tan derrotado, que ni siquiera preguntó a su padre si habían aparecido libros nuevos en su librería, otra vez. Era tanto el cansancio reflejado en la cara de Luis, que su padre quiso contarle el final de la historia, no fuese que el libro no apareciese.

            Por lo visto, en esa última parte el autor mencionaba que el oficial, un buen día, decidió descubrir mundo para retratar con su mirada nuevos horizontes desconocidos. Cada día escribía un libro que enviaba a la biblioteca franciscana de Dubrovnik. La historia finalizaba destacando que aquel hombre conoció nuevas lenguas y aprendió nuevos alfabetos, llegando a escribir relatos en más de cien lenguas distintas.

            Pero aquello no le dio ninguna pista a Luis, cuyo rostro reflejaba la absoluta indiferencia que le había producido conocer el final de aquella historia. Su padre le confesó que a él le había ocurrido lo mismo, pero vio la luz cuando leyó las notas añadidas al final del libro. Primero se añadieron cartas de agradecimiento enviadas al convento por diversos hombres que habían conocido personalmente al oficial. En último lugar, aparecía una carta escrita por un monje del convento, en la que se indicaba que la narración era un hecho real y que nadie conocía el paradero actual del oficial, resultando que un buen día dejaron de recibir los libros en la biblioteca del convento franciscano de Dubrovnik, un misterio que nunca podrían descubrir, motivo por el que seguramente el autor le puso ese título al libro.

            El padre de Luis le contó que, cuando leyó la carta de aquel monje, le vino a la mente un personaje singular con el que habló en el supermercado el día de la inauguración de la librería de la calle San Félix. Era un hombre de aspecto mayor, aunque no hubiese dicho que era un viejo. Estaba tan emocionado con la inauguración que le invitó a asistir a la misma. El hombre se presentó allí, conoció a la familia, y conversó un buen rato con Luis. Comentó, antes de despedirse, que le había gustado mucho aquella librería. Su padre también mantuvo una buena charla con él y le dijo que, aunque Luis era un adolescente, había leído todos aquellos libros y que nunca vendería un libro que no hubiese leído primero su hijo. Nunca volvió a saber de ese hombre, pero desde ese mismo día, cada día, un libro nuevo aparecía en la librería.

            Luis miró a su padre atónito, ¿Podía ser aquel hombre el oficial de Dubrovnik?

            Su padre, le confirmó que ahora, un libro nuevo aparecía cada día en la librería de la calle San Félix.

            Diez días después, Luis se dirigía con un ramo de rosas hacia el hospital para recoger a su mujer y a su hijo. Los dos estaban bien y se sentía el hombre más feliz del mundo. Cuando llegó, su mujer llevaba un libro en la mano, un señor, que dijo ser amigo de la familia, se lo había regalado. El libro se llamaba «El misterio que nunca descubrirás». Luis, contento, pensó que el bueno de Miguel, aunque tarde, había encontrado el libro.

            Tras llegar a casa y acomodar a su mujer y a su hijo, fue a echarle una mano a su padre en la librería.

            Ese día tenían una cita con el representante de una editorial. Llegó puntual, en aquella ocasión se presentó ante ellos como simple mensajero, cumpliendo un mandato notarial. Les desveló que, durante años,  habían encuadernado los libros que alguien les enviaba diariamente, para luego entregarlos en la librería de la calle San Félix. La única excepción, habían sido los tres meses de verano, que no sabían muy bien por qué, la orden de entrega fue en la librería de la playa.

            Luis, que no salía de su asombro, le preguntó al representante porqué nunca se había hecho la entrega de un modo convencional y siempre habían tenido que descubrir los libros entre la multitud de los estantes.

            El representante les dijo que en el mandato notarial figuraba la obligación de dejar los libros encuadernados entre los de los estantes, sin dejar rastro de quién los enviaba ni de cómo habían entrado. El autor había manifestado que quién quisiera encontrarlos los encontraría.

