Nimiedades


Contemplado en paisaje, intentaba desoír la verborrea desatada de mi hija salpicada por los monosílabos de mi marido. La indumentaria para la ceremonia de Graduación había acaparado la tarde de compras y había dejado en off mis ganas de conversación. Superado su segundo de Bachillerato, nos esperaba la tortura de la Selectividad; unos días más para sufrir en familia. Noelia casi tenía un pie en la universidad y tantas emociones concentradas habían estallado en mi cabeza, como esas pastillas de liberación prolongada, que se toman por la mañana y duran todo el día.  Deseaba llegar a la calma chicha del hogar, tirarme en el sofá y dejar mi mente en blanco. 

El sonido de mi móvil me sacó del aletargamiento. Me costó encontrarlo entre las mil cosas que llevaba en el bolso. “Papá casa”, debía contestar. Mi madre, entre sollozos, balbuceó que mi padre acababa de sufrir un accidente con el coche. Noté cómo un muro me aplastaba la cabeza.  ¡¡¡¡¿Qué?!!!! El lugar del suceso, la posibilidad de que hubiese salido ileso y que no había más vehículos implicados, poco más me pudo decir. Nos veríamos allí.

Ya cerca del punto fatídico, los metros parecían multiplicarse. Podía escuchar el trote acelerado de mi corazón, mientras flotaban mil preguntas en el aire que nadie podía contestar. En mi interior, una voz repetía incesante una oración.

Bajando el puente sobre la autopista, vi el coche de mi padre apartado a un lado de la carretera. A la vez, en mi retina, superpuesta, la imagen de una ambulancia con las luces encendidas que se alejaba de allí. Noté un fuerte nudo en mi garganta y sentí que me faltaba el aire ¿Seguro que estaba ileso?

Un par de agentes de la Guardia Civil y un agente de la Policía Local hablaban junto al vehículo siniestrado. Un segundo fue suficiente para comprobar que el morro del coche era un auténtico acordeón. ¿Cómo habría salido de allí?

Mi madre, que iba a subir al coche de mi hermano cuando llegamos nosotros, ya más serena, nos dijo lo habían llevado al centro médico para hacerle unas pruebas y que la cosa no pintaba mal. Yo  no las tenía todas conmigo.

Noelia se montó en el coche con ellos y nosotros nos quedamos para arreglar el papeleo con los agentes. La grúa llegó rápidamente y, finalizado el protocolo, nos fuimos hacia Almenara.

Un “doble yo” había logrado mantener el tipo en los momentos previos al encuentro pero, al ver la cara de mi padre en la sala de espera, sentí que iba a derrumbarme. Mi padre lloraba. No recordaba si alguna vez lo había visto llorar. Me acerqué y le di dos besos pequeños, como los que se dan a los recién nacidos esperando no romper su frágil cuerpecito. Aún así, toda aquella delicadeza no fue suficiente para enjugar sus lágrimas.

Cara y brazos, llenos de quemaduras de airbag, y cuerpo, cargado de dolor por la tensión del cinturón de seguridad. Un Todo insignificante comparado con el sentimiento de impotencia que invadía su ser.

Divagar sobre las posibles causas de un accidente cuando ni el propio conductor recuerda qué ha sucedido, es una pérdida de tiempo. Quizás, quizás, quizás…

Doce días después, llegaba la Graduación de Noelia. Ni me había comprado un vestido ni había ido a la peluquería. Ella estaba resplandeciente. Enmascaré mi tristeza tras una sonrisa de porcelana, sintiéndome espectadora de la celebración que me rodeaba.  Ese día, caí en la cuenta de que la importancia de las cosas depende del momento en que suceden. Antes del accidente, la pompa y boato de la gala lo habría sido todo para nosotros; tras él, aquello carecía de sentido. 

La mañana que mi padre cayó sobre el suelo sin control alguno de sus piernas, obtuvimos respuestas. Un coágulo de sangre en la cabeza, un derrame cerebral y un posible billete de ida a ninguna parte. Lo operaron esa misma tarde, veintisiete días después del accidente.

Nadie nos prepara para superar con éxito las trabas de la vida ni te avisa del calvario que aún te queda por pasar. Según el neurocirujano, la intervención había sido un éxito.

Cinco meses después, aparcada la silla de ruedas, la angustia y los temores, puedo confirmar que efectivamente fue un éxito. Hemos tenido días grises, momentos de duda y minutos de tensión, pero la fortaleza de mi padre los ha superado todos.  

