Cálida bienvenida


Rotura tras rotura, acabó tan lleno de agujeros como un colador. El jersey de lana viejo parecía  una red de pesca  y no una prenda de abrigo.

Cuando su barriga estaba a punto de estallar, la protuberancia marcada por su ombligo parecía asomarse al balcón de la vida.

Su hijo nació una fresca noche primaveral y ese atuendo raído le dio calor y esperanza.

Ganadora Radio Castellón Cadena Ser: Semana del 7 al 11 de enero de 2013

Mi felicidad se ha visto incrementada tras conocer que esta semana  soy la  ganadora del concurso de microrrelatos de Radio Castellón Cadena Ser.  La frase inspiradora era: «Me propongo ser feliz». Cuatro palabras capaces de arrasar cualquier sombra de tristeza.

Como siempre, sigo pensando que soy afortunada al resultar seleccionada entre tantos microrrelatos. Insisto, sé que son muchos y muy buenos los escritores que allí participan.

Si os apetece leer el micro desde la web, podéis verlo vosotros mismos en www.radiocastellon.com, en la sección Participa, en el apartado microrrelatos ganadores.


Si preferís escuchar el programa, está disponible en la sección Audio. Ha sido emitido el día 11 de enero, en Hoy por hoy. La lectura se realizó en los últimos cinco minutos.

Para los que, pese a todo, prefieran leerlo en el blog, lo escribo a continuación:

 
 
«¿Qué es la felicidad? Un estado de plácida locura que disecciona tu cerebro transformando la realidad. Un calor reconfortante que te ayuda a despegar. Un eco de risas dormidas  a  punto de estallar. La suavidad de una caricia dispuesta a continuar.
¿Hacemos el amor? Hoy, me propongo ser feliz.»
 
 
 
La frase de la próxima semana es: «a punto de estallar».
¿Te animas a participar? Es fácil.
Entra en la sección Participa, en el apartado microrrelatos, rellena tus datos y envíalo.
Gracias por estar ahí y seguir leyéndome.

Propósitos de Año Nuevo


Este año me propongo…  hacer las paces conmigo misma.

 No pienso hacer ningún régimen de efecto milagroso, ni apuntarme tres días  al gimnasio. Se acabó desear  tallas imposibles  y controlar la materia grasa quemando calorías.

No pienso usar potingues para la cara, ni cremas corporales ni perfumes de rosas. Se acabó ocultar las arrugas, andar untada de manteca y oler a floristería.

 Como capricho, haré  dos cursillos nuevos:

-El de alpinismo, para escalar sin miedo las cuestas semanales, y

-El de buceo libre, para apretar  mi cinturón  y aguantar la falta de aire.

Si logro salir ilesa, el próximo año me apunto al  balneario.

 

Nochevieja 2012 - Año Nuevo 2013

Esta nochevieja la hemos pasado nuevamente con los amigos, echándonos unas risas y compartiendo mesa. Yo añadiría, que ha sido una noche inolvidable, de esas que marcan historia.
 
           Un picoteo, unos redondos, un heladito, la coca y los pastissets de Paqui y... a vestirse de cotillón para vivir el momento y brindar con vasos de plástico llenos de cava peleón.
 
           Los técnicos de sonido enchufaron el artefacto que nos haría llegar las imágenes de las campanadas televisadas desde la Puerta del Sol de Madrid. In crescendo iba el jaleo parejo a la emoción del momento, pero se estrellaron nuestras risas al ver que el aparato no funcionaba. Una milésima de segundo bastó para comprender que ni corriendo llegaríamos a la plaza del pueblo para oír en directo el campanario de nuestra iglesia.
 
           Si algo destaca en mi peña, es el derroche de ingenio. Mangas arriba y, cazo en una mano y bandeja de carne en la otra, Tere nos dio las bandejadas como una profesional. Memorable aquel momento en que tragamos las uvas, sin saber si era la cuarta o la sexta y atragantados de tanta risa.
 
           Como nadie se rinde nunca, hubo quien comía uvas mientras tocaba los conectores y, gracias a la divina providencia, aún vimos la última campanada en el pobre televisor.
 
           Para iniciar el nuevo año, dejamos que la cámara hiciese la foto de rigor. Sin fotógrafo tras de ella, salió como salió. Y gracias.
 