            El padre de Luis le preguntó cuál era, pues, el motivo de su visita y el señor le respondió que el encargo recibido había finalizado, la cláusula final del contrato así lo indicaba. Tenía orden de entregar en mano a los propietarios de la librería de la calle San Félix el último libro. Se llamaba «El enigma resuelto».

            Miguel, que se había enterado del nacimiento del hijo de Luis, decidió acercarse a su casa para felicitarles. Luis le abrió la puerta y le dio las gracias. Miguel saludó a su mujer y cogió al niño en brazos, se alegraba mucho de que todo hubiese salido bien. Antes de irse, recordó que le traía un regalo. Le dio a Luis el libro que le pidió que encontrara: «El misterio que nunca descubrirás”». Luis, perplejo ante la duplicidad, miró a su mujer y se lo enseñó, aunque no comentó nada. Se despidieron de Miguel, agradeciéndole su visita.

            Le preguntó a su esposa cómo era la persona que le había entregado la otra copia del mismo libro. Ella le contesto que era un señor mayor, pero no demasiado viejo. Este hombre le dijo que su hijo sería un gran lector de libros y por ello le regalaba aquel segundo libro.

            Cuando Luis abrió la tapa del libro que tenía su mujer, vio que bajo el mismo título figuraba la indicación: «Segunda Parte».

            Ahora no sabía por dónde empezar, si por esta Segunda Parte o  por el Enigma resuelto. Lo que sí tenía claro, era que el autor enigmático de tantos libros leídos era la misma persona, aquel oficial que en 1901 entró en el convento de los franciscanos.

            Decidió empezar a leer la «Segunda Parte». Con tan solo cien hojas, pudo leerlo de un tirón.

            Aquel oficial contaba cómo llegó a España y conoció a un librero y a su familia cuando inauguraron su primera librería. Recordó que aquello ya se lo había contado su padre y notó que los pelos de sus brazos se erizaban ante la impresión que aquello le causaba. Su padre, efectivamente, había dado en el clavo. Narraba que se sintió tan familiarmente acogido, que decidió pasar lo que le quedara de vida en este país, cambiando el destino de sus envíos diarios a aquella librería de la calle San Félix. En sus andanzas por el mundo había recibido mucho dinero de personas que le apoyaron y ayudaron para que continuase escribiendo, así que no necesitaba dinero, pues había reunido el suficiente como para pasar sin penurias cien años más. Relataba las distintas visitas que había hecho a aquella librería a lo largo de esos quince años, en los que siempre le había sido atendido estupendamente por el joven propietario. En dos ocasiones, tuvo el placer de escuchar las opiniones de Luis sobre alguno de sus libros y observar cómo algún comprador acababa llevándose el ejemplar. También relataba que,  enterado del nacimiento de su hijo, no pudo evitar hacer una visita a su mujer y al niño para conocerlos y hacerles entrega de esa segunda parte del libro, escrito como homenaje a Luis y a su familia. Unas notas de agradecimiento a Luis, de parte del autor y otras de varios monjes franciscanos que al fin lograron saber dónde se hallaba su oficial, remataban el libro.

            Una imagen de un cliente empezaba a formarse en la mente de Luis. Recordaba vagamente un señor que había visto en alguna ocasión por la librería, aunque no sabía si había llegado a venderle algún libro.

            Como el otro libro tenía unas doscientas hojas, decidió que debía leerlo también aquel mismo día. Si aquel hombre había querido que le fuese entregado en mano, debía contener alguna información importante para él. Así que, tras tomar un café y comentar sus descubrimientos con su mujer y con su padre, decidió volver a sentarse y leer también «El enigma resuelto».

            La nueva historia empezaba con un «Mi querido Luis:». Comprendió que no era un relato lo que iba a leer, sino una grandiosa carta. Allí, tras una presentación de sí mismo y un breve resumen de sus andanzas, le enumeró los motivos que le llevaron a fijar su residencia en España.