Hoy he vuelto a ver su sonrisa, su paso quedo y su habla amable y me ha confortado la idea de tenerlo aún a mi lado.
 
 
 

Mi propio Empire State


Asomé la cabeza por la ventana para empaparme del olor a vacaciones, pero únicamente logré un revestimiento pegajoso y abrasador  que brotó por todos mis poros. Cerré herméticamente y me senté en el minúsculo escritorio de mi habitación con vistas. El climatizador me proporcionó un frescor siberiano que disipó esa segunda capa que había cubierto mi cuerpo y me concedí la licencia de contemplar relajadamente el vasto azul exultante que se burlaba de mí al otro lado del cristal. Cielo y mar fundidos en un abrazo hipnotizaron mi mente. 

Alguien llamó a la puerta y mi hechizo se rompió en pedazos.

─¿Sí?

─Un paquete para usted, Señor.

 Abrí la puerta y un inexpresivo empleado me entregó algo envuelto en papel de estraza. Sonreí sin ganas al recogerlo y lo dejé sobre la mesilla de noche, sin prestarle atención.

 Ante los rugidos de mi barriga, tuve que bajar al comedor porque no había servicio de habitaciones. No probaba bocado desde las cuatro de la mañana y, tras mil kilómetros de carretera, necesitaba cubrir mis necesidades básicas. En una mesa apartada, comí una ensalada  y un trozo de sandía.

 Claramente, el cambio de aires propuesto por mi editor no era más que un puntapié en el trasero. ¿Qué hacía yo en aquel hotel de playa? ¿Para qué había recorrido medio mapa? Seguramente, no quería escuchar la insolente vocecilla de mi cabeza que repetía incesante que debía superar mis problemas emocionales.

Dejé la cartera sobre la mesilla y cogí el paquete olvidado. Un sobre  blanco asomaba entre los pliegues del envoltorio. Un calor electrizante incendió mis ojos al leer el nombre del remitente.

¿¡Laura!?

Me citaba a las diez de la noche en la piscina descubierta del hotel y solicitaba que llevara puesta la corbata que contenía el paquete. Igual a la que me regaló dos años antes en Florencia, en nuestro viaje de novios, con el Ponte Vecchio moteado sobre su seda azul. Nuestro matrimonio duró exactamente dos días. Su abogado tramitó diligentemente el divorcio, mi editor sufragó los gastos de mi terapia y mi vena literaria tomó vacaciones indefinidas.

 Un tropel de fantasmas se apoderó de mí aquella tarde. Desconcierto, tensión, miedo, duda. Estuve varias horas sentado al borde de la cama, librando una batalla interna en la que yo era el único vencido. A las nueve, decidí que debía afrontar aquella desagradable broma.

 Un cielo estrellado iluminaba el agua de la piscina y varios focos a media luz se distribuían uniformemente entre los setos del vallado. Mi corazón latía desbocado, pero una coraza de acero fundido me mantenía a salvo. Alguien atravesó la puerta a lo lejos. Era Laura. Tan bella como siempre.

Su lento caminar acrecentaba mi desesperación. Sus deportivas parecían retroceder cada vez que avanzaban. Me vi obligado a recortar distancias. Paré a un metro de ella. Noté que me derretía por dentro y mi coraza empezaba a fundirse. Sus ojos decían «Te quiero». Los míos… No hay suficientes palabras.

 Una fría voz emergió de su boca mientras me saludaba estática sobre la baldosa del suelo. Le devolví un saludo recién salido del iglú en el que acababa de esconderme.

─¿No te has puesto la corbata?

─No. Me trae malos recuerdos.

Insistí en sentarme en uno de los bancos de forja que había junto al seto. No pareció hacerle gracia, pero accedió. Tres metros eternos. Me senté recostado, cruzando las piernas y con la mirada esquiva, intentando mostrar con ello mi total falta de interés por aquel encuentro.

 ─Quiero pedirte perdón, por dejarte plantado en Florencia, sin darte explicación alguna. Perdóname, por no dar la cara, por decidir que no quería verte y por pedirte, sin más, el divorcio ─paró un instante, respiró hondo y prosiguió─. Sé que no puedo reparar el daño que te he causado, pero estoy aquí para darte explicaciones. Deseo que seas feliz, que vuelvas a crear historias, que inventes nuevos personajes y que encuentres el Amor.

Sus ojos llorosos me derrotaron. A duras penas podía contenerme. Quise preguntarle cómo estaba, si tenía pareja o quizás algún hijo. No fui capaz. Mi orgullo me lo impedía.