 
 
 
 
           Nuestra particular campanera, siguió con la bandejada mientras un click de la cámara inmortalizaba la celebración.
 
           Hubo abrazos, hubo besos, hubo canciones y despedidas. Emocionante, inolvidable, incomparable, diría yo.
 
           No hacen falta salones de gala ni vestidos de etiqueta. Nada mejor que vestir amigos, comer sonrisas y cantar al son de una melodía peculiar.
 
           Echamos de menos a los amigos que no pudieron acompañarnos, por trabajar protegiendo la noche o por cuidar un familiar.  Descorchamos la botella para brindar por todos ellos, por nosotros y por el mundo en general. 
 
           Trescientos sesenta y cinco días nos reciben, con esperanza, con ilusión y energía renovada.       
 
            Allá vamos, 2013, deja ver tu lado bueno, que el resto ya llegará.
 
 
           FELIZ  2013

Operación S.E.P.


    Sentada en la fría silla, observé su indefenso cuerpo y me perdí en mis pensamientos.
    Al menos, el tono rosáceo de los labios ponía una nota de color en su rostro envejecido, pero los pesados párpados parecían dos losas de acero incapaces de accionar el resorte de apertura.
    Las callosas manos estaban plagadas de gruesas venas en reposo que habían resistido el envite del traumático retorno y me atraían como imanes. 
    Vencí la tentación de acercarme para sentir el tacto de su piel gracias a un atisbo de lucidez que me hizo frenar en seco. Un contacto no permitido hubiese contaminado al sujeto y una acción de tal calibre, hubiese supuesto mi ejecución inmediata. 
     Entré en el receptáculo de mi cápsula nutricional tras cumplir mis créditos laborales. Cada día, superado el primer letargo de la fusión extrasensorial, analizaba las causas que provocaron la catástrofe y lamentaba no haber estado allí para evitarla.
    Mis particulares estudios no estaban autorizados por la Comunidad y ello alimentaba una idea que bullía en mi cabeza y bauticé con el nombre de Operación S.E.P. Ser casi humano no significaba serlo y tener un espécimen vivo en la sala de aislamiento resultaba esperanzador. Él era el primer recuperado tras la Glaciación de 2012.
    Observé la vasta llanura blanca que cegaba mis pupilas y ello provocó una contracción involuntaria en mi cuerpo que erizó mis nódulos epidérmicos. Quizás fuese eso lo que los hombres llamaban escalofrío. Sentimiento era lo único que me faltaba.
    Sin más, tras mi descanso obligatorio, regresé a la sede de Arquitectura Biogenética Humana y continúe estudiando sus órganos internos.

 
   El visionado de grafeno, me mostró un adenocarcinoma de decímetro y medio ubicado en el colón ascendente. Me sorprendió que pudiese llegar a viejo un ejemplar defectuoso.
    La sociedad humanoide a la que yo pertenecía, limitaba la vida a treinta ciclos orbitales y no permitía la supervivencia de ningún elemento infecto o con algún tipo de tara. Gestados en la cápsula madre mediante un complicado proceso de carbogénesis biocelular, nuestro aspecto humano permanecía invariable durante toda  nuestra existencia.