            Entre otras tantas cosas, le explicaba  el motivo por el que nunca firmaba sus historias con el mismo nombre, manteniendo así un halo de misterio en las historias narradas, pues para él que los lectores supiesen quién era el escritor del texto carecía de importancia, y por ello, utilizaba los nombres de las grandes personas anónimas que se habían cruzado en su vida y creía que merecían que alguien les recordase en esta vida, a modo de homenaje.
            Recordaba la primera pregunta que le hizo a un joven Luis, aquel día, respecto a sus gustos literarios, a la respuesta que éste le ofreció indicando que cada libro contiene un misterio escondido que hay que descubrir. La respuesta dada fue tan sencilla que sintió que debía echar raíces aquí y proporcionar historias llenas de misterio a ese joven lector.

            Mientras leía aquella emotiva carta, en la que los ojos de Luis se humedecieron en más de una ocasión, descubrió su frágil alma desnuda ante la mirada de aquel autor. Aleksandar Bogdanovic era su nombre real.

            Al finalizar, le incluía las señas dónde residía y Luis quedó atónito, todos aquellos años había vivido allí mismo, a ciento cincuenta metros de la librería, unas veinte casas calle arriba. Aleksandar le animaba a que escribiese algún libro y se lo hiciese llegar para que su enfermera se lo pudiese leer. Ahora, a sus ciento treinta años, se encontraba ciego y, aunque su mente estaba perfectamente lúcida, su cuerpo empezaba a tener unos pequeños achaques que le impedían escribir. Ahora, sentía más necesidad de escuchar historias que de escribirlas.

            El boceto de una cara empezaba a bailar en la memoria de Luis. De repente recordó la cara de ese señor mayor que en alguna ocasión lo había pillado escribiendo pequeños relatos en la librería y que había insistido en escucharlos. Aquel hombre le había dicho que algún día sería un gran escritor. Luis había olvidado por completo lo feliz que se sentía escribiendo. Era un buen momento para retomar aquella afición.

            Ahora estaba en deuda con Aleksandar. No creía que pudiera escribirle un libro cada día, pero estaba seguro que podía empezar escribiendo un relato cada día.

            Pensaba visitarle esa misma tarde para saludarle, darle las gracias por todo y anunciarle que sería él mismo quien iría a leerle los capítulos de su primer libro.

FIN



¿Mapa o Brújula?

David Mateo, nuestro profe del Taller de narrativa, nos contó qué técnicas podemos seguir para elaborar un cuento, novela o relato.

           Nos aportó dos textos muy interesantes, uno basado en el método «MAPA» y otro basado en el método «BRÚJULA».

           Aunque ya indicó en una clase anterior en qué consistían estos procedimientos, yo no conseguía verlo demasiado claro. Intenté hacer un supuesto Mapa para la elaboración de una novela basándome en un relato corto que presenté a un concurso, pero reconozco que mi prueba no fue muy buena. Quizás no me sentía suficientemente motivada con aquella historia.

           Nos comentó que el escritor con «MAPA» tiene muy claro todo lo que va a acontecer en la novela y solo tiene que desarrollarlo. En cambio, el escritor con «BRÚJULA»,tiene una idea vaga de lo que va a acontecer y se deja guiar por la intuición para escribir poco a poco la historia.

           Bien, tras este segundo día de clase oyendo hablar de estas dos técnicas de trabajo utilizadas por los escritores,  me sentí  identificada con el segundo método. Recordaba que siempre imaginaba una historia y la  plasmaba en el papel, normalmente sin plantearme cúal sería el final. El final me salía  y punto. Claro que hablo de cuando era adolescente.

           A la vista de mi primer intento fallido con el «MAPA», he vuelto a intentarlo, pero esta vez utilizando mi diálogo «Secreto entre hermanas». Sinceramente, una vez he tenido claros los hechos que me gustaría dejar grabados en la mente del lector, las pistas me han surgido rápidamente como mero desarrollo de esos hechos.