 ─Tranquila, estás perdonada. No te guardo rencor. Tengo en mente miles de historias. No quiero tus explicaciones. Gracias de todos modos.

Me levanté al instante y mis pies se apresuraron en salir escopetados de allí.

Al día siguiente, bajé a Recepción y pedí la cuenta. No había desayunado. Tampoco cené la noche anterior.

─¿Pero…? ¡No puede dejarnos tan pronto! Su cuenta está pagada durante siete días ─me aclaró cortésmente aquel joven.

─Lo siento, otra vez será. El trabajo, ya se sabe.

─En ese caso, permítame que le entregue un obsequio del Hotel. Vuelva a visitarnos pronto.

Recibí la caja y me fui pensando, por un lado, cómo agradecer a mi editor que hubiese pagado la cuenta y, por otro, cómo explicarle porqué me había marchado tan rápido.

 Sentado en el coche, un rugido de intestinos me recordó que debía comer algo. Observé la caja. Seguro que eran caramelos o bombones. Cuando la abrí comprobé complacido que era un surtido de bombones envueltos en papel con el logotipo de la cadena hotelera. Una tarjeta de cortesía estaba pegada en la solapa. La directora, Laura Vallés, me deseaba un buen viaje. ¿Laura? ¡Menuda encerrona de mi editor! Le iba a cantar las cuarenta a mi regreso.

Una furgoneta del Hotel paró justo enfrente de la puerta principal. Me obstaculizaba el paso. Preferí esperar a que se fuera. La rabia acampaba a sus anchas  por mi cuerpo. Vi bajar a alguien, supuestamente un empleado, y abrió la puerta trasera del vehículo. Traía un inválido. La espalda de una mujer de media melena asomaba en la silla de ruedas. En una maniobra de la silla, comprobé que no tenía piernas. Al girar la cabeza para hablar con su acompañante, contemplé perplejo que era Laura. Entró en el Hotel por sí misma, por una puerta separada de la principal.  

 Yo, decidí salir en busca de la verdad.

 ─Perdone, ¿Puedo hablar con la directora del hotel?

─¡Claro! Un momento. Preguntaré si puede atenderle.

─Acláreme algo antes, por favor. Me ha parecido verla entrar en una silla de ruedas. ¿Es posible?

─Sí Señor. La señorita Laura perdió sus piernas en un accidente de tráfico, hace dos años, pero se maneja muy bien con las piernas ortopédicas.

─¿En Florencia?

─¿Cómo dice?

─Sí ─respondió Laura, que apareció de la nada.

Me acerqué corriendo hacia ella y la abracé con la fragilidad que se toca una pieza de cristal tallado. Le di mil besos. No podía contenerme. Ella respondió del mismo modo. Y allí, ambos de pie, yo sobre mis piernas originales y ella sobre sus segundas piernas, nos confesamos aquel amor traicionado por la tragedia y reforzado por el recuerdo.

 ¿Cary Grant y Deborah Kerr? No. Nuestro final feliz no era una película.

 

 

 

 

 

 

Mensaje Subliminal


Soñé que sostenía en mundo entre mis dedos y unos nudillos lo golpeaban. Vivos y muertos danzaban como motas de polvo suspendidas en el aire, cayendo desordenados por la superficie.

Doña Paquita paseaba feliz con su difunto marido, mientras el tío Paco gritaba al cadáver de su adúltera esposa.

Los sentimientos contrapuestos insuflaron  la Tierra,  escapó de mi mano y se estrelló contra el suelo. Sin saber por qué,  un hedor de osario exhumado con tufo de Humanidad invadió mi habitación.

Aquella mañana, tiré las deportivas al contenedor.

Adiós 2014


No sé si es mejor lacrar una vieja historia encerrada en un folio amarillento o pulsar “Nuevo” en el procesador de texto y dejar que tus dedos tecleen libremente.

Siento que 365 días no son suficientes para alcanzar todas nuestras metas porque quizás nuestros proyectos requieren un plazo más largo de tiempo.

Inicié el año 2014, queriendo sumergirme en un mundo narrativo para poder navegar entre las letras y empaparme de palabras, pero… mi creación literaria quedó más seca que la mojama antes de acabar enero.

Se me ocurre que si los días tuviesen 48 horas, dejaríamos de ser esclavos del trabajo y podríamos dedicar más tiempo a las cosas que lo merecen. Aunque, bien pensado, la esperanza media de vida pasaría drásticamente de los 80 a los 40 años. Mejor será dejar las horas como están.