  
   Pensar que me encontraba en mi último ciclo orbital, hizo que mi actividad neuronal se acelerase y noté una presión punzante en mi pecho de origen desconocido. Creí empequeñecer extrañamente dentro de mi cuerpo y mi corazón comenzó a latir totalmente desbocado. Sin motivo aparente, esa cadena de reacciones abrió un portal telepático que me conectó con su cerebro.
    La sucesión de imágenes que colapsó mi retina, me hizo comprender que su infancia, su juventud y su etapa adulta no eran más que la punta de un iceberg que guardaba muchos misterios. Su lucha interna contra la enfermedad que lo devoraba y su deseo de vivir, se filtraron a través de los poros de mi piel accionando una señal de socorro.
    Aspiré todo el aire que pude, olvidé las normas, los protocolos y las rutinas y, armada de valor, cogí su mano con las mías. En ese momento, se inició una fusión citoplasmática que nos dejó ensamblados formando una misma persona.
   Noté, por mi menor tamaño, que mis células quedaban acopladas dentro de las suyas. Fue así como perdí mi imagen y adopté la de aquel hombre. Pero en el área encefálica, el mayor tamaño de mis neuronas logró conquistar su territorio.
    En la tibieza de sus entrañas encontré un cobijo agradable y comprobé que su maquinaria, envejecida por el exceso de ciclos orbitales, se encontraba en buen estado pese a la existencia tumoral. Mis células madre repararon su tara y la sanación inesperada energizó nuestra alianza.
    Tanta fuerza renovada conllevó cambios inesperados. Él rejuveneció veinte años y yo envejecí otros tantos. El premio fue sentir un torrente de vida fluyendo por nuestras venas.
    Así, vestida con cuerpo de hombre, me dirigí a la zona restringida donde se encontraba la celda experimental de traslados temporales. Nunca se habían efectuado pruebas con seres vivos pero una ocasión tan perfecta no volvería a presentarse. Me coloqué en el centro exacto del punto de no retorno y señalé una fecha cualquiera del año 2005. Sobra decir que llegamos a tiempo y la Operación S.E.P. concluyó con éxito.

                                                                     

Navidad a la vuelta de la esquina



  A todos,
 
FELIZ  NAVIDAD
͡͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡   ͡
Que la magia de estos días ponga un poco de color en nuestras vidas
 
☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺☺

Tañido surrealista

Mi hija Noelia, tocando el badajo de la vieja campana de la abadía de Corvey (Alemania, 2010)

El ronco badajo de la campana recibió al  nuevo milenio mientras un ejército de corazones  helados despedía su alma. ¿Había llegado el fin de los tiempos?
        No. Eran botines de guerra reclamados por Lujuria. La todopoderosa decidió pasarlas por la guillotina. ¿Qué haría un mundo sin almas?
        ¿Quién puede decapitar un alma si no tiene cabeza? Eso es propio de la Revolución Francesa.
        ¡Ea, pues! Que regresen las almas a sus cuerpos, que no tienen derecho a  vacaciones.


___________
 (Nota al pie engrandecida siguiendo el sabio consejo de mi amigo Janial)
 
Este micro fue resultado de un arrebato automático de escritura, fruto de la propuesta realizada en el programa de Radio en Colectivo de Mislata de 20 de noviembre de 2012. La idea era concentrar tres palabras (alma, lujuria y revolución) en un relato surrealista. Aquí lo dejo, para quien guste leerlo sin lupa. Su lectura fue radiada el 27 de noviembre de 2012 en ese mismo programa.

 

El mundo se ha vuelto loco


Alegría,  Amor y Felicidad abandonaron la sala de juego y nos dejaron solos. Mi adversario había ganado todas las partidas. Era mi turno. No se trataba de dinero, la inmaterialidad era la única exigencia. ¿Qué podía ofrecer yo?

      ─Algunos creen que Tristeza, Desamor y Amargura pueden soportarse. El mundo se ha vuelto loco y no sopesa sus apuestas  ─me dijo con la expresión severa, mientras esperaba la mía.

      ─Pues yo…   apuesto mi sombra, creo que podré vivir sin ella si pierdo  ─lancé osado, mientras parecía taladrarme con  sus pupilas infinitas.

      ─Acepto tu apuesta, aunque ya veo que desconoces las leyes de la Física ─soltó sin más.

      Como era de suponer, perdí.  Desde entonces, la Tierra tiene dos lados oscuros.

Antes de las doce




En el bolsillo de su chaqueta, un billete de avión. La sonrisa forzada oprimía las palabras.  Adiós. Nos vemos. Llámame. Te llamo. Doce años sin llamadas.

      El pasado le despertó bruscamente reclamando su regreso. Sentado ante la puerta de embarque, el latido de su corazón dormido reseteó  su vida. 

      El féretro aguardaba en el tanatorio. Un desolado adiós para enterrar su última esperanza.

      Un amigo le citó en casa del notario antes de las doce. No pudo articular palabra. Allí  escuchó la última voluntad de Clara. La noticia le pilló desprevenido.

     La niña  lloraba, huérfana de amor, temiendo lo desconocido. Un cruce de miradas acortó la distancia entre sus mundos. La voz de la sangre, silenciosa, llamaba a su puerta.