           Documentarse e informarse es muy importante, ya que únicamente de ese modo resulta creíble lo que se cuenta en la historia. He hecho una primera toma de contacto averiguando procedimientos seguidos por la policía judicial en la resolución de asesinatos, aunque reconozco que no es suficiente. En mi historia debería aparecer también policía secreta, y eso también requeriría un trabajo previo a la redacción. En fín, todo es posible si uno quiere. Pero... ¿Quiero?

Secreto entre hermanas

           ─¿Has oído alguna vez el eco de unas palabras retronando en tu mente? ─dijo Fedra─. Esta mañana me he levantado con la sensación de haber estado toda la noche oyendo las últimas palabras que dijo papá antes de su muerte, como si me hablase desde la ultratumba.


           ─¡Imaginación al poder chica! Cualquiera que te oiga creerá que estás chalada ─respondió Marina.


           Marina era la hermana mayor de Fedra. Todas las mañanas tomaban un café en el Menfis, un pequeño antro que estaba a un tiro de piedra de las oficinas en las que ambas trabajaban desde hacía un año.


           ─No te lo tomes a broma, tengo la sensación de no haber pegado ojo ─Fedra se puso a buscar un paquete de pañuelos en su bolso─. Cada vez que pienso en sus palabras, los pelos se me ponen de punta ─Se enjugó una lágrima que corría por su rostro─.


           ─Tonta, aquello eran los desvaríos de un moribundo. No debes dejar que eso te atormente. Ahora ya no está aquí para martirizarnos. ¡Déjalo ya!


           ─Dijo que le habíamos matado, él lo sabía.


           ─¿Y qué piensas que va a hacer, venir a castigarnos? ¡No seas tan inocente! ─Marina metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y tocó la navaja con la que apuñaló a su padre por la espalda─. Estamos mejor sin él.


           ─Cada día me levanto pensando que todos me miran y lo saben. Me siento señalada y acusada.


           ─Cambia el chip, ahora nos va mucho mejor, no tenemos a un chulo por padre.






   

Dubrovnik

Este verano pasado fuimos a Croacia con nuestra amiga Arantza. Es un país que no sabía que tuviera tanto encanto.


           La visita a Dubrovnik fue maravillosa. Llegamos al atardecer, nos habían comentado que la luz a esas horas le da un aspecto mágico a la ciudad, y es cierto. Entramos a través de la Puerta Pile a la ciudad fortificada, y el embrujo del atardecer se apoderó de nuestros sentidos. Hicimos un recorrido caminando por sus callejuelas y por la plaza Stradùm (una avenida muy ancha, repleta de terrazas donde sentarse y tomar un refresco) hasta la plaza de la Logia. Allí encontramos la torre del reloj y la logia de las campanas, con cuatro campanas que antiguamente avisaban del peligro a la población. No nos costó mucho comprender por qué fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979.

           Al día siguiente, realizamos la visita obligada a la muralla que rodea todo el casco antiguo. Las vistas de las callejuelas estrechas que bajan desde la zona alta de la ciudad, los claustros de los palacios y los monasterios que pueden verse perfectamente desde allí, y el mar Adriático que parece abrazar la ciudad, dejan una imagen de belleza sin igual en la retina de los que hemos tenido la suerte de verlo. Pero cuando observas aquellos tejados nuevos, totalmente reconstruidos tras el bombardeo de 1991, algo empaña tu vista, pese al interés en reconstruirlo todo manteniendo su belleza anterior.


           Sin duda esta ciudad merece la pena visitarla.

Desde mi habitación

Lejanas y poderosas diviso unas montañas que parecen arrastrar el lastre de los tiempos. Solo algún travieso pico se clava en el firmamento burlándose de las nubes que lo rodean. Algunos campos de naranjos despuntan en la ladera, recordándome los mechones rebeldes de un pelo despeinado.

           Mi pueblo se halla enclavado a los pies de esta cordillera. Alcanzo a ver la torre de la Iglesia y su cúpula azul destacando en esta estampa. A su lado, muchas edificaciones se yerguen con prepotencia ansiando ser vistas desde la distancia, pero aun así, no reconozco ninguna construcción en particular. Una imagen curiosa asalta mi retina, una hilera de hormigas en formación accede a la población a través del puente elevado sobre la autopista.