En una hoja polvorienta, encontré un relato en el que mi personaje “Fedra” encarnaba a una alumna enamorada de su maestro. Tanta insulsez en la trama, me evocó un bostezo seguido de una carcajada sonora. Un fogonazo de sensatez me hizo comprender cómo debían sentirse los lectores de mi blog. ¿Cómo pude creer que…?  Y, por raro que parezca, quemé un trozo de lacre para sellar aquel papel en vez de convertirlo en lluvia de confeti. Sin más, mis altos propósitos de escritura desmedida se esfumaron.

Tras un año de propósitos incumplidos y alejamiento del mundanal ruido, finalmente, he quitado los grilletes a mis dedos y les he dado libertad para escribir.
Seleccionar “Nuevo” para enfrentarte a la hoja en blanco siempre es alentador.
Quién sabe si el 2015 hará que se cumpla alguno de esos planes arrinconados en el desván del pasado.
Pase lo que pase, os deseo a todos lo mejor y espero que se cumplan vuestros buenos deseos.

 

FELIZ 2015

Mutación genética


 
Escalpelo en mano, veo que los logopedas se acercan a mi boca.
    ─No se preocupe, una pequeña incisión en la lengua de su hija será suficiente.
Mi madre, erguida y sin el menor atisbo de  compasión por mí, ordena:
    ─¡Adelante! ¡Cuánto antes acabe mejor! Ya estoy harta de tanta humanidad.
Luego, escondiendo su lengua viperina en el verdoso cuerpo, aguarda, pacientemente enrollada, el fatídico desenlace.
    ¡Satanás! Hubiese preferido el papel de Eva en esta ocasión.


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La sonrisa pintada en mi boca tras la lectura de los últimos micros ganadores del concurso de Radio Castellón Cadena Ser  y un mordisco a la manzana que estaba merendando,  dieron como resultado esta mutación de raíces bíblicas.  

La frase que debía incluir esa semana era 《Se acercan a mi boca》

Foto de protocolo


Adelanté presuroso un pie para ponerlo encima del pequeño trozo de papel. El otro, tuve que apoyarlo sobre el bordillo de la acera porque casi pierdo el equilibrio. Alineado con mis colegas, palidecí al ver el  flash que inmortalizaba tan fatídico momento.

Fingí recibir una llamada y permanecí inmóvil al aparato mientras todos desfilaban hacia sus vehículos. Me agaché para atar unos cordones inexistentes en mis zapatos y recogí la foto que había caído al guardar mi pañuelo. Hubiese sido difícil de explicar por qué una cara tan conocida, con el torso semidesnudo, estaba en el bolsillo de mi chaqueta.

La vi alejarse tras el cristal tintado del coche más largo de toda la comitiva. Nuestro pasado común seguía vivo sólo entre mis manos.

Al día siguiente, la foto de portada de los periódicos que se hicieron eco de aquella reunión de grandes empresarios, mostraba una formación de blancas sonrisas sobre una fila de piernas paralelamente bien dispuestas.
Ni rastro del incidente. Por lo visto, los retoques fotográficos  maquillan hasta las piernas.
Los contenidos del artículo publicado, gozaron del mismo trato.

La carrera



Levanté mi cabeza cuando llegué a la meta y respiré lentamente, temiendo agotar aquel elixir de vida que venía a recibirme. Las manos apoyadas en mi cintura, obligaron a mi cuerpo a permanecer quieto para recuperar el aliento. Clavado en mis deportivas observé un barullo de caras que se movía a cámara lenta. Sentí que las tropas internas de mis venas corrían aún desconcertadas por los túneles de mis cavidades librando su propia batalla. La desaceleración me provocó un vahído y doblé mi cuerpo hasta sujetar mis rodillas con las manos. Aquel equilibrio triangular provocó la calma celular que necesitaba mi cuerpo.


        Contemplé abrazos sudorosos, palmadas de reconocimiento sobre hombros desconocidos, lágrimas de triunfo y lágrimas de desencanto. Evadido del mundo, una súbita felicidad se instaló en mi rostro y una sonrisa inocente asomó en mis labios.


        Fue mi primera carrera. El mérito, simplemente alcanzar la meta.

        

  

Sentirse la reina del mundo

Se enfundó las botas de color teja sobre los pantis, la minifalda de terciopelo negro y la blusa de topos verdes con florecitas de seda. Nada como sentirse la reina del mundo, olvidarse del traje chaqueta y besar otros culos distintos al de su jefe.