Un regalo, una ilusión


Escondida debajo de mi almohada, espero impaciente el día de los Reyes Magos. No puedo dormir. El pie de mi árbol de Navidad está más pelado que nunca. Este año no hemos puesto el nacimiento porque las figuritas de barro se rompieron el año pasado. Les cayó una silla encima y las rompió en mil pedazos. Mi madre dijo que compraríamos otras, pero no lo ha hecho. Yo había pintado un nacimiento en una hoja de papel y lo había dejado apoyado en la pared, junto al árbol, pero mi hermano se ha encargado de hacer un avión con mi dibujo y le ha prendido fuego después. Temo que este año no aparezcan esos regalos mágicos que tanto deseo. La muñeca que habla y hace pipí, la casita de tela para esconderme dentro y el osito que cuenta cuentos maravillosos. Sólo tengo siete años, supongo que Gaspar se acordará de mí.

           Sin pegar ojo y atenta  a los ruidos de la casa, me he puesto a recordar cómo han transcurrido estas fiestas navideñas. Hemos pasado la Nochebuena y la Navidad con mis tíos, mis primos y mis abuelos, en Jaén. Guardo un bello recuerdo de aquellos días. Siempre junto a la mesa, comiendo y cantando. Me encantan los adornos que mi abuela tiene colgados por su casa: las campanillas, los muñecos de nieve, las bolas de colores, las guirnaldas doradas y plateadas, los angelitos de porcelana y de cristal, las estrellas de Navidad,… ¡Nuestra casa parece tan triste en comparación! Al regresar a Madrid, recibimos la Nochevieja con un resfriado. Mi  madre dijo que dejaríamos las celebraciones para el Roscón. Y, así ha sido.

           Esta noche, para la cena del Roscón, mi madre ha cocinado pollo con nueces y ciruelas pasas, y todos le hemos dicho que tenía un sabor delicioso. Yo me he dejado las nueces y las ciruelas, pero el pollo estaba riquísimo. Mi amiga Marta dice que su familia lo celebra en un restaurante y toman varios platos y postre y  acaba tan llena que le entran ganas de vomitar. Yo creo que le gusta comer demasiado y por eso le pasa lo que le pasa.

           De postre,  mi padre ha sacado la caja de polvorones. La tenía escondida detrás del televisor desde hacía un mes, pero todos fingíamos que no la veíamos. Cuando los ha puesto sobre la mesa, hemos aplaudido con cara de sorpresa. Ha dicho que tocábamos a tres cada uno y que no valía repetir el sabor. Así,  los probaríamos todos.  Cuando mi hermano ha preguntado por el  Roscón, le ha dicho que se había olvidado de comprarlo y ha puesto cara de pena. Y luego, cuando le ha preguntado por el turrón, parecía que iba a ponerse muy serio pero, de repente, le ha entrado la risa tonta y todos nos hemos puesto a reír. No sé por qué, ha dicho que este año los turrones engordan más que nunca y no estaba dispuesto a que perdiésemos nuestra esbelta figura. Lo dirá por nosotros, porque él tiene una barriga que muy esbelta no es.

           He echado de menos los turrones. A mí me gusta mucho el de chocolate aunque siempre acabe manchándome y me riña mamá. A mi hermano le encanta el de Alicante porque es duro y puede partirlo sobre mi cabeza. Sabe que me chincha  que haga eso y cuando menos se lo espera, le rompo otro trozo en su cabeza y hacemos las paces. En cambio, a mis padres les encanta el de Jijona, tan blandito y tan empalagoso que se ponen cariñosones. No sé por qué se ha empeñado mi padre en que guardemos la línea este año con lo bien que lo pasamos cuando comemos turrón.

           Acabo de oír un ruido, alguien ha abierto la ventana del comedor. Dicen que los Reyes Magos entran por cualquier puerta o ventana y que sus camellos esperan en la calle o el balcón. En mi caso, deben esperar sobre una alfombra mágica, porque yo no tengo balcón. Tengo ganas de levantarme para mirar, me gustaría ver si es Gaspar. Pero sé que no debo levantarme porque si lo hago desaparece la magia y me quedaré sin regalos. Traje unas algarrobas de Jaén para los camellos y las dejé en el macetero vacío que tiene mi madre en la ventana, para que coman los pobres mientras esperan que sus majestades de Oriente terminen con el reparto.