           Tres kilómetros me separan de la población. Los campos que antaño estaban llenos de vida, hoy se encuentran medio tristes, con un verde apagado que denota el abandono de muchos de ellos. Solo veo unos pocos campesinos que siguen regando con su sudor las tierras. Tiempo atrás, el reflejo dorado de los plásticos de los melonares llegaba a molestar a la vista, en cambio, hoy aparece disperso y moribundo entre malezas y terrenos olvidados.

           Lindante con mi casa, encuentro una calle sin edificación alguna, esperando que alguien la urbanice. Antes de que el olor de la civilización se instalase en esta zona, podía sentir la fragancia del campo, me despertaba el ruido de los tractores que se dirigían al trabajo y podía empaparme de naturaleza desde mi ventana. Hoy solo puedo ver lo que queda y recordarlo con nostalgia.

Ternura

Su hija nació un cálido día de finales de verano. Habían pasado muchas horas desde que llegaron a la puerta de urgencias de maternidad.
           Una enfermera les dijo que debían permanecer en la sala de espera hasta que hubiese sitio dentro. Parecía que los bebés se habían puesto de acuerdo en nacer todos el mismo día. Dos horas después les indicaron dónde estaba la sala de dilatación. Ambos pasaron allí muchas horas de tortura sin sentido. Habían oído hablar de la epidural y preguntaron por ella, pero les dijeron que no estaba disponible. La impotencia se reflejaba en la cara de él, mientras el sufrimiento y el dolor se apoderaban de ella.

           Llevaba demasiado tiempo dilatada y no se producía el alumbramiento. Finalmente fue necesario realizar una cesárea de urgencia con anestesia total.

           Mientras su hija nacía, él estaba paseando arriba y abajo por el pasillo. No podía evitar estar nervioso, ya habían pasado diecisiete horas desde que llegaron allí. Rezaba lo que sabía para que todo saliese bien.

           Los abuelos paternos y maternos también aguardaban allí, sentados en silencio, esperando que la puerta se abriese y alguien les diese buenas noticias.

           Una enfermera abrió la puerta, llevaba a su hija en brazos, venía sonriéndole y haciéndole caricias en la mejilla. Todos se acercaron inmediatamente a verla. Fue aquella mujer la que le entregó a su hija, dijo que debía ser el padre quien la cogiese primero.

           Cuando la tuvo en brazos, la expresión de su cara se transformó. No podía creer que él hubiese participado en la aventura de la vida. Sus diminutas manos lo rozaron, fue en ese momento cuando supo que alguien le había robado el corazón para siempre.

           Su mujer estaba bien, pero aun tardaría un tiempo en despertar.

He vuelto

Hace dos semanas que asisto a un taller de narrativa. ¡Estoy maravillada! No creía que aquellos pensamientos aletargados durante veintitrés años estuvieran deseando salir de mí, como si hubiesen estado en una cárcel. (Esta es la razón por la que he decidido poner esta foto en mi blog, aunque en realidad estoy en la  muralla de Dubrovnik).

           En mi época adolescente escribí historias sobre la vida, el amor y la muerte. También escribí poesías en torno a estos mismos temas. Muchas de aquellas palabras quedaron en el olvido. Algunas en forma de hoja arrugada que acabó en la papelera y, otras, en forma de pedacitos rotos con rabia que se llevó el viento.

           Sólo quedaron algunas de aquellas poesías. Rebuscando por las cajas las encontré, junto a las cartas que nos escribimos mi marido y yo durante su servicio militar en Ceuta.

           Mi intención es reanudar aquella afición que tenía. Intentaré aprovechar lo que me enseñen en el taller. Os presentaré unos personajes y, poco a poco, os adentraré en un montón de historias.

Mi primer hola

Bien, acabo de iniciarme en esta aventura de los blogs. Espero que os guste navegar por mi mar de pensamientos.