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Cuando leí la frase "Sentirse la reina del mundo" en el concurso semanal de microrrelatos de Radio Castellón Cadena Ser, recordé la película "Pisando Fuerte (Kinky Boots)"  y me dejé llevar.
Por supuesto, este micro solo fue un fallido más. Aquí lo dejo. 







Más que harta de tropezar una y otra vez con la misma piedra, decidió alzar sus ojos para mirar de frente. Sentirse la reina del mundo, la animó a caminar con tanta elegancia que las piedras se apartaban a su paso y le hacían reverencias.

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Aunque solo envié el anterior micro, lo cierto es que esa semana escribí dos. No sé si la canción de Serrat sugestionó mi mente o si fue algún eco dormido de la canción de Julio Iglesias. El caso es que cambié las fuertes pisadas de quien sale del armario, por las pisadas seguras del que quiere comerse el mundo. Nada que ver con el anterior, pero os lo dejo también aquí.   



Amigo invisible





Pisotear  burbujas plásticas
anima las tardes de invierno.

Tablao flamenco improvisado.

Manta con lunares de cartón
y bufanda ceñida al cinto
de un sudado pelotón.

Uno, palmea extasiado
la madera de un cajón.
Otro, reparte líquido 
en los vasos de latón.

Brindan por un año nuevo,
que sumarán a su historia.

Ayudados por las mantas,
las bufandas deshiladas
y la leche que traía
esa caja de cartón.





Y si en vez de blanco...


─¿Y si en vez de blanco, fuese negro? ─pregunté, mientras apartaba un mechón de pelo de la cara de mi madre─ ¿No decías que realzaba el color de tus ojos?


─¡Ay hija! Ya llegarás a mis años y sabrás lo que vale un peine. Déjate de bobadas, anda. Al que no le guste, que no mire ─respondió sin contestar, mientras se sujetaba los pelos descarriados.  
Los viernes íbamos juntas a pasear por el parque y contemplábamos extasiadas la paleta de color otoñal que nos rodeaba. A las cinco, nos sentábamos en uno de los bancos del pasillo central, nos contábamos las banalidades del día y divagábamos sobre la vida de las personas que pasaban arriba y abajo. Para mi madre, ese era el momento cumbre. Aquella tarde, el aire gélido que se había levantado, nos echó a patadas.
Ya no recordaba la mata de pelo negro que mi madre lucía en aquellas fotos del  álbum. Su cabello se pobló de canas prematuramente y arrancó de cuajo su juventud. Ella se acomodó en la vejez sobrevenida y acabó convertida en sombra de la mujer fuerte que algún día fue.
 
Yo me independicé a los veinticuatro años. Quería ser libre. Pensé que lo mejor para mis padres era  que no los atormentara con mis problemas. La hipoteca se tragaba la mitad de mi sueldo. Aun así, creía ser feliz en la distancia.

A principios del verano, una ola de calor se llevó a mi padre por delante. Demasiadas teclas inservibles en un piano que había dejado de sonar hacía varios años. Mi madre se quedó helada aquella mañana. Yo, me quedé sin habla al recibir la noticia. 

Tragándome el remordimiento, acompañé a mi madre en tan duros momentos y despedí el cuerpo hueco que un día albergó a mi padre. Él seguía allí, con nosotras. La vida se me antojó extraña, egoísta y sin escrúpulos.

Cogí mi maleta, puse unas piezas de ropa y regresé con ella. Sonreía cuando venía a despertarme  y también cuando me obligaba a acostarme. 
Dos semanas después me dijo que mi compañía había sido muy grata pero que no quería tenerme con ella ni un minuto más. ¡Me dejó muerta! Aunque sabía que era lo mejor para las dos. Pacté que saldríamos a pasear por el parque cada viernes  y comeríamos juntas los domingos. Aceptó sin rechistar.  
Aquel domingo me presenté con unos pasteles para el postre. Me deslumbró su cabello negro y sus ojos verde esmeralda. Una foto familiar me observaba. La sonrisa de mi padre iluminó mi cara.
─Gracias mamá. Por fin tengo la respuesta.








Cita a ciegas

Juego peligroso
Un disparo en la sien y  estás muerto.  La pólvora desparramada por tus sesos, vestida con sotana de seriedad profesional y alzacuellos de protección de datos,  te anima a participar en esa ruleta rusa. Una cita a ciegas, unas copas y dos risas. Tras de ti, el  destino se relame con gusto avistando su próxima víctima.
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Este ha sido mi intento fallido para el concurso de micros de la Cadena Ser en Radio Castellón de esta semana. Llevaba meses sin presentar nada. Debía contener las palabras "Cita a ciegas".
La foto, como no, mi hija Noelia haciendo de las suyas.
 