           Mi hermano, tiene dos años más que yo, pero no es más que un ignorante. El pobre cree que los Reyes no existen y son los padres los que compran los regalos y los ponen en el árbol, junto al nacimiento.  Y me ha dicho que este año no tendremos regalos porque papá se ha quedado sin trabajo. Se cree que yo me chupo el dedo. Yo sé que no pueden ser mis padres porque no tienen dinero para comprar regalos y por eso, precisamente, son los Reyes Magos los que dejan los regalos a los niños que nos portamos bien.

           Pensándolo bien, creo que he sido egoísta pidiendo a Gaspar la muñeca, la casita y el osito. ¿Aún estoy a tiempo de cambiar mi carta, Gaspar? Perdona que te avise con tan poco tiempo, pero prefiero borrar lo que te había pedido y pedirte que traigas un trabajo para papá. Creo que con ese regalo, todos seremos más felices. Seguro que Marta, me dejará jugar con sus muñecas, su casita y su osito cuando vaya a jugar a su casa.

           Otra vez la ventana. Seguro que Gaspar me ha oído y se ha ido pronto porque me ha hecho caso.

           El pesado de mi hermano ha venido a despertarme. Dice que no hay regalos en el árbol pero yo estoy muy contenta aunque él no pueda entenderlo. Le digo que cambié mi carta en el último momento y sólo pedí un trabajo para papá. Me acerco al salón y mi madre tiene un paquete para cada uno. Nos dice que este año es un año difícil para todo el mundo y que sólo nos han dejado unos calcetines. Yo le doy un beso gordo en la mejilla con la cara sonriente. Luego le doy otro a papá y le digo que este año tendremos el mejor de todos los regalos. Me abraza fuerte y sale a la calle para respirar el aire fresco de la mañana.

           Mi hermano se pone a cortar tiras en un periódico viejo. Dice que vamos a llenar la casa de guirnaldas. Río como una loca dispuesta a  ponerme manos a la obra pero, antes, doy una ojeada al macetero de la ventana. Las algarrobas no están. Sé que mi carta no ha caído en saco roto.

De la noche a la mañana



De la noche a la mañana... me quedé sin casa, sin trabajo, sin coche, sin esposa, sin hijos y sin amigos. Al principio, venían y me contaban sus cosas. Luego, la típica visita de cortesía y si te he visto no me acuerdo.

Aquí, recluido entre estas cuatro paredes, parece que mi espera no tiene fin. Pero el día que abran la tapa para exhumar mis restos y colocarnos juntitos, se arrepentirá de sus maltratos en vida. Ya he reservado plaza en el Hotel Belcebú para amargarle toda la eternidad.


 

El hombre 10


Una vesícula acuosa fue la causante del descubrimiento. Ni el maquillaje podía borrar de mi cara esa expresión fatal que incita a la retirada.

Era demasiado pronto y el bar no tenía libre ni un triste taburete.  A pie de barra, esperé amargada tomando un Martini, con los zapatos colgados del bolso.

Cuando apareció mi hombre diez, dijo mirando mis zapatos:

─Vigila tus pies, que hay cristales por el suelo ─su indiferente mirada despertó mis pensamientos.

Llamó al camarero:

─Paco, ponme una caña. A ver si tengo más suerte con mi cita de las siete. 

Eran menos diez. Lo vi claro. Los hombres 10 no existen. Las rozaduras de zapato así lo demuestran.


 

Racimos de miedo


 ─Vigila tus pies. Pisa  sobre las otras pisadas y no pasará nada.
           Crecí con el miedo pegado a los talones y deseando que me saliesen un par de alas para poder escapar. Con los años, comprendí que nunca se cumpliría mi deseo.  Aún hoy,  me aferro a la sombra de alguien y sigo sus pasos.  



 

Noche de Fiesta


Es la noche de Todos los Santos. Al fondo, una oscuridad férrea adobada con un hedor insoportable, espera al acecho.

    ─¡Joder tío, cógele mejor los pies, que se me está cayendo!

    ─¡No me toques los cojones! Déjate de mariconadas y agárralo bien por los sobacos.