 
 
Otro micro no enviado:
 
Coincidencias
Mi última cita a ciegas fue ayer. Supuse que tomaríamos unas copas, nos meteríamos en la cama y si te he visto no me acuerdo. No fue así. Mi joven atleta resultó ser un hombre maduro, de animada conversación y voz radiofónica cautivadora. Confesó que me envió  las primeras fotos que pilló por internet, y que su hijo de dieciséis había colaborado con los mensajes y  las notas de voz. Impresionada, le confesé que mis fotos de presentación habían sido retocadas y que mi hija de quince lo había pasado en grande contestando sus mensajes y sus notas de voz. Fuimos al cine. Reponían: “Algo para recordar”.   




Truecolor

Veinte minutos bajo la ducha y sigo sin quitarme esa sustancia viscosa de tinte hiperglucémico. ¿Estaré en una burbuja de caramelo toffee recién masticado?
 
La última glaciación provocada por mi realidad circundante, ha mantenido en estado de hibernación mi más íntima fibra sensible. De repente, una primavera anticipada ha eclosionado en mí provocando una transfiguración inesperada y ecos de un pasado lejano han irrumpido en el campo de batalla.
 
Supongo que la resaca del último colocón de números o la llegada de las benditas vacaciones son causa suficiente para explicar tal diarrea emocional. Hoy, tras un suculento desayuno, y un horizonte despejado ondeando entre mis neuronas, siento un renovado ímpetu que creo disipará la pegajosidad de mi empalagosa indumentaria y logrará descorrer la cortina tupida que ocultaba los millones de colores que me rodean. 

Pasando página


Despertaba cada mañana anhelando el néctar de sus besos. Sus prometidos encuentros, avivaban mi esperanza. Nuestras furtivas citas, mantenían la pasión. No podía imaginarme privada de tanto amor.

Pero «Los poderosos» son capaces de mutilar la felicidad de quienes protegen. Cortan las alas a quienes pretenden volar, prohíben los pasos que se salen de su camino y atan con fino espino al más tierno corazón.

Parecía increíble, pero murió mi bella historia de amor.

Brindo por los poderosos, los que rompieron nuestro enlace. Para que iluminen su vida con la luz que me han robado. Para que mi llanto arrope sus miedos infundados y logren abrir los ojos más allá de su razón.

S.O.S. Mamá


Uno no sabe cuánto se sufre por amor hasta que cae perdidamente enamorado.
 
     La caída estrepitosa desde el mullido colchón de la nube más alta, había borrado su sonrisa de un plumazo. Su cara había perdido todo rastro de brillo y sus ojos se habían apagado.
     Cien horas juntos y montañas de fotos que inmortalizaban miles de momentos, eran todo el legado de aquella relación maravillosa que había quedado achicharrada con el calor del verano.
     De golpe, frases como: Te amo, Eres el amor de mi vida, Juntos para siempre y bla, bla, bla, bla, bla,  se  convirtieron en clavos  que le desgarraron  el corazón. Vagaba errante por la casa, ausente, con la ilusión machacada.
 
     No podía callar tanta amargura y la soltó de golpe por wassapp, por la mañana, sin esperar que llegara. La noticia me pilló desprevenida.  Fue una jornada dura. Entre línea y línea, visualizaba ráfagas de aquella breve historia que parecía para siempre. Temí que aquello fuese el hundimiento del Titánic.
 
     Llegué a casa dispuesta a escucharla y transmitirle mi cariño. Sabía que estaba destrozada. Recoger los pedazos y recomponerlos  con mucha dosis de amor, era todo cuanto yo podía hacer.
 
     Sus ojeras delataban cuál había sido su primera reacción: empapelar el suelo de su habitación con clínex empapados de lágrimas.
 
     Habló sin parar hasta que quedó vacía, hasta que enmudeció su alma. No había desprecio, reproche u odio en sus palabras.  La abracé como se abraza un cuerpo frágil y compartí su silencio.

Irse de rositas


Trueque
 
 
─¿No te importó que te levantaran mi blusa de seda china?
 
─¿Y qué iba a hacer? ¿Confesar que les había levantado dos broches de diamantes?
 
 
 
 
Sistema Push-Up
 
Aunque levantaran mi blusa en busca del arca perdida, no encontrarían los broches robados bajo la guata de mi sostén.
 
 

Escapismo
 
Un vidente me dijo que el día que levantaran mi blusa, encontrarían un tesoro. Antes de apuntarles con mi delantera, les mencioné que no lo tomaran al pie de la letra.
 
 

"Levantaran mi blusa" ha sido la frase de esta semana en Radio Castellón Cadena Ser. Tampoco me he presentado esta semana porque ya estaba fuera de concurso, pero dejo aquí este encadenado que ha irrumpido en mi cabeza en el mismo momento en que he leído tan jugosa frase. Con un poco de suerte, la próxima semana llego a tiempo y me presento.

Bien entrada la noche...

Complejo de Edipo
 
Bien entrada la noche, regresó al teatro. Aquella sería la última representación.
 
Sus pasos avanzaron lentos, sobrellevando la pesada cruz sobre sus hombros. Un calvario que se clavaba en sus sienes a través de las espinas plastificadas.

Alzaron su cuerpo ante todos, repitiendo una escena mil veces ensayada. María, su madre, lloraba amargamente a sus pies.
 
Saltó desde la cruz dejando perplejos a los espectadores, tomó la mano de María y le confesó ante el respetable que estaba loco por ella.
 
 
 
Juego de sombras
 
Bien entrada la noche, despertó sobresaltada sobre la cama. La oscuridad guiaba sus pensamientos y creyó ver una sombra detrás de la ventana. Atemorizada, buscó su móvil y llamó a la policía. Un agente la tranquilizó indicándole que una patrulla pasaría por su casa .
 
Fue noticia en primera plana: «Dos policías muertos en acto de servicio»
 
Otro recorte de periodico que guardó complacida junto a los otros. 
 
 
 
Jubilación
 
Bien entrada la noche, aún no tenía claro cómo iba a comenzar su día. Tantos años deseando jubilarse y ahora no sabía a qué dedicar su tiempo. Jugarretas del destino.
 
 
 
Sino

Bien entrada la noche, recibió la noticia que esperaba. Había llegado su hora. Hora de poner las cartas boca arriba y confesar las culpas olvidadas. Hora de rascar las verrugas de su cuerpo y renovar piel fresca y perfumada. Y se encontró solo frente al mismísimo Sino. No argumentó defensa sino culpa. No blanqueó su rostro sino el alma. No refrescó su piel sino su mente. Finalmente, el Sino abofeteó su cara y le despertó del fatídico accidente. 

Tres minutos inconsciente─indicó el enfermero del SAMU/R.  


Noctámbulo

Bien entrada la noche, se convenció de que lo suyo no tenía remedio. Todas merecían una atención especial. Guapa, esbelta, joven, fea, obesa, vieja... 
 
Las arrugas aportan sabiduría, los músculos elevan la belleza, los rizos armonizan el conjunto, las canas ofrecen el misterio, la obesidad esparce su hermosura y la delgadez aporta un remanso de paz.
 
Librado de fantasías eróticas, relajó su cuerpo y se durmió de nuevo.



Demasiadas historias bullen en mi cabeza. No puedo quedarme con una. Dejo aquí unas pocas con la frase de esta semana.

A dos bandas


Ser zurdo estaba mal visto. Creían que el demonio se metía dentro del niño y mostraba su mala baba con aquella caligrafía infame. Doña Patrocinio tenía claro que ningún niño escribiría con la zurda mientras ella fuese maestra. Y con ella me topé, para mi desgracia, desde parvulitos hasta quinto. Amedrentó mi cerebro de tal manera que casi me creí diestro.

          El día que tuve que chutar el penalti y lo hice con la derecha, decidí que necesitaba atención médica. Hay quien cambia de sexo, yo necesitaba cambiar de lado. Soy un zurdo diestro que, a veces, es diestro zurdo.

Calentando motores

¡Vaya! Alguien andará pensando que me he ido de vacaciones. Casi un mes sin decir esta boca es mía, sin escribir ningún micro para ningún concurso, sin escuchar ninguno de los audios de literatura que tanto me gustan, sin disfrutar de la lectura de esos libros que tengo empezados.  Puede que sí, que haya estado un tanto desconectada del mundo de las letras. Y es que, cuando los números dicen estoy aquí, si es necesario, se para el mundo.
 
Recorte, Indisponibilidad, Remanente, Desviación, Afectación, Resultado, Cierre,  Apertura, Proyecto, Incorporación, Declaración, Modelo, Resumen, Estudio, Sector,  Comparación, Inejecución, Ajuste, Estabilidad,  Regla, Informe, Evaluación, Cumplimiento, Remisión. Variopinto grupo de palabras, incluidas en los primeros puestos del Top 100 de palabras usadas en mi primer trimestre.
 