    ─Vale, macho. No se te puede decir nada.

    El paquete transportado pesa unos ochenta kilos, presenta dos orificios de bala a la altura del corazón y unas córneas vacías rellenadas con barro. El jefe cree que los muertos pueden vernos desde el más allá. Prefiere zanjar el tema así, por si las moscas.

    Lo trasladan al vertedero de Mora. Allí, le han dado viaje a más de un indeseable. Éste, ha recibido su billete en el despacho del mandamás.

    ─A la de tres. Una, dos y… tres.

    ─¡Hala! Vámonos de aquí, que esta peste no se puede aguantar.

    En la carretera, el recorte de unas sombras humanas aparece de la nada.

    ─¡Mierda! ¿Quiénes son esos?

    ─Aquí, tras estos bidones. Esperemos que se vayan.

    ─Mal rollo.

    Se acercan lentamente. Cuando están a pocos metros, pueden ver sus rostros. Son cinco hombres de mirada gatuna que centran su atención en los bidones.

    En ningún momento han reparado en su ropa ni en las filas de gusanos que corretean por ella. Sólo el diente de oro del Pecas, al apoyar su osamenta sobre la tapa de uno de los bidones, les mete el miedo en el cuerpo.

    ─Este año nos toca banquete de cerdo ibérico, muchachos. A por ellos. Que no decaiga la fiesta.



 

Beso nocturno


Me obligó a vestir de etiqueta, a alquilar una limusina negra y recogerla  para ir al baile.  Su padre me estrechó la mano y  su madre soltó unas lagrimitas. Prometí llevarla a casa antes  de las doce de la noche.

Mi rólex de mercadillo dejó de funcionar y, al besarla, sufrió la metamorfosis.

Ahora, sus padres y un ejército de ranas enojadas me persiguen. No sé si lograré salir indemne de ésta.

Desde que me convertí en príncipe,  cada vez que beso a una chica pasada la medianoche, aumenta el censo de anuros de la población.

Popurrí


              1.  El pesado
 
       Rosas  rojas  y  sobre dorado con forma de corazón. Observó con detenimiento  el envío  y, sin abrir la nota, le dijo al mensajero que se había equivocado de puerta.
 
2. El asesino
 
Observó con detenimiento la escena. La Beretta en su mano izquierda y agua inundando el comedor. Su amigo diestro era un “suicida” que pensaba darse un  baño.
 
3. La pregunta
 
Papa, si uno más uno son dos, ¿Por qué dice la canción que son siete? Observó con detenimiento a su hijo pequeño y supo que había llegado la hora.
 
4. El sobón
 
La mirada fija, la respiración pausada  y la voz serena. Observó con detenimiento al acompañante de su hija. Era la primera vez que creía lo que le estaban contando.
 

Historias de Instituto

Cargado con la mochila, bajé del autobús y mis temblorosas piernas avanzaron los veinte metros que me separaban de las puertas del instituto.

      Logré llegar sin un rasguño, aunque en ese breve trayecto,  mis gafas cayeron al suelo, mi bocadillo cambió de mochila y el móvil apagado que llevaba en mi bolsillo fue aplastado por una apisonadora humana. La riña que me daría mi madre por ello sería morrocotuda. La pobre, creía que yo era un matón de patio y que peleaba por pura diversión.

      Entré en mi clase de Segundo de ESO por segundo año consecutivo y me senté en la silla más próxima a la mesa del profesor. Observé con detenimiento a mis nuevos compañeros, aquellos con los que iba a convivir los largos nueve meses que tenía por delante.
 
      Para las chicas, yo era un cero a la izquierda, el invisible de la clase, el repetidor de turno que no querían ni ver, dada mi enclenque apariencia física. Si me hubiese muerto ese verano, no habrían derramado una sola lágrima. De todos modos, poco importaba porque ninguna de ellas merecía un segundo de mi atención. Tanta superficialidad me resultaba antinatural.

      Para los chicos, yo era la oveja negra del grupo, el bufón en su corte de necios o el saco de boxeo para adiestrar los puños. Entre mis otros títulos, figuraba también el del pardillo a quien podían colgarle el muerto en caso de necesidad.