Y mientras tanto, «El amor en los tiempos del cólera», de Gabriel García Marquez, reposa en la guantera de mi coche. Mi compañera Mavi me lo prestó con gran cariño tras hacerle un comentario sobre Aureliano Buendía y declararle mi admiración más profunda sobre el escritor de su historia. Y así estoy, perdida en el limbo, con una Fermina Daza separada de su enamorado y sin saber qué me depara la siguiente parte del libro. Espero retomar el hilo pronto. 
 
No, no es el único libro que tengo empezado. En la mesilla de noche, me espera una novela negra, oscura como el azabache, El País de los ciegos, de Claudio Cerdán. Y, aunque casi estoy llegando al desenlace, este último mes no he podido leer ni una sola página. Víctima de Morfeo, soy incapaz de pasar de la primera frase del último capítulo. El libro merece la pena. Un aliño de personajes corruptos, asesinos, y demás calaña carroñera que puede uno encontrar en cualquier ciudad de este hermoso país. En este caso, la historia se centra en Alicante. Espero que la voluntad retorne pronto a mis pupilas y pueda rematar la historia. 
 
Si algo tenía un poco olvidado era uno de esos temas que siempre tuvieron mi más profunda admiración: la Trigonometría. Mi hija ha tenido que recordármelo. Su llamada de socorro ha acaparado estos últimos días.
 
Seno, Coseno, Tangente, Arcoseno, Arcocoseno, Arcotangente, Cuadrante, Ecuación trigonométrica, Ángulo, Círculo goniométrico, Relación trigonométrica, Razón trigonométrica. Teorema del Seno, Teorema del Coseno.  Otro variopinto grupo de palabras que ocupa los primeros puestos del Top 100 de palabras usadas durante esta semana. Maestra, de nuevo, por unos días. 
 
Y, por si ese retorno me sabía a poco... ¡Toma mamá, las Leyes de Mendel! Extasiada he acabado. Hemos estudiado cada uno de los caracteres del entorno familiar, imaginando todas las variantes posibles. Como resultado, un estudio genético que no sé si da miedo verlo o da ganas de correr. Soy portadora de tantas cosas extrañas que aún no comprendo cómo ella ha podido salir tan bien.
 
Pero bueno, lo importante era explayarme un rato, escribir cuatro líneas, no perder el contacto. Eso es lo que he hecho. Volveré.
 
 

Instinto


Sombría y fría, con la mirada anclada en el horizonte, soy ajena a cuanto me rodea. El olor a sangre perdura en mis glándulas olfativas. La imperiosa necesidad nutritiva se ha calmado.

    A veces, la genética se salta las barreras establecidas.

    Apartarme de la sociedad, controlar la voluntad animal que me esclaviza y dirigir el comportamiento hacia conductas moralmente aceptadas, siempre ha resultado la mejor opción para llevar una vida digna. 

    El temor a lo desconocido es una losa imposible de mover. Todos tenemos miedo a algo y necesitamos sentirnos protegidos de ello. Yo, tengo miedo de mí misma.

    Pronto descubrí qué futuro me esperaba. Fue el día que besé a Eduardo y, jugueteando con su cuello, terminé por desangrarlo. Tirar su cuerpo al pantano, no fue tarea fácil.

    Ahora, ya tengo más rodaje.
 

Último Speedball

Corro embalada hacia la noche impulsada por el viento, notando el corazón en mi boca, escapando por momentos. La avalancha de adrenalina pilota el volante. Sigo las luces de la carretera. Llego o lo parece. Casi llego. No. Me estrello.
 
        Otro peón más aplastado por el caballo de Troya. Quién fuera rey con su torre para enrocarse y salir airosa. Cansada, cierro los ojos. Alucino que alguien llega y estira por todas partes, desincrustando las garras que sujetan mi esqueleto. Al fin libre, levito en un cielo blanco con grandes letras bordadas.
 
        Sombras de picos abundan entre mis flacos pellejos. Con mis  pupilas  distingo el irisado rostro de un ángel que palpa mis extremidades. Un seco pinchazo me eleva hasta el umbral de San Pedro. Caigo en picado. Las turbulencias del miedo me arrrastran hacia el abismo. El ralentí de la adrenalina me mece, sumiéndome en el sopor mortífero de la última parada. 
 
      Llegué.