      Con dieciséis años cumplidos, casi diecisiete, entre mis antecedentes obraban una enfermiza infancia y una soledad inusual para un chico de mi edad. Sin amigos y sin aficiones, pasaba el tiempo soñando que algún día dejaría de estudiar y me pondría a trabajar, que conocería a una buena chica y viviría con ella toda mi vida y que formaría una familia que me haría sentir útil en la sociedad carroñera que me había tocado sufrir.
 
      La angustia que me tenía clavado a la silla con actitud observadora, se calmó cuando entraron dos adultos bastante serios que, sin soltar palabra, hicieron que el silencio reinase de inmediato. El más alto, que dijo ser el Jefe de estudios, se dirigió directamente a mí y me ordenó que cogiese mis cosas  y le acompañase al despacho del director. Varios ojos interrogantes me siguieron hasta la puerta. Ya en el pasillo, embargado por una terrible sensación de pánico, le pregunté si podía decirme el motivo por el cual debía ver al director, pero ignoró mi preocupación y me pidió que guardase silencio. ¿En qué lío me habrían metido esta vez? 

      Me sorprendí al encontrar en el despacho a mis padres junto a un hombre y a una mujer. El director, con una enarcada ceja que parecía buscar el cielo, me pidio que tomara asiento. El jefe de estudios se sentó a mi lado. Éramos siete personas en un despacho de cuatro metros cuadrados. El sudor comenzó a correrme por la frente y sentí que iba a formar un charco bajo las patas de mi silla.

      Los ojos de mi padre se me antojaron las puertas del infierno; los de mi madre, una fuente de agua cristalina; los del director, la oscuridad de la noche y; los de aquel hombre y aquella mujer, un inmenso agujero negro. El jefe de estudios guardaba una mirada gris que no supe descifrar.

      Intuí que no sería una conversación placentera. Empezó hablando el director para indicarme que la situación era complicada y que mis padres habían llegado a un acuerdo con los padres de Miriam. ¿De quién hablaban? Aclaró, ante mi inexpresiva cara, que dejar preñada a una chica no había sido una buena idea. Me quedé mudo del susto y casi me trago la lengua al intentar pedir explicaciones. Dijo que, sus padres, los del agujero negro, y los míos, ya habían acordado que se haría la prueba de paternidad y, si ese hijo era mío, fijarían la fecha de la boda.

      ¡No lo podía creer! 
 
      Al fin, desenredé mi lengua y mi voz surgió potente cuando grité que yo no era el padre de ninguna criatura. Mi supuesto futuro suegro, con voz aún más enérgica que la mía,  me pidió respeto y me obligó a prometer que pasaría la prueba. El director impuso calma y finalmente accedí, al fin y al cabo, nada había que perder. Y, por supuesto, jamás pensaba casarme con esa embustera.

      Llamaron a la puerta y asomó la cabeza una chica que no había visto nunca. El director le indicó que entrase y tomase asiento en la silla que quedaba libre a mi lado. ¿Sería Miriam?¡Si no me había acercado a ninguna chica en todo el verano, cómo puñetas la iba a dejar preñada! Supongo que me espanté con solo pensarlo y dos tomates de ensalada asomaron a mi cara cuando la miré a los ojos. Su padre,  enfurecido, me dijo que ya era tarde para avergonzarse. ¡El colmo!

      Debo reconocer que la chica hacía bien su papel, seguramente algún día sería una actriz cotizada. Sus lánguidos ojos miraban al suelo y por su mejilla corrían unas tímidas lágrimas. Parecía un alma en pena. ¿Quién me habría metido en semejante embolado?

      Tomó la palabra sin permiso y pidió disculpas a todos los presentes.

      ─Lo siento. Siento mucho todo esto. Debí contaros lo que me pasaba ─confesó con lágrimas en los ojos, dirigiéndose a sus padres─. Querían gastarte una broma, Pedro  ─me aclaró con voz celestial mientras yo analizaba la sinceridad de su mirada─. No estoy embarazada, mamá ─admitió finalmente ante todos.

      No pude articular palabra. Nadie más lo hizo.

      ─Cuando me matriculásteis en este instituto ─argumentó mirando a sus padres─ no tenía amigos y conocí a unas chicas con las que salí algunas tardes. Ellas me presentaron a más gente. Yo quería encajar en este lugar. Marga, una chica de cuarto,  me ordenó gastar una broma pesada a Pedro, haciéndole creer que me había dejado embarazada. Le dije que no pensaba hacerlo y dejé de salir con ellas. Desde entonces, han estado molestándome casi todos los días. Cuando la portera ha venido a avisarme y me ha explicado el motivo de esta reunión me ha dejado de piedra, porque yo no le había dicho nada a nadie. ¿Puede explicarnos por qué estamos aquí, señor director?  ─exigió saber, mirando desafiante al director.

      ─¿Y usted se llama director? Esto no va a quedar así. Lo sabe ¿No? Nos veremos en el juzgado ─dijo su padre, antes de abrazar a su hija─. Vámonos cariño, hay institutos más serios que éste. Todo saldrá bien, no te preocupes.

─Pedro, tus moratones no se debían a peleas iniciadas por ti ¿Verdad? ─preguntó mi madre, como si de repente lo viese todo claro─. Perdóname, por no saber escucharte. No tienes por qué seguir en este antro. Si no quieres estudiar, nos parece bien. Ya encontrarás algún trabajo, cariño.

      Por fin, Libre.

      Antes de salir por la puerta, mi padre se giró y le hizo una pregunta al director.

      ─¿Fue Marga la que le contó el embuste? ─lanzó a la yugular, antes de dar la última estocada─. Supongo que debe ser terrible tener una hija como ella. Le acompaño en el sentimiento.

      Esta vez, el que se había quedado mudo del susto fue el director.

      Sentí que mi corazón iba a explotar de felicidad. Quería a mis padres y ellos también me querían. ¿Qué más podía pedir?

                                           *        *        *

Bueno, sí, cuatro años después comencé a salir con vuestra madre y cuando terminó la carrera nos casamos y nos pusimos a vivir aquí. El resto ya lo conocéis.

      ─Te quiero, Miriam ─le susurré al oído cuando se acercó a nosotros.

 

Ridícula actitud


Paramos a tomar fuerzas en un mesón de carretera y cuando pedimos la cuenta, descubrimos que nos habían robado el dinero. Ante semejante tragedia, el posadero propuso un modo para poder cancelar la deuda.

Mi marido, guiñando un ojo, aceptó el pago en especie y se ofreció a cantar sevillanas si era yo la bailaora. En un suspiro y sin arte, nos vimos pasando el trance. Él, de negro y camisa blanca, con cara de estreñimiento. Yo, de blanco y lunares rojos,  sudando arrepentimiento.

Los llantos de risa del público llenaron los platos de sopa y, en YouTube, aún triunfa el video  donde un par de gilipollas con ridícula actitud le dieron al cante flamenco un toque propio de humor.  

 

Deformación Profesional


Tomé mi último sorbo de gin tonic  y miré hastiado el reloj. Mi contacto llegaba tarde. A punto estaba de irme, cuando le vi llegar con la sonrisa puesta.

      ─Le gustará la mercancía, no se preocupe.

      Subimos en una tartana destartalada que corría como un rayo y llegamos  a la casa.

      Era morena y tenía unas redondeces dignas de ser pintadas por el mismísimo Goya. Se me hizo la boca agua nada más verla.

      Comenzó el ritual del corte y, tras aderezarla, un olor exquisito recorrió la estancia. Ansiaba probar aquel  “bocatto di cardinale”.  

      Cogí los cubiertos  pero, antes de dar el primer bocado, sonó el maldito despertador.

      Como siempre, tomé mi vaso de leche de soja y un sándwich vegetal y me fui a trabajar al Matadero.

Que piensen lo que quieran...


Cada lunes,  sellaba su boleto en  Calle Caballeros, hacía una fotocopia del mismo y se dirigía a la iglesia de San Nicolás a depositarla a los pies del Santo, junto a la oportuna dádiva.

           Yo, que me estaba volviendo cada vez más ateo, le increpé por ello, alegando que los Santos podían ofenderse por tentar a la suerte haciendo uso de su influencia. Pero  mi madre, cuando cobraba el premio, me decía: “Que piensen lo que quieran. Al menos yo, les dejo un porcentaje de lo que cobro. Otros, no  dan ni las  gracias”.